sábado, 16 de agosto de 2014

DE AMICITIA (8ª parte)

DE AMICITIA (8ª parte)



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Me he debido quedar traspuesto. No sé cuánto tiempo. Noto un extraño contraste: oigo amortiguados los ruidos del exterior y con los ojos cerrados puedo ver lo que ocurre —la Luna en el cenit, las plantas del jardín, la piscina, las risas de Blanca y los amigos, sus gestos…—, pero yo estoy en un punto lejano, consciente y en silencio. Y en ese silencio interior, curiosamente, siento una extraña lucidez; los pensamientos se siguen unos a otros, rápidos, en mi cerebro. De repente me acuerdo de la Grulí Mochuelar y, como si me traspasara el cuerpo una metralla de plomo y fuego, me recorre un ostensible escalofrío; pero al instante, gracias a Dios, lo mismo que ha aparecido se desvanece la Mochuelar y me llega a la memoria el último libro que estoy leyendo. Trata sobre la voluntad. Su autor es un psiquiatra conocido. No pretende ser original —no lo es cuando repite tantos lugares trillados—, pero esta circunstancia, en realidad, no importa; lo importante es remachar de continuo las cosas que no debemos olvidar, y esto es lo que hace el psiquiatra. Repaso las ideas del libro y casi sin pretenderlo comienzo a realizar mentalmente una crítica.
No les falta razón, me digo, a los que ponderan el orden y la constancia como las dos velas seguras que facilitan la singladura de la vida, porque adquiridas, la voluntad queda reforzada hasta el punto de que se torna dura como el pedernal, cortante como las aristas del diamante. El orden debe regular, no sólo los actos externos, sino también las facultades internas, la inteligencia y la emoción; por la constancia se crean los hábitos necesarios para que la acción discurra hacia los objetivos propuestos. Pero mejor entenderíamos la importancia de estas dos fortalezas, pues de este modo hay que concebirlas, si consideramos sus contrarios. Una vida sin orden es una vida caótica, supeditada a las urgencias del momento, al deseo de lo efímero; y la falta de constancia aboca a la volubilidad: ese morbo caracterizado por una voluntad débil y enfermiza, típico de soñadores de grandes metas pero incapaces de mover un solo dedo para conseguirlas. Por el contrario, el hombre en el cual han cristalizado tales excelencias, ha ganado mucho, y nada, de seguro, a no ser fuerzas mayores y del todo incontroladas, hará que se desvíe un ápice de sus objetivos marcados. Este hombre, en el sentir del autor, es un hombre superior.
No seré yo quien contradiga opiniones que ratifica el sentido común; no obstante, la persona que por su esfuerzo ha ganado tal tipo de superioridad corre el peligro de convertirse en una maquinita un tanto repelente, por no decir que puede ser tomada por la soberbia y el orgullo desmedidos. Corre el riesgo de compararse con aquellos que no han conseguido nada, con ésos cuya vida les ha llevado de un lado u otro, sin rumbo fijo, a la deriva, y sentir una secreta alegría en su interior. Ellos, los que merecidamente han conseguido sus propósitos, son los superiores: han triunfado; los otros, los que no han logrado meta alguna, son los fatuos, los deshechos. A estos últimos se les consiente porque despiertan lástima y se les educa con el ejemplo correcto, con las buenas prácticas de etiqueta que son espejo donde mirarse; a los fatuos, en fin, se les tolera por un exceso de benignidad. Yo he conocido máquinas despiadadas que no se han permitido ni una leve distracción, seres repulsivos hasta por el forro, y soportar su compañía no fue agradable; eran trepas sin escrúpulos capaces de vender hasta a su madre por escalar algunos peldaños.
Quizá sea excesiva esta consideración, porque aunque exista tal riesgo, no necesariamente la persona de voluntad firme ha de caer en él. Pero no deja de ser cierto que bastantes de estos elementos voluntariosos están tan centrados en sí mismos, son tan ordenados y constantes, que a un observador imparcial le podría parecer que establecen un culto desmedido a su yo, ante el cual gira el mundo, lo divino y lo humano; son el centro, lo saben y lo hacen saber, por eso son superiores; egolatría lo llaman algunos. Su porte suele ser estólido (aunque si son inteligentes intentan disfrazarlo), y cuando se acercan a ti lo hacen por interés, para sacarte algo que ellos creen que tú tienes; nunca lo harán de manera desinteresada, por altruismo, para ayudar. Es posible que piensen que tales devaneos con el desinterés les harían perder parte de su precioso tiempo, y siempre hay algo más importante que hacer. El orden da coherencia a la vida, regula el gesto más nimio, desde la hora de levantarse hasta la forma de cepillarse los de dientes; lo que se ha de pensar, de leer, lo que se ha de sentir, y la ponderación de personas, tiempos y lugares. Un prójimo, sometámoslo a análisis: «¿Lo puedo utilizar? —se dice el máquina— ¿Sirve para que yo me enriquezca en algo? ¿Facilita la consecución de mis objetivos? No, ¡pues fuera! Sí, ¡adelante, acerquémonos!».
Quizá sean hombres superiores los de la guisa expuesta; no discuto al psiquiatra. Tal vez lo sean. Pero, en realidad, esta no es la cuestión. La cuestión es que son gente impostada, y esto sin necesidad de llegar a la caricatura. Vayamos por partes: Voluntad férrea, sí; orden, sí; constancia, sí; algo bueno se habrá conseguido con estas adquisiciones. Pero no lo importante, no lo esencial. A estos individuos aún les faltarían dos notas de carácter para que fueran realmente superiores: la pasión y la cordialidad. El autor del libro pasa sobre ellas como sobre carbones encendidos; las nombra, las considera, pero no las dialectiza lo suficiente, menos aún baja al mundo ejecutivo para suministrar ejemplos sobrados, estrategias, modos de encarnarlas, hábitos de vida. Es cierto que el autor llega a decir en algún lugar que la pasión por llegar a donde uno se ha propuesto es lo que late en el fondo de la voluntad, pero no deja de ser penosa tal verborrea sino matiza los contrapesos, pues refuerza la impresión de máquina que pueden causarnos este tipo de sujetos.
Por la pasión uno se entrega a una finalidad que está por encima de él; sale de sí y encamina la voluntad a la consecución de objetivos más altos que los de la mera contemplación de su ombligo. Al rebasarse un hombre a sí mismo en aras de un ideal superior, se anula; pero a la vez, y paradójicamente, se encuentra porque hace entrega de sí a la trascendencia: su vida la convierte en una misión apasionada. Por otro lado, lo que no deja de ser importante, ese paradójico olvido de sí le impide caer en la soberbia. Y si de pasión hablamos, ésta, por su misma naturaleza, está poseída por el exceso, por lo que puede desembocar en la locura, en la pérdida de realidad, en el olvido, y no sólo de uno mismo, sino del otro. La pasión tiene sus peligros, y podemos encontrar al hombre apasionado, profético, farisaico, que se inviste de mesianismo y le da por ordenar la vida de sus allegados y, por derivación, la del mundo en su totalidad. Por eso, la pasión ha de ser contrarrestada con la benevolencia, la cordialidad, que es otra de las formas de llamar al amor, aunque más suave, menos incisiva. La prefiero porque ya implica un punto de moderación que el amor en sí mismo, en sus grados extremos, no posee. La cordialidad modera los excesos de la pasión. Una vida entregada con pasión a un ideal que la rebasa, por definición, es una vida noble, y añadiría: es una vida con un destino verdadero. A la inteligencia fría, calculadora y calculante, la pasión añade el fuego del corazón, un gramo de locura y sin razón. Así la vida se ilusiona. Pero no nos confundamos: no olvidemos la referencia a lo cordial; a la postre, lo fundamental. La cordialidad pondera la verdad del otro —su existencia como diferente a la mía—, lo hace relevante en mi vida y me lleva a considerarlo un fin en sí mismo y no un medio; lo dignifica, lo vuelve importante, lo inviste de significado: lo convierte en mi semejante. Ese mundo en el que surge el amor fraterno, en el que el otro es mi hermano pues posee una dignidad igual a la mía, se vuelve más agradable y se hace humano de verdad; deja de ser un espacio de lucha competitiva y la ley de la jungla que antes imperaba en él se trueca en motivo para la cooperación y la celebración.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©