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martes, 15 de marzo de 2016

UN LIBRO POR MONTERA

UN LIBRO POR MONTERA



Últimamente tengo sensaciones extrañas. Nada más despertar y echar un pie a tierra, da igual que sea el izquierdo o el derecho, siento desasosiego, angustia, náuseas. Esta sensación no suele durar mucho, pero me persigue durante varios minutos mientras descorro las cortinas, orino o preparo el café; me hace deambular inquieto por la casa sin saber a dónde me dirijo o qué voy a hacer —se me olvidan las cosas— y, según los días, se torna más o menos intensa. Cuando llega a cierto clímax viene a dulcificarla otra diferente y de signo contrario: Un ligero y balsámico peso encima de la cabeza que opera como calmante. En sí mismas estas sensaciones no son graves; al salir de casa desaparecen enseguida o se me olvidan, y puedo desempeñar mis actividades con absoluta normalidad. Sin embargo, al despertar del siguiente día encuentro el mismo desasosiego, la misma desazón, hasta que ese dulce peso encima de la cabeza vuelve a calmarme. No sé lo que me pasa. Me preocupa la persistencia de tan extraños síntomas. Llevo así varios días, semanas, y temo que se cronifique la situación. No son sensaciones dolorosas, sí inquietantes. Quizá encubran una dolencia grave, o no; hay tantas. El caso es que me estoy acostumbrando a encontrar la calma con el dulce peso sobre la cabeza; no puedo vivir si de mañana no lo siento. Resulta algo así como la droga. Me produce adición.
Voy a explicar las sensaciones que experimento un poco mejor. Me levanto mal, la cabeza me da vueltas, echo a andar como un autómata; en principio, no sé hacia dónde me dirijo, me falta algo, me falta el aire, me acomete un estado de pánico, de profunda ansiedad, no sé qué hago, cuál es mi ubicación, cómo es el mundo, qué nueva gracieta se les ha ocurrido a los políticos, esas cosas. El pulso se me acelera y comienza  la dichosa taquicardia, pom pom, pom pom; voy como un loco por la casa, corro o me paro en seco, creo que hasta grito. Y de repente cesan tan extraños síntomas cuando comienzo a sentir el dulce peso del que he hablado encima de la cabeza. Ya estoy calmado y puedo pasar a las transacciones con los pequeños peajes de la cotidianeidad: al aseo personal, a preparar el desayuno, a una charla amena con mi mujer mientras tomamos el café, a disfrutar de los rayos del sol, alegres y vivos, que entran por los ventanales del salón antes de irme al trabajo. Soy otro. Hasta aquí lo que puedo consignar. El resto de la jornada ocurre sin mayores problemas; desempeño mis funciones con normalidad, eso creo, urgido tan sólo por las menudencias del trabajo o por esos pequeños contratiempos que salen al paso.
Sin embargo, tomando el café, mi mujer me suelta:
—Te has vuelto muy extraño. Tienes unos despertares que ya, ya…
—No sé lo que me pasa, nena —le digo—. Siempre me ocurre por la mañana, al levantarme.
—¿Pero tú te has visto? ¿Sabes lo que haces?
—¿Cómo, que si me he visto? ¿Qué quieres decir? ¿Qué hago?
—¿No eres consciente de lo que haces? —pregunta mi mujer en plan retórico, y se explica—: A mí, al principio, me tenías asustada. Me preguntaba si te habías vuelto un para anormal de ésos—incidió en lo de para anormal recalcando la palabra, deslizándola como el que no quiere pero con cierto tonillo—. De ti, a estas alturas, espero cualquier cosa.
—Si empezamos con las sutilezas y los velamientos no vamos a ir a ninguna parte.
—No, si yo ya estoy acostumbrada, me tienes acostumbrada a tus para anormalidades. Es algo que asumí desde el momento en que me casé contigo.
Y ahora va y se enfada.

—¡Bien! ¡Usted dirá! —dice, y se me queda mirando con ojos inquisitoriales, inexpresivos.
Permanezco callado. Echo un vistazo a los párragas que cuelgan de las paredes, contemplo ese estilo personalísimo del artista. Yo lo conocí en el último tramo de su vida; era un hombre sencillo al que, si no estabas al tanto y lo encontrabas por la calle, te daban ganas de darle una limosna. Medito sobre la sobriedad de su sepultura; en el lateral de un bloque de mármol blanco, su nombre, unas fechas, una escueta palabra: José María Párraga, 1937-1997, PINTOR.
Han sido sólo unos segundos de distracción, los suficientes. Mi mujer, rápida, ha cogido la palabra:
—Nunca ha sido normal —dice—. Enfilando hacia la vejez ha publicado una novela, la única en su vida y corta, y esa eventualidad le ha trastocado los hábitos, que en sí mismos no eran muy normales. Pero ahora se le ha agudizado el comportamiento anormal. Se levanta desconcertado, vaga por la casa, da gritos sin ton ni son hasta que llega a la repisa de la biblioteca donde tiene un ejemplar muy sobado de su libro y se lo pone por montera. Sólo así se calma.
            El interlocutor de mi mujer, parapetado tras una ancha mesa, tiene los ojos bovinos, enormemente saltones; azules y fríos, no denotan emoción. «Este individuo hubiera sido un buen nazi —pienso para mis adentros—, un Doctor Muerte inmutable ante el sufrimiento de sus víctimas.»
            Mi mujer y el psiquiatra —a lo que deduzco, ya que lleva una bata blanca— intercambian opiniones, hablan sobre mí, o eso sospecho, porque yo no presto atención a lo que dicen. Tengo otras cosas en qué ocuparme; mi cabeza vuela hacia el argumento de una próxima novela. Trata de un pobre hombre que siente extraños dolores de cabeza nada más despertarse; dolores que calman al poco, pero que se repiten insistentes día tras día. Su mujer, alarmada por las incoherencias del individuo, lo convence para que vaya a la consulta de un psiquiatra de cierto prestigillo; sin embargo, y aquí comienza lo interesante, este psiquiatra propiamente no es un psiquiatra. Es un médico nazi criogenizado al final de la Segunda Guerra Mundial que ha sido despertado durante los últimos tiempos para que experimente con la gente tonta o poco avisada que le cae por consulta. Las misiones que debe cumplir son inconfesables y destructivas. En un periquete monto la trama. Para entonces mi mujer ha terminado de hablar con el nazi que, tras la inocente fachada de psiquiatra, esconde un pasado demasiado turbio. Oigo que el tal le dice a mi mujer:
—Déjelo, señora, que no hace mal a nadie. Si no le diera por ponerse el libro por montera, se pondría una manta zamorana, o chuparía candado o algo peor.
Después se dirige a mí:
—Para usted se han acabado los problemas —me dice el nazi—. Al levantarse, lo que tiene que hacer cuando comience a sentir que el pulso se le agita, es preguntarse: «¿Qué tengo que hacer cuando el pulso se me agita?». No, no crea que es una pregunta tonta. Con tal pregunta, y mientras rebusca en su memoria la respuesta, se distraerá durante unos segundos, tiempo suficiente hasta que consiga ir a su biblioteca, rebusque entre los anaqueles, encuentre el libro de marras y se lo ponga por montera. Después, santas pascuas.
—¿Y las pastillas? —pregunta mi mujer.
—Las pastillas son para usted, señora —dice el nazi—. Tómese una antes de irse a dormir, de este modo sus sueños serán plácidos y despertará con ánimos para afrontar las exquisiteces a las que la tiene acostumbrada su marido. Ya verá, en dos días pensará que ese tipo de comportamientos son lo más normal del mundo.

Ya estoy curado, ya no siento esa ansiedad horrorosa, ese desmayo vital mañanero que me tenía tan preocupado. El Doctor Muerte ha definido mi dolencia como Monteritis Librarum Retontarum o algo así, un nuevo morbo descubierto por la neurociencia sobre el cual se suscitan hoy en día acalorados debates entre los especialistas. Esa definición me conforta. Ya sé lo que me ocurre, y tal conocimiento opera como un bálsamo en mi cerebro desquiciado. Sin embargo, el nazi redivivo me ha advertido que los síntomas de la dolencia pueden cesar mañana mismo o perdurar durante años.
Sigo al pie de la letra las indicaciones del amable nazi —llamémoslo así, no quiero indagar por si encontrara tortuosas correspondencias, ocultas conexiones— con la esperanza de alcanzar la cura definitiva. Mi mujer ya no está alarmada, han cesado sus protestas, se comporta; por mi parte, hago lo mismo que hacía antes de recibir el honroso consejo, esto es, todas las mañanas me pongo el libro por montera, pero sin sentir la molesta ansiedad que antes me producía tanto desconcierto. Llevo con la terapia varios meses y no desaparece este extraño hábito. Ni quiero. Es más, me animo incluso a salir a la calle con el libro sobre la cabeza. De paso cargo todo lo que puedo a las buenas gentes que se cruzan en mi camino.

                                                Todos los derechos reservados.
                                                Jesús Cánovas Martínez©



viernes, 30 de enero de 2015

MACHISMO Y LITERATURA

Algunos años atrás, José Cantabella, escritor y compañero en las lides poéticas, me pidió colaboración para “Lunas de papel”, la revista que dirigió durante un tiempo. Le envíe varias colaboraciones; de aquellas entregas hoy rescato este “Machismo y literatura”, que presenta de forma gráfica lo que puede suceder cuando a una hija adolescente se le intentan inculcar determinados vicios.


MACHISMO Y LITERATURA

                   


En el colegio le mandan una serie de lecturas fútiles, y diría que tontas. Mi hija crece y no conoce a los grandes autores. Tenemos un mal sistema de enseñanza; los niños no aprenden nada; se les distrae con cualquier cosa pero no se incide en lo fundamental. Por eso le pido algo a mi hija, un favor. Cuando no vaya al colegio, los días que esté libre de obligaciones (sábados, domingos, festivos), en vacaciones, le pido, que por lo menos lea dos horas al día; después que haga lo que quiera. Sólo dos horas de lectura al día, mínimo; quedan veintidós horas más; si ella quiere leer más tiempo, a mí no me importa (es a ella a quien no debería importarle), que lo haga. Es cierto que esta petición tiene sus contraprestaciones monetarias, pero es algo que no me importa; de todas maneras le iba a dar dinero. Hay que jugar con astucia.
Mi hija acepta el trato a regañadientes, pero lo acepta. Así que, mi hija, en edad de mocear, comienza a leer a los grandes autores. Lee a Dostoyevsky, y cuando le pregunto qué le ha parecido, me dice que es un rollo, complicado, retorcido, y lo acusa de machismo; lee a Chéjov, y lo mismo, lo acusa de machismo. Cambia de tercio y lee autores americanos: Carver es un machista; Bukowski, qué hablar, otro machista, guarro con ganas; Salinger es demasiado, otro machista. Le facilito luego a Pérez Galdós, un machista de cuidado; a Valera, machista; a Pereda, machista; Bécquer es el más machista de todos con esas leyendas tontas. Lee El bosque animado de Wenceslao Fernández Flores, no está mal pero qué machista es el tío; y Gabriel Miró, machista; Unamuno, retorcido y machista; Azorín, machista; Xénius, demasiado culto, y machista.
—Bueno, bueno, y Stendhal, qué tal.
—Un machista.
Cualquier autor que lee es un machista y sus obras son fruto del machismo.
—¿Y las mujeres? —me pregunta—, ¿es que no hay mujeres que escriban?
—Hija, claro que hay mujeres —le digo—. Pero los escritores son prisioneros de su época, no cabe acusarlos de machistas.
—Son unos machistas, prisioneros o no de su época —sentencia la niña.
—No, hija, no. A los escritores hay que leerlos en su contexto histórico, en su circunstancia concreta. Si hoy escribieran lo harían bajo otros parámetros, y no quedaría por eso mermada su genialidad.
—Sí, pero son unos machistas, machistas, machistas, machistas…
—Su circunstancia, hija. Ya lo decía Ortega.
—¡No me hables de Ortega, el tío machista ése!
No sé; yo no entiendo muy bien a la juventud. Mi adolescencia me va quedando cada vez más lejana y no me sirve como referencia para entender a estos adolescentes de hoy. ¿Era yo así de terco? ¿Era tan inmune a las razones?, ¿tan refractario al sentido común?... Por otro lado, me pregunto, ¿qué es lo que le ha aportado a mi hija la literatura? Leer todo lo que ha leído, ¿qué le ha reportado? Me quedo perplejo; quizá nada. ¿Una educación esmerada, hacia dónde conduce?
Literatura como entretenimiento, literatura como catarsis, literatura como vicio, literatura como forma de aprender, literatura como el pan de cada día… literatura ¿para qué?
—Has leído, hija, lo más selecto, y albergo la sensación de que no te ha servido de nada —le digo en un momento de debilidad.
Pero el trato sigue en pie. Pasa el tiempo y se concatenan las lecturas de mi hija, devora los libros: Cervantes, el gran machista, y el Quijote ése, el protagonista, parece mentira, qué machista; Quevedo, ni qué hablar, qué mala sombra tenía el tipo y qué machista. Lee Las últimas banderas de José Mª de Lera, interesante pero machista. «¿Por qué los hombres son tan machistas?», y generaliza: «Machistas todos; ni uno se escapa». Borges, a pesar de ser ciego, un machista ciego, pero machista al cabo; García Márquez, machista; Eduardo Mendoza le cautiva, pero qué pena, si fuera menos machista…
—Hija, creo que te estás pasando un poco.
—Sí, claro, tú hablas así porque eres otro machista.
Somerset Maugham, un capullo y machista; Julio Verne (quizá éste se escape), machista; Salgari, machista (tampoco se escapa); Zola, machista; Chesterton, machista. Lee Las Crónicas de Narnia y concluye que su autor, el bendito Clave Stapes Lewis, es machista; Tolkien, el peor de todos, el gran machista.
—Pero, hija, ¿qué es para ti el machismo y qué relación tiene con la literatura?
Andreiev, machista; Sologub, machista; Tolstoy, machista; Gorki, machista; Solojov, machista; Pasternak, machista. Y si derivamos hacia otras latitudes, tenemos lo siguiente: Guy de Mauppasant, machista; Hoffman, machista; Alfred de Musset, machista; Papini, machista; Bassani, machista; Valle Inclán , machista; Nika Waltari, machista; Thomas Mann, machista, Henry Miller… ¡machista!; Truman Capote, maricón y machista ¿Dónde están las mujeres literatas?



—Mira, hija, las hermanas Brontë son una de las cúspides de la literatura.
Y las lee, en su idioma nativo. Wuthering Heights, de Emily; Jane Eyre, de Charlotte; Agnes Grey, de Anne.
—¿Qué tal?
—No escriben mal, pero son machistas.
Le facilito obras de Jane Austen (Mansfield Park, Emma, Sense and Sensibility, Pride and Prejudice), le proporciono Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, le suministro a Agatha Christie para que disfrute con el comisario Poirot. Y también le doy las obras del monje investigador fray Cadfael, de Ellis Peters.
—Son machistas; las mujeres que se dedican a la literatura son unas machistas, igual que los hombres.
Me da miedo sugerirle que lea a Pardo Bazán o a Concha Espina.
Sin embargo, ha pasado el tiempo, y sé que mi jovenzuela ha tomado gusto por la literatura; sé que le gusta leer y disfruta con los libros. Quizá, si pensamos que los libros van a descubrirnos algo, sea una tortura innecesaria adquirir el hábito de la lectura. Decía Azorín que a una biblioteca sólo le bastaban cincuenta libros (en esos cincuenta libros se condensa todo el saber, todo lo que podemos aprender en nuestra vida), los demás son repetición, cacofonías, remedos, parches; Borges, reduce la biblioteca a uno solo, universal, inconmensurable e indescifrable... ¡Habrá que realizar algún tipo de escrutinio, como el que llevaron a cabo el cura y el barbero en la biblioteca del señor hidalgo, no se nos sequen los sesos!
—Papá, ¿tienes algo de Poe?
«Me ha pedido un libro para leer —pienso—, esto marcha.»
—Aunque es un machista, mis amigas dicen que Las narraciones extraordinarias son demasiado —se justifica la interfecta, como si adivinara mis pensamientos.
Le posibilito a Poe, y a Machen, y a Lovecraft, y a Stocker; le encanta Melmoth, de Charles Maturin. Los maestros del terror son unos machistas
Ha leído El nombre de la rosa de Umberto Eco, y su juicio ha sido unánime, un machista. Lee a Malraux, La esperanza, La condición humana, un machista; a Kafka, vaya rollo, ¿se aclaraba él mismo?, machista. También lee a Miguel Espinosa, Escuela de mandarines, La tríbada, ése está pillao, machista.
En medio de estas lecturas caen en sus manos las entregas de una obra del momento: Harry Potter. Estos libros le gustan, y los devora en idiomas diferentes (los lee en inglés, francés, español), pues dice que según el idioma en que se leen, son obras distintas las que se leen.
—¿Te gusta Harry Potter? —me atrevo a preguntarle.
—Sí.
—Pues su autora… ¡es una mujer! ¿Supongo que romperá con ese esquema preconcebido que tienes de pensar que las escritoras son machistas? ¡Alguien se tendrá que salvar!
—No me vengas con ésas, papá, ¡pues claro!, la Rowling es una machista.
—Bueno, bueno... no me negarás que machista o no es muy famosa, gana mucho dinero y es mucha la gente que se divierte con sus libros. A mí me gustaría que tú te convirtieras en una escritora famosa, más todavía que la Rowling.
—¡Bah! ¡Yo no quiero ser escritora!
—¿Cómo qué no? ¡Y lo bien que te lo pasarías!
Pero la niña no entra al trapo, y da un giro inesperado a la conversación:
—Quien se lo pasa bien escribiendo eres tú, papá, porque te gusta.
—¡Pues, claro, hija! Leer es un placer, y si encima te atreves a escribir…
—¡Tú siempre con ésas! —me corta— ¡Tú no te has comido una rosca!
—Ni falta que hace, hija. Me lo paso bien, y punto; no importa triunfar en este mundillo literario. Lo importante es pasárselo bien.
—Papá, eres un optimista.
Tiene razón la jodida.
—¿Velarás por mi memoria literaria cuando yo muera? —le pregunto de sopetón. Y añado—: Eres mi única heredera.
—Sí —dice casi de forma inaudible.
—¿Qué has dicho?, no te he oído.
—Sí, papá, sí; que sí... Si fueras menos machista hubieras tenido más éxito.
Le gusta leer, no cabe duda; al final le he inoculado el veneno y estoy contento, ya no podrá dejar la literatura a lo largo de su vida.
«Quizá yo sea también un machista como todos ésos», pienso al fin, cumplida la hazaña, la que me ha costado tantos años de aplicación... Y, cuando discurro de esta manera, voy y acelero el paso.


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viernes, 4 de julio de 2014

LA DUDA QUE ME ASALTA

He logrado publicar algún relato que otro en revistas y libros colectivos. En 2009 –¡cómo corre el tiempo!— compuse una colección de doce pequeños cuentos que llevaba por título Libro de los cuentos efímeros; la presenté a Ediciones Tres Fronteras con el fin de que fuera publicada, pero sometidos los cuentos al escrutinio del director de la editorial, el libro quedó todavía más “efímero”. Los cuentos se redujeron a siete, y la colección tomó el título del primero de ellos: Dulcísimas hebras de oro. Dicho lo cual, el libro ganó unidad temática, intensidad, tortura, nervio. Fue publicado en la colección La Biblioteca del Tranvía. Con mi agradecimiento a los responsables de Ediciones Tres Fronteras, aquí rescato uno de aquellos relatillos:




LA DUDA QUE ME ASALTA


No, no sabes, amor mío, qué largas son mis noches y mis días sin ti; no, no lo sabes, amor mío. Te busco incesante y todas las cosas me traen tu recuerdo: los bolígrafos que toco, los folios donde escribo, los libros que me rodean, las carpetas donde guardo mis apuntes, esta habitación en donde estoy y muero, el dintel de la puerta, la noche, el trágico confín donde mueren las horas, el desaliento de cada día; todas las cosas están llenas de ti, tú las animas, y ellas son en tu substancia, de tu substancia, sostenidas, formando parte de ti; tú, en ellas… Y, sin embargo, las toco, las siento, se adormecen en mi alma y me ofrecen un límite frío; esas mismas cosas que sostienes te separan de mí. Esas mismas cosas donde contemplo tu rostro, tu figura, tus ademanes, esas mismas cosas te separan de mí; oponen un muro, tal vez una membrana transparente tras de la cual yo quisiera encontrarte, y me frustra, no sabes cómo, no encontrarte.
Amor, hoy es noviembre, las hojas caen de los árboles. ¿Por qué será que los ojos se me llenan de muerte si pienso en ti? Ingrávida, en el aire, sostienes mi esperanza fruncida en el verde mustio de las hojas y el desencanto. Hoy es noviembre; durante el día ha lucido un sol débil y, ahora, ya la tarde vencida, adentrada la noche, mis ojos caminan tras tus huellas. Soy todo recuerdo, todo recuerdo de ti, amor. Entonces veo tu sonrisa en el alba y aspiro el primer día en que te conocí ¡Qué bella! Si la belleza tiene un nombre, ése es el tuyo. Porque tú emerges en el día primero de mi vida; me contemplas desde allí, y aquí, y ahora. El azabache de tus ojos me sostiene, me sostiene la ternura de tu voz, me acuna y me lleva el ritmo de tu aliento, la melodía de tus brazos cuando se mueven, los giros de tu cintura, tu sonrisa blanca, sin mácula, tu suave sonrisa derramada por el mundo como don y gracia.
Amor mío, aspiro la muerte porque necesito morir. Si tú me faltas, yo no puedo existir… ¿Cómo te diré que te amo? ¿Con qué palabras? ¿Con qué gestos? ¿Cómo te diré que te amo?… Yo, el solo, el desterrado; yo, el perdido, ¿cómo te diré que te amo? Si tú eres plenitud, qué lejos; si tú eres promesa, qué lejos; si tú eres esperanza, qué lejos… ¡Qué lejos, amor mío, te siento, qué lejos!

¡Qué lejos tú de mí! Pero en mi vida irrumpiste y eres dueña de ella: eres mi vida, mi misma vida, que ya no es vida si tú no la habitas. Oteo siempre detrás de todo, a la zaga tuya, te persigo por los laberintos de lunas o puñales, por los vericuetos del tiempo, al acecho, despierto, en el sueño, siempre, esperándote, amor, esperándote.
Se adentra la noche, se sumen los rincones en penumbras; mi amor es puro y blasfemo. He pronunciado tu nombre en voz alta y me he callado luego para que tú seas conmigo; tú seas aliento, cuerpo, conmigo; para que no haya opacidad, no rotura, no hiato, no separación, no dos, sino uno; uno siempre. He gritado y me he callado en el silencio para escucharte, para sentirte; me he callado y he cerrado los ojos para meditarte, para medirte en la noche, la larga noche, para poseer tu sombra en mi delirio, en la soledad, contigo, en el silencio de la noche.
Uno, uno contigo; uno; no dos, uno… Un mismo mundo para uno; ser uno contigo, renunciar a toda dualidad, a toda oposición, a toda polaridad… Uno en la vida. Recentrar, reencontrar un centro perdido, contigo, siempre, contigo…
Sin embargo, mis ojos se nublan, amor mío, mi razón se oscurece… una sombra de duda me golpea… ¿Qué pensará tu marido de todo esto? ¡Sí! ¿Qué pensará? Es un buen tipo. Hoy, sin ir más lejos, hemos tomado una cerveza juntos. Y sé, que aunque el muy jodido sea testigo de Jehová, mormón o algo así, es un amigo. ¿Sería capaz de entender lo que yo siento por ti… mi amor arrasador por ti? No… creo que no. Y no porque Antonio sea un zoquete; Antonio es simplemente Antonio: una circunstancia. Pero, además, tú tienes seis hijos: Antonio, Juan Luis, Emilia, Fulgencio, Rocío Macarena y Angustias. Tus hijos, ¿qué son de ti? ¿Cómo hacerlos a ellos partícipes de nuestra unidad esencial? Esta es la duda que me asalta, amor mío, ¿ves? Yo que soy incapaz de pronunciar tu nombre, porque tú estás por encima y más allá de todo, de cualquier horizonte, yo, ya ves, tiemblo cuando pienso en tus hijos. No sé cómo asumirlos en nuestra unidad esencial, perfecta y sin mácula. No importa que mi mujer, Alicia, como tu marido, Antonio, no entiendan nada: son circunstancias que nos allegaron en un extremo, acontecimientos que nos sucedieron antes de descubrirnos… Tampoco importan mis hijos, José Joaquín, Alberto, Jesús Renato; no, no importan, porque ellos me los ha dado la circunstancia externa, el sinsabor de la vida.
¡Ay, amor! ¿Qué será de tus hijos? ¿Qué será de ti y de mí y de nuestros hijos y cónyuges respectivos? Cuando te veo en la oficina, mis ojos se me llenan de ti; aspiro entonces tu fragancia, el perfume de tu voz, como migaja que de tu aliento cae entre esos «Buenos días», por las mañanas, con que así me torturas, y que yo recojo avaro, ávido, sediento de ti… Ave delicada, vuelo de alondras levantan tus brazos y tus manos cuando revolotean entre las mesas de la oficina y atrapan folios y albaranes, cuando, delicadas y sublimes se posan, aleves, sobre las teclas de los ordenadores, rozan los bolígrafos, irrumpen entre los lápices. Delicadas son tus orejas al tacto de los teléfonos; tu boca, pozo de frescura, por donde escapan las sílabas y el aire que emerge desde dentro de ti; tu boca, pozo, pozo de un oasis, pozo del que yo nunca he de beber, pozo con que así me torturas; boca de sílabas, boca con que pronuncias palabras y nombres, tu boca…, amor, amor mío, tu boca…
Mi mujer, Alicia, duerme. Es de noche. Muy tarde. Sigo solo en mi despacho y ordeno mis pensamientos en la sombra. Sigo solo.
Te recreo en la noche, amor mío, para llegar a tu noche, alzar el velo, correr la cortina, traspasar la puerta. Pienso en ti, y se me llena todo el corazón de amor y de muerte. Y mi corazón retrocede. Mi corazón se consume en esta hoguera nocturna. ¿No he de abrasarme en el amor y la noche cuando todo, todo, todo es en ti y arde en el amor y la noche? ¿No he de consumirme en la hoguera? Sin descanso he buscado tus ojos para mirarme en ellos, llegar a su fondo; desde la profundidad misma de tu centro, desde el fondo de tus ojos, he querido encontrar mi rostro…
Yo te amé. Te he amado. Te amo. Pero me asalta la duda de tus hijos, prolongaciones de ti; no sé el lugar de ellos en nuestra relación, en nosotros. Por más que me devano los sesos no sé el lugar de ellos. ¿Dónde ellos? ¿Podrían ocupar un espacio en mi amor único por ti? ¿Dónde ellos en el Amor? ¿Dónde situarlos? ¿Dónde?… Amor, amor mío, una duda me asalta. Pero la noche llega, y la hoguera, consumida en sí misma, de sí misma alimentada, palidece ante las palomas del alba que anuncian un nuevo día. Palidecen todas las hogueras. Todas las hogueras mueren y fenecen ante el día que se anuncia. Desde la oscuridad más oscura de esta noche —de mi noche— yo clamo y grito, amor mío, ante la alborada que ya no verán mis ojos.




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miércoles, 11 de junio de 2014

EL PUTÓN PERIPATÉTICO



EL PUTÓN PERIPATÉTICO








La llamaré de esta guisa: El Putón peripatético, y me adelanto a decir que a dicho apelativo no le infiero una connotación de tipo sexual, sino simplemente descriptiva o pedagógica según el caso, aunque no sé, no sé...

Después de haber estado varios años imposibilitado para hablar entre mis compañeros de trabajo, debido, indudablemente, a una deficiencia congénita de temperamento, es decir, a mi timidez; pero más bien debido a los efectos que la calumnia había producido en mi psiquismo, tanto así que sentía haber naufragado en una noche oscura, al pairo, en medio de una soledad espantosa (al extender las manos estas me temblaban), me atreví a ser dicharachero. Necesitaba probarme, respirar, sacudirme la timidez, airear mi mente de tanta adherencia incómoda, de tanta miseria del pasado, por eso hablé. A mitad de aquella sesión de evaluación, el pretexto me venía en bandeja.

El jefe de estudios cantaba las notas que habían sacado los alumnos en las diferentes materias cuando le llegó el turno a un individuo del que había que decir algo. El susodicho había arrojado un espantoso balance de ceros y unos en la totalidad de las materias a las que se había presentado; así que, con gran esfuerzo por mi parte, y puesto que nadie había hecho un comentario sobre el particular, antes de que, primoroso, nuestro superior pasara a escanciar los piadosos resultados de los siguientes energúmenos, aclarándome un poco la garganta, levanté la voz.

Inicié sobre el fulano una pormenorizada apreciación. Ciertamente, esta no era nada halagüeña, y los pronósticos que se derivaban de la misma inducían a una toma de posición un tanto drástica. Expuse mi sorpresa ante el hecho de que un alumno aplicado, que asistía a las clases y hacía las actividades, sacara tal tipo de notas, máxime cuando ya tenía cuarenta y tres años cumplidos y el arroz se le había ablandado un tanto. En mi modesto entender aquellas deficiencias no procedían de una falta de medios materiales, de una estimulación inadecuada del medio, de un entorno familiar disruptivo o de cualesquiera otras circunstancias externas; tampoco de un deficiente acicate motivacional por parte de los profesores (siempre inculpándonos de aquello que no podemos remediar, hemos terminado por ser víctimas propiciatorias para expiación de los pecados ajenos); aquellas carencias, por el contrario, aludían directamente a las capacidades cognitivas del mencionado. Posiblemente rozara el borderline o, incluso, podría suceder que su coeficiente intelectual estuviera mucho más por debajo de lo considerado normal, esto es, podríamos estar ante el caso de un oligofrénico profundo. Me daba cuenta de que hablar de esa manera, dados los tiempos de terror que corren en la enseñanza, no era adecuado; pero había que decirlo, alto y claro, porque quizá el mencionado requiriera algún tipo de atención en centro especializado. Necesitaba sin lugar a dudas, y así lo dije, que se le capacitara en las destrezas oportunas para desenvolverse en la vida, pero el centro educativo en donde adquirirlas, ciertamente, no era el nuestro. No era alumno que pudiera cursar el bachillerato con éxito; dirimir cómo había llegado hasta este nivel pertenecía al orden especulativo y, en verdad, constituía un misterio. Sus exámenes, con una letra de niño de cinco años, o por ahí, parecían escritos en arameo; a las faltas de ortografía, y eso sería lo de menos, se añadían las de sintaxis y una carencia absoluta de sentido en lo escrito.




Creo que expuse aquella reflexión con coherencia, suelto, con una hilazón correcta de las ideas, sin temblarme la voz.

El jefe de estudios, con buen criterio, a mis alegatos respondió que no se podía hacer nada, ni menos intervenir en algún sentido, pues el tipo de enseñanza que impartíamos era de adultos y permitía la matriculación de cualquier alumno, fuera el caso del mencionado u otros con mayores deficiencias.

Claro, claro, no se trataba de que no se atendiera a ese chaval de cuarenta y tres años, sino que, por el contrario, se le atendiera debidamente en un centro de educación especial, pero no en un centro donde se cursaba bachillerato.

Aun con mi réplica, y sopesada su importancia, el jefe de estudios no tenía otra que reafirmarse en lo ya dicho; algo que, por otra parte, resultaba demasiado evidente. En realidad, a mí no me importaba su opinión, pues la sabía de antemano: ¿qué otra cosa podría decir el pobre hombre sino lo que dijo? Lo importante para mí era que yo había sido capaz de hablar en público, delante de mis compañeros, haciendo una exposición de razones sobre un tema. Por fin me recuperaba de aquel espantoso bache que durante años me había tenido sumido entre las extrañas tinieblas que he comentado. Mi autoestima se reafirmaba.

Entonces fue cuando El Putón, puesto que el citado alumno, en la asignatura que ella impartía, al igual que en la mía, había sacado un cero patatero, tomó la palabra. Dijo algunas vaguedades sobre el mencionado, sobre el sistema educativo y cuestiones afines, y repitió ideas que yo ya había expuesto con anterioridad, aunque dándoles un aire personal, como si fueran de su cuño. El Putón, de esta forma, quedó como una reina de la pedagogía delante del resto de los compañeros y animó aquella conversación proclive a languidecer por la falta del interés suscitado ante mi pormenorizada disquisición. 


Vengo a decir que con El Putón yo no me hablaba, puesto que había sido una de las inductoras de la calumnia que tan triste como injustamente había caído sobre mí. Aquella víbora, junto a otras que no es el momento de nombrar, habían arruinado mi reputación de persona cabal porque sí, porque les apeteció, porque de forma frívola les plugo, y yo me había tenido que enfrentar a unas consecuencias sumamente indecorosas que todavía coleaban y colearían siempre, pues ya se sabe que la calumnia es como el agua que se derrama pero después es imposible de recoger. En sus insidias, mientras quedaban bajo sombraje, esas víboras echaron por delante a un tal Miguel Cagarrutio (individuo sin personalidad y de tendencias muy liberales; colapsado su matrimonio, él y la partenaire habían decidido de común acuerdo seguir viviendo bajo el mismo techo con el fin de no incurrir en gastos extraordinarios, pero adornándose mutuamente el testuz) que se las daba de gracioso, para que hiciera escarnio y mofa de mí; la infamia quedaba de este modo adornada con la guinda. El Putón había cooperado de forma proactiva en tal affaire, halagándole las gracietas a ese despreciable Cagarrutio, y cuanto más gracioso Cagarrutio se volvía, me hundía más yo en la miseria acunado por una intensa e invasiva tristeza.

 Durante años me había consumido en un dolor insano. Fue un tiempo duro, y a lo largo de su travesía, tan pronto me entraban ganas de morir como ataques de ansiedad repentinos. Quién no ha pasado por este tipo de situaciones, puesto que son impermeables a ojos que no sean los del implicado, no entiende el horror que concitan; quien desgraciadamente las ha vivido, sabe de lo que hablo. De sobra conocía los trabajos en las sombras que había llevado El Putón para denostar mi honor y extender la calumnia, cómo su mirada cruel se había cernido sobre mí de forma inmisericorde, cómo había minado con saña cualquier tipo de terreno por donde yo tuviera que transitar; sin embargo, a pesar de ello, estaba dispuesto a pasar página. Por fin respiraba, salía de una larga noche, silenciosa y oculta, en la cual el dolor me había moldeado a su medida. No quería guardar rencor a nadie, no quería que mi alma se anclara en un pasado sin remedio; quería, por el contrario, respirar, respirar ancho, respirar aire. Deseaba conjurar de una vez por todas las horas de mi vida ofrecidas al sufrimiento.


Con el entusiasmo orientado hacia la renovación interior, en razón de la nueva resiliencia en que me apoyaba, cogí el cabo que me tendía El Putón y logré intercambiar unas palabras con ella; decididamente yo me afianzaba, crecía en seguridad interior. Hablé, habló, hablamos; entrecruzamos unas opiniones dignas de los más encumbrados pedagogos, broche de oro con que normalizar una situación altamente engorrosa. De imaginación temperamental, pronto me vi paseando por un peripatos, no sé cómo; mi imaginación inició una deriva por los columnados pórticos bajo los cuales Aristóteles mantenía abundosas charlas llenas de ciencia y saber con sus discípulos. Yo era un Aristóteles todavía joven, recién emigrado de la Academia por razones de intrigas, tras la muerte del divino Platón, mi maestro; y El Putón vino a ser una discípula mía, aventajada y deseosa de filosofía, con la que compartía amigable conversación, Pytia se llamaba. En la noche cálida y azul, bajo la luz de la Luna, con el rumor de la mar al fondo y un ferviente aroma de jazmines en nuestro derredor, urdíamos un plan. Me había enamorado perdidamente de ella y esperábamos con ansia el trirreme que nos llevara lejos de aquella ciudad perdida en una de las islas del Egeo, donde su padre ejercía, como tirano, un dominio caprichoso y déspota. Hablábamos acerca de cómo sería nuestra vida futura, entregados los dos al fuego que incendia la razón y produce la sabiduría, cuando un rizo de su negro y sedoso pelo, agitado por un golpe de la ligera brisa, se deshizo de su peinado, y cayéndole por la mejilla vino a posarse en uno de sus desnudos hombros. Pytia giró el rostro hacia mí, y en sus ojos vi arder un chispeante fuego. Relumbraba el nácar de su faz, y la luz de la Luna hizo brillar las fulgentes perlas trenzadas en la diadema que adornaba la cima de su adorada frente, pero fue su sonrisa la que puso al descubierto las verdaderas perlas que yo codiciaba. Un nuevo empellón de la brisa susurrante y cargada de enigmas movió los pliegues de su ligero chitón, abierto por uno de sus costados; y yo me sentí traspasado por la flecha que lanzaba el rapaz Cupido, y sentí cómo se me aceleraba el corazón con una extraña vehemencia dentro del torturado pecho, y mi mano, mi mano, como movida por un resorte atávico, no pudo sino deslizarse entre aquellos pliegues agitados, buscando, ansiosa, la flor que bajo ellos se escondía... Pytia... Pytia... Pytia... Como dijo Bécquer: Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. No es el caso, pues, de entrar en detalles.


 En estas, arrobado por tan gratos ensueños, para caerle en gracia a El Putón, y ya que llevaba entre sus utensilios un cartapacio voluminoso con las fichas de los alumnos, le pregunté si podría enseñar la foto del tan traído y llevado espécimen. Quería hacer de ella la protagonista indiscutible de aquel momento de gloria; yo me sacrificaba y cedía en mi interpretación para que ella fuera enaltecida. Pero El Putón, ponderado mi ruego, me dijo que no, que no tenía la foto del mencionado, sobre el cual se habían cernido nuestras arduas inquisiciones. Y fue entonces, ante mi manifiesta contrariedad, cuando me soltó la pregunta de marras, con todo el retintín y la mala leche posible de que fue capaz; una pregunta cocida en los sótanos, a fuego lento; una pregunta esmerada, intencional, cargada de un perverso sentido:

—¿Es ese de los ojos azules?

Eso lo dijo casi con dulzura, pero en falsete; con una mirada que pretendía normalizada, aunque decididamente cavernosa bajo sus prominentes arcos superciliares, a ras de la horizontalidad de unos anchos pómulos; sus profundos ojos negros destellaban, fijos en mí. 

¡Ay, ay, ay, Putón, Putón, Putón peripatético! ¡Ay, zamarro loco, Putón dislocado y sangriento! ¡Viejo Putón rebordesío!  ¡Qué contentos deben yacer tus agradecidos muertos en sus plácidas tumbas! ¿A quién quieres engañar? Me hizo la cabeza un clic (lo sentí en el interior de mi cerebro), pues percibí de golpe toda la intencionalidad de aquella pregunta. Sentí su veneno, arrasador; sentí cómo su baba perversa me invadía el cuerpo y penetraba hasta en lo profundo de mis vísceras y huesos. ¡Es tremendo cómo en una fracción de segundo se pueden captar tantos detalles! De golpe advertí la mala leche en aquella suspicaz atmósfera, y fui capaz, tras revelárseme las diferentes reacciones, de entrar en las mentes de los que allí se encontraban, y, al igual que si estas fueran libros abiertos, leí los ligeros y nada lisonjeros pensamientos que por ellas pululaban, porque los profesores, en principio, no se sustraen del común y son gente de psicología simple. Observé la media sonrisa de algunos, la estupefacción de otros, el desvío de la mirada de otros cuantos; estos lanzaban una mirada enigmática hacia el techo, aquellos tragaban saliva, pero todos, todos, reflejaban una expresión en su rostro como si hubieran comprendido. El Putón había dado en la diana porque allí había una preconcepción de base; una preconcepción que no se podía negar por más que ingenuamente yo lo pretendiera. Ya estaba decidido de antemano lo que era o no era posible pensar, puesto que el socavamiento realizado sobre mi honor y dignidad había sido artero, pero, sobre todo, eficiente.



Nadie piense que El Putón me aniquiló. Aunque pregunta tan malévola como la que me lanzó, animada por el fuego infernal, por sí sola era capaz de matar a cualquier mosca que se hubiera interpuesto entre su boca y mi oreja, no, no me aniquiló; sino muy al contrario, sentí una inyección de energía, porque a raíz de aquel momento, y de la toma de conciencia que llevó pareja, inferí el sentido que necesitaba mi vida, como ahora explicaré.

 El Putón, para identificar al alumno en cuestión, me podría haber hecho otra pregunta sobre él, o no hacerla; sabíamos todos de quien estábamos hablando. Pero tuvo que hacer precisamente aquella pregunta como confirmación de lo que ella sabía. ¿Y qué sabía El Putón? Eso justamente es lo que yo quisiera saber, y tal vez tenga la suerte de que me lo explique El Putón o alguno de esos que se cree hasta inteligente. Porque tengo muchos defectos de carácter, pero hay algunos que no tengo. Entre los que pertenecen al segundo rango se encuentra la sinceridad: no acostumbro a mentir, ni a mí mismo ni a nadie; por lo menos, lo procuro. Puedo estar equivocado, y de hecho lo he estado en algunas ocasiones y he tenido que rectificar; pero si lo estoy o lo he estado, no lo es o lo ha sido por falta de sinceridad o de una convicción íntima. Que diga esto es importante, porque si yo fuera homosexual como El Putón pretende, hace tiempo que lo hubiera aceptado con dignidad y, por supuesto, no me hubiera sentido en la necesidad de buscar el amor de una mujer y fundar una familia. Dicho lo cual, habría que preguntarle a El Putón por mi novio y la supuesta vida de crápula que llevo, y recordarle que montar calumnias (aunque yo sé que para ella los temas referentes al honor carecen de significado) es delictivo. Cuando campea tanto la frivolidad como la mala leche, sin ton ni son se hace un daño de efectos devastadores; nuestras acciones tienen consecuencias, y del fluir de aquellas aguas encenagadas siempre llegan los molestos lodos. Esto dicho, no pretendo ponerme sentencioso ni sentimental; El Putón no lo merece. Tampoco es necesario entrar a dar más explicaciones de las ya dadas, salvo decir que a lo largo de mi vida he llevado una sexualidad intensa (ya la quisieran algunos) y tengo una hija que es un sol.


Este tipo de gentuza te ven hecho un solitario, sin asideros sociales, con escasas destrezas en el trato de gentes, poco asertivo, y no se lo piensan: van a por ti. Y esto porque en cualquier ambiente, y especialmente en los de trabajo, hace falta un cabeza de turco sobre quien descargar las frustraciones de sus miserables vidas. Pues bien, a veces se equivocan en la elección de la víctima, y aunque para esta el mal ya está hecho y es enorme, hasta el punto de que difícilmente se le puede poner remedio, a esos indeseables cabe darles un fuerte toque de atención para que aprendan que no todo el monte es orégano y hay una responsabilidad implícita en su manera de actuar que deben asumir. Así se les hace un gran bien, pues, aparte de educarlos, se les humaniza y, poco a poco, con paciencia, se les convierte en personas, siendo de este modo que llegan a aprender que donde les duele a los demás también les puede llegar a doler a ellos. 


Y es que los humanos estamos unidos por invisibles vínculos. La humanidad se agita y retuerce por el dolor, porque el mal es extensivo, y no solo afecta a uno de sus órganos o partes sino que, de forma tan indefectible como fatal, avanza e invade la totalidad de su cuerpo. Poner el remedio es necesario, y urgente; por eso hago una llamada a terapia general desde estas páginas, por incómoda o molesta que resultase en un primer momento, ya que en estos tiempos de profunda crisis decididamente hace falta. Después, tras el paso por el necesario sufrimiento, quedaremos agradecidos sin lugar a dudas; pues veremos brillar la luz, y la alegría desprendida de la luz, una vez enjugadas las lágrimas. Ahora bien, no todos estamos llamados a ver brillar la luz, porque algunos seres no la verán, ya que, a pesar de su apariencia, nunca han sido humanos.

Hay varias clases de Putones: el Verbenero, el Desorejao, el Deshavillé, etcétera. Yo me apresuro a añadir, apoyado en una psicología de campo, un nuevo tipo: el Peripatético. Los Putones Peripatéticos son entes diabólicos surgidos del Averno; se introducen entre los dispares ambientes y campean por la faz de la tierra con la finalidad de atormentar. Si no fuera por su cariz eminentemente venenoso, cuando no adoptan la figura humana se les podría ver tal como son: como culebros con un grosor más ancho que el de mi brazo.


Mi vida ha tomado un giro positivo desde que me dedico a desenmascarar esos monstruos con apariencia humana que viven entre nosotros. Cada día me lo paso mejor lidiando con los seres diabólicos, descubriéndolos, neutralizándolos y sacándolos a la luz para que sufran una suerte de consunción por el fuego, como los vampiros.





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                                               Jesús Cánovas Martínez©