domingo, 1 de marzo de 2015

DAEMONIACUM (TRATADO DE DEMONOLOGÍA)

DAEMONIACUM (TRATADO DE DEMONOLOGÍA)
JOSÉ A. FORTEA
EDITORIAL BELACQUA.




Cuando se muestran verdades como templos, esto es, evidencias que importan a la vida, se suelen producir diversos tipos de reacción que, según las personas, se pueden estandarizar en tres. Hay personas que se admiran y pasan a interesarse por lo que les ha captado la atención tan vívidamente; otras, por el contrario, muestran interés, pero pronto se desaniman, y sucede que, según los aldabonazos o golpes a los que las somete la vida, tan pronto se interesan como desinteresan; por último, están las que ríen, las que ríen a carcajadas, pues de entrada desestiman sin mejor criterio tales temáticas. Estos tres tipos de personas, y, en consecuencia, estas tres actitudes que en ellas toman plaza, son tan viejas como el mundo. Ya Lao Tsé decía lo siguiente acerca del modo de recibir el Tao:

Un hombre superior oye hablar del Tao
y puede practicarlo con dedicación.
Un hombre normal oye hablar del Tao,
y tan pronto lo conserva como lo abandona.
Un hombre inferior oye hablar del Tao,
y estalla en risotadas.
Si no se riera del Tao, el Tao no podría ser considerado
como el verdadero Tao.

Mucho me temo que traer aquí y hablar sobre una obra tan interesante como Daemoniacum (Tratado de demonología) del padre Fortea, dado los tiempos agónicos que últimamente discurren, sean los más los que adopten la tercera actitud. Aun así, y puesto que no gano otra cosa que la tranquilidad de mi conciencia, debo hablar; quizá algún lector desconocido lo agradezca. Sorteando, pues, las risitas de los sabelotodo, o, lo que es mucho peor, el silencio torpe, pertinaz y vengativo, del hombre subinferior, esto es, del zombie, del cuasimáquina, pues nos encontramos en el centro del esplendor de su reinado, allá voy.
Que el mundo donde vivimos no es puramente material (eludiendo lo que podría considerarse definición de materia), es algo que sabe tanto el niño como el hombre primitivo, o como el físico termonuclear. En los primeros hay una evidencia de experiencia directa; en el físico, la misma ciencia le lleva a postular un orden diferente al de la mera materialidad que impacta a nuestros sentidos. 
Es tan sólo a partir del siglo XVIII cuando empiezan a convertirse grandes masas de población a cierta iluminación que niega cualquier tipo de otredad diferente a la sometida a las coordenadas cartesianas; el mundo en su conjunto se solidifica y pierde el sentido de lo espiritual. Para muchos, este hecho supone la conquista del paraíso terreno; para pocos, el empobrecimiento radical de la vida y la pérdida de su sentido. Si hoy en día echamos una mirada retrospectiva parece que habría que darles la razón a los segundos. La denuncia de la alienación y la exposición del orden injusto instaurado por el capitalismo realizadas por el joven Marx, son de una lucidez meridiana; ahora bien, Marx, al tomar por enemigo lo que debería de ser el verdadero aliado, se equivoca en la solución; las consecuencias de hipostasiar la materia, bruta, opaca, como divina, no tardarán en dejarse notar. Al negar de un modo tan tajante la dimensión espiritual, la gran inversión queda servida. Llegarán los totalitarismos del siglo XX y el horror que conllevan. Las purgas sistemáticas de judíos o disidentes realizadas por Hitler o Stalin ganan a cualquier atrocidad que podamos pensar ocurrida en el pasado. Si hubo pueblos terribles como, por ejemplo, los asirios, su crueldad en caliente palidece ante la frialdad con que en el siglo XX se otorga la muerte en razón de una etnia o de una ideología. Empeñarse en llamar a todo esto progreso o conquistas de la humanidad creo que es abusivo, máxime cuando tras las dos guerras mundiales, la pobreza se exporta en masa hacia otros países que no son los de la órbita occidental. Se habla, no obstante, de globalización, pero la globalización, aparte de lo que supone de uniformización (lo que ya nos debería poner sobre aviso), opera en aras del Dinero… ¡Y aquí estamos! Lo que era sólido, hace algunos años ha comenzado a licuarse y descomponerse; es la última fase del nihilismo, diría Nietzsche, cuando no hay ni arriba ni abajo y el último hombre se pavonea y salta sobre la tierra como un pulgón, o, como, en la metáfora de Zigmunt Bauman, habría que pensar nos hallamos en el epicentro del mundo líquido. Se han instaurado mecanismos sutiles (y no tan sutiles) de manipulación y control; se ha dado luz verde a instituciones o leyes deshumanizadas y deshumanizadoras (incluidas las educativas, por supuesto) que se acomodan, plasman o moldean, según los intereses del Dinero; con fines de convencimiento, se ha asociado la mentira, argumentada como buena y deseable, al ejercicio del gobierno; se ha asumido de manera tácita el único criterio de la eficiencia como válido, el de la máquina, conviviendo sin ningún tipo de escrúpulos con la depravación moral, la que alegremente se fomenta desde las instancias del poder. Lo importante es la máscara, la apariencia, la continua adaptación, el cambio de rumbo, la divergencia de líneas, el transformismo, la metamorfosis, y, consecuentemente, la suplantación y falseamiento de cualquier identidad. El gran enemigo en este estado de cosas: la verdad. 
Señalado, pues, este orden de cosas, la aceleración con que se suceden los acontecimientos, apuntando todos ellos hacia una caída libre, no está demás hablar del diablo y su poder en el intento de adquirir una comprensión amplia de lo que ocurre (de esta forma, cuando antes he mencionado el Dinero con mayúscula, léase Mammón). Por esta razón vengo a traer la obra, producto de una tesis doctoral, del mediático padre José A. Fortea, Daemoniacum (Tratado de demonología), editada por Belacqua, 2002, la que invito a leer puesto que suministra un clarificador aporte al respecto.

Llegado a cierta edad, cualquier hombre debería haber salido de los estrechos límites de su cuarto, dice el padre Fortea, nada más comenzar su obra; el escepticismo ante la cuestión de la existencia del mal, remitiéndolo a un mal en abstracto o sólo imputable a los designios humanos, es un lujo que ninguna persona cabal se debería permitir, porque lo desmiente una fenomenología extensa y comprobada. Invita, por tanto, a la búsqueda de la verdad fuera de cualquier esquema o postulado preconcebido, y, en consecuencia, adopta una actitud científica que incide en la descripción fenomenológica de toda la casuística referente a la posesión. Personas equilibradas psicológicamente y de alto nivel cultural se han visto envueltas en este tipo de casos, ya como sujetos directamente implicados o como testigos; por otro lado, los fenómenos de este orden siguen una serie de pautas que se repiten en cualquier lugar de la tierra sin que los protagonistas de un caso tengan conocimiento de lo ocurrido en otras circunstancias semejantes. De este modo, el autor busca en todo momento un contraste con la experiencia directa, no manipulada (la que le ofrece su práctica como exorcista), antes de llegar a establecer conclusiones. Daemoniacum, de cara a lo dicho, lejos de ser un mero tratado de demonología como reza su subtítulo (que lo es), se convierte en un registro y sistematización de los fenómenos referentes a la posesión. La existencia de la posesión es para el padre Fortea, en definitiva, la prueba empírica de la existencia del diablo.
¿Cuántos casos reales hay de posesión? Hecha la distinción entre la acción ordinaria del diablo, referida a la tentación, y la extraordinaria, referida a los fenómenos preternaturales, no parece que sean muy abundantes. Pero para nuestro propósito bastaría con que sólo certificáramos un caso. Ese caso, existe; es más, se constatan múltiples casos, y van en aumento. Si nos remitiéramos a la opinión de Sante Badolin, sacerdote jesuita y exorcista de Padua, entre las personas que piden un ritual de liberación sólo el 2,5 % son verdaderos casos de posesión diabólica, el 97,5 % restante son casos psiquiátricos. Por su parte, el doctor Valter Cascoli, médico psiquiatra, y portavoz y asesor científico de la Asociación Internacional de Exorcistas, piensa que habría que rebajar dicho porcentaje. Sea como sea, al incrementarse el número de personas que se dirigen a los exorcistas, aumenta asimismo el número de aquellas cuya etiología del mal que padecen hay que remitirla al ámbito preternatural.
Se trata, pues, de establecer los criterios que precisen la diferencia entre los casos de patología psíquica y los de posesión. No pocas veces el exorcista se encuentra ante una complejidad difícil de resolver, pero ya lo determinaba el padre Gabriele Amorth: “un exorcismo jamás ha hecho mal a nadie”, por lo que practicarlo de forma discreta sobre la persona implicada para discriminar si está posesa o no, resulta recomendable. Proponía el padre Amorth una estratagema: presentar dos vasos de agua a la persona presuntamente posesa, de tal forma que uno de ellos y sin que esa persona lo sepa contenga agua bendecida. Si esa persona bebe el agua bendecida y no sucede ninguna reacción por su parte, lo más probable es que sufra una patología de tipo psíquico. Pero si reacciona de forma violenta, incontrolada, blasfema o intenta atacar al sacerdote, lo más seguro es que esté aquejada por el demonio. Y es que una señal de posesión es la aversión hacia todo lo sagrado. A este síntoma habría que añadir otros, como la manifestación de una fuerza que excede a su complexión física, el conocimiento de cosas ocultas, hablar lenguas desconocidas o muertas, la convulsión del cuerpo en posturas inverosímiles o la entrada en trance con los ojos en blanco; lo más destacado es que cuando el sujeto pierde la conciencia suele emerger una segunda personalidad de tipo maligno. Cuando la persona regresa del trance, no suele recordar nada y no es consciente de esta segunda personalidad. Señala el padre Fortea que fuera de las crisis en que emerge esta segunda personalidad “en todo momento el sujeto distingue entre la realidad y el mundo intrapsíquico, no observa una conducta delirante ni alucinatoria”.
Son tres los capítulos de Daemoniacum en los cuales el autor dirime acerca de las cuestiones concernientes al buen diagnóstico sobre la posesión: Posesión y patología psíquica, Descripción de la posesión y Diagnosis de la posesión. Concluye que la sintomatología del poseso no se deja encuadrar en las actuales clasificaciones existentes acerca de las enfermedades mentales (sean las que incluye el DSM, Diagnostic and Statiscal Manual of Mental Disorders, de la Asociación Americana de Psiquiatría en su edición de 1994), y acuña un término propio para este tipo de trastornos: Síndrome demonopático de disociación de la personalidad.
 La disociación de la personalidad es el síntoma más específico de la posesión, y el autor dirime al respecto. No estamos ante un mero caso de esquizofrenia paranoide, o de fobia hacia lo sagrado, o de trastorno obsesivo-compulsivo, o de un desorden disociativo de la personalidad, o de epilepsia, o de histeria. Y esto por una serie de razones. En primer lugar, porque ningún morbo engendra conocimientos teológicos. Las respuestas que da esa segunda personalidad a las preguntas que se le hacen son siempre coherentes con la teología, algunas veces de gran profundidad, de tal modo que no están acordes ni con la ciencia ni con la inteligencia del sujeto. Por otro lado, en referencia a la confusión que puede darse entre posesión y epilepsia, hay que tener en cuenta que las convulsiones propias de la epilepsia nunca llegan a ser tan prolongadas como las que se dan en los casos de posesión, las que pueden prolongarse por espacio de tres horas, ni tampoco las fases tónicas y clónicas de la epilepsia aparecen en el sujeto poseso; en él se da más bien una evolución lenta, tendente a la contracción de los músculos que culmina no en la pérdida de la conciencia, sino en la emergencia de una conciencia diferente. No se trata propiamente, señala el padre Fortea, de que el sujeto se crea un demonio, o que oye voces de demonios, o que la persona con la que convive se ha transformado en un demonio, etc., sino que ambas identidades, la antigua y la nueva, subsisten en el sujeto alternándose según pautas fijas. Cosa curiosa es también, en los casos de verdadera posesión, que el sujeto pueda situar en un momento concreto el comienzo de los hechos que a él mismo le resultan inverosímiles; no sucede así en el caso de un enfermo psíquico, quien puede dar respuestas sobre el inicio de su mal, pero que resultan poco razonables para establecer una relación causa-efecto. En el enfermo psíquico “su percepción hace que no sea capaz de distinguir cuándo rompió esa barrera de la racionalidad, precisamente porque cree, sin duda alguna, que es real lo que es imaginario”.

Esto dicho, lanza el autor una pregunta: Si la posesión no es otra cosa que una mera patología psiquiátrica, entonces ¿por qué desaparece con el exorcismo? Es cierto que la sugestión existe, y que ésta influye en no pocas taras psicológicas hasta hacer creer al enfermo cosas inexistentes, pero también hay que concluir que la sugestión es ineficaz para volver a la normalidad el enfermo; el exorcismo sin embargo (o, mejor, una serie continuada de exorcismos, que Sante Balodin cifra en no menos que cincuenta, porque el camino para la liberación es largo y difícil) de repente ponen fin a toda la sintomatología de la posesión hasta el punto de que el sujeto puede reconducir su vida con normalidad.
Señala el padre Fortea que los escépticos, al no haber participado en ningún exorcismo, hablan de él como de algo oído. Este es un lastre que deberían dejar de lado, pues niegan a priori “un fenómeno que, por raro y complejo que sea, no debería dejar de ser objeto de investigación”.
Alguien podría pensar, por otra parte, que toda esta fenomenología concerniente a la posesión forma parte del imaginario del cristianismo. Nada de eso; este tipo de fenómenos se pierden en la noche de los tiempos y están constatados a lo largo de la historia, de tal modo que forman parte del acervo de cualquier cultura. El fenómeno no es sólo referible a una religión, sino que es una realidad antropológica, y, en este sentido, posee un carácter universal.
Un ser humano puede ser poseído, y eso le llevará a sufrir graves trastornos en su vida, pero qué puede ocurrir cuando ese poseso de manera fehaciente a su vez puede influir sobre los demás. Si multiplicamos este tipo de sujetos, ¿no podrían influenciar en grandes masas de población? Quizá la cuestión radique en llegar a una masa crítica, compuesta de los que saben lo que hacen y de los que tontamente se dejan guiar por aquellos que saben lo que hacen (entre las características del mal está su gran poder de seducción; el diablo incluso se disfraza de “espíritu de luz” (2 Cor., 11-14) cuando ello sirve a sus propósitos), para instaurar el mal en una sociedad. ¿Qué puede ocurrir cuando la acción del demonio encuentra un caldo de cultivo entre fáciles servidores que ostentan cargos de poder? Se ha mencionado con frecuencia la conexión del nazismo con determinadas sectas ocultistas. Aquella sociedad que pretendían los nazis, vista desde la actualidad, fue un espejismo, pero un espejismo atroz, causante de dolor y muerte. Ahora bien, si históricamente se dio aquel fenómeno, ¿por qué no podría suceder de nuevo? No sería extraño que pudiera volver a repetirse algo parecido; aunque seguramente mutando de forma, su trasfondo sería el mismo. “Los demonios actúan en la vida personal de los hombres así como en la historia”, señala el padre Francesco Bamonte, exorcista de la diócesis de Roma y presidente de la Asociación Internacional de Exorcistas. Y recalca: “No es suficiente saber que los demonios existen, sino que es preciso conocer cómo actúan para no caer en sus trampas”. ¿Qué podemos pensar de una forma de gobierno instaurada bajo los presupuestos del asesinato y los espejismos de la mentira?

                                                
                                                 Todos los derechos reservados

                                                 Jesús Cánovas Martínez©