miércoles, 19 de abril de 2017

SI TE DIGO LO QUE SIENTO...

SI TE DIGO LO QUE SIENTO…
ROSA RAYA CARRASCO



Rosa Raya Carrasco es todo corazón, por eso expresa sus sentimientos con un corazón a flor de piel y de boca que enlaza con una palabra bella y buena, esperanzada de la eclosión de una plenitud: el amor que tan vivamente siente en su pecho.

Como niña que espera un regalo, cada noche esperaba
que llegara tu mensaje, y que el teléfono vibrara…

Niña, sí; niña o adolescente, así es como tengo yo a Rosa en mi memoria, y la recuerdo como una cría especial, porque Rosa fue alumna mía. Era yo mucho más joven de lo que soy ahora y daba clases de filosofía en un instituto de Águilas (Murcia), con la mar al fondo presidiendo noches azules y días de sol. Fueron especiales aquellos años. Con una puesta al día en innovaciones pedagógicas, tuve una respuesta fenomenal por parte de mis alumnos, y la consecuencia fue que las dinámicas instructivas se hicieron muy amenas; de este modo, no tuve más remedio que quererlos porque ellos, tengo que decirlo, también me quisieron. En la suma de aquellos años el recuerdo de Rosa me llega envuelto con un perfume de bondad y hermosura. Por definición, las mujeres de Águilas, guapetonas y pícaras, están dotadas de una belleza propia, tanto interna como externa. Rosa no faltaba a la norma. Pero su belleza, por así decirlo, no era mediterránea, sino nórdica, walkirika; una belleza que sólo se puede dar entre las flores que pueblan los valles de las altas montañas, fragrantes de deshielo y de la primera pureza del sol de primavera. Rosa era esa flor; una flor desarraigada de una tierra alta y noble, trasplantada de repente a la Águilas marinera: piel blanquísima, ojos grandes de claridad celeste que al trasluz, según el juego de sombras y luces, podían mudar de verdes a azules, dos rosas por mejillas sobre la albura de la piel y una rubiez de pelo intensa. Enseguida me apercibí de aquellos detalles, y para singularizar a Rosa del resto de las rosas aguileñas le puse el sobrenombre de Heidi. Y, a partir de ese momento, fue mi Heidi.
Espero que ese profesor medio loco que yo fui no dejara una estela demasiado gravosa en una alumna que para él, junto al resto de sus alumnos, sus pestucillas, fue enormemente querida. Creo que no. Pero los años se suceden unos a otros y el profesor aquel, frisando ya el final de su carrera profesional, va y reencuentra a su Heidi en razón de uno de los motivos que se celebran descorchando una botella de cava: la publicación de un libro; concretamente, la publicación de Si te digo lo que siento…, el primer poemario de Rosa Raya que ve la luz.


En Si te digo lo que siento… el lector asiste, tal y como indica el título, a una confesión de sentimientos. Y añado: una confesión de sentimientos, aun con la supuesta elipsis de un destinatario único, que se dirige a él personalmente, elegido para la confidencia. Ya el título en condicional al que falta el consecuente deja una inquietud, un ligero tremolar en el ánimo de los lectores, y según avanzan sus páginas ese temblor se convierte en dolor del alma, tristeza y congoja, que dejan adivinar un corazón roto por alguna fatalidad que la autora vela a la vez que hace explícita. Hay en el libro un intenso anhelo de amor doliente, quizá porque Rosa, como muchos poetas, es una adolescente dilatada en el tiempo, una adolescente perpetua que sufre y siente, y espera, siempre espera, el amor. Así, en el breve poema cuyo título es Hasta el infinito y…, encontramos la siguiente declaración:

Si tuviera que elegir entre la vida y quererte…
Elegiría morir si el final fuese perderte.
 
Encuentro en este poemario sed de infinitud, de horizonte dilatado, sed y ansia de entrega. Con una femineidad entregada y a la espera, y un ansia de amor —aunque defraudada en algún momento, incólume de belleza y verdad—, Rosa se desborda en pasión:

Flota la lluvia en el ventanal
como racimos de gotas sostenidas,
sube lento en mi piel el caudal
cuando cada rincón de ti se me abalanza
sobre los cauces de mis ansias vivas…

Son versos que pertenecen al poema Esencia del deseo, para mí uno de los más vibrantes, junto A la deriva de ti, Locura, Habitar tus manos o La distancia de tus labios cada vez que me miras, me aniquilas la cordura…— exponentes de esta pasión rebasada de la que hablo. Pero entre los poemas donde se expresa la pasión carnal se intercalan otros de tono reflexivo, poemas que intentan comprender un fracaso y elevan la escritura a catarsis, tan indefectible como necesaria, para, de este modo, renovar la apuesta por el amor y poder seguir viviendo. Y porque la vida sigue, Rosa arde en llamas —en consunción de sí misma—, llamas con las que, de nuevo, dar vida al amor: …quiero quemar mi pasado en las llamas del corazón./ El fuego calma mi duda y la incertidumbre… Sea un poema reflexivo como La lluvia no siempre moja; en él Rosa utiliza la anáfora para expresar el no retorno ineludible de las cosas que fueron cotidianas, del tiempo otrora feliz, pero aun así, con la repetición del nunca —adverbio drástico de negación que enfatiza una imposibilidad— permanece un centro en ella intacto que aguarda, contra viento y marea, contra tiempo; un centro de intimidad permanentemente ardido de esperanza:

Nunca se podrá convertir una piedra en barro
por mucho que caiga la lluvia sobre ella.
Nunca se podrá volver a mirar hacia atrás
y hacer lo mismo que entonces…

En el poema las reflexiones caen como mazazos, sentidas, pensadas, albergadas y maduradas en ese centro íntimo del ser como un cúmulo de sabiduría pronto a licuarse, a convertirse en río, quizá de lágrimas. Y Rosa nos desvela el misterio, el amor que, aunque perdido, sigue agazapado, a la espera, en el centro de su corazón:

Nunca será igual la vida
sin tu presencia en mi oscuridad.

La experiencia de la vida sentimental de la autora toma cuerpo en Si te digo lo que siento… y quedará expresada con la profunda sencillez de la sinceridad. El tiempo que discurre sin cesar y, en su discurrir, conlleva alegrías y tristezas, la madre sorprendida en un aroma de ropa limpiaGuarda, calma, la paciencia es su aliada,/ detrás del telón de que “no pasa nada”/ abarca océanos…—, la abuela, poblada de arrugas sabias, la hija, vida y albaCuando en un llanto llegaste a mi vida/ ya dejé de ser yo el motivo de mi existencia,/ justo en ese momento que ni sentía mi herida/ se traspasó entre mis brazos mi corazón…—, ese tiempo, ese tiempo limpio donde fluyen los sentimientos se irá cargando de los frutos seguros del amor. Por eso Rosa no escatima agradecimientos, padres, hija, hermana, familia, amigos, amigas de gran corazón, pero también a todos aquellos que la han animado a escribir, componentes del Club de lectura STEVIA, compañeros de trabajo, incluso amigos virtuales, que sin presencia física han estado más cerca que muchos, y, cómo no, a sus lectores, conocidos y desconocidos: A todos los que alguna vez me reservaron un espacio en su corazón.

Si dejáramos de sentir dejaríamos de vivir, es la primera frase que, en unas palabras introductorias al poemario, expresa la autora. Y es así, los sentimientos dan espesura a la vida; sin ellos ésta sería demasiado lineal y, en ese sentido, anodina. Los sentimientos nos salvan del engranaje a que nos someten las rutinas y crean un bosque donde la vida se espesa, hasta el punto de que, si no los tuviéramos, no seríamos humanos sino máquinas. Es, pues, un gran privilegio sentir, aunque ese sentir tantas veces nos produzca tan intenso dolor. Rosa Raya se desnuda de sí en Si te digo lo que siento…, y nos ofrece sus sentimientos puros —el bosque espeso que ha creado su amor—, ansiosos de ser comunicados, transidos de pálpito. Ahora bien, en este su bosque o laberinto, no hay zonas de sombra, porque las emociones con que nos toca, aun anidadas de tristeza, son benévolas, amenas, suaves, delicadas, muy femeninas, en donde las estridencias han quedado limadas —también sublimadas— por una renovada y definitiva apuesta por el amor y la vida.
Me queda por decir únicamente que cualquiera que lea este poemario, a lo que invito, salpicado con fotografías de Juan Pedro Sicilia que perfectamente armonizan con los poemas, se sentirá tocado en el corazón.

                       
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                        Jesús Cánovas Martínez©
                        Filósofo y poeta.
                       
                                Ad astra per aspera