jueves, 14 de agosto de 2014

DE AMICITIA (7ª parte)



DE AMICITIA (7ª parte)



7

Al acabar de tomar el último bocado, siento soñarrera. Entre los seis hemos dado cuenta de las dos botellas de vino; no es mucha cantidad, pero a esta ingesta hay que sumarle las cervezas de los preliminares (tampoco he dormido lo suficiente la última noche, apenas cuatro horas y mal). Dejo hablando a los demás y me dirijo a una de las hamacas que hay junto a la piscina. Me tumbo todo lo largo que soy encima de la lona con listas azules y blancas. Cierro los ojos. Me invade el cansancio y pronto entro en un estado de duermevela. Sin embargo, aunque quiero, no puedo dormir; la apnea me lo impide. La apnea dichosa lleva una larga temporada que no me deja dormir, esto es, vivir: Al entrar en un estado de sueño profundo, me interrumpo con una parada respiratoria y enseguida me espabilo; vuelve a vencerme el cansancio y me ensoñisco otra vez, pero de nuevo surte otra parada, y se frustra el intento de dormir. Así ocurre ahora: Pretendo dormir; no lo consigo, me da rabia. «He tenido la mala suerte de que me ha tocado —me digo—. Si me hubieran construido mejor yo no tendría este problema. Me pasa por tener una mandíbula demasiado chica, el cuello gordo, descolgado el paladar y una hipertrofia de cornetes, ¡bah! A mi padre le ocurría igual; no podía dormir, y se pasaba el día y la noche de cama en cama intentándolo. Pero en aquella época no se conocían este tipo de dolencias; no se sabía que existía eso, la apnea, y a quien tenía este problema se le llamaba simplemente roncador. “Yo ronco mucho”, solía decir mi padre.» Al cavilar de esta forma, sin abrir la boca, estiro la mandíbula lo que puedo, hacia adelante a la vez que hacia abajo, y noto cómo el aire pasa por las vías altas con menos dificultad; dejo la mandíbula en su posición normal y noto cómo le cuesta pasar. Sin pretenderlo, casi de forma inconsciente, hago este movimiento varias veces; estiro la mandíbula hacia adelante y abajo, y luego la vuelvo a su posición. «¡Bah, qué mierda! ¡Puta apnea! ¡Si tengo la barbilla metida en el esófago! —con sonoridad, exclamo en mi interior— ¡No me extraña que se me atasque el galillo y hasta los cojones!».
La noche es muy agradable; no corre viento. Oigo hablar a los otros mientras chapotean en la piscina. Han debido meterse mientras yo me debatía, entre especulaciones, paradas y ronquidos, con el sueño. No los veo, tengo los ojos cerrados; pero los oigo. Paco, entre chapoteos, cuenta una anécdota sobre una familia de animales que vive en la población donde trabaja; una nueva.
—Han oído hablar —le oigo decir— de nombres raros, rusos, americanos, de esos, y decidieron ponerle a la hija Joseline, porque les pareció bonito. El problema es que como no saben escribir le pusieron Lloselín, con elle.
Oigo las risas; son risas sanas y frescas; no albergan ninguna animadversión contra nadie.
—Pero en el registro no se lo permitirían —objeta Ana.
—No sé si se lo permitieron o no —dice Paco—, el caso es que la cría va escribiendo su nombre como Lloselín.
Ríen de nuevo. Abro un ojo y de refilón los veo dentro de la piscina, como desvaídos. Hay cuatro en la parte donde se hace pie, cerca de las hamacas. Paco está en el centro y muy cerca de él se encuentra Pepe. Ana y Blanca están situadas en los bordes, una a cada lado; se sujetan con las manos en las bardizas y pedalean con los pies. Falta Encarna.
—¿El padre de la Lloselín es El Pirsin? —pregunta Ana.
A este personaje, muy significativo en el entorno social del campo de Cartagena, le llaman así por la cantidad de tatuajes y piercings que le adornan orejas, cutis, brazos, pecho, espalda y resto anatómico por el que hay piel.
—Sí, creo que sí; creo que así lo llaman —responde Paco—. ¿Cómo lo sabes? —pregunta.
—Mi hermana la tuvo a la Lloselín de alumna y conoce a la familia. El Pirsin es de aquí, de Los Belones, y aunque se fue del pueblo, su fama ha trascendido.
—¡Aing! ¡Aing! —exclama Paco y se echa las dos manos a la cabeza— ¡No me digas! ¡Cuenta!
—¡Vaya elemento! —exclama Ana—. Lo metieron en la cárcel por apuñalar a un novio de su hermana. La cosa no tuvo mayores consecuencias, pero tuvo que pasar unos meses a la sombra.
—¡Vaya! ¿De verdad?, no lo sabía —dice Paco.
—Fue algo muy sonado. El novio de la hermana era un sinvergüenza; un camello, creo —dice Ana—. ¡Ellos sabrán que negocios se traían! Tuvieron una riña en un bar, no se sabe si por la hermana o por la droga; el caso es que cuando echaron mano a las navajas El Pirsin fue más rápido y al otro le dio un pinchazo en un glúteo —explica Ana.
—¿En un glúteo? ¿En el culo?... —pregunta Paco con fingida sorpresa, se da palmaditas y ríe—. ¡Aing!
Desde mi posición, con los ojos entrecerrados, los veo agitarse. Oigo el chapoteo del agua. Las risas.
—Así fue. Nada de importancia, aunque lo enchironaron—continúa Ana—. La gente del pueblo se compadeció de su situación, pues El Pirsin, aunque un cabeza loca, no es mala persona y trabaja donde lo llaman, aquí, allí —manotea Ana señalando diferentes lugares del espacio—, e hicieron una colecta para ayudarle en la cárcel. Cuando salió se compró con ese dinero una cadena de oro... ¡así de gorda! —Ana incide en esa expresión: así de gorda, y pone su dedo índice delante de sus ojos de forma horizontal—, con cruz incluida. ¡Y por ahí va con la cadena y la cruz!
Oigo las risas otra vez. Pero siento un crujir a mi derecha, y con el rabillo del ojo veo a Encarna que se tumba a mi lado en la otra hamaca, silenciosa. Desde algún lugar se ha deslizado.
Los de la piscina se percatan del movimiento de Encarna.
—¡Mira, ahora la otra se va con Jesús! —exclama Paco.
—En vez de meterse al agua, ¡con lo buena que está! —dice Pepe.
—Vosotros seguid, que no me apetece —se disculpa Encarna.
—¿No te metes tú, Jesús? —me pregunta Pepe—. Sé que estás con un ojo abierto.
Por lo visto, es el momento de dar explicaciones.
—Me encuentro mal —digo, y oigo una voz pastosa, la mía—: He dormido mal esta noche pasada y no tengo el cuerpo jota.
—¿Cómo que no te metes? —insiste Blanca.
—No me encuentro bien —repito, y me incorporo un poco con el fin de mostrar galantería. Lo último que me apetece es meterme en el agua. —Yo disfruto viéndoos disfrutar. Seguid, seguid…
—Está muy buena; ahora está calentísima —hace notar Pepe.
—¡Que disfrutéis! —termino por zanjar y me dejo caer en la hamaca. Cierro los ojos.
Pero Blanca no se queda muy convencida, parece.
—¡A ver si a ésos dos les da frío! —le oigo decir a Blanca—. ¡Vamos a echarles por encima una toalla o algo!
—¡Al cuello se lo tenías que echar!
Ha sido Pepe.
 Sale Blanca de la piscina y se acerca a las hamacas. Oigo su rumor, el resbalar del agua por su cuerpo.
 —¿Os echo algo por encima? —pregunta Blanca. Está casi encima de mí. Noto su aliento.
—Sí, Blanca, por favor, échame encima una toalla si puedes —le pido sin abrir los ojos.
Al poco me arrebuja con una toalla. Siento un agradable calorcillo por el cuerpo. El relente ya se empieza a notar.
—Encarna, ¿tienes frío? —oigo que le pregunta Blanca a Encarna.
—No, no mucho —contesta Encarna.
—Lleva cuidado no te refríes; los resfriados de verano no son buenos. Si quieres te pongo algo encima como a Jesús.
Y entonces oigo a Paco desde la profundidad de la piscina:
—¡Tápate, hija, no te me vayas a poner enferma, que sólo faltaba eso!
Oigo un ligero chapoteo y la risilla de Paco.
—Bueno, sí, ponme algo —concede Encarna.
Blanca, solícita, le pone a Encarna algo por encima, no sé; sigo sin abrir los ojos. Supongo que también una toalla, al igual que antes lo ha hecho conmigo.
—Gracias —dice Encarna.
—No hay de qué.
—Estos como se descuiden cogen algo —dice Blanca a los otros—. Se nota ya un poco de relente.
Blanca no vuelve a la piscina. Se seca y se introduce en la casa. Los otros siguen hablando. Cuentan anécdotas, chistes, qué se yo. Es a Paco a quien más se le oye.
Sigo sus chascarrillos, con la oreja puesta. Los oigo hablar a retazos, a veces como muy distantes. Me esfuerzo en oírlos; sus voces van y vienen, como si provinieran de una frecuencia mal sintonizada y hubiera que estar ajustando el dial una vez y otra. Me esfuerzo en seguir oyéndolos… pero, sin darme cuenta, desconecto.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©