Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Valverde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Valverde. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de enero de 2018

LA MÁSCARA DE MACBETH

LA MÁSCARA DE MACBETH
MARIANO VALVERDE RUÍZ
LETRAME. Grupo editorial, 2017


Y volaron las manos como gasas por el aire, acariciando la piel erizada, manos como estrellas que se apagaban y volvían a lucir destellantes, palomas que se iban y que volvían a revolotear junto a la respiración de la joven, manos que abrían el vestido, que dejaban a la luz las laderas de la lujuria y el valle de fuego, manos que señalaban ligeramente un cono volcánico con perlas nacaradas, manos que soltaron los lazos del edén y los dejaron a la luz de los focos como botones de pera, tersos y azafranados; pensamientos que divagaban y corrompían las mentes de los hombres que la observaban rizar el cielo, los hombres excitados que codiciosos silbaban y degustaban dentro de sus bocas el néctar gelatinoso con el que la envolverían.

En otras entradas de este blog he definido a Mariano Valverde como poeta del eros —reseñas de El deseo o la luz y El fuego del instinto— y el texto precedente es una muestra que confirma tal consideración. Ahora bien, dicho texto no pertenece a un poemario sino a La máscara de Macbeth, la primera novela de Valverde que ve la luz pública, aunque no la única escrita por él. El capítulo donde aparece supone un clímax (habrá otros); Marlene Prada, una rubia despampanante y aun así actriz de medio pelo que para sobrevivir tiene que aceptar cualquier papel que le ofrezcan aunque sea en un espectáculo porno, acunada por las notas de la canción de Procol Harum, Con tu blanca palidez, realiza un striptease en La Nuit, un sórdido local del barrio de Chueca de Madrid. Mariano Valverde de forma ejemplar enlaza el eros con la sordidez, lo erótico del espectáculo con lo grotesco en que pronto muta, lo sugerente de la belleza del cuerpo femenino con lo patético de unos instintos halagados que claman por desbordarse. Pero tal espectáculo solo supone un momento en la trama que hábilmente el autor teje, donde cada nuevo capítulo supone una vuelta de tuerca de la representación, o mascarada, que realizan unos personajes de antemano condenados a un fatum, a un destino ciego del que difícilmente pueden escapar.

Ha habido dos asesinatos en sendos lugares de alterne del barrio de Chueca (ubicados ambos en la calle Hortaleza). Juanito Burgos (cuyo verdadero nombre es Juan Tordesillas), un chapero que se gana la vida por los diversos locales del barrio ejerciendo la prostitución, ha sido estrangulado con una brida en los aseos del club Paradise. Con el intervalo de una semana, en otros aseos, los del club Wanda, muere de igual forma Anderson Doyle, un comerciante de joyería hospedado en el Ritz que en viaje de negocios ha arribado a Madrid. Estamos a finales de febrero de 2014, próximos al carnaval. En este marco de tiempo y espacio, el inspector de la Brigada Central de Homicidios, Pedro Colón, de mediana edad, pequeño y desgarbado, pero de inteligencia lúcida e incisiva, apodado por sus compañeros Colombo debido a su evidente parecido con el protagonista de la serie de los 70, se hace cargo de la investigación.

A los dos asesinados les falta la cartera, y quizá el móvil pudiera haber sido el robo; no obstante, según la perspicacia del inspector, algo no cuadra. Debido a que el modus operandi en los asesinatos ha sido el mismo, pudiera que se tratase de un solo asesino, ¿pero qué nexo podría vincular a Juanito Burgos con Anderson Doyle? Por otro lado, ¿por qué matar por una simple cartera? ¿Tal vez habría que introducir un elemento perturbador y pensar que está actuando un asesino en serie que mata por placer? Estas son algunas de las preguntas que se amontonan en la mente de Pedro Colón y a las que irá dando respuesta a lo largo de la investigación; en cualquier caso, realizado un primer perfil del asesino, el inspector enseguida sabrá, como alerta el autor de la novela, que se enfrentaba a un asesino metódico, frío e inteligente, alguien que cuidaba su imagen para que no fuese advertida con facilidad, que no dejaba pistas, ni ningún tipo de señales que le hiciesen peculiar.   


En La máscara de Macbeth aparecerán una serie de personajes rotos, perseguidos por un pasado que tratan de ocultar, con unos nombres que los identifican pero que, cual máscaras, ocultan sus verdaderas identidades. A los nombrados, Marlene Prada y Pedro Colón, hay que sumar otros actores que intervienen en la tragicomedia; con un preciso bisturí analítico Mariano Valverde, a lo largo de las sucesivas páginas, irá diseccionando sus biografías, de las cuales invariablemente aflorarán unas psiques atormentadas. Inocencio Entremeses, el actual novio de Marlene, actor frustrado que tiene que sobrevivir doblando películas de dibujos animados, con frecuencia cogido por raptos de ira y cuyo sueño secreto es representar el Macbeth de Shakespeare de una forma definitiva. El macarrón Jeromo (alias de Jerónimo Malasaña), antiguo novio de Marlene, un rufián, sádico y bestial, que ya ha pasado por la cárcel, quien por dinero no dudará en cometer la mayor de las tropelías. Ava Chueca, un travesti amigo de Marlene que roza el límite de esa edad donde comienza a dibujarse la vejez y para disimular su llegada gasta una fortuna en botox y en recomponer su figura; frío, cínico, amoral, canta o se prostituye por los diversos locales del barrio. Fernando Gómez, a la deriva como el homónimo protagonista de El viaje a ninguna parte, un viejo actor que fue traicionado por una antigua amante y ahora vive casi de la caridad ajena; sufre lagunas de memoria, pérdida de realidad y hace tiempo se ancló en el rencor y la frustración. Anotoñito Oportunidades, cuyo verdadero nombre es Marc Foster —y, ciertamente, una vez más el nombre resulta engañoso porque físicamente se parece bien poco tanto al nadador como al director de cine— compañero de Marlene en el espectáculo porno que se desarrolla en La Nuit, un vivales dispuesto a todo con tal de sacar tajada, chantajista, representante de artistas y especulador sin escrúpulos.

Al lado de los actores principales aparece una constelación de personajes secundarios —empresarios, confidentes de la policía, camareros, botones de hotel, encargados de seguridad de los pubs—, fauna de Chueca con la que el lector paseará por las calles del barrio y entrará en bares o tabernas, clubs o pubs, locales de diversión o alterne. Entre ellos resulta interesante hacer mención —más que por su protagonismo, por su relevancia simbólica—, a los ayudantes de Pedro Colón, de los que solo se nos dice sus apellidos, Pérez y López, pulcros, eficientes, los Zipi y Zape de la comisaría de la calle Génova, pero que también recuerdan a Hernández y Fernández de los cómics de Tintín. Y es curioso como esta terna de policías contrasta, por un paralelismo evidente, con otra terna que representa el mundo del hampa, la de Jeromo con sus dos secuaces, el Tiñoso y el Flaco; en los policías la razón prevalece sobre los instintos, no así en los rufianes, en los que como única motivación el fondo instintivo guía a la razón.

Personaje curioso, y sumamente enigmático, es la mujer mayor que regenta una tienda de disfraces donde en un momento dado aboca Inocencio Entremeses, quien le desvela el poder que la máscara ejerce sobre la persona que la lleva puesta. Entre todas las máscaras que en la tienda se le ofrecen, una en especial, de esparto picado, ha llamado poderosamente la atención de Inocencio; es una máscara que tiene una fuerza especial. La dueña de la tienda le cuenta una leyenda antigua que circula en una localidad del sureste español famosa por sus carnavales, y le advierte, ya que por esa máscara se canaliza el mal, que no puede llevarla puesta más de veinticuatro horas pues de lo contrario su vida correría peligro. Pese a la advertencia, tal si la máscara tuviera voluntad propia y quisiera poseerlo, Inocencio decide llevársela obedeciendo a los resortes de la fascinación. Será el disfraz idóneo para un martes de carnaval, por muchas razones, inolvidable.

Otro punto interesante a tener en cuenta, y que Mariano Valverde resalta con lápiz rojo, y llevaría a reflexiones que escapan a las de una mera reseña, supone la consideración de cómo una relación traumática materno-filial puede marcar los destinos de las personas. Se subraya claramente en dos personajes, Ava Chueca y Fernando Gómez (también en Juanito Burgos, en este caso la relación es paterno-filial). Aun así, de cara a que Inocencio cortó hace tiempo con sus padres, renunciando de tal manera a una existencia cómoda, y considerando el itinerario biográfico de Marlene, también cabe sospechar que en ellos gravita tal tipo de relación.


Para no insistir demasiado y dejar así que el lector sea dueño de su lectura, señalaré por último una curiosidad que no se sacia sino al final de la novela. La máscara de Macbeth comienza y termina de una manera original y altamente llamativa: en un cementerio, concretamente, en el cementerio de La Almudena de Madrid. En el primer acto, a modo de prólogo, se sitúa al lector frente a un extraño personaje que, para pernoctar, ha tomado como habitáculo un nicho del cementerio. A lo largo de la novela, el autor tenderá un arco entre inicio y final, para descubrir, a modo de coda, la identidad del personaje.

Pero antes de tal fin en La máscara de Macbeth se desplegará el teatro de la crueldad, en el mejor sentido que le infiere Antonin Artaud, y siguiendo sus pautas, los actores de la novela naufragarán, dejando al descubierto los fondos turbios de unas pasiones mal contenidas, en el marasmo de una ciudad despiadada por donde pasean su soledad. Administra Mariano Valverde golpes de humor inesperados, hilos que parecían dejados al azar y nuevamente los retoma, sorpresas continuas para coger desprevenido al lector y abocarlo también a la crueldad en que se ven sumidos los protagonistas de esta mascarada tragicómica, en el laberinto de la soledad y la frustración, en el fatalismo que constantemente se subraya y los encadena, si ciertamente consecuencia de acciones anteriores, no buscado sin embargo.

Lo extraordinario toma forma y planea por encima, y por debajo, de los personajes, hasta el punto de que, sobre lo que sería imputable al azar, les marca un destino. Es la máscara, la máscara que representan y por la que son representados, la máscara con la que actúan en sus vidas que los conforma y les marca un ineluctable destino. Es la máscara, la máscara que va puesta en el mismo nombre que imposta a estos personajes, escorados a la deriva; personajes marginales, encerrados en su propia soledad, de una u otra manera frustrados, porque sus sueños de conseguir el éxito hace tiempo que se esfumaron o están a punto de esfumarse.

Un plus de locura, algo no racionalizable que remite a una fuerza que excede lo meramente humano, se instala en La máscara de Macbeth. Aquello último que enmascaran las máscaras propiamente es el mal, y el lector podría hacer suya una reflexión que, resuelto el caso, realiza Pedro Colón:

Las cosas no son nunca lo que parecen. El lenguaje actual se ha convertido en un medio de conversación perverso, no se dice lo que se piensa, hay que adivinar lo que se quiere decir en lo que no se dice. Es un doble diálogo. La vida es hoy una comedia con final impredecible, llena de equívocos y de falsas interpretaciones.

De forma más contundente, el inspector también ha dicho, o pensado, en algún otro momento:

El mal nunca duerme. Se desplaza por el interior de los hombres buscando nuevas formas de salir a la superficie.

                                               Todos los derechos reservados.
                                               Jesús Cánovas Martínez©
                                               Ad astra per aspera.

viernes, 20 de septiembre de 2013

EL FUEGO DEL INSTINTO



EL FUEGO DEL INSTINTO

MARIANO VALVERDE





Por doble vocación, filosófica y poética, al afrontar un poemario tiendo a fijarme fundamentalmente en dos cosas: en su marco teórico-conceptual, por un lado, y en su forma particular de conmoverme, por otro. Así que valoro de él la capacidad con la que me induce a la reflexión, pues cuanto más me ayuda a pensar lo considero más rico; y lo mismo puedo decir acerca del entusiasmo que me produce, pues cuánto más me conmueve, lo considero más profundo. Es cierto que estas dos líneas de penetración quedan matizadas por la propia subjetividad. Aun así son las que considero más válidas para suministrar círculos de comprensión cada vez más concéntricos, más concretos, y, consiguientemente, más objetivos de la obra.

Vengo a convenir con Raymond Abellió que solo hay tres temas dignos de interés, y los demás, o son superfluos o vienen a confluir en estos. No son otros que los del sexo, el arte y la muerte. Son temas nucleares en cuanto antropológicamente hacen referencia a la triplicidad esencial del ser humano: el sexo, el plexo y el cerebro. Dicho lo cual, la propia verticalización de la figura humana parece que viene a marcar un itinerario, natural a la vez que lógico: aquel que atiende a la conversión de unos centros en otros según el orden de sucesivas integraciones cada vez más abarcadoras e intensas. Así, la sexualidad, como impulso originario y motor de la vida, se ha de reconvertir en arte, y este, finalmente, como propio desenlace, nos ha de enfrentar con la muerte. El ser aislado, por el sexo, se abre a un tú; por el arte, a un nosotros; por la muerte, a un ello o a un todos, a un Otro diferente, a una radical alteridad. Crece el ser, se forma y amplía, y crece de igual manera su apertura; se engrosa el ser cuando como la flor se abre y se aroma, y del mismo modo se intensifica y se instala, espacioso, en el mundo. El sexo supone la comunicación entre dos seres, íntima, básica, prístina, sobre la cual se generan las posibles aperturas e intensificaciones de la consciencia. El arte, por ser expansión y juego de posibilidades, promete la intercomunicación; como tal, es posibilitador de comunidad en cuanto la estética revierte en ética y fundamenta la misma emergencia de la civitas. La muerte, finalmente, al convocar la trascendencia, nos enfrenta con la nostalgia del retorno hacia la unidad perdida del Ser, hacia la experiencia de la totalidad, hacia Dios.

Los temas apuntados (sexualidad, plesexualidad, cerebralidad) son dignos de la reflexión filosófica, pero también suscitan el interés del poeta. No atañen, por su propia índole, a lo que se constituye en objeto de una razón instrumental, calculante y calculadora, que supedita todo a razones de interés; procuran más bien visiones globales de lo real en cuanto estas pueden ser portadoras de sentido, atienden a lo solo concebido como acontecimiento. La filosofía, con su voluntad de sistema, oferta cosmovisiones; la poesía, en cuanto situada en el límite del mundo (permítaseme una velada mención a Wittgenstein), al igual que lo místico, provee de sentido, ese que, por definición, al mostrar pero no decir, está más allá de las posibilidades de la lógica. Tengo para mí sin entrar en tortuosas disquisiciones, por convicción interna y por la razón aludida, que el discurso poético es más radical que el filosófico, y de ahí su superioridad.

Mariano Valverde es un poeta básico del amor; un poeta que acomete el amor en sus fundamentos más prístinos y salvajes. Así en El fuego del instinto, tal y como hacía en una anterior entrega poética, El Deseo o la Luz, canta al amor-sexo, al amor de pareja, edificado bajo la forma arquetípica de la pareja originaria Adán/Eva. A mi modo de ver tiende un arco en el cual, según una dialéctica de tres momentos, acomete los misterios del tálamo; y este juego tríadico puede tener parangón con las fases del fuego. La llamarada inicial, el deseo/sexo, fuerza vital o la luz/amor, irrumpe de repente y produce su primera estación: la del amor compartido, el de un hombre y una mujer, alter uno del otro; amor, por tanto, heterosexual, monógamo, básico e irreflexivo. El poema Me miras puede ser un buen reflejo de lo que digo: Me miras, Quiero ver más allá de tus ojos… La mirada se incendia y arde y prende ajena a cualquier juicio o consideración:



Cercana está la brasa,

segura de su fuego,

libre de cualquier juicio,

y me contempla.



Ese fuego inicial, muta en majestad de llama, en fuego del instinto, arde y quema su propio combustible pero no lo consume; así que, ardiendo, intensifica y alimenta su propio arder: esta es la segunda estación. Un poema paradigmático de esta etapa, sería el que lleva por título Incendio (el cual especialmente se presta para ser cantado); cito su última estrofa:



Hierven los ojos.

Hasta el aire se incendia.

Somos luz blanca.



Así llegamos a una mayor conscienciación del amor, esto es, a su cerebración; la que, oportunamente cambiando una “r” por una “l”, no es otra cosa que celebración: No hay más mundo que éste que celebra/ que estás en nuestra casa, afirma el autor en el poema Reflejo. Consumada la pasión en la hoguera de la carne, queda el rescoldo íntimo de la brasa, la espiritualización o sublimación del mismo amor: la tercera estación. Cito el bellísimo endecasílabo con que se inicia el poema Médanos, donde la amada es convertida en homóloga de la muerte:



Escucho, amor, la muerte y te desnudo…



¿Cómo se puede escuchar la muerte? ¿Y cómo, al escucharla, se puede desnudar a la amada? Muerte/Amor, Eros/Thánatos, los dos fuertes impulsos que convergen para apurar la copa del instante: el amor-sexo se trasciende a sí mismo para alumbrar el nuevo día, la plenitud de la sorpresa, una vez que se han consumado las fases del fuego:



Ven. Apúrate. Habrá nueva ternura

tras la huraña caricia del espino

que la mañana aleja de tus ojos.



Todo lo dicho viene a confluir en algo muy concreto, y que cabe resaltar, hasta el punto que se convierte en uno de sus ejes fundamentales de sentido del poemario, sino el fundamental: es el aspecto de comunión, esto es, de con-unión o intento de fusión de los amantes. En la ceremonia del sexo, los cuerpos tienden a la fusión y la transparencia del uno en el otro y por el otro, y lo pretenden en el intento de alumbrar una suerte de andrógino: los dos seres que se aman, por el amor, que es fuego, quedan transmutados en uno, se funden, consecuencia de la alquimia del sexo. Esta idea queda apuntada en el poema Confluencia, así como en Ilógica y en otros tantos, pero se expresa vigorosamente en el que lleva por título Ésa es la cuestión, el cual termina con doble interrogación retórica, ya que el lector conoce su respuesta:



¿Qué más podría darte?

¿Qué serte para que los dos seamos?



Debo mencionar, para terminar con esta breve nota sobre El fuego del instinto, las dos apuestas estéticas que realiza Mariano Valverde, las cuales ya aparecían en otros de sus poemarios anteriores. Una, que podríamos considerar como la búsqueda del equilibrio entre clasicismo y actualidad; otra, que supone el riesgo de jugar con campos semánticos divergentes, los que se cruzan o entrechocan, produciendo así una suerte de relampagueo muy curioso. Por la primera, el tiempo vital del poeta adquiere un referente implícito a los clásicos. Sean estos versos del poema Alegría:



Es la verdad serena de la vida

la que acude purísima a tus ojos.

Sobre ti la luz nunca se dispersa

y la paz es un alma concentrada.



La apuesta por el cruce y entrechocar de campos semánticos supone un fuerte contraste de ideas y emociones, pero gracias a la pericia del poeta no produce ninguna distonía, sino que, justamente, viene a servir de complemento a la primera apuesta mencionada. Por eso los poemas dan una sensación de cercanía con la calle y de distancia con la misma, tan cerca de la cotidianeidad pero tan lejos de la experiencia del común, pues la intención de su léxico y formas expresivas corre en consonancia al universo simbólico del momento del poeta. Aparecen así títulos curiosos como: Tú, yo y Baudelaire, Airbag, Página virtual… Y, espigando, podemos asistir a la convivencia de Bach, Vivaldi, Rilke o Rimabaud, con Bod Dylan, Alejandro Sanz o Sabina.

 Propongo el siguiente ejemplo de Vivace:



La música de Bach hace ganchillo

con el aire y el plumaje de tus alas,

rompe el himen de un tiempo de silencio

que se lleva el centauro de la noche.



Véase este otro de Tú, yo y Baudelaire:



Mis párpados se vuelven almidón

en el rostro desnudo de tu pubis

y luego son escamas de un pez caprichoso…



El amor humano quizá haya que entenderlo como extensión de la territorialidad del cuerpo; no queda ahí, lógicamente, pero empieza ahí. Después, por su propia carga inercial, tenderá hacia el azul, que es luz, y hacia la blancura, que es totalidad. En cualquier caso, entre las cuatro filiaciones poéticas que Mariano propone al inicio de El fuego del instinto, me quedo con la de Jorge Guillén, magnífica: Y por la carne acude y cesa/ la soledad del mundo en su lamento. Y añado nueva cita sobre la que cabe profusa meditación y que bien podría servir de lema a todo el poemario, la de Ibn al-Faradih, recogida en uno de los libros de Juan-Eduardo Cirlot (Cuarto canto de la vida muerta y otros fragmentos), poetas estos que no merecen el olvido: No ha vivido aquí abajo el que ha vivido sin embriaguez y no tiene razón quien no ha muerto por su embriaguez.



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©
 

martes, 16 de julio de 2013

EL DESEO O LA LUZ

EL DESEO O A LUZ
MARIANO VALVERDE RUIZ



Una disyunción siempre es un enigma a resolver, una encrucijada, un nudo a desatar, un reto. Al proponer una disyuntiva en el título, quizá el autor esté expresando su naturaleza escorpiniana, retadora por principio —la que, dicho sea de paso, es muy apta para comprender las cosas del amor—; o, quizá quiera hacer alusión a un guiño o una sonrisa puesto que ni el deseo ni la luz se excluyen, ¿por qué lo deberían? El deseo que surge allende los dominios invisibles de la noche conlleva en su seno la carga de la luz que se torna vida, y, esta vida, vuelta vida y luz, en más luz se convierte cuando retorna al punto invisible que le dio origen. Deseo y luz se compaginan, se convierten el uno en el otro y así se transforman mutuamente en espiral dialéctica. Esta suerte de metafísica, pronto se comprendió en Oriente; por eso el tantrismo sacraliza la sexualidad como vía de conocimiento e iluminación. En nuestro mundo occidental, sin embargo, tan alejado de sus orígenes (y de cualquier origen), considerar el sexo supone hablar de algo meramente trivial, vaciado de cualquier contenido o carga metafísica; afirmar su sacralidad, por consiguiente, en estos tiempos de terror que corren, por excesivo, tal vez pudiera mover a risa. No obstante hay que recordarlo: no siempre fue así, ni tiene que ser así. Es propio del poeta remontar con su emoción y entusiasmo sobre las trivialidades al uso, y aun asumiéndolas, transportarse desde la cotidianeidad sin relieve hasta la comprensión de lo que, tras ella, otorga el sentido y, en última instancia, la inmaculada blancura del Ser.
Mariano Valverde insiste en los misterios de la sexualidad, grata, y tortuosa, vía de conocimiento. Así, El Deseo o la Luz se remonta a la concepción originaria de Eros, tal y como aparecía en el pensamiento griego, entendido como impulso creativo o luz primigenia que irrumpe desde la oscuridad de la Noche —Aristófanes piensa que nació de un huevo puesto por la Noche, quien lo había concebido con Érebo, la Oscuridad— o, como relata Hesíodo en la Teogonía, desde el Caos primigenio. Es el responsable directo de la fuerza creativa de la naturaleza y del orden de las cosas, y así era adorado en los misterios de Eleusis como protogonos, el primero en nacer, quien comunica la vida y la luz a los demás seres. Entendido de esta manera, Eros es una fuerza cósmica de primera magnitud con un poder ilimitado capaz de doblegar a dioses y hombres, y no un mero compañero de juegos y travesuras de Afrodita, ciego y alado, como la tradición posterior quiere verlo; menos aún será aquel dios incompleto que Platón considera hijo de Poros, la Abundancia, y Penía, la Pobreza, queriendo simbolizar con esta doble ascendencia lo precario del amor, el deseo insatisfecho o la plenitud frustrada, porque sería imposible de colmar al faltarle constantemente algo. Esas concepciones devaluadas de Eros podrían ser válidas para cualquier otro que no fuera Mariano Valverde, pero no para él. Porque en su poemario implícitamente rebate la concepción de Platón. Desde el primer poema hasta el último, creando una trabazón sólida entre los mismos, afirma con tal plenitud la vivencia del amor que no deja resquicio alguno para la carencia, tampoco deja traslucir un banal capricho, intenso pero pasajero. Si en El Deseo o la Luz aparece el juego erótico, es desde el postulado de la certeza, no desde la ambivalencia del azar, porque el poeta ya ha elegido compañera para tan sublime juego, Adela, la mujer en la que Mariano condensa a todas las mujeres y a quien dedica el libro.

Si de la resonancia de la globalidad del libro, venimos a la consideración de sus líneas concretas, cabe resaltar un eje fundamental de sentido: su aspecto de comunión. Comunión entre los cuerpos de los amantes, con la naturaleza, con el mundo sidéreo, especialmente con la Luna, comunión entre sus almas y comunión de sus cuerpos con sus almas. Estas diversas comuniones, con-uniones, no son otra cosa que la concreción del canto de la luz y la transparencia; desde un mundo bruto y opaco, el deseo se hace luz y expande la transparencia; la intimidad de los amantes reluce y los transforma. Da la impresión de que aparece en el libro una suerte de viaje iniciático por el que se transita desde los momentos inaugurales del encuentro amoroso hasta la asunción de una nueva conciencia, previo paso por las cimas del éxtasis sensual y su arder en llama purificadora, en la que se quema lo innecesario: En llama de gemidos, pura lumbre,/ agua y cuerpos ardiendo, sólo fuego,/ brasas en rojo vivo al aire, brasas...  Es así que los tiempos verbales se eclipsan frente al origen de todo tiempo, el infinitivo. Junto a ti quiero ser infinitivo: /amar, amor, amar, tan sólo amar, como una letanía del gozo, el poeta repite por tres veces al final de cada una de las tres partes del poema Leve retórica del deseo
El tema del carpe diem cae como un añadido, una explicitación de lo obvio de la dicha: Vive y siente te digo, y después vive/ sin mirar lo que dejas consumido. Ahora bien, sólo en la consunción por el fuego se llega a la recuperación de la unidad perdida, esto es lo definitivo de la vivencia del amor, y vivencia a pleno pulmón, sin disfraz, sin tapujos, sincera y desnuda. Por eso, en la desnudez de su vértigo o deseo, ha aprendido el poeta algo más: tras la misma proximidad arrebatada de los cuerpos, tras el encuentro amoroso, es la luz la que perdura en el alma de los amantes, definitivamente transformadas sus almas en luz, en transparencia mutua. Así, de forma lapidaria, dice el verso con el que se cierra el poema Te acercas: Estás aquí y yo en ti. Eres. Soy. Somos.
En la alquimia, el Mercurio surge del matrimonio real del Rey con la Reina; este nuevo ser es el Andrógino divino, transparente y completo, algo así como la Luz de la que habla el poeta: Somos luz o deseo en un momento/ de piel en llama cerca de las horas/ que olvidan el invierno tras las manos. Y lo demás, si existe, no nos falta. La rúbrica de la dicha, habrá que repetirlo, es el presente. Y a éste nada le falta ni le sobra.
En lo referente a la forma, el libro está compuesto fundamentalmente en endecasílabos, aunque de vez en cuando también afloran algunos heptasílabos. Conviene este metro al tono generalmente hímnico de sus poemas. Pero en cuanto a los recursos estilísticos lo que más llama la atención  es la apuesta por una técnica de mestizaje, que consiste en mezclar la expresión trivial con el cultismo, propiciando de esta manera el acercamiento de palabras con campos semánticos distintos, a veces divergentes, y que procuran la metamorfosis de las imágenes en rotunda fuerza expresiva. Por ejemplo, sean estos versos: Empiezo a ser efluvio de la esperanza/ bajo el talle ceñido a tus caprichos... O éstos: ...y mis ojos y mis manos vulneran/ tu secreto: el prurito que descubre/ una braga de negros arabescos.
El Deseo o la Luz, es un poemario gozoso de sensualidad derramada, en donde se apura el néctar que ofrece su copa, en la fiesta de Eros, trascendido de mieles y palabras oblicuas.



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©