viernes, 30 de mayo de 2014

LA CONQUISTA POR EL RESPETO Y LA DIGNIDAD

LA CONQUISTA POR EL RESPETO Y LA DIGNIDAD







Mi padre pidió el traslado, y la familia, con la casa a cuestas como los caracoles, vino desde Lorca a Murcia. Yo tenía siete años, y ese cambio, como otros muchos que sucedieron a lo largo de mi vida, resultó traumático. Dejaba atrás mi pequeño mundo de las Casas Baratas, mis amigos, y venía a instalarme en un nuevo mundo, ignoto y por descubrir. Por de pronto, tenía que cambiar de colegio, y ese cambio se producía a mitad de curso, así que llegué al colegio de don Ramiro como el nuevo.
El colegio se encontraba en El Royo, y era cochambroso y cutre; a la sazón, creo, lo constituían tres aulas mal iluminadas en los bajos de un inmueble. Una, para los cagones, que llamábamos los pequeños; otra, para gente comprendida por un arco de edad entre los siete y los doce años; otra, para gente mayor. Yo vine, por edad, a pertenecer a la del medio.  La profesora que me cayó en suertes fue la señorita Delfina, mujer joven que andaba por la veintena, pero que a mí se me antojaba crecida en años.
El horario de clases era partido: de nueve a una de la mañana, y de tres a cinco de la tarde. Los padres que querían añadir una hora de permanencia a sus hijos pagaban un poco más, y estos salían a las seis. El aula era multiforme y de variopinto pelaje. Recuerdo unos pupitres vejestorios, acuchillados en su mayor parte, ajados y con rótulos empotrados en la innoble y roñosa madera que hacían alusión a leyendas que podríamos considerar de mal gusto. Unas columnas mal encaladas partían el espacio, y los alumnos pillines sentaban plaza detrás de las mismas para no ser vistos; al fondo quedaba una gran mesa carcomida, rodeada de sillas desvencijadas, restos, supongo, de un glorioso pasado. Adosado a uno de los laterales se encontraba el  viejo retrete de taza turca, con unos baldosines que en otra época debían de haber sido blancos, pero que ahora se hallaban muy renegridos, por donde se deslizaban, gloriosas, las moscas y las beatas, tan acostumbradas a ese amable hábitat que apenas se alteraban cuando desde un cordoncito sucio alguien hacía operar la ruidosa cisterna.
Vine a ocupar uno de los primeros puestos (mi padre había hablado con don Ramiro), muy cerca de la tarima donde se elevaba la mesa de la señorita Delfina. Era fácil intuir allí el color de sus bragas, por lo que la señorita Delfina, aunque en Lorca había jugado a los médicos con las niñas y administrado alguna inyección que otra, vino a constituir mi primer amor platónico. No pretenda nadie que yo venga a referir lo que mi imaginación perturbaba maquinaba, pero puedo decir que aquellos excesos eran inocentes de alguna manera porque todavía no se había producido mi despertar sexual.
Recuerdo el olor de los lápices y las gomas, las manchas de tinta que salpicaban las ropas de los críos, los ruidos que entraban de la calle, broncos, cuando había pelea, o suaves y murmurantes en medio de los estampidos de coches o motos, interrumpidos no tan de tarde en tarde por la ininteligible voz de un carretero que jaleaba a la mula. En el aula, cuando no íbamos por riguroso turno al retrete, nos entregábamos a la ciencia. La señorita Delfina con aterciopelada dicción explicaba las lecciones aquellas de la Enciclopedia Álvarez, en mi caso la de 2º grado, y, a mi entender, lo hacía con gran conocimiento. Aquella mujer se multiplicaba: daba palos a la gramática, la historia, la religión, la literatura, las matemáticas, y, ayudada por un gran mapa desplegado en el que había curiosas y atrayentes palabras ―cordillera Carpetovetónica, Bética, Penibética; pico Aneto, Moncayo, Mulhacén…―, a la geografía. No había misterio que no alcanzara su saber; entre los obligados palmetazos para imponer el orden y los castigos de rodillas, corregía deberes o nos obligaba a escribir con tediosos dictados, o nos sacaba al encerado donde teníamos que realizar insufribles sumas, o restas, o divisiones, o multiplicaciones.

En aquel ambiente de estudio yo hubiera sido feliz si mis compañeros a la salida de las clases no me hubieran zurrado. Un niño bajo, gordezuelo y con pocas habilidades sociales atrae pronto la ira de sus semejantes; para colmo, había llegado a mitad de curso y me habían asignado una de las plazas de la primera bancada: vine a constituir, sin lugar a dudas, un extraño pegote adosado a aquel, ya de por sí, heterogéneo conglomerado. Muchos años después, cuando estudié a fondo mi carta astrológica, pude comprender el juego de las estructuras y por qué ciertos esquemas se habían repetido de forma tan insistente a lo largo de mi vida (y, lo más grave, la razón por la que seguirían repitiéndose); supe entonces por qué yo tenía aquella facilidad tan grande de, en vez de amigos, hacer enemigos, y por qué al dar un puntapié a una piedra estos salían en masa. Pero esto sabido, también comprendí, que los esquemas no distraen la responsabilidad de cada uno ante el mal, porque el esquema o la metafísica están ahí, pero las decisiones son libres.
Pero vengo a las zurras, pues bien que me las dieron, y de lo lindo. No había día que pasara sin que me crujieran la badana. Cualquier motivo era bueno para darme leña, así que se olvidaron los motivos por la que me la daban (a ellos y a mí), y sin razones aparentes o causas que lo justificaran, me sacudían porque sí, porque les daba la gana, con generosa magnificencia. Dádiva no querida, pero otorgada; dádiva de palos y puntapiés, de puñetazos, de capones, de collejas, de pescozones, de tortas, de guantazos. Y yo sufriendo en silencio los abusivos asperges. Recuerdo días horribles de angustia, tanto así que la mierda la llevaba pegada al culo y, de apretarla, comencé a sufrir problemas de estreñimiento, y ni con lavativas, ¡la leche!
Una tarde llegó el más chulo de todos los críos, un matoncete cuya fama había trascendido los difusos límites de la pequeña Murcia de aquel entonces adentrándose por la huerta, al que todos le teníamos miedo, pues repartía con desusada generosidad sin recibir nada a cambio, y me dijo que a la salida me iba a dar una paliza.
―A la salida te voy a dar una paliza ―eso me dijo. Y creo que remarcó―: ¡Vas a cobrar, cabrón!
A ese niñato, por si acaso aún viviera y, no lo quiera el azar, estas palabras mías cayeran bajo su procaz mirada, lo llamaré con el supuesto nombre de Angelico. El Angelico era tres o cuatro años mayor que yo, y me sacaba la cabeza; musculado, grande, con el belfo velludo y la voz mudada, parecía una torre. Esto dicho, no era lo mismo recibir algún capón o patada de enemigo insignificante que del Angelico; los otros críos eran de fuerzas menguadas, pero el Angelico… el Angelico… ¡te podía matar a palos!
Cuando me soltó la amenaza, quedé aterrorizado. Niño normalmente atento a las explicaciones de la señorita Delfina, de repente quedé como idiotizado; estas, se me volvieron difusas, en amalgama, y comencé a oírlas en sordina. La señorita Delfina explicaba con su candorosa voz, como he dicho, pero yo no me enteraba de nada; la atención la tenía puesta en mi propia angustia. ¿Por qué me pega? ¿Qué le he hecho? ¿No tiene bastante con moler a los de su edad?, eran preguntas que me volvían a las mientes una y otra vez, de forma repetitiva, angustiosa. Apreté más la mierda en el culo para volverme insignificante y desaparecer, y deseé ―e incluso recé― un golpe de suerte: que el Angelico buscara gresca con otro y se olvidara de que me tenía que zurrar.

No fue así. Sonó la sirena que daba por acabada la jornada. Con fines de distracción remoloneé lo que pude a la hora de recoger mis cosas; dejé que salieran mis compañeros y me quedé para el último, quizá tuviera suerte. Pero a la puerta me esperaba el Angelico, fiel a su promesa; un coro de críos malos y sedientos de sangre lo jaleaba. El Angelico se hallaba en todo su esplendor y con una autoestima muy elevada; al verme, tiró para mí con aires chulescos, con arrogancia, con superioridad, dueño de la situación y dispuesto a matarme.
Fue entonces cuando sucedió algo que me cogió por sorpresa hasta a mí mismo. Sentí de repente una extraña energía; una fuerza se apoderó de mí, la cabeza se me voló literalmente, me silbaron los oídos y yo dejé de ser yo. Inciertos me llegan los recuerdos sobre lo que sucedió; no sabría reconstruir la escena. Arrojé la cartera al suelo ―se desparramaron los libros―, y tiré para el Angelico que, pavoneándose, venía hacia mí. Le salté y comencé a morderlo, a arañarlo, a darle puñetazos. Lo derribé, y lo pateé; lo pateé con todas mis fuerzas, lo pateé y le mordí, y le mordí, y le mordí, y le mordí… ¡hasta arrancarle el hígado!
Debió de formarse un griterío enorme, pues, apresurada, vi salir a doña Delfina. ¡Lo va a matar! ¡Lo va a matar!, oía de forma lejana. ¡Lo va a matar! ¡Lo va a matar! Los críos, el coro, gritaban, pero nadie me ponía la mano encima. ¡Que lo mata! ¡Que lo mata!
Eché a correr. Sé que eché a correr. El Angelico quedó tirado en el suelo, llorando y doliéndose, y vi que doña Delfina se inclinaba hacia él. Me llamó doña Delfina a voces, pero ya estaba lejos, corriendo. Llegué a una acequia, y me perdí entre los cañares por un pasadizo secreto que solo yo conocía. Sé que anduve entre las cañas, perdido. Me distraía ver correr las aguas sucias, oír el sordo rumor de aquella acequia encenagada.
Me esperaban varias sorpresas en el versátil futuro. Cuando llegué a casa me encontré a mi madre enfurruñada. El Angelico, el muy mamón y poco hombre, había ido llorando desde el colegio hasta mi casa, y se había chivado a mi madre de la felpa que le había sacudido. Le enseñó los arañazos del cuello, y lloró y se lamentó ante ella de modo entrecortado, debido a la incipiente hinchazón que comenzaba a abultarle los morros. Mi madre, la pobre, sacó algodón, agua oxigenada, y lo curó como pudo. De eso me enteré más tarde, porque, al regreso de la excursión por los cañares, ignoraba la rastrera jugada del Angelico. Casi con toda seguridad me llevé algún zapatillazo, pues mi madre era muy dada a tirar de zapatilla, y aquella tardé la pasé encerrado en mi cuarto.

Al día siguiente, después de pasar lista, en un silencio horroroso, la señorita Delfina me instó a que saliera frente a mis compañeros. Se levantó de su silla y, sin mediar palabra, me soltó un bofetón; no me dolió, provenía de ella. Luego vino el rapapolvo; con mucho énfasis puesto en el hablar dijo cosas de mí que no eran ciertas y hasta me recordó a mis padres. Por último, para poner rúbrica y guinda a su hacendoso discurso, me conminó a que me arrepintiera por lo que había hecho y que le pidiera perdón al Angelico, que a la postre se encontraba por allí sentado, con la cabeza baja, el cuello desollado y los morros hinchados; algún moretón que otro le afloraba por la cara y un ojo lo tenía menos que entreabierto, a la virulé. Ante mi negativa a hablar, la señorita Delfina arreció en sus descalificativos hasta que terminó con la recriminación de que yo era un Intocable:
—Eres un intocable, un intocable, un intocable... ¡Intocable! ¡Intocable! ¡Intocable!...
¡Qué bríos! Estaba histérica, y yo no podía entender por qué prefería defender al Angelico y no a mí, pues era yo el afrentado y siempre había llevado las de perder a sus ojos ciegos; además, al expresarse de aquel modo, dejaba a las claras que era seguidora de una serie de las que se emitían por televisión.
La señorita Delfina terminó por desterrarme a la patética mesa del fondo, eso sí, con la orden explícita al resto de mis compañeros de que no hablaran conmigo. Ninguno debía dirigirme la palabra, y menos contestar si yo se la dirigía a ellos, ni dentro ni fuera del aula; nadie podía dejarme el sacapuntas, la goma, el boli, el lápiz, alguna cuartilla, etcétera. Tampoco intercambiar saludos. Yo me había convertido por arte de birlibirloque en un apestado, en un intocable. Y, lo cierto, es que algo de verdad debería de haber en eso, pues mis compañeros, tras ponerme el apodo de El Gato, dejaron de canearme. Y el Angelico, a pesar de que los dos vivíamos en las Casas de la Renfe y le era fácil perpetrar alguna represalia, no llegó a tramar ninguna, y de ahí en adelante me trató con mucho respeto, casi me huía.
A los pocos días, la señorita Delfina me llamó a su lado. Muy digna, casi ofendida, me preguntó si quería volver a mi antiguo puesto, en la primera fila de la clase, a lo que le dije que no, que me encontraba muy a gusto en donde estaba. Sé que la señorita Delfina se sorprendió de mi respuesta, porque después oí comentarios; dicho lo cual, a partir de ese momento flexibilizó el castigo y con cualquier pretexto mandaba otro niño a la mesa del fondo donde yo me encontraba: la de los intocables, que así pasó a llamarse.
Mi padre había tomado cartas en el asunto. Cuando se enteró del affaire (hacía servicios de varios días, incluidas noches), realizó tres movimientos en ese tablero de ajedrez que suponen las decisiones. Con el primero le explicó a mi madre que defenderse no era cosa de gentuza, y que si el crío le ha pegado a otro que venía a pegarle a él, ha hecho lo correcto. El segundo consistió en una visita: fue a hablar con don Ramiro. No sé en qué términos se desarrolló aquella entrevista, pero a partir de la misma, don Ramiro, al que se le tenía mucho respeto en mi casa, dejó de ser don Ramiro, y se convirtió en Don Capullos, y el colegio que regentaba, pasó a denominársele el Colegio de Don Capullos. Como tercer movimiento negoció mi entrada en otro colegio; de esta forma, en el siguiente curso escolar fui a los Jerónimos (pasado el tiempo, denominado SANJE), y constituí uno de los alumnos que formaron la primera promoción que subió al kilómetro uno de la carretera de Alcantarilla a Mula, pero eso ya es harina de otro costal.
Los actos que realizamos, aunque no admitan la posibilidad de una elección, tienen consecuencias. La vida me ha puesto muchas veces en difíciles tesituras; he tenido la desgracia, por aquello de los esquemas que se repiten mencionado más arriba, de encontrarme a menudo con Angelicos, Miguelicos, Paquicos, Hijoputicos, Cabroncicos y Tontoelpijicos de diversa índole. Algunos de estos, a pesar de que pertenezco al grupo de los sufridores y poco proactivos, salieron escaldados a fondo, y supongo que para bien, porque seguro que el escalde les habrá servido para rectificar conductas impropias.

Me gané el derecho al respeto y la dignidad a un precio muy duro. Yo era mejor que ellos: hacía los deberes, llevaba mi cuaderno plagado de Muy Bienes y siempre respondía a las preguntas de la señorita Delfina. Venía de un colegio de amplios ventanales, iluminado de sol, y, en la clase de don José, había ocupado plaza en el Cuadro de Honor. Me gustaba aprender y en mí habían cristalizado los hábitos de estudio. El cambio fue brutal. Me pregunto si El Angelico de los cojones, cuando pasados los años estuviera apretando tornillos, recordaría que un niño de aire triste, gordezuelo y algo repelente, le paró los pies en seco y le dio una tunda de antología, y meditaría al respecto.

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                                       Jesús Cánovas Martínez©