jueves, 4 de septiembre de 2014

DE AMICITIA (14ª parte)

DE AMICITIA (14ª parte)



14

—De verdad, ¿los poetas son así? —pregunta Encarna, con sincera sorpresa.
—¡Y peor! —le respondo.
—Son gente normal que escribe poesía —dice Ana, pero subraya con cierto tonillo lo de gente normal.
—La inmensa mayoría son una mierda que se creen que escriben poesía, pero lo que escriben es una mierda —corrijo a Ana—. No valen ni como personas ni como poetas —añado.
—¡Aing! —suelta Paco.
—Y algunas mierdas de ésas ganan concursos y obtienen premios por la sana correspondencia —concluyo.
—¡Se te están subiendo los mojitos! —exclama Pepe y, como comprueba que tenemos los vasos vacíos, pregunta—: ¿Hago más?
—¡Qué pregunta! ¡Pues claro que sí! —profiero.
—¡Jesús, no bebas que tienes que conducir! —me reconviene Blanca y deja caer su severa mirada sobre mí.
Esquivo sus ojos.
—Pero, ¡bueno! ¡Ya me estás riñendo como si fuera un borracho! —vocifero, elevando la mirada hacia la parra del porche. De refilón veo cómo un morceguillo evoluciona con errático vuelo—. ¡A ver si les vas a dar la impresión a éstos de que me gusta el pitraque!
—¿Por qué los poetas ganan concursos literarios en sana correspondencia? —pregunta Encarna. Y me mira. Pepe aprovecha la ocasión y se dirige a la cocina para preparar los mojitos.
Veo la oportunidad para dar rienda suelta a una ira sorda. No va contra nadie en concreto, sino que, por el contrario, es general, abstracta. Unos lo llaman rencor; otros, decir la verdad sencillamente. «¿Seré un resentido?», alcanzo a preguntarme. Necesito desfogar.
—Porque, como decía mi abuelo, una mano lava a la otra —me encaro con Encarna—. En este país existen ciertos lobbies que tienen copados los premios de alguna importancia. No hay más que mirar quién los gana y quién es el jurado de los mismos, y cómo se van turnando unos y otros cada año —digo—. ¡Más claro agua!
—¡Qué desilusión! ¡Yo creía que los poetas eran diferentes! —exclama Encarna.
—¡Y lo son! —dice Ana—. Pero hay que encontrarlos.
—Aguda observación —apunta Pepe.
—¡Y tan diferentes! En todos los sitios donde vayas hay hijos de puta y maricones, pero entre los que se dedican a la poesía abundan—digo—. Son muy abundantes —remacho.
Al dar rienda a estas consideraciones tan poco meditadas, me llueven enseguida las amonestaciones:
—Jesús, qué dices —exclama Blanca—. Por su orientación sexual no puedes juzgar a nadie —dice.
—No son muy políticamente correctas tus opiniones —a su vez, comenta Encarna.
Ana permanece en un jocoso silencio, aunque algo enigmático. Su escrutadora mirada deja pasar por alto bastante poco.  Paco está muy atento.
—Quiero que se me entienda: no he dicho homosexuales sino maricones, que es diferente aunque parezca lo mismo —digo, y explico—: Un homosexual es un homosexual, y punto; yo no soy quien para emitir un juicio sobre nadie, ni tengo por qué añadir sufrimiento a personas que quizá ya hayan sufrido lo suyo. Nunca he estigmatizado a nadie por sus tendencias sexuales, ni lo haré, y tengo amigos homosexuales, mujeres y hombres, por los que siento verdadero afecto. No voy a denostar la homosexualidad, por tanto; ni tampoco voy a alabarla. Salvo a las personas y hablo de las actitudes, por eso digo que un maricón es un individuo diferente a un homosexual: posee un excedente de significación, y ahí está lo grave. ¿Os acordáis de los versos de Goytisolo?
—¡Jesús, Dios mío! ¡Cómo estás! —me interrumpe Blanca, y mirando a los otros pregunta—: ¿Por qué no cambiamos de tema?
—Blanca, me encuentro entre amigos, lo que diga no puede salir de aquí; déjame que desfogue mis emociones negativas en petí comité para que no puedan hacer daño.
—Deja, deja a Jesús que se desahogue —dice Ana en mi socorro.
Pepe, por su parte, me echa un capote desde la cocina. Grita:
—¡Déjalo, Blanca! ¡Déjalo! ¡Deja a Jesús que hable!
—Y así nos enteramos —añade Paco.
Encarna no ha intervenido en esta la de instigaciones.
—¡No puedo con él! —oigo que suelta Blanca, por ahí.
—Vamos a ver, Jesús, no entiendo muy bien esa diferencia que estableces entre homosexual y maricón —dice Ana—. ¿Qué opinión te merece la homosexualidad?

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©