sábado, 13 de junio de 2015

ALMENDRICOS-GUADIX. ¡UNIDOS POR FERROCARRIL! (PRÓLOGO)

ALMENDRICOS-GUADIX. ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.   


PRÓLOGO

El 1 de enero de 1985, el por aquel entonces ministro socialista de Transporte, Turismo y Comunicaciones, Enrique Barón, tuvo la ocurrencia de clausurar el ramal ferroviario que comunicaba la localidad de Almendricos (Murcia) con la de Guadix (Granada). Se conocía como El “Ferrocarril del Almanzora” o La “Línea Ferroviaria del Almanzora”, ya que la mayor parte de su recorrido discurría por la cuenca de lo que en remotos tiempos fue un caudaloso río del mismo nombre; hoy, desgraciadamente, debido a la pertinaz endemia de agua propia del sureste de España, en algunos trechos, ancha rambla. La línea se hallaba en mal estado y había tramos en los que los trenes de la época —entre ellos los de lujo, el TER o el Talgo, que alcanzaban la velocidad de 120 km. por hora, máxima permitida en la red ferroviaria—, sólo podían circular con la tremebunda ventolera de 30 Km. por hora. Una distancia de 161 Km., con las sucesivas paradas en las localidades de la cuenca del Almanzora, podía eternizarse de este modo. Quizá razones no faltaban para tal decisión, pero si ponderamos que aquel cierre supuso de hecho la incomunicación ferroviaria entre Levante y Andalucía —a partir de ese momento cualquier viajero que, por ejemplo, quisiera ir de Murcia a Granada, tenía que subir hasta Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y transbordar desde allí a un nuevo tren para llegar a destino—, tendremos motivos más que suficientes para meditar al respecto. Pues es un hecho que por aquella época a algunos probos políticos se les llenaba la boca con el famoso “Corredor Mediterráneo”, proyecto necesario no sólo en lo que atañía al transporte de pasajeros, sino también a la salida de mercancías y productos agrícolas de la emergente Almería. Curiosamente hoy en día, pasados muchos años y habiendo llovido demasiado poco en las localidades del Sur, se sigue hablando del mismo Corredor, pero el Corredor, por lo menos en lo que atañe a su vertiente ferroviaria, sigue sin existir.
161 Kilómetros... Hacía tres años antes del cierre que se habían electrificado los pasos a niveles. Hubiera bastado quizá una módica inversión para reformar la vía y no privar de esta manera de un servicio tan necesario para el desarrollo de la zona, y más que de la zona, del país. Los que no somos políticos entendemos poco de ciertas decisiones, pero lo cierto es que medidas como la referente ayudaban a la configuración de los Reinos de Taifa en los que pronto se configuró esta maltratada nación a la que llamamos España.
Soy hijo de ferroviario, nieto de ferroviario y biznieto de ferroviario, y, hoy en día, mi hermano perpetúa la tradición de la familia. Si digo esto es para resaltar que mi interés por el ferrocarril es incuestionable. En mis retinas de niño tengo grabada la figura de mi padre como un dios de carbón y fuego subido a la máquina; viajé en vagones cuyos asientos eran de tablas —aquellos tercera de la época— y me peleé muchas veces con mi hermano por coger el asiento de la ventanilla; en los túneles me entró carbonilla en los ojos y tengo el recuerdo de viajes casi épicos que, en realidad, cubrían distancias muy cortas. Viajaba la familia con innumerables bártulos, a los que se les adosaba por necesidad una vieja mimbrera, atada con renegrida correa, lugar donde tomaba plaza Rasputín, nuestro gato. Era otro modo de vida, otro techo a conseguir, otras aspiraciones... El mundo estaba configurado de forma diferente.
El padre del servidor arriba, en la máquina.

El ferrocarril condicionaba un modo de vida, una forma de estar en el mundo —por lo menos, como yo lo viví en mi infancia y primera juventud—, y las familias que vivían de él asumían una ética y estética concretas. Ser ferroviario, vivir al borde de una línea, imprimía carácter. En épocas de penuria no pocas veces salían las mujeres con cubos de cinc o capazos de esparto a pedir carbón a los maquinistas —eso lo han visto mis ojos—, y no pocas veces aquellos lejanos trenes tirados por máquinas de vapor servían de medio a las pequeñas economías domésticas para realizar los necesarios trueques del estraperlo.
De las cosas que he realizado de las cuales no me arrepiento —me arrepiento más bien de aquellas otras muchas que no he realizado—, una de ellas fue la marcha a pie por la antigua línea ferroviaria de Almendricos a Guadix. Fue una marcha para protestar contra el cierre de la línea y reivindicar su apertura en la que nos involucramos tres locos —Lorenzo López, profesor de Dibujo, Pedro Díaz, guardabarreras, más tarde maestro de escuela, más tarde revisor y mucho más tarde abogado, y el servidor, profesor de Filosofía—, y digo locos porque la hazaña terminó con un brindis al sol; sólo años después de realizada comenzaron a moverse en las poblaciones de la zona ciertas plataformas a favor de su reapertura.
Contactamos, en primer lugar, con Miguel Losilla —mucho le debe Águilas a este hombre, pues gracias a él el ramal de Lorca a Águilas, pese a los que lo pretendían, no llegó a cerrarse—, por aquellas fechas presidente de la Asociación Cultural de Amigos del Ferrocarril “El Labradorcico” de Águilas, con el fin de solucionar problemas de logística y darle a la aventura el sesgo que pretendíamos. Losilla se volcó en el proyecto facilitándonos todo lo que estaba de su mano. La idea original consistía en dejarnos caer con una zorrilla desde Guadix hasta Almendricos, hasta Águilas incluso, aprovechando el desnivel. No pudo ser. Unas lluvias torrenciales caídas a principios de septiembre de aquel año de 1989 produjeron destrozos de consideración en la vía: se cayeron puentes y pontetas, quedaron retorcidos y desplazados los armazones de las vías, y varios de sus tramos fueron encenagados por el lodo y las tierras láguenas. Así que cambiamos el plan e hicimos el recorrido a pie, pero a la inversa.
La aventura levantó pasiones en las poblaciones por las que pasamos, y a más de un viejo ferroviario le llevó a convocar recuerdos y añoranzas. Poco después de acabarla, Losilla nos pidió un pequeño relato de la misma. Salió como apéndice del libro conmemorativo “Memorias de la línea férrea “Lorca a Baza” y “Almendricos a Águilas” (años 1960-1990)” de J. García López. Francisco Ocón, compañero de trabajo oriundo de Guadix, nos pidió permiso para su publicación en “Wadi-as”, una revista accitana que cubría noticias de la comarca. Gustosos accedimos, lo mismo que accedimos a entrevistas de radio, a sucesivas menciones en los periódicos y a posteriores conferencias.
Los tres reivindicativos aventureros proyectamos realizar un pequeño libro —y, en consecuencia, nos distribuimos el trabajo—, donde quedaría ampliado el relato y se le añadirían croquis y fotografías, así como los diversos testimonios de las diferentes personas con las que pudimos hablar durante aquella marcha. Tal libro sigue en proyecto.
Miguel Losilla

En la estación de Águilas hay un pequeño museo del ferrocarril auspiciado por la Asociación del “Labradorcico”. Quien lo visite encontrará suficiente información gráfica de la aventura. Aquí dejo un par de referencias acerca de dicho Museo: Teléfono: 667 501 488 / Fax: 968 411 068; E-mail: labradorcico@terra.es.
Y sin más dilación ahí va el relato prometido:
                                                                     (continuará...)

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                                                 Jesús Cánovas Martínez©