sábado, 5 de junio de 2021

EL FRÍO CORAZÓN DE LAS ESTATUAS

 

EL FRÍO CORAZÓN DE LAS ESTATUAS

PEDRO JAVIER MARTÍNEZ

Prólogo de Manuel Álvarez Torneiro

LOS LIBROS DEL MISSISSIPPI

 


No es la primera vez que Pedro Javier Martínez aborda los temas sociales, ese desajuste endémico en la historia de la humanidad entre ética y política o, mejor, el desajuste entre la buena o mala praxis que aboca al sufrimiento y al dolor del débil frente a aquel que se erige como fuerte, y, en última instancia, al de este que se cree fuerte. Ya desde el lejano poemario Hay una paz que espera surge con vigor en su obra la denuncia de la injusticia y la irremisible apuesta por el desheredado, por el hombre sufriente que necesita una pronta reparación de su mal. Desde entonces para acá estos temas constituyen una transversalidad y afloran con más o menos patencia a lo largo de su producción literaria —señalo por su especial relevancia Jinetes de lo impuro (Premio Torrevieja de Poesía)—. En la dilatada obra de Pedro Javier esta temática daría para un estudio en profundidad; sin embargo, me voy a ceñir al libro que nos ocupa, su última entrega poética: El frío corazón de las estatuas, donde plantea con inusitada insistencia el problema del mal, eje sobre el cual se vertebra el poemario.

Llama la atención el título, El frío corazón de las estatuas, metáfora de su contenido que terminará por helar la sangre del lector. ¿De qué estatuas nos habla Pedro Javier? ¿Cuál es su frío corazón? Las estatuas de frío corazón no son sino los hombres que han perdido el alma y, por perderla, se han convertido en estatuas sin corazón. La argumentación, desde luego, es circular, pero no el frío, puesto que este avanza a lo largo del poemario. Por eso el autor nos propondrá las etapas de tal progresión, que coincidirán con las tres partes en que lo divide: 1) Estatuas de arena, 2) De mármol y 3) De bronce. Esta progresión del enfriamiento correrá paralela a la del endurecimiento del corazón. El alma se volverá fría cuando eluda cualquier sentimiento de bondad y la maldad definitivamente se adueñe de ella hasta el punto de que, tal maldad, termine por convertirse en un modo de ser y estar en el mundo. En el fondo late en el poemario el viejo conflicto ente el bien y el mal, al que asiste impávido, aunque desgarrado en sus entrañas, el poeta, quien con impotencia ve cómo el mal gana la batalla, por lo menos aparentemente. Los hombres cuyos corazones se enfrían y se convierten en estatuas, en última instancia son aquellos que, al igual que el ángel caído, abrazan el mal por el mal y, convertidos en ñiquiñaques (palabra que utiliza el poeta para designarlos),  encaminan sus acciones hacia un mayor horror.

Pedro Javier no postula el mal en abstracto, perspectiva que, más que a la poética, pertenecería a la dimensión filosófica; por el contrario, asumiendo la dimensión teológica, y puesto que del mal no faltan ejemplos que impactan al corazón, mueve el sentimiento y la emoción para expresar poéticamente la hondura de su dolor. Pero su dolor es el dolor de todo hombre de bien, por lo que al nombrar la llaga y meter su dedo ahí, universaliza su dolor y lo convierte en el dolor de todos. Ahora bien, su voz poética no se detiene en nombrar la llaga y poner su dedo, sino que clama, clama por la justicia o por los restos de la bondad, exigiendo desesperadamente una reparación. En realidad, el poeta clama a Dios, al Único que verdaderamente puede clamar. Así, junto al registro y la denuncia, con la concomitante emoción devastadora que le produce el mal, acontece el grito desconsolado, el grito a Dios; a un Dios deseado pero tantas veces elíptico, el cual, sin ser nombrarlo directamente, está presente a lo largo de las páginas de El frío corazón de las estatuas. Solo Dios puede rebasar el mal y convertirlo en aliado, darle la significación que lo haga legible, pero tal designio queda en el ámbito del misterio para el poeta-hombre.



El primer poema del libro, en este sentido del que hablo es, al tiempo que paradigmático, programático:

 

No sé por dónde andas,

pero te estoy llamando

con el ronco alarido

del corazón

desde que el alba

incendió de rubores las espigas.

Traigo una llaga abierta en el costado

por la perversa rosa que ha crecido,

el letal desamor, entre los hombres.

Y he concitado a Munch, porque su grito

sea un reflejo de mi propio grito.

 

Un Dios silente, la inanidad del mal, solo pueden aumentar la zozobra del poeta hasta el paroxismo. El frío corazón de las estatuas, de esta forma, se convierte en un libro agónico, pues la vieja lucha del bien contra el mal, fiel reflejo de la que ocurre en el interior del alma, se desarrolla entre sus páginas, de principio a fin. En un momento dice el poeta:

 

Qué amarga sinrazón la de sentirme

un hombre más en esta disyuntiva

de rematar la tierra a navajazos…

 

Bien sabe Pedro Javier que el origen del mal no es otro sino el ángel caído, Luzbel devenido en Satán, quien disputa a Dios el alma del hombre, y esta se convierte en el auténtico campo de batalla entre ambos. ¿Qué somos —se pregunta el poeta—, hombres o mero barro cocido/ en el alfar de la desconfianza? Y en el primer poema de la segunda parte, De Mármol, precisa:

 

Estaba allí, presente,

a la espera del luctuoso instante

en que se produjese la hecatombe,

para recolectar

los pervertidos frutos del dolor.

 

Y su aura era oscura,

como un río de sangre coagulada.

 

        Insisto en que el poeta, aunque designa con imágenes y metáforas tanto a Dios como a Satán, muy poco los nombra, como si con tal elipsis nos quisiera decir que el combate entre ambos se produce en un territorio invisible para el ojo, pero cuyas consecuencias se palpan en el diario vivir y son aterradoras. Se trata de una lucha secreta, soterrada pero violenta y sin cuartel, entre Dios y el diablo en el mismo territorio que disputan: el alma humana. Ahora bien, si esto es así, y si, por otra parte, el origen del mal, esa opción libre y radical por la maldad, por incomprensible nos queda velada, se hará necesario indagar en la psicología del malvado para arrojar cierta comprensión sobre el horror. De este modo, la reflexión poética de Pedro Javier sobre la maldad pondrá como centro al mismo hombre.




Al desplazar el centro de gravedad hacia una consideración antropológica, la paradoja queda servida: si en el hombre propiamente no cabe radicar la causa del mal; es de notar sin embargo que si no fuera por el concurso del hombre, el mal no adquiriría la forma de la devastación. Es el hombre quien mediatiza el mal porque el mal se concretiza en las acciones malas que efectúa; si así no fuera, el mal carecería de fuerza y difícilmente dejaría su impronta. ¿Qué ocurre, pues, en el interior del hombre? Vuelvo al primer poema donde el autor señala una clave de comprensión: el letal desamor; desamor y, por desamor, letal, convertido en el leitmotiv de El frío corazón de las estatuas. Una herencia, fatal y funesta, arrostramos desde nuestro primer ancestro: la deslealtad, el letal desamor, con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con la misma tierra, y nos precipita hacia la degradación.


Poemas dramáticos, sin título, solo numerados, se sucederán unos a otros en esa progresión de la degradación y la atrocidad como eslabones de una cadena de horror; versos doloridos y dolorosos, trascendidos de una humanidad con la que el poeta quiere comprender el dolor, quiere comprender la frialdad de corazón a que pueden llegar los hombres, hombres cuyo corazón de carne ha terminado por convertirse en corazón de piedra y, aún más, de bronce.

Esta terrible consciencia del mal y sus estragos, le lleva al poeta a enfrentar las numerosas formas del desamor e indagar en su por qué. Fanatismo, religioso o de cualquier otro tipo, falta de valores, idolatría de variados matices, especialmente la de aquellos que se inclinan ante el becerro de la especulación, persecución del poder, la mucha vanidad… En fin, la lista es larga. Aun así, Pedro Javier señala con especial énfasis a los tibios, a aquellos que eluden su responsabilidad, a aquellos que callan y, por callar, consienten. Es el triste caso del hombre Pilatos. El hombre Pilatos, el que se lava las manos, el tibio, aquel que soslaya todo tipo de compromiso, atento solo a sus pequeños egoísmos, al aliño de cada día con que endulza su pequeña y miserable vida, por no alzar el grito es el gran responsable de este perpetuo estado de injusticia.

 

Hay veces que la carne

se atrinchera en la umbría

donde urdir sus excesos, y levanta

un escudo de boria y alfileres

con que esquivar del alma sus reproches.

 

A tanto puede llegar la monstruosidad del mal que lo más fácil resulta negar lo evidente: su patencia. Ahora bien, aquel que mira siempre a otro lado y presume de manos limpias se convierte en un humano inhumano, y cuando intenta enmascarar de altruismo los verdaderos intereses de su depredación añade nuevo reglón a la insolidaria historia. Por eso, para contrarrestar el mal y la injusticia que le sigue, lo primero que hay que hacer es luchar contra la traición a uno mismo; luchar contra ese intento continuo de solaparse, sea con la hipocresía o la negación, de la responsabilidad adquirida ante nuestros semejantes, ya que aunque solo hubiera un hombre que sufriese, también sufriría yo. Homo sum, humani nihil a me alienum puto (Soy hombre, y nada de lo humano me es ajeno), el viejo dicho de Terencio resuena con fuerza y el poeta lo hace suyo. Basta ya de mentirnos a nosotros mismos, de justificarnos patéticamente, puesto que lo que hay que hacer es reinvertir lo inverso, decapitar orgullos y vanidades, recuperar valores, dejar el conformismo impávido, desechar el miedo, recuperar la dignidad y enarbolar los estandartes de la lucha. Hay que despertar. No se pueden cerrar los ojos por siempre ni mirar a otro lado continuamente. El centro de la maldad convoca el centro del hombre desde donde brota la sangre, y la sangre se adentra por los laberintos de la memoria oscura, busca razones, clama por la vida e intenta purificar este drama de vivir cegando el hontanar oscuro con la oblación. Dice el poeta:

 

Por si descubre al fin la madriguera

del hontanar del reino de la noche

y consigue cegarlo con los fuegos

de la oblación.

 

Visto lo visto en la clase política, no debemos esperar que nos defienda quien nos debería defender, con ironía afirma Pedro Javier. La lucha  es de cada cual en particular y debe afrontarla en solitario. ¿En solitario…? No. Nos podremos sentir inermes y desolados, mudos o solos en la partida contra el mal, pero siempre nos quedará el as del amor, esto es, Dios, Quien sigue ahí, a nuestro lado: 

 

No hay daño que me apremie

nii dolor que me aflija

si estás a mi derecha

con tu candil ardiente.

 

Un gran impacto emocional me ha producido esta última entrega de Pedro Javier Martínez, El frío corazón de las estatuas. Todo hombre de bien se escandaliza ante la maldad, y si esta es tan desmedida como gratuita, tal y como la experimentamos en los últimos tiempos, el escándalo que nos produce va más allá del sollozo y del grito. Comprenderla no podemos; denunciarla, sí. Pedro Javier va más allá, y acaba el poemario con un alegato a la esperanza:

 

Que sí, que sí, que hay hombres de una pieza

que han prendido en sus propias carnes

la verdadera esencia de la vida

en el rigor que entraña el sufrimiento.

Hombres volcados al amor, enteros,

incapaces de defraudar la expectativa

de Aquél que los creó.

Hombres idóneos

de fundir con su luz

el frío corazón de las estatuas.

 


            Al pasar de las páginas del poemario mucho me ha agradado el poema (un soneto con estrambote) que Pedro Javier, fiel a la generosidad que lo caracteriza, me ha regalado. Sí, querido amigo, coincidimos en muchos gustos e ideas comunes, y coincidimos en el amor al mar que para nosotros se convierte en la mar, femenina madre, y esposa, y hermana, y amante. Vivimos momentos extraños, tantas veces desconsolados, y la mar se inflama con la infinidad de su tristeza y se debate agorera de presagios. Peo esa mar, agónica hoy, rutilará mañana, pronta de luz y azules. La esperanza es fuerza en la espera; el mal no tiene la última palabra. Un agradecido y grande abrazo.

 

                                   Jesús Cánovas Martínez@

                                   Filósofo y poeta

                                   Ad astra per aspera.

miércoles, 5 de mayo de 2021

MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

 

MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

MAGDALENA CÁNOVAS MARTÍNEZ

Prólogo de José Manuel Vidal Ortuño

DIEGO MARÍN EDITOR, MURCIA, 2021

 


Una tenue nostalgia de amortiguado dolor recorre este poemario, Más allá del tiempo, de Magdalena Cánovas, mi hermana. Si no la conociera ni tampoco supiera a lo que alude el poemario, pasaría por él sintiendo la tristeza y el dolor que desprende; pero conozco el hecho, los hechos, y no puedo sino involucrarme  entre sus sentimientos palpitantes que van desde la tristeza hasta la esperanza, pues Antonio Campuzano, su marido, cuya muerte canta, fue para mí un hermano mayor.

La ausencia de un ser querido deja una herida que no se curará jamás; por lo menos, no se curará mientras dure nuestro paso por esta vida biológica. Aun así, para un creyente, tal y como el título del poemario apunta, más allá del tiempo se sitúa la eternidad; por lo que, paralelamente, más allá del dolor se sitúa la esperanza y el gozo del reencuentro, porque el tiempo, remedando a San Agustín, es tan solo un paréntesis dentro de la eternidad de Dios. Ahora bien, transitamos por el tiempo, y el tiempo nos ofrece los acontecimientos como sucesivos: la muerte siempre precede a la resurrección, y la pasión y el dolor se aúnan con la muerte. Esa es nuestra vivencia.

A nuestro pesar, por lo que de desgarradura tiene, la muerte se convierte en necesaria, ya que solo quien ha muerto puede llegar a vivir en un sentido pleno. Si nuestra vida aquí, acechada por el decurso de lo temporal, no puede ser sino disminuida, la muerte a esa vida disminuida y acechada se convierte en paso o puerta estrecha hacia la resurrección y la verdadera Vida. Mientras que tal tránsito no suceda, nuestros sentimientos serán ambiguos y pivotaremos entre el dolor de lo que nos desgarra y el gozo de lo que anhelamos. Tal disyuntiva, fuerte, tensionada, es la que nos propone Magdalena en este poemario cargado de profundos sentimientos y reflexiones, entre los que se traslucen múltiples resonancias tanto filosóficas como teológicas.

En el poema que lleva por título Un suspiro en la eternidad, dice la autora:

 

Y se va la vida, se va a otro destino,

no somos dueños de ella,

nos pertenece solo un suspiro del tiempo.

¿Qué es un suspiro en la eternidad?

 

Y tras constatar la fugacidad de la vida, un soplo que pronto se desvanece (la resonancia bíblica es patente), Magdalena concluye:

 

¿Tiene sentido la vida?

Solo lo tiene si Dios está detrás de ella.

Espero que termine mi suspiro

para volver contigo para siempre.

 

Más allá del tiempo comienza con unos poemas que son como lágrimas y dan un toque de Silencio, una expectación ante lo que la autora quiere comunicar y le espera al lector: una fuerte contraposición entre el Tú ausente del esposo, y, paradójicamente, pleno, y el Yo presente de la poeta, y, paradójicamente, vacío. El Tú y el Yo, separados por el tiempo, resolverán el conflicto de su separación tan solo en la eternidad que aguarda, en Dios.

Pero veamos, para la resolución de la antítesis propuesta, cuál es el itinerario que nos propone Magdalena Cánovas. Por definición no puede haber dialéctica posible entre el tiempo, ese punto incesante en su discurrir, y la eternidad, el instante que no deviene. La dialéctica solo atañe al tiempo, y el tiempo es el molde que conforma la vida cotidiana, río sin retorno por la que discurre esta hacia el océano de la inmensidad, donde cesa cualquier devenir. La eternidad, sin embargo, no la podemos comprender. Nos podemos hacer una idea de ella con conceptos que siempre resultan deficientes o con imágenes o metáforas que aluden a un más allá que las trasciende, porque a nuestra experiencia solo le llega el flujo de lo temporal; aun así, velada por las brumas de un espejo, la eternidad aguarda tal Blancura nívea, inmarcesible, al final de cualquier dialéctica con la que podamos acercar su comprensión. En el poema El mundo de arriba, dice la autora:

 

Subiré de las sombras

a la luz cegadora,

acostumbrando estoy

a la verdad mi vista.

Es difícil contemplar

desde esta oscuridad,

las auténticas formas;

si se velan mis ojos

estarás esperándome

arriba, en la salida,

y me abrazarás de luz,

solícito y amoroso,

hasta que pueda abrirlos

y mirarte a los ojos.

 

¿Cómo alcanzar lo eterno desde nuestra vida dolorida y carente? Allí donde la razón cesa, aparece el Amor. Sí, el Amor, la emoción más pura. La razón nos hace ver espejismos como los reflejos de un espejo o nos catapulta hacia ese pozo desconsolado de la soledad, pero el Amor vuela, tiende puentes, y lo que en un principio parecía imposible, lo convierte en factible: la comunión de dos seres cuyo amor rompe las cadenas del tiempo.

El poema Puente de Amor refleja esta idea. Así comienza:

 

Cruzaré el abismo infranqueable

por el puente de amor que construimos,

ninguno de los males de este mundo

jamás socavará sus ataduras.

 

El Amor destruye cualquier dialéctica de aproximación y se constituye en la vía más recta hacia lo eterno (ya lo adelantaba Platón). La dialéctica alude a lo terráqueo; el Amor a lo celeste, a la blancura en la cual se disuelve cualquier contraste o matiz porque contiene todos los contrastes y matices. Si la muerte aparentemente separa a dos seres que se aman, es por este Amor verdadero, único puente entre la vida y la muerte, que se puede superar cualquier abismo infranqueable. Si el tiempo lo podemos simbolizar por una recta que siempre avanza, acercando el futuro al pasado, para el amor podemos utilizar el símbolo del círculo, figura perfecta donde comulgan principio y final, y, en este sentido, figura de lo eterno. Un círculo ardiente de inmarcesible blancura, un Amor Puro al que llegan todos los puentes que ha tendido el Amor, y todo lo contiene y en él vive, alfa y omega:

 

Y tú, en lo más alto:

Espíritu divino,

Ser celeste, esencial,

conteniendo en tu mente

sublime las sustancias.

Acto puro omnímodo,

Voluntad y Energía,

Palabra, creación

del espacio, del tiempo

y todo lo que encierran.

 


 

Magdalena Cánovas enfrenta de bruces la ausencia de un ser querido, Antonio Campuzano, su esposo, al que evocará y tendrá presente a lo largo de los poemas que componen Más allá del tiempo. Son poemas en los que testimonia su amor incondicional y, como flechas heridas por ese amor, traspasarán el tiempo y el espacio. Volarán allende la condición biológica a la dimensión de la paz, a la dimensión del verdadero amor incólume, revestidos de la esperanza casi grácil que proporciona una fe arraigada.

Porque la muerte no existe, es tan solo un extraño espejismo que separa los cuerpos físicos pero no las almas que verdaderamente han comulgado en el amor. Por eso, Magdalena se desnuda en y con las palabras para ser veraz, y con cuidadoso tino entreteje la nostalgia y la esperanza con las que alumbra sus poemas. Como si fueran dulce cauterio, en el decir de los clásicos, los convierte en fuego vivo, brasas o ascuas, con los que arrancar el sufrimiento y transmutar la ausencia dolorosa en tenue presencia indemne, constante, cierta.

 

 

                                   Jesús Cánovas Martínez@

                                               Filósofo y poeta.

viernes, 6 de noviembre de 2020

POR UN PAQUETE DE CELTAS

 

POR UN PAQUETE DE CELTAS

JUAN GIL PALAO

(Con prólogo de Francisco Javier Illán Vivas e introducción del autor)

EDICIONES IRREVERENTES S.L., 2019

 

 


Por un paquete de Celtas lo constituyen quince cuentos cortados a bisel, duros, broncos, de una esencial crudeza, acorde con el tema que tratan: la violencia en general y, con especial relieve, la violencia de género y doméstica; al hilo, Juan Gil Palao, aborda una serie de problemáticas colaterales en que el binomio amor/desamor adquiere una inusitada patencia. Si este es el fondo, la forma de la escritura se le acomoda como un guante al adquirir el tono de un realismo sin concesiones.

Paso a dar unas pinceladas sobre el libro, según las impresiones que me ha dejado su lectura.

 Lo primero que echo de ver es que en todos los cuentos se desprende una suerte de moraleja, una enseñanza para la vida o advertencia para caminantes, que bien harían si se detuvieran un momento y la ponderaran debidamente. En este sentido, Por un paquete de celtas cabría encuadrarlo en el género apológico, pues al terminar su lectura da la impresión que todo él en su conjunto apunta a la enseñanza que el autor quiere transmitirnos.

Desde esta perspectiva, los dos últimos relatos, aunque cada uno de ellos tenga su moraleja o enseñanza particular, me parecen conclusivos de la totalidad del libro, ya que en última instancia invitan a aprovechar los instantes de la vida que se escapan como granos de arena entre las manos.





En el penúltimo, cuyo título ya es bastante significativo, La vida fue un soplo, se nos invita a vivir bien la vida, a llevar una vida buena, plena, intensa, porque el tiempo pasa y no vuelve hacia atrás; por eso hay que actuar desoyendo cualesquiera tipos de estrecheces mentales, porque si en un momento determinado no se toma una decisión fundamental y se articulan los medios para llevarla a cabo (con especial relevancia si se trata de declararse a la persona amada), quizá sea tarde después y lo único que se pueda constatar sea el propio fracaso vital.

Ahora bien, si la vida es un soplo e indefectiblemente pasa, ¿cómo vivirla de un modo correcto? Esta es pregunta importante que el autor aborda en el último relato, Cabeza de chorlito (y supongo que, al ordenar el libro, Juan lo ha puesto en ese lugar a conciencia), el cual, dicho sea de paso, es uno de los más emotivos. En él aparece la figura del abuelo, tal y como la recuerda uno de sus nietos; a la par de una reivindicación del valor de la ancianidad, el relato está traspasado por una contenida emoción, un recuerdo, íntimo y entrañable, del abuelo y de los días ya idos para siempre, aunque de alguna manera intactos en la memoria y el corazón de quien escribe.

 

Mi abuelo es una de las suertes que la vida me ha dado, siempre me ha marcado mucho, y aunque se haya ido, para mi sigue viviendo, porque está siempre en la memoria y en el recuerdo, lo mismo que mi abuela, que le precedió unos años antes.

El paso de la vida es continuo, el tiempo implacable y los años pasan, más rápido cuanto más edad cumplimos. Y crecemos, y maduramos, y envejecemos sin darnos cuenta, despertándose recuerdos que parece que sucedieron ayer.

 

¿No parecen reminiscencias biográficas? Es de notar que de este abuelo no se dice el nombre, con lo que el autor resalta así su cualidad de arquetípico. Es el abuelo de todos los abuelos; un abuelo que, en definitiva, recordará al del lector si tuvo la suerte de tenerlo. Pozo de sabiduría para el nieto, con la trasmisión de una visión del mundo y, concomitantemente, de la serie de experiencias y tradiciones que conlleva, le inculca la virtud de la ponderación, tan necesaria para el buen vivir: ese juicio equidistante entre las cosas y los acontecimientos que no obedece sino a la bondad aquilatada por los años. El mejor sentido del término medio es una mirada buena sobre la gente y la naturaleza con que se apuntala el saber vivir, imprescindible para alcanzar la vida feliz. La Felicidad con mayúsculas posiblemente no exista en el mundo, aunque sí la felicidad con minúscula, humana, asequible a cada uno de nosotros en el sentido más aristotélico del término, y esto mismo es lo que Juan Gil Palao quiere evidenciar.



 No obstante, para llegar a esta sabiduría de vida y comprender la enseñanza que se desprende del último cuento, quizá debamos leer el libro y transitar por sus páginas en las que se nos van ofreciendo, de una u otra forma, las caras del desamor. Porque a mí entender o, por lo menos, en mi lectura, el autor incide en este desamor de manera obsesiva, y en el dolor y sufrimiento que produce, circunstancia quizá necesaria para poder llegar finalmente a la valoración ecuánime de la vida, y ponderar en sus justos términos eso que llamamos amor, que para Juan Gil Palao, adelanto, no es la ilusión placentera o emocional del momento.

Tal vez el cuento más bronco de todos, con las aristas más cortantes, sea el primero, sin lugar a dudas puesto a propósito en el inicio y que da título al libro: Por un paquete de Celtas. Con toda su crudeza, el autor nos muestra una familia desestructurada, donde siempre planea la amenaza, el grito y la posibilidad del maltrato no solo psíquico sino físico. Un padre violento que maltrata a su mujer y a sus hijos, envía a su hijo adolescente a que le compre un paquete de Celtas. El muchacho compra el paquete, pero algo le pasa por la cabeza cuando decide no volver a casa; de tal forma inicia una vida en solitario. Podría terminar aquí el relato, pero al lector le esperan una serie de vueltas de tuerca. Después de una serie de avatares, de una vida de trabajo, y de llegar a una estabilidad y solvencia económica, este muchacho, ya hombre, encuentra a la mujer que cree será su compañera para toda la vida. La sorpresa para él, y para el lector, es que esta mujer debido a su inestabilidad, tal vez debido a problemas de tipo psíquico, comienza a maltratar al protagonista hasta el punto de que la vida entre los dos, en la familia, pues ya han llegado los hijos, se hace insoportable. Los esquemas se repiten, pero por una especie de ley del espejo, a la inversa. Si antes su padre fue el maltratador; ahora cogerá las tornas su mujer, que le hará la vida imposible. Y nueva vuelta de tuerca: deriva este infierno en una falsa denuncia cursada por la mujer, asesorada por una abogada, al protagonista, con la consecuente detención de este. Por si fuera poco, no se le supone la presunta inocencia, sino que es él quien tiene que demostrar su no culpabilidad, con el consiguiente desgarro psíquico que esto le conlleva.

La enseñanza se desprende por sí sola, en la que no quiero insistir y dejo a la consideración del lector; aun así, y puesto que Juan Gil Palao invita a ello, no puedo dejar de lanzar unas preguntas: ¿Es correcta la actual ley de protección de la mujer (una discriminación positiva), que por otro lado no evita la violencia y las muertes de mujeres? ¿Más que un tratamiento judicial, y ya que son personalidades trastornadas las que protagonizan estos hechos, no cabría abordar estas problemáticas de otra manera, me refiero con la intervención del psicólogo o el psiquiatra? A este hilo resalto, tal y como hace el autor, que los maltratadores poseen una personalidad desequilibrada; sin embargo, habría que concluir que las víctimas, por no rebelarse y asumir el papel de víctimas sin más, también. Profundizar en esto sería entrar en un tema escabroso como el del sadomasoquismo. Los maltratadores, por lo general, tienen dos caras: la que ofrecen al público y la que ofrecen en casa: la que ofrecen en casa es la de la violencia y falta de respeto. Las víctimas suelen ser seres frágiles, obedientes, débiles, y lo último que están dispuestas a admitir es lo que les está ocurriendo; por eso fácilmente desoyen los consejos de familia y amigos.

Como si se reflejaran unos en otros, como si siguieran esa suerte de ley del espejo, se van desprendiendo y sucediendo los relatos del libro. Si en Por un paquete de Celtas, el resultado podríamos considerarlo casi feliz, porque el protagonista logra rehacer su vida, no sucede lo mismo con el siguiente Asturias, patria querida, que termina con un suicidio.



Son temas candentes los que se tratan, pero el del desamor siempre se significa de forma cruda; lo cual, como reverso, y como he dicho antes, lleva a ponderar de manera indirecta lo que sería el amor, el verdadero amor. De forma magistral el autor incide en el amor de pareja, el de un hombre con una mujer, en varios de sus cuentos. Aunque la ironía parece ausente en el libro, me ha parecido detectarla en el relato La novia de Braulio y, más aún,  en el que lleva por título Princesa. Me centro en este último. ¿Qué sucede cuando a una niña desde bien chiquitita la llaman princesa y le muestran un mundo que se pretende de color rosa? Que se lo cree. Se siembra así la simiente del fracaso. Cuando llega a mujer, la princesa se casa con lo que creía su príncipe azul, pero, resulta, que el príncipe no tiene nada de azul y menos de príncipe… y ese matrimonio deriva en un fiasco. El contacto con la realidad es durísimo. Aun así, Juan Gil Palao, por lo general, no quiere dejarnos con un mal sabor de boca y los protagonistas de sus relatos de algún modo rehacen su vida. La Princesa encontrará al hombre que la hará feliz, que ya no es un príncipe azul, sino sencillamente un hombre que  la quiere, la aprecia y la respeta.

Por último resalto la concepción que el autor tiene del amor, que hace especialmente explícita en el cuento que titula Amor virtual. Para Gil Palo el amor no consiste en una idealización de la relación de pareja y vivir en las nubes; el verdadero amor, para él, tiene un sentido práctico. De este modo, valora en sus personajes, a la par, la doble capacidad de rehacerse y de trabajo. Y, enlazando con lo dicho anteriormente, patentiza de forma unánime el axioma que se podría enunciar del siguiente modo: es necesario saber vivir para poder amar, y viceversa, quien ama necesariamente ha aprendido vivir. Los personajes de los cuentos que encuentran la dicha, o son prácticos o, a fuer de descalabros afectivos, se convierten en prácticos. Para el autor el verdadero amor tiene un tinte antiromántico porque es el que toca tierra en el día a día; es aquel que reconoce las heridas o errores del pasado, pero los siente como pasados; es aquel en el cual se comparten anhelos y esperanzas, pero también los problemas cotidianos con voluntad de afrontarlos y seguir adelante.

 

Llegó de inmediato la convivencia, el día a día, la intimidad, y el sexo de forma cotidiana. Se conocieron entonces en sus defectos, en sus miedos, en sus manías, en sus rarezas, en sus miserias, en sus partes negativas, en sus enfados y en todas sus conductas. Conocieron sus diferencias. Superaron todas las barreras, y supieron quererse. Comprendiendo que eran compatibles para pasar juntos el resto de sus vidas y reflexionando en que tal vez las cosas no pasen por casualidad sino por algo más lejano a lo imaginable.

 


No debo desbrozar más este libro, vivo y directo, casi ofensivo en algunas ocasiones; en otras, tierno y de gran dulzura. Tal cometido lo dejo al lector que seguro encontrará un auténtico placer en ello.

Juan Gil Palao trabaja en los juzgados de Yecla, es tramitador profesional y ha asistido a tomar declaración a numerosas personas que han pasado por las situaciones no del todo idílicas que aquí relata. Una experiencia vital y profesional, por tanto, corrobora la veracidad de sus cuentos, que son realistas al extremo y, desgraciadamente, en el día de hoy siguen ocurriendo con demasiada frecuencia.

Señalo, por último, que Por un paquete de Celtas fue galardonado con el X PREMIO INTERNACIONAL VIVENDIA VILLIERS DE RELATOS.

 

                                             Jesús Cánovas Martínez@

                                               Filósofo y poeta

                                               Ad astra per aspera

miércoles, 7 de octubre de 2020

NOTA DE JOSÉ LUIS MARTINEZ VALERO SOBRE "SOY DE TIERRA, TAMBIÉN DE CIELO, Y CANTO (ELEMENTAL TRATADO POÉTICO DE ORACIÓN)" DE JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ

 NOTA DE JOSÉ LUIS MARTINEZ VALERO SOBRE "SOY DE TIERRA, TAMBIÉN DE CIELO, Y CANTO (ELEMENTAL TRATADO POÉTICO DE ORACIÓN)" DE JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ



Querido Jesús, tu libro es raro y difícil, por lo que dices y por lo que se propone. Lo has publicado en el momento oportuno, ninguno lo es tanto como en estos días de confusión, donde el político es científico y el más ignorante presume de tener soluciones inmediatas. Me gusta el subtítulo, tratado elemental, no creo que pueda darse el superior, porque ese ya no será un tratado, sino una experiencia intransferible, aunque se escriba sobre ella.



La oración es calma y claridad, a veces angustia, pone las cosas en su sitio, para apartarlas, las deja justo donde corresponde, no es necesario que como aquellos que iban a los desiertos, las abandonemos. La lectura de tu libro me ha hecho plantearme ese hecho singular que llamamos oración.

¿Cómo orar? Esa voz personal, desprovista de toda solemnidad y prejuicio, donde nos encontramos desnudos,  que nace de nuestras raíces y que se resuelve en secreta conversación. La colocamos en palabras que son de todos, pero que,  ahora, se convierten en íntimas, como procedentes del corazón no de la boca.  

Palabras que han debido ser formuladas, casi en silencio, sólo murmullo, como hoja al viento, como perfume de romero en el monte. Qué difícil es decir callando.

Tenemos que recordar a Bécquer…A diario recurrimos a voces seguras, repetidas, cantos corales, pero la oración es personal, quizá debería decir que se producen desde la soledad, una soledad que no es abandono, sino que, como Job, tiene la certeza de que podrá ser escuchado. A veces es la angustia, la zozobra, a veces el éxtasis. El mar sería una buena imagen y, tú, la utilizas, vemos la espuma, el bucle de la ola y más abajo la quietud, que no siempre vemos. El mar es un misterio.

Cuando arrojamos una piedra a un pozo profundo, por un momento, mientras cae, es todo silencio, percibimos el silencio, ese espacio mudo que se parece al vuelo, un vuelo definitivo, destinado a caer, de pronto oímos el golpe seco y se rompe el encanto. Por fin, la piedra deja de ser pájaro y recobra su ser de tierra, descansa, se suma al montón, que los curiosos han ido depositando.

Imaginemos que, esa piedra, cuando sale de nuestra mano, es una palabra, a veces es una palabra, pero no esperamos el eco. En la oración el eco sería falso, nuestra palabra de un modo u otro, seguiría siendo la misma palabra. Hemos dicho que ésta que cae lo hace en silencio, la hemos lanzado en busca de no sabemos qué, quizá el fondo, lo profundo, pero sólo conocemos el golpe, a veces percibimos que este golpe es sobre el barro o sobre agua, aunque distinto, no nos importa, la palabra ha alcanzado su objetivo, advertimos la distancia. La piedra y la palabra son ahora expresión de esa distancia que hay entre el sujeto que emite y el supuesto receptor.

¿Y, si el pozo, estuviese hacia arriba? Ese pozo invertido, al que lanzamos la piedra, devuelve siempre la misma piedra, cae con más o menos fuerza, dependiendo de la fuerza de nuestro brazo. Esta piedra que podemos convertir en palabra, que es silencio, digo piedra, porque no hemos sabido formularla o porque no puede o no debe ser dicha, y que sólo puede ser silencio, que se aproxima más. Un no decir que dice más.

Pero, tú, has escrito un manual, una experiencia de ese silencio y necesitas traducirlo a palabras. El pozo, hacía arriba o hacia abajo, no responde o si lo hace es muy difícil de entender. Es el esfuerzo, el intento lo que aquí es fundamental. Nosotros somos el pozo.

Quiero decir que somos ese espacio en el que, gracias a la palabra y, naturalmente al silencio, se produce esa comunicación a la que llamamos oración. He elegido el pozo porque es riesgo, si no está señalado con facilidad podemos caer en él. Quiero decir que erraríamos el camino, es fácil equivocarse. Entonces el pozo se convierte en un lugar que nos aísla, el aislamiento puede darnos la seguridad de fortaleza. Podemos verlo a diario en el fundamentalismo: los otros no entienden, nosotros sí. Especie de egoísmo extremo, dogmático, que no ofrece duda alguna. Decía Juan Ramón: la duda no hay por qué curarla, la duda no es una enfermedad.

La oración nace de la duda.



Texto de José Luis Martínez Valero©


martes, 1 de septiembre de 2020

TREINTA CASTAÑUELAS PARA LONDRES

 

TREINTA CASTAÑUELAS PARA LONDRES

(La verdadera historia del bailarín Félix García y los Ballets Russes de Diághilev)

ANTONIO HERNÁNDEZ MORENO

Edición de autor. Murcia, 2019

Disponible en Amazon

 
















El pasado 27 de agosto tuve el honor de presentar en el Hotel Puerto Juan Montiel de Águilas el libro de Antonio Hernández Moreno Treinta castañuelas para Londres (La verdadera historia del bailarín Félix García y los Ballets Russes de Diaghilev), ante un público compuesto no solo por familiares y amigos del autor, sino, sobre todo, por amantes y curiosos del hecho musical que, dadas las restricciones impuestas por el COVID, podríamos considerar numeroso. El acto fue introducido por un improvisado toque de castañuelas en memoria de Félix García a cargo del bailarín José María Tomás, Chechu. Como colofón, tras la presentación del libro, siguió un concierto de música española llevado a cabo por un selecto elenco de músicos, cantantes y bailarines que han acompañado a Antonio Hernández Moreno a lo largo de los sucesivos conciertos homenajes a Félix García durante los últimos años.

Junto a Antonio Hernández Moreno, en la mesa estuvimos, Loida, hija del autor y traductora del libro al inglés, y el que esto escribe. Reproduzco a continuación parte de lo que se dijo sobre Treinta castañuelas para Londres:









 

El título del libro lo extrae el autor de una carta de Sergei Diaghilev, empresario fundador de los Ballets Rusos, a Manuel de Falla, poco antes del estreno del ballet El sombrero de tres picos en el Teatro Alhambra de Londres el 22 de julio de 1919, en que le pide lleve treinta pares de castañuelas con las que armar a los bailarines que van a participar en el estreno. Entre estos bailarines se encuentra Félix García, quien iba a representar el papel de Molinero y que, como asesor, ayudó en la coreografía y confección de determinadas danzas (con toda seguridad las jotas finales), pero que, sin causas que lo avalen o expliquen convenientemente, fue desplazado de su papel principal por otro bailarín, Leonid Massine, favorito de Diaghilev, para desempeñar dicho cometido. Tal affaire resultó crucial en la vida de Félix García. Encorajinado por el desplante, plausiblemente culmen del mobbing desencadenado en su contra, joven y temperamental como era, sufrió un episodio psicótico que tuvo unas gravísimas consecuencias. Antonio Hernández Moreno relata magistralmente hasta el detalle, con una gran fuerza expresiva, este acontecimiento dramático; en un país ajeno, desconocedor del idioma y, consiguientemente, con grandes dificultades para hacerse entender, Félix García será detenido por la policía de Charing Cross, e ingresado finalmente en el Horton Lane Hospital, psiquiátrico del condado de Epsom. Sin nadie que se haga cargo de él (los padres fallecieron prematuramente al poco de que viajara a Londres; los responsables de los Ballets Russes se desentendieron), Félix García es sepultado en vida en dicho hospital; a la sazón tiene dieciséis años de edad, y allí pasará los veintidós años restantes de su corta vida. Morirá el 18 de marzo de 1941 a la edad de 37 años, y será enterrado cinco días después en el Long Grove Cemetery de Epsom donde todavía yacen sus restos. Las pocas referencias que hay de él en los libros de historia de la música pasan deprisa sobre su figura, y apenas lo designan como Félix el Loco; sin embargo, el dramático percance que sufrió, su ingreso en el psiquiátrico y su muerte prematura, olvidado y solo, suponen el gran crespón negro en el estreno de El sombrero de tres picos.

Treinta castañuelas para Londres tiene como objetivo principal vindicar la figura de Félix García, encontrar su verdadero nombre (Félix García era el artístico), ponerle un rostro, darle una identidad; en definitiva, reconstruir su biografía y reconocerle su participación, y el consiguiente mérito, en el montaje coreográfico de El sombrero de tres picos. Esta puesta en valor del bailarín le ha llevado a Antonio Hernández Moreno la friolera de veinte años de ardua investigación, desde que tuvo noticia de su existencia hasta la publicación del libro. En el prólogo, el autor reconoce las dificultades de su tarea cuando expresa: “he tenido que recorrer muchos kilómetros y buscar en muchos archivos y bibliotecas, la mayor parte del tiempo sin obtener resultado alguno. La tarea no ha sido fácil. Era como buscar información de algo que no había existido u ocurrido, o como si su paso por la vida hubiese sido fugaz y fortuito”.

Aun así, con tantas dificultades, pero con un empeño tozudo, el libro ha cuajado y reconstruye de forma veraz la biografía de Félix García y la época en que esta se desarrolló, sin dejar de lado el trasfondo de bambalinas de los Ballets Russes de Diaghilev; para ello, el autor ha sacado informaciones de la prensa del momento, documentos (la mayoría inéditos) y testimonios de los personajes (compañeros de Félix) que conocieron al bailarín y con quien trabajaron.



La estructura de Treinta castañuelas para Londres es la de una novela policiaca. El primer capítulo se desarrolla en el contexto de la visita a Inglaterra, en enero de 1940, de un joven hombre de negocios español (alter del autor). Sus anfitriones deciden llevarlo a un concierto harto curioso en el Woodcote Park de Epsom, pues la mayoría de los asistentes son internos de los cercanos hospitales psiquiátricos. En medio de la algarabía que levantan ciertas piezas en los internos, el joven reconoce una voz que habla español; su curiosidad se dispara e intenta entablar conversación con dicho sujeto. Tal recurso literario, le permite a Antonio Hernández Moreno, al igual que la despertada atención del joven viajero imaginario, espolear la del lector. De esta forma, fortuita o anecdótica, comienza la trama de los hechos que sucederán a continuación (reales la mayoría, aunque con la adosada carga literaria), a la vez que quedarán plasmadas las indagaciones con anterioridad llevadas a cabo. El penúltimo capítulo cierra un círculo; en él volveremos a encontrar al joven empresario hablando con el responsable del psiquiátrico (Mr. Drew) acerca de Félix García. Y un año después de su primera visita, los datos que le faltaban para hacerse una idea de la totalidad de la vida (y de la muerte) del bailarín le quedan suministrados. El siguiente capítulo, y último, es un digno colofón de la obra, y refiere unas plausibles reflexiones de Maurice Ravel en su retiro de Ciboure (País Vasco francés a la vera de la mar) acerca de los hechos previamente narrados.

Entre el primer y penúltimo capítulo se cierra un círculo de indagaciones; en medio de los mismos se sucederán una serie de capítulos que son como teselas vivas de un mosaico, y digo teselas vivas porque, aunque adquieren su pleno sentido en el conjunto, cada uno de ellos desarrolla una temática autónoma, escindible del resto. A tal fin, Antonio Hernández Moreno ha suprimido el orden cronológico de los acontecimientos, sustituyéndolo por otro que podríamos considerar sentimental o moral que atiende más bien a la lógica de los personajes que hablan o interactúan. Para el lector, este orden, en un inicio, le resultará arcano o desconocido, pero conforme vaya avanzando en la lectura irá comprobando la fina arquitectura de tal ensamblaje. Interesante, en este estado de cosas, resulta resaltar el hecho de que cada capítulo va precedido de una entradilla que lo contextúa debidamente. Son necesarias para que el lector no se pierda: explican o proponen quién es el personaje histórico que habla, casi siempre en primera persona, y en referencia a qué. Al hilo, el decurso del relato se va enriqueciendo y ganando complejidad.




El empleo de esta técnica narrativa le permite al autor cargar la obra de perspectivas subjetivas según los diversos personajes que hablan o interactúan, de tal modo que Treinta castañuelas para Londres se convierte en una obra eminentemente poliédrica; y añado que con tal recurso no solo se resaltan las anécdotas o acontecimientos reales, sino que se dinamiza el texto, e incluso se consigue que el lector participe de forma activa en su conformación. En la obra se imbrican la psicología de los personajes con los hechos, la indagación histórica con la creación literaria y, en último término, lo imaginario con lo real. Esto dicho, vengo a precisar que el elemento imaginario en ningún momento sustituye al real, pues no lo contradice; lo complementa más bien de modo verosímil o fehaciente y ayuda a la coherencia del relato. Consecuentemente, en la obra cabe hablar de elemento imaginario, pero no ficticio; porque la realidad imaginada no se superpone o desplaza a la realidad de los hechos (valga la redundancia), sino que simplemente la complementa.

Estructura poliédrica, diferentes puntos de vista, controvertidas historias que se desarrollan bajo el paraguas de Diaghilev, quien protege o defenestra… Treinta castañuelas para Londres es un libro de investigación, es un relato novelado, es historia de la música, pero no es propiamente un ensayo, ni un novela, ni mera historiografía, ni aún menos musicología; es todo eso y algo más, posee un plus, y casi me atrevería a decir, por el mestizaje que alumbran los cruces de discursos y perspectivas mencionados, que inaugura un nuevo género literario. Antonio Hernández Moreno lo advierte cuando en el prólogo refiere:

“Lo más difícil ha sido la mejor manera de contar la historia… Por lo que siempre opté por un tratamiento novelado de los datos obtenidos por mi trabajo de campo y el uso infalible de la intuición musical que tanto recomendaba Pau Casals”.



Treinta castañuelas para Londres vindica la figura de un bailarín, Félix García, pero supone un retrato de época: el momento en que las vanguardias irrumpen en el arte, y de manera especial en el que inspiran Euterpe y Terpsícore. Músicos tan significativos como Falla, Ravel o Stravinsky; pintores como Picasso; bailarines como Nijinsky, Massine, Lydia Sokolova… se dan cita entre sus páginas. Y, entre una pléyade de personajes, no falta Alfonso XIII, el inductor de la composición de El sombrero de tres picos, adaptación para ballet de la obra de Pedro Antonio de Alarcón. En agradecimiento por la mediación que Alfonso XIII hace para liberar a Nijinsky de un campo de concentración durante la Primera Guerra Mundial, Diaghilev recoge el encargo de componer un ballet eminentemente español pero representado por rusos… Y ya lo sabemos: como asesor de los bailes españoles y, a la vez, participante de la obra, contratará a Félix García.

La danza se añade a la música por pura connaturalidad, y a la danza y a la música, se adjunta la pintura como imprescindible telón de fondo. La música la puso Falla, la coreografía Félix García (finalmente reconocido tras la investigación llevada a cabo por Antonio Hernández Moreno), y la pintura, decorados y trajes, ni más ni menos que Picasso. El sombrero de tres picos irrumpe con fuerza en el contexto musical de las vanguardias, y quedará en la historia como una de las grandes obras de la música de todos los tiempos, por primera vez representada por los Ballets Russes de Diaghilev.

Resalto, por último, en estas breves pinceladas sobre el libro, que el autor ha añadido unos Anexos al final donde aporta una serie de documentos y material gráfico con los que sustenta su investigación.



Agradezco enormemente a Antonio Hernández Moreno que me haya elegido para presentar su libro, Treinta castañuelas para Londres, por el honor que me ha hecho y por el aprendizaje que ha supuesto para mí de cosas que desconocía. Al considerar estas historias cruzadas que sucedieron en un pretérito, pero más aún al pensar en los personajes tantas veces anónimos que las protagonizaron, casi sin quererlo el corazón se me encoje un poco en el pecho. Imagino la troupe de los Ballets Russes dando tumbos por Europa y América, de un país a otro, de teatro en teatro, viajando en los vagones de tercera de los trenes de la época, o en carromatos de mala muerte, o en las bodegas de los barcos, deteniéndose lo justo en los hoteles o pensiones de las ciudades a que arriban, tantas veces en condiciones insalubres, asediados quizá por alguna plaga que otra de piojos. Llevan vidas trashumantes, arrastradas, bohemias en extremo; y ellos mismos poseen una dudosa catadura moral: amancebamientos de quita y pon, sexualidad exacerbada fuera de cualquier norma, rencillas, luchas despiadadas por conseguir un papel, acosos, traiciones… No sé por qué me viene a la cabeza El viaje a ninguna parte, la película de Fernando Fernán Gómez basada en su novela homónima, donde unos cómicos transitan de pueblo en pueblo por los páramos manchegos con la farándula a cuestas. Siento una gran tristeza a la vez que una admiración profunda por estos personajes anónimos de las troupes. Llevaron vidas miserables y trabajaron por una recompensa efímera, pasaron por la existencia de forma tan fugaz como un soplo que lleva el viento, nadie los recuerda; pero fueron capaces de elevar el espíritu, por encima de la materialidad y de cualquier miseria, a un nivel salvaje de deslumbrante belleza.

 

                                      Jesús Cánovas Martínez©

                                      Filósofo y poeta.

                                      Ad astra per aspera.