lunes, 1 de septiembre de 2014

DE AMICITIA (13ª parte)

DE AMICITIA (13ª parte)



13

Al unísono, Ana y yo, vamos pasando revista a la drástica situación en que se encuentra el estamento poético. No conocemos el suficiente número de poetas del mundo, sin lugar a dudas, aunque sí el suficiente de la Región para, con las matizaciones debidas, acomodarles el craso ejemplo de nuestro perfil. Ese individuo, nos preguntamos, ¿qué coño va a transformar? Caso aparte, claro, el de las elites: el caso del poeta señorito. Y sin ir más lejos, el del poetastro que motivó que nos conociéramos. Tuvo la suerte de ser hijo de papá y heredar una gran fortuna. De chico ya le preguntaba a su padre:
—Papaíto, papaíto, ¿cuántas perras me vas a dejar cuando te mueras?
El padre no llegó a viejo. Unas impresionantes cagaleras que los médicos no supieron explicar le dieron un rápido pasaporte.
—¡Qué débil me encuentro, hijo! —decía el pobre hombre, cuando, con tembleques de piernas, lograba izarse de la taza del váter.
—Todo pasará, papaíto, todo pasará... —le contestaba el mamarracho en tono gangoso, haciendo pinza con una de sus manos sobre la nariz mientras le largaba los pantalones con la otra.
—Sí, hijo, todo pasará... ¡ten fe! Ya saldremos de ésta —insistía el pobre hombre, esperanzado.
—Todo pasará, papaíto, todo pasará...
Muerto el padre, pronto le aquejó a la madre el mismo mal. Pero ésta, recelosa (las mujeres, que poseen alardes de intuición), entre cagalera y cagalera, le decía a su hijito querido del alma:
—¡Ay, hijo mío, presiento que alguien nos ha gafado! Lo que ha caído sobre esta familia no es un simple mal de ojo, sino una maldición en toda regla.
—¡Tonterías, mamaíta! —le respondía el hijito del alma—. Esas cosas no existen.
—¡Ay, hijito, ojalá lleves razón! Pero esta enfermedad no es normal, te lo digo yo —decía la madre, y añadía, con un tanto de ansiedad—: No sé si deberías reservarme plaza para el tren de Lourdes.
—Supersticiones, mamaíta, supersticiones... —decía el hijito, y argumentaba—: Cagándote como te cagas no puedes ir en ningún tren. Lo que tienes que hacer es tomarte las melecinas que te ha mandado el doctor, y verás qué pronto sanas.
Y diciéndole esto, el mamarracho le acercaba un vaso que contenía un líquido verde, burbujeante, y del que escapaban de vez en cuando unas efervescencias a modo de geiseres.
La pobre mujer, con el afán de curarse, se bebía aquello sin rechistar y, cuando al instante sentía nuevos y más agudos retortijones, la tranquilizaba su ojito derecho:
—Ya va haciendo efecto, mamaíta, ya va haciendo efecto... Esta última cagalera obedece a la crisis previa a la curación. ¡Te está limpiando por dentro!
—Y que lo digas... y que lo digas... hijito, tengo la sensación de haber echado trozos de hígado —decía la madre, dándole la razón al hijo, para enseguida recomponer sus quejas—: Hijito, hijito... ¡qué malica estoy! ¡Ay, qué malica!
—Ya verás cómo te curas, mamaíta querida —volvía a tranquilizar a su madre el energúmeno—. Y para que veas que no echo en saco roto lo que me has dicho, voy con celeridad a poner una vela a san Iscariote, ahora mismo. —Y, en diciendo esto, el mamarracho salía que se las pelaba del cuarto de baño.
Los dos hermanos mayores del poeta en ciernes también cogieron las cagaleras y murieron en extraños olores a huevos podridos.
—¡Ha sido una yema! ¡Ha sido una yema! —le decía, emocionado, el hermano mayor al del medio.
—¡Qué coño yema, ni que leches! ¡Te has jiñado las patas abajo! —respondía el otro hermano antes de echar a correr hacia lugar discreto donde expandirse.
La Chacha, mujer mayor y cotorrera, que se encargaba de las tareas domésticas, le dio una suerte de desaguisado, con tronaera y efectos especiales incluidos, cuando alegre correteaba por el mercado, y murió al pie de una verdulería con cierto despoblamiento de sí en un charco repentino de horror y pestilencia. Ni con zotal lograron eliminar aquel hedor, el cual persistió durante meses, no tanto como la corrosión sufrida por el suelo (y que todavía perdura) donde cayó, fulminada y empantanada, la abnegada mujer.
—El cielo le ha mandado un castigo por ser tan chismosa —opinó la verdulera.
—No, el cielo, no: Satanás en persona ha venido y se la ha llevado consigo para sujetarle la lengua —corrigió una parroquiana que bien conocía a la difunta.
Y en la verdulería, las personas estupefactas que presenciaron aquel castigo, con suma rapidez hicieron pinza sobre sus narices y se santiguaron.
La familia tenía una mascota, la Lucy, una preciosidad de gatita persa que iba por la casa adornando camas y sofás, pues, ¡mira!, que en último lugar vino a coger las cagaleras, como si aquel mal que se había cernido sobre la familia fuera inteligente y hubiera tomado gusto en liquidar (menos a nuestro poeta, quien curiosamente salió indemne de tanta adversidad) a cualquier ser vivo que habitara aquella casa.
Con posterioridad a tanto deceso entre la familia, se detectaron por el vecindario una serie de muertes de personas y animales (perros, gatos, pájaros, y hasta alguna rata) aquejados de la extraña dolencia intestinal.Una buena persona iba tranquila andando por la calle, y de repente, como si se tratara de una bonificación por sus honorables acciones, le llovía del cielo una generosa chufletá; entonces un pajarillo venía a caer desde cualquier alambre. Después moría la persona entre abusivos desaguisados.
—¡Nos ha caído la peste! —llegó a exclamar un vecino, impresionado por aquella labor callada pero certera del mal.
—¿La peste? —le preguntó otro vecino con fama de lelo.
—¡Sí! ¡La peste, desgraciado! ¿No te das cuenta cómo huele el jodido barrio?
—Pues ahora que lo dices... ¡Yo creía que eran problemas con la depuradora!
—No, el gratificante aroma de la depuradora aquí no llega... Esas cosas ocurren en la entrada de La Manga, a modo de advertencia a sus visitantes para que se vayan haciendo una idea de lo que les espera. ¡Esto es diferente! Presiento que nos están dando matarile a lo salvaje.
—¿Matarile?... ¿A lo salvaje?... —volvió a preguntar el vecino lelo.
 —¡Cómo puedes ser tan tonto! ¡No te enteras de nada! —exclamó el vecino listo; luego se caló la boina hasta las cejas, bajó la voz, y, entre susurros, confesó sus sospechas al oído del otro vecino, con algo de recelo y mirando para uno y otro lado—: Veo yo aquí una planificación secreta del gobierno contra la crisis, o algo peor... ¡Mira, que soy perro viejo!
—¿Has dicho que eres perro viejo?... —preguntó el lelo a voz en cuello.
—¡Sí!, ¡burro!
—¿Burro?... ¿Ahora eres un burro?... ¿En qué quedamos?
El vecino listo sintió entonces una especie de carraspera en la garganta y le dio un acceso de tos nerviosa; por su mente pasó, fugaz, la melodía de Suspiros de España.
—¡Me cago en la puta!
—¿Y qué te han hecho a ti las putas?
De esta forma, El Nene, como le llamaban, dechado de virtudes, al quedar solo en el mundo y con un vecindario clareado, sin otro bagaje que el monto de sus ancestros y su peculiar personalidad, viró los ojos hacia el futuro incierto y se preguntó, a la caza de sentido: «¿Para qué trabajar si no lo necesito? ¡A vivir que son dos días! Y al Celaya ese que dice que la poesía es un arma cargada de futuro... ¡que le vayan dando! ¡A la mierda! ¡A la mierda, él y todos! ¡Y yo, a beber y a follar!... ¡A beber y a follar!... Y a escribir algo que se diga poesía, o se le parezca... para que me dé relumbre personal».
—Pues yo creo que deberías trabajar, porque el trabajo dignifica al hombre —le sugirió un familiar lejano.
El Nene miró con ojos de diablo a aquel familiar bien intencionado, aunque ingenuo, y le espetó:
—¡Que yo trabaje!... ¿¡Yo!?... ¿¡Yo!?... ¡Eeeeuh!... ¡Eeeeuh!...
—Pues, insisto —cargó de nuevo el familiar con la mejor de las intenciones—, pienso que deberías trabajar. Mejoraría bastante tu psicología.
—¿De qué vas? —le preguntó el mamarracho al osado familiar, haciendo alarde del gracejo que a partir de ese momento disfrutó y le hizo tan simpático de ahí en adelante. Y así que le paró los pies con frenada de mula, mirándolo fijamente, le dijo a su interlocutor—: ¡Para el puto carro! Mi trabajo me ha costado tener lo que tengo, ¿qué sabrás tú? ¿Crees que me lo han regalado?... ¡Pues no! Muchos quebraderos de cabeza he sufrido y he pasado por muchos horrores, y, por si fuera poco, con mi sangre he tenido que firmar ciertos documentos que, con solo mirarlos, harían temblar a las gentes pusilánimes... ¡No voy a tirar por la borda tantos esfuerzos! ¡Tú a lo tuyo y yo a lo mío! ¡Yo soy un poeta señorito, y los poetas señoritos no trabajan!
Enseguida supo el energúmeno, dada la lábil condición humana, que tendría a su disposición una tropa incondicional de pelotas que le alabarían versos y gracietas. Pero flaco favor le hizo el séquito de pelotillas: si no le hubieran alabado tanto la mierda que iba dejando por escrito, seguro que lo habría hecho mejor. No es de extrañar que ese individuo, para presumir de una intelectualidad que nunca tuvo, abocara a una concepción de la poesía meramente esteticista, de esas de mirarse el ombligo. Otra de las formas de la impostura: ¡El huero esteticismo, vamos!

—¡Una mierda, vamos! —apunta Pepe, que quiere meter cuña.
Sin ánimo de molestar, hemos elucubrado de la manera expuesta. Pero la pregunta sigue en el aire. Paco demanda una aclaración:
—Entonces, ¿qué función cumple la poesía en el contexto social?
Y la aclaración que pide le llega a Paco, pues han sido abundosas las reflexiones al respecto.
Si, al igual que ocurre con su poesía, tan ingenuo es ese poeta que piensa que cumple con una imprescindible función social, nos movería a risa. Más valdría que tomara conciencia de la irrealidad en la que vive, fuera honesto consigo mismo y se tomara unas copas; le sería más provechoso. Puede cantar su grisura, puede soñar con los horizontes que le niega su apática vida, puede escribir algo que sea bello, o pretendidamente bello, puede evadirse, pero no puede transformar el mundo. Y porque él mismo es un prisionero de su propia estupidez, su poesía no es praxis liberadora de nada. Algunos, anacrónicamente, se llaman rojos o de izquierdas, y corren perdiendo el culo detrás de las subvenciones, a que los convoquen, aquí o allí, y les den dinero o les paguen en algún tipo de especie, sea un tentempié o un vino; sacar lo que sea. Otros, no tan viscerales en cuanto a sus acepciones políticas, no son menos aprovechados que los anteriores y también buscan árbol de buen sombraje bajo el que ensancharse. El caso es que todos corren y medran. La gente que funciona de esta manera es una mierda, y es mayoría. ¿Qué van a transformar esos individuos?
 Quizá estos debates sean muy antiguos, pero como nuestro poeta en cuestión vive en provincias, no se ha enterado de que ya nadie se hace cierto tipo de preguntas. La cruda realidad las responde por sí sola.
No puede escapar, a no ser que cuelgue el trabajo y la familia y las propias comodidades que con insistencia y años de empeño ha conseguido, que abandone las seguridades que le aportan una relativa calma y haga las maletas y se dedique a recorrer mundo… ¿Estaría dispuesto? Últimamente piensa demasiado en la vejez y se frustra pensando en lo veloces que corren los años... ¡Y él todavía sin inmortalizar su nombre! El camino hacia la Academia de Estocolmo, qué arduo, qué lleno de obstáculos y envidias. Vive en una irrealidad de la que no puede salir. Pudiera ser que alguna vez la poesía le ayudara a provocar una catarsis, de tal modo que por ella se le abriera una vía de conocimiento, a caballo entre la racionalidad y la intuición, que le permitiera intensificar su mirada sobre el mundo y sobre sí mismo en aras de una mayor comprensión. Quizá le quede una oportunidad de transformación… Quizá. Pero debería asumir cómo vive y lo que él es, cómo se suceden los días, uno igual a otro, acumulando muerte, acercándolo a la muerte, mientras sigue ignorándose a sí mismo por una suerte de pereza invencible a salir de su propio sueño.
Ese individuo no sabe que es uno del montón; no quiere saberlo. Ha perdido la juventud, la vejez aún no ha llegado, y celebra poder salir los fines de semana a un restaurante o ir al cine con su mujer. Sueña con echarle un polvo a alguna compañera de trabajo o a alguna vecina o poetisa no demasiado pellejuda, y recuerda, cuando le acomete la nostalgia, cierta bohéme postiza de sus años de estudiante…
Ciertamente no se puede generalizar, pero son bastantes poetas, o que a sí mismos se lo llaman, los que se ajustarían a este patrón, con las oportunas matizaciones. De verdad, sus vidas se parecen demasiado a la descrita, ¡y  gracias!: Es lo mejor para ellos.

(continuará...)

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                                   Jesús Cánovas Martínez©