viernes, 8 de agosto de 2014

DE AMICITIA (5ª parte)

DE AMICITIA (5ª parte)



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—En el pueblo donde trabajo son muy animales —dice Paco—. Llegó uno a pagar el sello del coche. «Vengo a pagar el sello del coche», se encara conmigo, delante de la ventanilla. «¿Cuál es su coche?», le pregunto. Y me responde: «Es un Corsa blanco». «¡Ya! ¿Cuál es la matrícula?», le vuelvo a preguntar. «Un Corsa blanco», me vuelve a decir. «De acuerdo, ¿pero qué matrícula tiene?», le insisto. Y entonces me repite silabeando y despacio por si no lo he entendido: «Es un Corsa blanco». Le digo de nuevo: «Necesito la matrícula; ya sé que es un Corsa blanco». «No sé la matrícula, no me acuerdo; pero es un Corsa blanco, ¿sabe?», me recalca. «Ya —le digo con mis mejores modales—, pero si no me trae la matrícula no puedo tramitarle el sello». Se va el buen señor y al poco me trae la matrícula del coche —realiza Paco un gesto con las manos y dibuja en el aire un rectángulo alargado— y me la esclafa ahí delante. —Se ríe a mandíbula batiente—. ¡Son muy animales en ese pueblo, muy animales! —repite sin dejar de reírse, llevándose el puño de la mano derecha a la frente.
La anécdota referida por Paco sirve de pretexto para hablar de lo burra que a veces es la gente, y sin el a veces. Ana cuenta una historia (ya se la había oído yo en otra ocasión) de antes de la guerra del siglo pasado. Resulta que va uno de su pueblo, de familia de gente pudiente, de las que se podían permitir ciertos lujos, dice, un tal Casamata, el abuelo de los actuales Casamatas, de viaje de novios a un hotel de Cartagena, lujoso, de lo mejorcico del momento. Aquel hombre de haberes, pero apegado al terruño, en su vida había visto una bombilla, así que cuando los novios en la suite del hotel, tal y como mandaba el recato sexual de la época, pretenden apagar la luz y entrar en intimidades, se sube a una silla y comienza a soplar a la lámpara; no logra apagarla y sopla más fuerte. Como aun así no puede apagarla, para quedar bien delante de su novia, la que ya se siente inquieta y como avergonzada, no se le ocurre otra cosa que llenar un cubo de agua y echarlo por encima de las bombillas. ¡El colmo! ¡Casi incendia el hotel! Ana pone los labios en forma de cero y la palma de la mano enfrente de ellos, y sopla. Estallamos en risas.
Al hilo Pepe cuenta otra anécdota, o chiste, acerca de unos de su pueblo. Dice que es un caso real, aunque no sabemos si podemos confiar en él; nos queda la duda. Va de novios, de luces y sombras. «Antiguamente los matrimonios eran muy pudorosos (ya lo ha dicho Ana), y solían hacer el amor a oscuras. Una pareja de novios de mi pueblo en su noche de bodas apagaron la luz y se dispusieron a cohabitar. Pero la novia, pudibunda, que para prepararse había entrado antes que el novio en el cuarto, al desnudarse puso encima de la cama el abrigo de visón —eran gente de perras— y se fue para el baño. El novio, cogido en ansias, no estaba para muchas esperas; así que entró, furtivo, en el cuarto, en el cual reinaba la oscuridad más absoluta, para hacer el amor a lo salvaje. Desesperado y enhiesto como se encontraba, fue y echó mano al visón. Después de palparlo y repasarlo varias veces con bárbaro frenesí, asombrado pregunta a la novia, sin dejar de palpar: “¿De verdad, es todo tuyo?”.»
Pepe apoya su ocurrencia con un gesto de manos, y hace como si alisara un visón invisible.
Pienso yo en un chiste de Jaimito, pero me muerdo la lengua. Es chiste gastado y me puede el sentimiento del ridículo. No tengo gracia para contar chistes.
Paco se anima y cuenta el de la orgía. «Dos hombres y tres mujeres deciden realizar una orgía, pero para darle más emoción y morbo al asunto, lo hacen con la luz apagada. Al cabo de media hora, uno de los hombres enciende la luz y dice: “¡Un momento, vamos a organizarnos! ¡Llevamos media hora de orgía y resulta que yo sólo he metido una vez y ya me han dado cuatro veces por el culo!”.»
Ana pasa a la acción y relata otra historia de su repertorio, de las de época; dice que es verídica: «Antiguamente, la noche de bodas era un gran acontecimiento y estaba ritualizada sobremanera. Como las novias generalmente eran ingenuas y con poca experiencia, en esos momentos cruciales de sus vidas se dejaban guiar por las abuelas. Resulta que una novia había perdido el himen, y se trataba de ocultar tal eventualidad al novio. Así que la abuela le dice a la novia que no se preocupe, que apague la luz cuando vayan a entenderse y le deje hacer a ella. Llega la noche, la novia se prepara para recibir al novio y se pone en el sitio unas gasas que amortigüen los envites del frenesí y den el pego; la abuela, mientras tanto, se mete en el armario para vigilar y estar al quite por si algo falla. El novio, en la oscuridad, entra en la alcoba, medio borracho y enervado, presa de la pasión y el deseo, con tan mala suerte que mete el pie en un cubo que anda por allí. “¡Madre mía, si lo he metido hasta el fondo!”, exclama el pobre hombre. Y entonces la abuela, que piensa lo que piensa, le responde desde el armario: “¡Que es de boca ancha, imbécil!”».
Quiero participar en la ronda de chistes con algo que sea gracioso. Me acuerdo de un chiste, de los que suele contar mi tío, y arranco: «Va el obispo al convento de monjas, las reúne y les dice: “Últimamente estoy teniendo una serie de visiones referentes a una monja de este convento; de momento no tengo claro de que se trata, pero conforme las visiones me lo muestren os lo iré contando”. Así va el obispo una y otra vez al convento y dice lo mismo: “¡Ya os lo iré contando!”. Las monjas todas están en ascuas; el obispo tiene fama de hombre santo. Un día, el obispo les dice: “¡Ya sé de qué se trata! Resulta que a una monja de este convento… ¡le va a salir novio! —exclama con énfasis. Esclarece la voz y, luego, añade solemne—: Pero todavía no tengo indicios suficientes de cuál será la agraciada”. Vuelve el obispo otro día (las monjas están que no caben en sí): “No sé aún cuál de vosotras recibirá la gracia, pero se me ha revelado un indicio: ¡tiene que tener la boca muy pequeña, de piñón! —suelta, y ceremonioso, agrega—: Ya iré aclarando en el futuro, según las visiones me lo muestren, más indicios al respecto”. Toman las monjas nota y todas ellas se chupan las mejillas hacia adentro, pero la más fea lo hace de forma exagerada, tanto, que por la oclusión de los labios no puede comer sino tan sólo tomar líquidos con una pajilla. Así anda el convento cuando llega de nuevo el obispo. Se supone que ese día es el de la revelación final. “¡Ya sé a la que le va a salir novio! —prorrumpe el obispo, eufórico—, pero resulta que la vez anterior me había equivocado —dice luego por lo bajo, con tono de disculpa, y, retomando la gravedad, precisa enseguida—: ¡No es a una monja de boca pequeña! ¡Es a la monja de la boca más grande!”. En esto, la monja fea que lo oye, y que había estado los días atrás alimentándose con la pajilla, abre la boca lo que le da de sí, y dice: “¡Haberlo dicho anteeeeeeeeees…!”».
Se escapan unas risas de compromiso. Para contar chistes hay que tener gracia, y yo no la tengo. No basta que éstos sean ingeniosos, sino que hay que saber darles la modulación oportuna de voz y los gestos adecuados. A mí me falta la chispa. No sé por qué, con lo largo que me ha salido el dichoso chiste, y quizá por la amenaza que sienten de que pueda contar alguno más, percibo de que a los demás se les han quitado las ganas de seguir por ese derrotero. Y de hecho, así ocurre.

 (continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©