miércoles, 16 de abril de 2014

LAS TRES PASIONES DE CRISTO

LAS TRES PASIONES DE CRISTO




Casi es de rigor reconocer que Cristo sufrió, no una, sino tres pasiones; las tres fueron simultáneas y se sumaron la una a la otra; esa suma supone el crescendo de una angustia hasta el extremo de lo intolerable. Dos de ellas exploran los límites últimos de las fronteras del dolor y el sufrimiento a que el hombre puede llegar, el límite de la miseria humana; la tercera explora el abismo insondable de la misericordia de Dios.
La pasión física comienza en Getsemaní. Nos dice san Lucas que Jesús oraba transido de suma angustia hasta el punto que comenzó a sudar sangre (Lucas, 22, 44). La hematohidrosis es un fenómeno relativamente poco frecuente (un caso por cada ocho millones de personas) que se produce ante una intensa emoción o el terror que produce la proximidad de la muerte. Los capilares subcutáneos se dilatan de tal manera que terminan por romperse y, al entrar en contacto con las glándulas sudoríparas, la sangre, mezclada con el sudor, mana copiosamente por la piel. El conocimiento de la muerte, hace más angustiosa la muerte. La hematohidrosis sufrida en Getsemaní dejó la piel de Jesús especialmente dolorida para lo que enseguida llegó.
Así comenzó la pasión del Señor: con efusión de sangre, sangre que no cesó hasta la última gota. Ahora bien, si el sufrimiento es el procesamiento psíquico del dolor, por el dolor podemos inferir la medida del sufrimiento. A la pasión física como necesidad le sigue la psíquica; o quizá al revés, porque ambas se autoimplican. Jesús se duele y sufre; y este dolor y sufrimiento, desde la angustia de Getsemaní hasta su muerte, alcanzó cotas terribles: no de otra forma podemos entender cómo un hombre sano, en la plenitud de su vigor, durara tan solo el breve laxo de veinticuatro horas.
Jesús sabía que iba a morir, como estaba predicho por los profetas; aquel cáliz no pasaría de largo, como lo suplicaba al Padre. ¡Qué poder tiene el pecado, y, por el pecado, qué terrible el poder ejercido por Satanás sobre el género humano! ¿Acaso el Hijo de Dios debía morir como víctima propiciatoria para la expiación de nuestra culpa? Estamos frente a la tercera pasión de Cristo: la espiritual.
Jesús lo conocía todo, y no solo porque se encontraba en un estado de lucidez extrema, sino porque gozaba de la presciencia divina. Pero el conocimiento de una futura experiencia, no excluye lo horrible de esa experiencia; al revés, la vuelve más traumática. Saber que tenía que pasar por la muerte, y muerte de cruz, aun con la certeza de la resurrección, no le excluía el trago de ese amargo y dulce vino de olvido. Además, su muerte no era una muerte sumada al montón de las otras muertes (incluso con lo de único que tiene cualquier muerte), porque él era Dios.
Adelantó la traición de Judas, la negación de Pedro, la dispersión (por no decir cobardía) de sus íntimos. Sabía lo que iba a ocurrir, y cómo. Sabía que su crucifixión era ineluctable. Sabía de todos los dolores a pasar, de todos los sufrimientos. Sabía ya de las vejaciones ante el Sanedrín, de la malicia de los sumos sacerdotes, de los insultos, de los bofetones, de los salivazos; conocía cómo reaccionarían Herodes y Pilatos, los juicios que se cerraron en falso. En Getsemaní adelantó su flagelación, la coronación de espinas, el calvario, la mofa, el abandono, la crucifixión y la muerte. Adelantó una humillación tras otra, y el dolor, el dolor hasta el extremo: magulladuras, excoriaciones, dislocación de los huesos. Isaías no escatima imágenes y lo presenta triturado, molido, repudiado: «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes». (Isaías 53, 2-5). Y el salmo 22, lo prefigura de esta forma: «Como el agua me derramo, todos mis huesos se dislocan, mi corazón se vuelve como cera, se me derrite entre mis entrañas. Está seco mi paladar como una teja y mi lengua pegada a mi garganta; tú me sumes en el polvo de la muerte». (Salmo 22, 15-16).
Quizás las imágenes que nos presenta el film La pasión de Cristo de Mel Gibson, el cual sigue con fidelidad los Evangelios a la vez que se inspira en las visiones de Ana Catalina Emmerich, no sean tan exageradas como algunos pretenden y hagan una somera justicia a la realidad de lo que ocurrió. Una realidad, por cierto, tras el estudio de la Síndone, corroborada por un médico forense, Pierre Barbet, en su obra La pasión de nuestro Señor Jesucristo según un cirujano. Pío XII, al leer esta obra, lloró impresionado por la atroz crueldad de los tormentos sufridos por el Señor.

Sin embargo, la primera de todas las pasiones, según el orden esencial, es la espiritual, pues las otras dos se alumbran por ella: palidece el dolor ante ella y palidece el sufrimiento; dolor y sufrimiento hacen referencia a medidas humanas, no a medida de Dios. ¿Qué rotura en la Creación hace necesario tan magno sacrificio? ¿Y qué terrible abismo se puede abrir en el seno de Dios cuando la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumiendo en sí la naturaleza humana, clama desde la cruz: Elí, Elí, lama sabaktaní?


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                                                 Jesús Cánovas Martínez©