UN
LIBRO POR MONTERA
Últimamente tengo sensaciones extrañas. Nada
más despertar y echar un pie a tierra, da igual que sea el izquierdo o el
derecho, siento desasosiego, angustia, náuseas. Esta sensación no suele durar
mucho, pero me persigue durante varios minutos mientras descorro las cortinas,
orino o preparo el café; me hace deambular inquieto por la casa sin saber a
dónde me dirijo o qué voy a hacer —se me olvidan las cosas— y, según los días,
se torna más o menos intensa. Cuando llega a cierto clímax viene a dulcificarla
otra diferente y de signo contrario: Un ligero y balsámico peso encima de la
cabeza que opera como calmante. En sí mismas estas sensaciones no son graves;
al salir de casa desaparecen enseguida o se me olvidan, y puedo desempeñar mis
actividades con absoluta normalidad. Sin embargo, al despertar del siguiente
día encuentro el mismo desasosiego, la misma desazón, hasta que ese dulce peso
encima de la cabeza vuelve a calmarme. No sé lo que me pasa. Me preocupa la
persistencia de tan extraños síntomas. Llevo así varios días, semanas, y temo
que se cronifique la situación. No son sensaciones dolorosas, sí inquietantes.
Quizá encubran una dolencia grave, o no; hay tantas. El caso es que me estoy
acostumbrando a encontrar la calma con el dulce peso sobre la cabeza; no puedo
vivir si de mañana no lo siento. Resulta algo así como la droga. Me produce
adición.
Voy a explicar las sensaciones que
experimento un poco mejor. Me levanto mal, la cabeza me da vueltas, echo a
andar como un autómata; en principio, no sé hacia dónde me dirijo, me falta
algo, me falta el aire, me acomete un estado de pánico, de profunda ansiedad,
no sé qué hago, cuál es mi ubicación, cómo es el mundo, qué nueva gracieta se
les ha ocurrido a los políticos, esas cosas. El pulso se me acelera y
comienza la dichosa taquicardia, pom pom, pom pom; voy como un loco por la casa, corro o me paro en seco,
creo que hasta grito. Y de repente cesan tan extraños síntomas cuando comienzo
a sentir el dulce peso del que he hablado encima de la cabeza. Ya estoy calmado
y puedo pasar a las transacciones con los pequeños peajes de la cotidianeidad:
al aseo personal, a preparar el desayuno, a una charla amena con mi mujer
mientras tomamos el café, a disfrutar de los rayos del sol, alegres y vivos,
que entran por los ventanales del salón antes de irme al trabajo. Soy otro.
Hasta aquí lo que puedo consignar. El resto de la jornada ocurre sin mayores
problemas; desempeño mis funciones con normalidad, eso creo, urgido tan sólo
por las menudencias del trabajo o por esos pequeños contratiempos que salen al
paso.
Sin embargo, tomando el café, mi mujer me
suelta:
—Te has vuelto muy extraño. Tienes unos
despertares que ya, ya…
—No sé lo que me pasa, nena —le digo—.
Siempre me ocurre por la mañana, al levantarme.
—¿Pero tú te has visto? ¿Sabes lo que haces?
—¿Cómo, que si me he visto? ¿Qué quieres
decir? ¿Qué hago?
—¿No eres consciente de lo que haces?
—pregunta mi mujer en plan retórico, y se explica—: A mí, al principio, me tenías
asustada. Me preguntaba si te habías vuelto un para anormal de ésos—incidió en lo de para anormal recalcando la palabra, deslizándola como el que no
quiere pero con cierto tonillo—. De ti, a estas alturas, espero cualquier cosa.
—Si empezamos con las sutilezas y los
velamientos no vamos a ir a ninguna parte.
—No, si yo ya estoy acostumbrada, me tienes
acostumbrada a tus para anormalidades.
Es algo que asumí desde el momento en que me casé contigo.
Y ahora va y se enfada.
—¡Bien! ¡Usted dirá! —dice, y se me queda
mirando con ojos inquisitoriales, inexpresivos.
Permanezco callado. Echo un vistazo a los
párragas que cuelgan de las paredes, contemplo ese estilo personalísimo del
artista. Yo lo conocí en el último tramo de su vida; era un hombre sencillo al
que, si no estabas al tanto y lo encontrabas por la calle, te daban ganas de
darle una limosna. Medito sobre la sobriedad de su sepultura; en el lateral de
un bloque de mármol blanco, su nombre, unas fechas, una escueta palabra: José
María Párraga, 1937-1997, PINTOR.
Han sido sólo unos segundos de distracción,
los suficientes. Mi mujer, rápida, ha cogido la palabra:
—Nunca ha sido normal —dice—. Enfilando hacia
la vejez ha publicado una novela, la única en su vida y corta, y esa
eventualidad le ha trastocado los hábitos, que en sí mismos no eran muy
normales. Pero ahora se le ha agudizado el comportamiento anormal. Se levanta
desconcertado, vaga por la casa, da gritos sin ton ni son hasta que llega a la
repisa de la biblioteca donde tiene un ejemplar muy sobado de su libro y se lo
pone por montera. Sólo así se calma.
El interlocutor de mi mujer,
parapetado tras una ancha mesa, tiene los ojos bovinos, enormemente saltones;
azules y fríos, no denotan emoción. «Este individuo hubiera sido un buen nazi —pienso
para mis adentros—, un Doctor Muerte
inmutable ante el sufrimiento de sus víctimas.»
Mi mujer y el psiquiatra —a lo que
deduzco, ya que lleva una bata blanca— intercambian opiniones, hablan sobre mí,
o eso sospecho, porque yo no presto atención a lo que dicen. Tengo otras cosas
en qué ocuparme; mi cabeza vuela hacia el argumento de una próxima novela.
Trata de un pobre hombre que siente extraños dolores de cabeza nada más
despertarse; dolores que calman al poco, pero que se repiten insistentes día
tras día. Su mujer, alarmada por las incoherencias del individuo, lo convence
para que vaya a la consulta de un psiquiatra de cierto prestigillo; sin
embargo, y aquí comienza lo interesante, este psiquiatra propiamente no es un
psiquiatra. Es un médico nazi criogenizado al final de la Segunda Guerra
Mundial que ha sido despertado durante los últimos tiempos para que experimente
con la gente tonta o poco avisada que le cae por consulta. Las misiones que
debe cumplir son inconfesables y destructivas. En un periquete monto la trama.
Para entonces mi mujer ha terminado de hablar con el nazi que, tras la inocente
fachada de psiquiatra, esconde un pasado demasiado turbio. Oigo que el tal le
dice a mi mujer:
—Déjelo, señora, que no hace mal a nadie. Si
no le diera por ponerse el libro por montera, se pondría una manta zamorana, o
chuparía candado o algo peor.
Después se dirige a mí:
—Para usted se han acabado los problemas —me
dice el nazi—. Al levantarse, lo que tiene que hacer cuando comience a sentir que
el pulso se le agita, es preguntarse: «¿Qué tengo que hacer cuando el pulso se
me agita?». No, no crea que es una pregunta tonta. Con tal pregunta, y mientras
rebusca en su memoria la respuesta, se distraerá durante unos segundos, tiempo
suficiente hasta que consiga ir a su biblioteca, rebusque entre los anaqueles, encuentre
el libro de marras y se lo ponga por montera. Después, santas pascuas.
—¿Y las pastillas? —pregunta mi mujer.
—Las pastillas son para usted, señora —dice
el nazi—. Tómese una antes de irse a dormir, de este modo sus sueños serán
plácidos y despertará con ánimos para afrontar las exquisiteces a las que la
tiene acostumbrada su marido. Ya verá, en dos días pensará que ese tipo de
comportamientos son lo más normal del mundo.
Ya estoy curado, ya no siento esa ansiedad
horrorosa, ese desmayo vital mañanero que me tenía tan preocupado. El Doctor Muerte ha definido mi dolencia
como Monteritis Librarum Retontarum o
algo así, un nuevo morbo descubierto por la neurociencia sobre el cual se
suscitan hoy en día acalorados debates entre los especialistas. Esa definición
me conforta. Ya sé lo que me ocurre, y tal conocimiento opera como un bálsamo
en mi cerebro desquiciado. Sin embargo, el nazi redivivo me ha advertido que los
síntomas de la dolencia pueden cesar mañana mismo o perdurar durante años.
Sigo al pie de la letra las indicaciones del
amable nazi —llamémoslo así, no quiero indagar por si encontrara tortuosas
correspondencias, ocultas conexiones— con la esperanza de alcanzar la cura
definitiva. Mi mujer ya no está alarmada, han cesado sus protestas, se comporta;
por mi parte, hago lo mismo que hacía antes de recibir el honroso consejo, esto
es, todas las mañanas me pongo el libro por montera, pero sin sentir la molesta
ansiedad que antes me producía tanto desconcierto. Llevo con la terapia varios
meses y no desaparece este extraño hábito. Ni quiero. Es más, me animo incluso
a salir a la calle con el libro sobre la cabeza. De paso cargo todo lo que puedo
a las buenas gentes que se cruzan en mi camino.
Todos los derechos
reservados.
Jesús Cánovas Martínez©
No hay comentarios:
Publicar un comentario