martes, 23 de septiembre de 2014

DE AMICITIA (20ª parte)

DE AMICITIA (20ª parte)




20

Ante mis dudas y vacilaciones, coge la palabra Blanca, y pregunta:
—¿Seguirá en pie la casa? Desde que murió no hemos vuelto por allí.
—Sí, pero a mí me parece que allí no vive nadie —responde Paco—. Las plantas han crecido de tal manera que se la están comiendo. En el jardín sólo hay gatos y no quiero pensar en las ratas.
—¡Qué asco! —exclama Blanca.
—Seguramente, cuando él murió, la mujer se fue a vivir con alguno de los hijos —dice Paco.
—Lo más probable —refiere Blanca—. Pero parece mentira que un hombre tan amable viviera en una casa tan tétrica. La tenían muy abandonada; en el piso de arriba eran visibles las grietas.
—Le escribí un poema a la casa —intervengo—, Villa Lolita, pues me dejó una fuerte impresión contemplarla de noche, una vez que llevábamos a acostar a Leopoldo. Esa fue la primera vez que lo acostamos; después llegaron otras.
—¿Te acuerdas del poema? —me pregunta Ana.
—No, lo siento —le respondo a Ana—. No recuerdo ninguno de los poemas que he escrito. Ni siquiera recuerdo unos haikus que compuse en un homenaje que le hicimos.
—¿Qué habrá sido de esa familia? —vuelve a preguntar Paco—. No sé si compraron una casa en Cartagena y la mujer vive con el hijo; algo he oído hablar. Recuerdo que los hijos eran muy independientes, y que cada uno iba por su lado.
—Desde luego, la mujer y él eran caracteres totalmente diferentes —dice Blanca—. Leopoldo era extravertido y le gustaba relacionarse; la mujer debía de ser muy tímida. A los hijos llegamos a tratarlos muy poco, pero nos quedó la impresión de que eran un tanto originales.
—A veces la independencia necesita pagar sus peajes —añado, y me doy cuenta de que la frase me ha salido algo pedantilla.
—¡Y qué no! —dice Ana con viveza.
—Eso, y qué no —otorgo.
—Bueno, lo importante es que Leopoldo era un hombre muy querido —dice Paco.
—Resulta curioso —digo—, y es algo que me ha dado en qué pensar, que a su entierro fueron menos personas de las que yo esperaba. No digo que en el entierro no hubiera gente, porque la había; lo que digo es que había menos poetas de los que cabría esperar, y eso que Leopoldo se desvivía por todo el mundo.
—Es un índice de cómo anda el patio —dice Ana.
—¡Para que veas! —exclamo.
—Es la triste condición humana, por lo que habéis dicho antes —afirma Paco.
—¡El muerto al hoyo y el vivo al bollo! —expresa Pepe.
—Recuerdo el día de su entierro —digo—. En la iglesia había bancos vacíos, y sólo nos encontrábamos un pequeño grupo de poetas amigos. Recuerdo a una nietecica suya, cómo subió al estrado a leer y la pasada de llorar que se dio, ¡pobrecica! Se interrumpió la niña a mitad de la lectura y lloró desconsoladamente. A mí me conmovió. ¿Recuerdas, Blanca?
—Sí, a mí me dieron ganas de llorar también; parecía que todo el dolor por la pérdida se había concentrado en aquella niña —dice Blanca, y agrega—: Le debemos una visita al cementerio. Le tenemos prometido unos gladiolos.
—¿Unos gladiolos? —pregunta Paco sorprendido.
—Era su flor preferida —precisa Blanca.
—Tenemos que preguntar antes dónde está su tumba —digo.
—¿Es que no sabéis donde se encuentra? —vuelve a preguntar Paco.
—No —le respondo—. Después de la misa de funeral, nos fuimos a tributarle homenaje y nos tomamos unas cervezas a su salud, tal y como él se merecía y le hubiera gustado. —Me quedo pensando un momento sobre lo que he dicho, y añado—: Bueno, a su salud, no; a su recuerdo, a su huella imperecedera entre nosotros, los poetas. —Y alzo la voz, al tiempo que me levanto y elevo mi vaso, casi vacío, de mojito—: ¡Por Leopoldo! ¡Por la poesía! ¡Por el whisky! ¡Por la amistad!
—Jesús, sin melodramas —me reconviene Blanca.
Pero los otros me corean, poniéndose en pie, elevando y entrechocando sus vasos.
—¡Por la amistad! —dicen.
Y, Blanca, con su vaso vacío, no tiene más remedio que sumarse al brindis. Ella no, pero los demás llevamos los vasos para el coleto y apuramos el poco líquido que les queda en el interior. Después, pregunta Encarna:
—¿No se nos olvida algo?
La coge rápido Pepe, y dice:
—Y los mojitos, ¿qué?
—Eso, los mojitos, ¿es que no vamos a brindar por los mojitos? —espeta Paco.
—¡Por los mojitos! —exclamo, y elevo otra vez el vaso, ahora irremediablemente vacío, y son otros cinco vasos vacíos los que se estrellan contra él.
—¡Por los mojitos de Pepe! —exclama la tropa.
—Hay quien ha muerto y antes, consciente de que nadie regresa para saldar deudas, ha dejado unas rondas pagadas en el bar para los amigos —dice Paco, pasada la momentánea euforia.
—El alboroque —precisa Ana.
—Es una pena que se vayan perdiendo las buenas costumbres —dice Paco, y suspira.
Atento a los resquicios, pregunta Pepe:
—¿Unas cinticas?
—¡Ni hablar! —prohíbe Ana, categórica.
—¡Sólo unas gotas para endulzar la boca! —insiste Pepe, con los ojillos brillantes.
—¡Ni hablar, Pepe! ¡A ti no te sienta bien! ¡Esta noche se ha terminado la bebida! —zanja Ana.
Paco toma la palabra y comienza a referir anécdotas de funerales y muertos; su memoria baja hasta el detalle minucioso y, cuando relata los hechos, tiene tal don en la lengua que parece que casi los ves. Pronto comienza a hablar de otros temas; salta de lo verídico a lo verosímil, y cuenta chistes, anécdotas, habla de sus viajes. Dice que en California trabajó de repartidor de helados junto a un negro que tenía los labios como dos colchonetas; cuenta la aventura del ladrón de un mapache, y con gestos describe lo trasquilados que salieron, el ladrón y el automóvil donde metió al bicho; se multiplica al referir lances acerca de la tontuna humana. «Líbranos, Señor, de los imbéciles: Hacen más daño que un saco de bombas.» Nos pilla la atención y desata nuestra hilaridad; su forma de contar, los gestos que realiza, las muecas en que se apoya son como una especie de chirridos o estridulos bajo la calma que desde el cielo nocturno desciende hasta el pequeño grupo que formamos. Y mientras Paco habla, recibo otro de los regalos de esta noche. ¿Por qué escribimos? ¿Qué necesidad tenemos de enfrentarnos con una página en blanco para plasmar nuestros sentimientos e ideas? Se tiene la opinión generalizada de que se escribe contra la muerte y el olvido, y no deja de ser verdad. Pero percibo que no es menos verdad que se escribe para ser reconocido: que escribimos para que nos lea alguien que apreciamos; que escribimos, sencillamente, para que nos quieran.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©