lunes, 11 de agosto de 2014

DE AMICITIA (6ª parte)

DE AMICITIA (6ª parte)



6

Ana tiene controlados hasta los más pequeños detalles. A sus ojos, profundos y móviles, no se les escapa nada. Ha pensado en todo. A dos jarrones les ha colocado una vela en su interior, y puestos sobre la mesa, sirven a modo de linternas. Le ha hecho encender a Pepe unas antorchas por el jardín y alrededor de la piscina. Debajo de la parra, sujeto por las colañas, hay colocado un plástico para que no caiga suciedad. Y, desde esas mismas colañas, cogidos por garfios, cuelgan un par de faroles. Con las luces de la casa apagadas, a la luz de estas luminarias, la velada se convierte en íntima. Me viene a la memoria haber visto a Ana, alguna vez que hemos ido a andar por el Paseo de Los Nietos, cuando junto a Blanca ha echado delante de Pepe y mío —quizá debido a alguna ilusión óptica, puede ser— ¡con los dos pies en el aire! «¿Cuándo descansará esta mujer?», me pregunto.
Retira Ana las primeras bandejas y coge de la mesita auxiliar un cuenco grande de gazpacho. Pepe le ayuda a repartir otros cuencos más pequeños de color amarillo, con rameados en su interior de flores verdes y azules. Sirve Ana el gazpacho con un cazo que lleva el mismo color y motivos que los cuencos; luego alcanza una bandeja en la que hay unos buñuelos de bacalao y nos la pasa para que nos sirvamos. «Serviros vosotros», dice. Pepe rellena los vasos con el vino que ha traído Paco. Es de una marca que no conozco; rojo, oscuro, con cuerpo, sabor a roble viejo, deja un gusto perdurable en el paladar. No me desagrada la cata. Al parecer, según había comentado con anterioridad, se lo ha recomendado el bodeguero. Es mucho mejor que el vino de Rueda que hemos traído nosotros.
Paco, al observarme bebiendo el vino, se me ha quedado mirando con ojos fijos, de loco. No me ha mirado a mí, se ha quedado sencillamente así, abstraído. ¡Dios sabe lo que pasará por esa cabeza!
—¡Qué Luna más bonita! —comenta Pepe, al terminar de escanciar a los demás el preciado licor, el mosto de la embriaguez.
—¡Es la leche! —Doy un chasquido con la lengua y deposito en la mesa el vaso de vino—. Estas lunas llenas de verano, son la leche; son preciosas —confirmo con equívoco sentido para dejar en el aire si me refiero a la Luna o al vino.
Paco vuelve de su ensimismamiento, y nos cuenta una anécdota que le ocurrió no hace mucho; «la semana pasada», dice. Se la han recordado los buñuelos de Ana, que, por cierto, están riquísimos.
—Fuimos —dice— a un bar, La Tapería se llama, a tomar unas tapas por la noche, y allí no cabía un alfiler.
—Estaba de bote en bote— le secunda Encarna.
—Habíamos ido a propósito a ese bar porque unos amigos nos habían comentado lo buenas que hacen las tapas —explica Paco—. Pero al pedir, el camarero nos dice que no puede atendernos y que debíamos de haber llegado antes; nos lo dice de malos modos y levantando la voz. Entonces le digo: «No te estreses, que yo vengo de trabajar, ¿sabes? Yo soy un trabajador como tú, no te estreses —Al decir esto de no te estreses, Paco pone ojos de loco como la vez anterior, abiertos de par en par y muy fijos—. No te estreses, le repito, venimos a hacerte una consumición, si no nos pones tapas de unas, nos pones de otras; no pasa nada, no te estreses. Esperamos sin problemas a que haya una mesa libre». Y el tío imbécil insiste en que no puede atendernos y que ya es muy tarde.
—Buena manera de hacer clientes—interrumpo—. ¿Dices que se llama La Tapería?
—Sí.
—Es para no ir allí.
—Hay mucho imbécil suelto, así van los negocios —comenta Pepe—. Ahora que tienen el verano para aprovechar, tratan a los clientes a patadas y, después, en invierno, se están comiendo los mocos.
—Lo mismo es que se estresan —dice Ana.
La ocurrencia de Ana despierta la risa y azuza nuestras ganas de hablar.
—Yo creo que algunos locales de esos deben de ser tapaderas para blanquear el dinero —digo, con tonillo de sospecha—; no puede ser que con dos meses funcionando mal que regular y el resto del año parados, saquen para vivir. Deben de vender droga por lo bajo.
—Bueno, y al final qué —pregunta Blanca dirigiéndose a Paco.
—Pues nos tuvimos que ir a otro sitio, porque no había manera de convencer al camarero de que nos atendiera.
—Lo que yo digo, ¡la leche! —recalca Pepe—. No hay manera de entenderlo.
—Nosotros—dice Blanca— la otra noche estábamos en el puerto de Cabo de Palos y vimos una escena. Bajaron de un barco unas siete u ocho personas, creo (debían de ser familia), y otras tantas personas, tal vez menos, unas cinco o seis, las esperaban en el puerto, por lo que se debió de juntar un grupo de doce o trece. Después de amarrar el barco, se encaminaron a un restaurante que no tenía a nadie y casi siempre está vacío. Eran más de las once de la noche, pero a esa hora, en verano, no es demasiado tarde. Hablaron con un camarero. Luego el camarero se introdujo en el local y al poco salió el dueño (debía de ser el dueño), y los del grupo hablaron con él. Vimos cómo hablaban, los gestos que hacían con las manos y la cara de desaliento de los frustrados comensales cuando el dueño, por lo visto, se negó a atenderlos. No duró mucho la conversación. Al poco, la comparsa se encaminó al restaurante de al lado, que tenía alguna clientela.
—Insisto en que deben de vivir de la droga —digo, y me sorprendo al percatarme de que estoy agitado—, sino nadie se explica que se permitan el lujo de perder clientes. Si es que no tienen de nada porque han agotado las existencias, las buscan donde sea, piden a quien sea y sacan lo que sea —insisto—. Pero ganan unos clientes. Así los han perdido.
—Y para siempre —sentencia Blanca.
—Y los sablazos que dan son suaves, ya nadie puede salir de casa—dice Pepe—. Con perdón de los judíos, son unos judíos, y errantes.
—Y sin ser holandeses —añado a la gracieta—. Exonerando a los judíos —agrego.
—¡No, qué va! —exclama Pepe.
—Antes no era así —dice Ana—. Yo recuerdo que hace unos años podíamos salir a cenar fuera de casa y no era relativamente caro. Ahora nadie puede.
Y las hipotecas subiendo —dice Pepe—. Hay gente que gana una miseria al cabo del mes, novecientos, mil euros, o menos, y con eso tiene que tirar adelante una familia. ¡No sé a dónde vamos a ir a parar!
—La situación está mal, pintan bastos —corroboro.
A todo esto un gato pequeño, el Vaqui, pasa como una exhalación por debajo de la mesa.
—¿Habéis visto? —pregunta Ana. Y dice sin esperar respuesta—: Es Vaqui, uno de los que ha tenido La Careto en abril.
—¡Son unos petardos! —expresa Pepe.
—¡Qué bonico!—exclama Blanca— ¿Cómo sabéis si son machos o hembras? Son muy pequeños, ¿no? —pregunta.
La Careto parió a los gatitos en la leñera, debajo del hueco de la escalera que sube a la terraza, por lo que estamos en su territorio. A mis amigos les gustan los gatos. Ana se crió junto a ellos; su madre es una gatera de cuidado, por lo que le viene de raza. Si alguien necesita saber algo de gatos, debe preguntarle a Ana; lo sabe todo sobre el tema. Yo le he conocido ya varios. Lo triste es cuando mueren; sus vidas son demasiado cortas y suelen tener un final trágico. A Lusilú, una gata persa preciosa, la pilló un coche en la misma curva que hay a la salida de la casa; Dombosco y Mony, salieron para no regresar jamás; Rubi, lo mismo; Grisi murió de leucemia felina, e Isabella. Cualquier precaución con ellos es poca, se contagian. Los gatos acompañan a su manera, son independientes pero dan mucho cariño. Cesi, un gato capón de seis kilos, no quieren que salga, para que no se pierda o lo mate un coche como a otros. Drusi, hermana de Cesi, y también castrada, es inteligentísima, tanto que sabe abrir las puertas: salta hasta el picaporte, le da hacia abajo con una patita y lo gira. Hay que verlo. La inteligencia animal es sorprendente. «Nadie puede ser malo si le gustan los animales», me había comentado Blanca en una ocasión. «Aquí no les hacemos nada más que mimitos; no los maltratamos ni les hacemos daño; al revés, buenas tripas de jamón cocido y sacos de pienso nos cuesta sacarlos», dijo Ana una vez.
—Hemos podido cogerlos en algún descuido de la madre —explica Ana, dando respuesta a la pregunta de Blanca—, y nos han puesto suaves a gañazos y escupitajos; no se dejan coger fácilmente. Creemos que son dos machos y una hembra. La hembra, Espe, parece la más lista; de hecho, abulta el doble que los otros dos.
—¡Como buena mujer! —dice Pepe con la boca de oreja a oreja.
—¡Tonto!—exclama Ana, se sonríe y le da a Pepe un sonoro manotazo en medio de los omoplatos.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©