viernes, 14 de abril de 2017

UNA REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA

UNA REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA



En principio, la culpa humana no es infinita, pero si es debida a una ofensa inferida a Dios, sí es infinita. Quiero decir que si el objeto de una ofensa, por grave que ésta sea, es un ser humano, por ser éste una criatura y, en este sentido, portador de una finitud constitucional, aun habiendo sido creado a imagen y semejanza de Dios, la culpabilidad que podría engendrar aquel que la infiere tendería a extinguirse metafísicamente, o, por hablar de una forma que se me entienda, tendería a diluirse en la mar del olvido y desaparecer con el tiempo. Pero Dios es infinito; por tanto, la ofensa que se le hace toma el cariz de infinito, esto es, adquiere el carácter de permanencia. Y, dicho esto último, habría que matizar el primer aserto, ya que el hombre finito, en cuanto hijo de Dios, adquiere la dignidad de la infinitud. La conclusión es clara: la ofensa, no sólo a Dios sino al hombre mismo, toma el sesgo de la infinitud; la culpa derivada de ella también.
Ponderar la cuestión planteada creo que es importante, especialmente para un cristiano, porque si éste no lo hiciera tal vez pudiera caer, utilizando una expresión de Hannah Arendt, aunque dándole cierto sesgo, en una banalización del mal. Y esto sencillamente porque si para su actuación se apoya en una mera ética de intenciones olvidando la de las consecuencias, podría caer en errores de bulto, posiblemente irremediables, al derivar su acción de contextos ideológicos en sí mismos deformados. En ciertas ocasiones, incluso desde lugares desde los que no se debería oír, se oye cómo la cuestión del mal se reduce a motivos meramente psicológicos; se obvia la existencia del demonio, del tentador, y ese demonio se reduce a desajustes psíquicos, con lo cual, a la larga y a la corta, se termina negando cualquier tipo de sobrenaturaleza. Conclusión: el hombre pasa a ser el ombligo del mundo, y ese hombre, sin ninguna otra referencia, se considera único dueño de su destino, tanto de su felicidad como de su desgracia.
Desde mi inteligencia lega, no puedo estar menos de acuerdo con ese tipo de planteamientos; primero, porque teóricamente los considero erróneos, y segundo, porque pueden llevar, y de hecho llevan, a la actuación banal, esto es, a la actuación tontamente grave. El mal, fruto de un acto libre de la voluntad que opta por apartarse del designio divino, produce siempre consecuencias desastrosas. Debido a él cayeron los ángeles rebeldes, debido a él cayeron nuestros primeros padres, y debido a él crecen de forma entrópica las desgracias que sufre la humanidad. No me voy a detener en mostrar cómo los textos sagrados inciden en este pormenor, y cómo el diablo, entidad pervertida y pervertidora, azuza el desconcierto, porque tal eventualidad viene escrita en mayúscula, en negrita y, por si fuera poco, en subrayado.
Saldrá el teólogo de turno a decirme que debería callar sobre las cosas que no entiendo y que él, en razón de sus sesudos estudios, sí entiende, hasta el punto de que es depositario de la verdad. No lo contradeciré, sino tan sólo vendré a señalarle en estas fechas de Semana Santa el misterio del cristianismo. Dios, en un pequeño planeta del extrarradio de una galaxia entre millones de galaxias, se encarna en un ser inteligente y con voluntad: se hace hombre. Dios, infinito, asume la finitud humana, y lo hace para rescatar al hombre de la miseria y abrirle las puertas del cielo, en última instancia, para deificarlo. Pero la cosa no es fácil, puesto que su vida terrestre, tal y como la muestran los evangelios, se revela como una constante lucha contra el mal, en la que no sobran zancadillas, lazadas y profunda animadversión.  De poco vale que expulse demonios o resucite muertos como signo de su divinidad, porque al final, en el juicio más injusto de la historia, será condenado a muerte de cruz. Vir dolorum, así lo describen tanto Isaías como el salmo 22. Sin entrar en otras consideraciones, la paradoja divina sobrecoge; esa muerte, la sangre derramada de Jesús en la cruz, opera el rescate: la salvación de la humanidad.
Sería fruto de la ignorancia, quizá de la vanidad, pensar que ese tipo de seres, inteligentes y libres, capaces de la acción moral, entre tantos miles de millones de galaxias, por no hablar de la multiplicidad de los estados de existencia o de los mundos paralelos, tan sólo existen en un minúsculo planeta rocoso perdido en cualquier rincón del cosmos. Si es así, ¿qué necesidad tenía Dios de encarnarse y morir patéticamente en ese triste rinconcillo del multiuniverso?
Realmente sabemos tan poco, y aun con lo poco que sabemos, cabe la sospecha de un drama de dimensiones cósmicas. Hay aquí, en el gesto divino, algo más de lo que unos ojos miopes podrían ver. En mis entendederas, para que de tal manera Dios realizara el ajuste del desajuste, el desajuste no podía ser el meramente psíquico de algunos pequeños seres perdidos por ahí, sino más bien uno de raíces espirituales que afectaba de la totalidad del cosmos y también involucraba a esos pequeños seres; de lo contrario no hubiera hecho falta ni la encarnación ni la posterior muerte de la Segunda Persona de la Trinidad. La derrota de los demonios y del mal por ellos instigado exigía su sacrificio, la expiación de la culpa humana no era posible sin el concurso de Dios mismo… ¡casi nada!
A lo sumo, el infierno existe pero está vacío… ¡Ojalá!


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                                   Ad astra per aspera