lunes, 6 de septiembre de 2021

EL ÚLTIMO PAPA

 

EL ÚLTIMO PAPA

MALACHI MARTIN

HOMO LEGENS

 

 


Quizá deba comenzar por hablar de lo que no me gusta de esta novela, El Último Papa, de Malachi Martin, publicada por primera vez en Nueva York en 1996. No me gusta que en la edición que manejo le hayan cambiado el título. Cierto que la novela gira en torno al “papa eslavo”, su atardecer, su crepúsculo y, por último, su noche, según las tres partes en que se estructura, pero el título original me parece mucho más sugestivo en cuanto metáfora de la propia Iglesia: Windswept House: A Vatican Novel, La Casa azotada por el viento: Una novela del Vaticano. Tampoco me gusta su extensión, 695 densas páginas que en algún momento se hacen pesadas, a mi modo de ver, por la falta de pericia literaria del autor; así el lector se encontrará con estructuras narrativas repetitivas e ideas o argumentaciones que se quieren atornillar tanto que terminan por aburrir; por otro lado, hay historias paralelas hasta cierto punto prescindibles ya que si se suprimieran o se les dedicaran menos páginas dejarían intacto el corazón de la novela y la aligerarían. Con menos páginas de la mitad hubiera quedado una novela redonda. Dicho esto, entiendo que hablo desde mi subjetividad, por lo que no tendría inconveniente admitir como válidas las opiniones de alguien que pensara de forma diferente a la mía.

A pesar de las objeciones antedichas, recomiendo la lectura de la novela. ¿Por qué? Por su fondo inquietante; fondo inquietante que debería conocer todo aquel que quiera hacerse una idea lo más fidedigna posible de la coyuntura por la que está pasando, no solo la Iglesia, sino nuestra civilización occidental. Y es que en esta su última novela dada a la imprenta, el mismo autor advierte que en un 85% está basada en hechos reales y muchos de los personajes que aparecen en ella, aunque con nombres ficticios, son reales. La novela trata de la Iglesia y de las fisuras que hay en su interior; a su vez indica el papel que juega la Iglesia en el ámbito de la geopolítica. El tema, desde luego, es controvertido.

Pero es que el mismo Malachi Martin fue un hombre controvertido. Un irlandés, nacido en 1921, en una familia burguesa de profundas raíces católicas (los padres tuvieron cinco hijas y cinco hijos, cuatro de estos últimos abrazaron el sacerdocio). Ingresó en la orden de los jesuitas y, debido a su sólida formación intelectual, fue reclamado en Roma para trabajar como secretario privado del cardenal Agustín Bea S.J. durante la preparación y posterior decurso del Concilio Vaticano II. En principio, sacerdote liberal, ¿qué vería o percibiría para desilusionarse rápidamente del giro que daba la Iglesia? Su potente mente, ¿qué consecuencias no adelantaría de tal hecho? El caso es que en 1965 pidió la dispensa de sus votos jesuitas y se mudó a la ciudad de Nueva York, donde, después de nacionalizarse americano, vivió en lo sucesivo. Pronto el cardenal Terence Cooke le dio permiso por escrito para ejercer sus facultades sacerdotales seculares, las que compaginó con una incansable labor de exorcista; a la par se centró en una labor editorial y televisiva al tiempo que publicaba novelas y ensayos. Su muerte ocurrió en 1999, cuatro días después de haber cumplido 78 años, al precipitarse al vacío desde su apartamento de Manhattam. Se dijo en el posterior documental Hostage to the Devil (El rehén del diablo, título de una de sus novelas) que fue empujado por una niña de cuatro años que estaba poseída.



Añado a esta sucinta biografía dos notas que me parecen interesantes. La primera me lleva a ponderar hasta qué punto William Peter Blatty, autor de El exorcista (novela de 1971 llevada al cine en 1973) no se inspiró en nuestro autor para fraguar la figura del padre Lankester Merrin; las similitudes saltan a la vista por cuanto Malachi Martin conocía las lenguas semíticas y poseía el doctorado en arqueología; por otra parte, había participado en la investigación sobre los Rollos del Mar Muerto y publicado 24 artículos sobre paleografía semítica, y trabajó como arqueólogo de campo en Biblos, Tiro y la península del Sinaí, lugar este último donde ayudó en su primer exorcismo. Las relaciones entre W. Peter Blatty y nuestro autor no fueron las deseables y hubo entre ellos acusaciones cruzadas.

 Lo segundo que quiero resaltar es que Malachi Martin fue un acérrimo defensor de las apariciones de Fátima. Por su posición privilegiada de secretario del cardenal Bea conoció el Tercer Secreto y no se cansó de acusar a la jerarquía eclesiástica  de no haber seguido el dictado de la Virgen: la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón. Juan XXIII el “papa bueno”, lo desestimó porque quería asegurarse la cooperación rusa y acercar la Iglesia oriental al concilio Vaticano II, y los siguientes papas, Pablo VI, el “viejo papa”, Juan Pablo I, el “papa de septiembre”, y Juan Pablo II, el “papa eslavo”, tampoco lo hicieron en la forma debida por diversas razones. De haberse producido esa consagración, piensa nuestro autor, se hubieran evitado numerosos males, y quizá no poco de la misma corrupción interna de la Iglesia, la instalación de la “abominación de la desolación" en el Lugar Santo.

La tradición satánica había pronosticado desde hacía mucho tiempo que la Hora del Príncipe llegaría en el momento en que un papa tomara el nombre del apóstol Pablo. Esto había sucedido ocho días antes del 29 de junio de 1963, fiesta de los apóstoles san Pablo y san Pedro para la iglesia católica, con la elección del último sucesor de Pedro, que había tomado el nombre de Pablo VI. Era “el tiempo propicio” para la entronización de Lucifer, el ángel caído, en la ciudadela romana. Y el lugar idóneo no podía ser otro que la misma capilla de San Pablo, situada cerca del palacio apostólico.



Conocedor del tema que trata, Malachi Martin describe las características de esta ceremonia que no pueden ser otras sino la inversión suprema del gran sacrificio de Cristo en la cruz. El diablo, el mono de Dios, no puede ni sabe actuar de otro modo:

 

Lo sagrado debería ser profano. Lo profano, adorado. A la representación no sangrienta del sacrificio del débil innominado en la cruz, debería sustituirla la violación suprema y sangrienta del propio innominado. La culpa debería aceptarse como inocencia. El dolor debería producir goce. La gracia, el arrepentimiento y el perdón debían ahogarse en la orgía de sus contrarios. Y todo debía hacerse sin cometer errores. La secuencia de acontecimientos, el significado de las palabras y las acciones, debían constituir en su conjunto la perfecta representación del sacrilegio, el máximo rito de la traición.

 

Como hubiera sido excesivamente llamativo transportar a la capilla de San Pablo una serie de utensilios necesarios para el ritual (la vasija de huesos y el estrépito ritual, o la víctima y los animales del sacrificio), se hizo necesario una entronización paralela: una concelebración en la cual, desde una capilla madre, que oficiaría de transmisora, se dirigiera todo elemento de la ceremonia hacia la capilla romana, la receptora. Para ello, lo únicamente necesario era la sincronización de voluntades y mentes, de actos y palabras de los participantes en ambas capillas.

El guardián de Roma estimó que la capilla madre podría ser la regentada por el obispo Leo, en Carolina del Sur (Estados Unidos). Los asistentes en la capilla romana serían clérigos de alto rango e importantes seglares, verdaderos servidores del príncipe en el interior de la ciudadela, algunos de ellos formados en la falange romana; por otra parte, los asistentes en la capilla de Carolina del Sur serían hombres y mujeres distinguidos en la vida social, los negocios y el gobierno. En el centro de las intenciones de ambos grupos de participantes estaría un objetivo unánime: la suplantación de la adoración perpetua del innominado por la del macho cabrío.

La infiltración de los satanistas en la ciudadela, al igual que en las principales órdenes (jesuitas, franciscanos, benedictinos, dominicos…), era evidente, y se manifestaba en síntomas como el cinismo y la indiferencia, fechorías e infidelidades en cargos de responsabilidad, despreocupación por la doctrina correcta, negligencia en juicios morales, desidia respecto a principios sagrados y ofuscación de recuerdos esenciales, etcétera; pero ahora se trataba de dar el golpe final a la Iglesia como institución supraterrena. El objetivo no era eliminarla propiamente, sino convertirla en una asociación con propósitos humanistas desprovista de toda misión de trascendencia; por tal razón, el centro de su ataque era el papa, a quien, de sucesor de Pedro había que rebajarlo a un obispo más, al tiempo que colegiar sus decisiones. Cuando se acabara con la Iglesia católica romana como institución pontificia, el reinado del príncipe sería un hecho.

Justo a la medianoche en Roma del día de la fiesta de san Pablo comenzó el ritual de entronización, en el que no se escatimó la muerte dolorosa del perrito Flinnie y la violación sistemática de su dueña, Agnes, una niña hija de un médico participante en la capilla emisora. Blasfemias, invocaciones a Lucifer, inversión del ritual de la santa Misa, plegarías al príncipe de las tinieblas y, por último, un juramento solemne de traición, en virtud del cual los clérigos presentes en la capilla de San Pablo, tanto el cardenal y los obispos como los canónigos, profanaban intencionada y deliberadamente el orden sagrado mediante el cual se les había concedido la gracia y el poder de santificar a los demás.

Satanás había sido entronizado en la ciudadela.



Agotado por el dolor y la degradación física de una prolongada enfermedad, el 6 de agosto de 1978 murió Pablo VI, quien en 1972 había dicho que por alguna fisura había entrado el humo de Satanás en el Templo de Dios. El secretario de Estado del Vaticano, su eminencia el cardenal Jean Claude de Vincennes, que según las malas lenguas del Vaticano ya prácticamente dirigía la Iglesia, asumió la responsabilidad de camarlengo, pero, ocupado en la preparación del cónclave que elegiría al nuevo sucesor de Pedro, de cuyo talante dependía el futuro de los planes elaborados a lo largo de los últimos años, pospuso la revisión de los documentos del papa fallecido.

Del cónclave salió un nuevo papa que no simpatizaba con los planes elaborados por el camarlengo y sus colaboradores. El cardenal De Vincennes había fracasado en sus tejemanejes. Debido a su frustración y a sus discusiones constantes con Juan Pablo I, quedó casi olvidado el examen de los documentos del papa anterior. Pero aconteció lo totalmente inesperado. A los treinta y tres días de su elección, falleció el nuevo papa… ¿Muerte natural o asesinato? La versión oficial fue la primera; los rumores, cada vez más fuertes, apuntaban a la segunda.

La documentación del recién fallecido papa se adjuntó en sobre sellado al del anterior. No obstante, el camarlengo se concentró en el nuevo cónclave con el fin de que se eligiera a un papa debidamente complaciente con sus planes. Pero el nuevo papa era un hombre que no se caracterizaba en absoluto por su complacencia. Nuevo fracaso del cardenal De Vincennes.

Un día de octubre, a pocos metros del estudio del papa eslavo, el cardenal De Vincennes junto con dos testigos y ayudantes, el arzobispo Silvio Aureatini y el padre Aldo Carnesseca, pasó a revisar la documentación tanto tiempo postergada con la finalidad de seleccionar documentos de los dos papas fallecidos…

 

Por fin quedaban solo cinco documentos del viejo papa para concluir la inspección, antes de concentrarse en el segundo sobre. Cada uno estaba sellado y lacrado en su propio sobre y todos ellos contenían la inscripción Personalissimo e Confidenzialissimo  

 

Cuatro estaban dirigidos a parientes de sangre del papa fallecido, pero en el quinto estaba escrito de puño y letra de Pablo VI: Para nuestro sucesor en el trono de San Pedro; la fecha de la inscripción: 3 de julio de 1975. La sorpresa para De Vincennes fue que el sello original del sumo pontífice había sido violado, por lo que era evidente que alguien había leído su contenido. Con una gruesa cinta, así como con el sello pontificio y la rúbrica del papa de septiembre, se había cerrado de nuevo. Sin embargo, lo que le hizo palidecer fue la segunda inscripción del sobre, esta con la letra de Juan Pablo I: Concerniente al estado de la Santa Madre Iglesia, después del 29 de junio de 1963. Con la finalidad de que su contenido no fuera nunca conocido por el papa eslavo, De Vincennes arrumbó estos dos sobres a un rincón del Archivo Vaticano para que criaran polvo y telarañas. Pero el destino del cardenal ya estaba rubricado por quienes no perdonan los errores: a los pocos meses de estos hechos, De Vincennes murió en accidente de tráfico.




Comienza de este modo un thriller Vaticano. La novela se centrará en el hermano mayor de los Gladstone, Christian, perteneciente a una pudiente familia tejana de origen irlandés, quien abraza el sacerdocio. Joven brillante de fe pétrea será reclamado como ayudante de Cosimo Maestroianni, sucesor del cardenal De Vincennes como secretario de Estado del Vaticano. Al principio, brazo ejecutor del Maestroianni, alertado por dos antiguos amigos y aliados, Aldo Carnesseca y Damien Slattery, asesor del sumo pontífice (quien será relevado como maestro general de la orden dominica por su fidelidad al papa), pronto comenzará a darse cuenta de los tejemanejes Vaticanos y de que está siendo utilizado como un mero peón. Desea regresar a su patria y olvidarse de cualquier ambición vaticana, pero el papa eslavo le encarga  un informe sobre la corrupción del clero en EEUU, por lo que, de este modo, se convertirá en un espía doble. El informe es demoledor: no son pocos los sacerdotes que no tienen escrúpulos a la hora de mostrar su homosexualidad activa, vinculada, por lo general, a prácticas satanistas en las que no faltan los rituales de sangre. La sorpresa para Chris llegará cuando el papa eslavo, preocupado por cuestiones geopolíticas, relegue dicho informe y posponga las medidas a tomar.

Pero, retrocedamos en el tiempo para hacernos unas preguntas: ¿cuál era el contenido de los sobres? Quizá podamos suponer la respuesta. Aun así, nos surge una nueva pregunta bastante inquietante: ¿cómo es que el viejo papa llegó a conocer el horripilante acontecimiento de la entronización? Si respondiera a dichas preguntas, le quitaría parte de la sal a la lectura de El Último Papa; no lo voy a hacer, por tanto. Si diré que tras el asesinato de Aldo Carnesseca se precipitará el final de la novela. El papa eslavo, atento a algún signo de la Virgen, envejecido, acosado y cercado por la cábala de Maestroianni, donde hay cardenales satanistas que participaron en la entronización, caracterizados todos ellos porque han perdido la fe y solo les mueve el poder, y aun así al servicio de la masonería que urde un cambio radical de la sociedad, prepara un viaje de peregrinación a Rusia. Sus enemigos, sin embargo, han preparado un plan para quitarlo de la escena pública, hacerlo renunciar o incluso eliminarlo físicamente si fuera necesario (en toda las guerras hay víctimas).



            Y, bien, quien quiera saber más, ahí tiene la novela El último Papa a su disposición. Quizá Malachi Martín reveló más de lo que debía.

 

 

                                          Todos los derechos reservados.

                                           Jesús Cánovas Martínez @

                                               Filósofo y poeta.

                                Ad astra per aspera.

miércoles, 7 de julio de 2021

EL TAXISTA ASESINO

 

EL TAXITA ASESINO

MIGUEL ÁNGEL DE RUS

M.A.R. EDITOR

 


Quien sea un recalcitrante roussoniano y crea que el hombre es bueno por naturaleza o, simplemente, apueste por la condición humana, debería de llevar mucho cuidado con leer esta colección de cuentos que toma nombre del primero de ellos, El taxista asesino, de Miguel Ángel de Rus, no fueran a tambaleársele los palos del sombrajo y después vinieran las madres mías. Porque lo que en estos relatos está en entredicho es eso mismo: la bondad, el sentido de lo justo, el valor de lo que estimamos bello, el amor, la verdad, la misma existencia… Quizá el hombre, y más aún, un hombre en sociedad o junto a otros hombres, no sea una bestia pacífica y benévola al estilo de los rumiantes, sino que, por el contrario, esté bendecido por las características de la alimaña. Miguel Ángel de Rus pone nuestros valores patas arriba y escudriña debajo de las alfombras para airear un poco de polvo y nada. Entre lo cotidiano se cuelan los espejismos; las cosas, los objetos, los seres humanos, las situaciones, son y no son, porque las apariencias toman cartas de verosimilitud en el mundo demasiado agónico que vivencian los personajes. Las situaciones absurdas se entrelazan con la linealidad de vidas previsibles para formar un entramado de crueldad y desconcierto. De esta forma el autor interroga a la existencia y le pide su sentido.

Podríamos pensar que El taxista asesino es un libro de corte existencialista, y no nos equivocaríamos. Pero esta primera impronta enseguida se colorea cuando ponderamos el uso de una figura que el autor adjunta con maestría y los existencialistas no estilan: la ironía. Si Miguel Ángel de Rus refiere una serie de casos de corte trágico que, por lo general, acaban en nihilidad; el recurso a la ironía los hace aceptables de alguna manera y los convierte, al despertar en el lector una sorpresiva sonrisa o, en el extremo, la carcajada, en una broma macabra: en un caso para reír que hace admisible el desenlace. Plantea el autor situaciones que, ¿por qué no?, pueden afectar al común, ya que en ellas cualquiera se podría ver involucrado por una suerte de lógica de la fatalidad y, al igual que los protagonistas de los relatos, caer en una espiral sin salida que en última instancia desemboca en la vivencia del infierno. Pero la ironía pone el dique de la distancia; son otros los que viven estos casos y no el simple, curioso y simpático lector, arrumbado como mero espectador de ese absurdo que convierte la sorpresa en necesidad.

La sociedad está corrompida y corrompe al individuo, de forma machacona se resalta esta tesis en el libro. La sociedad es dura, cruel en sí misma, porque no hay valor alguno que la sostenga, hasta el punto de que los personajes de los cuentos experimentarán una suerte de fatum o destino que les llevará hasta el crimen o el suicidio. No hay escapatoria ni redención posible a ese teatro de crueldad que vivencian, donde se erige como verdad casi absoluta la pirámide de la depredación; la locura acecha, el desconcierto, el desorden. Para el autor, la sociedad está compuesta por individuos solitarios donde uno más uno no son dos, sino que siguen siendo uno más uno; reivindica de este modo el valor del individuo y, consecuentemente, de forma indirecta hace una apología del mismo frente a la sociedad desalmada.

No sé si Miguel Ángel de Rus, haciendo alusión al primer relato de la serie (el cual da el tono de los demás) tenía en mente la película Taxi driver de Scorsese cuando lo escribió; pero sí es cierto que la portada del libro recuerda el film: ese taxi de color amarillo, salpicado de sangre, sobre el que emerge la cabeza de un individuo enfrentando los rascacielos de una ciudad anónima, y los cuentos, no sólo el primero, proponen diversas figuras de Travis Bickle, perdidas todas ellas en un embrollo donde el mal adquiere carta de presentación. Porque el mal está ahí, presente y patente; hecho que llevará al lector, casi sin darse cuenta a una serie de reflexiones inquietantes.



Propongo una de ellas: un presupuesto axial del estado moderno es que debe garantizar el orden social y, en consecuencia, solo a él compete el patrimonio del ejercicio de la violencia. Pero ¿qué ocurre si no es así?, ¿qué ocurre si el estado es incapaz de garantizar el orden porque es incapaz de dar una oportuna respuesta a ciertos desmadres? Pues que tal aserto queda como una buena intención si acaso, o ni eso; constituye, quizá, algo interesante pero no efectivo al no impregnar la dimensión de la praxis. En los relatos que componen El taxista asesino tal presupuesto queda en entredicho con demasiada frecuencia. El buenismo excesivo o la cobardía encubierta, o la mirada que se pone de canto ante la injusticia, o la frivolidad o la hipocresía, o, peor aún, la acomodación conductual al discurso de lo políticamente correcto o socialmente aceptable, en sí conllevan el fracaso de una concepción de la sociedad y pueden desembocar en el drama; sin ir más lejos, a que a algún solitario le dé por dar la nota. De este modo ocurre con el taxista, un buen hombre de Albacete que ha estudiado Filosofía en la Universidad de Murcia, y el destino coloca, tras unos avatares no demasiado complejos, frente a un taxi; un hombre que podría haber sido aún más bueno y convertirse en un probo pater familias, pero la vida le da un extraño, sorprendente e irónico revés que deja su psique tambaleando. El deterioro de su personalidad será implacable y terminará produciendo un desenlace de cine negro a la española.

Recordando al mejor Camus, el hombre solitario de estos relatos se rebela y enfrenta contra la sociedad, cruel y absurda, pero no se queda reflexionando y lamentando su suerte, sino que pasa a solventar las injusticias o desajustes sociales con cuatro tiros que acierten en la cabeza o el pecho, o a navajazos en la tripa, o, incluso, a hachazos bien propinados en el costillar, o con el gollete roto de una botella de vino encajado en la nuca del oponente. O eso, o el suicidio.

Soy un hombre tranquilo —dice el protagonista de un relato—. De esos de los que la vida abusa a diario. Pero me habían puesto en el límite y nada de lo que pudiera pasar sería mi culpa. Hasta un punto llega el buen ciudadano y a partir de ahí solo pueden ser culpables los que abusan de él.

Y es que parece como si el mal estuviera incrustado no solo en la sociedad sino en nuestras células; como si portáramos una especie de gen que nos predispone hacia lo infame, tantas veces grotesco, y que el autor de forma despiadada convierte en motivo de risa al señalarlo con descaro. Parece como si Miguel Ángel de Rus con cada uno de sus cuentos nos susurrara al oído: “Si no podemos arreglar ni el mundo ni el hombre, riamos; algo se consigue. Por lo menos dulcificar la crueldad de la existencia”. Sabemos que la risa objetiva, nos aleja de la situación, difracta el sentido de los acontecimientos. Quien ríe no llora; se alegra aun en lo triste y absurdo, pero a la vez comprende la inanidad del vivir, la tontuna que supone involucrarse demasiado en las situaciones que le rebasan y que, si de alguna forma se podrían haber evitado, devienen con una necesidad propia.

En El taxita asesino el lector encontrará relatos crueles, escritos con un estilo directo y pocas concesiones a lo retórico, muchas veces violentos, puesta la carne en la viveza de la expresión y el impacto que pudieran producir en el lector, transidos por la ironía, por un humor negro que no los dulcifica sino que agrava su carga de desencanto. En ellos la sociedad queda cuestionada y el individuo queda cuestionado, hasta el punto de que el lector obtiene la impresión de un desmoronamiento o colapso total. Los personajes solitarios que bien a su pesar se erigen en protagonistas del absurdo de la crueldad, exceptuando dos de ellos que salvo por su bonhomía e ingenuidad (el del relato Ficticio y el de Júpiter muerto entre las olas), tampoco son ejemplos a seguir ni constituyen paradigma alguno de conducta. Y esos mismos personajes que he salvado terminarán presos de un desencanto letal que les durará el resto de sus vidas. Es la debacle, repito.

Me vienen a la cabeza, no sé por qué, al escribir estas impresiones acerca de los relatos de Miguel Ángel de Rus, esos consabidos versos, tan traídos y llevados, de aquel sabio medieval, hedonista y cínico, el Arcipreste de Hita, cuando aconsejaba:

 

Como dice Aristóteles, cosa es verdadera:
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenençia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fembra plasentera.

 

Dos exigencias, a saber, son las que ocupan los afanes de un hombre según el Arcipreste: la mantenençia y la fembra placentera. De esta misma opinión, después de lo dicho, parece que es Miguel Ángel de Rus, y, en este sentido, algún mueble intenta salvar. Así aparece ese toque epicúreo que como perfume salpica el desconcierto de los relatos: el elogio de los placeres del buen yantar o buen beber, pizcas hedonistas que se muestran como reales ante lo falsario o frívolo del vivir. Pero estas pequeñas guindas de refinamiento, con que son salpicadas las páginas de El taxista asesino, no son óbice de lo que sucederá después, y no es de extrañar que a una magistral clase de enología suceda la inevitabilidad del crimen. 


 

¿Y acerca de las fembras plasenteras?, ¿qué nos dice el autor? Miguel Ángel de Rus aborda el tema de la mujer y del amor desde una perspectiva eminentemente masculina, aunque, para variar, desencantada. La idealización de la mujer es lo primero que cae; nos presenta mujeres de carne, por no decir carnales, sacudidas, frente a las máscaras de seducción que utilizan, por los mismos vientos de nihilidad que los hombres. Unas veces son un mero objeto de deseo; otras superan por su frivolidad a los hombres en los ardides de la crueldad. El hombre y la mujer, llamados a entenderse, resulta que no se entienden. Fracasa en el intento de encontrar mujer mediante una página web ese hombre que desde un entorno rural se desplaza a la ciudad, y se hacen trizas las ilusiones del enamorado de una mujer marmórea, una escultura de refinamiento y clase, al descubrir la verdad que planeaba sobre la ficción, el espejismo y la máscara. Podríamos abundar sobre el tema, pero prefiero dejarlo ahí. Remito al lector al último de los cuentos, La belleza interior, donde la ironía se riza con el sarcasmo. Este último relato es apoteósico, digno broche de oro y culmen de El taxista asesino. Ríes porque no puedes llorar, pero la situación con la que nos enfrenta el autor es espantosa. Salvaje. Brutal. ¿Viaje, sin posible vuelta atrás, al origen del mundo?

No quiero terminar esta breve recensión sin resaltar la admiración que el autor siente por Villiers de L'Isle-Adam, a quien a modo de homenaje dedica un microrelato, El último beso, en el cual a la muerte la viste de amada. El lirismo se aúna con la fatalidad y la tristeza, y la brevedad confiere la intensidad necesaria para que no nos perturbe.

            Muchos más recovecos y detalles de los que aquí he sugerido puede encontrar el lector de El taxista asesino. Va de su cuenta. Por mi parte, si antes he citado al Arcipreste de Hita, retrocedo un siglo en el tiempo y voy con Gonzalo de Berceo, y vengo a pedir para nosotros, autor y lectores y todo quisque que se apunte, un vaso de bon vino.

 

Quiero fer una prosa en román paladino,
en cual suele el pueblo fablar con so vezino;
ca non so tan letrado por fer otro latino.
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

 

Este vaso puede ser perfectamente de un generoso y envejecido armagnac.

 

                                               Todos los derechos reservados.

                                               Jesús Cánovas Martínez@

                                               Filósofo y poeta.

                                               Ad astra per aspera.

miércoles, 16 de junio de 2021

EL RETORNO DE LA ESPADA

 

EL RETORNO DE LA ESPADA

FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS

M.A.R. EDITOR

II Premio Villers de l’Isle Adam de Novela Fantástica, 2021.






Los autores de fantasía tienen una creatividad especial: no solo forman tramas, sino que conforman mundos, y estos mundos son veraces por cuanto no son contradictorios. Quiero decir que son mundos que atienden a una lógica, pues tienen sus propias leyes. Son mundos posibles. Quizá no hayan existido, pero podrían existir, y aunque no existan en un futuro por lo menos existen o están en la mente de su particular hacedor. Esto ocurre con La Tierra Media de Tolkien, o con Narnia de C.S. Lewis, o con Laugea de Francisco Javier Illán Vivas.

No existen los hechos puros, insisto, porque las ideas ya están configurando los hechos; por lo tanto, cuando hablamos de realidad, deberíamos saber que hablamos de una realidad conformada a nuestras percepciones y preconcepciones, esto es, a nuestros esquemas de conocimiento de los cuales partimos. Ahora bien, añado a esta tesitura demasiado kantiana que no solo los conceptos o ideas de los que partimos configuran nuestra realidad, sino que voy un poco más lejos: también lo hace, y en mayor medida, nuestra imaginación. El mito precede al concepto y subyace al razonamiento, por cuanto no entra en contradicción con este; es más, todo mito es lógico en su estructura (Levi-Strauss ya dedicó incansables páginas para fundamentar dicho aserto). Por tal razón un mundo imaginado se convierte en real si no contradice ninguna ley lógica, ya que lo real precede a lo existente. Si un mundo imaginado no es contradictorio, es posible y, si es posible, existe o podría existir, existió o existirá; es así por chocante que nos pudiera parecer (ahora traigo a Wittgenstein en mi favor). Un mundo conformado según unas leyes, poseedor de su lógica interna, tiene su propia consistencia y aquel que lo formula remeda al Creador. Estos mundos tienen una riqueza implícita; en ellos el enigma está a la vuelta, y la sorpresa, al igual que sucede en el mundo consensuado. Sin embargo, tales mundos poseen una gran ventaja, ya que al no desplazar el consensuado, podemos superponerlos a este como espejos; de tal forma nos permiten ensayar respuestas a interrogantes verdaderamente difíciles.

 “El retorno de la espada” supone la continuación de la saga de “La cólera de Nébulos” (integrada por “La maldición”, “El rey de las esfinges” y “La oscuridad infernal”) y, como tal, muchos de los personajes que aparecen tienen ya una historia a sus espaldas y, los acontecimientos que sucedieron en un pasado, un peso en la trama del presente; dicho esto, el libro constituye una unidad de sentido y se puede leer con independencia de los anteriores sin menoscabo de su inteligibilidad. 

Nos encontramos con una tierra legendaria Laugea, con sus altas montañas, desiertos, mares interiores, reinos y ciudades, pablada por las más variopintas y diversas criaturas dotadas de habla. Entre estos seres, por su relevancia especial, cabe destacar dos tipos: los Eternos y los Hombres. En un principio, Eternos y Hombres, constituían una misma raza, pero se escindieron, y así caminarán, escindidos, a lo largo de las edades hasta que al final de los tiempos vuelvan a unirse. Cualidad propia de los Eternos es la inmortalidad; solo pueden morir o porque otro Eterno los mate o porque ellos mismos decidan traspasar “El Arco del Silencio”. Los Hombres, por el contrario, están afligidos por la muerte y su vivencia del tiempo es diferente a la de los Eternos; mientras que los Eternos viven, por así decir, un tiempo “congelado”, los años humanos pasan veloces y las generaciones de estos se suceden rápidamente.



Francisco Javier Illán Vivas ya desde el inicio de “El retorno de la espada” nos introduce en una narración épica no exenta de lirismo, donde asistiremos a la lucha arcaica y arquetípica del Bien contra el Mal. Si en los albores del tiempo hubo una escisión entre Hombres y Eternos, con el decurso de la temporalidad sucedieron nuevas escisiones: entre los Eternos, según abrazaran el Bien o el Mal, y, concomitantemente, entre los Humanos.

A modo de prólogo de lo que sucederá, el autor nos propone el nacimiento de una criatura del mal: una Venus tenebrosa, Lilith,  que al igual que la del mito griego nacerá de las aguas y del esperma del padre. Ahora bien, las aguas de las que nace Lilith no son las limpias de la mar, ni el padre será Urano, sino que nacerá de las aguas cenagosas y oscuras del Lago Estige en las cuales se han esparcido las cenizas de Gorgerigona la Maldita, quien fue la más aberrante monstruosidad del Orco, y el semen será el de Inferos, hijo y heredero del poder infernal de Satánicus el Maldito. Nace así una criatura de gran belleza y gran poder, y ambas cualidades las utilizará para realizar el mal y cumplir los deseos de venganza del padre. La existencia de este ser malvado en un principio pasará desapercibida a los Eternos, pero no las consecuencias de su actuación; esto es porque Lilith será conocida por los Hombres como Judith, y tal cambio de nombre la hará desaparecer de los Libros del Tiempo.

Queda servida la trama: mientras los Eternos, auspiciados, por Nébulos, el Eterno Supremo hijo de Universos, y Mágios, el Consejero del Eterno Supremo, convocan el Senado Imperial en la Sala del Ojo del Tiempo —Huele a sangre y a muerte en el mundo de los Humanos y temo que la tierra se vuelva resbaladiza cuando el rojo líquido la cubra con su espeluznante manto, solemnemente anuncia Nébulos nada más comenzar la asamblea—; los Hombres, a su vez, representados por los seis Patriarcas, bajo el auspicio del venerado Pontificex Máximus de la eterna Occidenter, conocida ahora como Eretz Makor, se reunirán en un Concilio Universal. Se trata de descubrir a esa criatura malvada que ha agitado las fuerzas del mal, pero, sobre todo, saber cómo vencerla porque no solo está amenazado por la oscuridad el mundo de los Hombres, sino la misma Celestos, la ciudad donde nunca se pone el sol, sede de los Eternos.

Los llamados a tal propósito se embarcarán en una aventura que, a modo de viaje iniciático, finalizará en los bosques de Ismadía donde se producirá una batalla legendaria, aunados Hombres y Eternos en la lucha contra el Mal. Por parte humana, el Príncipe, llamado a ser Rey de Reyes según la profecía, hijo de Aviva, soberana de Eretz Makor, acompañado de Sombra (espada que solo puede ser vencida por otra espada, Dragonia) y de una heterogénea y curiosa compañía emprenderá un camino de dudoso retorno. Los Eternos, comandados por Eleazar, el hijo de Nébulos y aun así condenado a la mortalidad por una desobediencia, y por Eostes Arcofirme, darán el apoyo necesario a los Humanos para vencer el mal. Antes de tal desenlace, Eleazar tendrá que rescatar la espada sin la cual sería imposible la victoria, Dragonia, una espada con voluntad propia a la que es necesario vencer y someter a la voluntad de quien la empuña, forjada por Wasfas el Armero en las fraguas de Celestos la Imperecedera, cuya hoja, fría y de afilados vértices, a la luz del sol es de color azul y roja a la luz de la luna. 

Por supuesto que no voy a entrar en detalles ni desvelar las peripecias de los personajes, algo que dejo al amable lector. Sí señalaré algo interesante de lo que el autor es plenamente consciente, puesto que lo reitera, por lo menos, en tres ocasiones: el mal no solo es destructivo por naturaleza sino que, en última instancia, ese poder de destrucción lo revierte contra sí mismo. El mal es tortuoso, retorcido, de oscuros designios, aunque siempre contempla la destrucción y la muerte como finalidad, por lo que, dejado a sí mismo, cuando no tuviera nada ni nadie a quien destruir, se revolvería contra sí autodestruyéndose. Es una idea fuerza. Francisco Javier Illán Vivas la subraya cunado señala la dualidad de Anteo, más aún cuando lo hace con la ambivalencia de Érebo, puesto que si su oscuridad destructiva fuera escindida, cada mitad lucharía contra la otra mitad hasta autodestruirse y, de esa destrucción, nacería la luz; en último término, como colofón, está presente y explica la lucha de Lilith contra Érebo. Y aquí me detengo en otro carácter de la maldad: su condición vampírica. En el mito hebreo, después de su ruptura con Adán, Lilith se convierte en un vampiro que vaga por las noches chupando la sangre de los bebés; la otra Lilith, la hija de Inferos y de las aguas putrefactas donde se han diseminado las cenizas de Gorgerigona la Maldita, de igual modo adquiere y acrecienta su poder cuando absorbe la energía de su adversario. No escatimará para ello un beso que porta la muerte.



Al reseñar algún libro de Francisco Javier Illán Vivas, he dicho que su prosa es ágil y plástica; es por esta cualidad que la lectura de estos se hace muy amena y una vez que se empiezan se devoran con prontitud. Así ocurre con “El retorno de la espada”. Algunas de sus páginas son extremadamente vigorosas y cargadas de significado, sea cuando señala ese oxímoron andante que supone Lilith, o cuando Odis, traspasando el Arco del Silencio, ingresa en la Etérea Eternidad. Hay más, pues nos encontramos con una narración épica en la que nos esperan bellísimas páginas; las dejo al descubrimiento del lector. En ellas encontrará, a la par que la lucha del Bien contra el Mal, la confrontación entre Libertad y Destino, el enfrentamiento con la Muerte y su misterio, y el canto al Valor, ese Valor que a algún personaje le hará, pertrechado de su espada, tirarse al vacío en cuyo fondo rugen los ríos de fuego y lava.

Francisco Javier Illán Vivas es un hiperbóreo o, por lo menos, yo tengo esa percepción de él. Lo he tratado poco (espero remediarlo en un futuro), aunque he leído parte de sus escritos. Quizá sea osadía mía emitir tal juicio, pero me avalan para  tal parecer los rasgos de su escritura, el espíritu de lucha que trasmite, el gusto por lo mitológico, las espadas, los arcos, las flechas…, el culto al valor y la valentía, el culto a la individualidad. Hombre de un remoto pasado, hurga en la memoria colectiva y entrelaza lo fantástico con lo mítico, lo que fue o pudo ser con lo que será, para crear una realidad, esa compacta realidad que nos entrega en su obra.

 

                                   Jesús Cánovas Martínez©

                                   Todos los derechos reservados.

                                   Ad astra per aspera.

sábado, 5 de junio de 2021

EL FRÍO CORAZÓN DE LAS ESTATUAS

 

EL FRÍO CORAZÓN DE LAS ESTATUAS

PEDRO JAVIER MARTÍNEZ

Prólogo de Manuel Álvarez Torneiro

LOS LIBROS DEL MISSISSIPPI

 


No es la primera vez que Pedro Javier Martínez aborda los temas sociales, ese desajuste endémico en la historia de la humanidad entre ética y política o, mejor, el desajuste entre la buena o mala praxis que aboca al sufrimiento y al dolor del débil frente a aquel que se erige como fuerte, y, en última instancia, al de este que se cree fuerte. Ya desde el lejano poemario Hay una paz que espera surge con vigor en su obra la denuncia de la injusticia y la irremisible apuesta por el desheredado, por el hombre sufriente que necesita una pronta reparación de su mal. Desde entonces para acá estos temas constituyen una transversalidad y afloran con más o menos patencia a lo largo de su producción literaria —señalo por su especial relevancia Jinetes de lo impuro (Premio Torrevieja de Poesía)—. En la dilatada obra de Pedro Javier esta temática daría para un estudio en profundidad; sin embargo, me voy a ceñir al libro que nos ocupa, su última entrega poética: El frío corazón de las estatuas, donde plantea con inusitada insistencia el problema del mal, eje sobre el cual se vertebra el poemario.

Llama la atención el título, El frío corazón de las estatuas, metáfora de su contenido que terminará por helar la sangre del lector. ¿De qué estatuas nos habla Pedro Javier? ¿Cuál es su frío corazón? Las estatuas de frío corazón no son sino los hombres que han perdido el alma y, por perderla, se han convertido en estatuas sin corazón. La argumentación, desde luego, es circular, pero no el frío, puesto que este avanza a lo largo del poemario. Por eso el autor nos propondrá las etapas de tal progresión, que coincidirán con las tres partes en que lo divide: 1) Estatuas de arena, 2) De mármol y 3) De bronce. Esta progresión del enfriamiento correrá paralela a la del endurecimiento del corazón. El alma se volverá fría cuando eluda cualquier sentimiento de bondad y la maldad definitivamente se adueñe de ella hasta el punto de que, tal maldad, termine por convertirse en un modo de ser y estar en el mundo. En el fondo late en el poemario el viejo conflicto ente el bien y el mal, al que asiste impávido, aunque desgarrado en sus entrañas, el poeta, quien con impotencia ve cómo el mal gana la batalla, por lo menos aparentemente. Los hombres cuyos corazones se enfrían y se convierten en estatuas, en última instancia son aquellos que, al igual que el ángel caído, abrazan el mal por el mal y, convertidos en ñiquiñaques (palabra que utiliza el poeta para designarlos),  encaminan sus acciones hacia un mayor horror.

Pedro Javier no postula el mal en abstracto, perspectiva que, más que a la poética, pertenecería a la dimensión filosófica; por el contrario, asumiendo la dimensión teológica, y puesto que del mal no faltan ejemplos que impactan al corazón, mueve el sentimiento y la emoción para expresar poéticamente la hondura de su dolor. Pero su dolor es el dolor de todo hombre de bien, por lo que al nombrar la llaga y meter su dedo ahí, universaliza su dolor y lo convierte en el dolor de todos. Ahora bien, su voz poética no se detiene en nombrar la llaga y poner su dedo, sino que clama, clama por la justicia o por los restos de la bondad, exigiendo desesperadamente una reparación. En realidad, el poeta clama a Dios, al Único que verdaderamente puede clamar. Así, junto al registro y la denuncia, con la concomitante emoción devastadora que le produce el mal, acontece el grito desconsolado, el grito a Dios; a un Dios deseado pero tantas veces elíptico, el cual, sin ser nombrarlo directamente, está presente a lo largo de las páginas de El frío corazón de las estatuas. Solo Dios puede rebasar el mal y convertirlo en aliado, darle la significación que lo haga legible, pero tal designio queda en el ámbito del misterio para el poeta-hombre.



El primer poema del libro, en este sentido del que hablo es, al tiempo que paradigmático, programático:

 

No sé por dónde andas,

pero te estoy llamando

con el ronco alarido

del corazón

desde que el alba

incendió de rubores las espigas.

Traigo una llaga abierta en el costado

por la perversa rosa que ha crecido,

el letal desamor, entre los hombres.

Y he concitado a Munch, porque su grito

sea un reflejo de mi propio grito.

 

Un Dios silente, la inanidad del mal, solo pueden aumentar la zozobra del poeta hasta el paroxismo. El frío corazón de las estatuas, de esta forma, se convierte en un libro agónico, pues la vieja lucha del bien contra el mal, fiel reflejo de la que ocurre en el interior del alma, se desarrolla entre sus páginas, de principio a fin. En un momento dice el poeta:

 

Qué amarga sinrazón la de sentirme

un hombre más en esta disyuntiva

de rematar la tierra a navajazos…

 

Bien sabe Pedro Javier que el origen del mal no es otro sino el ángel caído, Luzbel devenido en Satán, quien disputa a Dios el alma del hombre, y esta se convierte en el auténtico campo de batalla entre ambos. ¿Qué somos —se pregunta el poeta—, hombres o mero barro cocido/ en el alfar de la desconfianza? Y en el primer poema de la segunda parte, De Mármol, precisa:

 

Estaba allí, presente,

a la espera del luctuoso instante

en que se produjese la hecatombe,

para recolectar

los pervertidos frutos del dolor.

 

Y su aura era oscura,

como un río de sangre coagulada.

 

        Insisto en que el poeta, aunque designa con imágenes y metáforas tanto a Dios como a Satán, muy poco los nombra, como si con tal elipsis nos quisiera decir que el combate entre ambos se produce en un territorio invisible para el ojo, pero cuyas consecuencias se palpan en el diario vivir y son aterradoras. Se trata de una lucha secreta, soterrada pero violenta y sin cuartel, entre Dios y el diablo en el mismo territorio que disputan: el alma humana. Ahora bien, si esto es así, y si, por otra parte, el origen del mal, esa opción libre y radical por la maldad, por incomprensible nos queda velada, se hará necesario indagar en la psicología del malvado para arrojar cierta comprensión sobre el horror. De este modo, la reflexión poética de Pedro Javier sobre la maldad pondrá como centro al mismo hombre.




Al desplazar el centro de gravedad hacia una consideración antropológica, la paradoja queda servida: si en el hombre propiamente no cabe radicar la causa del mal; es de notar sin embargo que si no fuera por el concurso del hombre, el mal no adquiriría la forma de la devastación. Es el hombre quien mediatiza el mal porque el mal se concretiza en las acciones malas que efectúa; si así no fuera, el mal carecería de fuerza y difícilmente dejaría su impronta. ¿Qué ocurre, pues, en el interior del hombre? Vuelvo al primer poema donde el autor señala una clave de comprensión: el letal desamor; desamor y, por desamor, letal, convertido en el leitmotiv de El frío corazón de las estatuas. Una herencia, fatal y funesta, arrostramos desde nuestro primer ancestro: la deslealtad, el letal desamor, con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con la misma tierra, y nos precipita hacia la degradación.


Poemas dramáticos, sin título, solo numerados, se sucederán unos a otros en esa progresión de la degradación y la atrocidad como eslabones de una cadena de horror; versos doloridos y dolorosos, trascendidos de una humanidad con la que el poeta quiere comprender el dolor, quiere comprender la frialdad de corazón a que pueden llegar los hombres, hombres cuyo corazón de carne ha terminado por convertirse en corazón de piedra y, aún más, de bronce.

Esta terrible consciencia del mal y sus estragos, le lleva al poeta a enfrentar las numerosas formas del desamor e indagar en su por qué. Fanatismo, religioso o de cualquier otro tipo, falta de valores, idolatría de variados matices, especialmente la de aquellos que se inclinan ante el becerro de la especulación, persecución del poder, la mucha vanidad… En fin, la lista es larga. Aun así, Pedro Javier señala con especial énfasis a los tibios, a aquellos que eluden su responsabilidad, a aquellos que callan y, por callar, consienten. Es el triste caso del hombre Pilatos. El hombre Pilatos, el que se lava las manos, el tibio, aquel que soslaya todo tipo de compromiso, atento solo a sus pequeños egoísmos, al aliño de cada día con que endulza su pequeña y miserable vida, por no alzar el grito es el gran responsable de este perpetuo estado de injusticia.

 

Hay veces que la carne

se atrinchera en la umbría

donde urdir sus excesos, y levanta

un escudo de boria y alfileres

con que esquivar del alma sus reproches.

 

A tanto puede llegar la monstruosidad del mal que lo más fácil resulta negar lo evidente: su patencia. Ahora bien, aquel que mira siempre a otro lado y presume de manos limpias se convierte en un humano inhumano, y cuando intenta enmascarar de altruismo los verdaderos intereses de su depredación añade nuevo reglón a la insolidaria historia. Por eso, para contrarrestar el mal y la injusticia que le sigue, lo primero que hay que hacer es luchar contra la traición a uno mismo; luchar contra ese intento continuo de solaparse, sea con la hipocresía o la negación, de la responsabilidad adquirida ante nuestros semejantes, ya que aunque solo hubiera un hombre que sufriese, también sufriría yo. Homo sum, humani nihil a me alienum puto (Soy hombre, y nada de lo humano me es ajeno), el viejo dicho de Terencio resuena con fuerza y el poeta lo hace suyo. Basta ya de mentirnos a nosotros mismos, de justificarnos patéticamente, puesto que lo que hay que hacer es reinvertir lo inverso, decapitar orgullos y vanidades, recuperar valores, dejar el conformismo impávido, desechar el miedo, recuperar la dignidad y enarbolar los estandartes de la lucha. Hay que despertar. No se pueden cerrar los ojos por siempre ni mirar a otro lado continuamente. El centro de la maldad convoca el centro del hombre desde donde brota la sangre, y la sangre se adentra por los laberintos de la memoria oscura, busca razones, clama por la vida e intenta purificar este drama de vivir cegando el hontanar oscuro con la oblación. Dice el poeta:

 

Por si descubre al fin la madriguera

del hontanar del reino de la noche

y consigue cegarlo con los fuegos

de la oblación.

 

Visto lo visto en la clase política, no debemos esperar que nos defienda quien nos debería defender, con ironía afirma Pedro Javier. La lucha  es de cada cual en particular y debe afrontarla en solitario. ¿En solitario…? No. Nos podremos sentir inermes y desolados, mudos o solos en la partida contra el mal, pero siempre nos quedará el as del amor, esto es, Dios, Quien sigue ahí, a nuestro lado: 

 

No hay daño que me apremie

nii dolor que me aflija

si estás a mi derecha

con tu candil ardiente.

 

Un gran impacto emocional me ha producido esta última entrega de Pedro Javier Martínez, El frío corazón de las estatuas. Todo hombre de bien se escandaliza ante la maldad, y si esta es tan desmedida como gratuita, tal y como la experimentamos en los últimos tiempos, el escándalo que nos produce va más allá del sollozo y del grito. Comprenderla no podemos; denunciarla, sí. Pedro Javier va más allá, y acaba el poemario con un alegato a la esperanza:

 

Que sí, que sí, que hay hombres de una pieza

que han prendido en sus propias carnes

la verdadera esencia de la vida

en el rigor que entraña el sufrimiento.

Hombres volcados al amor, enteros,

incapaces de defraudar la expectativa

de Aquél que los creó.

Hombres idóneos

de fundir con su luz

el frío corazón de las estatuas.

 


            Al pasar de las páginas del poemario mucho me ha agradado el poema (un soneto con estrambote) que Pedro Javier, fiel a la generosidad que lo caracteriza, me ha regalado. Sí, querido amigo, coincidimos en muchos gustos e ideas comunes, y coincidimos en el amor al mar que para nosotros se convierte en la mar, femenina madre, y esposa, y hermana, y amante. Vivimos momentos extraños, tantas veces desconsolados, y la mar se inflama con la infinidad de su tristeza y se debate agorera de presagios. Peo esa mar, agónica hoy, rutilará mañana, pronta de luz y azules. La esperanza es fuerza en la espera; el mal no tiene la última palabra. Un agradecido y grande abrazo.

 

                                   Jesús Cánovas Martínez@

                                   Filósofo y poeta

                                   Ad astra per aspera.