lunes, 8 de septiembre de 2014

DE AMICITIA (15ª parte)

DE AMICITIA (15ª parte)



15

—A los que no somos homosexuales, Ana, habiendo otros mejores de qué tratar, por ejemplo, de mujeres, no nos gusta hablar de este tema, y menos aún que se nos confunda —respondo a Ana, y recojo el testigo que me ha pasado—: Pero ya que me pides que me retrate, me retrato. Salvaré siempre a la persona y exigiré su respeto, pero la homosexualidad considerada en sí misma, si queréis desde un punto de vista metafísico, me parece un contrasentido, en ningún caso equiparable al comportamiento heterosexual; un hombre clueca o una mujer viril, de entrada, son una contradicción. Las cosas, por supuesto, son más complejas si bajamos a la casuística; habría que ver qué tipo de mecanismos sociales o psicológicos son los que se ponen en marcha para que se favorezcan este tipo de comportamientos, o si se producen simplemente por mera genética. No voy a entrar en la cuestión de si la homosexualidad es cultural o natural. Respuestas hay para todos los gustos, aunque creo que recientemente algunos estudios contrastados la explican por razones genéticas. No sé qué pensar; la ciencia también está sometida a las modas. Yo he tenido alumnos homosexuales que, una vez sincerados conmigo, me han dicho que ellos a los dos años de edad ya se sentían diferentes; por otro lado, no se me oculta que a algunas amigas lesbianas que tengo les gustan los hombres, y que a ciertos gays, cuando bajan las defensas o se distraen de su condición, se les pone voz de macho. ¿No os parece curioso? Es terrible pensar cómo en nuestra época se trastoca todo, incluso lo que concierne a nuestra naturaleza básica. El género, tengo para mí, no es una función meramente simbólica como pretenden algunos, sino que es algo fundamental. La sexualidad es el motor de la vida y con ella deberíamos de ser más respetuosos de lo que somos.
—¿Piensas que la sexualidad posee un carácter sacro? —me pregunta Encarna.
—Sí —respondo a Encarna—. Es la gran fuerza creativa de que disponemos; se ha de dirigir y transmutar convenientemente. Lo triste es que nuestro entorno social no está por la labor.
—Pero a un maricón, ¿qué lo diferenciaría de un homosexual? —vuelve a preguntar Ana, insistente.
—Pongo un ejemplo —digo—. Un acreditado escalador, Trepario Retrepa, que tiene a bien poner en su currículo como mérito, y en primerísimo lugar, que ha sido publicado por una editorial de ámbito nacional, lo cual no es reprensible, cuando comenzaba su trayectoria ascensional le escribió unas cartas de amor a Sarasate Gutierres, lo cual muestra su catadura moral.
—¿De verdad? —pregunta Encarna.
—¿Quién es Sarasate Gutierres? —inquiere Paco, casi a la vez que su mujer.
—Un conocido homosexual de la Región muy metido en el mundillo literario —aclara Ana.
—Sí, de verdad —digo a Encarna; luego me dirijo a Ana—: Trepario Retrepa necesitaba escalar y estaba dispuesto a echar los restos. Es vox populi.
—Aunque no conozco personalmente a Trepario, sé quién es —dice Ana—. Me ha hablado de él alguien que conoce el affaire de cerca. Sarasate Gutierres tampoco lo calla; lo ha pregonado a los cuatro vientos.
—Pues a ese individuo es a quien yo llamo maricón —asiento—. Y la gente que es capaz de vender a su madre o poner el culo como meritaje son maricones. Abundan.
—Gays los llaman ahora, y no maricones, y hay quien dice que son hasta graciosillos —precisa Paco, al quite, con reflejos rápidos.
—Y al Trepario ese, ¿le dieron por culo? —pregunta Pepe desde la cocina a voz en cuello, jocoso.
—No sé —respondo—. Creo que Sarasate tuvo más dignidad que el maricón, aunque el maricón sigue insistiendo por otras puertas —digo—. Llegará lejos ese muchacho. El poder rosa es una realidad, pink power que dicen los ingleses.
Gay´s power —me corrige Paco.
—¡Madre mía, qué conversación! —exclama Blanca.
—¡Ah, estamos entre amigos! ¡A rajar, a rajar! —dice Pepe, al tiempo que sale por la puerta de la cocina con una bandeja repleta de mojitos—. El sueñecico le ha sentado bien a Jesús —dice. Deja la bandeja encima de la mesa, y luego reparte los vasos; quedan algunos en la reserva. —¡Qué grande es el mundo! —exclama en un arrebato; mira hacia el cielo nocturno, lunado y calmo, y se sienta.
—Antes has nombrado a un tal Goytisolo, ¿qué dicen sus versos? —interviene Paco, dirigiéndose a mí.
—Soy muy malo citando de memoria —le digo a Paco, y explico—: José Agustín Goytisolo era muy amigo de Gil de Biedma, que, como supongo que sabes era homosexual; cansado del vano imitador, y maricón, para más señas, esa basura que tanto abunda en el mundillo literario y anda con las almorranas revueltas, compuso un epigrama a lo Juvenal estableciendo distinciones, no sin cierta dosis de amarga ironía. No quiero desgraciar el poema intentando repetirlo; en esencia trata de eso.
—No conozco a esos poetas —señala Paco—, pero me parece muy interesante lo que dices. ¡Vaya!
—Yo me acuerdo del poema —interviene Ana, quien, didáctica, precisa—: Aparece en Cuadernos de El Escorial, el penúltimo libro publicado en vida de Goytisolo, allá por el año 1994. —Ana se pone un tanto solemne para llamar nuestra atención, y con un tono, grave y alterado, entrecerrando los ojos, viene a decir con perfecta dicción—:

Crees que porque enculas a cualquier muchachito
alcanzarás el arte de Jaime Gil de Biedma.
Él era homosexual y altísimo poeta
y tú un escritorzuelo y un triste maricón.

—Pero los hijos de puta también abundan —afirmo, solemne, una vez que Ana ha terminado de recitar, porque la noche se ha puesto poética e íntima; engancho un alegre vaso de mojito, y añado con suntuosa severidad—: Claro, nadie tiene la culpa de que sus madres vayan vendiendo el chocho por ahí, pero las cosas son así, y son unos hijos de puta.
—¡Jesús, para ya! —me reconviene, muy seria, Blanca.
—¿Por qué he de parar? ¿Por decir la verdad?
—¡Por ser un grosero!
—¡Como que ésos no se despachan a gusto conmigo! —protesto—. La Grulí Mochuelar, algún Putón Peripatéico o de otro tipo, Miguel Cagarrutio o Trepario Retrepa, amén de Alfredo Almorrano y otros cuantos, ¿acaso no me van clavando cuchillos por la espalda?, ¿no van minando el terreno por dónde tengo que pasar?... Entre ésos y yo hay una diferencia, y es que, yo, cuando hablo, digo la verdad. Que a la Mochuelar, sin ir más lejos, la dejara el novio en la puerta de la iglesia y a raíz de ese momento jurara odio eterno a los hombres es su problema, pero si también es una víbora que por despecho raja y calumnia a aquel que no se lo puede follar, entonces es problema mío. Que sea tortillera o no, o que le ponga el coño a quien le plazca, y ese tal le eche valor (que hay que echárselo), a mí no me importa, pero ese zamarro loco debería dejar vivir y no socavar el honor ni la dignidad de nadie, y menos los míos. En sana reciprocidad yo tengo derecho a defenderme, aunque sea babeando entre amigos, cuando nadie que no sea de confianza me oye. No hago daño; sólo me desahogo. Y, en cualquier caso, soltar un eufemismo que otro no es tan grave.

(continuará...)

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                                   Jesús Cánovas Martínez©