viernes, 9 de diciembre de 2016

SOLO OS DIRÉ QUE ESTOY VIVO

SOLO OS DIRÉ QUE ESTOY VIVO
EDUARDO LÓPEZ PASCUAL
EDICIONES VITRUVIO



            Eduardo López Pascual es un hombre bueno en el mejor sentido que se le pueda dar a esta expresión. Leer su última entrega poética, Solo os diré que estoy vivo, ha sido un gozo para mí por la amenidad de sus poemas, por su carga de emoción e inteligencia y porque provenía de Eduardo. Pretendo comunicar unas cuantas de las impresiones que me ha dejado su lectura, siempre, por la brevedad que impone una reseña, demasiado pocas.
El título del poemario ya nos remite a una serie de reflexiones concatenadas que no desmiente su contenido. Quien nos dice que está vivo es porque ha vivido y, además, ha vivido lo suficiente para tomar consciencia de su vida vivida hasta el punto de poder hacerla objeto de sus reflexiones; no estamos, en consecuencia, ante un poemario de juventud sino de madurez. Y sabido es que desde la madurez, no desde otra de sus etapas, se puede sopesar verdaderamente la vida y su sentido, su certidumbre, ya que se ha adquirido una perspectiva de la misma, una reflexión acendrada, una ponderación; en definitiva, se ha hecho de ella un balance válido que, a su vez, puede ser trasmitido a aquel que lo quiera y sea digno. Tras la reflexión, la trasmisión, pues. Por eso, ésta es la segunda carga de intencionalidad que porta el título: la trasmisión de una sabiduría de vida, o, dicho con otras palabras, la transmisión de un estar en el mundo desde el que se infiere un saber estar en el mundo. De esta manera, Solo os diré que estoy vivo, en cuanto ha sido escrito por un yo, pero es para un vosotros, conlleva un propósito de transitividad que explica la misma —o gran parte de ella— necesidad de su escritura. Eduardo López Pascual muestra tal designio cuando utiliza la expresión os diré sin ningún tipo de ambages. ¿Qué nos va a decir? Su estar en el mundo. ¿Para qué nos lo va a decir? Para que, constatado como tal estar, devenga saber estar en aquellos que quieran no sólo recibirlo sino realizar la debida traspolación a sus vidas. El poemario, por tanto, desde mi modo de sentirlo, fundamentalmente es un legado de sabiduría que Eduardo López Pascual con munida y generosa mano quiere otorgarnos en conversación amena, paseando tranquilamente por las calles de Cieza, su ciudad, o por la mota del Segura, límpido de contaminantes; quizá entre los vericuetos de la huerta, persiguiendo rumor de acequias o norias en donde el agua canta, tal vez por las sendas que se internan entre las margas donde abundan los romerales o espartales, a la vera de las masas boscosas de los pinos, hacia los montes azules que se circundan de nubes.

Vengamos al Preinicio del poemario, compuesto por tres magníficos poemas que preludian su temática. En el primero de ellos, articulado en cuatro tiempos al igual que si fueran cuatro golpes de badajo, Eduardo López Pascual de forma insistente nos va a susurrar al oído la centralidad de su mensaje: Solamente diré que estoy vivo. Así comienza:

Estoy vivo. Sé que es cierto porque
he bebido de las entrañas más hondas,
de todas las horas de ensueño y de martirio,
de la gloria y del fracaso.

Nos dice el poeta que ha bebido de las entrañas más hondas, que ha cumplido la plenitud del ensueño y el martirio y apurado el cáliz de la gloria y el fracaso. Señala, pues, una completud, una totalidad: la amargura y la dicha han sido apuradas en su totalidad como si de una experiencia de consumación/depuración se tratase. El poeta ha transitado en plenitud por las mismas entrañas de la vida, sus raíces profundas, por cuanto su vivir se ha colmado con una especial intensidad de emociones. Bien entendido que estas emociones son antitéticas y, por lo mismo, lejos de defraudarla, nos confirman la plenitud; no nos habla Eduardo de una plenitud sesgada hacia la dicha, sino de una plenitud completa que incluye el dolor. Ahora bien, a la constatación de tal experiencia de totalidad inclusiva de extremos antitéticos, se le adosa una nueva inclusión con la que el vivir de Eduardo López Pascual —así nos lo comunica— alcanza el colmo con otra antítesis, con una más fuerte contraposición: la experiencia del vacío y de la ausencia, la pérdida de sí a que remite la certeza atroz de la deriva y del naufragio.

Pero ahora me siento todo, aunque
perdido, ausente,
igual que un náufrago a la deriva.

Aunque se siente todo, el poeta nos anuncia que también percibe inconclusa su vida, carente de sentido, y para ello utiliza la imagen plástica del náufrago a la deriva. Fuerte antítesis, enigma; extraña paradoja por los territorios de lo inextricable. La intensa felicidad convive en el interior del alma del poeta con la intensa vaciedad y la pérdida de sí; ese mar de la vida lleva a las playas de su alma el oleaje donde acunan intensos momentos de alegría o pesadumbre y el poeta se siente todo porque lo siente todo. Ahora bien, ¿cómo integrar el sentirse todo con la deriva hacia el no ser que supone la constatación del propio vacío? Hay aquí un enigma a resolver. ¿Cómo puede convivir la sensación de fuerte plenitud con la de naufragio, pérdida o ausencia de sí? A lo largo de los poemas de Solo os diré que estoy vivo, Eduardo López Pascual resolverá tan fuerte e inextricable contraposición asiéndose de la mano del amor; así al cuantificador universal, todo, de forma tan sutil como rotunda, añadirá el adverbio sólo, porque todo en su alma es digno tan sólo de la plenitud que confiere el amor. Y esto no es poco. El amor, el sólo amor sin reservas, es lo que a la vida convierte en digna de ser vivida. Y este amor se difracta como un arco iris que acoge a las cosas pequeñas, la emoción de los instantes, la plenitud a que induce una puesta de sol, la fruición ante la fresca tersura de las flores, la esperanza en lo porvenir, en un futuro azul, o, en su entraña más profunda, por la acogida de toda la hondura del hombre y su dolor, por el recuerdo agradecido y emocionado de los amigos ausentes, o de aquellos otros presentes que acompañan al poeta en su deambular, a los hijos, a la misma escritura con que expresa y estampa tan bellas emociones, al escritorio en cuya intimidad le hablan los libros y esperan las cuartillas en blanco, pero sobre todo al amor concretado en la mujer amada, Eladia, la esposa sin la cual la vida del poeta hubiera sido definitivamente absurda.


Toda la intensidad de la vida vivida apuntaba al amor, por eso en Solo os diré que estoy vivo se canta a la vida con un canto de amor, y el poeta que lo canta, Eduardo, se duele y se alegra de todo, por todo y con todo. ¿Qué es vivir sino aspirar la vida intensamente, sentirla leve de peso y culpa abierto a la emoción de un instante enamorado que, aun sintiéndolo eterno, se sabe proyectado hacia un futuro de frutos? La vida se convierte en auténtica, incluso entre sus inexplicables claroscuros, cuando supone un continuo y nuevo despertar inédito, con preñez de metas. No hay que buscar, en consecuencia, otras explicaciones al hecho de vivir que las que se presentan a cada instante, porque la vida no se explica, se agradece, es un don. Se vive, y no se pide nada a cambio; se vive, y se agradece el hecho de vivir, no más:

…de manera que solamente os diré que siento y vivo
con todo lo que esto tiene de absurdo.

¿Absurdo? La vida es absurda porque se autoreferencia, es ilógica porque se agota y culmina en sí misma; esto es un misterio. Es ella el hecho bruto o valor fundamental en el cual se enraíza cualquier otro tipo de valor; se quiere por sí misma y se justifica por sí misma. En Solo os diré que estoy vivo se suceden los poemas ponderados por un espectador de sí mismo que tan pronto toman, plásticos y sugerentes, el tempo de la elegía como el hímnico sin perder la amenidad de una confesión susurrada al oído; sus suaves encabalgamientos remiten a un continuo decir, que es un decirse, ancho y fluyente río hacia el mar universal de la empatía. Incluso cuando acechan los confusos tiempos de amenaza o no hay sonrisas en las caras que miran inquietas/la calle oscura por los gritos de la ira, incluso en mitad de los escombros, la vida se revela como amor que abre la ventana a la esperanza y fluye, única certeza firme, antes y después de ese agitar de desvaríos:

Mañana, solamente porque siento vivir
abriré muy pronto las ventanas,
donde entra la luz con su verdad y su futuro
venciendo a las sombras de la noche.

Al lector le queda vivir el poemario, discurrir con la zozobra íntima del poeta por sus secciones, torneadas de experiencia, cuyos títulos caen como sentencias y que yo tan sólo enunciaré:

1)    Vivir es poder decir lo siento, he olvidado los agravios.
2)    Vivir quizás sea solo decir te quiero.
3)    La vida no es nada sin la fuerza de un sueño.
4)    Siento que vivo después de este largo camino.
5)    Nada es infinito. Todo tiene su fin y su adiós.


Sólo os diré que estoy vivo, es un poemario bello y digno que invita a una lectura pausada, al disfrute de una emoción a flor de sus palabras, al remanso de inteligencia que entre ellas se trasmina. Retomando algo ya dicho, la transmisión que hace su autor desde su estar en el mundo a un saber estar en el mundo se refleja en la valoración del instante como preámbulo de la eternidad, pues ese instante fugaz, que pasa y se desvanece, alude a la infinitud y no puede aludir sino a ella. La muerte, la que no se nombra, pero ineludible transita por las páginas del poemario, es en ese instante, el que se vive pleno, preñado de luz y acontecimientos, cuando adquiere su resolución. Porque el instante penetra por los poros de la vida, él es la trasparencia de la vida. Y a él se anuda la belleza conquistada por nuestra prerrogativa de humanos. Eduardo López Pascual así lo expresa:

Estoy viviendo, os lo digo a la luz de cada día
y veo absorto, como la alegre avecilla
cruza el vado de la calle justo al amanecer
y vuelve dócil a su instinto, a regresar a mi balcón
que siempre queda abierto.
Vivo, lo sé, amigos, porque puedo escuchar
la voz del hombre, y de su último grito,
el alarido desgarrado que nos sale del alma
cuando al atardecer de las horas observo
el sol que se pierde en su puesta.
Todo sabe a vida vivida, y empiezo a sonreír.

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Jesús Cánovas Martínez©