domingo, 14 de septiembre de 2014

DE AMICITIA (17ª parte)

DE AMICITIA (17ª parte)



17

—¿Y por qué no lo haces? —retadora, me pregunta Ana. Le brillan los ojos, acerados.
—No sé —digo—. Tal vez por cobardía y miedo a las represalias; tal vez porque no tengo pleno conocimiento sobre el alcance de su infamia y no sé el grado de responsabilidad que tiene, pero también, y tal vez, por cuestiones de medida. Por otro lado, no quiero equivocarme, tal y como suele suceder en estos casos, y me dirija con cierto tipo de pláticas y sabrosos parlamentos a la persona menos indicada; es fácil generalizar y no distinguir quién es quién.
—¿Cómo por cuestiones de medida? —pregunta Pepe.
—Sí —respondo—. Por cuestiones de medida, no vaya a ser que cegado por la ira, y ya sin frenos, no sólo le rompa los piños sino que termine por pisarlo y meterle una barra de hierro en el cráneo. Algunos no saben lo cerca que han estado de que esto les ocurra.
—Tienes fijación con lo de la barra de hierro —dice Paco.
—Sí —concedo—. Y también con los cuchillos de abrir cerdos. En canal.
—Bueno, si es así, y puesto que no quieres entrar en mayores detalles, mejor déjalo ¿No te parece, Jesús? —sugiere Ana.
—¿Te parece poco lo que he dicho, Ana? —le devuelvo la pregunta.
Ana no me responde. No quiere; quizá considere que no sea el momento oportuno.
—Tienes ideas brillantes pero eres un irresoluto —interviene, dirigiéndose a mí, Paco—. Por lo que veo eres un hombre con muchos escrúpulos. ¡Cágate en los muertos de alguien y verás qué a gusto te quedas! —Los ojos se le han puesto fijos y locuelos—. Pero si no quieres ser tan expeditivo, considera que el mundo es un pañuelo y tendrás oportunidad de pillarlos uno a uno por separado. ¡Arrieros somos! —Al oírle estas palabras, mis primeras impresiones sobre Paco sufren una mutación—. Mientras decides qué hacer (eso debes valorarlo tú mismo), puedes utilizar una técnica que a mí me ha dado buenos resultados, yo la llamo la quema de teléfonos. Coge los teléfonos, las direcciones, los e-mail de las personas que tú consideras que no han estado a cierta altura, apúntalos en un papel y, con cariño, buenas palabras y mensajes de amor, ¡quémalos! Somos seres necesitados de ritual; ritualiza esta práctica, y cada cierto tiempo realízala, te sentirás mejor.
—Indudablemente, nos afectan más las cosas que dicen o hacen las personas con las que establecemos algún vínculo —dice Pepe—. No me parece mal la propuesta de Paco.
—Desde luego, una de las cosas que más cuestan del cristianismo es eso del perdón —refiere Ana—. ¿Cómo se puede perdonar a un canalla que ni lo merece ni hace nada para remediar el mal que ha cometido?
—Aquí no ha pasado nada... ¡y hasta la próxima! —añade Pepe.
—Hombres pequeños, vestidos de negro y dispuestos a sacar el puñal a traición, así retrataba Stendhal a los españoles —refuerza Ana, pensativa—. Desde entonces no ha variado.
—Si no devuelves los golpes, no creas, Jesús, que alguien va a pensar: «Este es un hombre pacífico, no quiere líos» —dice Paco—. No, nada de eso; pensarán: «Este es uno que no dispara, ¡a por él!».
 Con el rabillo del ojo observo a Blanca, muy seria. Diría que anda sulfurada.
—Consideraré lo que dices, Paco —le aseguro. Y echando una rápida mirada a los otros, manifiesto—: En cualquier caso, cuando he dicho lo que he dicho, no miento ni exagero. Quiero que sepáis que rezo mucho.
—¿Es una ironía? —pregunta Ana.
—No, soy católico practicante —respondo—. Es una realidad, Ana. Y sobre lo que dices del perdón, es cierto; lo he meditado con frecuencia. A veces me he preguntado: ¿Por qué Dios, el Padre, dejó que Jesucristo muriera en la cruz? Por exceso de amor, sin lugar a dudas: Porque el Padre amaba a aquellos que crucificaron a su Hijo. Si no hubiera sido así, no lo habría permitido. Es fuerte, ¿verdad? —pregunto para mí—. Así es cómo debemos entender la permisión que hace Dios de tanto mal e injusticia: porque es Amor y ama hasta el exceso, muchísimo más allá de cualquier medida humana...
Tras ese preámbulo, iba a incidir sobre el tema del perdón, explicar lo difícil que es perdonar si Dios mismo no nos ayuda, hablar de lo que se puede entender como defensa justa, diferenciar lo que es el perdón del consentimiento, qué sé yo, iba a hablar de temas a los que no he dado una resolución clara. Pero Ana me corta.
—Según lo que dices, ¿no serían ciertas las críticas que Nietzsche lanza contra la religión cristiana: Aquello de que Dios murió por un exceso de compasión? —me pregunta Ana, incisiva, dando un salto hacia otro tipo de discurso.
No me apetece entrar en discusiones teológicas o filosóficas; esta noche, no. Aun así le respondo a Ana:
—A mi entender, Nietzsche andaba muy equivocado, Ana. El hombre, aunque sueñe que lo es, no es Dios, y Dios escapa a la medida humana. El exceso propiamente corresponde a Dios, aun en el amor. Dios, por amor, da la vida; por amor, y para que el gusano del mal sea destruido, la muerte. El hombre, por odio, sólo da la muerte; nunca la vida. Si Cristo murió, resucitó; y esa es la primera verdad del mensaje cristiano. He meditado mucho sobre la muerte, y la veo como una injusticia radical; pero si considero que este mundo está minado por el gusano del mal de manera irremediable, también entiendo que se hace necesario el paso por la muerte y la definitiva expirosis del mundo para que pueda surgir la renovación. Dios no es dialéctico, como pueden pensar algunos, sino que lleva, por su pasión de amor, las cosas al extremo. Quiere que todos los humanos surjamos de nuestras cenizas, incluso los bordes, y nos otorga el tiempo de su paciencia, en medio del cual con tanta frecuencia nos sentimos confundidos. En fin, Ana, habría tanto de qué hablar. —Resoplo—. Resumiendo: ¡Vivan nuestros enemigos! ¡Y viva la poesía y la madre que la parió!
Me ensimismo. Tras este discurso, ante mis amigos he debido de quedar como un gilipollas. Me siento avergonzado de repente. Me siento hecho polvo, roto. Percibo que tengo el estómago encogido. He hablado en exceso y Blanca lleva razón cuando me critica: no puedo beber, me convierto en un baboso. Noto que los demás mantienen un silencio expectante. Una vocecita susurra en mi interior que soy un desagradecido y no merezco los amigos que tengo. Me siento culpable. Son dos los morceguillos que evolucionan en el aire y describen círculos erráticos. Me acuerdo que, cuando crío, los cazaba con una caña a la que le ponía un trapo blanco en una de sus puntas.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©