martes, 8 de abril de 2014

JUVENTUD Y PERVERSIDAD

JUVENTUD Y PERVERSIDAD



Hay que partir de un hecho: El ser humano es capaz de hacer tanto el bien como el mal, pero hace más el mal que el bien, y en los últimos tiempos esa tendencia ha sufrido un proceso de aceleración.
Por tener una experiencia directa, dada mi profesión, puedo establecer algunas comparaciones. Comparo, por ejemplo, el tiempo de mi adolescencia y primera juventud, con los tiempos que actualmente corren. He visto cómo se ha ido degradando, no solo una situación, sino una actitud. En gran parte de los jóvenes y adolescentes actuales no encuentro aquella rebeldía, en gran medida sana, que movía a mi generación ante el desagrado que nos producía la constatación de un mundo corrupto; por el contrario, encuentro más bien actitudes acomodaticias con el mundo de la perversidad. Un porcentaje elevado de los jóvenes de hoy en día no buscan el cambio, sino que aceptan sin más el mundo perverso y tratan de adaptarse a él, así que desarrollan los comportamientos hábiles para sobrevivir en ese mundo, como son la mentira, la hipocresía y la traición; sin omitir el abuso con el débil, el subjetivismo hipertrofiado e insolidario o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Aunque los jóvenes de mi época pudiéramos estar equivocados en cuanto a los medios con qué modificar una situación, y posiblemente lo estábamos, el cambio lo sentíamos como urgente. Era necesario restituir la justicia social. Tomábamos conciencia de un mundo que no era perfecto sino perverso, y, por perverso, no lo aceptábamos; en consecuencia, nos rebelábamos contra él.
Traigo a colación un libro que por aquella época constituía la cabecera de muchos de nosotros: Siddhartha, de Herman Hess. Su protagonista, el joven Siddhartha, criado en palacio entre algodones, sufre un impacto conmovedor cuando sale al mundo y descubre las realidades terribles que lo pueblan: la pobreza, la enfermedad, la vejez y la muerte. Este conocimiento le supone tal revulsivo que le lleva a un cambio radical de vida; dejará la comodidad de palacio y se embarcará en un viaje, fundamentalmente interior, en el que cobrará especial protagonismo la búsqueda de la verdad junto con el intento de encontrar una llave capaz de evitar el sufrimiento humano. Tras años de búsqueda que parece infructuosa, en los que no le quedan ahorradas las penurias, al joven Siddhartha le llegará finalmente la iluminación y se convertirá en Budha.
Ese toque no demasiado agradable de un mundo caído en donde campea la perversidad, la conmoción interna que le produce y el intento de ponerle remedio, convierten a Siddhartha en paradigma de cualquier joven, en principio, sano. Claro, no todo el mundo está hecho de la pasta de Siddhartha, por seguir con el ejemplo, y lo normal es que sean pocos los que lleguen a una conversión en Budhas Gautamas. Para ello fallan muchas cosas, y no solo la pasta. Por de pronto, el joven, por su falta de experiencia o por la arrogancia que le es propia, es más fácil de engañar que el adulto, y las seducciones del mundo perverso son hoy, si cabe, acuciantes hasta el extremo de la locura; ese potencial que hay en él de cambio y renovación quedará en no poca parte frustrado, a la larga o a la corta.
Pero es aquí donde vengo a la comparación entre la juventud de mi época y la de ahora. El joven de mi época, por lo general, desarrollaba esa actitud que he denominado sana; quería que el mundo fuera mejor, añoraba la justicia y, de algún modo, pedía la felicidad para todo el mundo. La toma de conciencia de que el mundo era una mierda le llevaba a pensar que había que hacer algo al respecto, aunque ese algo consistiera en rebelarse sin ton ni son, o, simple y llanamente, escaparse de él. Eso ocurría, por supuesto, en un inicio; después llegaba lo que eufemísticamente se llama la cruda realidad, pues hay que subsistir en el día a día y, por consiguiente, hay que establecer cierto pacto de no agresión con las potencias enemigas.
Ahora las cosas no son así.
He asistido a una degradación creciente, paulatina y acelerada en lo que se refiere a la pasta de las nuevas generaciones. Si esto lo percibe cualquiera que tenga un mínimo de cordura o sensibilidad, mucho más lo percibimos los que por profesión estamos cerca de la juventud. Hay una gran diferencia cualitativa entre los alumnos que tuve en mis primeros años de docencia y los de ahora. Y resalto el aspecto de la cualidad porque, aparte de mostrar una mayor receptividad a la enseñanza, aquellos de entonces eran mejores personas. Realmente, quedo asombrado por el grado de perversidad de que son capaces los nuevos: la mentira ha hecho plaza en una gran mayoría de ellos, la insolidaridad, la intransigencia, las actitudes excluyentes; funcionan con la trampa (lo que se ha convertido en norma), con la calumnia, con el matonismo, con la crueldad; se arrogan de derechos pero son incapaces de aceptar un mínimo de responsabilidad; lo quieren todo pero no dan nada a cambio. Ciertamente, siempre ha habido gente así, pero en los últimos tiempos abundan. Queda un resto, sí, los mejores, aunque es de ley reconocer que están sitiados y cada vez son menos.
Me temo que por primera vez en la historia, de forma inédita, estamos ante un hecho insólito: el motor del cambio no lo constituyen ya las nuevas generaciones sino las antiguas, esas a las que se les ha pasado el arroz pero siguen siendo depositarias de ciertos valores; lo cual es un índice inequívoco de la lamentable degradación y corrupción a que ha llegado nuestra sociedad.


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                                               Jesús Cánovas Martínez©