domingo, 4 de diciembre de 2016

LA MISERICORDIA VENCERÁ AL DIABLO

LA MISERICORDIA VENCERÁ AL DIABLO
(SEREMOS JUZGADOS POR EL AMOR)
PADRE AMORTH (STEFANO STIMAMIGLIO)
EDITORIAL SAN PABLO



El diablo, el enemigo, el que separa, el que intenta por cualquier medio impedir el designio de Dios sobre el hombre, gusta de ocultarse, porque es en la sombra donde su acción resulta más eficaz para apartar al hombre de la esperanza de amar y de gozar de la misericordia de Dios; tanto es así que, si consideramos su acción extraordinaria, cuando por el ministerio del exorcistado se le obliga a manifestarse y decir su nombre, comienza a perder su poder sobre la persona poseída. Quien lo niega o remite su actuación a un mal impersonal, por consiguiente, le está haciendo un favor. No está de sobra conocerlo y, menos aún, conocer sus modos de actuación con el fin de procurar una prevención contra él. Dicho esto, y puesto que la ignorancia, pese a lo que alguno le gustaría creer, no protege, al diablo se le ha de conocer lo justo, ya que un exceso de conocimiento sobre el mismo podría llevar a algún tipo de identificación.
En razón de que dan la batalla cara a cara, entre quienes mejor conocen al diablo se encuentran aquellos que ejercen el ministerio del exorcistado. Conocido es el padre Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma hasta su reciente fallecimiento, quien ha divulgado en numerosos libros su experiencia directa en la lucha contra Satanás. La misericordia vencerá al diablo (Seremos juzgados por el amor), el libro que traigo a colación, lo escribió, según refiere en la breve Introducción que le pone a su inicio, durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia convocado por el papa Francisco. Su material base lo constituyen las columnas publicadas en la revista Credere, desde abril de 2013 hasta agosto de 2014, cuyo título genérico era el de Diálogos sobre el más allá. Advierte el padre Amorth que este material ha sido reformado hasta cierto punto y ampliado, con el fin de verterlo en formato de libro, para lo cual ha sido inestimable la ayuda del padre Stefano Stimamiglio. El libro tiene por objetivo llegar al gran público evitando cualquier requiebro con el sensacionalismo; por eso su lenguaje es sencillo, aunque, como señala el autor, no simplista. Los temas concernientes a las verdades de fe que en él se consideran así como el referente a la acción extraordinaria del diablo, eje del libro, son tratados con absoluto rigor. Parafraseando a Ortega, tengo para mí que cuando, por una gran capacidad de síntesis, la sencillez se acompaña de profundidad, siempre es producto de alguna suerte de cortesía.

En el inicio de La misericordia vencerá al diablo (Seremos juzgados por el amor), el padre Amorth precisa su contenido:
 
Partiendo de una catequesis general acerca de la victoria de Cristo sobre el pecado, trataré de forma secuencial la doctrina católica sobre los ángeles caídos, los fundamentos del satanismo y sus innumerables manifestaciones de culto, las consecuencias espirituales que pueden derivar de ella, los remedios, y concluiré con algunas nociones fundamentales de escatología cristiana que, en un itinerario que parte del sacrificio de Cristo, pasando por la oscura acción de Satanás, regresa al sacrificio de Cristo con su resultado salvífico, que quiere ofrecer motivos de esperanza para todos, pero especialmente para aquellas personas que sufren las fuertes consecuencias de los males maléficos, a las que siento como amigas y compañeras de camino.

El mensaje fundamental del libro es de esperanza: la misericordia de Dios en la persona de Cristo ha triunfado sobre Satanás; su plato fuerte, sin embargo, consiste en poner de relieve la conexión que hay entre el aumento de las prácticas satánicas con el aumento, a su vez, de los males maléficos. Clasificados éstos de mayor a menor gravedad, son: la posesión, la vejación, la obsesión y la infestación.
La posesión diabólica es la influencia invencible del demonio mediante la cual toma posesión del cuerpo, o partes del cuerpo —nunca del alma, pues cuando esto ocurre cabría hablar más bien de venta del alma mediante un pacto de sangre—, de una persona para decir y hacer lo que quiere. Cuando se manifiesta, el poseso entra en trance y pierde la consciencia de sí, dando paso a la actuación del espíritu malvado, que utiliza su cuerpo para hablar, agitarse, blasfemar, vomitar clavos, vidrios u otros objetos, a veces también para manifestar una fuerza hercúlea.
Una persona puede ser poseída por un demonio o por una multiplicidad de demonios; así, no resulta extraño el caso de que, a lo largo de un exorcismo, preguntado por su nombre, el demonio responda que se llama Legión —en el evangelio de san Marcos, p. ej., Jesús se enfrenta con un endemoniado poseído por una legión de demonios (Mc 5, 1-20)—; tal nombre se debe a que entre los demonios existe una jerarquía según el poder que ostentan. Al aplicarle el exorcismo a una persona, los primeros que comienzan a salir son los más débiles.
Aunque son raros los casos de verdadera posesión, como dice el padre Amorth, el demonio no tiene en cuenta la cara de nadie, por lo que, en principio, cualquier persona puede ser víctima de ella. ¿Cómo descubrir entonces que una persona está poseída? En primerísimo lugar por la aversión que siente hacia lo sagrado, sean santuarios, procesiones, celebraciones eucarísticas, etcétera; si el demonio ha estado larvado en la persona durante un tiempo, ante el poder de Dios, suele irrumpir de forma espasmódica. Otras veces lo que hace saltar las alarmas son las perturbaciones físicas que los médicos no logran explicar; de modo especial el demonio produce dolores de estómago, de garganta o de cabeza, y la persona poseída desarrolla una aspereza de carácter que no puede dominar, un odio que le asalta en los momentos más inapropiados y sin razón aparente, hasta el punto de que se hace muy difícil la convivencia con ella.

La vejación diabólica es la agresión, física o psíquica, que el demonio lanza contra una persona. En el mundo espiritual no hay ningún caso igual a otro, por lo que la casuística suele ser muy variada. Las agresiones físicas pueden ser leves, como rasguños, quemaduras o contusiones, pero en los casos graves pueden llegar a fracturas óseas o al desarrollo de patologías que producen dolor sin signos que se hagan evidentes en una exploración profunda. No pocas veces, incide el padre Amorth, la vejación se asocia con la posesión y la obsesión; esta es la razón por la cual, si se obtiene la curación espiritual de un mal maléfico, repercute en el restablecimiento de la salud física. El evangelio proporciona ejemplos de tales curaciones cuando Jesús sana a un endemoniado (Mt 9, 32-34) o cuando sana al ciego y mudo, también endemoniado (Mt 12, 22-24). Interesante sería resaltar que las vejaciones también pueden afectar al ámbito onírico. Sucede entonces que la persona es presa de terribles pesadillas, en las que se cometen actos malvados y se blasfema y maldice a Dios. En los casos de las vejaciones oníricas se encuentra la frontera con la obsesión.
La obsesión diabólica  es la agresión espiritual por la cual el demonio produce en la mente de la víctima pensamientos o alucinaciones fortísimas, a menudo insuperables. En estos casos, la persona está sometida a una fuerza mental poderosa que crea en ella pensamientos repetitivos, obsesivos, superiores a su capacidad de resistirlos. Los objetos de las alucinaciones suelen ser visiones de figuras monstruosas, de animales horribles, de diablos, o voces o susurros de personajes oscuros. Pueden consistir en un impulso a hacer el mal a los demás, a cometer profanaciones o, en el extremo, incitar al suicidio; en las personas jóvenes pueden inspirar confusiones acerca de la propia identidad de género.
La obsesión diabólica no suele desactivar por completo la mente y la voluntad de la persona —algo que sí ocurre en los casos de posesión—; aun así, produce una inmensa tristeza y desesperación en la víctima.
Interesante resulta destacar que las perturbaciones que produce la obsesión diabólica son muy parecidas a las patologías de tipo mental. El discernimiento, por tanto, se hace especialmente necesario. El padre Amorth es partidario de recabar la ayuda de un psiquiatra dado que el morbo puede ser debido en muchas ocasiones a causas naturales; sin embargo, considerado lo precedente, también señala que no pocas veces una patología demoníaca tiene repercusiones psiquiátricas. Ante el dilema, el padre Amorth aboga por una cooperación entre exorcista y psiquiatra. 
  
La infestación diabólica es un tipo de perturbación en la cual la acción diabólica no influye tanto en las personas como en los objetos o animales; dicho lo cual, no producen menos sufrimiento que los anteriores males maléficos, pues las personas son las verdaderas destinatarias del mal. Concreta el padre Amorth que la infestación de la casa en particular, comúnmente llamada poltergeist, provoca grandes sufrimientos y a veces daños económicos ingentes a quien la sufre. En estos casos la casuística es muy variada: pueden romperse aparatos eléctricos, automóviles, calderas; se encienden o apagan luces, aparatos de televisión, ordenadores; golpean puertas o ventanas, de día o de noche; se oyen pasos, voces, gritos misteriosos, golpes en las paredes; aparecen intensos olores desagradables, o invasiones de insectos del tipo de los saltamontes o de las hormigas.
Hay que valorar, piensa el padre Amorth, si estos fenómenos pueden atribuirse a causas naturales concretas y verificables o no. Si en el pasado se realizaron sesiones espiritistas, ritos mágicos, reuniones de sectas satánicas o cosas similares es posible que la casa quedara contaminada. Es recomendable, si no se detecta causa natural que produzca estos fenómenos, bendecir la casa o ciertos objetos, también realizar exorcismos locales. En los peores casos, refiere el autor, ha tenido que aconsejar a las personas afectadas que se mudaran de casa. Si estos fenómenos han proseguido en la nueva vivienda, lo más probable es que fueran debidos a una vejación personal.
¿Cómo se contraen los males espirituales? Dice el padre Amorth que de dos maneras: 1) por voluntad de la persona, y en este caso hay culpabilidad en ella; 2) de forma involuntaria, y en este caso no existe culpabilidad alguna en la persona. Apoyado en su experiencia, el autor calcula que sólo un 10% de los males maléficos son de alguna manera imputables a la persona que los sufre; el otro 90% se deben generalmente a maleficios que caen sobre la persona sin que ella sea consciente de que los sufre.
De forma inocente, o no tan inocente, ciertas personas se han acercado a las prácticas satánicas sin ponderar suficientemente el peligro que corrían; otras, han jugado con el espiritismo; otras, para resolver un problema personal, laboral o afectivo, han buscado la consulta de los magos; otras, por el contrario, han perseverado en el pecado y en el vicio de forma pertinaz y con la convicción de vivir una vida contraria al amor. Estos motivos de exposición al mal pueden desencadenar los males de tipo espiritual, aunque, precisa el padre Amorth, no necesariamente. Dicho lo cual, lanza una pregunta interesante: ¿qué necesidad hay de exponerse al mal?

Constatado que la atmósfera actual del Occidente civilizado no es tan diferente a la de ciertas zonas de África o Sudamérica en lo que se refiere a la existencia de una mentalidad mágica —azuzada por el poder de la técnica que acostumbra a pensar que la resolución de cualquier problema se consigue de forma rápida pulsando un determinado botón—, viene a convenir el padre Amorth que la mayoría de los males espirituales que actualmente asolan a Europa se deben a los maleficios. Los maleficios derivados de las prácticas mágicas  son muy variados —encantamientos, hechizos, mal de ojo, maldiciones, ataduras, sortilegios, todos ellos ya condenados en el Antiguo Testamento—, y, según la pericia del mago que los realiza, pueden tener un mayor o menor efecto; con ellos se trata de dañar a alguien mediante la acción oculta de las fuerzas demoníacas sirviéndose de un ritual apropiado.
Para que el maleficio se lleve a cabo, hacen falta tres imprescindibles: un mago, una persona que lo encargue y un objeto sobre el que se realiza el rito. El mago puede actuar sobre el objeto según los prenotandos de la magia homeopática o simpatética (J. G. Frazer estudiaba estos tipos de magia en su obra La rama dorada), pero siempre sirviéndose de un conjuro por el que coacciona al espíritu inmundo a hacer el mal a la persona indicada.
Aunque por fortuna no siempre los maleficios consiguen su objetivo, otras veces dan en el blanco y producen los diferentes males maléficos. Se pueden lanzar para que afecten a una persona en cualquier momento de su vida, y no es raro que sobrevengan cuando esa persona ha ingerido cierto tipo de comidas o bebidas preparadas ad hoc para inferirle el mal. Es importante, para que la persona que los sufre pueda liberarse de ellos, conocer la fecha y el lugar en que fueron realizados, quién mandó realizarlos, dónde se encuentra el objeto por mediación del cual se hicieron y, si el posible, el mago que los llevo a cabo. Generalmente es durante un exorcismo, tras conminar al diablo a responder por el poder de Dios, cuando se obtienen las respuestas a las cuestiones anteriores. Una vez que se ha encontrado el objeto por el cual se ha mediatizado el mal, es necesario quemarlo para desactivar su influencia; eso sí, hay que hacerlo con la precaución oportuna, en estado de oración y encomendándose a Jesucristo, para evitar un efecto rebote.   
El mejor antídoto contra los males maléficos, sea para prevenirlos, o, si ya están actuando, para procurar su cura, son la oración, una vida de fe y la frecuentación de los sacramentos. No siempre es necesaria la presencia de un exorcista, aunque sí en los casos más graves cuando fallan otros medios de lucha espiritual. Para que el exorcismo sea eficaz hace falta que la persona que sufre el mal voluntariamente quiera ser exorcistada, haya perdonado a quien le infligió el mal —ciertamente, reconoce el padre Amorth, que otorgar tal perdón es muy difícil pero absolutamente necesario— y esté en gracia de Dios, esto es, haya confesado y comulgado debidamente. La curación, sin embargo, puede sobrevenir en pocas sesiones o durar años; en este sentido, el padre Amorth hace un alegato, por un lado, a la humildad que siempre se ha de mantener, por otro, al desconocimiento de los designios de Dios. En última instancia quien libera es el Espíritu Santo.

Jesús otorgó el poder de expulsar demonios en su nombre primeramente a los doce apóstoles (Lc 9, 1) y después a los setenta y dos discípulos (Lc 10, 1). Razona el padre Amorth que este hecho indica que quiso extenderlo a todo aquel que cree en él.
Entendido que el ministerio del exorcistado, por ser una oración oficial y pública de la Iglesia para liberar de las influencias del maligno, implica directamente a la autoridad eclesiástica en cuanto que corresponde al obispo de una diócesis otorgar la licencia correspondiente para ejercerlo, el padre Amorth, antes de su fallecimiento, elevó tres ruegos al papa Francisco. En síntesis son:
Primero, que cada diócesis tenga obligatoriamente por lo menos un exorcista.
Segundo, que en los seminarios se vuelva a estudiar angelología y demonología, y que los candidatos al sacerdocio asistan, en la proximidad de su ordenación, por lo menos a un exorcismo.
Tercero, que se extienda el ministerio del exorcistado a todos los sacerdotes sin autorización particular ninguna, dejando a cada uno la libertad de ejercerlo.

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                                   Jesús Cánovas Martínez©