martes, 24 de marzo de 2015

VISITA AL CEMENTERIO DE ORIHUELA

VISITA AL CEMENTERIO DE ORIHUELA





Cuando yo tenía diecisiete o dieciocho años era muchísimo más tímido y solitario que ahora. Vivía por aquel entonces en Madrid, bueno, en una barriada periférica de Madrid, llamada Entrevías, limítrofe, casa con casa, con el tristemente famoso Pozo del tío Raimundo. Aquella barriada era deprimente. Por la ventana de mi habitación, un tercer piso de un pequeño bloque, veía un panorama desolador: unas vías de tren, y más allá de ellas, pasados unos montículos grises, un bosque de chabolas con tejados de uralita. Hasta que no hicieron la avenida, en los días de lluvia se formaban unos barrizales terribles, y aquella circunstancia aumentaba todavía más la sensación de desolación.
Me sentía exiliado de una infancia por decreto, por un destino extraño, caprichoso y fatal que no controlaba y se oponía fuertemente a mi voluntad. Aquel lugar triste donde vivía, la soledad que se le adosaba, no era mi lugar, simplemente porque no lo había elegido; así que añoraba las frondas de una huerta cada vez más idealizada, lejana e imposible.
Pero yo me refugiaba en los libros —los que solía robar con sagaz tino en la Cuesta de Moyano o en cualquier librería que se me pusiera a tiro; poseo libros con sellos de una serie bibliotecas que me llenan de orgullo—, en la literatura, en la poesía. La poesía me gustaba a rabiar, y escribía. Escribía y leía, y no fui ajeno al influjo que sobre las gentes de mi generación tuvo la figura de Miguel Hernández, un poeta prohibido en la España de aquella época. Me hice con la edición que realizó Losada de sus obras completas, y puedo decir que la leía con auténtica fruición. Todavía hoy me sé casi de memoria El rayo que no cesa —poemario con el que aprendí a hacer sonetos— y gran parte de los últimos poemas de la producción hernandiana. Con aquellos poemas daba la paliza a mis compañeros de instituto; almas benévolas, terminaron por considerarme un individuo, sino loco del todo, por lo menos, medio loco. Cuando me decidí por estudiar filosofía pura, aquella sensación de extrañeza mutua, habida entre las gentes de mi pobre y limitado entorno y el menda, se agrandó un tanto más, hasta la desmesura.
Ser hijo de ferroviario en aquella época tenía sus ventajas. Por de pronto, disponía de un kilométrico con cinco mil kilómetros a mi disposición durante un año. Solía quemarlos, y como resultaban pocos, echaba mano del de mi abuela, cuyos kilómetros también quemaba; después cogía los kilómetros sobrantes del de mi madre. Algunos años, quemados kilométricos y kilómetros, mi padre tenía que pedir pases para que yo pudiera seguir viajando gratis encima de la rueda de cualquier tren. Aquellos viajes quizá fueran escapadas de la triste realidad, no sé; lo cierto es que casi siempre me dirigía al sur, a una tierra añorada y perdida, como un paraíso.
Un verano, a mediados del mes de julio, ideé una peregrinación a Orihuela, a su cementerio, con el fin de visitar la tumba de Miguel Hernández.
En el TER bajé hasta Murcia, en donde hice transbordo a un Cercanías. Sobre las tres de la tarde, en pleno rigor de la canícula, me apeé en la estación de Orihuela. El bofetón de calor fue inmediato. Creo que para proteger la cabeza llevaba un sombrero de paja —no puedo afirmarlo con seguridad, aunque creo que sí—, así que me lo encasqueté. El sol caía a plomo; y esta expresión: el sol cae a plomo, como bien saben algunos, no es un tópico en las tierras del sur.
—¿Por dónde se tira para el cementerio? —pregunté al jefe de estación.
—Queda lejos —dijo el hombre, y, mirándome de arriba abajo, hizo un gesto algo rebuscado que no me gustó—. Puedes seguir por aquí —me indicó con las manos—, y después doblas hacia la derecha, pasas el río, y sigues hasta que te encuentres con la carretera de Murcia. Vas todo recto, ya verás el cementerio.
Y allá que me fui. Para orientarme tuve que volver a preguntar unas cuantas veces a los escasos viandantes con que me topé. Llegado a la carretera de Murcia, fue muy fácil. A la derecha, un caminillo subía hacia un altozano en donde tras unas tapias blancas se erguían, altos, los cipreses. Entonces Orihuela era una ciudad no tan extensa como ahora, por lo que en gran parte del trayecto, me vi flanqueado por huertos de limoneros. Yo me encontraba feliz, sentía casi una felicidad estúpida.
Busqué y busqué la tumba de Miguel Hernández, y al no encontrarla pregunté por fin al hortelano. Me dijo que allí no se encontraba el poeta; estaba enterrado en el cementerio de Alicante. Sin embargo, podría visitar otra tumba: la de Ramón Sijé. Aquel hombre me indicó una lápida sobre la tierra, gris y en forma de libro abierto. Allí yacían los restos del amigo a quien Miguel Hernández había compuesto una tremenda elegía. Durante unos momentos me quedé como un tonto mirando aquella lápida; no sé en lo que pensé, supongo que en pocas cosas o en muchas; tal vez rebotó de un lado hacia otro de mis mientes la famosa elegía. Después de tan exigua ofrenda regresé a la estación para coger el primer tren que me llevara a Murcia.
Aquella excursión no fue en vano. De regreso, en el tren, mientras por la ventanilla se deslizaban los huertos y las palmeras, compuse una elegía en forma de soneto, un pequeño homenaje a mi poeta admirado y de quien no había encontrado su tumba. Muchos años más tarde aquel poema apareció en un libro cuyo título lo tomaba de uno de los versos del poeta: A la Desnuda Vida Creciente de la Nada. Y aquí está:

Poblado de limón el cementerio,
de aulagas que se nutren por costados
abiertos a los cielos, al silencio,
la tierra ya te habita irremediable.

Por el azul limpísimo, una nube;
diadema de esperanzas y preguntas,
que tú podrías sólo con quererlo
hacer llorar en precio del instante.

Esta postrer corona, con el vuelo
de un suspiro de tarde de campanas
—que por ti, son por ti, que doblan tristes—,

sin prisa ahora coge, de su aroma,
con los ojos abiertos a la nada
una vez más. Sí, tú: Miguel Hernández.

                       
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                        Jesús Cánovas Martínez©