sábado, 2 de agosto de 2014

DE AMICITIA (2ª parte)

DE AMICITIA (2ª parte)


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Llegamos al filo de las nueve de la noche, la hora convenida. Sale Pepe a recibirnos. Precipitadamente se ha puesto un suéter encima del torso desnudo. Lleva un pantalón corto y camina en chancletas. Pepe es casi de mi misma estatura, un poco más bajo y mucho más delgado; omitiremos la edad. Como yo, usa gafas, pero a sus ojos, generalmente pícaros, no hay monturas que los disfracen. Es un hombre, si no se desmadra, de ironía contenida; las coge al vuelo y es capaz de soltarlas cuando menos lo esperas; hacemos buenas migas. Hace calor. El día de hoy ha sido muy riguroso, ese aire africano ha puesto el termómetro cerca de los 40º, y eso que estamos en la playa. Pepe le da un beso a Blanca y luego me tiende la mano, pero en vez de ofrecerle la mía, le pongo una botella de vino en la suya. Se sonríe.
—Está fresco, pero mételo en el congelador para que no se caliente —le digo.
—¡Pasad! Ana está terminando de preparar las cosas.
Avanzamos por el pasillo del que cuelgan algunos óleos de gusto esquivo y reproducciones de litografías a color del siglo XIX; la galería queda rematada por las fotografías en sepia de los ancestros. Ana está en la cocina atareada, ultimando los preparativos de la cena; vigila una sartén puesta encima de la vitrocerámica. Sobre la repisa de la cocina y en una mesa adyacente hay una serie de platos con viandas, listos para sacarlos al porche en donde vamos a cenar. Ana es una mujer delgada, espigada, pura energía; posee un rostro oval y proporcionado en el que destacan dos enormes ojos castaños, escrutadores, intensos; su nariz es clásica, sus labios finos y delgados, la frente despejada; el pelo, lacio y negro, le cae en una corta melenita.
La felicitamos con sonoros besos.
—¿Podemos ayudar en algo? —preguntamos Blanca y yo al unísono.
—No, no hace falta. Tomaros, mientras llegan Paco y Encarna, una cerveza. —Después manda a Pepe, elevando un poco la voz—: ¡Pepe, sácales una cerveza!
—Para mí, no —declino la invitación—; prefiero esperar a que estemos todos.
Blanca es de la misma opinión.
Blanca se queda con Ana en la cocina, Pepe se hunde por algún lugar de la casa, quizá va al garaje a coger algo, y yo salgo al patio.
Es la hora del crepúsculo; la noche inminente se deja caer, pero la oscuridad todavía no ha ganado espacios suficientes como para no distinguir los perfiles de los montes. Desde el porche contemplo el entorno. A mi derecha surge la joroba admonitoria, parecida a un cono ligeramente inclinado, del monte del Cantalar, cubierto de pinos, en cuya base se encuentra un nacimiento de agua, que haciendo alarde de la imaginación los nativos del lugar llaman La Fuente. Contiguo al Cantalar está el Cabezo de Hornos; ambos conforman la figura de un dromedario; la Luna, tras su joroba, anunciada por un blanco resplandor, no tardara en emerger, gloriosa y plena. Al frente se extienden las terreras salpicadas de casas, rastrojos prontos para la quema o el rejón, huertos de limoneros y tierras en barbecho; arañadas por la rambla de La Carrasquilla, que en su descenso hacia el Mar Menor ha dejado un tortuoso surco donde abundan las mimosas y los pinos, estas tierras son en extremo fértiles y se las explota de manera intensa. Al fondo, cierran el horizonte, tal y como lo recorre mi mirada, el campo de golf de Atamaría —se han encendido las lucecitas de las casas y parecen luciérnagas artificiales iluminando el índigo de la tarde—, el Cabezo de Enmedio y las crestas de la sierra del Sabinar; por detrás asoman los perfiles de la Sierra Minera. Un poco más allá se emplaza el Cabezo de San Ginés, monte sacro en cuya falda se encuentra la cueva Victoria; con el resplandor último del sol, en la rojez del cielo de poniente, distingo, junto a los restos del antiguo monasterio, cómo por su grupa suben las ermitillas derruidas de un antiguo calvario. Hacia mi derecha cae una ladera en suave declive hasta el mar; se suceden una serie de chalets, y pronto aparece una herida de sordo rumor por la que numerosas luces móviles cortan el espacio de este a oeste: la autovía de La Manga. Hoy, coincidiendo con el fin de semana, es día de salida para unos, de retorno para otros; abunda el tráfico en ambos sentidos. Franqueada la autovía, las tierras se descuelgan en pendiente; quedan por allí Los Belones, bancales sembrados de melonares, alguna palmera enhiesta mostrando su orgullosa copa, oliveras desparramadas en grupos, algarrobos y, al fondo, en lontananza, la línea del Mar Menor, alumbrada por las luces de algunos de sus pueblos ribereños: Los Nietos, medio oculto por El Mingote, en primer lugar; Los Alcázares, un poco más lejos; aún más, Santiago de la Ribera. Aunque no la veo, intuyo la serpiente de luz de La Manga, sus edificios que parecen emerger del fondo mismo de las aguas. Las islas de El Barón y la Perdiguera flotan, serenas, sobre la albufera.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©