martes, 29 de marzo de 2016

EL LOGOS Y SUS ENERGÍAS

EL LOGOS Y SUS ENERGÍAS
EMILIO SAURA









A veces resulta que pasa la procesión por delante de la casa de algunas personas y no se enteran. Después algún vecino o alguien de su confianza, esos hombres que saben —que los hay—, les pregunta por la procesión, qué les ha parecido.
—Qué te ha parecido la procesión, ¿vistosa, no?
—¿Qué procesión?
—La que ha pasado por delante de la puerta de tu casa.
—¿Sí?... ¡Ah, ya!
Quizá pueda parecer mentira, pero este caso se da con relativa frecuencia. Pasan las procesiones y quienes más cerca están de ellas no se enteran. Tal eventualidad sucedió, me viene ahora a la memoria, allá por las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, cuando un grupo de gente, a caballo entre la ortodoxia y la heterodoxia, comandado por Emilio Saura, se reunía cada jueves primero de mes en el Salón Parroquial de la iglesia de San León Magno, en Murcia. Se hablaba allí de lo humano, pero sobre todo de lo divino. Emilio Saura las introducía, previa exorcización con el Salmo 91, con unas palabras de san Pablo seguidas del comentario de la Carta Astral que había levantado al respecto; luego hacía alusión al número de la sesión y su significado cabalístico. A continuación de tal introducción invariable, los participantes, apoyados en un pertinente texto sagrado, iniciaban el diálogo. Personas y personajes variopintos pasaron por aquel Salón: hippies de la última hornada, filósofos desencantados de la filosofía, gnósticos que cuestionaban la gnosis, nescientes sabedores de su ignorancia, cristianos de ida y de vuelta, practicantes de yoga o de otro tipo de terapias, gente de extrarradio o de frontera abrasada por el polvo de los caminos, soldados de primera línea curtidos entre las trincheras, francotiradores de diversa índole… Todos ellos buscadores de la Verdad. Salvo algunos, claro, que no buscaban la Verdad, que de todo hay, como los secretas de la policía que de vez en cuando se dejaban caer con el fin de saber qué ocurría allí realmente —la policía no es tonta—. Quizá aquellos secretas fueran por obligación, pero estoy seguro de que algún eco debió de llegarles acerca de lo que se debatía, y de este modo, cumplida la misión encomendada, les reportó un gran beneficio para sus vidas.
¿Por qué refiero estas cosas? Porque son verdad, en primer lugar; en segundo, porque traigo a colación un libro de Emilio Saura pertinente al caso que trata de astrología: El Logos y sus energías, publicado en 1986 por la Editora Regional de Murcia. Y en Murcia tenía que salir el libro para que no se le diera publicidad ni importancia alguna, se ninguneara como es debido y, salvo unos pocos, se le concediera el cumplido valor que merecía.
 —Claro, claro… se entiende, hablar de astrología, acercarla al gran público, fuera de ambages truculentos y, por si fuera poco, en Murcia, ese soleado y macabro lugar, rinconera de España, vaya, vaya…
—Cosas de murcianos. 
Sin embargo, las cosas son como son, y han sido como son. Sucedieron aquellas reuniones y sucedió el libro. Las reuniones dejaron la huella que tenían que dejar en gran parte de los que de forma más o menos activa —muy pasiva, en mi caso— participamos en ellas. El Logos y sus energías, cuando ya se alumbran los 30 años de su eclosión, también dejó su huella, y algunos fueron capaces incluso de reconocer el mérito del autor. Entre estos algunos que sopesaron debidamente la importancia de la publicación se encontraban Miguel Espinosa, José López Martí y Juan Sarabia; los cito porque son ellos los que flanquean el libro con dos prólogos (Miguel Espinosa y José López Martí) y un epílogo (Juan Sarabia) escrito a vuela tecla.

Con la lucidez que lo caracterizaba, Miguel Espinosa —me apresuro a decir que yo no lo conocí—, en unas líneas escritas para los que creen en la astrología y para los que no creen en la astrología, da una buena pista para dilucidar el discurso astrológico. Se apoya para ello en la distinción de dos talantes que se corresponden con dos formas de ver el mundo. Uno de ellos, el talante reflexivo, enjuicia la cosa, por lo que ve el mundo como semántica; el otro, el especulativo, enjuicia las relaciones entre las cosas, por lo que ve el mundo como sintaxis. Como la semántica entiende el mundo como un conjunto de datos que deben entenderse en el plano del sentido —el sentido se halla en la facultad de la razón o en la voluntad de la Divinidad Personal—, el talante reflexivo, por tanto, se resigna o inclina ante los hechos. El talante especulativo, sin embargo, no se resigna, porque la sintaxis explica cualquier algo por los otros algos que aparecen en la figura, o, lo que es lo mismo, la sintaxis es un saber relacional que contempla estructuras, y la estructura siempre se esclarece por la estructura. El talante especulativo, de este modo, da lugar a explicaciones mucho más complicadas, aunque más coherentes, ya que atienden a la forma de los hechos, que aquellas otras a que aboca el talante reflexivo, más sencillas, aunque resignadas a los hechos. Miguel Espinosa establece esta dicotomía, pero no se inclina a favor de uno u otro de sus polos. Sin embargo, viene a precisar, como conclusión, que para la astrología la naturaleza no son datos, sino sintaxis; es por esto que la astrología es una gramática cuya expresión consiste en leer el cielo. Y termina el prólogo —que he resumido abusivamente— haciendo mención al saber del autor del libro que, como saber intransitivo que es, un sólo saber que se cierra en sí mismo y produce saber, únicamente puede resolverse en comportamiento:

Los sintácticos son, naturalmente, paradójicos y dialécticos, piensan por oposición y reflejan el movimiento que ponen, o que hay, en las cosas; su escribir, más que una reflexión, o una meditación, es un comportamiento. Cuando nos asomemos a las páginas de Emilio Saura, no imaginemos, superficialmente, que el autor considera o valora así el mundo, sino que lo vive como siendo así.

Al contemplar los aspectos introductorios o prolegómenos de El Logos y sus energías, resulta interesante establecer un diálogo con Miguel Espinosa y, de alguna manera, ampliar aquello que ha dicho y aquello otro que no ha dicho. Como lengua que es, aunque angélica, la astrología se apoya en signos que son símbolos; como tal, en ella cabe distinguir las tres dimensiones o esferas de la semiótica: una sintaxis, una semántica y una pragmática. La sintaxis atiende a las relaciones formales entre los signos o símbolos; la semántica hace referencia a la relación del signo con el objeto que nombra; la pragmática se ocupa a la relación del signo con sus intérpretes, y contempla los fenómenos fisiológicos, psicológicos o sociológicos que acontecen en su uso. Estas dimensiones se corresponden con los tres niveles que, a su vez, siguiendo a Raymond Abellio, podemos distinguir en el saber astrológico: el estructural, el simbólico y el predictivo o influencial. El estructural-sintáctico analiza las relaciones existentes entre los diversos símbolos que constituyen la gramática astrológica; el simbólico-semántico ahonda en los significados o resonancias de esos símbolos; el predictivo-pragmático se ocupa de su uso o aplicación en la concreción de la cotidianeidad.
Por el nivel estructural-sintáctico se explican los otros dos, porque por él se entra en la inteligencia de Dios, o, mejor, en la comprensión angélica de la inteligencia creadora del Logos; es el nivel del fuego, del espíritu. El nivel simbólico-semántico atiende a la comprensión de la multivocidad o polisemia del símbolo (es el nivel del aire, cuerpo mental, y del agua, cuerpo emocional). Por el nivel predictivo-pragmático se alude a la fisicidad; es el nivel de la tierra. A modo de círculos concéntricos, desde el más amplio al menos amplio, tendríamos lo siguiente: El círculo pragmático, que hace mención a la corporalidad; el semántico, a la dimensión psíquica o mundo intermedio; el sintáctico, al espíritu. Este último nivel o círculo interior de la astrología —digo interior como una forma de hablar, porque propiamente no es ni interior ni exterior, sino integrador o estructurador— es el que fundamentalmente interesa a Emilio Saura, y consiguientemente, el que aborda en el Logos y sus energías.

¿De qué sintaxis hablamos? De la de los cielos; por concomitancia, de aquella que llevamos inscrita en nuestro ser en el momento del nacimiento. Como es arriba, es abajo, reza la Tabla Esmeraldina; y la sintaxis astrológica trata fundamentalmente de eso: de comprender el juego de las proporciones, de las estructuras, del orden, en definitiva, atendiendo a las correspondencias y sincronicidades que se establecen entre lo de arriba con lo de abajo. El horóscopo o Carta Astral no es otra cosa que el reflejo de la posición de los astros en el momento de nuestro nacimiento, teniendo en cuenta que esa estructuración de las fuerzas-símbolos reflejo de los astros quedará imprimida de tal forma en nuestro ser que la experiencia de la vida que tengamos vendrá condicionada por dicha estructura.
Cuando se establece el principio nombrado, comienza la polémica. Que la posición de los astros deja un marchamo en nuestro ser (no entro en la discusión si éste se produce en el momento del primer vagido o en el de la concepción, o habría que considerar ambos), se puede alumbrar atendiendo a la consideración del bagaje que portamos a la hora de nacer o, dicho de otro modo, bajo la perspectiva de aquello que le pertenece a nuestra naturaleza por derecho propio; entender, solamente con la práctica y la comprobación empírica. Ya Descartes hablaba de las ideas innatas, de los principios generales y universales que llevamos inscritos en nuestra razón de forma innata o a priori; previos, por consiguiente, a la experiencia (Kant añadirá: Y condicionantes de la experiencia). Pero el caballo de batalla entre racionalistas y empiristas precisamente es éste: el innatismo. Por todos los medios los empiristas tratan de demostrar que no poseemos ideas innatas, que todo lo que albergamos en nuestra mente es producto de nuestra experiencia; sin embargo, genial fue la respuesta dada a Locke por Leibniz en el inicio de sus Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano: “Al nacer, efectivamente, nada hay en nuestro entendimiento, salvo el entendimiento mismo”. Entre estas ideas innatas se encuentran las estructuras lingüísticas, algo que nos lleva, hablando del lenguaje y de su armazón lógica, a ponderar cómo curiosamente en el siglo XX Noam Chomsky corrobora el viejo aserto cartesiano: la estructura sintáctica del lenguaje pertenece a nuestra razón, es innata. Para mantener la tesis se apoya en una serie de argumentos o evidencias: Primero, porque hay una edad óptima, entre los tres y diez años de edad, para su aprendizaje; segundo, porque no se necesitan instrucciones especiales para su adquisición, ya que es algo que sencillamente sucede; tercero, porque corregir una palabra mal pronunciada no resulta útil, ya que los niños la volverán a pronunciar de igual manera que antes; cuarto, porque todos los niños alcanzan sus metas lingüísticas en el mismo momento evolutivo, con independencia de la lengua en que son educados. ¿Cómo debemos entender este innatismo, pues? Descartes lo precisaba: como una potencialidad de nuestra mente que puede actualizarse en diverso grado o hasta cierto punto. Así, en un opúsculo que lleva por título Observaciones sobre la explicación de la mente humana, señala el filósofo galo que utiliza el término innato de igual forma que cuando se dice que una virtud prepondera en algunas familias o que en otras existe una disposición a padecer tal o cual enfermedad. Con la astrología ocurre de igual modo; su praxis vendrá a corroborar lo enunciado de un modo teórico. Si nos tienta profundizar en este saber, comprobaremos sorprendidos que ciertos acontecimientos suceden cuando hay una determinada posición de los astros, y que cada uno de nosotros posee ciertas disposiciones prontas a actualizarse según determinados momentos.
  Valgan las precisiones anteriores, y valga el referente a la gramática. La sintaxis astrológica nace con nosotros, esto es, en el momento del nacimiento queda inscrita en nuestro ser; la constituyen símbolos-fuerzas que al ordenarse de una forma determinada condicionarán nuestra experiencia vital. En principio, según la posición del Sol en el ecuador celeste, tenemos doce grandes familias: los doce Signos del zodiaco (cada uno de ellos supone un arco de 30º de la esfera celeste). Cada una de estas familias se subdivide, a su vez, en doce Casas (que varían en dimensión dependiendo de la latitud), según la posición del signo Ascendente; por consiguiente, cada nativo de un determinado Signo puede pertenecer a una de estas doce Casas. Si multiplicamos los doce Signos por las doce Casas, tendremos 144 posibilidades de ser —y de estar— de una persona en el momento de su nacimiento. Después veremos la posición de la Luna, su significado en esos Signos y Casas, y pasaremos a ponderar la posición del resto de los planetas, también en sus respectivos Signos y Casas; a continuación, estableceremos las relaciones o correspondencias que hay entre el Sol, la Luna y el resto de los planetas. Por último, determinaremos la posición de ciertos puntos, factores de intensificación o zonas relevantes —el eje Dragón, el de la Luna Negra, el del Sol Negro, las Partes arábigas…— y sus correspondencias y relaciones con el resto de las posiciones anteriormente establecidas. Si queremos ser más precisos aún, constataremos la posición de las estrellas fijas. Ya tenemos levantado un horóscopo, o Carta Astral, que, como se ve no es nada trivial y es enormemente particularizado. Aun así, no lo tenemos todo; ahora hay que darle un papirotazo a esa estructura y ponerla en movimiento, puesto que no hay nada quieto en el cosmos.

Si queremos movernos en el plano o nivel simbólico-semántico, al hilo del análisis de la estructura operaremos la síntesis a que lleva la consideración del carácter abisal de los símbolos, y la astrología, sin perder su carácter de ciencia adquirirá carácter de videncia en cuanto no sólo el conocimiento del astrólogo entrará en juego, sino su intuición, su saber hacer, su arte; arte especialmente necesario cuando consideramos el plano predictivo-pragmático. El astrólogo baja ahora del cielo de las estructuras y busca el contraste de éstas con la tierra, con una realidad concreta. Esta realidad puede ser un ser humano con nombre y apellidos, nacido en una hora y lugar determinados, circunstanciado, por tanto, por un ambiente, por una época, por un grado de inteligencia, o de espiritualidad, o de madurez. El astrólogo pormenorizará al máximo para tener una posible previsión de sus actos, pero su intuición —hablamos de una forma de saber inmediata, no discursiva— le llevará a resoluciones sintéticas. En este sentido, poseía Jean Carteret, a quien Emilio Saura reconoce como el creador de la astrología estructural, tal poder de intuición que tan sólo con echar una mirada a la casa donde vivía una persona, aun sin conocerla, era capaz de reconstruir las posiciones planetarias de su Carta. Tal maestría es un ejemplo del saber astrológico convertido en arte, con la sola mirada descubría las correspondencias de un entorno con una vida, y, de ésta, con el entramado del cosmos.
Ahora bien, la libertad humana queda reflejada en ese espacio vacío y central de la Carta astrológica, por lo que siempre, aunque todo resuena y se corresponde, habrá que tener en cuenta que los condicionamientos astrológicos nunca la niegan. El cosmos resuena, los astros nos influyen, pero somos libres. Ante un individuo con un mayor grado de realización, menos posibilidad de predicción; ante otro con menor grado de realización o madurez, mayor probabilidad de acierto. El sabio domina su estrella, el necio es dominado por ella, decía santo Tomás, aserto con el que salva la libertad e indica la función que debe cumplir la astrología, entendida como vía de conocimiento capaz de transformar y elevar al propio sujeto cognoscente —puesto que somos lo que conocemos— en favor de la realización de sus posibilidades más altas. 
Las consideraciones realizadas llevan a matizar el tema de la creencia o increencia en la astrología. Una pregunta mal planteada lleva a una respuesta errónea, y tal circunstancia suele ocurrir a menudo cuando se debate sobre astrología. Por lo general, el común introduce tal debate con la pregunta: “¿Crees en la astrología?” No debería ser así. En dicho planteamiento hay implícita una especie de confusión parecida a la falacia naturalista, la que supone sin más que se puede pasar desde el ser al deber ser, desde cómo se presentan los hechos en la realidad a la valoración de los mismos y su constitución en “norma”. Que alguien crea en algo no significa que lo sepa; saber no es creer: saber significa poder verificar lógica o empíricamente los postulados desde los que se parte; la creencia, sin embargo, elude tal verificación o la pospone. Nadie pregunta a otro: “¿Crees en las matemáticas?”, porque si así lo hiciera, dicha pregunta estaría mal formulada. La pregunta adecuada sería: “¿Sabes matemáticas?”, porque no se trata aquí de una cuestión de fe, sino del conocimiento que se tiene de esa materia. Luego se indagará hasta dónde llega dicho conocimiento: Si la persona preguntada sabe resolver ecuaciones de segundo grado o de tercer grado, si sabe resolver una raíz cuadrada o cúbica, etcétera. De igual modo a cómo ocurre con las matemáticas o cualquier otra disciplina científica, la pregunta correcta, en referencia a la astrología, no es acerca de la creencia o falta de creencia en la misma, sino la que concierne a su conocimiento o falta de conocimiento. Tal cambio de perspectiva es importante, porque conociendo se disuelven las dudas a que una fe con fisuras podría inducir. Dicho lo cual, y al hilo, cabe mencionar a Michel Gauquelin, quien allá por los años 50 del siglo pasado inició un estudio estadístico para demostrar definitivamente que la astrología era una falsa ciencia ( L’influence des Astres, 1955). Así sometió a estudio una gran cantidad de horóscopos de personajes célebres. Para su sorpresa descubrió que estas celebridades —de la ciencia, de las artes, del deporte, de la milicia, de la política— tenían de forma estadísticamente significativa a Marte, Júpiter, Saturno, Venus o la Luna, según fuera el caso, próximos al Ascendente o el Medio Cielo. A partir de entonces, con sus veinte libros publicados, vino a concluir que existe una sincronicidad entre el ser humano y los planetas, esto es, dicho de otro modo: que existe una interdependencia universal.

Interdependencia universal… Cuando vengo a esta expresión, y la considero, experimento la misma estupefacción que tal vez sintieron Miguel Espinosa, José López Martí o Juan Sarabia al leer por primera vez El Logos y sus energías y verse abocados a decir algo sobre él, y comprendo que las reflexiones realizadas hasta ahora, aun válidas, tan sólo constituyen una triste reseña, un mal prólogo claramente mejorable de la obra. Confieso mi ignorancia, mi torpeza; me he quedado en la pura exterioridad, en la cáscara. No era eso; el libro propiamente no trata de teoría, sino de vida. Anteriormente ya he citado la opinión de Miguel Espinosa al respecto. Juan Sarabia, en su epílogo a vuela tecla, abunda en lo mismo: Nada puedo añadir a un libro tan concluso, cerrado y lleno de mil riquezas. Para sostener algo que contuviera una extensa y verdadera opinión sobre este libro, tendría que escribir otro libro, por lo menos tan largo como el presente. Ya sugería Borges algo de esto en aquel relato, Pierre Menard, autor del Quijote. Cuando queremos comprender un escrito, hacerlo carne en nosotros, carne nuestra, integrarlo a nuestro ser, sólo nos es dado reproducirlo como si nosotros fuéramos su mismo autor.
Emilio Saura en el Logos y sus energías aborda el núcleo de la astrología con un rigor geométrico, analítico a la vez que sintético, profundo. La astrología en su nivel estructural, tal y como nos la presenta, es un sistema simbólico que trata de expresar la interdependencia universal —postulado de base de todo conocimiento esotérico— de forma rigurosa; en esta labor atiende a una mayor intensificación de la consciencia en aras de tal comprensión, y tal comprensión, a su vez, la remite a una mayor riqueza de la vida. Este segundo aspecto es el que constituye el propósito fundamental del libro. No se trata, pues, de llegar a un mero conocimiento teórico del simbolismo astrológico, sino, lo que resulta más importante, de llegar a un conocimiento vital del mismo, a un comportamiento, a un modo de resonar, y saberlo, en la unidad de todo lo que existe. El autor, por tanto, ofrece su experiencia, y se ofrece, él mismo, para tal cometido. Este es el primer párrafo de El Logos y sus energías, pórtico de la obra:

El presente libro tiene como base una experiencia directa del simbolismo astrológico y su propósito es objetivarla de alguna manera. Si, en principio, la astrología, entendida en sentido “ascendente”, nos conduce a una comprensión de la interdependencia universal, la tarea que aquí se nos plantea tiene un sentido “descendente”, a saber, el de clarificar el simbolismo astrológico a la luz de la citada experiencia.

El Logos y sus energías no es, por tanto, un manual al uso de astrología; su propuesta rebasa tal designio, por cuanto se constituye en un camino de realización, dirigido, como tal, hacia un punto omega: el alumbramiento del hombre nuevo. Un hombre nuevo al cual convenga un nuevo talante, el intuitivo, característica propia del hombre estético, con cuya emergencia se sustituya cualquier otro talante y, por consiguiente, cualquier otro tipo de conocimiento. Este nuevo talante es aquel que ve el mundo bajo la perspectiva de la integración de sistemas, en el que las partes de un sistema son sistemas en los que resuena la voz del conjunto de todos los sistemas. Tal mirada integra, suma, hace resonar, intensifica; nunca disminuye. Así como nuestro cuerpo está integrado por una serie de sistemas y no podría vivir sin la integración o interdependencia de esos sistemas, de igual modo ocurre en el cosmos —al cual habría que referir su significado originario de orden—, donde todo está conectado con todo, y donde, en cada una de sus partes, resuena la totalidad.
La Verdad es una, pero resuena de múltiples formas. El resonar astrológico es bello, armonioso, reflejo de la música celeste. Se penetra con él en la belleza de la creación, en el arrobamiento de su gloria. Es una vía de acceso —así lo declara Emilio Saura llegado a su floruit— al conocimiento del verdadero nombre que nos conforma y de aquel otro que constituye verdaderamente las cosas, a la Palabra perdida, al Nombre de todo nombre, en definitiva, al Logos Creador.

Soy consciente de que ignoro más de lo que sé y de que me he quedado en el umbral de El Logos y sus energías sin traspasarlo, pero también lo soy que no podía haber sido de otro modo. Por mi parte, ya que me he puesto a la tarea, me queda invitar a su lectura para que sea el mismo lector quien saque las conclusiones oportunas o, por lo menos, proponga las preguntas inquietantes. Es mi deseo ferviente —de igual forma lo supongo en el autor del libro—, que, a quienes lleguen estas cosas, les ocurra algo así como ocurrió con aquellos antiguos secretas que mencionaba al principio, y les sirvan de provecho y de mucho bien para sus vidas. Algo les quedará, digo yo; así lo espero también para mi vida.


                                   Todos los derechos reservados.
                                   Jesús Cánovas Martínez©

                                   Filósofo y poeta

sábado, 19 de marzo de 2016

ROBLE AMIGO

Queridos amigos: Había hecho noche en San Juan de Ortega y, avanzada la mañana, caminaba hacia Atapuerca. Atravesaba un robledal cuando decidí hacer una pequeña pausa y descansar un momento debajo de uno de aquellos robles, los que me llamaban, no sé por qué. Así lo hice; tumbado bajo el roble —tal vez rezaba—, veía el sol inquieto titilar entre sus ramas y hojas cuando fui tomado por una intensa emoción. Me levanté y, casi con lágrimas en los ojos, abracé su tronco. Quizá esta escenificación fuera excesiva, puesto que nadie me veía, pero el caso es que inmediatamente saqué un cuadernillo de la mochila y de un tirón escribí el primer poema de una serie que más tarde salió como libro bajo el título de Kyrie Eleison. Aquí está ese poema, propicio para la Semana Santa:




Roble amigo


Roble amigo.
Caricia de tus hojas
sagradas
entre mis manos;
tersura de tu piel
rugosa
y delicada me desviste
la inocencia arcana
en la espesura de mi alma
herida.
Resbala el musgo
por tu frente
como por la mía,
tupido
en verde suave
frente a un abismo,
o la huella
y el símbolo desvanecido
que me asola
ante la tumba espesa
de mis muertos.

Olor suave
ante el rocío
levanta la mañana,
azul álgido,
nubes y ríos
de silencio en la dicha
de contemplar las cosas.
Las pobres palabras
de mi vida entroncan
el silencio
en verde que pregunta…
¿Qué prometes?
Inocencia la llama
de mi fatiga a golpes
del corazón cansado
busca tu presencia
tropezándose,
lágrimas de un rostro
al fondo
del silencio en atisbo
de ocasos
o dolor.

Tañe una campana
ante los perros
lejanos
y grises que me impulsan
ciegamente lejos
de mi tierra y de mi hogar…

Lento paso del día
asume el instante,
como un umbral
despierto ante el paisaje
que se ofrece
y se oculta
junto a ti.


(De Kyrie Eleison, Madrid, Ed. Betania)
Todos los derechos reservados

Jesús Cánovas Martínez©

martes, 15 de marzo de 2016

UN LIBRO POR MONTERA

UN LIBRO POR MONTERA



Últimamente tengo sensaciones extrañas. Nada más despertar y echar un pie a tierra, da igual que sea el izquierdo o el derecho, siento desasosiego, angustia, náuseas. Esta sensación no suele durar mucho, pero me persigue durante varios minutos mientras descorro las cortinas, orino o preparo el café; me hace deambular inquieto por la casa sin saber a dónde me dirijo o qué voy a hacer —se me olvidan las cosas— y, según los días, se torna más o menos intensa. Cuando llega a cierto clímax viene a dulcificarla otra diferente y de signo contrario: Un ligero y balsámico peso encima de la cabeza que opera como calmante. En sí mismas estas sensaciones no son graves; al salir de casa desaparecen enseguida o se me olvidan, y puedo desempeñar mis actividades con absoluta normalidad. Sin embargo, al despertar del siguiente día encuentro el mismo desasosiego, la misma desazón, hasta que ese dulce peso encima de la cabeza vuelve a calmarme. No sé lo que me pasa. Me preocupa la persistencia de tan extraños síntomas. Llevo así varios días, semanas, y temo que se cronifique la situación. No son sensaciones dolorosas, sí inquietantes. Quizá encubran una dolencia grave, o no; hay tantas. El caso es que me estoy acostumbrando a encontrar la calma con el dulce peso sobre la cabeza; no puedo vivir si de mañana no lo siento. Resulta algo así como la droga. Me produce adición.
Voy a explicar las sensaciones que experimento un poco mejor. Me levanto mal, la cabeza me da vueltas, echo a andar como un autómata; en principio, no sé hacia dónde me dirijo, me falta algo, me falta el aire, me acomete un estado de pánico, de profunda ansiedad, no sé qué hago, cuál es mi ubicación, cómo es el mundo, qué nueva gracieta se les ha ocurrido a los políticos, esas cosas. El pulso se me acelera y comienza  la dichosa taquicardia, pom pom, pom pom; voy como un loco por la casa, corro o me paro en seco, creo que hasta grito. Y de repente cesan tan extraños síntomas cuando comienzo a sentir el dulce peso del que he hablado encima de la cabeza. Ya estoy calmado y puedo pasar a las transacciones con los pequeños peajes de la cotidianeidad: al aseo personal, a preparar el desayuno, a una charla amena con mi mujer mientras tomamos el café, a disfrutar de los rayos del sol, alegres y vivos, que entran por los ventanales del salón antes de irme al trabajo. Soy otro. Hasta aquí lo que puedo consignar. El resto de la jornada ocurre sin mayores problemas; desempeño mis funciones con normalidad, eso creo, urgido tan sólo por las menudencias del trabajo o por esos pequeños contratiempos que salen al paso.
Sin embargo, tomando el café, mi mujer me suelta:
—Te has vuelto muy extraño. Tienes unos despertares que ya, ya…
—No sé lo que me pasa, nena —le digo—. Siempre me ocurre por la mañana, al levantarme.
—¿Pero tú te has visto? ¿Sabes lo que haces?
—¿Cómo, que si me he visto? ¿Qué quieres decir? ¿Qué hago?
—¿No eres consciente de lo que haces? —pregunta mi mujer en plan retórico, y se explica—: A mí, al principio, me tenías asustada. Me preguntaba si te habías vuelto un para anormal de ésos—incidió en lo de para anormal recalcando la palabra, deslizándola como el que no quiere pero con cierto tonillo—. De ti, a estas alturas, espero cualquier cosa.
—Si empezamos con las sutilezas y los velamientos no vamos a ir a ninguna parte.
—No, si yo ya estoy acostumbrada, me tienes acostumbrada a tus para anormalidades. Es algo que asumí desde el momento en que me casé contigo.
Y ahora va y se enfada.

—¡Bien! ¡Usted dirá! —dice, y se me queda mirando con ojos inquisitoriales, inexpresivos.
Permanezco callado. Echo un vistazo a los párragas que cuelgan de las paredes, contemplo ese estilo personalísimo del artista. Yo lo conocí en el último tramo de su vida; era un hombre sencillo al que, si no estabas al tanto y lo encontrabas por la calle, te daban ganas de darle una limosna. Medito sobre la sobriedad de su sepultura; en el lateral de un bloque de mármol blanco, su nombre, unas fechas, una escueta palabra: José María Párraga, 1937-1997, PINTOR.
Han sido sólo unos segundos de distracción, los suficientes. Mi mujer, rápida, ha cogido la palabra:
—Nunca ha sido normal —dice—. Enfilando hacia la vejez ha publicado una novela, la única en su vida y corta, y esa eventualidad le ha trastocado los hábitos, que en sí mismos no eran muy normales. Pero ahora se le ha agudizado el comportamiento anormal. Se levanta desconcertado, vaga por la casa, da gritos sin ton ni son hasta que llega a la repisa de la biblioteca donde tiene un ejemplar muy sobado de su libro y se lo pone por montera. Sólo así se calma.
            El interlocutor de mi mujer, parapetado tras una ancha mesa, tiene los ojos bovinos, enormemente saltones; azules y fríos, no denotan emoción. «Este individuo hubiera sido un buen nazi —pienso para mis adentros—, un Doctor Muerte inmutable ante el sufrimiento de sus víctimas.»
            Mi mujer y el psiquiatra —a lo que deduzco, ya que lleva una bata blanca— intercambian opiniones, hablan sobre mí, o eso sospecho, porque yo no presto atención a lo que dicen. Tengo otras cosas en qué ocuparme; mi cabeza vuela hacia el argumento de una próxima novela. Trata de un pobre hombre que siente extraños dolores de cabeza nada más despertarse; dolores que calman al poco, pero que se repiten insistentes día tras día. Su mujer, alarmada por las incoherencias del individuo, lo convence para que vaya a la consulta de un psiquiatra de cierto prestigillo; sin embargo, y aquí comienza lo interesante, este psiquiatra propiamente no es un psiquiatra. Es un médico nazi criogenizado al final de la Segunda Guerra Mundial que ha sido despertado durante los últimos tiempos para que experimente con la gente tonta o poco avisada que le cae por consulta. Las misiones que debe cumplir son inconfesables y destructivas. En un periquete monto la trama. Para entonces mi mujer ha terminado de hablar con el nazi que, tras la inocente fachada de psiquiatra, esconde un pasado demasiado turbio. Oigo que el tal le dice a mi mujer:
—Déjelo, señora, que no hace mal a nadie. Si no le diera por ponerse el libro por montera, se pondría una manta zamorana, o chuparía candado o algo peor.
Después se dirige a mí:
—Para usted se han acabado los problemas —me dice el nazi—. Al levantarse, lo que tiene que hacer cuando comience a sentir que el pulso se le agita, es preguntarse: «¿Qué tengo que hacer cuando el pulso se me agita?». No, no crea que es una pregunta tonta. Con tal pregunta, y mientras rebusca en su memoria la respuesta, se distraerá durante unos segundos, tiempo suficiente hasta que consiga ir a su biblioteca, rebusque entre los anaqueles, encuentre el libro de marras y se lo ponga por montera. Después, santas pascuas.
—¿Y las pastillas? —pregunta mi mujer.
—Las pastillas son para usted, señora —dice el nazi—. Tómese una antes de irse a dormir, de este modo sus sueños serán plácidos y despertará con ánimos para afrontar las exquisiteces a las que la tiene acostumbrada su marido. Ya verá, en dos días pensará que ese tipo de comportamientos son lo más normal del mundo.

Ya estoy curado, ya no siento esa ansiedad horrorosa, ese desmayo vital mañanero que me tenía tan preocupado. El Doctor Muerte ha definido mi dolencia como Monteritis Librarum Retontarum o algo así, un nuevo morbo descubierto por la neurociencia sobre el cual se suscitan hoy en día acalorados debates entre los especialistas. Esa definición me conforta. Ya sé lo que me ocurre, y tal conocimiento opera como un bálsamo en mi cerebro desquiciado. Sin embargo, el nazi redivivo me ha advertido que los síntomas de la dolencia pueden cesar mañana mismo o perdurar durante años.
Sigo al pie de la letra las indicaciones del amable nazi —llamémoslo así, no quiero indagar por si encontrara tortuosas correspondencias, ocultas conexiones— con la esperanza de alcanzar la cura definitiva. Mi mujer ya no está alarmada, han cesado sus protestas, se comporta; por mi parte, hago lo mismo que hacía antes de recibir el honroso consejo, esto es, todas las mañanas me pongo el libro por montera, pero sin sentir la molesta ansiedad que antes me producía tanto desconcierto. Llevo con la terapia varios meses y no desaparece este extraño hábito. Ni quiero. Es más, me animo incluso a salir a la calle con el libro sobre la cabeza. De paso cargo todo lo que puedo a las buenas gentes que se cruzan en mi camino.

                                                Todos los derechos reservados.
                                                Jesús Cánovas Martínez©



miércoles, 9 de marzo de 2016

SOBRE "EL QUINTO CAMINO", LA NOVELA

SOBRE EL QUINTO CAMINO, LA NOVELA


El tiempo a veces va tan deprisa que supera a los mismos acontecimientos. Esto ha ocurrido, p. ej., con El quinto camino, que ha salido a la luz antes de que se actualizara el Catálogo de Tres Fronteras Ediciones.
¡Da igual! El quinto camino, nunca mejor dicho, se abre camino y me dicen que ya ha llegado a algunas librerías (En Murcia capital, entre otras, en EXPO-LIBRO y la de los Soportales de la Catedral, librería RAMÓN JIMÉNEZ). Para quien desee obtenerlo la cosa va así, como me han especificado: Hay que ir a la librería de turno y pedirlo:

                        TÍTULO: EL QUINTO CAMINO
                        EDITORIAL: TRES FRONTERAS
                        AUTOR: JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ

En referencia al nombre del autor, hay que insistir en el segundo apellido —glorioso y reproductivo apellido—, MARTÍNEZ, pues últimamente ha salido por ahí otro Jesús Cánovas que también publica cosas.


Una vez que la librería lo pide a la distribuidora, ésta le remite unos ejemplares. Para las provincias de Murcia y Alicante, la distribución corre a cargo de Distribuciones LA TIERRA LIBROS S.L,; para el resto del territorio español, supongo que islas también, la distribución la realiza Distribuciones LATORRE LITERARIA S.A..
El enlace con estas distribuidoras es:
Me dicen que no hay distribución fuera de las fronteras de España —tal circunstancia nos ocurre a los desgraciados, no a los grandes que, por supuesto, no son desgraciados—. Sin embargo, para quien esté interesado, puede hacer la gestión directamente con la editorial, o, en su caso, con la Librería Diego Marín de Murcia. O también puede hacer la gestión en las librerias digitales Amazon o Agapea. Ahí van los enlaces:
De Amazon:



De Agapea:


De la librería Diego Marín:


Quien desee tener alguna noticia más de mí —no sólo las que aparecen en las redes sociales o en el blog—, con mucho gusto se la facilitaré. Con este fin, el de ofrecerme al conocimiento, a continuación copio el enlace a la página web de Tres Fronteras Ediciones, en donde tengo publicados dos libros anteriores, un poemario y una colección de cuentos, y en donde aparece una cara rejuvenecida que debe ser la mía, pues es de unos cuantos años atrás:



Queridos amigos: Cualquier libro que se publica es motivo para el brindis y la fiesta, y El quinto camino no puede desmerecer ni quedar al margen de esta norma. Así que, con vosotros, amigos, a quienes os estoy agradecidísimo de que me sigáis en tantos avatares, repito este brindis virtual.

martes, 1 de marzo de 2016

LA APUESTA

LA APUESTA
DIONISIA GARCÍA
XXX Premio de Poesía Barcarola



Leer a Dionisia García es un gozo; sus libros hay que devorarlos deprisa, aunque después de esa primera y precipitada lectura debemos detenernos en ellos, pensarlos, pues bajo la aparente sencillez de un verbo que discurre sin estridencias —serena zozobra, tranquilo tumulto—, imperceptiblemente nos introducen en los dominios del misterio y de las preguntas que concita ese misterio. Tal sucede con La Apuesta (galardonado con el XXX Premio de Poesía Barcarola, 2015) donde de forma rotunda aparece una interpelación a la trascendencia, su velada certeza, tema recurrente en la poesía de la autora.
El título nos introduce de lleno en el eje que da sentido al poemario y evoca, en primer lugar, cierta antigua apuesta, la de Pascal. El pensador, a quien aterrorizaba el silencio de los espacios infinitos, propone una argumentación sobre la existencia de Dios basada en el propio interés. El esquema lógico en que se sustenta no atiende a lo a priori o lo a posteriori, al principio de causalidad o al de no contradicción, sino a la simple disyunción. Consciente de que la fe es algo más propio del corazón que de la razón —algo que alude, por tanto, a la centralidad de nuestro ser—, sabedor de que cada uno se convence de lo que quiere o de lo que está predispuesto, o no se convence, porque las elecciones que atañen a la vida y su sentido, a fuer de profundas, son viscerales, y sabedor también que nadie puede creer si ese su corazón de alguna manera no ha sido herido o mecido por el soplo del espíritu, se olvida conscientemente de cualquier argumento racional y postula la existencia de Dios como resolución de una apuesta: Dios existe o no existe, cara o cruz… ¿Qué nos interesa más, que exista o que no exista? Cada cual debe apostar, es ineludible; no querer apostar es apostar. Y tal apuesta conlleva consecuencias (Trato sobre el particular en un lejano post: http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2013/05/la-apuesta-de-pascal.html ).
Hay quienes llegan a Dios tras la caída de un caballo, de cualquier caballo del que los apean no por su gusto; otros, son tan fuertemente impactados por el mal que, por contraposición, no pueden sino creer, abrazar a Dios como última tabla de salvación; otros tantos (quizá, dadas las características de esta última época que nos ha tocado vivir, demasiado pocos), no experimentan conflicto, pues su fe se desarrolla y madura desde la infancia al igual que un árbol que crece en tierra firme y buena; sin embargo, en los más, el conflicto es patente (entre creer y no creer), adquirirá un mayor o menor grado o intensidad y durará gran parte de sus vidas. Me interesan ahora los que se acercan a Dios, según la mansedumbre o bondad de su carácter, de manera lenta y dulce, confusos ante el mal que experimentan o hiere sus ojos (que es otra forma de sentir a Dios), pero esperanzados por la belleza que les ofrece el mundo, aun con sus fuertes contrastes y disonancias, maravillados por la simplicidad de lo que existe y es real, mecidos por el devenir manso de los días, arropados por una cotidianeidad de afectos que se entrelazan firmes. Quiero pensar que Dionisia García —aunque es a ella a quien corresponde decirlo— pertenece a este último grupo; en La Apuesta nos propone un acercamiento a Dios velado por las sombras, su personal decisión en medio de una luz tenue, crepuscular aunque cálida, pero cada vez más cierta y agrandada según se sucede el camino, su propio devenir o andar.

La duda existe, claro que sí, es prerrogativa de la condición humana; por ser seres racionales y libres, y también por ser débiles y porque nuestra razón se mueve entre tinieblas, dudamos; para colmo, la muerte acecha insondable y ciñe nuestra incertidumbre, línea fiel de misterioso abismo, inquietante compañía alerta y entre sombras. No puede ser de otro modo: nuestra grandeza y nuestra miseria se concitan en la duda: Quizá solo seamos pobladores confusos/esclavos de la duda, impotentes y frágiles. Optamos, pues, porque no podemos sino optar, aun sin saber que no hay otra posible elección sino la de elegir. La condena humana, según Sartre, es ésa; ahora bien, no como pasión inútil, en la corrección de Dionisia García, sino como excelencia, así queda expresado, p. ej., en Disidencias: No vengas a decir que el empeño es inútil…/ No vengas a decir que todo es nada/y en nada se convierte a nuestro paso. Si el no ser nos guiara durante la andadura,/tampoco existiría la hormiga cosechera… Sí, aunque tantas veces vivida como condena, el miedo o el temblor, la incertidumbre en afrontar una continua disyunción, una elección que nos altera, el don divino de la libertad resplandece frente al fondo de lo inefable, del no saber, de estar a oscuras; por eso Dionisia García también corrige a Cioran, el búho de la nada: El caminar impulsa en el crepúsculo/y lleva hacia otros mundos/donde puedo habitar espacios luminosos,/increíbles estancias abiertas al misterio. Y porque virtud es reconocer esta oscuridad nuestra y la consiguiente ceguera, la sed se dispara, el anhelo ferviente de la luz, el deseo, la pasión por lo que se ignora; tal eventualidad ya queda constatada en los versos iniciales de Preludio, el poema inaugural del libro: Llevar la oscuridad dentro del pecho/despierta la pasión por lo ignorado; por concomitancia, también así, en la centralidad del poemario, la exclamación de Goethe en su lecho de muerte, que Dionisia reproduce y hace suya: ¡Luz, más luz!, robusta imprecación, asombroso grito esperanzado ante los versos sucedidos:

Tal vez me falte la grandeza
de no igualar a quienes, generosos,
aceptan, aun sin ver, por las señales.
Yo preciso ese don que dulcifica,
algo que pese en las apuestas
y acaricie mis ojos maltratados.

¿Las señales? Las señales son las maravillas que se ofrecen a una mirada atenta: en primer lugar, la vida —Aletea la vida entre nosotros,/el alba asoma en pálidos azules, dice la poeta en La Voz, o, de forma lapidaria, al final de Hora Prima: Todo es sueño y verdad, milagro que acontece—; en segundo, el mundo en su conjunto: Necesitan las aves que alguien toque sus plumas,/las mariposas presumir de sus colores,/el caballo, el aire, los manzanos,/una mirada intensa, indagadora y fiel, indica en versos que no podían llevar otro rótulo sino Lo Natural. Más intensamente reafirma tal hallazgo en el bellísimo poema que lleva por título Oficio de mirar:

Asómate a las aves, al mundo de los astros.
Nadie pudo abarcar tanto prodigio…
Dueña insegura soy de certezas posibles.
La hermosura del mundo, su realidad palpable
me dice del secreto y despierta el impulso


Cierto que hay señales oblicuas, aquellas que nos confunden porque niegan y producen muerte —Desorientados vamos a la calle,/con el alma pasmada, entre recelos…—, pero también es verdad que, por contraposición, indican un rumbo diferente a nuestros ojos, otro sentido a nuestra mirada. La poeta consigna esta maldad creciente, anidada de forma proterva en nuestro tiempo, pero no se recrea en ella. Aunque dolorosa, no es real; supone sólo un contrapunto de negrura frente a la belleza del mundo. Lo verdadero no es lo negro que destella, el impacto sentido del no ser de la maldad; lo verdadero está en otra parte, en las cosas humildes y pequeñas que, en su sencillez, muestran a Dios, a ese Dios escondido en nuestras vidas,/que transita por tierra de naranjos/como ermitaño alegre en los inviernos. Deus absconditus, pues, manifestado en su obra de forma incomprensible, inabarcable para una perspectiva sesgada como la nuestra: El hombre solo acepta lo posible,/cuanto su mente acoge y ven sus ojos./Alguien fundó la luz, el firmamento,/y sabe por qué quiso la espera confiada. No ver más de aquello que se ve entre tinieblas es ceguera humana, no merma de Dios; la comprensión de tal verdad dispara la espera confiada. Mientras tanto, a la zaga de una intensa revelación, el carácter teofánico del mundo está ahí para los ojos, transido de belleza ofrecida, sea en un atardecer, en la callada labor de la naturaleza —o en la labor del artista incluso—, en el secreto bullir de los árboles, en las madreselvas que cobijan, en el instante de preñez inconmensurable:

Detente instante
en este vaso ancho
que alberga las anémonas…
Que mi pasar no quede,
pero sí la belleza de las cosas.

¿Acaso un poeta no se conmueve ante la belleza? Aun con el gusano de la muerte, el mundo es bello; la apuesta por la vida es real, constituye certeza. ¿Qué nos interesa más, que exista o que no exista Dios? Cada cual debe responder en su corazón, pero ¿habrá vestigios o señales que nos guíen en tan difícil como comprometedora elección? En otras entregas Dionisia nos las ha revelado, pero en La Apuesta cobra especial fuerza, por su magnitud, una de estas señales: La Belleza.
El milagro de lo bello, tal y como lo registra la autora, fundamentalmente es visual, pictórico, pero advierte de la inmensa teofanía del mundo en su conjunto; así, los ojos de la poeta vivencian lo bello ofrecido como reflejo de otra Belleza más misteriosa y profunda, aleteante y firme como un soplo. Por tal registro, el poemario está transido de Dios, lleno de Dios desde su primer poema hasta el último, y en consecuencia, no es propiamente un Dios oculto el que transita por sus páginas, sino un Dios tenuemente velado. En este sentido cabe resaltar la precaución con que se le alude; Dionisia con frecuencia lo menciona en tercera persona, o no lo menciona, por lo que lo nombra sin nombrarlo, y tal es así, que al no nombrarlo, emerge de forma contundente. Dios es un amor permanente en adioses de despedidas, una cita que dulcifica la misma expectativa de la muerte, anhelo perpetuo, seguridad final de toda búsqueda. El último poema del libro, Adiós, termina así:

Si libertad yo alcanzo,
seguiría la búsqueda.
                                      De Ti no me despido.


Tal final requiere ulteriores consideraciones, pero las dejo para el desocupado lector. Ahora, y para ir acabando, quiero detenerme en una pregunta que la autora lanza al término de un poema nombrado, ¡Luz, más luz!:

Me avengo a preguntar
a estas alturas,
¿somos sólo palabra?

¿Somos sólo palabra?, repito con Dionisia y me abro al diálogo. La palabra, en sí misma, es un don. Si fuéramos sólo palabra, ya seríamos algo, porque seríamos palabra, aun pronunciada por Otro, que pronuncia: palabra que recrea o cocrea, por consiguiente. Tal característica supone poder; poder de signar los seres y, al signarlos, llamarlos a la existencia desde las sombras difusas que no se nombran, desde la nada. La palabra es símbolo, pues conjunta signo y significado para designar, nombrar una realidad y, al nombrarla, constituirla en ser, idéntica en sí misma, diferente de cualquier otra. El hombre, dirá Pascal, es una caña movida por el viento, sí, una caña movida por el viento, pero una caña que piensa, y porque piensa, habla, y porque habla, nombra y signa las cosas, y éstas, porque son signadas, adquieren sentido, toman el ser. La grandeza humana se conjunta con su miseria. El hombre se sabe nada si contempla la extensión de su ignorancia, el abismo de su vacío; pero al contemplar tal extensión, la sabe; al contemplar su vacío, tiembla. Ahora bien, saber su ignorancia, experimentar el temblor, lo constituyen en el ser más grande del universo, porque sólo de esta forma se dispara su sed de plenitud, su anhelo de infinito; el hombre se sabe nada, fuga, camino, mas por esto mismo, porque se sabe que no es sino un tránsito continuo pronto a disolverse, busca a Dios, única posibilidad de su completud. Se dispone así a una espera confiada, a una indagación en el misterio con el fin de colmar su nada.
 La sensatez no indica otro modo de actitud, y Dionisia, a quien, armada de sinceridad, no le falta la grandeza, no puede sino abrazarla, pues sabe o intuye —y ya lo deja escrito en los primeros poemas de La Apuesta—, que es la única resolución digna de lo humano. De esta forma comienza Preambula fidei: Arar es lo primero, hacer tierra propicia;/saber que es buena el agua que nutrirá en lo hondo, poema que desarrolla la temática del anterior, El arte de escarbar:

Él sabe que sin ver, hondo es el pensamiento
y hay que escarbar en el yo que redime
en intento de abrir, con el mayor sigilo,
una puerta entornada y esperar que esta ceda;
entrar sin hacer ruido.
                                      Saber quién nos aguarda.

La actitud contraria sería indecencia, estupidez, mala conciencia. Tal ocurre en el tiempo duro que nos ha tocado vivir, donde se potencia el olvido de Dios: Tan terco y tan oculto, ahora que se dice/de tu nombre olvidado en el cruce de épocas,/de tu divinidad tan entredicha,/como si fuera fácil olvidarte en la historia… De este olvido se desprenden dos actitudes. Aparece con fuerza la actitud satánica de los muchos, esto es, el intento estúpido de disolución en la exterioridad; otros, los menos, adoptan la actitud luciferina del encastillamiento soberbio en el yo y despliegan una mirada escéptica de voyeur sobre las cosas, una sonrisa congelada donde habita el terror. Son actitudes contrapuestas y extremas, sin posible resolución y estériles en sí mismas, que abocan a la destrucción. La sed de infinito sólo se puede aplacar, tras el anhelo de un ser infinito, con el descanso en un ser infinito. Sin embargo, este Dios que colma —el de la fe del cristiano— no es un Dios distante, diferentemente otro, inaprensible, perdido en su infinitud, y en este sentido, imposible y absurdo para la razón. Es un Dios encarnado, hecho hombre, contingente en cuanto histórico, y por eso mismo mediador, verdadero Pontífice. Este Dios es Cristo Jesús, el nazareno, que anduvo por las tierras áridas de Judea y ha dejado un rastro en la historia, unas huellas visibles, palpables, Véase Comienzos:

No puedo presentirte en las praderas.
Sólo en la tierra árida,
en los montes y lomas
de un seco territorio.
Allí donde Dios pudo
dejar su huella humana
con la pesada carga del prodigio.


La coherencia interior, la sinceridad con uno mismo, la convergencia de las señales, la predisposición a que induce la íntima comprensión de nuestra grandeza y nuestra miseria, la ganancia segura que ofrece la elección de Dios ante la perspectiva de una vida vacía e inane, perdida o disuelta a la búsqueda del placer que nunca se satisface o encastillada en la solitud de un yo impostado, todo ello lleva a La Apuesta, a la resolución de la disyuntiva del modo más razonable porque se tiene la seguridad de que sólo así se adquiere el sentido para la vida, se colma ésta de consuelo y se plenifica poco a poco de una luz mayor. Esta es la resolución inequívoca que adopta Dionisia, pues cae por su peso, sin forzar la disyuntiva, desprendida de forma inocente o natural. Claramente aparece en el poema que lleva por título Ser y No Ser:

Apostar es la fuerza, el inocente impulso
que ilumina esa estancia de paciencias,
un refugio mayor que nos redime,
y ayuda a caminar entre consuelos.

La apuesta de Pascal no es un argumento que demuestre la existencia de Dios, esto es, no tiene poder probatorio si de razón geométrica hablamos —no digamos si habláramos de razón instrumental—, no así si aludimos al corazón, a una comprensión íntima y honda. Predispone, frente al desconcierto que supone el sentimiento de la propia finitud, la duda, las certezas posibles, a la fe; endereza el camino hacia la segura puerta tras la cual habita la resolución del humano conflicto. Al igual que Pascal, el Dios que busca Dionisia no es el Dios abstracto de los filósofos, sino un Dios cálido y cercano que se ha hecho hombre por Amor al hombre; de este modo se ha constituido en el verdadero Pontífice, mediador entre la infinitud Dios y la finitud humana, un Dios que entra en la historia y propicia el encuentro; un Dios que, precisamente por eso, en sí mismo fundamenta la fe. He leído La Apuesta de Dionisia García en clave pascaliana —hay, seguro, otras claves no menos sugerentes— porque en mi consideración no encuentro otro modo mejor para penetrar su profundidad debida. La autora no pertenece al gremio de los filósofos, lo que es una suerte; la autora es poeta, cae del lado, pues, de aquellos que aluden, interpelan y muestran a Dios, sus signos y señales, por el verbo de su boca. Ante Pascal me quito el sombrero; lo hago de forma especial con Dionisia. Quede aquí este breve apunte sobre La Apuesta, un poemario, refrendado por una experiencia transitada, de zozobra contenida, esperanzado en la noche, linterna o luz para el camino de todos aquellos que, habitados por la duda, sinceramente buscan a Dios.


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                                               Jesús Cánovas Martínez©
                                              

Filósofo y poeta.