martes, 29 de marzo de 2016

EL LOGOS Y SUS ENERGÍAS

EL LOGOS Y SUS ENERGÍAS
EMILIO SAURA









A veces resulta que pasa la procesión por delante de la casa de algunas personas y no se enteran. Después algún vecino o alguien de su confianza, esos hombres que saben —que los hay—, les pregunta por la procesión, qué les ha parecido.
—Qué te ha parecido la procesión, ¿vistosa, no?
—¿Qué procesión?
—La que ha pasado por delante de la puerta de tu casa.
—¿Sí?... ¡Ah, ya!
Quizá pueda parecer mentira, pero este caso se da con relativa frecuencia. Pasan las procesiones y quienes más cerca están de ellas no se enteran. Tal eventualidad sucedió, me viene ahora a la memoria, allá por las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, cuando un grupo de gente, a caballo entre la ortodoxia y la heterodoxia, comandado por Emilio Saura, se reunía cada jueves primero de mes en el Salón Parroquial de la iglesia de San León Magno, en Murcia. Se hablaba allí de lo humano, pero sobre todo de lo divino. Emilio Saura las introducía, previa exorcización con el Salmo 91, con unas palabras de san Pablo seguidas del comentario de la Carta Astral que había levantado al respecto; luego hacía alusión al número de la sesión y su significado cabalístico. A continuación de tal introducción invariable, los participantes, apoyados en un pertinente texto sagrado, iniciaban el diálogo. Personas y personajes variopintos pasaron por aquel Salón: hippies de la última hornada, filósofos desencantados de la filosofía, gnósticos que cuestionaban la gnosis, nescientes sabedores de su ignorancia, cristianos de ida y de vuelta, practicantes de yoga o de otro tipo de terapias, gente de extrarradio o de frontera abrasada por el polvo de los caminos, soldados de primera línea curtidos entre las trincheras, francotiradores de diversa índole… Todos ellos buscadores de la Verdad. Salvo algunos, claro, que no buscaban la Verdad, que de todo hay, como los secretas de la policía que de vez en cuando se dejaban caer con el fin de saber qué ocurría allí realmente —la policía no es tonta—. Quizá aquellos secretas fueran por obligación, pero estoy seguro de que algún eco debió de llegarles acerca de lo que se debatía, y de este modo, cumplida la misión encomendada, les reportó un gran beneficio para sus vidas.
¿Por qué refiero estas cosas? Porque son verdad, en primer lugar; en segundo, porque traigo a colación un libro de Emilio Saura pertinente al caso que trata de astrología: El Logos y sus energías, publicado en 1986 por la Editora Regional de Murcia. Y en Murcia tenía que salir el libro para que no se le diera publicidad ni importancia alguna, se ninguneara como es debido y, salvo unos pocos, se le concediera el cumplido valor que merecía.
 —Claro, claro… se entiende, hablar de astrología, acercarla al gran público, fuera de ambages truculentos y, por si fuera poco, en Murcia, ese soleado y macabro lugar, rinconera de España, vaya, vaya…
—Cosas de murcianos. 
Sin embargo, las cosas son como son, y han sido como son. Sucedieron aquellas reuniones y sucedió el libro. Las reuniones dejaron la huella que tenían que dejar en gran parte de los que de forma más o menos activa —muy pasiva, en mi caso— participamos en ellas. El Logos y sus energías, cuando ya se alumbran los 30 años de su eclosión, también dejó su huella, y algunos fueron capaces incluso de reconocer el mérito del autor. Entre estos algunos que sopesaron debidamente la importancia de la publicación se encontraban Miguel Espinosa, José López Martí y Juan Sarabia; los cito porque son ellos los que flanquean el libro con dos prólogos (Miguel Espinosa y José López Martí) y un epílogo (Juan Sarabia) escrito a vuela tecla.

Con la lucidez que lo caracterizaba, Miguel Espinosa —me apresuro a decir que yo no lo conocí—, en unas líneas escritas para los que creen en la astrología y para los que no creen en la astrología, da una buena pista para dilucidar el discurso astrológico. Se apoya para ello en la distinción de dos talantes que se corresponden con dos formas de ver el mundo. Uno de ellos, el talante reflexivo, enjuicia la cosa, por lo que ve el mundo como semántica; el otro, el especulativo, enjuicia las relaciones entre las cosas, por lo que ve el mundo como sintaxis. Como la semántica entiende el mundo como un conjunto de datos que deben entenderse en el plano del sentido —el sentido se halla en la facultad de la razón o en la voluntad de la Divinidad Personal—, el talante reflexivo, por tanto, se resigna o inclina ante los hechos. El talante especulativo, sin embargo, no se resigna, porque la sintaxis explica cualquier algo por los otros algos que aparecen en la figura, o, lo que es lo mismo, la sintaxis es un saber relacional que contempla estructuras, y la estructura siempre se esclarece por la estructura. El talante especulativo, de este modo, da lugar a explicaciones mucho más complicadas, aunque más coherentes, ya que atienden a la forma de los hechos, que aquellas otras a que aboca el talante reflexivo, más sencillas, aunque resignadas a los hechos. Miguel Espinosa establece esta dicotomía, pero no se inclina a favor de uno u otro de sus polos. Sin embargo, viene a precisar, como conclusión, que para la astrología la naturaleza no son datos, sino sintaxis; es por esto que la astrología es una gramática cuya expresión consiste en leer el cielo. Y termina el prólogo —que he resumido abusivamente— haciendo mención al saber del autor del libro que, como saber intransitivo que es, un sólo saber que se cierra en sí mismo y produce saber, únicamente puede resolverse en comportamiento:

Los sintácticos son, naturalmente, paradójicos y dialécticos, piensan por oposición y reflejan el movimiento que ponen, o que hay, en las cosas; su escribir, más que una reflexión, o una meditación, es un comportamiento. Cuando nos asomemos a las páginas de Emilio Saura, no imaginemos, superficialmente, que el autor considera o valora así el mundo, sino que lo vive como siendo así.

Al contemplar los aspectos introductorios o prolegómenos de El Logos y sus energías, resulta interesante establecer un diálogo con Miguel Espinosa y, de alguna manera, ampliar aquello que ha dicho y aquello otro que no ha dicho. Como lengua que es, aunque angélica, la astrología se apoya en signos que son símbolos; como tal, en ella cabe distinguir las tres dimensiones o esferas de la semiótica: una sintaxis, una semántica y una pragmática. La sintaxis atiende a las relaciones formales entre los signos o símbolos; la semántica hace referencia a la relación del signo con el objeto que nombra; la pragmática se ocupa a la relación del signo con sus intérpretes, y contempla los fenómenos fisiológicos, psicológicos o sociológicos que acontecen en su uso. Estas dimensiones se corresponden con los tres niveles que, a su vez, siguiendo a Raymond Abellio, podemos distinguir en el saber astrológico: el estructural, el simbólico y el predictivo o influencial. El estructural-sintáctico analiza las relaciones existentes entre los diversos símbolos que constituyen la gramática astrológica; el simbólico-semántico ahonda en los significados o resonancias de esos símbolos; el predictivo-pragmático se ocupa de su uso o aplicación en la concreción de la cotidianeidad.
Por el nivel estructural-sintáctico se explican los otros dos, porque por él se entra en la inteligencia de Dios, o, mejor, en la comprensión angélica de la inteligencia creadora del Logos; es el nivel del fuego, del espíritu. El nivel simbólico-semántico atiende a la comprensión de la multivocidad o polisemia del símbolo (es el nivel del aire, cuerpo mental, y del agua, cuerpo emocional). Por el nivel predictivo-pragmático se alude a la fisicidad; es el nivel de la tierra. A modo de círculos concéntricos, desde el más amplio al menos amplio, tendríamos lo siguiente: El círculo pragmático, que hace mención a la corporalidad; el semántico, a la dimensión psíquica o mundo intermedio; el sintáctico, al espíritu. Este último nivel o círculo interior de la astrología —digo interior como una forma de hablar, porque propiamente no es ni interior ni exterior, sino integrador o estructurador— es el que fundamentalmente interesa a Emilio Saura, y consiguientemente, el que aborda en el Logos y sus energías.

¿De qué sintaxis hablamos? De la de los cielos; por concomitancia, de aquella que llevamos inscrita en nuestro ser en el momento del nacimiento. Como es arriba, es abajo, reza la Tabla Esmeraldina; y la sintaxis astrológica trata fundamentalmente de eso: de comprender el juego de las proporciones, de las estructuras, del orden, en definitiva, atendiendo a las correspondencias y sincronicidades que se establecen entre lo de arriba con lo de abajo. El horóscopo o Carta Astral no es otra cosa que el reflejo de la posición de los astros en el momento de nuestro nacimiento, teniendo en cuenta que esa estructuración de las fuerzas-símbolos reflejo de los astros quedará imprimida de tal forma en nuestro ser que la experiencia de la vida que tengamos vendrá condicionada por dicha estructura.
Cuando se establece el principio nombrado, comienza la polémica. Que la posición de los astros deja un marchamo en nuestro ser (no entro en la discusión si éste se produce en el momento del primer vagido o en el de la concepción, o habría que considerar ambos), se puede alumbrar atendiendo a la consideración del bagaje que portamos a la hora de nacer o, dicho de otro modo, bajo la perspectiva de aquello que le pertenece a nuestra naturaleza por derecho propio; entender, solamente con la práctica y la comprobación empírica. Ya Descartes hablaba de las ideas innatas, de los principios generales y universales que llevamos inscritos en nuestra razón de forma innata o a priori; previos, por consiguiente, a la experiencia (Kant añadirá: Y condicionantes de la experiencia). Pero el caballo de batalla entre racionalistas y empiristas precisamente es éste: el innatismo. Por todos los medios los empiristas tratan de demostrar que no poseemos ideas innatas, que todo lo que albergamos en nuestra mente es producto de nuestra experiencia; sin embargo, genial fue la respuesta dada a Locke por Leibniz en el inicio de sus Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano: “Al nacer, efectivamente, nada hay en nuestro entendimiento, salvo el entendimiento mismo”. Entre estas ideas innatas se encuentran las estructuras lingüísticas, algo que nos lleva, hablando del lenguaje y de su armazón lógica, a ponderar cómo curiosamente en el siglo XX Noam Chomsky corrobora el viejo aserto cartesiano: la estructura sintáctica del lenguaje pertenece a nuestra razón, es innata. Para mantener la tesis se apoya en una serie de argumentos o evidencias: Primero, porque hay una edad óptima, entre los tres y diez años de edad, para su aprendizaje; segundo, porque no se necesitan instrucciones especiales para su adquisición, ya que es algo que sencillamente sucede; tercero, porque corregir una palabra mal pronunciada no resulta útil, ya que los niños la volverán a pronunciar de igual manera que antes; cuarto, porque todos los niños alcanzan sus metas lingüísticas en el mismo momento evolutivo, con independencia de la lengua en que son educados. ¿Cómo debemos entender este innatismo, pues? Descartes lo precisaba: como una potencialidad de nuestra mente que puede actualizarse en diverso grado o hasta cierto punto. Así, en un opúsculo que lleva por título Observaciones sobre la explicación de la mente humana, señala el filósofo galo que utiliza el término innato de igual forma que cuando se dice que una virtud prepondera en algunas familias o que en otras existe una disposición a padecer tal o cual enfermedad. Con la astrología ocurre de igual modo; su praxis vendrá a corroborar lo enunciado de un modo teórico. Si nos tienta profundizar en este saber, comprobaremos sorprendidos que ciertos acontecimientos suceden cuando hay una determinada posición de los astros, y que cada uno de nosotros posee ciertas disposiciones prontas a actualizarse según determinados momentos.
  Valgan las precisiones anteriores, y valga el referente a la gramática. La sintaxis astrológica nace con nosotros, esto es, en el momento del nacimiento queda inscrita en nuestro ser; la constituyen símbolos-fuerzas que al ordenarse de una forma determinada condicionarán nuestra experiencia vital. En principio, según la posición del Sol en el ecuador celeste, tenemos doce grandes familias: los doce Signos del zodiaco (cada uno de ellos supone un arco de 30º de la esfera celeste). Cada una de estas familias se subdivide, a su vez, en doce Casas (que varían en dimensión dependiendo de la latitud), según la posición del signo Ascendente; por consiguiente, cada nativo de un determinado Signo puede pertenecer a una de estas doce Casas. Si multiplicamos los doce Signos por las doce Casas, tendremos 144 posibilidades de ser —y de estar— de una persona en el momento de su nacimiento. Después veremos la posición de la Luna, su significado en esos Signos y Casas, y pasaremos a ponderar la posición del resto de los planetas, también en sus respectivos Signos y Casas; a continuación, estableceremos las relaciones o correspondencias que hay entre el Sol, la Luna y el resto de los planetas. Por último, determinaremos la posición de ciertos puntos, factores de intensificación o zonas relevantes —el eje Dragón, el de la Luna Negra, el del Sol Negro, las Partes arábigas…— y sus correspondencias y relaciones con el resto de las posiciones anteriormente establecidas. Si queremos ser más precisos aún, constataremos la posición de las estrellas fijas. Ya tenemos levantado un horóscopo, o Carta Astral, que, como se ve no es nada trivial y es enormemente particularizado. Aun así, no lo tenemos todo; ahora hay que darle un papirotazo a esa estructura y ponerla en movimiento, puesto que no hay nada quieto en el cosmos.

Si queremos movernos en el plano o nivel simbólico-semántico, al hilo del análisis de la estructura operaremos la síntesis a que lleva la consideración del carácter abisal de los símbolos, y la astrología, sin perder su carácter de ciencia adquirirá carácter de videncia en cuanto no sólo el conocimiento del astrólogo entrará en juego, sino su intuición, su saber hacer, su arte; arte especialmente necesario cuando consideramos el plano predictivo-pragmático. El astrólogo baja ahora del cielo de las estructuras y busca el contraste de éstas con la tierra, con una realidad concreta. Esta realidad puede ser un ser humano con nombre y apellidos, nacido en una hora y lugar determinados, circunstanciado, por tanto, por un ambiente, por una época, por un grado de inteligencia, o de espiritualidad, o de madurez. El astrólogo pormenorizará al máximo para tener una posible previsión de sus actos, pero su intuición —hablamos de una forma de saber inmediata, no discursiva— le llevará a resoluciones sintéticas. En este sentido, poseía Jean Carteret, a quien Emilio Saura reconoce como el creador de la astrología estructural, tal poder de intuición que tan sólo con echar una mirada a la casa donde vivía una persona, aun sin conocerla, era capaz de reconstruir las posiciones planetarias de su Carta. Tal maestría es un ejemplo del saber astrológico convertido en arte, con la sola mirada descubría las correspondencias de un entorno con una vida, y, de ésta, con el entramado del cosmos.
Ahora bien, la libertad humana queda reflejada en ese espacio vacío y central de la Carta astrológica, por lo que siempre, aunque todo resuena y se corresponde, habrá que tener en cuenta que los condicionamientos astrológicos nunca la niegan. El cosmos resuena, los astros nos influyen, pero somos libres. Ante un individuo con un mayor grado de realización, menos posibilidad de predicción; ante otro con menor grado de realización o madurez, mayor probabilidad de acierto. El sabio domina su estrella, el necio es dominado por ella, decía santo Tomás, aserto con el que salva la libertad e indica la función que debe cumplir la astrología, entendida como vía de conocimiento capaz de transformar y elevar al propio sujeto cognoscente —puesto que somos lo que conocemos— en favor de la realización de sus posibilidades más altas. 
Las consideraciones realizadas llevan a matizar el tema de la creencia o increencia en la astrología. Una pregunta mal planteada lleva a una respuesta errónea, y tal circunstancia suele ocurrir a menudo cuando se debate sobre astrología. Por lo general, el común introduce tal debate con la pregunta: “¿Crees en la astrología?” No debería ser así. En dicho planteamiento hay implícita una especie de confusión parecida a la falacia naturalista, la que supone sin más que se puede pasar desde el ser al deber ser, desde cómo se presentan los hechos en la realidad a la valoración de los mismos y su constitución en “norma”. Que alguien crea en algo no significa que lo sepa; saber no es creer: saber significa poder verificar lógica o empíricamente los postulados desde los que se parte; la creencia, sin embargo, elude tal verificación o la pospone. Nadie pregunta a otro: “¿Crees en las matemáticas?”, porque si así lo hiciera, dicha pregunta estaría mal formulada. La pregunta adecuada sería: “¿Sabes matemáticas?”, porque no se trata aquí de una cuestión de fe, sino del conocimiento que se tiene de esa materia. Luego se indagará hasta dónde llega dicho conocimiento: Si la persona preguntada sabe resolver ecuaciones de segundo grado o de tercer grado, si sabe resolver una raíz cuadrada o cúbica, etcétera. De igual modo a cómo ocurre con las matemáticas o cualquier otra disciplina científica, la pregunta correcta, en referencia a la astrología, no es acerca de la creencia o falta de creencia en la misma, sino la que concierne a su conocimiento o falta de conocimiento. Tal cambio de perspectiva es importante, porque conociendo se disuelven las dudas a que una fe con fisuras podría inducir. Dicho lo cual, y al hilo, cabe mencionar a Michel Gauquelin, quien allá por los años 50 del siglo pasado inició un estudio estadístico para demostrar definitivamente que la astrología era una falsa ciencia ( L’influence des Astres, 1955). Así sometió a estudio una gran cantidad de horóscopos de personajes célebres. Para su sorpresa descubrió que estas celebridades —de la ciencia, de las artes, del deporte, de la milicia, de la política— tenían de forma estadísticamente significativa a Marte, Júpiter, Saturno, Venus o la Luna, según fuera el caso, próximos al Ascendente o el Medio Cielo. A partir de entonces, con sus veinte libros publicados, vino a concluir que existe una sincronicidad entre el ser humano y los planetas, esto es, dicho de otro modo: que existe una interdependencia universal.

Interdependencia universal… Cuando vengo a esta expresión, y la considero, experimento la misma estupefacción que tal vez sintieron Miguel Espinosa, José López Martí o Juan Sarabia al leer por primera vez El Logos y sus energías y verse abocados a decir algo sobre él, y comprendo que las reflexiones realizadas hasta ahora, aun válidas, tan sólo constituyen una triste reseña, un mal prólogo claramente mejorable de la obra. Confieso mi ignorancia, mi torpeza; me he quedado en la pura exterioridad, en la cáscara. No era eso; el libro propiamente no trata de teoría, sino de vida. Anteriormente ya he citado la opinión de Miguel Espinosa al respecto. Juan Sarabia, en su epílogo a vuela tecla, abunda en lo mismo: Nada puedo añadir a un libro tan concluso, cerrado y lleno de mil riquezas. Para sostener algo que contuviera una extensa y verdadera opinión sobre este libro, tendría que escribir otro libro, por lo menos tan largo como el presente. Ya sugería Borges algo de esto en aquel relato, Pierre Menard, autor del Quijote. Cuando queremos comprender un escrito, hacerlo carne en nosotros, carne nuestra, integrarlo a nuestro ser, sólo nos es dado reproducirlo como si nosotros fuéramos su mismo autor.
Emilio Saura en el Logos y sus energías aborda el núcleo de la astrología con un rigor geométrico, analítico a la vez que sintético, profundo. La astrología en su nivel estructural, tal y como nos la presenta, es un sistema simbólico que trata de expresar la interdependencia universal —postulado de base de todo conocimiento esotérico— de forma rigurosa; en esta labor atiende a una mayor intensificación de la consciencia en aras de tal comprensión, y tal comprensión, a su vez, la remite a una mayor riqueza de la vida. Este segundo aspecto es el que constituye el propósito fundamental del libro. No se trata, pues, de llegar a un mero conocimiento teórico del simbolismo astrológico, sino, lo que resulta más importante, de llegar a un conocimiento vital del mismo, a un comportamiento, a un modo de resonar, y saberlo, en la unidad de todo lo que existe. El autor, por tanto, ofrece su experiencia, y se ofrece, él mismo, para tal cometido. Este es el primer párrafo de El Logos y sus energías, pórtico de la obra:

El presente libro tiene como base una experiencia directa del simbolismo astrológico y su propósito es objetivarla de alguna manera. Si, en principio, la astrología, entendida en sentido “ascendente”, nos conduce a una comprensión de la interdependencia universal, la tarea que aquí se nos plantea tiene un sentido “descendente”, a saber, el de clarificar el simbolismo astrológico a la luz de la citada experiencia.

El Logos y sus energías no es, por tanto, un manual al uso de astrología; su propuesta rebasa tal designio, por cuanto se constituye en un camino de realización, dirigido, como tal, hacia un punto omega: el alumbramiento del hombre nuevo. Un hombre nuevo al cual convenga un nuevo talante, el intuitivo, característica propia del hombre estético, con cuya emergencia se sustituya cualquier otro talante y, por consiguiente, cualquier otro tipo de conocimiento. Este nuevo talante es aquel que ve el mundo bajo la perspectiva de la integración de sistemas, en el que las partes de un sistema son sistemas en los que resuena la voz del conjunto de todos los sistemas. Tal mirada integra, suma, hace resonar, intensifica; nunca disminuye. Así como nuestro cuerpo está integrado por una serie de sistemas y no podría vivir sin la integración o interdependencia de esos sistemas, de igual modo ocurre en el cosmos —al cual habría que referir su significado originario de orden—, donde todo está conectado con todo, y donde, en cada una de sus partes, resuena la totalidad.
La Verdad es una, pero resuena de múltiples formas. El resonar astrológico es bello, armonioso, reflejo de la música celeste. Se penetra con él en la belleza de la creación, en el arrobamiento de su gloria. Es una vía de acceso —así lo declara Emilio Saura llegado a su floruit— al conocimiento del verdadero nombre que nos conforma y de aquel otro que constituye verdaderamente las cosas, a la Palabra perdida, al Nombre de todo nombre, en definitiva, al Logos Creador.

Soy consciente de que ignoro más de lo que sé y de que me he quedado en el umbral de El Logos y sus energías sin traspasarlo, pero también lo soy que no podía haber sido de otro modo. Por mi parte, ya que me he puesto a la tarea, me queda invitar a su lectura para que sea el mismo lector quien saque las conclusiones oportunas o, por lo menos, proponga las preguntas inquietantes. Es mi deseo ferviente —de igual forma lo supongo en el autor del libro—, que, a quienes lleguen estas cosas, les ocurra algo así como ocurrió con aquellos antiguos secretas que mencionaba al principio, y les sirvan de provecho y de mucho bien para sus vidas. Algo les quedará, digo yo; así lo espero también para mi vida.


                                   Todos los derechos reservados.
                                   Jesús Cánovas Martínez©

                                   Filósofo y poeta