martes, 22 de abril de 2014

APUNTE SOBRE LA CEGUERA

APUNTE SOBRE LA CEGUERA







No quiero remedar a Borges o Saramago al proponer este breve apunte sobre la ceguera. Son pretensiones bien simples las que me mueven, y pese a ello sé que me puede ocurrir lo que a aquel especialista del aparato reproductor femenino (ginecólogos los llaman) que aconsejó a la gitana un poco de higiene, en fin, que se lavara sus partes, y pasados unos días fue el gitano a buscar al pobre hombre con la navaja cachicuerna en ristre, porque su mujer había perdido el olor a hembra. Aun así, a pesar del peligro que supone, debo decir lo que considero no contrario a la verdad por un mínimo de honestidad conmigo mismo, sobre todo si intento fundamentarlo.
Una de las ceguedades, por no decir perversiones, y no de las menos importantes, en que incurre el ser humano consiste en la tendencia a absolutizar su propia existencia: lo que él es, lo que piensa, lo que siente. Es el caso de algunas personas que, llegadas a la adolescencia, suelen pensar: «¡Vaya, qué importante y poderoso soy! Resulta que todo estaba dispuesto para que yo naciera, y, al nacer yo, adquiere sentido el mundo. La totalidad de las personas y las cosas existen como una prolongación mía».
En el proceso de madurez, de una u otra forma, la mayoría de los seres humanos hemos pasado por esta fase. El problema, sin embargo, no consiste en pasar por la fase, sino en quedarse en ella. Van siendo cada vez menos los que quieren afrontar la madurez con ánimo ciceroniano, menos aún la vejez. Casi todo el mundo desea mantenerse eternamente joven y, a ser posible, adolescente. Tal actitud, en principio, no es ni buena ni mala, sino sencillamente patética, porque por más que se disimulen las arrugas o las canas, es un hecho que estas siguen estando ahí. Dicho lo cual, si nos atenemos al adagio latino mens sana in corpore sano, sería correcto intentar mantener la salud del cuerpo el mayor número posible de años, y también la de la mente; ahora bien, si el deterioro, tanto físico como mental, es ineludible, la actitud saludable consistirá en aceptarlo sin más. Y de ahí se derivaría un saber estar en el mundo, un ahondamiento de la mirada, una aceptación de la propia circunstancia que conllevaría, considerados los propios límites, a una relativización del propio ser, a la ponderación de un equilibrio entre el yo que somos y los otros, a una sincera apertura a los demás, al verdadero diálogo con el tú, en definitiva.
En los actuales tiempos de terror, y basta mirar a uno u otro lado para comprobar lo que digo, abundan este tipo de personas inmaduras, por no decir enceguecidas; ya adultas, mantienen ideas y comportamientos que no resisten el más mínimo contraste con el sentido común, y no obstante, se empeñan en mantenerlos sin un criterio suficientemente fundado. Si se les da un toque, y se les hace ver otros puntos de vista, se revuelven con opiniones tan cargadas de  emoción que resulta imposible cualquier discusión o diálogo con vistas a establecer algún acuerdo de orden racional; las ideas dejan de existir para estas personas, pues sus emociones las obnubilan y ocultan. No sé si esto ocurre como consecuencia del efecto rejuvenecimiento, con el que tanto nos bombardean los anuncios de la tele, o por otro tipo de razón, pero el caso es que ocurre.

La ceguedad permanece ahí. Se creería que tal actitud es propia de la gente banal, aquella que no ha cultivado de manera suficiente el intelecto, pero no es así. No importa que la persona en cuestión esté pulida en mayor o menor grado para caer en algún tipo de ceguera. Vicente Gaos, sin ir más lejos, al hablar del complejo de Jehová, que aqueja fundamentalmente a los filósofos, refiere, como ejemplo, a Hegel, quien, huyendo de las tropas de Napoleón cuando invadían Jena, subido precipitadamente al carruaje que le pondría a salvo (y, con la chistera roída, debemos suponer), se creía la encarnación del Espíritu Absoluto. Sí, hay que hacerlo notar, el Viernes Santo Filosófico tuvo que huir con lo puesto para salvar la vida; años más tarde, luego de haber explicado fehacientemente el decurso del Espíritu según el proceso dialéctico, moriría de cólera. Requiescat in pacem.
Ejemplos de tal actitud en la historia de la filosofía no escasean. El mismo Nietzsche, tan radical e impostado de martillo, al combatir el sistema, conforma su manera asistemática de pensar como sistema. Antes de que su vida naufragara en esa extraña tiniebla que llamamos locura, qué poco le faltó para proclamar: ¡Yo, Nietzsche, soy la verdad! Después vendrían las interpretaciones sesgadas de su filosofía, sean las de los nazis o las de los burgueses diletantes; estos desembocaron en un huero esteticismo, aquellos… aquellos… ¡bien!, a estas alturas todos sabemos lo que ocurrió.
Porque es absurdo que un ser mortal pueda erigirse en absoluto, se hace necesario protegerse contra cualquier intento de absolutizarlo. Popper recomendaba, al contrastarse con la realidad, desarrollar un sano escepticismo; antes que él, Husserl había hablado de la epojé, que no solo implicaba la suspensión del juicio sobre las cosas, sino la puesta entre paréntesis de las mismas; mantener el sentido común, el término medio entre los extremos, ponderar la aurea mediocritas, que no es algo diferente a la realización de la propia excelencia, mucho antes lo dijo Aristóteles. Y Kant, alarmado por los abusos de su tiempo, por los desbarajustes entre ética y política, entre bien y justicia; alarmado por la disociación de perspectivas suministrada por una moral condicionada por el interés o la coacción, daba una receta: proceder de tal modo que la máxima de la actuación individual se pueda convertir en norma universal, esto es, actuar conforme a justicia, acomodar la forma particular de actuación de tal manera que sea posible el acuerdo racional entre todos los seres humanos. Es el imperativo categórico, y la máxima que concita realmente se puede escribir con letras de oro: No quieras para los demás lo que no quieras para ti mismo. Si no se actuara así, si este acuerdo entre los seres humanos no se realizara, el último Kant, a finales del siglo XVIII, ya alerta de que quizá la única paz posible sea la de los cementerios. Andamos bien entrado el siglo XXI, y desde que Kant vivió hasta nuestros días la amenaza de tan funesto vaticinio sigue pendiendo sobre el conjunto de la humanidad como espada de Damocles.
No han cesado los males, y es para admirarse, porque quizá tengamos la receta para que estos cesasen. Se plantean teorías, idealidades, pero quedan desmentidas continuamente por una mala praxis. Esto sucede porque en el ámbito de la ética estamos en el ámbito del deber, no en el del ser; por lo tanto, en el ámbito de la posibilidad donde el mismo deber puede ser contradicho por la libertad humana. Dicho con otras palabras: una ortodoxia, en el sentido etimológico de la palabra, debería conducir a una ortopraxis, pero casi nunca es así, porque la libertad humana puede malversar los mejores fines. Una manipulación más o menos velada, una distracción sobre lo fundamental, un encubrimiento de prácticas ilegales, qué se yo, no son ajenos a que esto ocurra. En cualquier caso, para poner soluciones, o, al menos, indagarlas, habría que empezar por ordenar las ideas, ya que solo de esta forma se podrían acometer las buenas prácticas. A lo que vengo a añadir, y no como paréntesis, que en nuestra querida España el sistema de enseñanza, cuyo punto crítico fue la LOGSE y sus secuelas hasta la LOMCE, se está ocupando fehacientemente de que un pensar correcto sea relegado al ámbito del realismo fantástico.
Debido a sus consecuencias no hay inocencia en pensar de un modo u otro. Algo que, si no fuera por sus posibles efectos devastadores, en principio podría mover a una ligera condescendencia, a una disculpa incluso, cuando se infla y convierte en masa crítica resulta intolerable. Ocurre muy a menudo que las ideas se cargan de emoción, tanto a nivel colectivo como individual, y dejan de ser ideas para convertirse en meros ciclones sin orden ni concierto al tocar el ámbito de la acción.

De este modo, las ideas de los filósofos se impregnan de emoción, y la emoción las absolutiza, hasta el punto de que el mismo filósofo que las ha generado muchas veces parece un pelele en manos de ellas (se podrían entender algunas muertes filosóficas según esta perspectiva). Luego llegarán los epígonos, los epígonos de los epígonos, la pléyade de divulgadores, las simplificaciones y las secuelas de las simplificaciones; al final, todo el mundo opina y nadie sabe de lo que opina. Si así es en filosofía, no digamos en política, donde las prácticas marrulleras de los que ostentan el poder lo trastocan todo. Entran los políticos de por medio, y con la demagogia que les es propia, desgracian las cosas con la sola intención de ganar cuotas de poder. Habría que decirles a estos: «Ocúpense, señores, de la justicia, y legislen en concordancia con la misma sobre las cuestiones económicas o políticas, pero no hagan bandera de temas que, en principio, no pertenecen a ninguna ideología, porque sencillamente son anteriores a las mismas», pues sorprende cómo el debate político, tantas veces entre impresentables, tuerce sin sonrojos lo que desde un punto de vista ético debería estar suficientemente claro. El común tampoco escapa; ha oído hablar de algo, le suena, cree que es correcto, se imposta de razones emocionadas y, a la postre, viene a defender, más que ideas, las fuertes pasiones que le suscitan esas ideas no comprendidas o no dialectizadas de modo suficiente.
Lo mejor sería no tener que enfrentarse a dilemas o disyuntivas vitales, pero eso desgraciadamente es imposible, porque siempre estarán ahí, a la vuelta de cualquier esquina. Para afrontarlos debidamente, habrá que tener un criterio suficientemente fundado sobre los temas de que se trata, pues, vuelvo a insistir, solo teniendo una claridad de principios habrá una oportunidad de solución. O, lo que es lo mismo, con un criterio suficientemente formado se puede bajar a la casuística concreta que ofrece la realidad y actuar en consecuencia; nunca al albur del capricho o a la emoción del momento, o, lo que es peor, sometidos a esa ceguedad que algunos tienen de creerse seres absolutos alrededor de los cuales el mundo en su conjunto gira.
Cuestiones que, en principio, más que políticas, son éticas, quedan tergiversadas por los nuevos sofistas y sus tejemanejes. Cuando se trata del tema del aborto, por poner un ejemplo con el que aterrizar, a mí me resulta curioso que personas probadas en cuanto a su integridad moral, intelectualmente formadas y con una sensibilidad exquisita en lo concerniente no sólo a la defensa de los derechos humanos sino también de los animales, vengan a patinar ahí. Vienen a discutir no sobre el tema, sino sobre un mal planteamiento del tema. Así proponen discusiones absurdas, sea: «¿A partir de qué día de gestación podemos considerar al feto un ser humano?», como si antes de cruzar una determinada raya fuera permisible el asesinato. A estos habría que responderles: «Desde la misma concepción, pues si lo dejaras desarrollarse lo verías». En nuestra malversada España, lo penoso que resultaba oír a algunas ministras de la época de Zapatero (¿de dónde las habría sacado el ínclito?) hablar sobre la cuestión. Así hay personas que para defender lo indefendible hacen alegato a cuestiones morales tergiversadas, o apelan a las emociones, o buscan un enemigo y se impostan de derechos, incluso de forma barriobajera, como si el insulto o la grosería constituyeran razones inamovibles; en conclusión, la razón para el que más alto chilla. Sea lo que sea, y en contra de lo que piensan ciertas personas, o de lo que no piensan, legitimizar el aborto como un medio anticonceptivo, desde cualquier perspectiva que pretenda sentido común o justicia, no deja de ser un disparate.

Porque no solo hay que reclamar derechos para uno mismo, lo cual está bien, sino también para los demás, aunque estos demás sean los débiles, como los nonatos, los disminuidos (físicos o psíquicos) o los ancianos. Y las razones emocionadas hay que considerarlas debidamente para que no lleguen a distorsionar las ideas; en consecuencia, hay que saber utilizar esa emoción para impulsar lo que realmente merece la pena: la vida. Porque la vida es el derecho inalienable de todo ser humano por el hecho de ser humano, y a ese derecho quedan supeditados, y relativizados, cualesquiera otros derechos. Insisto: porque hay una jerarquización de los valores, también existe la jerarquización de los derechos, y el primero de todos ellos, casi como un axioma ético, es la vida, su defensa y dignificación, alrededor del cual giran (ya que si no hay vida no hay nada) todos los demás.
André Gluksman, en una constelación de ideas no muy diferente a la que pondero, en la mayoría de sus obras deja caer una pregunta, más o menos explícita: ¿Hay algo peor que la guerra? Sí: el genocidio.
Si no se respeta el derecho fundamental a la vida, y la dignificación que le va pareja, se abre la puerta al genocidio. Y si de los nazis hablaba un poco más arriba, hay que convenir que se tomaron a sí mismos como absolutos… ¿Cuánto cuesta un disminuido al Estado?, preguntaban en las escuelas, y hacían cálculos. Primero empezaron con los disminuidos psíquicos (esquizofrénicos, epilépticos, personas con el síndrome de Down...), siguieron con los inválidos. Se trataba de abaratar costes y recortar gastos superfluos. Luego pasaron a los que mantenían otras ideologías diferentes a la suya: los socialdemócratas, los comunistas; les llegó el turno a los judíos; en el ínterin, a los homosexuales, a los gitanos; continuaron con los testigos de Jehová; los católicos estaban en lista… En fin, solución final a favor de la eugenesia: una buena raza (la bestia rubia) e ideas en consecuencia (las del partido nazi: Yo, Hitler, soy la verdad, o, una vez puestos, ¿por qué no?: yo, Hitler, soy Dios). Este es el hecho, tan crudo como real. A las voces disonantes o a los que se decretaba que sobraban en aquella sociedad de superhombres, se les conducía a una disyuntiva difícil: o el exilio o el campo de concentración. Resulta curioso, y sorprendente, que los cabecillas de aquella limpieza étnica fueran un lisiado como Goebles, un drogadicto como Goering, un acomplejado como Himmler, un alucinado como Hess, un individuo de equívoca sexualidad como Hitler... No sigo con la nómina ni hago más comentarios, porque este no es el tema, y el verdadero problema no consiste en que estos individuos tuvieran o no tuvieran defectos de carácter, sino que, creyéndose superhombres, pensaran que estaban más allá del bien y del mal y, en consecuencia, actuaran como genocidas. Estos personajes perpetraron la infamia, y la infamia tuvo efectos devastadores. La perpetraron de forma gradual, financiada por el gran capital (Henry Ford donaba las ganancias de sus ventas de automóviles en Alemania al partido nazi), y poco a poco fue ganando corazones y campos de abono hasta que se convirtió en un torbellino difícil de parar, y a qué precio. Bien, pues si esto fue así, no habrá que olvidar la historia, y a algunos que opinan un poco a la ligera sobre ciertos temas (no juzgo acerca de la conciencia o buena voluntad de nadie, sino sobre sus opiniones) habrá que recordarles aquel poema de Martin Niemöller, presente en la mente de todos:

                    Cuando los nazis vinieron
                    en busca de los comunistas, guardé silencio,
                    porque yo no era comunista...



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