VOCES
ROTAS
GUILLERMINA
SÁNCHEZ ORÓ
OCTUBRE
NEGRO EDICIONES
¡Qué gran verdad expresa el apotegma que
enuncia que donde está la herida también está la cura! Suele ser así, y el
terapeuta del alma bien conoce que cualquier sanación debe abordar y sacar a la
luz aquello que produjo el dolor, esto es, debe hurgar, por violento que sea, en
la herida. Se trata de curar al hombre dañado por una flecha, tal como Buda hace
tiempo enunció, por lo que no es plan de saber qué tipo de flecha le traspasó,
quién la disparó y desde qué ángulo, sino de arrancarle la flecha y sanar su
desgarradura; después se indagará. Dicho lo cual, por la gravedad de la herida,
la cura puede ser más o menos larga y tortuosa; en cualquier caso, no se trata
de perderse en procedimientos o en discusiones superfluas sino en abordar de
cara el problema, y aunque esto conlleve remover fondos oscuros, al cabo,
aunque queden las cicatrices, se tendrá la certeza de haber alcanzado la
sanación.
Guillermina Sánchez Oró en Voces rotas trata de sanar una herida de
familia acerca de algo que ocurrió y no debía de haber ocurrido; acerca de algo
que, una vez sucedido, se habló en voz baja, con dolor soterrado, rabia y
respeto. De esta forma, los demonios del sufrimiento siguieron hurgando los
fondos de nuestra autora hasta el punto de que terminaron por reclamar una
confrontación radical para mitigar el dolor, porque el dolor no se aplaca sino
se le afronta, y, si cierto es que el daño no se puede reparar propiamente, por
lo menos, se puede transfigurar y conducir hacia algún tipo de redención.
Guillermina es una mujer asertiva, de natural
ariano y difícil de arredrar, y, por si fuera poco, de temperamento artístico,
faceta no desdeñable que suma a su carácter el don de la creatividad. Por eso, como
mejor medio para afrontar el doloroso hecho que produjo aquel desgarro, en la
familia y en ella misma, ha encontrado la expresión literaria, gracias a la
cual expone el drama y redime a la mujer, su tía, que sufrió aquel percance.
Ahora bien, no solo se queda ahí (algo que en sí mismo sería un logro de
especial relieve) sino que alienta la esperanza en cualquier otra mujer que
haya pasado por tan vil experiencia como la del tráfico de personas, esto es,
de la trata de blancas. El clamor que eleva Guillermina Sánchez Oró es fuerte,
potente, y en su ímpetu arrastra a esa necesaria redención no solo de las
víctimas, sino también de aquellos otros que perpetraron el crimen. La
confrontación será radical.
Voces
rotas
constituye un thriller apasionante en
busca de la verdad, el honor y la sanación, los capítulos se suceden rápidos y
los personajes quedan engarzados en la trama con especial maestría.
«Judit
estaba obsesionada con la muerte de su tía, Ysabel», esta es la primera frase
de la novela y supone el pistoletazo de salida. Judit se obsesiona tanto con la
muerte de su tía, piensa en ella tan frecuentemente que camina por el borde de
la depresión y termina por somatizar la zozobra interior que llevó a su tía al
suicidio. ¿Por qué? «En plena flor de su vida, cada vez que se asomaba a una
ventana o se asomaba a un balcón, le venía la imagen difuminada de su tía, se
le emborrachaba la mente y sentía un impulso irresistible, una tentación que la
arrastraba a ejercitar esa visión».
Judit desarrolla su vida en Ceuta, pero al
finalizar los estudios medios de bachillerato marcha a estudiar abogacía a la
universidad de Oxford. Terminado el curso, el destino le deparará una
desagradable sorpresa: Fátima, su amiga del alma, quien le daba apoyo y
consuelo por la pérdida de su tía, mientras bebía una copa desaparecerá de uno
de los bares más emblemáticos de Oxford, The
Bridge. Puesta al corriente la policía londinense, se harán cargo de la
investigación las inspectoras Lidia y Tamara. El drama está servido y comenzará
una investigación que se desarrollará dentro de un gran arco geográfico e
involucrará a la CIA.
¿Cómo se pueden realizar actos tan execrables
como el de la trata de blancas? Indudablemente hay un proceso. El mafioso se
hace. Suele nacer en un entorno social necesitado y, poco a poco, para sacar
dinero y sufragar gastos cotidianos, se anima a cometer pequeños crímenes;
estos irán en aumento y cada vez serán más abominables. No hay amigos entre los
mafiosos, pero sí existe el prestigio que da lo horrendo, el cual permite
ascender por los escalafones de la organización. Por eso, aunque nos
horrorizamos, no nos sorprendemos cuando Muley, el padrastro de Fátima, es una
de las piezas clave de su rapto, y más nos horrorizamos cuando, pese a las
súplicas de su hijastra, la viola y le pega, y la ofrece a cualquier postor que
quiera pagar el deshonroso estipendio.
Fátima tendrá suerte y será rescatada, pero
no otras mujeres cuyo destino final, después de numerosas vejaciones y
torturas, será la de ser vendidas u otro peor. ¿Qué tipo de psicología poseen los
individuos que se dedican a este tipo de crímenes? Son seres que han llegado a
lo más bajo de la condición humana; aunque parecen humanos, todo indica que en
algún recodo del camino perdieron su alma. ¿Puede haber redención para ellos?
Esta es una de las preguntas que aborda Guillermina Sánchez Oró y que hacen, si
cabe, más interesante Voces rotas,
porque no solo se quiebra la voz de la víctima sino la del malhechor. Capturado
el mafioso, enfrentará su encarcelamiento, y allí su vida no será fácil, pues
existe una justicia más terrible que la de los tribunales: la de la cárcel.
La autora pasa revista a las condiciones de
vida de los presos condenados a cadena perpetua por crímenes de trata o de
violación. Según sea la cárcel de un país africano o de uno europeo, el trato
será diferente. En cualquier caso, la vida de estos condenados pende de un
hilo, tanto que resulta peligroso salir al patio con los demás presos;
cualquier reyerta, provocada con intención, puede significar la muerte, máxime
si algún capo del exterior la desea como venganza, o, simplemente, para
silenciar a un posible testigo que los inculpe. Ahora bien, pese a lo abyecto
de los crímenes de estos sujetos, Guillermina, haciendo gala de una gran
bondad, tras el sufrimiento vivido en prisión, tras el arrepentimiento que
pueden producir los años y la soledad, les facilita una puerta para la
redención. El final de Voces rotas
será agridulce, aunque esperanzado. La vida no se puede devolver, el daño está
hecho y el mal campa; sin embargo, el futuro queda abierto a una multiplicidad
de posibilidades, el sol brillará mañana.
Jesús
Cánovas Martínez©
Filósofo
y poeta.
Ad astra per aspera.


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