jueves, 25 de septiembre de 2014

DE AMICITIA (21ª parte)

DE AMICITIA (21ª parte)



21

La Luna, desde que la vimos aparecer, ha hecho un arco amplísimo en el cielo. Rasgan el silencio de la noche el canto de los grillos. Se nota un leve fresquillo que anuncia la pronta madrugada.
Ana y Pepe han salido a despedirnos y nos acompañan hasta los coches que esperan adormilados en la calle. Intercambiamos unas palabras, le doy un beso a Ana y un apretón de manos a Pepe; Blanca, por su parte, a la inversa, le da un beso a Pepe y otro a Ana. Luego doy un beso a Encarna y un apretón a Paco; Blanca le da un beso a Paco y un beso a Encarna. A su vez, Pepe le da un apretón a Paco y un beso a Encarna; Ana le da un beso a Encarna y un beso a Paco. Hemos cumplido con la cortesía. Si fuéramos franceses el ritual sería más complejo, pues tendríamos que estampar los besos en número impar, más de uno pero menos de cuatro, lo que a estas horas tan avanzadas podría plantear serios problemas de cálculo.
—Nos vemos —decimos.
—Nos vemos—nos dicen.
—Buenas noches —decimos.
—Buenas noches —nos dicen.
Subimos a nuestro coche. Paco y Encarna lo hacen en el suyo. Nos colocamos los cinturones. Nuestros anfitriones se dan la vuelta y caminan hacia su casa. Introduzco la llave en el contacto y enciendo el motor. El vehículo vomita un rugido. Embrago y pongo primera, giro el volante. Suelto poco a poco el embrague, piso con suavidad el acelerador y el automóvil se pone en marcha.
—El Paco ese, cómo casca —le digo a Blanca, cuando enfilo la carretera, de regreso—. Madre mía, ¿a qué hora llegaron? ¿A las nueve y media?, ¿a la diez?... Son las cinco y pico de la mañana; han pasado ocho horas y no ha parado de hablar ni un momento. Este tipo de vitalidad comienza a sorprenderme.
—¡Mira quién habló! —exclama Blanca, y me mira con sorna—: ¡Quién se ha pasado toda la noche durmiendo!
—No he dormido —me disculpo—. Es por lo de la apnea, nena; no duermo, no descanso, pero me entero de todo.
—¿No me digas?
—Voy fundido; yo no puedo seguir así.
Blanca me echa una mirada de las suyas.
—Adelgaza —dice—; ya te lo ha dicho Luisa: mejorarías bastante. —Luisa es nuestra médico de cabecera; joven, cariñosa, con gran ilusión por la profesión, muy placebo—. Debías haberte puesto a régimen hace tiempo. La próxima vez que la vea le voy a decir que comes como un glotón y fumas —amenaza.
—¿Sí? ¿No serás capaz? —pregunto alarmado—. Esta noche no he fumado —especifico.
—¡Ya lo creo! No pasará mucho tiempo, ¡verás! —dice. Y añade—: Esta noche no has fumado porque nadie ha sacado tabaco.
—¿Por qué tienes que ser tan chivata? —le pregunto.
—Chivata, ¿eh? —se sulfura—. ¡Con que chivata!
—¡Sí, chivata! Tú también fumas y se lo diré si tú se lo dices.
—¡Pero yo no tengo los problemas que tienes tú! —me corta rápido.
—Bueno, tampoco es tan grave, un día es un día —digo, conciliador.
—Y dos días son dos días y tres son tres. Comes como un glotón, bebes como un cosaco y fumas como un carretero —recalca—. Pasa el tiempo y no haces nada por tu salud —me recrimina.
—El tiempo, el tiempo… ¡bah! —digo—. Todos los tiempos están en el tiempo.
—No te pongas críptico, anda.
—Yo me entiendo.
—Tú, sí; pero los demás, no —dice Blanca con tono de severidad, cambiando el sentido de sus regañinas—. Lo que has hecho esta noche es una descortesía. A veces pienso que no estás bien de la cabeza.
—No me riñas, nena —le digo—. Son amigos; hay confianza —le digo, sin dejar de mirar hacia la carretera—. Estaba cansado, tenía sueño; eso es todo —vuelvo a explicar—. Y luego me apeteció hablar.
—Lo que no entiendo es por qué eres tan bocazas —me recrimina Blanca—. Cuando te desmadras te conviertes en un auténtico baboso. Después sacas la paranoia y dices: «¡Van a por mí! ¡Cuántos enemigos tengo!».
—Blanca, hable o no hable; esté en mi sitio o no, me salen enemigos de debajo de las piedras. Esa condición está subrayada en mi horóscopo con letras mayúsculas.
—¡Deja el horóscopo! ¡Sé más prudente! ¿Por qué no lo eres?
—¡Bah! —suelto. Y añado—: Por un desahogo de nada no hay que ponerse así... ¡Bah! Y eso que no he hablado de El Gnomo Sodomita... ¡Bah!...
—¿El Gnomo Sodomita? —pregunta Blanca vívidamente.
—Un pedazo maricón que mide menos de dos palmos de altura, un metro treinta y cinco, o por ahí —explico—, que hace tiempo vino huyendo de un valle minero de Asturias a estas latitudes del sur. Después de arruinar al suegro y colgar a la mujer y los hijos anda por ahí alcoholizándose, dando sablazos y hablando mal de todo el mundo por su boquita de piñón. —Miro a Blanca con el rabillo del ojo, y añado—: Y va de poeta, de los sublimes supongo. Tú lo conoces.
—¡Estoy cada día más harta de la poesía! ¡Cómo eres, Jesús! —exclama Blanca—. No deberías hablar así de la gente. Tendrías que dulcificar tu carácter y te iría mejor.
—¡Digo la verdad! —profiero, elevando la voz—. ¡Bah! Si esa mierda de gente no me hubiera atacado a lo rastrero y de forma tan brutal, yo no respondería, Blanca, ni tendría la cabeza comida por pensamientos que me hacen daño... ¡Ah!, el carácter lo tengo dulce con quien lo merece... ¡Bah!...
—¡Tú mismo!
—¡Sí, yo mismo! —exclamo—. ¡Que se hubieran metido la lengua en el culo! ¿Quién arregla ahora las consecuencias?
—Debes ser discreto.
—¡Lo soy! —afirmo, vehemente.
—¿Pero qué dices? —pregunta Blanca con incredulidad.
Pienso para mi coleto que, a pesar de que las vidas de cierto tipo de personajillos resultan tan interesantes y se les puede sacar punta desde un punto de vista literario, no he movido ficha al respecto.
—No me habrás oído hablar de Pancracio Panderetas... ¡bah!... ni del señor Bocaburro... ni...
—Se te ve mucho, Jesús —me corta Blanca.
—A mi pesar, créeme... —digo. Y apostillo—: Que se me vea o no se me vea, no justifica a nadie para minar mi honor.
—¡Estás viejo! —me replica Blanca.
La miro para decirle:
—¡Oye, niña, un respeto a las canas! Yo hablaba de Paco.
Blanca no quiere entrar en discusiones conmigo; esta noche, no. Ella también está cansada y concede una tregua a la paz.
—Paco no tiene problema en darle a la singüeso, una suerte —dice Blanca, declinando la pugna, con un ligero mohín.
—Lo mismo lleva más de un mes sin hablar con nadie —digo al cabo de un rato, con malicia—. ¿No se ha quejado de que en donde vive apenas si hay gente?
—Yo creo que más bien es porque está acostumbrado a hablar —me corrige Blanca—. Debe tratar al cabo del día con mucha gente. Ése es su trabajo.
Guardo silencio, miro a Blanca, luego giro los ojos hacia la carretera, aminoro la marcha del coche y vuelvo a mirar a Blanca. Le digo:
—Blanca, esta noche ha habido un momento que he tenido ganas de llorar.
—Lo sé —dice, y me devuelve la mirada; es dulce. Parece que ha desaparecido su enfado. Me pone una de sus manos sobre el muslo.

Trago saliva. Siento una ligera erección. Me reprocho interiormente mi forma de ser; he nacido así y a veces me cuesta trabajo soportarme, ¡puta mierda de tío! Cuando conozco a alguien lo primero que percibo son sus defectos, no puedo remediarlo; luego, haciendo esfuerzos de caridad, le reconozco las virtudes. La pareja que esta noche hemos conocido son dos buenas personas y pretenden lo que pretende todo el mundo: vivir, tener amigos, ser felices. No hay nada que objetar a ello. Estoy seguro de que en el futuro nos llevaremos bien. Pero, al discurrir de esta manera, desde algún fondo me llega a las mientes un pensamiento perturbador: «Lo mismo Ana les había comentado con anterioridad que soy poeta, un hombre sensible, exquisito y todo eso, y de cara a las opiniones vertidas durante la noche se han llevado una desilusión como una catedral; lo mismo he defraudado las nobles expectativas que habían puesto en mí; lo mismo se han llevado un fiasco como la copa de un pino; lo mismo en vez de a un poeta han encontrado un animal; lo mismo se han asustado; lo mismo... ¡Bah!... ¡Bah!... ¡Puede ser!... ¡La cagaste burlancáster!...». Así discurro, pero vengo a añadir: «Bueno, si Ana quería exhibirme como mono de feria, ella se lo ha buscado...». Advierto que me encuentro mal; una sensación de culpa me abate y se apodera de mí, otra vez. «Ana, lo siento de veras», balbuceo en mi interior, y le envío a mi amiga una serie de efluvios positivos junto a mis disculpas; estoy muy compungido... ¡No es suficiente! ¡No es suficiente! ¿Cómo he podido ser tan bruto?... Me ahogo entre los reproches que lanzo contra mí mismo. Y de inmediato rememoro una vieja anécdota de mi adolescencia. Fue cuando mi padre amenazó con prender fuego al bloque de pisos donde vivíamos. La vecina de enfrente, viuda, y con dos hijas solteronas que trabajaban a destajo limpiando casas, le dijo, desventurada: «Señor Jesús, no prenda usted fuego, que nosotras somos pobres mujeres trabajadoras y hemos comprado el piso con mucho sacrificio».
Sin embargo, a pesar de los pesares, incluso con esa sensación de culpa y estos últimos pensamientos y recuerdos que me asolan, en el futuro, me digo, estoy seguro, nos llevaremos bien. «Nos llevaremos bien», me repito. Y rompo el momentáneo silencio cuando le digo a Blanca:
—Encarna, sin embargo, qué callada es.
—Como mujer, es mucho más discreta —afirma Blanca—. Me cae bien.
—A mí también —digo—. De Encarna, me quedo con su dulzura; de Paco, con su histrionismo y su memoria prodigiosa; nos ha hecho reír con ganas. Me caen bien los dos. —Callo. Me concentro en la conducción. Pienso que para habernos juntado dos Virgo, dos Aries, un Acuario y un Escorpión, la reunión no ha salido mal. Y sin transición entre un pensamiento y otro, por sorpresa va y se me configura un relato; viene hacia mí, me impacta: pienso en su inicio, en sus personajes, en algún tipo de acción, en las ideas que circularán por él, en las palabras... en las palabras... Me deleito; lo visualizo. Al poco, le guiño un ojo a Blanca, y le pregunto—: ¿Rezamos un rosario?
A pesar del ronroneo del motor del automóvil, mientras vamos de regreso a casa, se escuchan los grillos, su canción alegre en la noche de verano.

AQUÍ TERMINA “DE AMICITIA”, UN RELATO CASI VERÍDICO.

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                              Jesús Cánovas Martínez©