lunes, 25 de agosto de 2014

DE AMICITIA (11ª parte)

DE AMICITIA (11ª parte)



11

Muchos años más tarde, tomando unas copas después de un patético claustro, en uno de esos momentos en que resulta fácil la sinceridad, cuando todavía no estás demasiado ebrio para que todo te importe un bledo, ni demasiado sobrio para no perder la discreción, y te apetece hablar y sincerarte con alguien que sea capaz de escuchar tus penas, le conté a Felipe Carbonell las razones por las que me había apartado del seno de la Iglesia y cómo se había truncado mi vocación religiosa.
—En realidad, la culpa la tuvo Ángel, no recuerdo su apellido —le dije a Carbonell—. O, por lo menos, todo acabó por él. Al término de una reunión de focolares, en la cual se había invitado a un por entonces popular presentador de televisión para que hablara de su vida y diera testimonio de su fe, se me acercó el tal Ángel y me preguntó a bocajarro:
»—¿Te ha hablado Dios?
»Reflexioné sobre el sentido que podría tener aquella pregunta y lo que debía contestar. Miré desconcertado hacia el techo, y luego hacia la puerta de salida. Al cabo de un rato, le dije:
»—No.
»Ángel hizo un ligero ademán que no me gustó, y percibí, o me pareció, una ligera sonrisilla en sus labios antes de que se retirara sin decirme nada.
»Aquellos individuos reían mucho; Ángel (vestido siempre con un traje impecable y corbata), quien gozaba de una consideración especial en el grupo, el primero. Dejaron de parecerme serios; ya no. Incluso a pesar de la gran labor que realizaban y de la grandeza indiscutible de sus almas, ya no me parecían serios. La pregunta de Ángel fue algo anecdótico, pero la manera de formularla me pareció que rozó la blasfemia. El nombre de Dios, pensaba yo, había que tomarlo más en serio; no era justo utilizarlo como daga traicionera para poner al descubierto la intimidad de nadie. Sí, me molestó que Ángel tomara el nombre de Dios en vano.  Fue el celo que sentía por el Santo Nombre de Dios, no otra cosa (ni siquiera la perversidad de Ángel), lo que me hizo apartarme del grupo. Di un carpetazo a aquellas reuniones y no aparecí más».
—¿Qué te dijo el padre Font cuando le contaste lo ocurrido? —me preguntó Carbonell.
—Nada. No se lo conté —le respondí—; era una percepción demasiado sutil para poder contarla. Me retiré y punto. —Y añadí, al poco—: No fui a ver al padre Font porque me avergonzaba.
—¿Te avergonzabas?...
—Sí, me avergonzaba.
—¿De qué?
—No digas de qué sino de quién.
—¿De quién? ¿Del tal Ángel?
—No —le contesté—. Ángel era un máquina, uno de ésos que lo tienen todo demasiado claro; un pobre diablo que necesitaba afirmarse a costa de los demás. No, no era de Ángel.
—¿De quién, pues? ¿De tu padre?
—No. Me avergonzaba de mí.
Me objetó Carbonell que lo que le había contado por sí solo no podía ser motivo suficiente para quebrar mi vocación religiosa, a lo sumo podía haber sido la razón de la ruptura con los focolares, pero no con el padre Font, ni menos con Dios, si era verdad que tanto celo sentía por su Santo Nombre.
—Hay más —dije a Carbonell.
Las otras razones había que buscarlas en mí interior. Aquella anécdota, contemplada desde un punto de vista que no fuera el de mi subjetividad, tan intrascendente, fue capaz de desencadenar dentro de mí un mar de dudas y, a la postre, una hecatombe; me removió zonas oscuras que aún hoy no sabría precisar. Me desfondé; perdí la ilusión; me desinflé, no sé cómo. Miré hacia los otros, y reían. Reían todos. Me sentí ridículo. Mi padre, por su parte, tomó cartas en el asunto y montó ciertos números que deseo olvidar; a un hombre le conviene ser discreto cuando se trata de airear asuntos de familia.
—Comencé a comprar revistas pornográficas y a masturbarme —dije a Carbonell—. Cuando cogía dinero me iba de putas a la Ballesta.
Sin embargo, terminada aquella confesión a Carbonell, le dejé claro que, a pesar del avatar de mi adolescencia y de cómo había sido arrumbada mi vocación religiosa, en la actualidad, casado con una mujer que me quería y a la que quería, con una hija que era mi delicia y con un modo de vivir que fluía sin demasiadas turbaciones, cuando paseaba solo por las calles de Murcia, muchas veces se desprendía de mis labios una plegaria y tenía un recuerdo amable de gratitud para la Virgen María, mi Madre del cielo, bajo cuyo manto siempre me he sentido protegido.
De sopetón se quiebra el hilo de mis pensamientos. Oigo:
—¡Aing!… ¡Aing!…
Me incorporo en la hamaca. Es Paco. Ha sacado Ana un álbum de fotos de familia, y lo está mostrando. Veo una serie de cabezas abruzadas sobre él; pasan las páginas y comentan detalles. Cada foto es objeto de alguna apostilla.
—¡Aing!, ¡qué bonica está tú hija! ¡Aing! ¿Esté eres tú, Pepe, con aquellos vestidos que nos ponían? ¡Cualquiera te conoce! ¡Aing! Ana, ¿eres tú ésta?
—Sí, casi no me reconozco —dice Pepe.
—Éramos más jóvenes entonces, y mejores personas —comenta Ana.
Ríen.
—Yo cogí los coletazos de aquella época —dice Paco.
—Tú eres más joven que yo —dice Pepe.
Mentalmente hago un cálculo: Paco es más joven que Pepe y Pepe es más joven que yo; a su vez, Ana es mayor que Paco pero más joven que Pepe, y Blanca es menor que yo, pero mayor que Ana. Luego yo soy el más viejo. «Soy el de mayor edad, y sin enterarme de qué va esto, ¡genial!», reflexiono. Queda en el misterio la posición de Encarna en dicho ranking, aunque sospecho que hay que situarla en el lugar opuesto al mío.
—Sí, pero yo pillé algo —responde Paco a Pepe—. Fueron los últimos coletazos de aquella época, pero los pillé —insiste y, al pasar una página del álbum, señala una foto con el índice, y exclama—: ¡Aing! ¡Mira qué jóvenes estáis en ésta!
Me dejo caer. Una vez más desconecto, se me van los pensamientos, y no sé hacia dónde. La infancia tiene algo de entrechocar de topes, cambio de vagones, de viejas máquinas de vapor, de acoplamiento de trenes. Veo a mi padre con un mono azul; está tiznado hasta las cejas y sonríe; su risa es blanca. Veo un botijo rodeado con un trapo, sucio de hollines, en un lateral de la máquina sobre la que mi padre está subido. Escapa un vapor blanco por las bielas, un silbido atronador anuncia que el tren se pone en marcha. Entonces los días eran azules y nuevos. ¡Cómo termina todo! La vida nos precipita hacia la muerte, hacia ese gran acto final en el que todo se diluye: el recuerdo, las ilusiones, las esperanzas rotas... Se descomponen las cosas a pasos agigantados, los días aquellos que parecían eternos, que no concluían; se descompone el mundo; todo se desmorona y sucumbe y no vuelve. Aunque bien mirado, pienso, quizá el que se descompone soy yo y el mundo siempre es el mismo, roto pero radiante. «Debo de estar ya viejo —me digo—. Estos nuevos amigos, tan jóvenes, poseen el impulso que yo estoy perdiendo; tienen ganas de vivir, de luchar, de tirar hacia adelante. Y yo me siento cansado. Me gustaría detener el tiempo; no pensar, detener el tiempo, quedarme así, tal como estoy, con esta ligera sensación de felicidad o tristeza».

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©