jueves, 25 de junio de 2015

TRAMO SEGUNDO. ALMENDRICOS-GUADIX. ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!



ALMENDRICOS - GUADIX

¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

 AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.

Escuela parroquial de Medrano. Pedro y Lorenzo.


TRAMO SEGUNDO


          Con la conversación del anciano resonando aún en nuestros oídos, a los pocos kilómetros, pasado un primer túnel, Pedro y Lorenzo tienen un encuentro emotivo con la vieja escuela de Medrano, donde infantes cursaron parte de su primera enseñanza.

Ruinas para el recuerdo:

          —Aquí estaba el pupitre donde me sentaba yo...
          —Y aquí el mío.
          —Aquí se sentaba Fulano.
          —...Y Mengano allí.
          —...Y Rafaé, El Tonto, ¡ qué tonto era!, acá...
          —...Y la niña de la que estábamos todos enamorados, allá...

          Pedro y Lorenzo son hombres de frontera. Pedro nació en Almendricos, y su infancia la pasó subiendo y bajando la ladera oeste de la Sierra de Enmedio, a pocos centenares de metros de la línea divisoria que separa la provincia de Murcia con la de Almería; Lorenzo nació en Las Norias, pedanía de Huércal, a dos kilómetros de esa misma línea fronteriza, pero al otro lado, donde los críos de un bando y otro iban a apedrearse. Sin embargo, ellos son amigos desde chicos; fueron juntos a esta escuela de Medrano —¿adónde iban a ir si no había otra?—, y la recuerdan del modo como deben recordarse las cosas o las personas que un día significaron algo en nuestras vidas: con cariño y nostalgia. En una época donde las cortijadas de la zona eran ajenas a la luz eléctrica y donde, para beber, se esperaba con ansia la poca lluvia que el cielo dejaba en los aljibes, por necesidad, los habitantes de estos eriales estilaban a manos llenas, aun sin saber precisar su nombre, lo que los políticos llamaban con una sonora palabra, “solidaridad”. Era ésta, en la recién inaugurada etapa democrática, palabra estilada (hoy en día, al filo de una segunda transición, ya no se les oye) y los políticos no paraban de tirársela de bancada a bancada.

          Hay desconchones, grietas en las paredes, el techo amenaza derrumbe... Escuela parroquial de Medrano, el tiempo te sepulta también a ti en el olvido.
         
          Viendo la nostalgia en los ojos de sus compañeros de viaje, contemplando los nopales y pitas que bordean los restos de la antigua escuela, encaramada en un monte, la línea de ferrocarril abajo, por donde ya no pasan los trenes, el que esto escribe recuerda un poemilla del “Cancionero y romancero de ausencias” de Miguel Hernández, poemilla que siempre le llega y golpea cuando ve pitas y chumberas y el sol cayendo sobre ellas y se siente un poco triste:

El cementerio está cerca
de donde tú y yo dormimos,
entre nopales azules,
pitas azules y niños
que gritan vivídamente
si un muerto nubla el camino...

          Como todavía vamos frescos, sin balón, jugamos un partido de fútbol en la antigua era de Medrano, invadida ahora por los matorrales. Es un derroche de energía que después nos pasará factura. Momentos felices de asueto, y vistas interesantes para el archivo de la memoria... Hacemos “adioses” a trenes imaginarios y terminamos por hacerle una visita al “navajo”, donde mora una deidad lacustre. Finalmente, como no hay nada en esta vida que no mude, tras las respectivas fotos, seguimos camino, aunque un poquitín más cansados.
 
Por la estación de Las Norias
          A la altura de la estación de Las Norias —ya en territorio andaluz— cae un sol de rigor. El sudor nos empapa y agradecemos la poca sombra que a veces se nos ofrece en el paisaje desierto. Hay en esta hora de la tarde un silencio que hace brillar con luz propia las piedras y los terrizales, los pocos olivos en lontananza, los algarrobos, los escuálidos almendros. No corre el viento. Unos tragos de agua se agradecen; al agitarlas, las cantimploras suenan ominosas, como si regurgitaran extraños rumores. El agua que bebemos está caliente, pero reconforta, se agradece: es válida para humedecer las secas gargantas.

          El suelo de la estación nos ofrece un tapiz de palominas y cagarrutias, mechones de mierda chorreados y alegría —la que produce contemplar ciertos excrementos de mamíferos bípedos e implumes—, una vez más. La estación está saqueada, rota por dentro; enormes desconchones tiene la cal de las paredes, y pintadas, no siempre de buen gusto o tono... Desolación y descontento pueblan la atmósfera de las estaciones de esta línea a las que pronto nos acostumbraremos.

          —¿Recuerdas?... Aquí estaba la máquina donde se expedían los billetes.
          —¿Te acuerdas del jefe de estación?

          Sin darnos cuenta establecemos un diálogo silencioso con estas paredes, y con la atmósfera adormecida de un pasado que se impone lentamente, como un eco que aún suena, aunque se dilata sucesivamente, onda en las aguas pronta a diluirse y desaparecer.

          Dicen que la jornada primera de las marchas es la más dura; podemos testificar que efectivamente es así. Entre Las Norias y Huércal-Overa hay una recta larguísima, la más larga de todo el tramo de línea que pretendemos recorrer; se nos antoja interminable, eterna. El sol cae a plomo, inmisericorde, y a no ser por el socorro que nos dan en un cortijo, seguro que morimos de sed, quién sabe.

          A la altura de la rambla de Úrcal, hacemos un descubrimiento. Las últimas lluvias torrenciales caídas a principios de mes han producido en la línea destrozos de antología, que dirían los comentaristas deportivos. Tomamos fotos de estos desperfectos. Resulta impresionante ver los raíles, en donde existía una potenta, colgados en el aire... Transit gloria mundi: Todo lo destruye el tiempo irreversible.

          Reflexionamos sobre el tiempo ido, pero el curso de nuestras reflexiones, al igual que el de los raíles, corre paralelo al curso del camino. ¿Cómo es posible que pasados tan pocos meses desde la electrificación de las señales de la línea, de la supresión de pasos a niveles, de la modernización de las instalaciones en aras de un mejor servicio, de arriba venga la orden del cierre? ¿En qué gastan el dinero que tan fácilmente recaudan?... Enigmas, enigmas que apenas comprendemos... Cabe la estación de Huércal-Overa —adecentada, ¿cómo no?, por las ilustres pintadas de las que ya he hablado— se sitúa un bloque de pisos abandonado, testimonio erigido al gasto inútil, otro ejemplo.

          Pero constatamos algo más. Para ayudar al desmantelamiento, junto a la planificación de lo alto corre pareja la de abajo. Hasta cerca de la estación de Almajalejo no sólo han robado el tendido telefónico —alguien que necesitaba cuerda para ahorcarse, suponemos—, sino que también los postes que lo sostenían han sido aserrados hasta la raíz; los inviernos son tan fríos, la leña tan necesaria... Por esta razón a nosotros tan sólo nos queda congratularnos por tan eficaz trabajo. Y nos sentimos más felices. Casi realizados por ver una obra de desmantelamiento bien cumplida.

          Afortunadamente estas alegres reflexiones pronto dejan paso a la vivencia del feraz paisaje. La marcha sigue adelante. Nos movemos ahora entre tierras láguenas donde la erosión ocasionada por el agua, el aire y el fuego han conformado paisajes oníricos. Sepultados entre trincheras calcáreas o entre los pequeños abismos que conforman las ramblas, parece que nuestro viaje nos adentra en un tiempo remoto. Desde el impresionante puente sobre la rambla de Huércal divisamos lejanías y sentimos la acometida de un sorprendente vértigo. En un momento el servidor tiene la fugaz impresión de que los tres viajeros conformamos una especie de Comunidad, parecida a la que acompañaba a Frodo en busca de un monte mágico, el del Destino, para destruir el Anillo Único. ¡Quién sabe! Nuestros pies siguen enfilando los infinitos raíles que se adentran en la cereza del crepúsculo.
 
Puente sobre la rambla de Las Norias
                                                           (continuará...)

                                       Todos los derechos reservados.

                                       Jesús Cánovas Martínez©
                                       Pedro Díaz Martínez©
                                       Lorenzo López Asensio©