EL LOGOS Y SUS ENERGÍAS
EMILIO SAURA
A veces resulta que pasa la procesión por
delante de la casa de algunas personas y no se enteran. Después algún vecino o
alguien de su confianza, esos hombres que
saben, que los hay, les pregunta por la procesión, qué les ha parecido.
—Qué te ha parecido la procesión, ¿vistosa,
no?
—¿Qué procesión?
—La que ha pasado por delante de la puerta de
tu casa.
—¿Sí?... ¡Ah, ya!
Quizá pueda parecer mentira, pero este caso
se da con relativa frecuencia. Pasan las procesiones y quienes más cerca están
de ellas no se enteran. Tal eventualidad sucedió, me viene ahora a la memoria,
allá por las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, cuando un grupo de personas,
a caballo entre la ortodoxia y la heterodoxia, comandado por Emilio Saura, se
reunía cada jueves, primero de mes, en el Salón Parroquial de la iglesia de San
León Magno de Murcia. Se hablaba allí de lo humano, pero sobre todo de lo
divino. Emilio Saura introducía aquellos encuentros, previa exorcización con el Salmo 91, con unas
palabras de san Pablo seguidas del comentario de la Carta Astral que había
levantado al respecto; luego hacía alusión al número de la sesión y su
significado cabalístico. A continuación de tal introducción invariable, los
participantes, apoyados en un pertinente texto sagrado, iniciaban el diálogo.
Personas y personajes variopintos pasaron por aquel Salón: hippies de la última
hornada, filósofos desencantados de la filosofía, gnósticos que cuestionaban la
gnosis, nescientes sabedores de su ignorancia, cristianos de ida y de vuelta,
practicantes de yoga o de otro tipo de terapias,
gente de extrarradio o de frontera abrasada por el polvo de los caminos,
soldados de primera línea curtidos entre las trincheras, francotiradores de
diversa índole… Todos ellos buscadores de la Verdad. Salvo algunos, claro, que
no buscaban la Verdad, que de todo hay, como los secretas de la policía que de
vez en cuando se dejaban caer con el fin de saber qué ocurría allí realmente
—la policía no es tonta—. Quizá aquellos secretas fueron por obligación, pero
estoy seguro de que algún eco debió de llegarles acerca de lo que se debatía, y
de este modo, cumplida la misión encomendada, les reportó un gran beneficio
para sus vidas.
¿Por qué refiero estas cosas? Porque son
verdad, en primer lugar; en segundo, porque traigo a colación un libro de
Emilio Saura pertinente al caso que trata de astrología: El Logos y sus energías, publicado en 1986 por la Editora Regional
de Murcia. Y en Murcia tenía que salir el libro para que no se le diera
publicidad ni importancia alguna, se ninguneara como es debido y, salvo unos
pocos amigos interesados, se le concediera el cumplido valor que merecía.
—Claro,
claro… se entiende, hablar de astrología, acercarla al gran público, fuera de
ambages truculentos y, por si fuera poco, en Murcia, ese soleado y macabro
lugar, rinconera de España, vaya, vaya…
—Cosas de murcianos.
Sin embargo, las cosas son como son, y han
sido como son. Sucedieron aquellas reuniones y sucedió el libro. Las reuniones
dejaron la huella que tenían que dejar en gran parte de los que de forma más o
menos activa (muy pasiva, en mi caso) participamos en ellas. El Logos y sus energías, cuando ya se
alumbran los 30 años de su eclosión, también dejó su huella, y algunos fueron
capaces incluso de reconocer el mérito del autor. Entre estos algunos que
sopesaron debidamente la importancia de la publicación se encontraban Miguel
Espinosa, José López Martí y Juan Sarabia; los cito porque son ellos los que
flanquean el libro con dos prólogos (Miguel Espinosa y José López Martí) y un
epílogo (Juan Sarabia) escrito a vuela
tecla.
Con la lucidez que lo caracterizaba, Miguel
Espinosa (me apresuro a decir que yo no lo conocí), en unas líneas escritas para los que creen en la astrología y para
los que no creen en la astrología, da una buena pista para dilucidar el
discurso astrológico. Se apoya para ello en la distinción de dos talantes que
se corresponden con dos formas de ver el mundo. Uno de ellos, el talante
reflexivo, enjuicia la cosa, por lo que ve el mundo como semántica; el otro, el
especulativo, enjuicia las relaciones entre las cosas, por lo que ve el mundo
como sintaxis. Como la semántica entiende el mundo como un conjunto de datos
que deben entenderse en el plano del sentido (ese sentido se halla en la
facultad de la razón o en la voluntad de la Divinidad Personal), el talante
reflexivo, por tanto, se resigna o inclina ante los hechos. El talante
especulativo, sin embargo, no se resigna, porque la sintaxis explica cualquier algo por los otros algos que aparecen en
la figura, o, lo que es lo mismo, la sintaxis es un saber relacional que
contempla estructuras, y la estructura
siempre se esclarece por la estructura. El talante especulativo, de este
modo, da lugar a explicaciones mucho más complicadas, aunque más coherentes, ya
que atienden a la forma de los hechos, que aquellas otras a que aboca el
talante reflexivo, más sencillas, aunque resignadas a los hechos. Miguel
Espinosa establece esta dicotomía, pero no se inclina a favor de uno u otro de
sus polos. Sin embargo, viene a precisar, como conclusión, que para la
astrología la naturaleza no son datos, sino sintaxis; es por esto que la
astrología es una gramática cuya expresión consiste en leer el cielo. Y termina el prólogo (que he resumido abusivamente) haciendo mención al saber del autor
del libro que, como saber intransitivo
que es, un sólo saber que se cierra en sí
mismo y produce saber, únicamente puede resolverse en comportamiento:
Los
sintácticos son, naturalmente, paradójicos y dialécticos, piensan por oposición
y reflejan el movimiento que ponen, o que hay, en las cosas; su escribir, más
que una reflexión, o una meditación, es un comportamiento. Cuando nos asomemos
a las páginas de Emilio Saura, no imaginemos, superficialmente, que el autor
considera o valora así el mundo, sino que lo vive como siendo así.
Al contemplar los aspectos introductorios o
prolegómenos de El Logos y sus energías,
resulta interesante establecer un diálogo con Miguel Espinosa y, de alguna
manera, ampliar aquello que ha dicho y aquello otro que no ha dicho. Como
lengua que es, aunque angélica, la
astrología se apoya en signos que son símbolos; como tal, en ella cabe
distinguir las tres dimensiones o esferas de la semiótica: una sintaxis, una
semántica y una pragmática. La sintaxis atiende a las relaciones formales entre
los signos o símbolos; la semántica hace referencia a la relación del signo con
el objeto que nombra; la pragmática se ocupa a la relación del signo con sus
intérpretes, y contempla los fenómenos fisiológicos, psicológicos o sociológicos
que acontecen en su uso. Estas dimensiones se corresponden con los tres niveles
que, a su vez, siguiendo a Raymond Abellio, podemos distinguir en el saber
astrológico: el estructural, el simbólico y el predictivo o influencial. El
estructural-sintáctico analiza las relaciones existentes entre los diversos
símbolos que constituyen la gramática astrológica; el simbólico-semántico
ahonda en los significados o resonancias de esos símbolos; el
predictivo-pragmático se ocupa de su uso o aplicación en la concreción de la
cotidianeidad.
Por el nivel estructural-sintáctico se
explican los otros dos, porque por él se entra en la inteligencia de Dios, o,
mejor, en la comprensión angélica de la inteligencia creadora del Logos; es el nivel del fuego, del
espíritu. El nivel simbólico-semántico atiende a la comprensión de la
multivocidad o polisemia del símbolo (es el nivel del aire, cuerpo mental, y
del agua, cuerpo emocional). Por el nivel predictivo-pragmático se alude a la
fisicidad; es el nivel de la tierra. A modo de círculos concéntricos, desde el
más amplio al menos amplio, tendríamos lo siguiente: el círculo pragmático, que
hace mención a la corporalidad; el semántico, a la dimensión psíquica o mundo
intermedio; el sintáctico, al espíritu. Este último nivel o círculo interior de
la astrología (digo interior como una
forma de hablar, porque propiamente no es ni interior ni exterior, sino
integrador o estructurador) es el que fundamentalmente interesa a Emilio Saura,
y consiguientemente, el que aborda en el Logos
y sus energías.
¿De qué sintaxis hablamos? De la de los
cielos; por concomitancia, de aquella que llevamos inscrita en nuestro ser en
el momento del nacimiento. Como es
arriba, es abajo, reza la Tabla Esmeraldina; y la sintaxis astrológica
trata fundamentalmente de eso: de comprender el juego de las proporciones, de
las estructuras, del orden, en definitiva, atendiendo a las correspondencias y
sincronicidades que se establecen entre lo de arriba con lo de abajo. El Horóscopo o Carta Astral no es otra cosa que el reflejo de la posición de los
astros en el momento de nuestro nacimiento, teniendo en cuenta que esa
estructuración de las fuerzas-símbolos reflejo de los astros quedará imprimida
de tal forma en nuestro ser que la experiencia de la vida que tengamos vendrá
condicionada por dicha estructura.
Cuando se establece el principio nombrado,
comienza la polémica. Que la posición de los astros deja un marchamo en nuestro
ser (no entro en la discusión si éste se produce en el momento del primer
vagido o en el de la concepción, o habría que considerar ambos), se puede
alumbrar atendiendo a la consideración del bagaje que portamos a la hora de
nacer o, dicho de otro modo, bajo la perspectiva de aquello que le pertenece a
nuestra naturaleza por derecho propio; entender, solamente con la práctica y la
comprobación empírica. Ya Descartes hablaba de las ideas innatas, de los
principios generales y universales que llevamos inscritos en nuestra razón de
forma innata o a priori; previos, por consiguiente, a la experiencia (Kant
añadirá: y condicionantes de la experiencia). Pero el caballo de batalla entre
racionalistas y empiristas precisamente es éste: el innatismo. Por todos los
medios los empiristas tratan de demostrar que no poseemos ideas innatas, que
todo lo que albergamos en nuestra mente es producto de nuestra experiencia; sin
embargo, genial fue la respuesta dada a Locke por Leibniz en el inicio de sus Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano:
“Al nacer, efectivamente, nada hay en
nuestro entendimiento, salvo el entendimiento mismo”. Entre estas ideas innatas se encuentran las
estructuras lingüísticas, algo que nos lleva, hablando del lenguaje y de su
armazón lógica, a ponderar cómo curiosamente en el siglo XX Noam Chomsky
corrobora el viejo aserto cartesiano: la estructura sintáctica del lenguaje
pertenece a nuestra razón, es innata. Para mantener la tesis se apoya en una
serie de argumentos o evidencias: Primero, porque hay una edad óptima, entre
los tres y diez años de edad, para su aprendizaje; segundo, porque no se
necesitan instrucciones especiales para su adquisición, ya que es algo que
sencillamente sucede; tercero, porque corregir una palabra mal pronunciada no
resulta útil, ya que los niños la volverán a pronunciar de igual manera que
antes; cuarto, porque todos los niños alcanzan sus metas lingüísticas en el
mismo momento evolutivo, con independencia de la lengua en que son educados.
¿Cómo debemos entender este innatismo, pues? Descartes lo precisaba: como una
potencialidad de nuestra mente que puede actualizarse en diverso grado o hasta
cierto punto. Así, en un opúsculo que lleva por título Observaciones sobre la explicación de la mente humana, señala el
filósofo galo que utiliza el término innato de igual forma que cuando se dice
que una virtud prepondera en algunas familias o que en otras existe una
disposición a padecer tal o cual enfermedad. Con la astrología ocurre de igual
modo; su praxis vendrá a corroborar
lo enunciado de un modo teórico. Si nos tienta profundizar en este saber,
comprobaremos sorprendidos que ciertos acontecimientos suceden cuando hay una
determinada posición de los astros, y que cada uno de nosotros posee ciertas
disposiciones prontas a actualizarse según determinados momentos o circunstancias.
Valgan las precisiones anteriores, y valga el referente a la gramática.
La sintaxis astrológica nace con nosotros, esto es, en el momento del
nacimiento queda inscrita en nuestro ser; la constituyen símbolos-fuerzas que al
ordenarse de una forma determinada condicionarán nuestra experiencia vital. En
principio, según la posición del Sol en el ecuador celeste, tenemos doce
grandes familias: los doce Signos del zodiaco (cada uno de ellos supone un arco
de 30º de la esfera celeste). Cada una de estas familias se subdivide, a su vez,
en doce Casas (que varían en dimensión dependiendo de la latitud), según la
posición del signo Ascendente; por consiguiente, cada nativo de un determinado
Signo puede pertenecer a una de estas doce Casas. Si multiplicamos los doce
Signos por las doce Casas, tendremos 144 posibilidades de ser en el mundo, y de estar, de
una persona según el momento y lugar de su nacimiento. Después veremos la posición de la
Luna, su significado en esos Signos y Casas, y pasaremos a ponderar la posición
del resto de los planetas, también en sus respectivos Signos y Casas; a
continuación, estableceremos las relaciones o correspondencias que hay entre el
Sol, la Luna y el resto de los planetas. Por último, determinaremos la posición
de ciertos puntos, factores de intensificación o zonas relevantes —el eje
Dragón, el de la Luna Negra, el del Sol Negro, las Partes arábigas…— y sus
correspondencias y relaciones con el resto de las posiciones anteriormente
establecidas. Si queremos ser más precisos aún, constataremos la posición de
las estrellas fijas. Ya tenemos levantado un horóscopo, o Carta Astral, que,
como se ve no es nada trivial y es enormemente particularizado. Aun así, no lo
tenemos todo; ahora hay que darle un papirotazo a esa estructura y ponerla en
movimiento, puesto que no hay nada quieto en el cosmos.
Si queremos movernos en el plano o nivel
simbólico-semántico, al hilo del análisis de la estructura operaremos la
síntesis a que lleva la consideración del carácter abisal de los símbolos, y la
astrología, sin perder su carácter de ciencia adquirirá carácter de videncia en
cuanto no sólo el conocimiento del astrólogo entrará en juego, sino su
intuición, su saber hacer, su arte; arte especialmente necesario cuando
consideramos el plano predictivo-pragmático. El astrólogo baja ahora del cielo
de las estructuras y busca el contraste de éstas con la tierra, con una
realidad concreta. Esta realidad puede ser un ser humano con nombre y
apellidos, nacido en una hora y lugar determinados, circunstanciado, por tanto,
por un ambiente, por una época, por un grado de inteligencia, o de
espiritualidad, o de madurez. El astrólogo pormenorizará al máximo para tener
una posible previsión de sus actos, pero su intuición (hablamos de una forma de
saber inmediata, no discursiva) le llevará a resoluciones sintéticas. En este
sentido, poseía Jean Carteret, a quien Emilio Saura reconoce como el creador de
la astrología estructural, tal poder
de intuición que tan sólo con echar una mirada a la casa donde vivía una
persona, aun sin conocerla, era capaz de reconstruir las posiciones planetarias
de su Carta. Tal maestría es un ejemplo del saber astrológico convertido en
arte. Carteret con la sola mirada descubría las correspondencias de un entorno con una
vida y, de ésta, con el entramado del cosmos.
Ahora bien, la libertad humana queda
reflejada en ese espacio vacío y central de la Carta astrológica, por lo que
siempre, aunque todo resuena y se corresponde, habrá que tener en cuenta que
los condicionamientos astrológicos nunca la niegan. El cosmos resuena, los
astros nos influyen, pero somos libres. Ante un individuo con un mayor grado de
realización, menos posibilidad de predicción; ante otro con menor grado de
realización o madurez, mayor probabilidad de acierto. El sabio domina su estrella, el necio es dominado por ella, decía
santo Tomás, aserto con el que salva la libertad e indica la función que debe
cumplir la astrología, entendida como vía de conocimiento capaz de transformar
y elevar al propio sujeto cognoscente (puesto que somos lo que conocemos) en
favor de la realización de sus posibilidades más altas.
Las consideraciones realizadas llevan a
matizar el tema de la creencia o increencia en la astrología. Una pregunta mal
planteada lleva a una respuesta errónea, y tal circunstancia suele ocurrir a
menudo cuando se debate sobre astrología. Por lo general, el común introduce
tal debate con la pregunta: “¿Crees en la astrología?” No debería ser así. En
dicho planteamiento hay implícita una especie de confusión parecida a la falacia naturalista, que supone sin
más que se puede pasar desde el ser al deber ser, desde cómo se presentan los
hechos en la realidad a la valoración de los mismos y su constitución en
“norma”. Que alguien crea en algo no significa que lo sepa; saber no es creer. Saber significa poder verificar lógica o empíricamente los postulados desde los
que se parte; la creencia, sin embargo, elude tal verificación o la pospone. Nadie
pregunta a otro: “¿Crees en las matemáticas?”, porque si así lo hiciera, dicha
pregunta estaría mal formulada. La pregunta adecuada sería: “¿Sabes
matemáticas?”, porque no se trata aquí de una cuestión de fe, sino del
conocimiento que se tiene de esa materia. Luego se indagará hasta dónde llega
dicho conocimiento: si la persona preguntada sabe resolver ecuaciones de
segundo grado o de tercer grado, si sabe resolver una raíz cuadrada o cúbica,
etcétera. De igual modo a cómo ocurre con las matemáticas o cualquier otra
disciplina científica, la pregunta correcta, en referencia a la astrología, no
es acerca de la creencia o falta de creencia en la misma, sino la que concierne
a su conocimiento o falta de conocimiento. Tal cambio de perspectiva es
importante, porque conociendo se disuelven las dudas a que una fe con fisuras podría inducir. Dicho lo
cual, y al hilo, cabe mencionar a Michel Gauquelin, quien allá por los años 50
del siglo pasado inició un estudio estadístico para demostrar definitivamente
que la astrología era una falsa ciencia ( L’influence
des Astres, 1955). Así sometió a estudio una gran cantidad de horóscopos de
personajes célebres. Para su sorpresa descubrió que estas celebridades —de la
ciencia, de las artes, del deporte, de la milicia, de la política— tenían de
forma estadísticamente significativa a Marte, Júpiter, Saturno, Venus o la
Luna, según fuera el caso, próximos al Ascendente o el Medio Cielo. A partir de
entonces, con sus veinte libros publicados, vino a concluir que existe una
sincronicidad entre el ser humano y los planetas; esto es, dicho de otro modo:
que existe una interdependencia universal.
Interdependencia
universal…
Cuando vengo a esta expresión y la considero, experimento la misma
estupefacción que tal vez sintieron Miguel Espinosa, José López Martí o Juan
Sarabia al leer por primera vez El Logos
y sus energías y verse abocados a decir algo sobre él, y comprendo que las
reflexiones realizadas hasta ahora, aun válidas, tan sólo constituyen una
triste reseña, un mal prólogo claramente mejorable de la obra. Confieso mi
ignorancia, mi torpeza; me he quedado en la pura exterioridad, en la cáscara. Y no debería de haber sido eso, pues el libro propiamente no trata de teoría sino de vida. Anteriormente
ya he citado la opinión de Miguel Espinosa al respecto. Juan Sarabia, en su
epílogo a vuela tecla, abunda en lo
mismo: Nada puedo añadir a un libro tan
concluso, cerrado y lleno de mil riquezas. Para sostener algo que contuviera
una extensa y verdadera opinión sobre este libro, tendría que escribir otro
libro, por lo menos tan largo como el presente. Ya sugería Borges algo de
esto en aquel relato, Pierre Menard, autor
del Quijote. Cuando queremos comprender un escrito, hacerlo carne en
nosotros, carne nuestra, integrarlo a nuestro ser, sólo nos es dado reproducirlo
como si nosotros fuéramos su mismo autor.
Emilio Saura en el Logos y sus energías aborda el núcleo de la astrología con un rigor
geométrico, analítico a la vez que sintético, profundo. La astrología en su
nivel estructural, tal y como nos la presenta, es un sistema simbólico que
trata de expresar la interdependencia universal (postulado de base de todo
conocimiento esotérico) de forma rigurosa; en esta labor atiende a una mayor
intensificación de la consciencia en aras de tal comprensión, y tal
comprensión, a su vez, la remite a una mayor riqueza de la vida. Este segundo
aspecto es el que constituye el propósito fundamental del libro. No se trata,
pues, de llegar a un mero conocimiento teórico del simbolismo astrológico,
sino, lo que resulta más importante, de llegar a un conocimiento vital del
mismo, a un comportamiento, a un modo de resonar, y saberlo, en la unidad de
todo lo que existe. El autor, por tanto, ofrece su experiencia, y se ofrece él
mismo para tal cometido. Este es el primer párrafo de El Logos y sus energías, pórtico de la obra:
El
presente libro tiene como base una experiencia directa del simbolismo
astrológico y su propósito es objetivarla de alguna manera. Si, en principio,
la astrología, entendida en sentido “ascendente”, nos conduce a una comprensión
de la interdependencia universal, la tarea que aquí se nos plantea tiene un
sentido “descendente”, a saber, el de clarificar el simbolismo astrológico a la
luz de la citada experiencia.
El
Logos y sus energías
no es, por tanto, un manual al uso de astrología; su propuesta rebasa tal
designio por cuanto se constituye en un camino de realización, dirigido como
tal hacia un punto omega: el alumbramiento del hombre nuevo. Un hombre nuevo
al cual convenga un nuevo talante, el intuitivo, característica propia del
hombre estético, con cuya emergencia se sustituya cualquier otro talante y, por
consiguiente, cualquier otro tipo de conocimiento. Este nuevo talante es aquel
que ve el mundo bajo la perspectiva de la integración de sistemas, en el que
las partes de un sistema son sistemas en los que resuena la voz del conjunto de
todos los sistemas. Tal mirada integra, suma, hace resonar, intensifica; nunca
disminuye. Así como nuestro cuerpo está integrado por una serie de sistemas y
no podría vivir sin la integración o interdependencia de esos sistemas, de
igual modo ocurre en el cosmos (al cual habría que referir su significado
originario de orden), donde todo está conectado con todo, y donde, en cada una
de sus partes, resuena la totalidad.
La Verdad es una, pero resuena de múltiples
formas. El resonar astrológico es bello, armonioso, reflejo de la música
celeste. Se penetra con él en la belleza de la creación, en el arrobamiento de
su gloria. Es una vía de acceso (así lo declara Emilio Saura, llegado a su floruit) al conocimiento del verdadero
nombre que nos conforma y de aquel otro que constituye verdaderamente las
cosas, a la Palabra perdida, al Nombre de todo nombre, en definitiva, al
Logos Creador.
Soy consciente de que ignoro más de lo que sé
y de que me he quedado en el umbral de El
Logos y sus energías sin ir más allá, pero también lo soy que no podía
haber sido de otro modo. Por mi parte, y ya que me he puesto a la tarea, me queda
invitar a su lectura para que sea el mismo lector quien saque las conclusiones
oportunas o, por lo menos, proponga las preguntas inquietantes que estime necesarias. Es mi deseo ferviente (de igual forma lo supongo en el autor del libro), que, a quienes lleguen estas
cosas y las estimen debidamente, les ocurra algo así a como ocurrió con aquellos antiguos secretas que
mencionaba al principio, y les sirvan de provecho y de mucho bien para sus vidas.
Algo les quedará, digo yo. Así lo espero también para mi vida.
Todos
los derechos reservados.
Jesús
Cánovas Martínez©
Filósofo
y poeta
Ad astra per aspera.
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