miércoles, 11 de junio de 2014

EL PUTÓN PERIPATÉTICO



EL PUTÓN PERIPATÉTICO








La llamaré de esta guisa: El Putón peripatético, y me adelanto a decir que a dicho apelativo no le infiero una connotación de tipo sexual, sino simplemente descriptiva o pedagógica según el caso, aunque no sé, no sé...

Después de haber estado varios años imposibilitado para hablar entre mis compañeros de trabajo, debido, indudablemente, a una deficiencia congénita de temperamento, es decir, a mi timidez; pero más bien debido a los efectos que la calumnia había producido en mi psiquismo, tanto así que sentía haber naufragado en una noche oscura, al pairo, en medio de una soledad espantosa (al extender las manos estas me temblaban), me atreví a ser dicharachero. Necesitaba probarme, respirar, sacudirme la timidez, airear mi mente de tanta adherencia incómoda, de tanta miseria del pasado, por eso hablé. A mitad de aquella sesión de evaluación, el pretexto me venía en bandeja.

El jefe de estudios cantaba las notas que habían sacado los alumnos en las diferentes materias cuando le llegó el turno a un individuo del que había que decir algo. El susodicho había arrojado un espantoso balance de ceros y unos en la totalidad de las materias a las que se había presentado; así que, con gran esfuerzo por mi parte, y puesto que nadie había hecho un comentario sobre el particular, antes de que, primoroso, nuestro superior pasara a escanciar los piadosos resultados de los siguientes energúmenos, aclarándome un poco la garganta, levanté la voz.

Inicié sobre el fulano una pormenorizada apreciación. Ciertamente, esta no era nada halagüeña, y los pronósticos que se derivaban de la misma inducían a una toma de posición un tanto drástica. Expuse mi sorpresa ante el hecho de que un alumno aplicado, que asistía a las clases y hacía las actividades, sacara tal tipo de notas, máxime cuando ya tenía cuarenta y tres años cumplidos y el arroz se le había ablandado un tanto. En mi modesto entender aquellas deficiencias no procedían de una falta de medios materiales, de una estimulación inadecuada del medio, de un entorno familiar disruptivo o de cualesquiera otras circunstancias externas; tampoco de un deficiente acicate motivacional por parte de los profesores (siempre inculpándonos de aquello que no podemos remediar, hemos terminado por ser víctimas propiciatorias para expiación de los pecados ajenos); aquellas carencias, por el contrario, aludían directamente a las capacidades cognitivas del mencionado. Posiblemente rozara el borderline o, incluso, podría suceder que su coeficiente intelectual estuviera mucho más por debajo de lo considerado normal, esto es, podríamos estar ante el caso de un oligofrénico profundo. Me daba cuenta de que hablar de esa manera, dados los tiempos de terror que corren en la enseñanza, no era adecuado; pero había que decirlo, alto y claro, porque quizá el mencionado requiriera algún tipo de atención en centro especializado. Necesitaba sin lugar a dudas, y así lo dije, que se le capacitara en las destrezas oportunas para desenvolverse en la vida, pero el centro educativo en donde adquirirlas, ciertamente, no era el nuestro. No era alumno que pudiera cursar el bachillerato con éxito; dirimir cómo había llegado hasta este nivel pertenecía al orden especulativo y, en verdad, constituía un misterio. Sus exámenes, con una letra de niño de cinco años, o por ahí, parecían escritos en arameo; a las faltas de ortografía, y eso sería lo de menos, se añadían las de sintaxis y una carencia absoluta de sentido en lo escrito.




Creo que expuse aquella reflexión con coherencia, suelto, con una hilazón correcta de las ideas, sin temblarme la voz.

El jefe de estudios, con buen criterio, a mis alegatos respondió que no se podía hacer nada, ni menos intervenir en algún sentido, pues el tipo de enseñanza que impartíamos era de adultos y permitía la matriculación de cualquier alumno, fuera el caso del mencionado u otros con mayores deficiencias.

Claro, claro, no se trataba de que no se atendiera a ese chaval de cuarenta y tres años, sino que, por el contrario, se le atendiera debidamente en un centro de educación especial, pero no en un centro donde se cursaba bachillerato.

Aun con mi réplica, y sopesada su importancia, el jefe de estudios no tenía otra que reafirmarse en lo ya dicho; algo que, por otra parte, resultaba demasiado evidente. En realidad, a mí no me importaba su opinión, pues la sabía de antemano: ¿qué otra cosa podría decir el pobre hombre sino lo que dijo? Lo importante para mí era que yo había sido capaz de hablar en público, delante de mis compañeros, haciendo una exposición de razones sobre un tema. Por fin me recuperaba de aquel espantoso bache que durante años me había tenido sumido entre las extrañas tinieblas que he comentado. Mi autoestima se reafirmaba.

Entonces fue cuando El Putón, puesto que el citado alumno, en la asignatura que ella impartía, al igual que en la mía, había sacado un cero patatero, tomó la palabra. Dijo algunas vaguedades sobre el mencionado, sobre el sistema educativo y cuestiones afines, y repitió ideas que yo ya había expuesto con anterioridad, aunque dándoles un aire personal, como si fueran de su cuño. El Putón, de esta forma, quedó como una reina de la pedagogía delante del resto de los compañeros y animó aquella conversación proclive a languidecer por la falta del interés suscitado ante mi pormenorizada disquisición. 


Vengo a decir que con El Putón yo no me hablaba, puesto que había sido una de las inductoras de la calumnia que tan triste como injustamente había caído sobre mí. Aquella víbora, junto a otras que no es el momento de nombrar, habían arruinado mi reputación de persona cabal porque sí, porque les apeteció, porque de forma frívola les plugo, y yo me había tenido que enfrentar a unas consecuencias sumamente indecorosas que todavía coleaban y colearían siempre, pues ya se sabe que la calumnia es como el agua que se derrama pero después es imposible de recoger. En sus insidias, mientras quedaban bajo sombraje, esas víboras echaron por delante a un tal Miguel Cagarrutio (individuo sin personalidad y de tendencias muy liberales; colapsado su matrimonio, él y la partenaire habían decidido de común acuerdo seguir viviendo bajo el mismo techo con el fin de no incurrir en gastos extraordinarios, pero adornándose mutuamente el testuz) que se las daba de gracioso, para que hiciera escarnio y mofa de mí; la infamia quedaba de este modo adornada con la guinda. El Putón había cooperado de forma proactiva en tal affaire, halagándole las gracietas a ese despreciable Cagarrutio, y cuanto más gracioso Cagarrutio se volvía, me hundía más yo en la miseria acunado por una intensa e invasiva tristeza.

 Durante años me había consumido en un dolor insano. Fue un tiempo duro, y a lo largo de su travesía, tan pronto me entraban ganas de morir como ataques de ansiedad repentinos. Quién no ha pasado por este tipo de situaciones, puesto que son impermeables a ojos que no sean los del implicado, no entiende el horror que concitan; quien desgraciadamente las ha vivido, sabe de lo que hablo. De sobra conocía los trabajos en las sombras que había llevado El Putón para denostar mi honor y extender la calumnia, cómo su mirada cruel se había cernido sobre mí de forma inmisericorde, cómo había minado con saña cualquier tipo de terreno por donde yo tuviera que transitar; sin embargo, a pesar de ello, estaba dispuesto a pasar página. Por fin respiraba, salía de una larga noche, silenciosa y oculta, en la cual el dolor me había moldeado a su medida. No quería guardar rencor a nadie, no quería que mi alma se anclara en un pasado sin remedio; quería, por el contrario, respirar, respirar ancho, respirar aire. Deseaba conjurar de una vez por todas las horas de mi vida ofrecidas al sufrimiento.


Con el entusiasmo orientado hacia la renovación interior, en razón de la nueva resiliencia en que me apoyaba, cogí el cabo que me tendía El Putón y logré intercambiar unas palabras con ella; decididamente yo me afianzaba, crecía en seguridad interior. Hablé, habló, hablamos; entrecruzamos unas opiniones dignas de los más encumbrados pedagogos, broche de oro con que normalizar una situación altamente engorrosa. De imaginación temperamental, pronto me vi paseando por un peripatos, no sé cómo; mi imaginación inició una deriva por los columnados pórticos bajo los cuales Aristóteles mantenía abundosas charlas llenas de ciencia y saber con sus discípulos. Yo era un Aristóteles todavía joven, recién emigrado de la Academia por razones de intrigas, tras la muerte del divino Platón, mi maestro; y El Putón vino a ser una discípula mía, aventajada y deseosa de filosofía, con la que compartía amigable conversación, Pytia se llamaba. En la noche cálida y azul, bajo la luz de la Luna, con el rumor de la mar al fondo y un ferviente aroma de jazmines en nuestro derredor, urdíamos un plan. Me había enamorado perdidamente de ella y esperábamos con ansia el trirreme que nos llevara lejos de aquella ciudad perdida en una de las islas del Egeo, donde su padre ejercía, como tirano, un dominio caprichoso y déspota. Hablábamos acerca de cómo sería nuestra vida futura, entregados los dos al fuego que incendia la razón y produce la sabiduría, cuando un rizo de su negro y sedoso pelo, agitado por un golpe de la ligera brisa, se deshizo de su peinado, y cayéndole por la mejilla vino a posarse en uno de sus desnudos hombros. Pytia giró el rostro hacia mí, y en sus ojos vi arder un chispeante fuego. Relumbraba el nácar de su faz, y la luz de la Luna hizo brillar las fulgentes perlas trenzadas en la diadema que adornaba la cima de su adorada frente, pero fue su sonrisa la que puso al descubierto las verdaderas perlas que yo codiciaba. Un nuevo empellón de la brisa susurrante y cargada de enigmas movió los pliegues de su ligero chitón, abierto por uno de sus costados; y yo me sentí traspasado por la flecha que lanzaba el rapaz Cupido, y sentí cómo se me aceleraba el corazón con una extraña vehemencia dentro del torturado pecho, y mi mano, mi mano, como movida por un resorte atávico, no pudo sino deslizarse entre aquellos pliegues agitados, buscando, ansiosa, la flor que bajo ellos se escondía... Pytia... Pytia... Pytia... Como dijo Bécquer: Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. No es el caso, pues, de entrar en detalles.


 En estas, arrobado por tan gratos ensueños, para caerle en gracia a El Putón, y ya que llevaba entre sus utensilios un cartapacio voluminoso con las fichas de los alumnos, le pregunté si podría enseñar la foto del tan traído y llevado espécimen. Quería hacer de ella la protagonista indiscutible de aquel momento de gloria; yo me sacrificaba y cedía en mi interpretación para que ella fuera enaltecida. Pero El Putón, ponderado mi ruego, me dijo que no, que no tenía la foto del mencionado, sobre el cual se habían cernido nuestras arduas inquisiciones. Y fue entonces, ante mi manifiesta contrariedad, cuando me soltó la pregunta de marras, con todo el retintín y la mala leche posible de que fue capaz; una pregunta cocida en los sótanos, a fuego lento; una pregunta esmerada, intencional, cargada de un perverso sentido:

—¿Es ese de los ojos azules?

Eso lo dijo casi con dulzura, pero en falsete; con una mirada que pretendía normalizada, aunque decididamente cavernosa bajo sus prominentes arcos superciliares, a ras de la horizontalidad de unos anchos pómulos; sus profundos ojos negros destellaban, fijos en mí. 

¡Ay, ay, ay, Putón, Putón, Putón peripatético! ¡Ay, zamarro loco, Putón dislocado y sangriento! ¡Viejo Putón rebordesío!  ¡Qué contentos deben yacer tus agradecidos muertos en sus plácidas tumbas! ¿A quién quieres engañar? Me hizo la cabeza un clic (lo sentí en el interior de mi cerebro), pues percibí de golpe toda la intencionalidad de aquella pregunta. Sentí su veneno, arrasador; sentí cómo su baba perversa me invadía el cuerpo y penetraba hasta en lo profundo de mis vísceras y huesos. ¡Es tremendo cómo en una fracción de segundo se pueden captar tantos detalles! De golpe advertí la mala leche en aquella suspicaz atmósfera, y fui capaz, tras revelárseme las diferentes reacciones, de entrar en las mentes de los que allí se encontraban, y, al igual que si estas fueran libros abiertos, leí los ligeros y nada lisonjeros pensamientos que por ellas pululaban, porque los profesores, en principio, no se sustraen del común y son gente de psicología simple. Observé la media sonrisa de algunos, la estupefacción de otros, el desvío de la mirada de otros cuantos; estos lanzaban una mirada enigmática hacia el techo, aquellos tragaban saliva, pero todos, todos, reflejaban una expresión en su rostro como si hubieran comprendido. El Putón había dado en la diana porque allí había una preconcepción de base; una preconcepción que no se podía negar por más que ingenuamente yo lo pretendiera. Ya estaba decidido de antemano lo que era o no era posible pensar, puesto que el socavamiento realizado sobre mi honor y dignidad había sido artero, pero, sobre todo, eficiente.



Nadie piense que El Putón me aniquiló. Aunque pregunta tan malévola como la que me lanzó, animada por el fuego infernal, por sí sola era capaz de matar a cualquier mosca que se hubiera interpuesto entre su boca y mi oreja, no, no me aniquiló; sino muy al contrario, sentí una inyección de energía, porque a raíz de aquel momento, y de la toma de conciencia que llevó pareja, inferí el sentido que necesitaba mi vida, como ahora explicaré.

 El Putón, para identificar al alumno en cuestión, me podría haber hecho otra pregunta sobre él, o no hacerla; sabíamos todos de quien estábamos hablando. Pero tuvo que hacer precisamente aquella pregunta como confirmación de lo que ella sabía. ¿Y qué sabía El Putón? Eso justamente es lo que yo quisiera saber, y tal vez tenga la suerte de que me lo explique El Putón o alguno de esos que se cree hasta inteligente. Porque tengo muchos defectos de carácter, pero hay algunos que no tengo. Entre los que pertenecen al segundo rango se encuentra la sinceridad: no acostumbro a mentir, ni a mí mismo ni a nadie; por lo menos, lo procuro. Puedo estar equivocado, y de hecho lo he estado en algunas ocasiones y he tenido que rectificar; pero si lo estoy o lo he estado, no lo es o lo ha sido por falta de sinceridad o de una convicción íntima. Que diga esto es importante, porque si yo fuera homosexual como El Putón pretende, hace tiempo que lo hubiera aceptado con dignidad y, por supuesto, no me hubiera sentido en la necesidad de buscar el amor de una mujer y fundar una familia. Dicho lo cual, habría que preguntarle a El Putón por mi novio y la supuesta vida de crápula que llevo, y recordarle que montar calumnias (aunque yo sé que para ella los temas referentes al honor carecen de significado) es delictivo. Cuando campea tanto la frivolidad como la mala leche, sin ton ni son se hace un daño de efectos devastadores; nuestras acciones tienen consecuencias, y del fluir de aquellas aguas encenagadas siempre llegan los molestos lodos. Esto dicho, no pretendo ponerme sentencioso ni sentimental; El Putón no lo merece. Tampoco es necesario entrar a dar más explicaciones de las ya dadas, salvo decir que a lo largo de mi vida he llevado una sexualidad intensa (ya la quisieran algunos) y tengo una hija que es un sol.


Este tipo de gentuza te ven hecho un solitario, sin asideros sociales, con escasas destrezas en el trato de gentes, poco asertivo, y no se lo piensan: van a por ti. Y esto porque en cualquier ambiente, y especialmente en los de trabajo, hace falta un cabeza de turco sobre quien descargar las frustraciones de sus miserables vidas. Pues bien, a veces se equivocan en la elección de la víctima, y aunque para esta el mal ya está hecho y es enorme, hasta el punto de que difícilmente se le puede poner remedio, a esos indeseables cabe darles un fuerte toque de atención para que aprendan que no todo el monte es orégano y hay una responsabilidad implícita en su manera de actuar que deben asumir. Así se les hace un gran bien, pues, aparte de educarlos, se les humaniza y, poco a poco, con paciencia, se les convierte en personas, siendo de este modo que llegan a aprender que donde les duele a los demás también les puede llegar a doler a ellos. 


Y es que los humanos estamos unidos por invisibles vínculos. La humanidad se agita y retuerce por el dolor, porque el mal es extensivo, y no solo afecta a uno de sus órganos o partes sino que, de forma tan indefectible como fatal, avanza e invade la totalidad de su cuerpo. Poner el remedio es necesario, y urgente; por eso hago una llamada a terapia general desde estas páginas, por incómoda o molesta que resultase en un primer momento, ya que en estos tiempos de profunda crisis decididamente hace falta. Después, tras el paso por el necesario sufrimiento, quedaremos agradecidos sin lugar a dudas; pues veremos brillar la luz, y la alegría desprendida de la luz, una vez enjugadas las lágrimas. Ahora bien, no todos estamos llamados a ver brillar la luz, porque algunos seres no la verán, ya que, a pesar de su apariencia, nunca han sido humanos.

Hay varias clases de Putones: el Verbenero, el Desorejao, el Deshavillé, etcétera. Yo me apresuro a añadir, apoyado en una psicología de campo, un nuevo tipo: el Peripatético. Los Putones Peripatéticos son entes diabólicos surgidos del Averno; se introducen entre los dispares ambientes y campean por la faz de la tierra con la finalidad de atormentar. Si no fuera por su cariz eminentemente venenoso, cuando no adoptan la figura humana se les podría ver tal como son: como culebros con un grosor más ancho que el de mi brazo.


Mi vida ha tomado un giro positivo desde que me dedico a desenmascarar esos monstruos con apariencia humana que viven entre nosotros. Cada día me lo paso mejor lidiando con los seres diabólicos, descubriéndolos, neutralizándolos y sacándolos a la luz para que sufran una suerte de consunción por el fuego, como los vampiros.





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                                               Jesús Cánovas Martínez©