miércoles, 17 de junio de 2015

TRAMO PRIMERO. ALMENDRICOS-GUADIX. ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

ALMENDRICOS - GUADIX
¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.   


TRAMO PRIMERO

           
Tres aficionados a las marchas, amigos de subir y bajar montañas, de otear el infinito desde sus cumbres; amigos de hollar quebradas e indagar entre las ramblas a la zaga de las sombras; aficionados a las sendas y a los vericuetos imposibles y solitarios, gente de orden pero que el placer lo encontraba al perderse en la vastedad de la inmaculada naturaleza, en su solitaria grandeza, hacía tiempo que llevábamos en mente recorrer a pie la línea férrea abandonada Almendricos-Guadix. No solamente la necesidad de deporte nos impelía a realizar tal marcha, sino, sobre todo, una vieja añoranza que teníamos clavada como pequeña espina, y no era otra, como así nos confesamos mutuamente, sino nuestro amor al ferrocarril y la necesidad de protesta ante el desmantelamiento que estaban sufriendo las líneas férreas.

            Cuando no había progreso ni tecnología, de niños, viajábamos en trenes con máquinas de vapor, pero en aquel momento, cuando tanto se hablaba de progreso, comunicaciones, cambios, mejoras, etc., en una zona donde vivían decenas de miles de habitantes, se les privaba de una arteria de enlace básica entre Levante y Andalucía.

            Decidimos unir, cuatro años después de su clausura, ese cordón umbilical, de un modo simbólico, con el sueño de que un día nosotros mismos lo hiciéramos en un tren de los tiempos actuales, merecido para unos ciudadanos con un digno nivel de vida.

            Nos movía la consideración de que al ferrocarril no solamente se le puede ver como algo romántico del pasado, sino también como el medio de transporte, en general, de más proyección de futuro.

            Y como tal debía ser disfrutado por el número más extenso posible de ciudadanos: Era algo que cada vez más solicitaba la sociedad, y se debía asumir.

            En tal sentido, pensábamos, los que en sus manos tenían el poder de las decisiones, en vez de hacer vituperios a derechas o izquierdas deberían defender lo bueno y discriminar lo malo. Y si del ferrocarril se trataba no deberían confundir deficiencias administrativas con elementos esenciales del medio de transporte, en sí mismo.

            Por eso, preparados para la marcha, a lo largo de todo el recorrido pretendíamos indagar las diversas opiniones de los afectados sobre las repercusiones socio-económicas que en su día creó el cierre de este eje de comunicación, quizá propiciado por el abandono del servicio de la más mínima calidad que los tiempos actuales requieren. También pretendíamos comprobar si las gentes de los pueblos por donde pasaba la línea se habían olvidado de que durante casi cien años habían visto pasar el tren por su paisaje, cuando era la más alta expresión de progreso y de mejora en las comunicaciones, y de la que ahora se hallaban privados. Y esto a pesar de ser éste un medio de transporte totalmente vigente y con extraordinaria proyección de futuro, dadas sus condiciones de seguridad, confort, rapidez y respeto del entorno ecológico.

Estación de Zurgena, 1977. Eran otros tiempos
            Trataríamos, de un modo u otro, que las gentes nos contaran sus historias de viva voz. A esta intención añadíamos la de comprobar en qué quedaban las instalaciones de la línea, dada la desgraciada barbarie de algunos grupos de personas, con su falta de respeto a unas instalaciones que en su día dieron su servicio a los pueblos de la zona y entrañaban un patrimonio cultural.

            Ideado el proyecto, nos pusimos manos a la obra. Contactamos con la Asociación Cultural de Amigos del Ferrocarril “El Labradorcico”, y les expusimos nuestras inquietudes. El proyecto fue acogido con verdadero entusiasmo y nos brindaron toda la ayuda posible que en sus manos estaba.

            Un 19 de septiembre de 1989 —que ya es historia de nuestras pequeñas historias—, apertrechados de mochilas, palos, gorras, cámaras fotográficas, blocs de notas, zapatillas cómodas, magnetofón... y, por supuesto, muchísima ilusión, nos pusimos en marcha...

            La estación de Almendricos está desolada. No hay campanilla, no hay reloj que marque el tiempo de llegada y salida de los trenes. Apedreamientos certeros en las ventanas han esparcido cristales por el suelo, y las palomas, como irrisorios símbolos, ayudan a esta erosión del abandono con la diminuta pero eficaz exoneración blanquecina de su cloaca.

            A esta inerme desolación se le suma la desolación de un viejo, vestido de pana, de riguroso negro, con sombrero y cayado, que entabla una conversación con nosotros. El viejo, añoso, surcado en la cara por profundas arrugas, deja traslucir en sus ojos, hundidos y azules, una extraña nostalgia. Está sentado en un banco; sus manos, membranosas, han sido curtidas por el viento y la tierra y las mueve con lentitud al hablar. Recuerda el hombre cuando vino de Argentina. Él era un niño. La familia desembarcó en Cádiz y, debido a la brevedad acostumbrada con que se realizan en este país los trámites administrativos, la estancia en la ciudad portuaria se alargó durante varios días, unos cuantos más de los previstos. Eso no importaba; traía la familia una ilusión en sus alforjas: la de reencontrar a España. Se lo traían todo: Los muebles, las ropas y hasta el gato. El viejo recuerda con especial cariño un gramófono que terminó por perderse en la mudanza. Y nos cuenta el viaje en ferrocarril que hizo de Cádiz hasta Almendricos. Los ojos del viejo brillan, destellan una extraña viveza, se iluminan. Recuerda el pasado y parece que se transporta, que se va, que se esfuma y pierde en ese otro tiempo, el vivido y auténtico. De Cádiz a Sevilla; de Sevilla a Granada; de Granada a Almendricos, y todo este viaje en un tren interminable, de los antiguos, de los de locomotora de vapor y largo silbido en la noche. Es una fiesta oírlo hablar.

            —Y, vosotros, nenes, ¿a dónde vais?
            —Vamos a Guadix.

            No contiene el asombro y exclama:

            —¡Pero ya no pasan trenes!
           
—Lo sabemos. Por eso vamos a ir andando hasta allá para reivindicar la apertura de la línea.

            Nos mira el viejo de soslayo y de reojo.

            —¡Pero Guadix queda muy lejos!

            Entonces, para convencerle de la veracidad de nuestras intenciones, y de que éstas no nos las moverá nadie, sacamos la pancarta…

                                                           (continuará...)

El servidor junto con Pedro Díaz desplegando la pancarta.
                                                   Todos los derechos reservados.
                                                          
Jesús Cánovas Martínez©
                                    Pedro Díaz Martínez©
                                    Lorenzo López Asensio©



                                                           (continuará...)