jueves, 28 de agosto de 2014

DE AMICITIA (12ª parte)

DE AMICITIA (12ª parte)



12

—¡Jesús, los mojitos! —oigo, como si fuera un grito de guerra. Es Pepe.
Esta imprecación es palabra mágica, hago un esfuerzo y me levanto. Me siento bien; bueno, no mal del todo. ¿Cuánto tiempo he estado echado? Una hora, dos horas, tres horas… El pseudosueño me ha reparado un poco, y me ha dado cuerda para estar lúcido un ratico. Observo que Encarna sigue tumbada, con los ojos cerrados, soñadora, cansada.
—Yo me quedo aquí —me dice, débil.
Pero los otros han oído la protesta de Encarna y no están dispuestos a consentirlo.
—¡Pues te quedas sin mojito! —grita Paco a su mujer desde la mesa donde habíamos cenado, alrededor de la cual, apertrechada ahora con botellas de alcohol, se encuentra sentado el grupito.
Encarna, perezosa, se levanta, y nos acercamos los dos al conciliábulo donde el resto del personal, parlanchines y animados, están que estallan.
—¡Cómo no te has metido, Jesús, estaba buenísima! —me dice Pepe cuando me incorporo al grupo.
Y explico por enésima vez:
—No me encuentro bien, he dormido muy mal esta noche pasada.
—¡Lo que te has perdido! —exclama Ana
—¡Lo que os habéis perdido! —secunda Pepe mirando a Encarna que se añade a la tropa—. ¡El agua está hirviendo!
Parece que revivo un poco y cojo alegría y color chupando con una pajilla de ese vaso adorable donde canta y danza un líquido sabor a ron y hierbabuena. Los mojitos tienen su arte y no sabe hacerlos cualquiera; Pepe, sí. Un ¡hurra! por Pepe. Hasta noto que me dan ganas de hablar y participar en la conversación. Se van a enterar.
—Sois unos bordes —digo—. Soplando y sin avisar.
Se raja de todo. Los estamentos tiemblan y las columnas del mundo. Pero nuestro tema preferido, el de Ana y mío, en donde incide el escalpelo con especial fruición, es el de la poesía; los otros temas se le suman como simples añadidos colaterales. Se trata de remontar desde los efectos hacia las causas de ciertos comportamientos, y echarles luz.
Y la luz incide sobre los sacerdotes de Urania. Vengamos de un análisis genérico y conceptual, a las realidades cotidianas. Analicemos la vida de un poeta. Por la mañana trabaja en una sucursal bancaria, trabaja en la administración —en la enseñanza, en algún organismo oficial—, trabaja en una oficina con jornada continua y lucha, denodadamente y con esmero, con cansancio y a destajo, con hastío y ganas de escurrir el bulto, en lance con las facturas, los oficios, los albaranes; se toma un café con los compañeros siempre a la misma hora y se busca las mañas para fumar a escondidas algún cigarrillo. Muchas veces, preocupado y disgustado por algún asuntillo de trabajo, regresa a casa donde le esperan otra serie de problemas, los familiares; algunas disputas con su mujer por problemas con los hijos. El mayor, con diecinueve años, ha dado el salto de gamberrete a gamberro, lo cual es un grado. La madre tiene miedo a que ascienda un nuevo escalafón y se convierta, ya no en cabroncete o cabrón, sino en delincuente. Repetidor consumado, no quiere estudiar y se fuga las clases en el instituto; le ha dicho a su madre: «Maere, me las paso por el rabo porque he nacido libre». Han llegado algunas amonestaciones en este sentido y la de Historia, especialmente desconsiderada con los chavales, maniática, hombruna y reprimida, ha lanzado la amenaza de que no le va a aprobar ni en septiembre ni nunca, o quizá cuando a las ranas les salga pelo. Sospecha la madre, por algunos indicios, que el niño frecuenta la compañía de un grupito de rebeldes adictos a ciertas substancias clandestinas. La pobre mujer, como último recurso, le ha espetado al niño: «¡Ya se lo diré yo al paere!», y así ha hecho, añadiendo otra preocupación a nuestro poeta. El hijo menor, con quince, comienza a seguir los pasos del hermano. Debido a la subida hormonal se está convirtiendo en acosador de unas vecinitas, no tan niñas como cabría esperar, pues están casadas y con hijos; son maduritas, y personalmente se le han quejado al poeta objeto de nuestro análisis fenomenológico por los piropos malsonantes y palabricas gruesas que les suelta el nenico. Pero hay otros temas que también preocupan a nuestro hombre (o mujer, si fuera el caso); por ejemplo, la hipoteca del piso, que no la termina de pagar ni ve cómo lo conseguirá, así con inquietud sigue muy de cerca las subidas del precio del dinero y cómo éstas inciden en el euríbor. Tiene una casa en la playa, y los ladrones se la han desvencijado hace unos meses, total cuatro cosas de poco valor, pero se tiene que meter en gastos. Por otro lado, está la marcha de cierta Opa, y se desvela nuestro poeta, porque, en contra de los deseos de su mujer, posee algunas acciones compradas con un dinerillo extra que le cayó del cielo, cuando vendieron, él y sus hermanos, la casa paterna. Los sustos que le da la economía o los avatares de la política —otro capítulo—, se han convertido en cierta droga de la que casi no puede prescindir, y sigue muy de cerca en los medios de comunicación las tertulias y debates políticos, pero sobre todo las apariciones del ministro de Hacienda. Aun así, con estas cargas, nimiedades, aficiones y bagatelas del diario vivir, de vez en cuando, después de la cena, se encierra en un cuarto abarrotado de trastos inservibles que él llama mi despacho, y en una pequeña mesa arrumbada en un rincón, confeccionada por él mismo con cuatro tablas, se dedica a escribir durante dos o tres horas; este ejercicio de producción, rodeado por tan inspirativo art decó, lo realiza los martes y jueves. Logra escribir algo, alguna tontería, que, según su criterio, tampoco está tan mal. Ha leído el último premio Melilla, el último Loewe, el último Generación del 27 y algún otro —último, por supuesto—, y se contamina de esa peste de poesía de la experiencia y, por mímesis, alumbra unos poemas que piensa pueden tener cierta fortunilla; pasa revista a los concursos literarios a que puede enviarlos y ensueña creyendo que él podría ganar algún premio de esos, de los grandes (ya está bien de concursos de amas de casa o de juntas de vecinos), olvidando conscientemente que lo que escribe son refritos y no posee contactos ni ha entrado en ciertas ruedas. Tiene un grupo de amigos que se dedican como él al menester poético; con los del grupo ha establecido unas relaciones de amor/odio, y cuando no brillan los puñales —y aun con su brillo— organizan recitales donde las miradas recelan del contrario y queda desplegado un variopinto plumaje, pues con el fragor de la emoción y el alza de la sensibilidad, él junto a los del grupo, se metamorfosean en pavos; así, nuestro personaje, cubre su cuota de vanidad. Y hay algo más: Cuando participa en estos eventos, cree que realiza algo importante por la cultura, y piensa que su labor es encomiable y digna de elogio. Se siente feliz entonces, y pleno.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©