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viernes, 2 de enero de 2026

SUME PAZ BENDECIDA

 




SUME PAZ BENDECIDA

           

A mi hermana Magdalena.

 

 

Sume paz bendecida

la luminosidad

del día,

              y la luz

restalla y el azahar

explota su fragancia.

 

Como guirnaldas, viejos

recuerdos penden,

huida

la noche

y el profundo dolor.

 

Dulzura arrebatada.

 

Ya todo luz y mar

sediento

    entre albores

                                        y guiños:

las olas que van, vienen

con plenitud distante

de los últimos vientos.

 

Atrás

las palabras vacías,

el inútil dolor.

 

El azul suena y vibra

enarbolando puentes.


Ad astra per aspera.

Jesús Cánovas Martínez

miércoles, 5 de mayo de 2021

MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

 

MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

MAGDALENA CÁNOVAS MARTÍNEZ

Prólogo de José Manuel Vidal Ortuño

DIEGO MARÍN EDITOR, MURCIA, 2021

 


Una tenue nostalgia de amortiguado dolor recorre este poemario, Más allá del tiempo, de Magdalena Cánovas, mi hermana. Si no la conociera ni tampoco supiera a lo que alude el poemario, pasaría por él sintiendo la tristeza y el dolor que desprende; pero conozco el hecho, los hechos, y no puedo sino involucrarme  entre sus sentimientos palpitantes que van desde la tristeza hasta la esperanza, pues Antonio Campuzano, su marido, cuya muerte canta, fue para mí un hermano mayor.

La ausencia de un ser querido deja una herida que no se curará jamás; por lo menos, no se curará mientras dure nuestro paso por esta vida biológica. Aun así, para un creyente, tal y como el título del poemario apunta, más allá del tiempo se sitúa la eternidad; por lo que, paralelamente, más allá del dolor se sitúa la esperanza y el gozo del reencuentro, porque el tiempo, remedando a San Agustín, es tan solo un paréntesis dentro de la eternidad de Dios. Ahora bien, transitamos por el tiempo, y el tiempo nos ofrece los acontecimientos como sucesivos: la muerte siempre precede a la resurrección, y la pasión y el dolor se aúnan con la muerte. Esa es nuestra vivencia.

A nuestro pesar, por lo que de desgarradura tiene, la muerte se convierte en necesaria, ya que solo quien ha muerto puede llegar a vivir en un sentido pleno. Si nuestra vida aquí, acechada por el decurso de lo temporal, no puede ser sino disminuida, la muerte a esa vida disminuida y acechada se convierte en paso o puerta estrecha hacia la resurrección y la verdadera Vida. Mientras que tal tránsito no suceda, nuestros sentimientos serán ambiguos y pivotaremos entre el dolor de lo que nos desgarra y el gozo de lo que anhelamos. Tal disyuntiva, fuerte, tensionada, es la que nos propone Magdalena en este poemario cargado de profundos sentimientos y reflexiones, entre los que se traslucen múltiples resonancias tanto filosóficas como teológicas.

En el poema que lleva por título Un suspiro en la eternidad, dice la autora:

 

Y se va la vida, se va a otro destino,

no somos dueños de ella,

nos pertenece solo un suspiro del tiempo.

¿Qué es un suspiro en la eternidad?

 

Y tras constatar la fugacidad de la vida, un soplo que pronto se desvanece (la resonancia bíblica es patente), Magdalena concluye:

 

¿Tiene sentido la vida?

Solo lo tiene si Dios está detrás de ella.

Espero que termine mi suspiro

para volver contigo para siempre.

 

Más allá del tiempo comienza con unos poemas que son como lágrimas y dan un toque de Silencio, una expectación ante lo que la autora quiere comunicar y le espera al lector: una fuerte contraposición entre el Tú ausente del esposo, y, paradójicamente, pleno, y el Yo presente de la poeta, y, paradójicamente, vacío. El Tú y el Yo, separados por el tiempo, resolverán el conflicto de su separación tan solo en la eternidad que aguarda, en Dios.

Pero veamos, para la resolución de la antítesis propuesta, cuál es el itinerario que nos propone Magdalena Cánovas. Por definición no puede haber dialéctica posible entre el tiempo, ese punto incesante en su discurrir, y la eternidad, el instante que no deviene. La dialéctica solo atañe al tiempo, y el tiempo es el molde que conforma la vida cotidiana, río sin retorno por la que discurre esta hacia el océano de la inmensidad, donde cesa cualquier devenir. La eternidad, sin embargo, no la podemos comprender. Nos podemos hacer una idea de ella con conceptos que siempre resultan deficientes o con imágenes o metáforas que aluden a un más allá que las trasciende, porque a nuestra experiencia solo le llega el flujo de lo temporal; aun así, velada por las brumas de un espejo, la eternidad aguarda tal Blancura nívea, inmarcesible, al final de cualquier dialéctica con la que podamos acercar su comprensión. En el poema El mundo de arriba, dice la autora:

 

Subiré de las sombras

a la luz cegadora,

acostumbrando estoy

a la verdad mi vista.

Es difícil contemplar

desde esta oscuridad,

las auténticas formas;

si se velan mis ojos

estarás esperándome

arriba, en la salida,

y me abrazarás de luz,

solícito y amoroso,

hasta que pueda abrirlos

y mirarte a los ojos.

 

¿Cómo alcanzar lo eterno desde nuestra vida dolorida y carente? Allí donde la razón cesa, aparece el Amor. Sí, el Amor, la emoción más pura. La razón nos hace ver espejismos como los reflejos de un espejo o nos catapulta hacia ese pozo desconsolado de la soledad, pero el Amor vuela, tiende puentes, y lo que en un principio parecía imposible, lo convierte en factible: la comunión de dos seres cuyo amor rompe las cadenas del tiempo.

El poema Puente de Amor refleja esta idea. Así comienza:

 

Cruzaré el abismo infranqueable

por el puente de amor que construimos,

ninguno de los males de este mundo

jamás socavará sus ataduras.

 

El Amor destruye cualquier dialéctica de aproximación y se constituye en la vía más recta hacia lo eterno (ya lo adelantaba Platón). La dialéctica alude a lo terráqueo; el Amor a lo celeste, a la blancura en la cual se disuelve cualquier contraste o matiz porque contiene todos los contrastes y matices. Si la muerte aparentemente separa a dos seres que se aman, es por este Amor verdadero, único puente entre la vida y la muerte, que se puede superar cualquier abismo infranqueable. Si el tiempo lo podemos simbolizar por una recta que siempre avanza, acercando el futuro al pasado, para el amor podemos utilizar el símbolo del círculo, figura perfecta donde comulgan principio y final, y, en este sentido, figura de lo eterno. Un círculo ardiente de inmarcesible blancura, un Amor Puro al que llegan todos los puentes que ha tendido el Amor, y todo lo contiene y en él vive, alfa y omega:

 

Y tú, en lo más alto:

Espíritu divino,

Ser celeste, esencial,

conteniendo en tu mente

sublime las sustancias.

Acto puro omnímodo,

Voluntad y Energía,

Palabra, creación

del espacio, del tiempo

y todo lo que encierran.

 


 

Magdalena Cánovas enfrenta de bruces la ausencia de un ser querido, Antonio Campuzano, su esposo, al que evocará y tendrá presente a lo largo de los poemas que componen Más allá del tiempo. Son poemas en los que testimonia su amor incondicional y, como flechas heridas por ese amor, traspasarán el tiempo y el espacio. Volarán allende la condición biológica a la dimensión de la paz, a la dimensión del verdadero amor incólume, revestidos de la esperanza casi grácil que proporciona una fe arraigada.

Porque la muerte no existe, es tan solo un extraño espejismo que separa los cuerpos físicos pero no las almas que verdaderamente han comulgado en el amor. Por eso, Magdalena se desnuda en y con las palabras para ser veraz, y con cuidadoso tino entreteje la nostalgia y la esperanza con las que alumbra sus poemas. Como si fueran dulce cauterio, en el decir de los clásicos, los convierte en fuego vivo, brasas o ascuas, con los que arrancar el sufrimiento y transmutar la ausencia dolorosa en tenue presencia indemne, constante, cierta.

 

 

                                   Jesús Cánovas Martínez@

                                               Filósofo y poeta.

miércoles, 24 de mayo de 2017

LA GRANJA DE LAURITA Y LA CHARCA DE LA GRANJA DE LAURITA

LA GRANJA DE LAURITA
Y
LA CHARCA DE LA GRANJA DE LAURITA
MARÍA MAGDALENA CÁNOVAS
Diego Marín editor, Murcia, 2017




Mª Magdalena Cánovas, mi hermana, nos regala dos libros en uno: La granja de Laurita y La charca de la granja, los dos primeros de una trilogía, pues en una futura entrega se les añadirá Las fábulas de la granja de Laurita.
Tengo para mí que escribir para niños es un don, porque, cuando escribimos para ellos, los adultos nos volvemos niños también, y, al recuperar ese niño interior —que no es otro sino el padre del adulto que somos—, recuperamos con él la inocencia y la belleza del mundo, lo prístino y radiante. Nada es imposible, pues no existen entonces los límites que constriñen nuestras vidas. La imaginación vuela y conforma  una maravilla donde todo es nuevo y, por descontado, verdadero.
Magdalena se ha hecho niña de repente y ha escrito estos dos bellos poemarios dedicados a Laurita, su nieta.
Laurita es una preciosa niña de ojos azules que tiene por particularidad un inmenso amor a la naturaleza; por eso mismo, Laurita es el paradigma de todo niño que siente este mismo amor. Así, son ecológicos los poemas que componen estos libros, inmensos como la misma naturaleza, sencillos a la vez que profundos porque hablan al corazón.


La Granja, como posteriormente la Charca, muestran universos dinámicos. Conforme nos vamos adentrando por sus vericuetos, vamos viendo cómo la vida se agita y cómo múltiples animalitos —grandes o pequeños— despliegan su sencilla belleza. Poco a poco se nos descubren fascinantes hábitats, dos ecosistemas vivos donde nada ni nadie es prescindible.
Los animalitos hablan entre sí, y nos hablan, y entre ellos se establecen complejas relaciones de emoción y afecto. Viven en feliz armonía, y cada cual cumple con la función a la que la naturaleza lo ha predestinado. De esta forma, tan natural como sencilla, sus humildes vidas nos acercarán la ternura; esa ternura, universal y básica, que habita el corazón de todo niño.
La lectura de La granja de Laurita y La charca de la granja hará disfrutar a niños y a adultos que siguen siendo niños, porque se es niño a los seis, ocho, diez o doce años, pero lo cierto es que la edad no es condición privativa para mantenerse en dicho estado. Al indudable valor didáctico de los libros se les añade la gracia de la emoción y una muy especial fuerza visual, coronados con unas bellas ilustraciones realizadas por Amelia Alberola Planelles y por la misma autora de los libros.


                                               Todos los derechos reservados.
                                               Jesús Cánovas Martínez©

                                               Ad astra per aspera 


jueves, 22 de octubre de 2015

LA CHARCA DE LA GRANJA DE LAURITA

LA CHARCA DE LA GRANJA DE LAURITA
MAGDALENA CÁNOVAS
CON ILUSTRACIONES DE AMELIA ALBEROLA
EDITORIAL TRES FRONTERAS (Col. Cuentos en la nube)

Queridos amigos, tengo para mí que escribir para niños es un don, porque cuando escribimos para ellos nos hacemos nosotros niños también, y al recuperar ese niño interior —que no es otro sino nuestro padre—, recuperamos con él la inocencia y la belleza del mundo, lo prístino y radiante. Nada es imposible entonces, no existen los límites que constriñen nuestras vidas de adultos,  pues nuestra imaginación vuela y conforma  una maravilla donde todo es nuevo y, por descontado, verdadero.
Magdalena Cánovas, mi hermana, se ha hecho niña de repente y ha escrito este bello poemario: La charca de la granja de Laurita, que junto a otros dos todavía por aparecer conforman una simpática trilogía donde el amor y la ternura estallan en el gozo.  Con su lectura me he vuelto niño durante unos instantes y he experimentado cómo entraba en mis pulmones ese hálito de ternura e inocencia que portan sus poemas. Queden registradas aquí unas cuantas impresiones:




http://www.diegomarin.net/shop/es/las-artes/1005005-la-charca-de-la-granja-de-laurita-9788475646893.html

Se es un niño a los ocho, diez o doce años, pero lo cierto es que la edad no es condición privativa para mantenerse en dicho estado. La ternura que habita a Platero, por ejemplo, la peluda y grandota mascota que inmortalizó Juan Ramón Jiménez, llega tanto al niño como al adulto. Y el adulto llora con el niño y se enternece, y esto es porque el niño vive en el adulto, y juega, y sonríe, y descubre el mundo como el niño que nunca ha dejado de ser.
Magdalena Cánovas en La charca de la granja, nos acerca la ternura, esa ternura, universal y básica, que habita el corazón de todo ser humano. Unos animalitos viven en feliz armonía en el pequeño mundo de la charca. Aunque allí vive Pedrito, un mosquito/pequeñito y cabezón, o una mantis religiosa que se arrodilla y te abraza, o está Tecla, la araña de jardín que tejía y tejía/encajes de hilo fino/a los que el suave rocío/lentejuelas añadía, propiamente no hay riñas entre ellos, no hay disputas, pues cada cual cumple con la función a la que la naturaleza lo ha predestinado.
Así la Charca cobra vida de repente. Conforme nos vamos adentrando por sus vericuetos, vamos viendo cómo la vida se agita en ella y cómo los múltiples animalitos que pululan en su derredor despliegan su sencilla belleza. El cisne, su majestad  y esplendor; las fochas, su humildad menuda; los patos, su celeste vuelo en punta de flecha. Poco a poco se nos descubre un fascinante mundo, un ecosistema vivo, en movimiento.
Descubriremos que la Charca tiene una pequeña dueña, Laurita, y que en ella viven una multiplicidad de animalitos de diferentes especies. Hay aves, anfibios, reptiles, moluscos, graciosos gusanitos, insectos y hasta un gato, Tontón, el muy glotón. La circundan juncos y cañas, nogales, robles viejos, y más allá una pradera llena de flores.
Los animalitos son nombrados por la autora con suma gracilidad. En el humedal oscuro,/de pronto surge/una nube de estrellas/entre los juncos, dice de las luciérnagas. Es curioso constatar cómo la mayoría de ellos tienen un nombre que los identifica y define. Tula, se llama la tortuga mora; la lombriz, Encarnita; la rana, Mariana, y el más pequeño de sus hermanos, el renacuajo Miguel. Bienvenido es el gorrión, y el grillo tiene por nombre Paquito, aunque lo llaman Pepito. Entre todos ellos mantendrán complejas relaciones de amistad y armonía. Y aun así, en la Charca también cabrá la sorpresa. Será cuando el gusanito Tito, tras hacerse un trajecito en una ramita, renazca en forma de mariposa.
La lectura de La charca de la granja hará disfrutar a los niños y a los adultos que siguen siendo niños. A su indudable valor didáctico se le añade la gracia de unos poemas sencillos, mas no por eso carentes de emoción y especial fuerza visual, que se coronan y complementan con unas bellas ilustraciones realizadas de la mano de Amelia Alberola.


                                                             Todos los derechos reservados
Jesús Cánovas Martínez©