jueves, 13 de abril de 2017

OTRAS CAUSAS

OTRAS CAUSAS
GINÉS RECHE
Ediciones En Huida




Guardo recuerdos muy agradables de Oria, pequeña localidad del septentrión de la provincia de Almería, situada en la falda sur de la Sierra de las Estancias. Allí conocí a José Hierro en persona, a Félix Grande y a Antonio Carvajal. También conocí al poeta murciano afincado en Almería, Domingo Nicolás, junto a poetas de la talla de Julio Alfredo Egea, Pilar Quirosa-Cheyrouze, Ana María Romero Yebra, Juan José Ceba o José Antonio Sáez, y a otros cuantos que no nombro porque no es cuestión de extender el listado indefinidamente, con el peligro añadido de dejar a alguien en el tintero. Fue debido a los Encuentros de Poetas Almerienses —a los que nos adosábamos, por ese arte de birlibirloque y amistad, determinados poetas de la Región de Murcia—, organizados durante una serie de años sucesivos por Ginés Reche, el concejal de cultura de la localidad, quien me fue presentado por otro poeta de los que admiro y sigo, como no podía ser para menos: Antonio García Soler.
Aquellos Encuentros de poetas en Oria se extendieron desde el año 1991 a 1998, y el servidor que esto escribe tuvo el honor de acompañar, entre el coro de los teloneros, a aquellos grandes mencionados arriba, y pudo departir con ellos, comer, tomar cafeses o copas, fumar, cambiar impresiones e, incluso, soportar bajo una lluvia torrencial a un cantaor de Almería capital, más terrible que la terrible lluvia. El susodicho llegó a decir durante la cena previa a su actuación —mis oídos lo oyeron, puesto que me encontraba enfrente de él— algo de esta guisa: Cuando yo canto, hago callar a todo el mundo, y no desmintió el aserto. Acabada la cena, en ambiente distendido, estando el personal ocupado en los apacibles postres o saboreando la oportuna copichuela, tras la finura de un suave rasgueo por quien le acompañaba, el cantaor comenzó a dar unos berridos horribles. De repente se rompió el encanto, y bajo la espeluznante lluvia, donde el agua literalmente caía a cántaros porque era una gota fría, comenzaron a huir las personas de bien que se encontraban en el local, incluso, puedo decir sin faltar a la verdad, se atropellaron en el intento de alcanzar la única puerta de salida. Uno de los primeros en escapar fue el mismo Pepe Hierro, en cuyo honor se establecía aquel canto de agasajo, que, echándole valor, salió sin paraguas a la inclemente noche para aprisa dirigirse hacia el hotel donde pernoctaba. Tales recuerdos quedan para siempre en esos baúles queridos que archivan los desvanes de la memoria.

Las tres veces que asistí a aquellos Encuentros, salí hondamente impresionado. Una localidad de apenas un poco más de dos mil habitantes congregaba, junto a la pléyade de teloneros, poetas de fama internacional. El salón de la Casa de la Cultura, rebosante; las niñas del colegio, oficiando de rigurosas azafatas; el pueblo en vilo atendiendo lo que en verdad era una auténtica fiesta de la poesía; todo ordenado, perfecto, digno. ¿Cómo no emocionarse? Sí, ¿cómo no emocionarse cuando vi al abuelete, con sombrero y gayado, escuchar con atención solemne recitar a Hierro —un hombre pequeño, con cabeza de mogol y muy simpático—, con aquella su voz aguardentosa, Lope. La noche. Marta:

He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
(afuera deja sus constelaciones).
«Buenas noches, Noche».
Pasa las páginas de sombra
en las que todo está ya escrito.
Viene a pedirme cuentas…


O cuando Antonio Carvajal contó una anécdota: la emoción que sintió un pastor al oír por primera vez el inicio de la Soledad primera de Góngora, y cómo desde su sencillez, su albura o virginidad, captó, sin entender, el sentido del poema:

En que el mentido robador de Europa
—media luna las armas de su frente,
y el Sol todo los rayos de su pelo—,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas…

Y dijo Carvajal, que, estupefacto ante tan inesperado descubrimiento, tras sentir aquella belleza enervadora, desde su nubilidad, el pastor emitió juicio, certero y sentencioso: Son versos que tienen vuelo.


O con Félix Grande, en un almacén habilitado para que cupiéramos los poetas, después de cantar con las manos entrelazadas, un himno de libertad… ¿cómo no emocionarse si acabábamos de oír, en la voz de su autor, Las nanas de la metralleta?


A finales de septiembre, por aquellos años se hicieron en Oria las noches inmensas. Era una época donde confluían los días de vino y rosas, y acorde con la misma el servidor comía, bebía y… endechaba a diestro y siniestro, sin sospechar que a la vuelta de unos años, en una emboscada de la vida, varios putones desorejaos y algún mariconazo de tomo y lomo, lo calumniarían, lo injuriarían y destruirían su vida. Dicho lo cual, ¡pelillos a la mar! El daño hecho, opera la resiliencia, y mal que le pese a esa canalla, les estoy agradecido. En el fondo y en la superficie. No pueden ni imaginar lo que el servidor ha aprendido y crecido como persona desde el momento en que sobre él dejaron caer la infamia.
Pero en este post no vengo a hablar de los Encuentros en Oria, que merecerían un capítulo aparte, ni siquiera de mí, aún menos de cualquier tipo de gentuza —ya habrá ocasión, pues la pintan calva: tengo por ahí unos escritillos de tono pedagógico que están deseosos de salir a la luz pública y, aunque sin resolver el problema (calumnia que algo queda), ayudarán a esa gentuza a comprender algo que todavía no han entendido y que, seguro, hasta les hará reír—, porque me mueve otra intención, y muy loable, en razón de la cual si he mencionado lo anterior ha sido para enmarcar debidamente el libro del cual quiero dar unas pinceladas: Otras Causas, de Ginés Reche.
El artífice —ya lo he dejado dicho— de aquellos Encuentros de poetas, y, consiguientemente, el depositario del mérito a ellos obligado, no fue otro que Ginés Reche. Cuando organizaba aquellos días intensos de poesía, Ginés era un poeta oculto que esperaba su momento para eclosionar. Lo haría pasados unos años. Antes casó Ginés, y, tal vez, siguiendo una tradición, tan ancestral como consuetudinaria de la España del Sur, marchó para Barcelona. Allí pasó unos años con desigual fortuna. Pero la llamada de la tierra, de su tierra, era fuerte y terminó por regresar al pueblo que le vio nacer. Y allí reside, en Oria, donde trabaja y escribe poemas en las noches encendidas, cuajadas de estrellas.
He dicho que Ginés marchó, sí, pero al igual que si de un viaje iniciático se tratara, volvió. Pero al regresar a su tierra, ya traía unos frutos maduros de poesía: Huésped Extraño, poemario aparecido en 2007, por el que obtuvo el Premio Joaquín Benito Lucas de Poesía, y, Otras Causas, de 2016, que ya conoce su tercera edición, del que a continuación voy a decir algo.


Lo primero que llama la atención de Otras Causas es su minimalismo expresivo y un sorprendente juego de adverbios con los que a veces se cortan los versos a ras; lo componen poemas breves, casi haikus, en los cuales los espacios en blanco —el silencio— viene a formar parte de los mismos. Tal característica redunda en una amplificación de resonancias donde el lector, lo quiera o no, se ve involucrado como si fuera objeto de una provocación. Los poemas son enigmas, golpes de sentido de lo que su autor quiere expresar y transmitir, velado y desvelado tantas veces en forma de aporía; de este modo, la elipsis campea por el poemario hasta un punto extremo, erigiéndose en figura fundamental del mismo —esta característica, curiosamente, la encuentro de modo eminente en otros poetas almerienses como Domingo Nicolás o Antonio García Soler—. Ahora bien, mientras que la elipsis involucra al lector y convoca el enigma, la brevedad involucra el desamparo del autor, la incógnita que propone y ha de ser resuelta. Ésta aparece ya en el mismo título: ha habido causas, y no obstante existen otras causas. ¿De qué? ¿Por qué? ¿Para qué? La necesidad de entrar en la mente del autor, en su vida y en su emoción, se impone. A falta de claves que lo conduzcan por el laberinto donde debe de desentrañar ese ovillo de las interpretaciones, lo mejor que en un inicio puede hacer el lector será dejarse llevar por las emociones que se concitan en el poemario; luego indagará las causas añadidas:

Qué suficientes causas
traerán la doctrina
de tu cuerpo,
atracción limpia.
               Amor
por cualquiera
de tus esquinas.

Esa materia
en la escucha
del tacto,
               a veces.


En Otras Causas, Ginés Reche realiza una suerte de esteganografía del amor y el desamor, e incidirá, consecuentemente, en las causas y descausas del amor. Si el amor es universal, difícil sin embargo será comprender su vivencia si éste no se ha experimentado en singular y, tras una experiencia íntima de deseo y salida de sí, no se ha transubstanciado en el plural de la intimidad, esto es, del dos, porque, en definitiva, el amor se vive en un plural que sólo admite el dos. Ahora bien, dicho lo cual, cuando el amor se comunica, o se intenta comunicar, sólo se puede hacer en singular. A falta de esa experiencia íntima del autor que el lector análogamente sospecha debido a su propia experiencia, ofrece el primero, a manera de algoritmo para descifrar el mensaje que transmite, la secuencia misma de los poemas que integran Otras Causas, las cinco partes del poemario que de este modo adquieren un significado especial. No llevan nombre —los poemas, sí—, sino el romano que las diferencia, porque quizá Ginés considera que sea necesario mantener el enigma, suspendido entre las partes, que son como los espacios de silencio donde se insertan las causas, y sólo tras haberlos transitado, cuando el lector ha quedado impregnado de la emoción y belleza de los poemas, le advendrá la posibilidad de su desciframiento. Aun así, propone el autor al lector una dedicatoria, sin nombre, significativa, como hilo de Ariadna: Para ti que tanto fuiste.


Guiándome por las imágenes que concitan los poemas, al primer espacio de silencio de Otras Causas le pondré un nombre: Cuerpo, y añadiré, Cuerpo de deseo, atracción de la carne que lleva al beso y al vuelo. Al segundo espacio, en el cual se concitan la sed con los labios, lo llamaré eso mismo: Sed y Labios. Aprendí a ser templo/ en tus labios, expresa el autor en el poema que lleva por título Fuera de la mirada. El deseo incipiente de la primera parte, termina por fraguar en un intenso erotismo, un erotismo limpio, donde la amada queda descubierta en su nudez, con el tacto de unas manos intensas de amor que buscan el conocimiento, a tientas, a caricias: Otra forma de amar/ encontrada en tu cuerpo:/ aprender de las manos/ lo hermoso que es quererte. Alegría de lo núbil, del descubrimiento. La sed sentida sólo se aplaca bebiendo en la copa ese vino espeso y fuerte que es el amor, la bebida con que se aplaca el deseo o la mar que impregna la estación del estío, esto es, la estación que suma más amor al amor: Sin saberlo,/ yo veraneaba en tu boca,/ tendida/ al sol de agosto. Acontece así la pérdida de la propia identidad de aquel que ama, cuando se diluye en la amada y sólo vive en ella, por ella y para ella. Y el lenguaje se vuelve plural entre los labios; así encontramos la siguiente imagen: tus labios/ diluyen las palabras,/ las miradas y el tiempo. Labios en donde se bebe la sed, recurrencia a la que vuelve el autor en vaivén de olas o marea: He quedado desnudo/ al borde de tus labios. O: Bebe, bebo, y brindamos, en la sed devorante. O también con el oxímoron: Bebiéndote, sufrí la sed. Porque el deseo no se aplaca, se enciende con cada sorbo: Cada día nos vemos/ más cerca de la boca. Figuras orales que rayan el erotismo, entrevisto, explícito y velado al mismo tiempo, de deseo y desnudez, un canto puro donde se enviste la forma del amor, la apertura a lo ignoto, a la alteridad que se desea incorporar al propio ser y sólo se incorpora en la pérdida de sí, perdiéndose definitivamente en los contornos difusos del otro ser.
Si en el primer y segundo espacio de silencio se alude al cuerpo, el tacto y la sed, en donde los labios y las manos concitan su especial danza de amor y erotismo, en el tercer espacio aparecerán las imágenes visuales; los labios poco a poco serán sustituidos por los ojos, y el tacto cederá ante un toque de inteligencia. Los ojos propondrán una objetivación que ese encuentra en la distancia, una ruptura, una pérdida, algo que se busca: el tú, el tú objeto del amor, se distancia del yo del sujeto que se creía infinito al sentirse perdido en el territorio ignoto del otro ser: En tus ojos perdí/ la patria de nuestras miradas. Los labios distan: Confines/ donde tus labios:/ el jugo/ de un silencio. En el laberinto de los puntos cardinales, el intenso amor cede y se oculta, como las palabras que lo comunican: Distancian las palabras/ que recorren el humo,/ el cenicero. Y el amor se vela en noche, porque aparece la incomunicación: Te amaré detrás/ de tu silencio oscuro. Y así acontece la plena causa del desamor, explicitada con una anáfora:

Mi soledad
en tu piel.
Mi soledad
en tu cuerpo.

El cuarto espacio del poemario incide en la soledad del desamor, en el naufragio del amante que no encuentra a la amada; gestos mecánicos, caricias o tacto, ya no aluden a la emoción prístina, al encuentro gozoso. Aunque se vivencia el sexo, aparecen luces ciegas que preludian el drama. Hay una rápida transición de motivos desde el poema que lleva por título La siguiente colinaEn vertiente de sombra, una noche desnuda, una estrella en el sexo/ dispara su luz ciega— al poema tan inquietante como su título, CelosTuve el combate/ cuando te abracé sucio/ de polvo y de palabra—. Por eso el poeta se convierte en una ciudad de mendigos, pronto al naufragio y al otoño inclinado, en la lluvia de un precio, desasido de sí y del amor que lo sostenía.
En el quinto espacio de silencio toma forma el desasimiento, la huida y la posterior reflexión.


No diré más. Quien quiera saber tiene el poemario a su disposición. Añadiré únicamente que los poemas que integran Otras Causas están trabajados con la pericia del relojero, estructurados y reestructurados, y a duras penas, con musicalidad en florecimiento —algunos se ofrecen a ser cantados— contienen una emoción que escapa por sus silencios, el bagaje poético, amplio, del propio autor.
Seguramente me he equivocado al proponer esta lectura de Otras Causas, porque el conocimiento de las otras causas, aun de las posibles, propiamente compete a Ginés Reche. Pero, ¡bueno!, si me he equivocado, mejor así, puesto que será acicate para que el futuro lector encuentre nuevas interpretaciones que desmientan la mía, y quizá desmientan —¿por qué no?— la del mismo autor. En cualquier caso entrará por un territorio de emoción intensa, de elipsis y silencio, donde seguramente, alguna vez se sentirá perdido y tenga que recomenzar el camino que creía trazado. Eso no desmerece el poemario, lo ensalza: redunda en la riqueza de Otras Causas, causas pronto a sumarse a nuevas causas.

                                              
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                                               Jesús Cánovas Martínez©
                                               Ad astra per aspera.