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jueves, 17 de diciembre de 2015

LA SOMBRA DE ARTHUR

LA SOMBRA DE ARTHUR
ANTONIO SOTO



Recuerdo que hace unos años, en nuestra etapa de espartarios, acodados en la barra del bar El Convento (Lorca), enfrente de unas humosas manzanillas —¡ah, la bohéme— y a la espera de una lectura de poesía o tras la misma, Antonio Soto me comentó que llevaba entre manos un libro de poesía rompedor y me lo delineó en sus formas básicas. Pronto vino a adosarse el pesado de turno, por lo que tuvimos que pasar a hablar de otros temas, y ahí quedó la cosa. Ese libro, por aquellas fechas quizá en esbozo, recientemente ha visto la luz. Lleva por título La sombra de Arthur, y sobre él pretendo decir unas palabras.
Al sopesarlo, lo primero que llama mi atención es su título, ya que presenta una anfibología que supongo consciente. ¿Arthur tiene una sombra o Arthur es una sombra? Ambas interpretaciones caben según consideremos la preposición “de” como expresión de un genitivo subjetivo o, por el contrario, objetivo. Una primera y precipitada lectura posiblemente nos llevaría a decantarnos por su segundo significado, aunque si volvemos al libro con la intención de ahondarlo, tras su relectura, tampoco cabría desechar el primero: Arthur es una sombra, pero Arthur también tiene una sombra. Tal disemia estructural traspasará todo el poemario.
¿Por qué Arthur tiene una sombra? Porque Arthur puede ser el paradigma de cualquier ser humano y, en particular, de Antonio Soto; ahora bien, si todo ser humano tiene una sombra, Antonio Soto tiene su sombra; así, Arthur, como alter del poeta, muestra la sombra del poeta, por concomitancia reflejo a su vez de la sombra de toda la humanidad. Sin embargo, Arthur, ya desde el primer poema del libro, se nos muestra a sí mismo como sombra, y sombra viajera, nocturna, ávida de sangre y de belleza: Arthur también es una sombra. Constatada tal disemia, si conjugamos los dos posibles significados, vendremos a concluir que Arthur es una sombra que habla desde la sombra y muestra los aspectos nocturnos del ser humano, aquellos que nuestra consciencia rechaza, reduce y condena a los sótanos del inframundo, esto es, del inconsciente, sea éste individual o colectivo.


Supone el poemario una carga de profundidad, y pienso que con él Antonio Soto adquiere su madurez poética. Si en Lolitas o en Pubis Púber había explorado los misterios del eros y En aquellas islas del alma, premio “Armilla de Poesía”, con una emoción a flor de piel había enfrentado la muerte, en La sombra de Arthur, aunará eros y thánatos, el placer y el dolor, la vida que se quiere y se perpetúa así misma como conatus, aun en el hastío, con una pulsión de muerte estremecedora que conduce hasta el desgarro y la nihilidad. Fuerte es la carga del poemario, antítesis de contrarios enfrentados que, como única resolución posible, atiende al horizonte de la belleza, eso sí, una belleza pura a la vez que malversada, espléndida a la vez que tenebrosa.
Pero vayamos por partes. ¿Por qué son inocentes los animales? Entre las posibles respuestas, elijamos una, quizá aquella que se impone por evidente: Los animales son inocentes porque no son conscientes de su condena. Arthur sí lo es, y cuanto más se le intensifica esa consciencia, más le acrece en su interior la sensación de no poder escapar de la misma. Ya, de por sí, esto es horrible: No hay salida ni escapatoria de la condición de Arthur, y Arthur lo sabe. Tal condena a la que queda sometido no es otra que la de saberse arrojado a una cadena trófica donde para seguir viviendo debe otorgar la muerte, incluso la del ser bañado por la inocencia; pero hay más, a esa hambre o sed fundamental, se le suma una sexualidad irrefrenable que lo subyuga y esclaviza.
Hasta aquí, nada nuevo que no conozcamos. El sexo y el hambre, los dos impulsos básicos que traspasan a los animales, de los que ellos no son conscientes. Los seres humanos, sin embargo, en mayor o menor grado, sí son conscientes de los mismos; en Arthur se intensifica dicha consciencia hasta el paroxismo. Porque cualquier parangón que queramos establecer entre el ser humano y Arthur enseguida cede ante lo enorme. El sexo en los seres humanos, aun atávico, se puede deslindar de la función de dar la vida y plantearlo como disfrute; en Arthur, el sexo, aun como disfrute, no se puede deslindar de la certeza de la muerte. La condena de Arthur llega hasta una hipérbole que rebasa la cordura —y, en este sentido, la condición humana—, pues su sexualidad se tiñe de un impulso amoral y fundamentalmente lascivo que en su consumación pretende la destrucción total del objeto de su deseo. Así, ya en el primer poema del libro, el lector queda enfrentado con algo monstruoso, pues el sexo corre parejo con la sangre cuando nuestro protagonista hace el amor a dentelladas con la mujer que le ha dado la vida:

De lo más profundo del corazón
latía mi amor por la sangre.
Ella me invitaba a poseerla.
Desnuda en su lecho de muerte
aguardaba mis finas dentelladas.

La consumación de tal incesto será el preludio de una vorágine de sexo y de sangre, porque Arthur buscará saciar el deseo inextinguible que lo habita y buscará saciar su sed infinita en una espiral de soledad y de muerte. Vagará Arthur por las ciudades y los desiertos, llorará por Iona bajo las torres de Londres o suspirará por Gino en la Plaza de San Marcos en Venecia; desde las frías aguas de la bahía del Hudson arribará a Manhatam, pero también el viejo París a la orilla del Sena conocerá sus pasos; frecuentará suburbios, parques, tabernas, burdeles portuarios, callejas estrechas sin luz, bosques o desiertos en pos de la satisfacción de su deseo y de su hambre; islas del sur de bellas muchachas, monjitas del Piamonte o tibias escolares anunciando la primavera serán sus presas; bajo el cielo rojo de Arizona una muchacha en un sucio motel sabrá de su furtiva visita, pero también la vieja Bohemia en las riberas del Rhin le ofrecerá la sangre de adorables walkirias. Vagará por el orbe todo, insatisfecho, transido de amor, de hambre y de soledad.


Hurtado al amor, creciendo en él la consciencia de monstruo, por las noches, en los cementerios, se oirá su llanto, su queja desconsolada entre las pútridas tumbas: De noche, en los cementerios, lloro y me desespero aguardando el sueño que me fue vedado por extrañas fuerzas… Siente el hastío prolongado a lo largo de noches monótonas, sin posibilidad de luz o redención, expulsado de todo hábitat humano, extraño a la vida pero sin posibilidad de la vida: Mañana de nuevo la luz,/ y vuelta a los infiernos. A su soledad, se añade la fatiga —un poema comienza: Para mí nunca habrá descanso./ Frágiles aleteos se oyen en la noche./ Todos los paraísos duermen ahora…; otro, del siguiente modo: Nada de amor. Las estaciones/ tienen el rostro del desaliento…—, y, mientras, en su corazón deshabitado del amor, pena el amor: Decidme, ¿qué tengo que hacer con este corazón? Enfermo de amor cruza la vida con todos sus inviernos.
La sombra de Arthur es un libro fundamentalmente existencial que de forma implícita plantea una serie de preguntas perentorias acerca de la vida y la muerte, a las que se les añade la resolución poética que el autor les confiere. La angustia ante la propia existencia queda resaltada hasta lo salvaje y patético, sea en el eterno vagar, sea en el ansía de la propia extinción. La muerte para él vedada, consciente de su no vida, Arthur clama:

 Cuánta belleza se consume en mi pecho. Hay una mariposa en el cristal que late como un crepúsculo. Los días mueren pero no la memoria. ¿Hay una muerte peor que ésta?

Por eso envidia a los muertos que lentamente se disuelven en sus tumbas, a los que contempla como verdaderos dioses: Ellos duermen/ en sus lechos de terciopelo rojo/ indiferentes a los días y a las noches… Pero a la vez que envidia esa oscura suerte de los muertos, también denuncia la no menos oscura suerte de los vivos, las lacras de la humanidad:

Los hombres me odian… Sienten terror cuando oyen mi nombre… Y, sin embargo, ¡pobre bestias! Ellos son más sanguinarios… Son vengativos y envidiosos… son aves de rapiña, roban, violan… destruyen a sangre y fuego al contrario. Ninguna bestia es tan dañina como el hombre…

Entre tanta desolación, la única certeza que a sí misma se muestra es la belleza. Y, para Arthur, la única calma posible ante el pesar y la desesperación será la eterna y traumática persecución de esa belleza, para hacerla expirar entre sus propias manos, bajo colmillos sangrientos, como consumación de la propia búsqueda y como venganza. ¿Venganza? Sí, porque solamente a partir de la consciencia de la propia fealdad se puede tomar la resolución de dar muerte a todo aquello que es bello y en lo que atisban signos de pureza. Arthur, sombra viajera, ente apenas con cuerpo, predador nocturno, necesariamente elije como objeto de su deseo a un ser joven que eclosiona en flor. No lo olvidemos, Arthur es un vampiro, y pena de amor.


Búsqueda de sentido, pues, que es lo mismo que búsqueda de la verdad, que es lo mismo que búsqueda del amor. La originalidad del poemario consiste en que esta triple búsqueda se lleva a cabo desde el eje de la nocturnidad y de la sombra. Una de las víctimas pregunta al vampiro: ¿Es usted el maligno? Y la respuesta, a fuer de sincera, resulta tétrica y desconsoladora: No, tampoco soy el maligno. Mi mundo está lejos de él, como de Dios. Para que lo comprendas mejor, ni el uno ni el otro me dan cabida en sus reinos. Mi condena es vagar por el mundo sin otro fin que la soledad y mis ansias de ser como vosotros. Resultan tremendamente patéticas, por fútiles e imposibles, estas ansias por ser como un humano; un humano, sí, un ser débil, pero capaz de reír y alegrarse, de sentir la ternura y el afecto, de ser digno del amor y de la muerte. Sin embargo, a pesar de esta declaración, Arthur —digamos ahora la sombra de Arthur— resbala por el lado de lo luciferino; sólo así se puede entender la imprecación al innominable que encontramos en el poema XLV, y sólo así se entiende la definición, transida de tenebroso orgullo, que de sí mismo hace en el poema XXVIII. Es más, dicha soberbia luciferina se muestra con nitidez en otro poema, el XLVI, donde desde alturas celestes o de profundas tinieblas —cielo de sombra, cielo impostado—, sediento de sangre, el vampiro vigila y se cierne sobre el mundo: Soy la garra del águila/ que sobrevuela las gargantas,/ y mis alas me elevan/ hasta lo más alto del cielo. Por si fuera poco, como se delinea en el poema LII —y no creo forzar el texto—, Arthur, por oposición a lo satánico, se sabe una individualidad desgarrada, orgullosa, insomne y al acecho, vórtice de una luz tenebrosa; lo satánico —aquello que él desprecia—, en fiel contraste con su condición, no es más que la masa de lo torpe e inconsciente, un punto negro de estupidez insoportable. Imposibilitada la resolución crística entre lo luciferino y lo satánico, puesto que el estado vampírico la torna irresoluble, a lo largo de las páginas del poemario el lector comprobará cómo crece, anidada por la soberbia del espíritu, la condición del frío en ese ser, etéreo y corpóreo, sediento de sangre y lujuria, condenado a vagar sin término por los estratos más bajos del mundo intermedio.
Arthur es un vampiro que busca el sentido de su existencia, aquello por lo que él mismo puede ser verdadero, el lugar donde reconocerse y ser, la posibilidad de querer y ser querido. Pero la sombra tan sólo tiene la existencia de la sombra, por lo que tal búsqueda necesariamente ha de quedar frustrada, ¿o no? Este ha sido el empeño de Arthur: conquistar su existencia, disolverse como sombra, morir o vivir con una nueva vida a la que se pudiera llamar real, plena. Arthur ha insistido en ese empeño a lo largo de su vagar. Si ya en el poema II nos había advertido de su condena al perpetuo viaje, tal viaje concluirá en una huida definitiva de sí mismo, hacia el norte, hasta la inmensa noche polar de fríos glaciales. Ese viaje que comenzó en una recóndita selva, oscura y enmarañada, remota como el tiempo, terminará bajo la inmensa noche del polo:

Y se hizo el blanco y el silencio sobre la tierra. Allí, bajo la inmensa noche de los fríos glaciales me dispuse a dormir un largo sueño en aquel abrasador lecho de nieve.

Así termina este libro bellísimo, con un oxímoron precedido por una sonora sinestesia, quizá porque todo él no ha sido sino un oxímoron terrible. En el polo se intensifica el frío, que es lo mismo que decir que se intensifica la consciencia lúcida. Después de hacerse el silencio y el blanco, ya no es posible el color ni la palabra, porque el blanco contiene todos los colores y el silencio todas las palabras; después del clímax sólo cabe el silencio y el blanco, la albura total y silenciosa en la verticalidad abrasadora del polo donde se hace imposible toda sombra.
 Tras este final, a los lectores nos acosan las preguntas. En la noche vertical y absoluta del polo, ¿se disuelve la sombra individual en una gran sombra como el leve sueño en el sueño profundo? ¿Si la luz restallante en su esplendor resulta cegadora, no ocurrirá lo mismo, pero a la inversa, con la última noche, inmensamente azul y gélida? Por último: ¿Qué es la verdad? Antonio Soto eleva la respuesta desde la tarima de la sombra. El blanco toma la función de sustantivo y se iguala al silencio para formar una sinestesia. El silencio es blanco y el blanco es silencio, pero la nieve abrasa… ¿Tales expresiones aluden a una redención o a una eterna condena? ¿Se puede hacer consciente la sombra o la sombra inunda definitivamente la consciencia?


Nadie busque en La sombra de Arthur un remanso donde se espacie la paz en la dicha que supone cualquier lectura contemplativa, donde venga la ternura con su mano a acariciar levemente el corazón, porque no lo hallará. Quien se acerque a sus páginas encontrará más bien cierta incertidumbre e inquietud en su alma, una zozobra que le hará mirar hacia atrás de reojo, cuando de noche ande solo, sintiendo el frío y la niebla, por las calles de una ciudad anónima alejada de cualquier confort; acelerará el paso y, mientras las oscuras farolas proyecten su sombra sucesiva, quizá alcance a ver aparecer la otra sombra, aquella que no ha sido convocada. Oirá cómo arrecia el ulular del viento, sentirá cómo le atrapa una extraña ventisca, un frío intenso, cómo sus vísceras se conmueven y le deshabita cualquier posibilidad de firmeza. Extrañas flores se desprenderán entonces de árboles misteriosos porque la noche le ofrecerá la copa donde se mecen inquietas sus pesadillas.
Lo dicho sobre este poemario estremecedor, seguro que es demasiado poco. El lector avisado, sin embargo, encontrará en él secretos que yo no he sabido ver. Pero ésta ha sido mi lectura. Traigo el siguiente poema como compendio y colofón de la misma:

Hermosa juventud, tienes el alma cansada.
Y tú, noche, no me abandones nunca.
Ni el helado aliento de una tumba
es comparable al frío que tú me das.
Existencia, dime la hora de mi muerte.
Ya es tiempo que esta pesadilla termine.
Id, demonios, a la búsqueda de otra maldad.


            Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©

lunes, 25 de noviembre de 2013

PUBIS PÚBER

PUBIS PÚBER
ANTONIO SOTO



¿Es Antonio Soto un provocador? Sí. Por eso, y porque yo también lo soy, me cae bien. Sin embargo, hay diferencias: un servidor provoca escribiendo poesía religiosa; Antonio Soto lo hace escribiendo poesía erótica. Y de este erotismo es del que vengo a hablar. En una entrega anterior al libro que nos ocupa, Pubis Púber, Antonio ya había abordado esta temática. Se trataba de una obra en cuyo título, Lolitas, con un guiño claro a Nobokov, se insinuaba la frescura o nubilidad del deseo, y sus páginas no desmerecían tal insinuación. Se cantaba en él la plenitud del gozo y, en sí mismo agotado, su posterior desencanto; la consiguiente soledad de la carne le iba a la zaga. No obstante, Lolitas, en la apreciación de su autor, abordaba la temática desde un punto de vista urbano; Pubis Púber lo hace desde la misma esencia del erotismo.
Alguien que hiciera una lectura rápida de Pubis Púber podría llegar a la conclusión de que es un libro sinvergonzón sin más, pícaro, donde el autor da rienda a sus instintos adornándolos de clasicismo romano estilo Lucrecio, Ovidio o Catulo, o de sensualidad árabe, tal vez a lo Al-Mutamid o Ibn Zaydun de la Taifa de Sevilla o a lo Omar Khayyam de Persia; pero, quien pensara así, se engañaría y sería índice de que no ha entendido el libro. No comparto en absoluto tal tipo de lectura, ligera y simplona. Por de pronto, cabe desentrañar en la obra más de un eje de sentido; me concentraré en dos de estos, quizá aquellos resaltados con trazos medianamente gruesos: su incidencia en temas de metapoética, o, si se quiere, colaterales al devenir de lo poético, por un lado, y la belleza con que canta la celebración erótica, por otro.
Antonio Soto no tiene pelos en la lengua para señalar una serie de pestes que asolan, y azotan, la poesía. Primera peste: La venganza del mediocre. Sean los Demetrios, malos poetas y malas personas, que se permiten el juicio pretendidamente gracioso sobre aquello que ni entienden ni, como es de recibo, está a la mano de sus posibilidades; son estos los que, azuzados por la picajosa envidia, proyectan en los demás la propia estulticia de la que son acreedores El autor, consciente de ese tipo de adosados, les adjudica un poema. Más parece una admonición o conjuro:

Que las musas te confundan, Demetrio,
pues eres pésimo poeta
y mala persona.
Me han contado que todos temen
tu lengua envenenada,
cosa que a mí nada me asusta.
Si has de nombrarme
cuida bien tus palabras,
no vaya a ser que te quedes sin boca.

Tras la advertencia a los Demetrios, el autor señala otro lastre de lo poético; se trata de la segunda peste: La maricona loca. Pertenecen a este tipo todo ese atajo de maricones (entiéndase bien lo que digo: hablo de maricones, no de homosexuales, ponderando debidamente la distinción, ya clásica, realizada por J.A. Goytisolo) que se acercan a este mundo, no porque hayan sentido alguna vez la escritura como una necesidad sino para satisfacer sus perversiones. Hacen un daño terrible, pues engañan con su labia, seducen y pervierten la inocencia. Entre las confusiones que pululan por sus locas cabezas, les anida la idea de que los demás poetas son como ellos, cosa que no es así. Podría tener hasta gracejo dicha confusión. El problema es que las buenas gentes pueden ser inducidas a error y llegar, de este modo, a emitir consideraciones equivocadas dignas del correctivo dado a los Demetrios. Para que nadie se lleve a engaño, ni tampoco llegue a opiniones tan injustas como lamentables, resulta interesante señalarlos. Sean los Venusios:

Jovencitos, guardaros de Venusio
y de sus malas artes,
pues, no es la poesía
lo que le atrae y busca con esmero,
sino vuestros hermosos culos
y vuestras pollas duras.

Tercera peste: El plagio sin escrúpulos. Los plagiadores son legión, abundan en cualesquiera círculos y hay tantos que no se pueden dar nombres. El plagiador, por descontado, no es aquel que por sola mímesis (capacidad, por otro lado, propia del buen poeta) llega a escribir al estilo de los poetas que admira, sino aquel otro que cobra piezas cuando es llamado como jurado de premios, o ese que pulula por los ambientillos donde se cuecen las habas y va de taller de poesía en taller de poesía agarrando lo que no es suyo, o el que se erige en autoridad de lo poético por su propia gracia y deliberadamente roba lo que el inocente le lleva creyendo haber reconocido en él a un maestro. Son depredadores de la peor calaña, pues, tras la vampirización, ningunean al copiado. Antonio Soto los increpa:

¿Qué derecho o razón os mueve
a robar la voz que no es vuestra?
Si la historia estuviera
llena de miserables,
vosotros, plagiadores,
seríais los campeones de la mierda.

 Y, por si fuera poco, como coda de estas pestes, los Cornelios, los Glaucos... aquellos que se empeñan en sacar agua de donde no hay, los malos poetas que insisten, insisten y torturan las almas cándidas o débiles incapaces de una huida a tiempo. Cuarta peste: El atascado insistente.
A los Cornelios, aconseja:

Cuando nada hay que decir,
más vale no insistas
en lo dicho, Cornelio;
pues, de qué te sirve
decir siempre las mismas palabras
y los mismos versos.
Así, que guarda silencio
y no nos tortures con más de lo mismo.

Con los Glaucos es más agresivo:

Hoy, he leído tu último libro, Glauco,
y rápido me fui al retrete.

¿Hay más pestes que asolen lo poético? Indudablemente, sí; pero nuestro autor, generoso, no insiste. Ha trenzado en su libro poemas que advierten al lector sobre estas desgracias; certeramente intercalados proponen matiz y procuran deshago. Pero son intenciones más interesantes las que llevan al centro de los motivos del libro: Hablemos ahora de lo erótico tal y como aparece en él.

Pubis Púber canta la belleza de la mujer (que es lo que un hombre tiene que hacer), el milagro de su existencia, la pasión irrefrenable con la que se la desea:

Todo en ti es milagro:
vulva, labios, flor...
Beso negro de mi boca,
por ti se cierran los mares
y se desbordan los ríos,
por ti y solo por ti
vivo y muero.
Rincón oscuro de mi alma,
llaga roja de mi sed.

Sí, hay en el libro un deseo protervo que cabalga al lado de una excesiva genitalidad, pues no aparecen en él cuellos de garza, glaucos ojos, marfileñas manos, pomposos epítetos o pedanterías tramposas que distraigan la atención de lo fundamental: se va derecho al sexo, al pubis, a la carne. Ahora bien, dicho esto, cabe la salvedad de que con ello, junto a ello, en nombre o en razón de ello, se ha producido una toma de consciencia, y esta no es otra que aquella que pondera el sexo como motor de la vida, en sí mismo inocente o grácil, y que por él se transforma la misma carne en materia del vuelo. Aparecerán los pájaros, por tanto: Pájaros que cantáis sobre los árboles/ que mi amor despierte de su sueño/ oyendo vuestra música dulce... Lo básico del deseo se trasciende; no veo yo aquí un amor ciego entre cuerpos que se chocan y satisfacen una necesidad puramente animal. Si es verdad que todo hombre o mujer llegados un momento de sus vidas sienten en ellos una fuerza que viene de lejos y los zarandea, de la que no son dueños y apenas comprenden o controlan, también es verdad que esa fuerza pronto se reviste de una corporeidad concreta, y por tal cuerpo en singular, adquiere nombre. No me sorprende, por tanto, que los poemas de Pubis Púber, incluso los que el autor pretende más procaces, otorguen un nombre a la amada.
Hablaba C.S. Lewis en el capítulo que dedica a Eros de su libro Los cuatro amores de la nudez. La nudez es eso, lo que queda después de desprendido el envoltorio; los cuerpos desnudos se parecen unos a otros, hasta el punto de que pueden ser indistintos si la luz es difusa; esos cuerpos propiamente se individualizan cuando están vestidos. Ahora bien, la primera vestimenta que podemos darle a un cuerpo, y vestimenta esencial por cuanto definitoria, es un nombre; por ese nombre el cuerpo deviene distinto incluso en la oscuridad. Antonio Soto da nombres, y muchos: Laura, Fídula, Lucrecia, Claudia, Lucia, Lumila, Herminia, Clodis... Todos ellos invisten a la hembra, la convierten en mujer, la individualizan; por ellos la mecánica del deseo se convierte propiamente en Eros. El sexo, Venus Afrodita, común a todos los hombres en cuanto deseo animal, ciego y mecánico, por el nombre revierte, repito, en Eros: en deseo concreto, singular, definido; por tanto, ya no es deseo sin más, sino que es deseo humano, preludio del amor.  
 Pero hay más: por esta multiplicación indefinida de nombres, Antonio Soto consigue celebrar a la mujer en sí misma, como pura femeneidad; las mujeres a las que canta son todas las posibles, y siendo todas, lo femenino ancestral se eleva en su canto: todas ellas se individualizan, pero todas ellas son una, vasto el amor y potente.

Mi corazón palidece al verte, Fídula.
¿Qué veneno pusiste en mi copa
que a todas horas te deseo?
Si miro a unos ojos, son tus ojos los que siento;
si me hablan, es tu voz
la que suena en mis oídos;
incluso, cuando miro la Luna,
es tu rostro, Fídula, el que estoy mirando.

La pasión es olvido de sí, y lleva a un hombre y a una mujer a devorarse mutuamente, a trascenderse, trasparenciando sus cuerpos, el uno en el otro. Comunión profunda, profundo amor; profundo deseo que no se satisface sino ardiendo en su propia hoguera. Sí, esto es cuestión de hormonas, pero hay un plus: el plus de la libertad debida, el encuentro en el amor. Entonces, verdaderamente es maravilloso. Sexo con pasión, sexo con amor, sexo en que un hombre reconoce a su mujer y la llama Eva, carne de mi carne y huesos de mis huesos. ¿Habrá algo más maravilloso que esto? El amor con sus penas, con su melancolía, con su plenitud. El sexo-amor de la pareja, el amante penando ante la ausencia de la amada porque todo lo llena ella, porque la amada se convierte en la totalidad del mundo.

Pájaros que atravesáis las distancias,
id a decirle a mi amor
que mi corazón está triste
como aquellos árboles bajo la niebla.

El sexo puede existir sin amor, pero no el amor, si de pareja hablamos, sin sexo (lo que lleva a ponderar como algo implícito el hecho de que, entre los dos seres que se aman, junto a la atracción sexual, tienen que existir más atracciones, sean estas emocionales, intelectuales o espirituales). Si antes he ponderado una reflexión de C. S. Lewis, vengo ahora a traer otra. Señala este autor que frente al deseo de la carne caben tres actitudes. Las dos primeras son antitéticas y se caracterizan porque ambas absolutizan el cuerpo; la tercera, en cuanto equilibra y supera a las dos anteriores, lo relativiza. La primera actitud es la del asceta, y consiste en la negación del cuerpo; muchos abusos se han hecho por quienes la han adoptado. La segunda es la que convierte el cuerpo en religión, religión fálica, orgía de los sentidos, bacanal, desbarajuste, y no menos abusos se han realizado en su nombre. La primera actitud supone la esclavitud del cuerpo ejercida por el espíritu; la segunda, la esclavitud sin más del cuerpo por el instinto, pues se niega el espíritu por el cuerpo. Podíamos seguir reflexionando y llamar a la primera actitud luciferina, propia de ciertas élites; mientras que, a la segunda, la llamaremos satánica, propia de las masas: son insanas las dos, inhumanas, destructivas. Al respecto, podemos traer la conocida reflexión de Pascal: «L’homme n’est ni ange ni bête; et le malheur veut que qui veut faire l’ange faite le bête». (El hombre no es ni ángel ni bestia, y la desgracia quiere que quien quiere hacer el ángel hace la bestia.) Es una frase tan cierta como lapidaria; por lo tanto, conformémonos con lo que somos: hombres. Por eso vengo a ponderar la tercera actitud de la que habla C.G. Lewis frente al cuerpo. Es aquella que simpáticamente expresa san Francisco de Asís cuando llama al cuerpo hermano Asno.
Están aquellos que piensan que domar el sexo es domar y, en consecuencia, cabalgar el tigre, y cuanto antes se realice, más pronto se escapa de la esclavitud a que nos someten los sentidos; se asciende, de este modo, al reino de la libertad. La emasculación de Orígenes, la soberbia de ciertas sectas, religiosas o gnósticas, son ejemplos claros de aquello a lo que puede llevar tal actitud. Pero el cuerpo dejado a su antojo no es menos peligroso, porque si cierto es que nadie puede hacer el ángel sin hacer la bestia (y no hablemos del efecto de rebote), tampoco se puede hacer la bestia sin que se induzca una degradación, con el permiso de la bestia, de la misma bestia; no es cosa baladí que cualquier perversión que se pueda imaginar en materia sexual, el hombre ya la haya realizado. Un ser de fuertes extremos este que llamamos humano... ¿Entonces? Pues dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; por eso yo me inclino por las opiniones de Lewis o san Francisco: Al enfocar debidamente el sexo, esto es, de manera equilibrada, resulta todo tan sencillo como cabalgar un tranquilo, renuente, patético, sufrido, tozudo, risible asno. Dicho lo precedente, no sé por qué, detrás del ritmo al trotecillo de las páginas de Pubis Púber, la ironía que a veces destilan, y contemplando los delicados, y casi etéreos, dibujos de la propia mano del autor que lo ilustran, veo a un Antonio Soto un tanto juguetón.

Pubis Púber es un libro fuerte, espeso como el vino, donde no se da cabida al remilgo. Un mojigato se puede asustar ante él; un degenerado, lo puede malinterpretar; pero una persona normal lo ve como lo que es: una expresión poética del amor en su acepción básica de genitalidad o Venus Pandemia, y aun así, genitalidad que pugna por trascenderse, alcanzar la ternura, la perfecta emoción y la belleza ardiente del espíritu; y, de este modo, remontando sobre el mismo Eros, llegar a convertirse, en definitiva, en Venus Urania, según la vieja distinción platónica.
Veamos, para terminar, un delicioso poema, donde el suave encabalgamiento de sus versos aproxima de forma exquisita esa tersura entre las flores ceñida, el leve roce del recuerdo de la lluvia y de las manos de Lumila:

Hoy ha llovido, Lumila,
y todo ha recobrado su esplendor.
El alegre canto de un pájaro
sobre las ramas del ciprés,
me ha recordado la belleza
de tus manos, acariciando
la levedad de los jazmines
y de las rosas.



Todos los derechos reservados.
Jesús Cánovas Martínez©


miércoles, 17 de julio de 2013

TAMBIÉN EN PRIMAVERA MUEREN LOS CISNES

TAMBIÉN EN PRIMAVERA MUEREN LOS CISNES
ANTONIO SOTO ALCÓN

Se ensayan, con frecuencia, clasificaciones acerca de las maneras de hacer poesía, según prevalezcan ciertos elementos o notas distintivas en los poemas; de la misma manera se clasifican a los poetas, y así tenemos nóminas sobre qué poeta pertenece a tal tipo de corriente o a cual otra. Para no perder tan acendrada costumbre, voy a proponer una nueva clasificación: la de aquellos poetas que son independientes, pues su arte constituye una expresión de sí mismos, lo cual conlleva que su poesía venga marcada por el signo de la autenticidad, y la de aquellos otros que, con anterioridad a cualquier acto de escritura, realizan un estudio de campo, por así decir, sobre el rumbo o la línea poética predominante en un determinado momento, y tal eventualidad les lleva a ponerse con la pancarta —seguimos con los juegos analógicos— delante de la manifestación. Antonio Soto, por fortuna, no pertenece a éstos últimos. Desde hace ya algunos años, he tenido la suerte de seguir su trayectoria y puedo decir que cada nuevo libro que da a la imprenta supone una sorpresa. Recuerdo que Dámaso Alonso al enjuiciar aquel admirable libro, Cántico, de Jorge Guillén, comparaba las diversas ampliaciones a las que el poeta lo iba sometiendo a lo largo de sus sucesivas ediciones con la misma expansión del universo. Al igual que desde un punto inicial surge el espacio y el tiempo, y la energía se difracta y se concentra para dar lugar a la multiplicidad de galaxias y soles, se generan así sus poemas en expansión creciente —dice Dámaso en la analogía—, más ricos, más plurales, con más carga significativa. Algo parecido hay que decir de la obra poética de Antonio Soto. Desde aquel poemario inicial En aquellas las islas del alma (Premio Armilla, 1998), hasta el poemario objeto de esta reseña, También en primavera mueren los cisnes, cuyo título no sin razón alude a un poema de Bukowski, el poeta ha trazado una línea multívoca, abierta, en continua crecida, sugerente y sincera.
Al enfrentar el poemario, lo primero que sorprende es su densidad. La mayoría de los poemas que lo componen son sustantivos, en los que se eluden las adjetivaciones superfluas; versos cortados a escoplo, hirientes como una navaja, caen rotundos como mazazos en alguna parte del alma, la sajan o martillean desde principio hasta final del libro. Son lapidarios los momentos inaugurales de los poemas, por eso encontramos inicios de este tipo: Aposté por mí como se apuesta por un caballo, Sentí vergüenza al contemplar la muerte, Entré en la vida / y me encontré con la nada... O finales de estos: En mis ojos llevo una tumba, Yo también canté bajo los árboles... Parece como si el poeta, consciente o inconscientemente, hiciera un ejercicio de autoconocimiento, una catarsis liberadora del desencanto y la tristeza que se le pega a la piel como una camisa sudada, una mancha, un tatuaje. Por eso en el libro hay lucha y tragedia, aunque también hay que decirlo, no aspavientos, no gestos inútiles ni melodramáticos, sino serenidad lúcida, irrevocable, y aun anhelo y esperanza por validar la vida.
El sujeto poético pronto sitúa al lector en la perspectiva de su propia temporalidad y le transmite la sensación de que tal vez hayamos ya vivido lo suficiente —Atardece en el parabrisas de mi coche, expresa Antonio Soto en el poema que lleva por título Una huida hacia delante—; es hora, pues, de establecer las medidas del valor. Y como fiel de tal balance la serenidad pondera, repito; mas es la serenidad del voyeur que ha visto la estupidez humana, el vaciamiento de miradas, los hombres sin rostro y la crueldad sin relieve de una vida que ha perdido el horizonte del amor. No sin razón el título del poemario conlleva una carga simbólica de fuerza arrolladora, pues el cisne es uno de los atributos de Afrodita, la diosa del amor, y hete aquí que éste también muere, en primavera, la estación por antonomasia donde el amor se exalta. Es que el poeta busca el amor, y no lo encuentra: Subí a los áticos de tu corazón / y en su altura sentí vértigo. O quizá, sí; pero el amor, en su cúspide, llevado al clímax, en su tremendismo se iguala al desamor.

 La consecuencia de tal estado anímico no se obvia: la muerte, como contrapartida del amor, queda expuesta a la mirada del poeta, y le sorprende a cada instante, en cada curva de cualquier carretera. Por eso mismo, en el poemario adquiere especial patencia otro símbolo, el del viaje, con el que se expresa la búsqueda incesante de sentido; una búsqueda ciega por los verbos transeúntes que ascienden o descienden escaleras —suben a cimas de contemplación o descienden a los infiernos del alma, aunque, por otro lado, Bajar, subir, qué importa, así confiesa el poeta en Invierno—, pero que, sobre todo, insisten en el deambular hacia ninguna parte por esas autovías, de ciudad a ciudad, tendiendo puentes en los que amenaza el suicidio, para llegar a otra ciudad, tan solo a otra ciudad. Estuve en una ciudad de la que nunca /aprendí su nombre: /Ströke, Hans-Ströke, Van-Ströke..., leemos en el magnífico poema Ciudad del Norte, y en otro lugar, se expresa de forma más contundente: Avanzo por esta ciudad/ que no me lleva a ninguna parte. Es la ciudad la que transita, no el camino; el viaje es lo real, ya que supone un resquicio para la esperanza, no la ciudad, en donde el amor no existe. La conciencia de extranjería se impone, por concomitancia, como añadido ineludible: Oh, ciénaga humana donde todo desaparece, / yo no soy de este mundo. Así surge, por último, tras la conciencia del exilio, de no pertenecer a ninguna parte, y la consiguiente condena a una extra-vagancia sin término, el anhelo del paraíso perdido, aunque al trasluz y casi por reducción al absurdo.
Rotura interior, y su reflejo: rotura de lo social. Si la muerte es desamor que trasciende las fronteras del ego; la negación del amor, niega cualquier pronombre y también la caridad: Un idiota sonríe en la puerta de una iglesia y en su mirada —dice el poeta— /sentí la inocencia del mundo. Sin embargo, porque su Reino no es de este mundo, la enajenación es signo de Dios. También en primavera mueren los cisnes se revela, de este modo, con un trasfondo tremendamente religioso. En el poema programático del inicio, su autor ya nos lo advierte: Hoy, he visto a Dios en un charco, expresión que podría pasar por irreverente, si a su hilo no se siguiera, casi con insistencia fenomenológica, la descripción de ese charco, las entrañas del odio, un teatro de crueldad, si me permite la expresión Antonin Artaud.
Por la ciénaga del mundo el poeta transita con una conciencia tremendamente lúcida, y aun así, en ese deambular, encuentra la inocencia, aquello por lo que todavía ese mundo caído y de derrota puede adquirir valor. Esta inocencia se halla en la debilidad; así, cualquier ser débil o que sufre es objeto de su atención. Y tal vez porque, en última instancia, quizá conciba que todos somos víctimas y verdugos, no hay en el libro reprobación de nada ni nadie, sino exposición llana de lo feo o lo cruel. Pero la inocencia golpea un alma sensible.
Antonio Soto quiere salvar porque sabe que lo bello es efímero y la flor se puede alumbrar en medio de la tristeza y la basura; por eso expone y nombra: nombra a los “caídos” y marginados —las putas, los vagabundos, los gays, los poetas, los perdedores...—, y, porque los nombra, los salva; al signarlos pretende su rescate de la muerte, es el último recurso de la vida: la voz, el grito tal vez. Y es ese mismo rescate que también pretende de la naturaleza herida, de la que se siente solidario, y aun opera una suerte de identificación con la misma en poemas tan emotivos y tremendos como La perra de la estación o El pequeño zorro.

Conforme se va objetivando la estupidez, la fealdad, el dolor de la ciénaga, cuya metáfora es la ciudad; conforme crece y toma cuerpo esa apuesta por el débil, se objetiva de igual modo, y crece, la conciencia del exilio. El poeta niega y se niega, así que finalmente grita. Y porque grita desde el fondo mismo de sus entrañas, un cisne le mira a los ojos; y porque grita también desde los suburbios de su angustia, como hijo pródigo que ha experimentado todas las caídas, puede concebir un retorno, añorar y pedir los brazos amorosos del Padre.

Pido yo por Antonio Soto, para que sobre él no recaiga la venganza de los mediocres.




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Jesús Cánovas Martínez©