viernes, 4 de abril de 2014

A PROPÓSITO DE GESTAS Y DIMAS: LA DISCRIMINACIÓN DE LOS ESPÍRITUS

Son múltiples las crucifixiones a que nos va sometiendo la vida, pero todas ellas palidecen, por graves o dolorosas que sean, ante la Crucifixión por antonomasia.
Mi querida amiga, Ana María Alcaraz Roca, hace algunos años me presentó a José Luis García Bas, director de La Voz del Resucitado, revista procesional de Cartagena (España). Se inició de este modo una colaboración mía en una serie de números de dicha revista. Reproduzco a continuación uno de aquellos trabajos con los que participé.

Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo, acepta morir en la cruz para remisión de los pecados del género humano. Junto a Él, a sus flancos, son crucificados dos malhechores: Gestas y Dimas.




A PROPÓSITO DE GESTAS Y DIMAS: LA DISCRIMINACIÓN DE LOS ESPÍRITUS.

                   
                   


Tal como relatan los evangelistas, Jesús fue crucificado entre dos malhechores, y mientras uno de ellos lo injuriaba, el otro lo defendía. El relato de Lucas dice así: «Uno de los malhechores crucificados lo insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo reprendió, diciendo: “¿Ni siquiera tú temes a Dios, tú que estás padeciendo el mismo suplicio? Nosotros con justicia, pues estamos recibiendo lo merecido por nuestras fechorías. Pero éste nada malo ha hecho.” Y añadía: “¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino!”. Él le contestó: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.» (Lc 23, 39-43). La tradición nos ha trasmitido el nombre de estos dos malhechores, el malvado, Gestas, y el buen ladrón, Dimas, el primer hombre en entrar al paraíso, haciendo honor a la sentencia evangélica de que los últimos serán los primeros. Dimas, de esta manera, es también el primer santo, y la iglesia católica lo refleja en el santoral el día 25 de marzo.
Son muchas las reflexiones que este episodio nos suscita. Por de pronto: ¿Qué ocurrió en el alma de san Dimas para defender al Señor del ataque del otro ajusticiado e implorar seguidamente su misericordia? Tal vez algo más que el sufrimiento y la cercanía de la muerte: La profunda conmoción que le produjo el encuentro con Jesús. Esa misma conmoción lleva a Dimas al reconocimiento que de Él hizo como verdadero Dios. El inocente es crucificado, sí, pero el inocente es Dios; el Único inocente. Y si, por otra parte, solo Dios puede salvar, pues es dueño de la vida y de la muerte, Dimas, desde su corazón roto —y, debemos pensar, sinceramente arrepentido de sus pecados— emite un poderoso grito de fe: “¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino!”.  El Único inocente, el Único en el cual no hay mal y muere crucificado por nosotros es quien nos puede salvar de la verdadera muerte. La respuesta que le dio el Señor, la conocemos, es categórica y no da lugar a equívoco: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús, aparte de la salvación de Dimas, proclama la existencia de la vida eterna.
Ahora bien, del otro malhechor, Gestas, nada se nos dice, sino que desde su propia miseria eleva una mofa tristemente patética, a la par que ridícula, contra Jesús; no encontramos en él indicio alguno de la profunda conversión al Señor operada en san Dimas, ¿por qué? Al que esto escribe, hacer esta pregunta le produce sobrecogimiento, estupor y temor. ¿Se puede insistir tanto en el mal hasta el desprecio de la propia salvación? Dice el evangelista que Jesús se hallaba crucificado entre ambos malhechores. Gestas, no lo reconoce como Dios salvífico; Dimas, sí. Jesús, Jesús crucificado, es piedra de escándalo, y sobre Él se produce la discriminación de los espíritus. Vivir y morir no es un juego, y la libertad se nos aparece como un tremendo misterio.

En el intento de comprender estas dos actitudes recurrimos a Ana Caterina Emmerich. Cuando relata la pasión de Cristo, nos dice al efecto de los dos ladrones, que Gestas era mucho mayor que Dimas y había seducido a este último involucrándolo en una vida fuera de la ley; Dimas fue arrastrado por su carácter débil, pero en el fondo de su corazón no estaba de acuerdo con esta forma de vivir. Le faltaba únicamente el encuentro con Jesús, quizá su mirada, para arrepentirse de cómo se había conducido. Esto último ocurre en el monte Calvario. Dimas, conmovido íntimamente, defiende al Señor y le pide que se acuerde de él. “Un corazón quebrantado, Tú nunca desprecias”, dice el Salmo.
Dicho lo precedente, lo cierto es que en el relato evangélico podemos detectar una especie de itinerario en el alma de Dimas hacia el Señor, según cuatro pasos que se acompañan de otras tantas confesiones: 1) Dimas, a pesar de haber llevado una vida reprobable, cree en Jesús, lo respeta y teme; así confiesa su soberanía. 2) Dimas defiende a Jesús —no toma su Nombre en vano— a la misma vez que confiesa su divinidad. 3) Dimas asume su castigo como justo; esto no puede ser posible sino por un arrepentimiento sincero; la confesión de su propia culpa lleva a la expiación de la misma. 4) Dimas pide el perdón, se abandona a las manos misericordiosas del Señor; confiesa la vida eterna.
No significa que estos momentos del itinerario del alma de san Dimas hacia el Señor se sucedan en el orden propuesto; salvo el primero, pueden ser simultáneos. En cualquier caso, denotan una profunda conversión, y, por sí mismos, nos ofrecen cuatro puntos de meditación en los que cada uno de nosotros debería detenerse.
¿Se salvó Gestas? Nos gustaría responder que sí, como también nos gustaría afirmar que lo fueron Judas —en principio, el hombre más deleznable— o los grandes azotes de la humanidad, Hitler o Stalin, por ejemplo: sería maravilloso que el infierno existiera pero estuviera vacío. Pensamos que si ciertos monstruos han podido salvarse, ¿por qué no nosotros que, sin dejar de ser monstruos, lo somos menos que aquellos? Si aquellos otros se han salvado, ¿no nos será más fácil obtener la misericordia divina? Pero si discurrimos así, necio no sería pensar que el juicio de Dios, al querer hacer estas pequeñas trampas, no contemplara nuestra propia mezquindad. Ahora bien, una vida de maldad desemboca en la reprobación, pero ¿quién conoce el corazón del hombre? ¿Y quiénes somos nosotros para juzgar cuando el verdadero juicio solo lo puede realizar Uno, Aquél que conoce el mismo filo donde se separa el alma del espíritu?
¿Dónde se sitúa el momento de nuestra vida a partir del cual es imposible el retorno? Si hablamos de una posibilidad de salvación allende la muerte física, deberíamos considerar, por un lado, que Cristo, en los tres días que su cuerpo estuvo en el sepulcro, bajó a los infiernos para liberar a los justos que allí se encontraban; ciertamente, estos infiernos (de infieri, lo que está debajo) no son la Gehenna, esas tinieblas exteriores en donde son expulsados los réprobos una vez emitido el último juicio; el sheol —concepto hebreo de infierno— recluye a justos e injustos, pero ni es lugar ni estado definitivo del alma. Por otro lado, san Pedro, en su primera Epístola, recuerda que Jesús, «entregado a la muerte según la carne, fue vivificado según el espíritu, y por este espíritu fue a predicar a los espíritus encarcelados» (1 P 3, 19-20), y más adelante dice: «Porque se ha anunciado el evangelio aun a los muertos, precisamente para que, condenados en carne según hombres, vivan en espíritu según Dios» (1 P 4, 6). Por lo que tampoco debemos suponer sin más que estos muertos (¿qué necesidad tenían de predicación?), aun no perteneciendo al grupo de aquellos otros justos en espera de la liberación, se hallan en un estado en el cual fuera imposible su conversión, y, por consiguiente, su salvación. Nos adentramos, una vez más, por los territorios del misterio: ¿Cómo es la existencia en los estados intermedios?; entre la muerte física y la posibilidad de esa otra muerte, la segunda, de la que Jesús habla en su encuentro con Nicodemo, ¿qué ocurre? En cualquier caso, aun en el supuesto de que nuestra vida futura se decidiera en esos estados, ciertos ajustes en la actual no deberíamos dejarlos para el último momento, no vaya a ser que entonces ni podamos ni recibamos ayuda, tal y como les ocurrió a las vírgenes necias o al rico epulón; al fin y al cabo, quien en esta vida ha rechazado a Dios (máxime si lo ha hecho con saña), ¿cómo en estados de existencia no ejecutivos pudiera ser que se convirtiera? El día del Señor vendrá como ladrón en la noche.

Al margen de la discusión teológica sobre si es posible la redención en los estados post-mortem, podemos relegar el tema de la salvación o condenación de Gestas a la esfera del enigma. Solo Dios puede juzgar, y a Él solo compete el último juicio. Nosotros podemos tener indicios sobre la condenación o salvación de alguien, según la vida que ha llevado o las obras que ha realizado, pero no podríamos predecir con exactitud sino a riesgo de equivocarnos cuál es el destino último de las almas; la fe se otorga por la gracia y, como tal, es el último milagro que Dios puede operar en nosotros, así en el caso de san Dimas, quien, por su fe en Jesús, pudo convertir su sufrimiento en martirio; y, no lo olvidemos, el martirio es la mayor obra que un hombre puede ofrecer a Dios. Ahora bien, ¿es necesario algún tipo de preparación por nuestra parte para recibir la fe? Por supuesto que sí: las obras de misericordia, la limosna y la oración.
Las consideraciones mencionadas deberían promover en nosotros una actitud de extrema humildad. Por un lado, hasta el último momento, no queda decidida la suerte de nadie, pero este último momento solo Dios lo conoce; por otro, cierto temor debe embargar nuestro corazón hasta el punto de darle dos fuertes aldabonazos: Primero, suministrar el impulso hacia una vida responsable y de verdadera conversión, y, segundo, provocar un sincero ofrecimiento de nuestro ser al amor de Dios, al abandono a su misericordia, pues Dios no es otra cosa sino Amor.
Otra reflexión que podemos realizar acerca de este episodio hace referencia a la parábola del trigo y la cizaña. Al final de los tiempos, habrá un juicio en el que el trigo y la cizaña serán discernidos. Pero, al margen del gran campo de la historia universal al que directamente se refiere la parábola, también podemos considerar su alusión al campo de nuestra alma, donde crecen juntos el trigo y la cizaña: en nuestro último día, a la caída de la tarde, como dice san Juan de la Cruz, nos examinarán de amor, y seremos trasformados, para el bien, sufriendo la quema de lo malo, en aras de una purificación, para que lo bueno brille más, o, quizá, para la locura y la muerte, y sufrir de este modo la mordedura de ese otro fuego que jamás se consume; Dios quiera que seamos discriminados según el trigo. Por nuestra parte, una actitud de alerta, de precaución, de lucha, parece que es la salvaguarda contra la posibilidad de la condenación. En la terminología de san Pablo, el hombre viejo ha de ser crucificado para que surja el nuevo, es decir, la tendencia hacia la concupiscencia debe ser contrarrestada por el cultivo de la virtud.
Y, sin embargo, nuestra lucha, dice san Pablo, no es contra la carne ni la sangre, sino contra las potestades de los aires. Podemos establecer, pues, una nueva analogía y ver en san Dimas a la humanidad doliente, seducida, secuestrada y aherrojada al fondo de la humillación por las potencias del mal; una humanidad, ciertamente, culpable de su desgracia, pero no del todo, pues fue un factor externo, el diablo y su envidia, quien la sedujo y precipitó a tal estado; vulnerada, corrompida por esa herida inferida, se dejó arrastrar y así enraizó el mal y se multiplicaron las desgracias que padecemos. Este mal tiene las raíces profundas, hasta el punto que cuando tomamos consciencia de nuestro estado caído, tenemos la impresión de hallarnos en una cárcel y no poder hacer nada por nuestras fuerzas; más aún, tomamos consciencia de que, conocido el pecado, nadie es digno del rescate, nadie merece el amor de Dios.

Afortunadamente para nosotros Dios escapa a toda medida humana; Dios, por su misericordia infinita, quiere salvar al hombre a toda costa. El drama de la pasión de Jesús, en la lógica del amor de Dios, cobra de esta manera un sentido sorprendente, hasta el punto de conmover el corazón de cualquier hombre de buena voluntad. Dios, por su amor, se desborda. Si Dios no hizo la muerte, Dios, en Jesús, muere por nosotros; si Dios no es responsable del pecado, Dios sufre las consecuencias del pecado. Y no es circunstancial que Cristo muera crucificado junto a malhechores, sino que es todo un signo, pues señala de manera inequívoca que se ha encarnado para estar con nosotros hasta las últimas consecuencias; en medio de la humanidad doliente campa su cruz y muere por nosotros —por nuestras manos y, sin embargo, para nuestra salvación— y con nosotros, así que ni nos traiciona ni nos abandona. Sin embargo, un hombre puede ser destruido por el mal y el pecado, Dios nunca. La muerte de Cristo se convierte de esta forma en paradójica, pues, muriendo, vence a la muerte; venciéndola, nos libera de la tenaza del mal. Él, por eso, es la roca firme de la que hablan los Salmos, nuestro seguro y fortaleza, nuestro sostén y guía, el garante de nuestra libertad y la posibilidad de nuestra salvación: el Camino, la Verdad y la Vida.
Despierta arrobamiento la magnanimidad de Dios. Inducida por Satanás, la humanidad patibularia crucificó al Señor, pero quien por ella fue crucificado, le dio la vida eterna. Dios incesantemente se nos dona sin merecimiento por nuestra parte, como recuerda Benedicto XVI en sus dos Encíclicas publicadas hasta la fecha. Lo crucificamos, y nos salva: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). San Dimas no podía caer de rodillas ante el Señor crucificado. ¿Qué impide nuestra profunda conversión?


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                                                 Jesús Cánovas Martínez©