lunes, 16 de diciembre de 2013

HABLA UN EXORCISTA

HABLA UN EXORCISTA
GABRIELE AMORTH



Unos cuantos son los libros publicados hasta la fecha por el padre Gabriele Amorth sobre el tema del exorcismo. Habla un exorcista fue el primero, y en él quedó diseñado una especie de programa que de forma paulatina se fue cumpliendo con posterioridad. Su primera edición data de 1990, Roma (primera edición en español en enero de 1998, por Planeta), y a partir de ese año se fueron sucediendo ininterrumpidamente sus reediciones. El padre Cándido Amantini, mentor y maestro del padre Gabriele Amorth, abre el pórtico de su lectura con una Presentación, a la que le sigue una Introducción del propio autor en la cual expone los motivos que le llevaron a escribir la obra.
Habla un exorcista no es un libro doctrinal o teórico sobre la figura del diablo, se atiene más bien a la experiencia de exorcista del propio autor; por eso vendrá salpicado con multitud de casos dirigidos, por un lado, a ilustrar el poder que Satanás ejerce sobre las personas, manifestado mediante las posesiones físicas, por otro, a poner de relieve el poder de Cristo sobre Satanás, ejercido con potestad durante su paso por la tierra y transmitido a sus apóstoles y sucesores —«Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia» (Mt. 10, 1); «A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre» (Mc 16, 17)—. Ese poder de Cristo muestra que Él es el centro de la creación, hasta el punto que solo con la invocación de su Santo Nombre, como dice el apóstol san Pablo, «toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo» (Filipenses 2, 10).
La obra tiene un claro sentido pedagógico y supone una especie de vademécum puesto al servicio de exorcistas y sacerdotes, pues según el padre Amorth «todo sacerdote debe poseer ese mínimo de conocimientos para comprender si una persona necesita o no dirigirse a un exorcista». Dicho lo cual, adquirir este tipo de saber, y el discernimiento que lleva parejo, no hará mal a nadie; al contrario, le puede servir para ponerlo sobre la pista de aquello que, rayano en lo extraordinario, aparece como carente de explicación para una mirada poco atenta.
Las víctimas del maligno comienzan por experimentar un hado funesto alrededor de sus vidas; la mala suerte les persigue y van cosechando un sartal de desgracias. En los casos menos graves cabe hablar de obsesiones o vejaciones diabólicas. Las obsesiones son acometidas de pensamientos obsesivos, muchas veces absurdos, que llevan a la persona que las sufre a estados de postración, de desesperación y acunan en ella deseos de suicidio. Las vejaciones consisten en trastornos de la salud que pueden adquirir diversos grados; por lo general, el demonio suele atacar al estómago o la cabeza, y las víctimas pueden llegar a perder el conocimiento, cometer acciones impropias o pronunciar palabras blasfematorias de las que no son responsables.

La acción del demonio contra sus víctimas es radical y gradualmente se va generalizando, hasta el punto que afecta a todos los ámbitos de sus vidas. Las suele atacar en cinco aspectos:
1)    En la salud, produciendo trastornos físicos y psíquicos. Como queda indicado ataca generalmente a la cabeza y estómago. Pero de forma pasajera, y en especial durante el exorcismo, ocasiona en el cuerpo bubones, grietas, cardenales… Desaparecen haciendo la señal de la cruz sobre ellos y rociándolos con agua bendita; igualmente, poner la estola encima de ellos, los hace desaparecer.
2)    En los afectos el maligno pretende romper matrimonios, deshacer noviazgos, enfrentar a los miembros de una familia. Suscita disputas por motivos fútiles y confiere a su víctima la impresión de que no es grata en ningún ambiente, de que se la evita y se la aísla; esta poco a poco se sume en un vacío afectivo.
3)    En los negocios, los bienes o el trabajo. Imposibilita a la víctima para encontrar trabajo o a permanecer en él. No hay motivos razonables, pero la víctima  pasa de la normalidad económica a la miseria, de un trabajo intenso al paro.
4)    En las ganas de vivir. La víctima adquiere una incapacidad para el optimismo o la esperanza; la vida le parece negra y angustiosa, sin posibilidad de salida, insoportable.
5)    En el deseo de morir. Este es el punto final que el maligno se propone: llevar a su víctima a la desesperación y al suicidio. Con respecto a este quinto aspecto, el padre Amorth indica algo esperanzador. Y es que cuando la víctima se pone bajo la protección de la Iglesia, automáticamente queda excluido. Así se señala lo que Dios respondió al demonio respecto de Job: «Haz con él lo que quieras, pero respeta su vida». (Jb. 2, 6).
En todo caso la acción demoníaca más grave es la posesión; por fortuna poco frecuente, aunque según el autor por diversas causas (prácticas espiritistas, maleficios, pactos con el diablo, acción de las sectas, pérdida de la fe, reincidencia en pecados graves) sus casos van en aumento. En la posesión el diablo se apodera del cuerpo de sus víctimas (nunca de sus almas si estas no quieren ofrecérsela libremente) y lo tortura hasta lo indecible; habla o actúa mediante sus poseídos y con frecuencia se acompaña de manifestaciones paranormales.
Si es verdad que Dios permite que ciertas personas experimenten esta acción diabólica, y no es extraño el caso de los santos que fueron golpeados, flagelados o apaleados por los demonios, por otro lado las ha provisto de ayudas de todas clases. La iglesia tiene sacramentales («signos sagrados con los que, por una cierta imitación de los sacramentos, se simbolizan y obtienen efectos sobre todo espirituales, por la impetración de la Iglesia», conforme a la definición del Concilio Vaticano II) para este menester, y, sobre todo, está dotada de un antídoto permanente contra el diablo y su acción: la Santísima Virgen María. La enemistad de la Virgen con Satanás es patente desde que en el Génesis, después de maldecirla, Dios le dijo a la serpiente: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Génesis, 3, 15). El padre Amorth confiesa que cuando fue nombrado exorcista de la diócesis de Roma en 1985 por el vicario del Papa, el cardenal Ugo Poleti, se encomendó a la Virgen María, le pidió que lo rodeara con su santo manto y salvaguardara del demonio; ese amparo siempre le ha acompañado. Especial fuerza de protección posee la imprecación escrita por León XIII, de su puño y letra, al príncipe de las milicias celestiales, San Miguel Arcángel, y que antes del Concilio Vaticano II se rezaba, junto a una oración a la Virgen María, al finalizar la misa:

San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; sé nuestro protector contra las maldades y asechanzas del demonio. Que Dios lo reprima humildemente te lo pedimos. Y tú, príncipe de la milicia celestial, con el poder de Dios, arroja a Satanás al infierno y a todos los espíritus malignos que vagan por el mundo buscando la perdición de las almas.


El padre Amorth se concentra en el exorcismo. El exorcismo es un sacramental instituido por la Iglesia que solo puede ser administrado por los obispos o sacerdotes (nunca por los laicos) que han recibido del obispo licencia específica y expresa. Se administra observando cuidadosamente los ritos y las fórmulas aprobadas por la Iglesia, y tiene un doble objetivo: en primer lugar, posee un fin de diagnóstico, en segundo, se propone liberar a los poseídos.
Con respecto al primer objetivo, señala el autor, que solo mediante el exorcismo se adquiere la certeza de encontrarse ante una intervención diabólica; de este modo el exorcista puede valorar correctamente los signos a los que debe atenerse: antes, durante, después y en el transcurso del exorcismo. Y esto, tanto para que no le sea fácil creer en una presencia demoníaca, como para ponerlo en guardia contra los distintos trucos con que el demonio intenta disimular su presencia. Insiste el padre Amorth en este punto, que considera importante: El demonio siempre quiere pasar desapercibido y hace lo indecible para ocultar su presencia; cosa contraria ocurre con ciertas formas de enfermedades psíquicas en las cuales el paciente hace cuanto puede para convertirse en centro de atención. Al hilo, hay que decir que las demonopatías son refractarias a los tratamientos meramente psicológicos o psiquiátricos; como consecuencia se necesita un buen discernimiento que excluya una etiología meramente natural de este tipo de sintomatología. Por de pronto, contra los síntomas que manifiestan las personas poseídas nada pueden los fármacos comunes, mientras que llegan a desaparecer con la aplicación de un socorro de orden religioso. La duda, sin embargo, puede planear sobre una multitud de casos, pero el padre Amorth es contundente a este respecto: se debería aplicar un exorcismo breve, pronunciado en voz baja, que pueda ser confundido con una bendición, pues «nunca un exorcismo innecesario ha hecho daño.» No hay que esperar, pues, a que haya signos seguros, porque lo realmente grave sería que por no haber sabido reconocer la presencia del demonio se hubiera omitido el exorcismo, apareciendo después esta presencia de forma más arraigada y virulenta.
 ¿De qué signos hablamos? No hay una casuística estándar, pero se pueden reducir a los tres indicados por el Ritual como síntomas efectivos de posesión:
1) hablar lenguas desconocidas,
2) poseer una fuerza sobrehumana y
3) conocer cosas ocultas.
Ahora bien, señala el autor, que estos signos se han manifestado siempre durante los exorcismos, pero nunca antes.

Con respecto al segundo objetivo, la liberación de la víctima, el autor indica que es necesaria su colaboración, ya sea rezando, frecuentando los sacramentos o simplemente yendo al exorcista. Como el afectado muchas veces está incapacitado para darla, se inicia un camino difícil y largo, y no siempre, por desgracia, se llega a la liberación. En cualquier caso, ayudan las oraciones de otros, familiares, monjas de clausura, comunidades parroquiales o grupos de oración. Señala el padre Amorth el poder del rosario y el recurso a la Virgen María, y la intercesión de los ángeles y santos. También ayudan los correspondientes sacramentales: agua, aceite y sal exorcizada. No poca importancia tienen en este cometido las frases de la Biblia o las plegarias de alabanza, sean los Salmos o los diversos cánticos. Las peregrinaciones a lugares santos obran en favor de las víctimas. Las imágenes sagradas protegen, puestas sobre la persona o en diversos lugares de la casa: puerta de entrada, dormitorios, comedor o lugar donde se suele reunir la familia. No hay que descuidar ciertas medallas: la medalla milagrosa, la de san Bernardino de Siena o la de san Benito. Dicho lo precedente, el exorcista debe mantener una actitud humilde, sabiendo en todo momento que quien obra es Dios y no él.
Advierte el padre Amorth la importancia de atenerse a las reglas del Ritual de exorcismos. Cuando se ha detectado la presencia y se procede a los exorcismos, no se deben hacer preguntas inútiles o de curiosidad, sino, por el contrario, solo se debe preguntar lo que es útil para la liberación. Lo primero que se ha de preguntar es el nombre del demonio, si hay otros demonios y cuántos, cuándo y cómo el maligno entró en ese cuerpo y cuándo saldrá de él. Hacer que el espíritu maligno revele su nombre supone inferirle una derrota, pues esto implica que ha confesado su rango y, por consiguiente, el exorcista sabe cómo actuar contra él. Si la presencia del demonio obedece a un maleficio, se interroga de qué modo ha sido hecho tal maleficio. Si la persona ha comido o bebido cosas maléficas, debe vomitarlas; si se ha escondido algún hechizo, hay que llevarle a decir dónde se encuentra para quemarlo con las debidas precauciones.
La pericia del exorcista consiste en encontrar los puntos débiles de los demonios. Unos, no resisten la cruz hecha con la estola sobre las partes doloridas; otros, se oponen con todas sus fuerzas a la aspersión con agua bendita. Hay frases, en las oraciones de exorcismo u otras plegarias, ante las cuales el demonio reacciona violentamente o perdiendo fuerzas; entonces, como sugiere el Ritual, se deben repetir aquellas palabras.
Antes de que se produzca la liberación, ocurre lo contrario que cuando se sana de las enfermedades: en estas, el enfermo mejora progresivamente; en las posesiones, la persona afectada está cada vez peor, y precisamente cuando ya no puede más, se produce la liberación. Hay un momento delicado y difícil, pues, que puede prolongarse mucho, en que el espíritu maligno muestra en parte una gran debilidad y en parte intenta asestar sus últimos golpes. El ente demoníaco se resiste a abandonar la persona, y manifiesta su estado de desesperación con expresiones como estas: «Me muero, me muero», «Ya no puedo más», «Basta, me estáis matando», «Sois unos asesinos, unos verdugos; todos los curas son asesinos».
El demonio sufre mucho, pero también procura dolor y cansancio a su víctima. Así, les trata de comunicar sus mismos sentimientos: Él ya no puede más y les provoca un estado de cansancio intolerable; él está desesperado e intenta transmitir su propia desesperación; él está acabado, y transfiere a la persona la impresión de que todo está acabado, que su vida ha llegado al final. A los poseídos se les hacen cada vez más fatigosos los exorcismos y necesitan de ayuda externa para no faltar a la cita con el exorcista, para rezar, para ir a la iglesia o para acercarse a los sacramentos, porque solos no lo consiguen.
Para evitar recaídas, una vez producida la liberación tras penosa sucesión de exorcismos, la persona no debe dejar de practicar los sacramentos ni abandonar la vida cristiana, porque tampoco es extraño el caso de que el espíritu maligno, como relata el Evangelio de San Mateo (12, 43-45), cansado de vagar por los páramos baldíos, regrese con otros siete espíritus peores que él.

Yo sé que muchas personas cuando oyen hablar de demonios, exorcismos y cosas por el estilo, estas les suenan, no diré a música celestial sino a música infernal. En los últimos tiempos el nihilismo ha hecho tales estragos en las psiques que lo serio se toma por baladí; lo que hay que temer, a risa; y lo que son comportamientos francamente anormales, como lo más normal del mundo. No debería ser así, por lo que a algunos habrá que decirles que las cosas no son como las piensan, menos como las hacen, y que tal vez ignoran bastante más de lo que creen. Les remito a que analicen las cuotas de felicidad de que disponen; es un buen test a condición de mantener una sinceridad impecable. Ojalá que en sus vidas no se vean contrastados con cierto tipo de experiencias (la ignorancia, al fin y al cabo, de alguna manera protege), pero por si alguna vez ocurriera lo que nadie desea y lo innominable les tendiera ese lazo del que difícilmente se escapa, no podrán decir que no se les puso sobre aviso. 



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©
 


jueves, 12 de diciembre de 2013

POEMS FROM CHURCH STREET

POEMS FROM CHURCH STREET (EDICIÓN BILINGÜE)
MARICEL MAYOR MARSÁN


Debo a Ardentísima y, por extensión, a José María Álvarez, haber hecho el ridículo unas cuantas veces. Referiré dos de ellas. La primera fue en Molina, cuando un grupo representativo del por aquel entonces Grupo Espartaria de Poesía, fuimos convocados para dar un recital poético en el Salón de Actos de Caja Murcia. Ufanos, contentos, pletóricos, nos dirigimos allá («Al fin la fama», pensábamos), pero la sorpresa fue mayúscula al encontramos con la puerta cerrada a cal y canto… ¡Allí no había nadie! Ni el conserje, ni el Tato. Miramos de nuevo el folleto informativo, por si el error era nuestro y, con las prisas por darnos a conocer, nos hubiéramos precipitado un día antes, a lo mejor dos, o... ¡quién sabe si se nos había pasado el arroz! ¡Pues mira que no! Claramente se especificaba que tal día y a tal hora, el grupo Espartaria daría un recital allí mismo. Por fortuna, alguna señora de edad avanzada se personó en el lugar con ánimo de poesía, lo que nos hizo sentirnos menos solos, y en honor a ella realizamos una semilectura poética encaramados en un banco de la calle. La segunda el ridículo fue, diría, hasta sangrante. En aquella ocasión, habían puesto taxis al servicio de los poetas; salían estos desde el Rincón de Pepe, montaban al susodicho y lo llevaban a destino. Y allí que me vi, en taxi, contento y con un repunte de vanidad. «¡Ya es hora de que se haga justicia con la poesía, la hermana pobre de la literatura! ¡A los poetas se les pone taxi, como es debido!…», eso iba pensando, o algo parecido, durante el trayecto hacia el IES Santa María de los Baños de Fortuna.
Llego a destino, pues, bajo del taxi y entro en el instituto. Es horario lectivo y los pasillos andan vacíos… Me acerco a Dirección o a Jefatura de Estudios, no sé, ahora no me acuerdo, y les digo que yo soy el poeta que están esperando.
—¿Cómo? ¿El poeta que estamos esperando?
Dos individuos, con un gesto de extrañeza no disimulado, han elevado desde sus asientos unos ojos hacia mí. 
—El mismo —respondo, con aire de importancia.
—¿Esperábamos a algún poeta? —pregunta uno, mira al otro, y luego los dos se miran entre sí. 
—¡Ah, sí!... —suelta el más avispado—. Eso es cosa de Fulana, la profesora de literatura.
Me indican entonces que siga recto, tome a la derecha, después a la izquierda, etcétera, hasta llegar al aula tal. No sé si soy excesivamente suspicaz, pero a estas alturas de la película ya llevaba la mosca en la oreja.
Abro la puerta del aula, saludo y pido permiso para entrar:
—Soy el poeta que viene de parte de Ardentísima.
Y la profesora, ante aquella inesperada interrupción, expresa su desagrado a la vez que su sorpresa:
    ¿¡Cómo!? ¡Pero tú no eres Pedro Marín...!
—No… Yo soy Jesús Cánovas y me han enviado para acá… los de Ardentísima...
Vuelve la profesora a la carga, e introduce una réplica con otro pero, un tanto capcioso:
—Pero a quien esperábamos era a Pedro…
Está confusa, desconcertada, y me contagia su confusión y desconcierto. De repente empiezo a sentir vergüenza, se me enrojece la cara y me invade igual sensación que aquella que puede invadir a un pato perdido en un garaje.
La profesora tiene tablas, y pronto salva la situación. La incomodidad del inicio se distiende gracias a su simpatía. Aun así me recuerda que llevaban varios días trabajando un poemario de Pedro, y que sus alumnos se sienten muy descolocados al verme a mí allí y no a Pedro…

Sería injusto concluir, de cara a estas experiencias (en todo caso particulares), que Ardentísima no cumplió un cometido importante en la Región de Murcia. Quienes me conocen saben que hablo poco, y si hablo, lo hago al descubierto; no me gusta esa hipocresía que estilan ciertos individuos, los cuales ponen piadosa o beatífica cara y aun limpian el polvo de la chaqueta de aquel al que, a sus espaldas, rajan de forma inmisericorde (al respecto, puedo dar unos cuantos nombres si se me pidieran). Esa gentuza me da asco. En cuanto a mí, lo digo a las claras: José María Álvarez lo hizo muy bien, y las sucesivas ediciones de Ardentísima supusieron un hito en la pequeña historia de la literatura de la Región. Fue una suerte tener a la mano a poetas de talla internacional, oír los poemas de sus labios, percibir su respiración, cruzar alguna palabra con ellos. La poesía se dignificó durante aquellos días, y agradable fue asistir a la multiplicidad de recitales que se fueron sucediendo mañana, tarde y noche. No concluiré, por tanto, nada negativo.
Para desagraviar a Ardentísima de tanta crítica solapada como recibió y, consecuentemente, a su instigador, contaré dos cosas magníficas que me sucedieron.
La primera fue la posibilidad de tomar un café con María Kodama. Un descalzado de la poesía tiene pocas oportunidades de codearse con los grandes, así que en un impasse burlé la estrecha vigilancia que sobre ella ejercía José María Álvarez y la invité en un bar de la Plaza de Santa Catalina. Aunque breve el contacto, las sensaciones que experimenté resultaron multiplicativas. No fue solo hablar con aquella interesantísima mujer (tímido por naturaleza, hoy no podría decir exactamente sobre qué), circunstancia por sí misma merecedora del recuerdo, lo que me hizo flotar durante unos instantes, sino algo que aconteció como un plus: una suerte de catalización que se operó a través de la Kodama. Ocurrió como si todo Borges, a quien yo había descubierto y leído con pasión en mi etapa universitaria, descendiera sobre su viuda y desde ella se comunicara conmigo, él y su obra toda.

Parecida sensación, aunque con las connotaciones que ahora explicaré, tuve con Maricel Mayor Marsán, la segunda cosa buena de la que quiero hablar. La conocí en el aparte de un recital, cuando Juan Ramón Barat y yo entablamos una conversación con ella y su esposo, Patricio E. Palacios, en el bar Zalacaín. A pesar de que su poesía me impactó, yo no había oído hablar de Maricel; pronto me enteré que junto con Patricio dirigía una revista digital de gran calidad, muy extendida por el ámbito hispano: Baquiana.
Al tomar conocimiento con una persona se establece una comunicación subliminar por la que se sabe si en un futuro podrá haber compatibilidades o no. Si surge la empatía, se evidencia a sí misma; es un hecho. Difícil describir en conceptos unas sensaciones que rayan lo extraordinario; son sensaciones estas que aluden a los sentidos llamados inferiores más que a los de la vista o el oído; ahora bien, tengo que añadir a continuación que esos mismos sentidos son inmediatamente trascendidos para mostrar otra verdad, diría que trasluminada, diferente a la meramente táctil, olfativa o gustativa. Si con María Kodama percibí el descenso de Borges y su obra, de Maricel Marsán me llegó, como aroma o tacto, la bondad, la belleza, la inteligencia, la ternura, la sencillez, la hermosura, el sufrimiento, la alegría, la proximidad, la dulzura, la tranquilidad, la anchura, la extensión, la apaciguada lucha, la verdad.
Poems from Church Street está dedicado a la memoria de las víctimas del 11 de septiembre de 2001. Es un libro, por tanto, agónico, en su sentido original de lucha y sufrimiento, en el que Maricel Mayor Marsán muestra su empatía con aquellas víctimas inocentes de la barbarie terrorista.

No es conveniente olvidar, según el quinto manual que nos propone la autora, el de las equivocaciones, y de la cita de Karl Shapiro que lo alumbra, los errores del pasado. La memoria, y en este caso la poética, ha de registrar los errores de ese pasado, y archivarlos, para mostrarlos luego tal como fueron: errores. Y esto porque la poesía, al no ser sabia, es inocente, y por lo mismo se puede adentrar por los campos del terror y de la muerte sin ningún tipo de preconcepciones o lastres que no sean los de la propia mirada del poeta. La poesía no aprende de lo que podríamos considerar un sentir general y, por lo mismo, universalizable; no: La experiencia poética es única en cuanto respeta la particularidad de cada poeta, o, incluso, de cada lector concreto. Ahora bien, si estamos llamados a tener dicha experiencia en singular, ¿qué es lo que podemos comunicar, entonces? Veamos la respuesta que ensaya Maricel Mayor: Siempre podremos transmitir aquello anterior a la palabra y que informa la palabra; en el caso que nos ocupa el desasosiego o el silencio, sea el presente en caos, en el caso del primer manual, o la complicidad del miedo, en el caso del segundo. Un pie para la meditación del primero lo supone una cita de Longfellow, para el segundo, otra de T. S. Elliot,  que reproduzco: I will show you fear in a handful of dust (Te mostraré tu miedo en un puñado de polvo).  Aun así la poeta apuntará al mandato del décimo manual, el de la espera, resumen o conclusión al que tiende su hacer poético: La humanidad en lo humano. La esperanzadora cita que lo glosa es de Walt Witman: In this broad earth of ours,/ amid the measureless grossness and the stag,/ enclosed and safe within its central heart,/ nestles the seed perfection (En esta amplia tierra nuestra,/ en medio de la inmensa densidad y la basura,/ rodeada y segura en el centro de su corazón,/ anida la semilla perfección).
Maricel propone Diez manuales con sus pertinentes mandatos y citas, soportes estas últimas para la meditación particular de cada uno de los lectores de Poems from Church Street. Ahora bien, si el poemario busca la complicidad del lector, es porque previamente ha habido una exposición de los sobrecogedores motivos del horror. Y son precisamente estos motivos los que informan las otras secciones del libro: Ante la presencia del dolor, De otredades y circunstancias, Habitantes anónimos de la ciudad de Nueva York y Algunos poemas desde el asfalto.

El World Trade Centrer se desmorona bajo un sudario de estupor y sorpresa; una lluvia de polvo, cascotes y cemento viene a caer ominosa sobre la Gran Manzana y las gentes corren llenas de pasmo hacia ningún lugar (The ashes fly everywhere./ They have taken with them the trace/ of many faces of friends ―La ceniza vuela por todas partes./ Se ha llevado consigo el rastro/ de tantos rostros amigos—). Son gentes anónimas; no saben ni comprenden, apenas identificada la amenaza, por qué o de qué huyen. El cielo es plomo, arde derretido; extraños ángeles de fuego circulan, caen los vidrios rotos; el humo se eleva negro, retumba el polvo. Entre los que huyen se encuentra Pedro, el tendero, o Imanil, el asistente de mesero, o George, el taxista negro de Harlem. Cada uno tiene su historia; la muerte les ha segado algo íntimo y caminan insomnes. Sus vidas ya no serán igual a como fueron porque definitivamente sienten quebrada en su interior la delgada línea que, al romperse, los adentra por el territorio incierto de la vulnerabilidad: Why he and not me?/ Why my friend and not me?/ Why not the two?, se pregunta, insistente, Imanil. Son preguntas angustiosas ante lo que no se comprende y golpean como un marro en el fondo de sus psiques. Así es. La atrocidad del horror se ceba en los inocentes; por eso, de forma semejante a la del Evangelio, una voz unánime clama desconsolada por Manhattam: Es la de Maricel-Raquel, que llora a sus hijos porque ya no existen:

I observe the remains of a disaster,
the memorial of the laceration of many.
Some pray, some others look fearless,
others swing themselves discreetly in their places,
push gently, whisper in mourning,
silently struggle in their spaces…

(Observo los residuos de un desastre,
el memorial del desgarre de tantos.
Unos rezan, algunos miran impávidos,
otros se mecen discretamente en sus sitios,
empujan levemente, susurran en duelo,
pugnan callados en sus espacios...)

El horror posee tintes surrealistas, de hecatombe: las nubes asfixian, los aires son pavesas y yeso, la mañana se tiñe de salvajes oscuridades, los cuerpos se evaporan o se descuelgan múltiples voces más allá del polvo... Mientras, desde el horror y el caos, ascienden las almas de los muertos. Una fuerza especial posee el poema que lleva por título The maccabees of the ground zero (Los macabeos de la zona cero), que comienza del siguiente modo: Soldiers of ashes and bones/ looking for the eternal light/ in the remembrance of others (Soldados de cenizas y huesos/ buscando la luz eterna/ en los recuerdos de otros). Con sobrios trazos, la mirada impávida y el dolor contenido, la autora subraya su impotencia ante la muerte gratuita de cualquier ser o la estupefacción que le produce contemplar hasta dónde puede llegar la maldad humana. Surgen así poemas tan tremendos como Infecund parable o At the hour of all hours:

My pores get filed with your bad luck,
There is no line or fold of my body,
Exempted from the alluvium of the tragedy.
I breathe, live, feel
                            And barely
                                     Understand your death.

(Los poros se me inundan de tu mala suerte,
No hay renglón o pliegue de mi cuerpo
Que se exima del aluvión de la tragedia.
Respiro, vivo, siento
                            Y apenas
                                     Comprendo tu muerte.)


Sin embargo, junto a la descripción del terrible caos, frente a la paralización a la que induce el horror o la estupefacción ante lo incomprensible de tal espanto, con su conciencia desgajada, partida, la autora nos propone tres poemas, remansados o conclusivos, por un lado, provisionales o pendientes de futuros desarrollos, por otro. Son los que alumbran el título del poemario y, en última instancia, le dan sentido: Trinity Church, At the gate of an old cemetery y Saint John the Divine. Inmersa en el espanto del horror, la poeta confiesa, emocionada, su confusión: I am hesitant and errant,/ I come from the fire, madness coming off the sky,/ victim of I don’t know what and of I don’t know who (Ando vacilante y errante,/ vengo del fuego, locura desgajada del cielo,/ víctima del no sé qué y del no sé quién), para, a continuación, desear el descanso en el viejo y humilde cementerio de la Isla. Quiere yacer con los antiguos muertos, porque se siente parte de ellos. Allí, cesada la confusión, la paz; pero no la de la muerte, sino aquella otra que serena el alma y da vida a la vida. Y la encuentra tanto en Saint John the Divine, donde los hombres rezan juntos, con independencia de sus lugares de origen (The nations pray together, the denominations are forgotten ―Oran juntas las naciones/ las denominaciones se olvidan—), como en Trinity Church, límpida iglesia, y firme, con su campanario mirando al sol, serenada de silencio en medio del quehacer urbano, y todo eso, sin embargo, two steps away from the Armagedon (a dos pasos del Armagedón).
¿Por qué el horror? Las impresiones poéticas que me dejan estos Poems from Church Street de Maricel Mayor Marsán, sin quererlo yo, me conducen a las reflexiones filosóficas de André Glucksmann. En un libro publicado poco antes de aquel fatídico 11 de septiembre, La tercera muerte de Dios, el filósofo casi de modo premonitorio alertaba sobre la posibilidad de un gran atentado proveniente del fundamentalismo islámico; ocurrida la catástrofe, reflexiona sobre la misma en Dostoievski en Manhattam. La conciencia del hombre occidental de nuestro tiempo se ha vaciado de valores e ideales; Dios ha muerto por tercera vez y adviene el nihilismo. La primera vez que Dios murió fue en la cruz; la segunda, en la razón, con las obras de Nietzsche y Marx; la tercera en la conciencia. Esta tercera muerte conlleva la llegada del nihilismo, no inocuo y como un adorno, sino radical, por cuanto el vaciamiento que procura en el ser humano se traduce en la práctica de la muerte: ya no existe un por qué o un para qué de la destrucción sino un por qué no.
El mundo Occidental ha tenido los ojos vendados ante el horror, ya fuera por la parodia de paz en que ha vivido desde la Segunda Guerra Mundial, la complacencia consumista del ciudadano medio o el mismo silencio cómplice de los intelectuales; así, tras la caída del muro de Berlín, Fukuyama declaraba el final de la historia con alegre e inocente entusiasmo. Pero pronto se revelaría que ese acontecimiento no suponía ningún final de la historia, sino el inicio de una nueva era, la del nihilismo, profetizada en el siglo XIX por Nietzsche. La caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 supone su triunfo.

La actitud fundamental del nihilismo es la del todo vale; es decir, que se puede hacer todo lo que se quiera sin ningún tipo de escrúpulos, incluso el más espantoso de los genocidios. Así pensaban Hitler, Himmler, Goering, o cualquiera de los líderes nazis; pero también Stalin, Mao, Milosevic, Pinochet o Videla. ¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!, gritó en el año 1936 Millán Astray en la Universidad de Salamanca como única réplica posible a Unamuno. El denominador común, pues, de los totalitarismos que han azotado el siglo XX (nazismo o comunismo) ha sido el nihilismo y la crueldad que les vino añadida: su práctica, su justificación y aun su legitimación. El terrorismo fundamentalista proveniente del Islam también adopta esta característica por cuanto procura la muerte en razón de la lógica misma de la muerte. La alegación a la divinidad es un pretexto para el terrorista, porque no se trata de actuar a favor de lo divino, sino de suplantarlo y tomar su lugar bajo la premisa del todo vale.
El ser humano es un ser incompleto, a medio hacer o quizá vulnerado desde el principio, por lo que son múltiples las fisuras de su naturaleza. Estas fisuras son las que agranda el nihilismo, y por ellas vienen a colarse fuerzas demasiado oscuras como para poder identificarlas. Si las identificáramos y reconociésemos se nos pondrían algo más que los pelos de punta.




                                           Todos los derechos reservados.
                                                             Jesús Cánovas Martínez ©
  
 


lunes, 9 de diciembre de 2013

DE NOVIEMBRE

DE NOVIEMBRE
ELVIRA VICENTE BERNABEU



Cada mes tiene su luz propia y, por tanto, su belleza. La luz de noviembre es nítida y diáfana, aterciopelada; en ella, los seres, los objetos, las cosas, bailan rotundos, adquieren nuevo peso o medida y suenan con una extraña y honda densidad. Cuando esa luz es sesgada por la tarde, oros límpidos se derraman o sangran, fúlgidos como heridas, traspasando la tenue dulzura del aire; los montes, a lo lejos, azulean, y, desde ese azul, se trasmutan poco a poco y cambian hacia los tonos del malva o el añil. ¡Cuánta belleza asoma de repente! En un momento la luz se hiere de melancolía y una grácil nostalgia se mece sobre el algodón de los cúmulos del cielo. Tintinean, a lo lejos, las campanas de una vieja iglesia, el viento arranca leve gemido de los álamos y los cañares del río susurran al paso de las mansas aguas que caminan hacia el olvido. Es conveniente contemplar esa belleza sencilla que pronto ocultará la noche. Se serena el alma y se recrea, se tranquiliza con el leve sosiego que la invade. La luz se escarcha entonces y en roja cereza fulgura; se riza el cielo. Unos pájaros remotos se elevan, acarician el último resplandor de la tarde con su vuelo. Sopla un viento frío, oscilan las hojas viejas de los árboles y de los tejados de las lejanas casas sube un humo lento con olor de hogar. La noche comienza a cuajarse de estrellas.
Una extraña melancolía se nos adentra durante este mes, nos invade a grandes pasos los espacios íntimos del alma. Llueve entonces dentro de esta, porque presentimos la caducidad del mundo. Los días se van acortando con vértigo y la noche se gana a sí misma en una batalla sin tregua. Como al mundo, como a la noche, como al día, así sucede con todo. Los ciclos de la naturaleza se suceden imparables; si pronto fue el renuevo de la primavera, pronto pasó, y ahora, cernido el otoño a su ala de frío, se contrasta inerme con la muerte. Fuerte es la luz que se abrasa en sí misma entre sus oros cuando el poniente gira. Pero si el amor es más fuerte que la muerte, más allá de esa luz deshecha, el amor será sello en el corazón, y donde esté el corazón estará el amor. Y el corazón no muere, porque el corazón es centro. Tal verdad expresa el Cantar de los Cantares del rey Salomón.
De Noviembre, al igual que el mes del que toma su nombre, es un poemario que desprende una intensa melancolía, un intenso pesar que aploma el alma, y aun así es dulce y tenue porque en él viene a anidar el amor. Elvira Vicente, llegada a la madurez, con voz serena y fluidez en su verbo, canta a un mes bello y trágico, porque entre la caducidad de las cosas que la rodean, la anchura de las ilusiones rotas o los sueños caídos sin remisión, viene a contrastarse con el amor. Vida/amor, desolación/muerte, fuerte claroscuro en danza de sombras y esperanzas que nos traerá este libro con el ligero soplo del viento; cárcel de amor, en definitiva, pero cárcel bella y sublime, de frío aterida también, porque el alma de la poeta queda ilusionada de una ternura que recuerda el último canto de los cisnes.

Déjame entrar en ti amor-noviembre,
        en tu reino de sombras
y traducir el regalo que me diste.

Crear una red de palabras o de belleza parece ser que intenta la poeta, donde a esa sensación lánguida de la muerte venga a acoplarse la del amor como si fuera nueva primavera florecida en noviembre. La atmósfera que el libro crea es sombría y esperanzada, el lento sesgo que la autora da a las palabras imprime desolación y esperanza. Los recuerdos de la muerte irán parejos al despertar del amor. Encontramos poemas traspasados por una intensa nostalgia, una melancolía que suave se desborda: Elvira nos va dibujando, casi con un dedo que escribe en el vaho de los cristales, una impresión, una sensación, en frases fatigadas de tristeza, acunadas de sueño último, de intensísima emoción:

Primero de noviembre:
   Monótona presencia de la lluvia.
Acueductos lacrados con cemento.

    Parcelas aliadas con la muerte.
Sentencias en latín, llanto de incienso.

Todo un jardín me aguarda
   trasnochado y doliente.

Primero de noviembre:
Réquiem por un puñado de promesas.
     Epitafio olvidado entre cipreses.


Un pincel frágil y efímero, un ritmo sereno y lento, teñirá el caer de las hojas amarillas. Noviembre avanza y ya la niebla y la noche/ conspiran por las calles del otoño. La poeta toma consciencia de tal verdad irrebatible; sus acuarelas se convierten en versos, rotos y fragmentarios, donde la brevedad del poema agranda sobremanera las posibilidades de la evocación: Se han dividido en mil todos los versos/ como gotas de hambre. Y los fragmentos rezuman preguntas que trazan un mapa donde es difícil la orientación, pues también cae la niebla en el alma perpleja y la mente confunde los sentidos: Mi mente se entretiene en pequeñeces/ y me atrapa la duda/ desde el ser-o-no-ser al no-sé-dónde. Pero sigue avanzando noviembre, centro del otoño; se difuminan más y más los contornos de las cosas, las formas pierden sus lindes, el pasado se confunde con el futuro y el mismo presente queda abolido: la sensación de muerte y caducidad es patente y preludia el ingreso en la nada. Entonces sucede el milagro, la rebeldía de la poeta a aceptar sin más un protervo acontecimiento, un destino irreverente o irrebatible: He de encontrar un sitio en el escombro/ donde reconstruir mi primavera. La idea de un viaje sin retorno, de un andén perdido entre esas antiguas estaciones por donde pasan los trenes y silvan, ronda por el poemario; pero hay un último vagón de ilusiones que aún es posible tomar, cuando han escapado tantos abriles y mayos, días otrora luminosos: Por el puente de abril/otros mayos, octubres o diciembres/ escalan presurosos/ el último vagón. Florecerá el amor entre la niebla y su mariposa aleteará libre, sin trabas o condiciones; entre los difuminados límites o recuerdos grises del ayer, aparecerá la luz; desde los tardíos ocres surgirá el esbelto azul: el núcleo irremediable donde la vida conforma su sentido:

Se han disuelto en la nada
            del tiempo
casi todos los contornos.

    Sin embargo, persigo
mariposas azules todavía.

        Bésame ahora
    y diseña sin núcleo
la escena irremediable.

En la consideración de la poeta, el amor detiene el tiempo y produce locura, enarbola una inconsciencia que desborda la memoria: Vértices de locura/ que apuntáis siempre/ al centro de su boca. Es una locura triste y alegre, locura de amor, trágica, apasionada, en sombras: Desde el inmenso incendio de tu boca/ te susurro palomas de tristeza. Esa locura-amor imprimirá sentido a los nuevos días. Sí, llegó noviembre con sus nieblas, con sus incertidumbres, con el presentimiento de una inerme blancura, con su pábilo ardiente entre las sombras… pero para dar fin a sus propias sombras, locuras inconclusas o promesas quebrantadas, para dar fin a la indefensa pureza sospechada y concluir con un ciclo de tiniebla y miedo, para abrir el alma a un nuevo renacer:

           Frente al desvelo gris
 donde llegó noviembre
 después de tantos miedos recorridos,
quiero brindar por todas las promesas
    y todas las locuras inconclusas.

Elvira Vicente se desborda, danza con el otoño, arrolla con su canto: Entretuvo mi noche/ con un diluvio de margaritas lentas. Aun así sabe de la gratuidad del amor; este es un don, y por eso la noche —su noche— gime hambrienta de otra luz, cegada por tanto olvido acumulado, por los conclusos años que en un momento mágico se incendian de la maravilla presentida: En mitad de la noche/ gime, gime la luz./ Ciega de tanto olvido. De noviembre está agitado por alas de belleza y emoción, por la sinceridad con que se celebra la llegada del amor y el intento de convertirlo en la flor del instante de ese otoño amarillo, quizá inmarcesible, eje y sentido de la vida:

          Nada puedo ofrecerte,
 salvo este leve brote de armonía.

            Nada debo pedirte,
quizá un espacio corto de tu ritmo.

            Nada está calculado,
vivamos este instante y sus esencias.

            Sin romper el silencio.



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                 Jesús Cánovas Martínez ©