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miércoles, 9 de mayo de 2018

PARA LEER GILIPOLLECES, ABRIR EL PERÍÓDICO...


PARA LEER GILIPOLLECES, ABRIR EL PERIÓDICO…


De verdad que sí, no hace falta irse muy lejos. Puede ocurrir en la casa de uno, en el bar o en la cafetería de la esquina. Las gilipolleces saltan a los ojos. Basta con abrir el periódico, como hago yo cuando me tomo el segundo café mañanero. Lo hago para espabilar, y lo consigo. 
Junto a la taza humeante y aromática, abro las páginas de un periódico local, y después de leer el horóscopo, comienzo a hojearlo. Doy un sorbo a mi café, y paso páginas. Y encuentro noticias frescas, como esta: “La marea verde con todos los colores del arco iris”. Paso más páginas y hallo otra: “Estrella de levante presenta su nueva cerveza con limones de la huerta de Santomera”. Oye, tenían que ser de Santomera, y supongo que aplaudieron en la presentación. Empieza la cosa a ponerse heavy, y yo a despegar el sopor: “La Base aérea de Alcantarilla intentará batir el récord nacional de caída libre.” ¡Joder con la Base, quién lo iba a decir! Aunque, después pienso, que quizá no haya intencionalidad por parte de la base en batir ningún record, y menos de caída libre, pues el de Cristina Cifuentes ha sido muy difícil no solo de mejorar sino de igualar. Insuperable. De libro Guinness. Pero no, discurro en mi coleto, no se trata de la Base. Se trata de la creatividad del redactor que ha arriesgado una potente metonimia. Y, para riesgos, otra figura literaria. Un oxímoron, eso creo: “La ciencia se acerca a los… de tal localidad (omito el gentilicio por pudor) en los bares”. ¡Genial! 
El ánimo con que me he levantado, un poco tristón, parece que definitivamente se disuelve. Se aclara, y me aclaro. Otra, esta imputable a una genial ocurrencia, no del redactor, sino del individuo objeto de la noticia: “Detenido por subirse a un tejado y lanzar tejas a la gente.” ¡Facundo, cómo está el mundo! Y es que hay gilipollas a mansalva. Abundan. Incluso entre los ladrones: “Ahuyentan a un ladrón en un Burger King de Murcia al grito de “¡Policia!”
Todo esto en el mismo día, y porque no me he detenido lo suficiente. No me he esmerado. Y mejor así. Porque de lo contrario debería calibrar en su justa medida noticias como esta: “Sufre daño neurológico al operarse de juanetes”. 
¡Cuánta enjundia! Y más que no digo. ¿Seremos objeto los ciudadanos de a pie de algún secreto plan de ingeniería social? En fin, que soy muy ignorante. Pero mucho. No sé ponderar los adelantos de la ciencia y, en especial, de la medicina. Ni tampoco la complejidad del ser humano. Pero, aun con lo leído, ahora que bien lo pienso, no espabilo. Leo, leo, y cuanto más leo, más tonto me queo. Y es que para leer gilipolleces, basta con abrir el periódico.


Jesús Cánovas Martínez
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Ad astra per aspera.



viernes, 14 de abril de 2017

UNA REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA

UNA REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA



En principio, la culpa humana no es infinita, pero si es debida a una ofensa inferida a Dios, sí es infinita. Quiero decir que si el objeto de una ofensa, por grave que ésta sea, es un ser humano, por ser éste una criatura y, en este sentido, portador de una finitud constitucional, aun habiendo sido creado a imagen y semejanza de Dios, la culpabilidad que podría engendrar aquel que la infiere tendería a extinguirse metafísicamente, o, por hablar de una forma que se me entienda, tendería a diluirse en la mar del olvido y desaparecer con el tiempo. Pero Dios es infinito; por tanto, la ofensa que se le hace toma el cariz de infinito, esto es, adquiere el carácter de permanencia. Y, dicho esto último, habría que matizar el primer aserto, ya que el hombre finito, en cuanto hijo de Dios, adquiere la dignidad de la infinitud. La conclusión es clara: la ofensa, no sólo a Dios sino al hombre mismo, toma el sesgo de la infinitud; la culpa derivada de ella también.
Ponderar la cuestión planteada creo que es importante, especialmente para un cristiano, porque si éste no lo hiciera tal vez pudiera caer, utilizando una expresión de Hannah Arendt, aunque dándole cierto sesgo, en una banalización del mal. Y esto sencillamente porque si para su actuación se apoya en una mera ética de intenciones olvidando la de las consecuencias, podría caer en errores de bulto, posiblemente irremediables, al derivar su acción de contextos ideológicos en sí mismos deformados. En ciertas ocasiones, incluso desde lugares desde los que no se debería oír, se oye cómo la cuestión del mal se reduce a motivos meramente psicológicos; se obvia la existencia del demonio, del tentador, y ese demonio se reduce a desajustes psíquicos, con lo cual, a la larga y a la corta, se termina negando cualquier tipo de sobrenaturaleza. Conclusión: el hombre pasa a ser el ombligo del mundo, y ese hombre, sin ninguna otra referencia, se considera único dueño de su destino, tanto de su felicidad como de su desgracia.
Desde mi inteligencia lega, no puedo estar menos de acuerdo con ese tipo de planteamientos; primero, porque teóricamente los considero erróneos, y segundo, porque pueden llevar, y de hecho llevan, a la actuación banal, esto es, a la actuación tontamente grave. El mal, fruto de un acto libre de la voluntad que opta por apartarse del designio divino, produce siempre consecuencias desastrosas. Debido a él cayeron los ángeles rebeldes, debido a él cayeron nuestros primeros padres, y debido a él crecen de forma entrópica las desgracias que sufre la humanidad. No me voy a detener en mostrar cómo los textos sagrados inciden en este pormenor, y cómo el diablo, entidad pervertida y pervertidora, azuza el desconcierto, porque tal eventualidad viene escrita en mayúscula, en negrita y, por si fuera poco, en subrayado.
Saldrá el teólogo de turno a decirme que debería callar sobre las cosas que no entiendo y que él, en razón de sus sesudos estudios, sí entiende, hasta el punto de que es depositario de la verdad. No lo contradeciré, sino tan sólo vendré a señalarle en estas fechas de Semana Santa el misterio del cristianismo. Dios, en un pequeño planeta del extrarradio de una galaxia entre millones de galaxias, se encarna en un ser inteligente y con voluntad: se hace hombre. Dios, infinito, asume la finitud humana, y lo hace para rescatar al hombre de la miseria y abrirle las puertas del cielo, en última instancia, para deificarlo. Pero la cosa no es fácil, puesto que su vida terrestre, tal y como la muestran los evangelios, se revela como una constante lucha contra el mal, en la que no sobran zancadillas, lazadas y profunda animadversión.  De poco vale que expulse demonios o resucite muertos como signo de su divinidad, porque al final, en el juicio más injusto de la historia, será condenado a muerte de cruz. Vir dolorum, así lo describen tanto Isaías como el salmo 22. Sin entrar en otras consideraciones, la paradoja divina sobrecoge; esa muerte, la sangre derramada de Jesús en la cruz, opera el rescate: la salvación de la humanidad.
Sería fruto de la ignorancia, quizá de la vanidad, pensar que ese tipo de seres, inteligentes y libres, capaces de la acción moral, entre tantos miles de millones de galaxias, por no hablar de la multiplicidad de los estados de existencia o de los mundos paralelos, tan sólo existen en un minúsculo planeta rocoso perdido en cualquier rincón del cosmos. Si es así, ¿qué necesidad tenía Dios de encarnarse y morir patéticamente en ese triste rinconcillo del multiuniverso?
Realmente sabemos tan poco, y aun con lo poco que sabemos, cabe la sospecha de un drama de dimensiones cósmicas. Hay aquí, en el gesto divino, algo más de lo que unos ojos miopes podrían ver. En mis entendederas, para que de tal manera Dios realizara el ajuste del desajuste, el desajuste no podía ser el meramente psíquico de algunos pequeños seres perdidos por ahí, sino más bien uno de raíces espirituales que afectaba de la totalidad del cosmos y también involucraba a esos pequeños seres; de lo contrario no hubiera hecho falta ni la encarnación ni la posterior muerte de la Segunda Persona de la Trinidad. La derrota de los demonios y del mal por ellos instigado exigía su sacrificio, la expiación de la culpa humana no era posible sin el concurso de Dios mismo… ¡casi nada!
A lo sumo, el infierno existe pero está vacío… ¡Ojalá!


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viernes, 27 de enero de 2017

SEGUNDA PARTE. APROXIMACIÓN A LA ANGELOLOGÍA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

SEGUNDA PARTE. APROXIMACIÓN A LA ANGELOLOGÍA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO.




A un novicio le dispensan sus superiores de cantar en el coro de los ángeles para que pueda dedicarse al estudio. Como agradecimiento ese novicio escribirá años más tarde, con el rigor que caracterizarán sus escritos, un tratado sistemático sobre los ángeles. Aquel novicio no era otro que Tomás de Aquino, y su tratado sobre los ángeles aparecerá en la primera parte de la Suma Teológica, obra culmen de la Escolástica medieval. Casi cincuenta años después de su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1274 en la abadía de Fossanova, será canonizado por el papa Juan XXIII el 18 de enero de 1323. Posteriormente, el 28 de enero de 1369 —siendo papa Urbano VI— sus restos mortales serán trasladados de Fossanova al convento dominico de Toulouse, donde actualmente residen, y por esta razón la fiesta litúrgica de santo Tomás se celebra el 28 de enero y no en la fecha de su muerte. Más tarde, el 11 de abril de 1567, santo Tomás será declarado por el papa Pío V Doctor de la Iglesia, y precisamente por su estudio y teoría de los ángeles se le conocerá como el Doctor Angélico. León XIII, el 4 de agosto de 1880, lo proclamó patrón de todas las universidades y escuelas católicas.
 Chesterton con su habitual agudeza, y no sin razón, opinaba que cuando se quiere desmerecer a alguien cuyos méritos son indudables, sus enemigos reducen sus aciertos a la parte más insignificante de su obra, como si sólo se hubiera ocupado de problemas de segundo orden frente a los más importantes. ¿Obedece el título de Doctor Angélico conferido a santo Tomás a este tipo de añagaza con la finalidad de empequeñecerlo?
Veamos. Conocido era el carácter del santo, un hombre humilde que nunca rebajó la dignidad de nadie —no así la capacidad intelectual de sus oponentes— y cuyo trato, como señalan sus biógrafos, era enormemente agradable. En este sentido es de destacar una anécdota interesante. Un hombre grande para la época, de una inteligencia brillantísima —al final de su vida dio gracias a Dios porque había comprendido toda página leída— y poco hablador, no tardó en levantar recelos entre quienes le trataban, hasta el punto de que sus compañeros de la universidad de París le pusieron el zaheridor apodo de el buey mudo. Pero, ¡hete!, que en la universidad parisina Tomás tenía por profesor a uno de los grandes, Alberto Magno. Echado un vistazo por el insigne maestro a los apuntes de clase de su no menos insigne discípulo, contestó a los que malquerían al joven Tomás: “Vosotros lo llamáis buey mudo, pero os digo que un día los mugidos de este buey resonarán en el mundo entero”. Así, cuando el maestro se fue a la universidad de Colonia, se llevó al discípulo consigo.
Hay, pues, razones para considerar a santo Tomás como Angélico. Por un lado, una forma de ser y una dulzura de trato que podríamos llamar angelical, como angelical también era el enorme poder de su inteligencia; por otro, a quien, tras la experiencia extática que tuvo unos pocos meses antes de su muerte, estimó como paja todo lo que había escrito sobre Dios —tanto que a partir de ese momento dejó de escribir y la Suma Teológica la tuvo que concluir su secretario y biógrafo Reginaldo de Piperno—, no podía sino coronarle una humildad angélica. Aún más, santo Tomás es el escritor medieval, y no sólo medieval, sino de todos los tiempos, que más páginas ha dedicado a lo largo de toda su obra a clarificar el tema de los ángeles, de tal manera que se constituye en el fundador de una angelología que perdura hasta nuestros días y es, en gran medida, asumida por la Iglesia.


Sin embargo, las razones anteriores, por sí solas, no son suficientes para invalidar cualquier sospecha sobre la conveniencia o no de la adjetivación al título de Doctor que porta el Aquinate. Les falta ésta otra: la teoría sobre los ángeles es una pieza fundamental de su teología racional, más aún, es una pieza fundamental e imprescindible de la arquitectura de su sistema, una exigencia del mismo.
Señala Etienne Gilson, uno de los estudiosos más eminentes del tomismo, que la doctrina sobre los ángeles no constituye una investigación de orden exclusivamente teológico, sino filosófico. Santo Tomás se ocupa de los ángeles porque se ocupa del orden de la creación en su conjunto, por eso la angelología es algo inherente a su sistema e intentar hacernos una imagen cabal del mismo sin referencia a ésta, sería mutilarlo innecesariamente. De este modo, santo Tomás se ocupa de los ángeles por lo mismo que se ocupa del hombre. El hombre es el ser que se sitúa en el centro de la creación, pero así como por debajo de él hasta llegar al mineral, hay órdenes de lo real más bajos en lo creado, de igual manera entre el hombre y Dios no existe un abismo, sino que ese mundo intermedio está lleno por los ángeles, ellos también sometidos al orden y la jerarquía.
¿De dónde parte santo Tomás? ¿Hay evidencias sobre los ángeles?
La creencia en los ángeles es un dato de fe que se apoya en los testimonios de la Escritura. Lo expresa el Credo cuando establece como verdad de fe que Dios Padre creó los cielos y la tierra, lo visible y lo invisible. Esos cielos —lo invisible— hay que entenderlos como alusión a una creación no meramente material —la tierra—, esto es, a una creación inmaterial, puramente espiritual: esos cielos serían el mundo angélico.
Este dato de fe de la creencia en los ángeles a su vez se apoya en el testimonio bíblico de sus las apariciones. En el Antiguo Testamento se manifiestan en diversas ocasiones: los ángeles visitan a Abraham y le anuncian que Sara —ya estéril— concebirá un hijo, el arcángel Rafael acompaña a Tobías, Ezequiel los describe cuando tiene la visión de la Rueda. En el Nuevo Testamento el arcángel Gabriel anuncia a María su concepción por parte del Espíritu Santo, Jesús en Getsemaní es consolado por los ángeles, un ángel anuncia a las mujeres la resurrección de Jesús ante el sepulcro vacío, san Pedro es liberado de la prisión por un ángel; asimismo san Pablo hace referencia a los mismos en algunas de sus Cartas. A los nombrados, se les podrían añadir otros ejemplos.


Al testimonio de la Escritura hay que añadirle la referencia que de ellos hace la Tradición. Los seres del mundo intermedio no sólo aparecen en el contexto de las religiones del libro, sino también en religiones tan alejadas de la cristiana como el zoroastrismo o las del antiguo Egipto. Con los matices pertinentes se podría hacer alusión al hinduismo, al animismo e incluso al chamanismo. Los seres angélicos pueblan las creencias religiosas de todo tipo. Dentro del ámbito cristiano aparecen con frecuencia en las hagiografías de los santos y no se sustraen al tratamiento sistemático que de ellos han hecho algunos santos Padres, entre los que cabe destacar al Pseudo Dionisio Areopagita quien en su tratado Sobre la jerarquía celestial, los agrupa en tres tríadas de tres coros cada una de ellas: la primera, compuesta por los coros de los serafines, querubines y tronos; la segunda, por los coros de las virtudes, dominaciones y potestades; la tercera, por los coros de los principados, arcángeles y ángeles.
 No menos importante resulta la consideración de las vivencias existenciales. Cierto que éstas pertenecen al mismo sujeto que las vive, pero tampoco deja de ser cierto que son muchos sujetos los que las han experimentado. Si un hombre actual, debido al empobrecimiento que en cuestiones de cualidad ha sufrido la visión del mundo, puede ponerlas en duda, no ocurría lo mismo para un medieval que todavía no tenía la mirada deformada sobre ciertas cosas. Los ejemplos en sentido positivo de estas experiencias abundan, aunque también los que muestran un sentido negativo de las mismas. Santo Tomás se apoya en la negatividad, y del hecho que a veces sintamos el mal como un exceso, concluye que tanto mal no puede provenir del hombre, sino de algo o alguien que efectivamente le supera en maldad, esto es, de los ángeles caídos.
Para santo Tomás, y utilizando su terminología, el mal tiene causa en lo que se refiere al agente, pero carece de causa formal en cuanto es privación de bien, y de causa final, en cuanto es privación del orden a su debido fin. Dicho con otras palabras: Dios, en cuanto que es perfecto, no es el principio de los males, esto es, no es su agente; de Dios solamente puede provenir el bien por su propia perfección. Por tanto, en lo que se refiere al agente, el mal sólo puede provenir de un agente que esté en defecto —el hombre y, especialmente, el ángel caído—; por consiguiente, el mal causado por defecto del agente, sin forma ni fin, no es sino perversión y negación del bien. Dicho lo  cual, el mal nunca puede realizarse totalmente o ser completo, ya que si fuese completo se destruiría a sí mismo, por lo que siempre está en defecto respecto al bien y no puede prevalecer contra él.
Dejando a un lado el problema del mal y volviendo al hecho experiencial de las presencias angélicas, Karl Rahner opina lo siguiente:



“Cuando en la naturaleza y en la historia aparecen huellas de inteligencias y fuerzas volitivas extrahumanas, es metodológicamente falso calificarlas eo ipso y por principio de manifestaciones inmediatas del Espíritu divino. Si el ángel tiene una naturaleza, tiene también una realización natural de su esencia, y no se ve por qué ha de ser imposible a priori que esa realización incida en la esfera de la existencia humana”.

Por último, la razón filosófica postula a los ángeles como intermediarios entre Dios y los hombres; en santo Tomás se aúnan así teología y filosofía en el esclarecimiento de esta temática. Los ángeles son una verdad a la que accedemos por la fe; pero también su existencia viene exigida por la filosofía en cuanto que, en el orden de lo creado, ocupan un lugar entre el hombre y el Ser Supremo. Aristóteles y Averroes, su Comentador, ya ponían inteligencias a la base del movimiento de los astros como una exigencia de la física; para santo Tomás, filósofo del orden, el mundo angélico viene exigido por el orden jerárquico del cosmos. El supremo grado de ser es Dios, simple y uno, por lo que no es posible situar inmediatamente por debajo de Él la sustancia corporal, compuesta y divisible. Hay que establecer necesariamente una multiplicidad de términos medios por los cuales se pueda descender de la soberana simplicidad de Dios a la multiplicidad de los cuerpos materiales. Algunos de estos grados estarán compuestos por sustancias intelectuales unidas a los cuerpos, los hombres y seres corporales; otros estarán compuestos por sustancias intelectuales libres de toda unión con la materia, los ángeles.
De este modo razona santo Tomás sobre la existencia angélica:

“Es necesario admitir la existencia de algunas criaturas incorpóreas. Lo que sobre todo se propone Dios en las criaturas es el bien, que consiste en parecerse a Dios. Pero la perfecta semejanza del efecto con la causa es tal cuando el efecto la imita en aquello por lo que la causa produce su efecto, como el calor produce lo caliente. Pero Dios produce a la criatura por su entendimiento y por su voluntad. Por lo tanto, para la perfección del universo se requiere que haya algunas criaturas intelectuales. Pero entender no puede ser acto del cuerpo ni de ninguna  facultad corpórea, porque todo el cuerpo está sometido al aquí y al ahora. Por tanto, para que el universo sea perfecto, es necesario que exista alguna criatura incorpórea.”



Los ángeles existen: son seres totalmente incorpóreos, es decir, espíritus puros, que en el orden de la creación están situados inmediatamente debajo de Dios. Dicho lo cual no se debe perder de vista que son criaturas, seres creados; y, en este sentido, mantienen una alteridad fundamental con respecto al Creador.

(continuará)

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                            Jesús Cánovas Martínez©

domingo, 15 de enero de 2017

PRIMERA PARTE. APROXIMACIÓN A LA ANGELOLOGÍA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

APROXIMACIÓN A LA ANGELOLOGÍA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO (I)




Hace algunos años con motivo de la festividad de santo Tomás de Aquino y a instancias de Emilio Saura hablé sobre la concepción angélica del santo en el IES “Valle de Leyva” de Alhama (Murcia). Aquella disertación más que una conferencia fue una aproximación a una conferencia y, luego de haberla impartido, no salí nada contento. No por la participación de alumnos y profesores, que fue abundante; no por el interés mostrado por los asistentes, que fue encomiable; no por las preguntas que siguieron, todas ellas interesantes. Ese descontento fue por mí mismo: terminé con ese mal regusto que deja la impresión de no haber estado a la altura de las expectativas que se esperaban del conferenciante, esto es, del servidor. No me sentía cómodo con el enfoque que le había dado al tema, tal vez demasiado ligero; tampoco con la profundidad debida al mismo, por necesidad inmensa; menos aún con la amenidad que se espera de una alocución que pretende un posterior coloquio. La exposición fue deslavazada, poco preparada, tediosa, carente de originalidad, de chispa. Y yo salí mal, con la sensación de que de algún modo había defraudado.
Podría seguir entonando meas culpas, pero no es el caso. Por lo menos se llamó la atención acerca de una temática verdaderamente interesante sobre la que se han cometido demasiados abusos librescos, y esto ya es algo; si, por otra parte, suscitó el suficiente interés en los asistentes para procurar una posterior búsqueda de información acerca de la misma, mejor que mejor. El servidor, en lo que a él compete, siguió indagando y tuvo experiencias; alguna de ellas capaz de ponerle los pelos de punta, como así sucedió en un sentido literal; otras, sin embargo, fueron reconfortantes.
Ya he relatado la impresión del toque que tuve de mi ángel de la guarda en un post publicado en este blog (Sobre el ángel de la guarda). Fue una experiencia bonita e interesante; tan interesante, tan interesante, que salvé la vida. En otra ocasión, más cercana en el tiempo y posterior a la conferencia a que he aludido, me llegó un gran consuelo por parte del mundo angélico y supe desde ese momento que los arcángeles tomaban cartas en un asunto que me atañía y amenazaba con destrozar, psíquica y socialmente, mi vida; fue un ataque espiritual que no puedo calificar sino como brutal, ante el que, por su sorpresa y mi falta de prevención, quedé inerme. El destrozo, desde luego, fue terrible y las consecuencias del ataque hasta cierto punto son irreparables; lo importante es que no dañaron lo esencial y operaron en el servidor un cambio radical hacia lo divino, una consciencia del trasmundo que antes no tenía y quizá una percepción más intensa a la hora de discriminar espíritus, entre otras cosas.

Un matrimonio amigo (omitiré nombres y mantendré un estricto anonimato sobre las personas implicadas, que saben de lo que hablo si leen esto) concertó en un hotel de Torremolinos unos días de asueto durante una Semana Santa, y nos arrastraron a mi mujer y a mí. Para ser sincero, la expectativa de pasar una semana en Torremolinos no me hacía demasiada ilusión y hubiera preferido cualquier otro lugar para aquellas minivacaciones con la condición de que estuviera apartado del fragor turístico. Aun así, necesitaba airear mi mente, desconectarla de las terribles vivencias por las que estaba pasando, así que allá fui. No me desagradó en absoluto aquella estancia; buena compañía, buen pescaíto y buen fino, y si hubo o no hubo tráfago turístico no lo percibí; por el contrario, sí percibí las presencias arcangélicas. Yo no sabía que Torremolinos estaba bajo la advocación de los santos arcángeles, y mi sorpresa fue enorme cuando descubrí que sus presencias casi se tactaban. Un halo de espiritualidad envolvía la ciudad; curioso dado los tiempos que corren de devaluación de la fe, curioso también debido a las preconcepciones que a veces nos hacemos de los lugares. Mis amigos sabían que yo era un hombre religioso, pero no sospechaban hasta qué punto, y seguramente se impresionaron al comprobar el fervor con que asistía con mi mujer a los Santos Oficios en una iglesia cercana al hotel. Fueron días intensos, y quedan inscritos en mi memoria en el rinconcico de lo agradable. Si lo corporal fue ampliamente recompensado, más lo fue lo espiritual, pues, en realidad, las verdaderas intenciones que me movieron durante aquella estancia fueron las del orden del espíritu. Allí estaban ellos (san Miguel, san Rafael, san Gabriel), a quienes invoqué, recé y, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, imploré protección en una batalla que a todas luces excedía mis fuerzas. No fui defraudado y sentí su toque protector; los sentí a ellos (tal que así, en su honor, compuse unos poemillas, y los llamo así, poemillas, porque no sé si llegan al umbral de poemas), y supe que aquella lucha en la que hasta ese momento quizá me hallaba solo, podría ser encarnizada y dolorosa (la profundidad del mal es insondable; el daño que produce, patente), podría dejar hecha jirones mi capa o mellada mi espada, pero que, por el contrario, a partir de ese momento contaría con unos aliados que no permitirían fuera vencido. De hecho, los impulsos al suicidio o simplemente a matar a algún mal bicho de los que fácilmente se dejan embaucar por las potencias malignas, por fortuna, me dejaron. Supe que tendría fuerzas para seguir adelante; los santos arcángeles me las daban.
El tema de los ángeles excede lo teórico, pues es experiencial, y puede aclarar mucho más la exposición o descripción de una vivencia que un fárrago de conceptos. En primera persona puedo decir que en numerosas ocasiones he sentido cerca de mí a los ángeles, para bien o para mal, y supongo que si cualquiera de nosotros hace un análisis de introspección vendrá a constatar la actuación de éstos en su vida. Se trata de ser impecables y no mentirse.

Pero ¿qué importancia tienen los ángeles para nosotros, un orden de creación anterior al humano? Fundamental. Los ángeles perversos actuaron en nuestra contra en el albor de la humanidad y lo seguirán haciendo hasta el final de la historia; éstos, rebeldes a Dios, fueron los responsables directos de la caída de nuestros primeros padres y, consecuentemente, de la experiencia que sus hijos tenemos del sufrimiento y de la muerte. Los ángeles buenos, como contrapartida, siguen cuidando de la obra de Dios y, especialmente, por nuestra posición de centralidad en el orden de lo creado, de nosotros. Desde el inicio de los tiempos, antes incluso de nuestra aparición, se estableció una lucha implacable entre los dos bandos angélicos, y los humanos, de manera indirecta aunque no sin responsabilidad, nos vimos implicados en la misma. Por tanto, la realidad ahora es, lo queramos o no, que nos vemos envueltos en ella, y la disputa no es otra cosa sino nosotros mismos, nuestra salvación o condenación. Podemos situarnos en un lado u otro, aun sin pretenderlo. La lucha se libra en el mundo intermedio, pero sus consecuencias se hacen notar en el mundo corpóreo. Si nos salvamos o perdemos en gran medida se lo deberemos a los ángeles.
 La vida particular de cada hombre constituye el campo privilegiado de la actuación angélica, pues la disputa entre ellos por excelencia se da ahí mismo; compete por consiguiente a cada uno de nosotros desarrollar cierto esprit de finesse a la hora de distinguir lo bueno de lo malo, lo que nos conviene o no, la tentación que viene del maligno o la bendición que nos otorga el bondadoso. Como decía san Pablo no es nuestra lucha contra la sangre ni la carne sino contra las potestades, las dominaciones, las virtudes, los principados del aire tenebroso que lanzan sus saetas ponzoñosas. Hay que estar prestos, mantener la alerta, pues la capacidad de seducción de los ángeles caídos es inmensa. Al hilo, recuerdo una pequeña anécdota que, medio en serio, medio en broma, refiere san Juan de Ávila acerca de este poder de seducción que tiene el maligno y cómo, para embaucar incluso al más santo, es capaz de disfrazarse de ángel de luz. Un viejo anacoreta que llevaba cincuenta años de ayunos y penitencias al final de su vida tuvo una visión. Se le apareció un ángel de luz que alabó la santidad con la que se había conducido durante su vida: sus impecables ayunos, su fervor en la oración, su resistencia al mal, en definitiva. El ángel de luz le dijo que, por tal vida, Dios se sentía enormemente complacido y le otorgaría cualquier cosa que le pidiera. En fin, vino a decirle que estaba escrito que los ángeles de Dios vendrían a sostenerle para que su pie no tropezara a en piedra, y si se tiraba a un cercano pozo no le pasaría nada. Así comprobaría el amor que Dios sentía por él.  El viejo anacoreta hasta tal punto se convenció de lo que le decía el ángel de luz que dio un brioso salto y se tiró al pozo. El batacazo fue de abrigo. Y lo realmente triste fue que, cuando a los tres días murió entre horrorosos dolores, sin hacer caso a otros santos anacoretas para que se arrepintiera de su pecado, todavía estaba convencido de que había tenido una revelación divina como premio a sus cincuenta años de abstinencias. Cuando ocurren estas cosas parece que un espíritu ríe a carcajadas, y no de los buenos.

Interesantes exposiciones sobre el mundo angélico son las del visionario Emanuel Swdenborg, Sobre el cielo y sus maravillas y sobre el infierno, y la de Eugenio d’Ors, aun psicologizante, Introducción a la vida angélica: cartas a una soledad. Ambas visiones no son excluyentes y son perfectamente compatibles con la tomista. De Eugenio d’Ors es la siguiente recomendación:

Vivid, pues, en continua reverencia del Ángel. No con culto de latría, a Dios reservado; pero de dulía, rendido a la vez a su jerarquía espiritual y a su proximidad íntima. Orad al Ángel. Multiplicad, figurativos católicos, sus imágenes”.

Sin mayor dilación paso a reproducir aquella pseudoconferencia de la que hablaba al principio. Con algún retoque, con alguna concesión al lenguaje oral, ahí va aquella aproximación a la angelología de santo Tomás de Aquino que, aunque dice algo, ni siquiera toca sus líneas maestras:

                                                        (continuará)

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                            Jesús Cánovas Martínez©

domingo, 25 de septiembre de 2016

SOBRE LA DIGNIDAD

SOBRE LA DIGNIDAD




 “… Y, con frecuencia, los amigos del señorito Iván requerían a Paco, el Bajo, para cobrar algún pájaro perdiz alicorto y, en tales casos, se desentendían de las tertulias posbatida y de las disputas con los secretarios vecinos, y se iban tras él, para verle desenvolverse, y, una vez que Paco se veía rodeado de la flor y nata de las escopetas, decía, ufanándose de su papel, ¿dónde pegó el pelotazo, vamos a ver?, y ellos, el Subsecretario, o el Embajador, o el Ministro, aquí tienes la plumas, Paco, y Paco, el Bajo, ¿qué dirección llevaba, vamos a ver?, y el que fuera, la del jaral, Paco, tal que así, sirgada contra el jaral, y Paco, ¿venía sola, apareada o en barra, vamos a ver?, y el que fuera, dos entraban, Paco, ahora que lo dices, la pareja, y el señorito Iván miraba a sus invitados con sorna y señalaba con la barbilla a Paco, el Bajo, como diciendo, ¿qué os decía yo?, y, acto seguido, Paco, el Bajo, se acuclillaba, olfateaba con insistencia el terreno, dos metros alrededor del pelotazo y murmuraba, por aquí se arrancó, y, seguía el rastro durante varios metros…”

Inolvidable texto de la novela “Los santos inocentes” de Miguel Delibes, e inolvidable e impactante escena la de la película homónima de Mario Camus, genialmente interpretada por Alfredo Landa, en el papel de Paco “el Bajo”, y Juan Diego, en el papel del “señorito Iván”, donde el tema de la dignidad de la persona queda planteado con especial crudeza. Delibes, y así lo refleja la película, contrapone de forma brutal, antitética y sin posible solución, dos mundos, el de los señoritos y el de los lacayos; importa poco la calidad moral intrínseca de las personas, éstas son consideradas y obtienen su cualificación por su pertenencia a uno u otro mundo, y esto en razón de su nacimiento. Paco, “el Bajo”, y los suyos descienden a una condición infrahumana, donde su ser de personas les va a ser negado de forma flagrante y ofensiva por el otro grupo, el del señorito Iván y sus afines… A Paco, Régula, su mujer, Nieves, “la niña chica”, Quince, Azarías —inmejorable la interpretación de Paco Rabal—, personaje que representa la inocencia pura, no se les reconoce la dignidad, no se les reconoce su ser como personas; se les infravalora por el contrario, y, en consecuencia, se les humilla. Y esto nos conduce a nuestro tema, ¿qué es la dignidad? O, si se quiere, podríamos proponer otra pregunta: una persona, por el mero hecho de serlo, ¿es digna?, ¿hasta qué punto la dignidad es un atributo esencial de la persona?
Si echamos mano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ya en su Preámbulo, el primer “Considerando” nos resulta revelador al establecer lo siguiente: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…” Tal principio se reafirma de manera contundente en el Artículo 1, al expresar: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” No está demás, dado los tiempos que corren, recordar este tipo de principios y proclamaciones, pues si en algo ha contribuido nuestra civilización occidental al desarrollo moral de la humanidad ha sido con la plasmación de la Carta Magna de los derechos humanos, que no es poco.

Comprobamos que la dignidad aparece en la Declaración como un atributo fundamental de la persona, a la que se le otorga igual status que a la racionalidad o posibilidad de consciencia (rasgos por antonomasia definitorios de lo humano), hasta el punto que no podríamos considerar a nadie persona sino fuera digna. La dignidad, por tanto, no es un adorno a modo de añadido, sino que está de tal forma enraizada en la persona que forma parte de su entramado estructural. Por eso, desde lo antropológico, se puede entender lo social. Así, la dignidad aparece, a su vez, como la posibilidad del ejercicio de la misma libertad, de la justicia y la paz. Y es como si estas tres posibilidades (libertad, justicia y paz) dejaran de dormir en el baúl de las ilusiones y pasaran a ser realidades efectivas en los intercambios de la convivencia, si previamente queda admitido que el ser humano es portador de una dignidad insoslayable; si así no ocurriera, sencillamente no sería posible la tríada enunciada, bien entendido que la libertad en ejercicio, la justicia “de facto” y la paz social se autoimplican mutuamente. Más aún, descansando en la dignidad (en principio, el valor “per se” y la capacidad de merecimiento del ser humano), se sostienen el resto de los derechos y valores de los que éste es portador. Podríamos decir que los hombres somos iguales en derechos porque somos igualmente dignos como personas, y, como somos dignos e iguales, debemos comportarnos como hermanos, de esta manera, bajo la enseña de la fraternidad, puede surgir la paz entre los pueblos. Pero no hay nada nuevo bajo el sol, al fin y al cabo —y sin entrar en otras profundidades— estas consideraciones nos recuerdan la triple divisa de los ilustrados, eje sobre el que gravita la organización de la sociedad civil de nuestro mundo occidental: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Antes de seguir adelante, y puesto que hemos recabado la Declaración de los Derechos Humanos para apoyarnos en nuestra consideración sobre la dignidad humana, deberíamos aclarar las dos acepciones en que se toma ahí la palabra libertad y su consiguiente relación con la dignidad, en el Preámbulo y en el Artículo 1 citados más arriba. El primer “Considerando” toma la palabra libertad en el sentido de “libertad en la polis”, es decir, como la posibilidad de las “libertades externas”, sea en la realización de las elecciones tomadas, o en los ámbitos que, las fomenten o faciliten, se pueden llevar a cabo tales elecciones, las de libre asociación, libertad de prensa, libertad religiosa, libertad política, etc. Sin embargo, la palabra libertad en al Artículo 1 posee un sentido ontológico, alude a un carácter fundamental de la estructura del ser humano, y es entendida, de este modo, como libertad interior, intrínseca, psicológica, como algo íntimo y consustancial a su ser. En esta su segunda acepción la libertad se puede referir a la dignidad como principio de la misma: el hombre no podría ser digno (no podría merecer) si no fuera libre; por lo mismo, también puede ser indigno, si pervierte el uso de la libertad. Pero diciéndolo todo, y cerrando con ello un círculo, para que esta libertad sea efectiva, hay que ejercitarla, lo cual nos remite a su primera acepción. (En un futuro tengo la intención de abordar el tema de la libertad con más detenimiento.)
Habida cuenta de su importancia, volvemos, pues, a nuestra pregunta inicial: ¿qué es la dignidad?, ¿por qué tenemos en tan alta estima nuestra dignidad y estamos pronto a enfadarnos si se nos hiere en tal condición, pues es cierto que nadie quiere ser instrumentalizado en aras de los intereses de otro, ni humillado, ni rebajado, ni sometido a cualquier tipo de escarnio? Kant, en lo referente al tema que estamos tratando, definía al hombre como un “fin en sí mismo”, no como un medio. Pues, bien, en esto mismo consiste la dignidad del ser humano: en la valoración personal, íntima, de su propio ser, en la valoración que merece por el mero hecho de ser persona. El hombre, por su dignidad, posee un rango superior al resto de los seres del mundo, hasta el punto que no se le puede utilizar sin más; es merecedor de respeto, en definitiva, posee un valor.

¿Y qué es tener valor? Poder responder de la propia acción; poder responder de sí mismo. Quien es capaz de dar una respuesta de lo que hace, es libre, y, porque es libre, es responsable; pero cuando se responde de sí, se es digno, pues no responde por otro o desde otro, sino desde sí mismo. Esta reflexión nos lleva a precisar el hecho de que la dignidad no sólo implica la consideración que los otros deben a una persona, sino también la consideración que esa persona se debe a sí misma como fin, como acreedora de valor por el hecho de serlo. ¿En qué sentido? En el sentido que responde de sus actos y de sí mismo; no es otra cosa la responsabilidad. Y, una vez más, aparece la conexión de la dignidad con la libertad.
Sin embargo, al tratar este tema, hablamos también de otro concepto inextricablemente relacionado con el mismo: el de persona. Dignificar, en principio, consiste en tratar a alguien como persona. Ya sabemos que esto implica el respeto que los otros deben a libertad de alguien, y el respeto que cada cual se debe a sí mismo en cuanto ser libre, pero ¿qué es ser persona? Desde su sentido etimológico (“prosopon”, del griego, máscara, o “per-sonare”, del latín, lo que hace sonar), este concepto ha sufrido una serie de mutaciones; así desde una consideración externa, meramente social, se ha deslizado hacia un significado ontológico, fundamental; desde la imagen o rol, papel social que alguien desempeña y por el que se le considera en el teatro del mundo, hasta la designación de su esencia, ser en el que descansan las atribuciones de la racionalidad, la conciencia, la libertad, la dignidad, la identidad, la mismidad de su ser. De este modo, la persona, en la definición clásica de Boecio pasa a considerarse una sustancia individual de naturaleza racional (“naturae rationalis individua substantia”) Es una susbstancia individual, porque no susbsiste por otros, sino por sí misma, por lo que es independiente y autónoma: en ella descansa la posibilidad de la elección de su propia orientación en el mundo, su autorresponsabilidad. Posee, por lo mismo, un carácter de singularidad e irrepetibilidad, de intransferibilidad, como el del carnet de identidad. Y su naturaleza es racional, porque su atribución únicamente queda referida a los seres racionales. Lógicamente, la precisión y análisis de este concepto, nos llevaría a desarrollos más amplios, pero para lo que a nosotros importa basta con lo dicho, pues nos permite entender por qué la dignidad es un atributo esencial de la persona. Y, por lo expuesto, hay un paso a pensar que digno es quien merece ser exaltado, quien tiene un carácter de excelencia, de realce; quien posee decoro, gravedad en su comportamiento, quien ostenta un cargo de especial relevancia.

Que la dignidad personal es el soporte de la ética aparece como indudable si afinamos un poco más nuestro análisis. Si rescatamos los caracteres de libertad y racionalidad de la persona y los relacionamos con la dignidad, vemos que éstos se hacen efectivos cuando la persona pasa a ser dueña de su actuación y orienta su vida en orden a los valores que ha elegido. Por esto mismo los derechos humanos son la explicitación o concreción de la dignidad, hasta el punto que han de constituir los motivos a la vez que finalidades de toda actuación. Dicho claramente: porque es digno, el hombre es acreedor de derechos. Por otra parte, si el ser humano queda constituido por una integración de niveles (físico, psíquico y espiritual), sus derechos deben hacer alusión a estos mismos niveles, en los que se enraízan y fundamentan, y a los que explicitan y permiten su expansión, desenvolvimiento y realización. Como ser vivo, el hombre tiene derecho a la vida, a su integridad física, a disponer de los bienes necesarios para llevar a cabo su existencia. Pero podemos ir ascendiendo en la escala de sus derechos y precisar que también tiene derecho a su seguridad personal, a la inviolabilidad de su intimidad, a un trato respetuoso e igualitario con sus semejantes, al derecho a asociarse, al de recibir educación, al de participación en la vida cultural y cívica. Y también, subiendo otro nivel, el hombre tiene derecho a buscar la verdad, el bien y la belleza; tiene derecho a desarrollar su dimensión espiritual y religiosa. Derechos que así deben, o deberían, recoger las Constituciones de los diversos Estados.
¿Por qué se es digno? ¿En qué se puede fundamentar nuestra dignidad, en qué descansa? ¿De dónde nos viene este carácter, este don? La dignidad se presenta como un hecho, como algo constitutivo de la persona, pero, reitero la pregunta: ¿por qué somos personas?, y, más concretamente, ¿por qué razón somos dignos? Llegamos así a nuestra última reflexión sobre este tema. Considerado el hombre en la soledad de su finitud, resulta un ser patético y sobrecogedor, algo así como el acorde de un violín tristísimo que parte el aire quieto de la noche. Fundamentar en el propio hombre los valores que porta sería enclaustrarlos en la finitud, y, en consecuencia, sería contradictorio seguir manteniendo la universalidad de los mismos; a la postre, por finitos, serían imposibles, un vago sueño de la razón, una vaga ilusión que se desvanece pronta como el humo: nuestros valores, aquello que tenemos en más alta estima, estarían heridos por la muerte, y, la dignidad, como todo aquello que queramos predicar de la persona, serían valores absurdos. Si somos dignos, si de verdad somos dignos, tan sólo puede ser por el hecho de que la dignidad nos trasciende; se arraiga en nosotros, y aun así nos trasciende y convierte, de este modo, en algo absoluto, en algo que vale por sí mismo. En consecuencia: Si un hombre vale por sí mismo, si no es intercambiable por otro, si no se le puede someter por la fuerza, ni es sustituible, esto sólo puede ocurrir (y ahora viene algo importante: una transposición del discurso filosófico al teológico), porque es imagen de Dios. Por imagen divina, el hombre vale por sí mismo. La dignidad humana, en el mejor de los sentidos que podemos entenderla, nos remite a una filiación divina, pues sólo puede responder a un reflejo del amor de Dios. Como tal reflejo nos traspasa y nos trasciende. En un plano meramente horizontal, nos la debemos a nosotros mismos y a nuestros semejantes; no obstante, considerada en el plano vertical, puesto que la recibimos de Dios, tenemos la obligación de trasmitirla a los seres irracionales (es fácil ver en nuestras mascotas tal reflejo) e incluso inertes; de este modo la naturaleza toda queda dignifica por el amor divino. Así que, si el hombre es digno, Dios merece adoración porque, por su amor, es la fuente de la dignidad; la naturaleza toda, a su vez, por quedar dignificada, es deudora de respeto según la jerarquía de sus órdenes.


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Jesús Cánovas Martínez©
Filósofo y poeta

sábado, 27 de agosto de 2016

DE LOS CABALLOS QUE SE DABAN COCES EN LA CUADRA

DE LOS CABALLOS QUE SE DABAN DE COCES EN LA CUADRA



Con esa gracia del bajo medioevo —edad a la que Huizinga describe de forma gráfica como un gigante con cabeza de niño—, refiere el infante don Juan Manuel uno de los consejos que el prudente Patronio da al conde Lucanor. El conde tiene un enemigo que le ha inferido mucho daño, pero al cual él también ha respondido causándole numerosos males. En éstas entra en escena un tercer contendiente mucho más poderoso que los dos enemistados con la pretensión de aniquilar tanto a uno como a otro. El antiguo antagonista le pide al conde hacer las paces y unir sus fuerzas para luchar contra este tercero, pues sólo así, argumenta, podrán vencerle; de lo contrario sucumbirán ambos con toda seguridad. ¿Qué debe hacer?, se pregunta el conde Lucanor, ¿aceptar la mano que le tiende su antiguo adversario para juntos luchar contra el tercero, o simplemente despreciarlo por desconfianza y afrontar por sí solo al nuevo contendiente que lo sabe de antemano más fuerte que él? El fiel Patronio como resolución de tal dilema le propone que atienda al exempla de los dos caballos que no podían vivir juntos en la misma cuadra. Se pasaban éstos todo el día dándose coces, y llegada la noche seguían dándose coces. No sabían qué hacer sus amos, faltos de haberes suficientes para alojarlos en cuadras distintas, así que por mediación del infante don Enrique pidieron el favor al rey de Túnez de que los echara a un león. En medio de la pelea, cuando los caballos vieron al león, atemorizados se acercaron el uno al otro y comenzaron a luchar contra el enemigo común hasta que lo redujeron y consiguieron que volviera a la jaula.
Sorprenden los actuales políticos españoles —con la loada excepción— que parecen tan insensatos como los caballos del ejemplo. Y esa insensatez va pareja al desprecio supino que muestran a la ciudadanía. Así parece que algunos no distinguen lo que pertenece a la esfera de lo personal de la esfera de lo político y someten la toma de sus decisiones en función de la prelación de la primera sobre la segunda, esto es, pesan en ellos, o lo parece, más las rencillas de índole personal o los intereses de tipo partidista —o, por mejor decir, semipartidista— que los intereses de la ciudadanía en general, y, en consecuencia, supeditan el bien común a las finalidades miopes de tipo particular.
El caso es que retórica tienen estos señores políticos. Los oyes hablar y ninguno ha hecho los deberes mal, sino muy al contrario, la inmensa mayoría de ellos se congratula de su buena praxis y resulta raro encontrar a alguno que reconozca haberse equivocado. Suelen, de este modo, descalificar al contrario y cargarse de razones para mostrar lo imprescindibles que son; sin ellos no funcionaría el sistema. Aquí hay gato encerrado indudablemente; de forma irremediable es así que convocan la risa. Y, desde luego, que esta situación, lo reconozco, da para el esparcimiento después de una jornada de trabajo. ¡Qué placer, por la noche, antes de coger el sueño, contemplar en cualquier tertulia de televisión a los periodistas apesebrados de uno y otro bando tirarse los argumentos a la cabeza! Ahora bien, dicho lo precedente, también hay que convenir, y esto es lo grave, que hay juegos que cuestan algo más que dinero. 
La ciudadanía habló el 20 D y volvió a hablar el 26 J y lo volverá a hacer en unos nuevos comicios, y lo hará siempre que su voz no se vea anulada. En la actualidad esta es su voz: un arco de posicionamientos que van de un extremo a otro; a unos gustará más a otros menos, pero ahí está expresada la voluntad de los españoles que, en una democracia representativa, deben negociar sus ínclitos representantes. Porque la democracia fundamentalmente es eso: la toma de resoluciones por medio del diálogo. Este diálogo ha de ser inclusivo, nunca exclusivo, pues no se trata de apartar a nadie ya que todos vivimos en la misma cuadra —perdón, quiero decir, estamos en el mismo barco—, salvo a aquellos que de motu proprio quieran excluirse. El pacto de mínimos se hace, por consiguiente, necesario, y es de sentido común, pues cualquier persona normal que utilice su racionalidad convendrá que hay algunos mínimos dentro del marco constitucional en los que se pueden poner de acuerdo nuestros queridos políticos; de ahí a un pacto sobre las materias que interesan a todos sólo hay un paso.
Insisto en la idea: puesto que ningún partido tiene la voluntad de la mayoría —y parece que será así para largo—, el sentido común impone pactar, y, pactar, ya lo sabemos, supone que todas las partes deben de ceder en algo hasta alcanzar lo razonable —tal pacto, por supuesto, no dejará contentos a todos, pero apuntará a lo razonable—. Dicho con otras palabras: pactar quizá no sea elegir lo mejor según la perspectiva en la que se ha situado cada cual, aun así será lo menos malo para el conjunto de los españoles.

Claro, claro, durante este momento de impasse el susodicho diálogo puede prolongarse sine die, y más cuando parece que a algunos no les duele —¿o sí?— y se enquistan en una determinada posición al grito de: “¡Yo soy la verdad!”; grito que resuena y resuena de uno y otro lado de los banquillos: “¡Yo soy la verdad!”. Tal vez consigan con esta actitud de desprecio hacia el conjunto de la ciudadanía española que Europa, por ejemplo, entre multas y congelación de fondos estructurales cierre el grifo de unos cuantos miles de millones de euros. En realidad, de cara a lo boyante que va nuestra economía y a sus mejores expectativas de futuro, también debido al despilfarro y corrupción a los que ya estamos acostumbrados, tal coyuntura no debería importarnos demasiado, pero como gesto de buena voluntad el monto de dicha cantidad deberían pagarlo los políticos responsables con su sueldo, sus prebendas y su patrimonio, es un decir.
Buscando un poco de consuelo abro el periódico y leo que una nueva preocupación llena la agenda de nuestros políticos: que las terceras elecciones para elegir gobierno no caigan en el día de Navidad. Para quitarme pesares, paso unas páginas; otra noticia de enjundia: el alcalde de cierto municipio echa adelante con la iniciativa de analizar el ADN de las cacas de los perros con el fin de localizar a sus amos. Pliego el periódico por surrealista, y pongo la tele para animarme un poco, con lo que sea. Entonces me entero de que la Terelu se ha comprado unas bragas en un mercadillo…
Yo no sé si tenemos lo que nos merecemos, pero da que pensar. El león está a la puerta y aquí parece que nadie se entera. Inmersos en su esfera de irrealidad siguen los políticos con sus dicterios y tejemanejes. Para procurar remedio a esta situación creada por ellos mismos, sería interesante que hicieran un curso sobre democracia, aunque fuera acelerado, que les llevara a comprender el pensamiento de Aristóteles, Locke, Montesquieu, Rawls o Habermas, entre otros. Quizá, y puesto que ya se han ocupado de desterrar la filosofía de las aulas o, por lo menos, están en ello, fuera conveniente introducirles el curso con algo simple y de fácil asimilación antes de entrar a los fundamentos de la filosofía práctica. Podría ser la lectura y comentario de El Conde Lucanor, cuyo autor por cierto, de vivir hoy en día, en lo que se refiere a intrigas políticas daría sopas con honda a toda la caterva de políticos descerebrados que nos ingobiernan.

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                                   Jesús Cánovas Martínez©

                                   Filósofo y poeta.

lunes, 18 de enero de 2016

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS (LA COMUNIDAD DEL ANILLO)

En mi época universitaria, como a tantos otros, me fascinó la lectura de El Señor de los anillos de J.R.R. Tolkien —esa creación de un mundo, con sus montañas, ríos, bosques, cuevas, dragones, mares, islas, y con sus variopintas razas y personajes que hablaban lenguas tan diversas como enigmáticas y, por consiguiente, vivían ese mismo mundo de diferente modo—, pero fue con motivo de la película de Peter Jackson que me animé a escribir algo al respecto.
Retazos más que escritura, tiras de palabras más que párrafos con sentido fueron el resultado del intento; y apuntes farragosos, esbozos, bosquejos que pretendían síntesis y sentido. Logré dar por concluido algo acerca del primer libro: La Comunidad del anillo; lo escrito sobre los otros dos —Las dos torres y El Retorno del rey— todavía espera que el tiempo venza mi indolencia para hacerlo legible.
Ricardo Cáceres me dio la oportunidad para que el siguiente artículo, dividido en cuatro golpes, viera la luz pública. Lo hizo hace algunos años en la Revista de Policía que él coordinaba, a la que en alguna ocasión ya me he referido. No cayó mal entonces, como espero, apelando a la amabilidad de sus posibles lectores, que ahora tampoco lo haga.



EL SEÑOR DE LOS ANILLOS (LA COMUNIDAD DEL ANILLO)

                                              




                                                  1


Las palabras se mueven en el plano de la abstracción, las imágenes concretan lo que las palabras aluden; las palabras trascienden el espacio-tiempo, las imágenes encarnan, toman figura, cuerpo, se convierten en historia. Si, por un lado, la palabra es superior a la imagen en cuanto mantiene abierto un ámbito de sugerencias que ésta última clausura por su propia condición, por otro, al conformar la imagen a la palabra (pues visualizamos aquello que pensamos), la tiñe de esplendor, la dota de volumen, la catapulta hacia la belleza.
Ciertamente, una traducción de las palabras en imágenes conlleva sus riesgos; no siempre el producto se consigue y, a veces, el resultado dista mucho del esperado, o del deseado… Por fortuna, el sello de calidad no le falta a la adaptación realizada por Peter Jackson de la obra más emblemática de J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos. Los lectores de la obra (entre los que me incluyo) no quedarán defraudados ante esta nueva puesta en escena (la primera fue llevada al cine de animación por Ralph Bakshi en 1978). Con un presupuesto de 300 millones de dólares y quince meses de filmación, Peter Jackson ha tensado los recursos expresivos del cine; con un guion sobrio y bastante ceñido al texto original; una música perfectamente armonizada con las sucesivas escenas; una distribución equilibrada de tempos, en los que se alterna la paz con la violencia; unos planos generales en los que nos damos un baño de naturaleza en su estado más puro; unos efectos especiales y una digitalización de imágenes que en el contexto mágico-mítico de la película resultan poderosamente reales, amén de unos actores que interpretan creíblemente a sus personajes, el film no desmerece su original literario.
El eje argumental de la trama gira en torno al poder y las relaciones que se pueden establecer desde el mismo. El poder se ha concentrado en un pequeño anillo, forjado en secreto por Sauron, el Señor Oscuro, en los fuegos del Orodruin, la Montaña del Destino, también denominada Montaña de Hierro. Ahora bien, este poder del anillo es coactivo ya que condensa la voluntad de dominio de su dueño, tal como refieren las marcas grabadas tanto en su cara interna como en su dorso, visibles únicamente mediante el fuego:

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las sombras.

Fueron los herreros Elfos de la antigua Eregion los que, ayudados por Sauron, forjaron una serie de Anillos de Poder en la Segunda Edad del Mundo: tres para los altos Elfos, siete para los Enanos y nueve para los Hombres condenados a morir. En aquella época nadie había sido testigo de maldad alguna y por eso pudieron ser engañados con facilidad; así, mientras Sauron aprendía de los Elfos todos los secretos de la herrería, fabricaba clandestinamente el Anillo Único, capaz de dominarlos a todos. Ahora bien, Celebrimbor, el herrero Elfo, entró en sospechas y escondió los Tres que había forjado; por esta razón, al no haber sido mancillados por el Señor Oscuro, el Único no tiene poder sobre ellos. Los Tres han sido utilizados para hacer el bien, ganar conocimiento y sabiduría y realizar cosas bellas. De los Siete Anillos dados a los Enanos, cuatro fueron devorados por los dragones, por lo que Sauron, en el momento en que se desarrolla la trama, solamente ha podido recuperar tres de los mismos. Los que restan, los Nueve dados a los Reyes de los Hombres, hace tiempo que les hicieron sucumbir por su codicia, y, por esta codicia, fueron esclavizados al Único, dominados y convertidos así en sus servidores, sombras  bajo la gran Sombra, espectros terribles, los pavorosos Nazgûl.



2

Cuando el Señor Oscuro con el Anillo Único quiso someter a las razas libres (Enanos, Elfos y Hombres), se extendió por la Tierra Media una primera oscuridad; pero en aquellos días la sangre de los Reyes de los Hombres, los Numenóridas (los hombres que vinieron del oeste allende el mar desde la antigua Isla-Continente, Númenor), corría más pura, y los Elfos, los primeros nacidos, todavía no habían tomado el camino de los Puertos Grises y tenían un poder y un conocimiento superior al actual; este poder y conocimiento, en la época en la que se desarrollan los acontecimientos narrados en la historia, ya se ha perdido. Se produjo la última alianza entre Elfos y Hombres para derrotar a Sauron y sus hordas de criaturas innominables. Tal circunstancia la refiere Elrond, el Semielfo, en el Concilio de Rivendel. Y es terminante en este punto: Ya no habrá más alianzas entre las dos razas, pues, aunque se multiplican los Hombres, la pureza de Númenor declina y el número de los Elfos disminuye.
Hubo una batalla en las laderas del Orodruin, en la cual perecieron tanto Gil-Galad, rey Elfo, como Elendil, Rey de los hombres de Oesternesse (otra manera de llamar Númenor en la antigua lengua Quenya de Valinor), y su hijo Anárion. Pero cuando todo parecía perdido, Isildur, el otro hijo de Elendil, con la espada rota de su padre, Narsil, cortó la mano de Sauron, en la cual portaba el anillo. Aquel gesto decidió la suerte del combate, de modo que el Señor Oscuro y sus huestes fueron derrotados. Ahora bien, Isildur tuvo la oportunidad de destruir el Anillo, pero cedió a la tentación del poder de éste y se lo guardó para sí. La flaqueza de la voluntad humana impidió que no fueran aniquilados definitivamente Sauron y su poder, pues las cosas edificadas con el Anillo no pueden ser desbaratadas si él previamente no ha sido destruido. El mismo Isildur, cuando poco después de la batalla regresaba a su reino del norte, fue traicionado por el Anillo, y en una emboscada de orcos en los Campos Gladios encontró la muerte. Por esta razón, en el reino que fundaron los hombres en el norte, Arnor, desaparecido poco después de estos acontecimientos y del que Aragorn, el Montaraz, es su heredero directo, al Anillo se le llama el Daño de Isildur.
Rodó, pues, el Anillo desde el dedo de Isildur y fue a caer al fondo del Río Grande, el Anduin. Pasando el tiempo, mesnadas de orcos, hombres malvados de Harad y otras criaturas aborrecibles empezaron a pulular por Mordor; se reagruparon y conquistaron Minas Ithil, la Torre de la Luna Naciente, en el lado este del Anduin, baluarte de Gondor, el reino de los hombres del sur, y la transformaron en un sitio de terror que pasó a llamarse Minas Morgul, la Torre de la Hechicería. Más tarde los orcos destruyeron Osgiliath, Ciudadela de las Estrellas, antigua capital del Reino, situada en una isla en el centro del estuario del río, y arrebataron a los hombres todos los territorios de la orilla este del Anduin.
En el momento de la acción, los hombres de Gondor resisten en la ribera oeste del Anduin, en Minas Tirith, la Torre de la Guardia, nombre con que fue rebautizada la antigua Minas Anor, la Torre del Sol Poniente; la fuerza declinante de Gondor constituye el único obstáculo que se interpone entre Sauron y el dominio de la Tierra Media. El Señor Oscuro tiene cada vez más poder, y aunque todavía no ha tomado un cuerpo físico, al tiempo que reclama el Anillo su presencia se hace más de notar. El Anillo, que tiene voluntad propia, desea ser encontrado por su Señor; por eso inició un curioso periplo. Para salir del fondo del Río Grande se dejó encontrar por un hobbit, Déagol, quien fue asesinado por su amigo Sméagol, ya que el Anillo suscitó la disputa entre ellos. Sméagol, pasando el tiempo, dotado de la inmortalidad conferida por el Anillo a quien lo posee, se convirtió en una triste y esquiva criatura, temerosa de la luz y de la oscuridad, pues enloquecida, se odia y se ama a sí misma, Gollum, llamada de esta manera por sus gorgeos ininterrumpidos. Vino a morar Gollum entre las cuevas y recovecos sombríos de las Montañas Nubladas. Allí lo encontró Bilbo de La Comarca, y le robó el Anillo. Ahora bien, no fue Gollum quien perdió el Anillo ni Bilbo quien se lo sustrajo, sino que fue el Anillo el que decidió dejar a Gollum e irse con Bilbo; necesitaba salir a la luz para poder ser recuperado por su dueño.
Y es justamente en este punto donde comienza la historia de la Guerra del Anillo… Frodo, sobrino de Bilbo, a instancias de Gandalf, el Mago Gris, recibe como legado de su tío el Anillo de Poder. La aventura está servida; no seré yo quien desvele los entresijos de su trama.



3

Sin entrar en los entresijos de El Señor de los Anillos, cabe una reflexión sobre el poder.
¿En qué consiste el poder? ¿Quién lo ostenta verdaderamente? ¿Para qué sirve? ¿Por qué se le desea? Todas estas preguntas y algunas más suscita El Señor de los anillos, y todas ellas se agolpan pretendiendo una respuesta. Ésta no parece ser otra sino la siguiente: el verdadero poder, tal y como lo entiende Tolkien, es de índole moral. El poder no consiste propiamente en saber más; tener tal o cual conocimiento, dominar las artes mágicas o estar cualificado para escudriñar hondos secretos o leer en las mentes. No, no es nada de esto; el poder no alude a la sola inteligencia. Alude a la voluntad, y a ella queda referido. Básicamente, el poder es voluntad que quiere; ahora bien, no basta con esto sólo, pues si lo fuera, sería ceguedad que quiere, lo cual, si lo consideramos debidamente, no puede ser más que una contradicción, pura y simple; por tanto, es necesario matizar. El poder es voluntad que quiere, de acuerdo, pero voluntad que quiere correctamente, según el sentido etimológico de lo bueno. Por eso, en un segundo momento, al acto de poder cabría añadirle la potencia intelectual y una regla (dos aspectos inherentes e indivisos al mismo): la inteligencia, porque es la facultad que propone objetos para el querer; la regla, que no es otra sino la bondad, porque es la medida que constituye al querer como correcto, por tanto, como verdadero.
Pongamos un caso: Tanto Gandalf como Saruman son grandes magos, y esto los iguala; pero la manera de proceder y de utilizar los conocimientos que poseen es distinta, y esto otro los diferencia. A Gandalf lo mueve el respeto por la vida y el amor por lo pequeño: el altruismo, en definitiva. La minúscula brizna de hierba no le es indiferente y su estar en el mundo consiste en una permanente disposición para la ayuda. Gandalf sabe muy bien que no puede crecer en su ser sin que el otro, con quien se relaciona, no lo haga por su parte; por esto, su compañía es grata y benévola, emana gracia. Estas cualidades suyas llevan a los integrantes de La Comunidad formada en Rivendel a reconocerlo sin ningún tipo de reparos como guía de la misión encomendada, la destrucción del Anillo. Y lo siguen libre y confiadamente; ejerce el mago, de esta manera, un liderazgo moral. ¿Qué es lo que percibimos en él? Integridad: lo que piensa, siente y afirma va unido a su forma de actuar; él mismo, de esta forma, aparece como verdadero, se vuelve creíble. Gandalf encarna la autoridad en sí; el poder, por consiguiente, le es algo propio, o, lo que es igual, le pertenece por derecho. En el extremo, frente a la amenaza del Balrog en el puente de Kazadz-Dhûm (que dicho sea de paso, constituye uno de los momentos más emocionantes del film), es capaz de sacrificarse por la defensa del resto de la Comunidad. Encarnado por Saruman, al contrario de lo que ocurría con Gandalf, el poder es relegado a mera sombra del poder, caricatura, o, de igual modo, en voluntad de dominio y afán de riquezas: codicia. Quiere convertirse Saruman en centro del mundo, en su amo, y exige que éste gire en derredor suyo. Tal actitud deriva hacia el no respeto y a la utilización del otro, y, en última instancia, a la alineación y esclavitud de todo lo que no sea su ego inflado. Ahora bien, Saruman enajenando al otro, robándole el ser por cuanto lo cosifica según la medida de la utilidad que le confiere, también se aliena y esclaviza. Doblemente traidor, por un lado, al Concilio de los Sabios que agrupa a las Razas libres, por otro, al mismo Sauron, se vale de la astucia, la mentira, el engaño (algo que, por otra parte, no deja de ser un insulto a la inteligencia), para sus fines, orgullo, envidia y miedo constituyen su paz interior de este elemento. Jefe de la Orden de los Magos, los Istari, custodio de la llama de Anor, Saruman el Blanco se convierte en Saruman Multicolor. Puesto que aquel que conoce, en cierta forma se identifica con lo conocido, podemos concluir que en el fondo ha sido un exceso de conocimiento (Saruman era el mago más versado en la ciencia de los Anillos) en conjunción con una codicia y orgullo desmedido, lo que le ha llevado a tan profunda transformación.
¿Quién ostenta el verdadero poder? Resulta curioso comprobar cómo a lo largo de la historia el Anillo tienta a sus diversos protagonistas. Aquellos que ya poseen el poder (personal, no podría ser de otro modo) son los que con más fuerza rechazan la tentación del falso poder, el caso de Gandalf, Elrond o Tom Bombadil (curioso personaje, que aparece en el libro pero no en la película, encarnación de la bondad absoluta, y para quien el Anillo es tan sólo un objeto de risión). De todos ellos, Boromir, el heraldo e hijo del Senescal de Gondor, es un caso especial, pues expresa tanto la debilidad humana como la capacidad de arrepentimiento y superación. Aragorn, atento a la expiación del Karma heredado de Isildur, tiene tan asumida la destrucción del Anillo, que es este mismo propósito o finalidad aquello mismo que le protege. Al caso de Frodo habrá que dedicarle algunas reflexiones en otro momento.



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PRIMERA CONCLUSIÓN: LO PEQUEÑO ES HERMOSO

Frente a una organización social cuyo valor se cifra en la adquisición de poder y riqueza, como la de Mordor, que no tendríamos dificultad en identificar con los totalitarismos campantes a lo largo del siglo XX, o, incluso, con esta sociedad tardocapitalista en la que estamos inmersos, con sus crisis endémicas y traspasada, a modo de factores de coherencia, por el miedo y la coacción de la fuerza sutil de la propaganda, Tolkien nos propone, en un horizonte arcaico-mítico, la sociedad de los hobbits en La Comarca, y nos recuerda, como en aquel título de E. F. Schumacher, que lo pequeño es hermoso.
Frente a las falsas promesas de esa razón tecnocientífica imperante en el mundo globalizado, como la ilusión del progreso ilimitado en cuanto a un dominio también ilimitado sobre la naturaleza, que nos proveería de parcelas más amplias de bienestar, cabe recordar que sus beneficios se limitan a una quinta parte de la población mundial, y aun dentro de esta quinta parte, se podrían establecer diferencias notables en lo que atañe al reparto de los mismos; por otro lado, nuestro actual sistema de producción y consumo somete a la naturaleza a un expolio cada vez más intenso, lo cual hace difícil pensar que se pueda mantener por mucho tiempo; las fuentes actuales de recursos energéticos (me refiero al carbón y al petróleo) de que dispone la humanidad no son renovables, y la explotación de la energía nuclear conlleva gravísimos peligros. La consecuencia de este expolio es el aumento del deterioro ecológico, lo que también nos debería poner sobre aviso, pues llegado a un punto (y hay que advertir que ciertos cambios ya están en acción), quizá sea imposible contrarrestar dicho desarreglo. Por estas razones, y algunas otras que se podrían añadir, habría que cuestionar nuestro actual modo de vida, heredero del racionalismo y la ilustración, ya que si alguna vez ganamos la extraña y absurda batalla emprendida una vez contra la naturaleza, comprobaremos con sorpresa que los únicos perdedores somos nosotros mismos. Tolkien, en su obra, de manera explícita nos recuerda este drama, y a la par que resalta la amenaza de esa sociedad oscura de Mordor que quiere extender su sombra por los territorios del oeste de la Tierra Media, esto es, por todo el ámbito del planeta, indica la única solución posible para impedirlo: un estilo de vida diseñado para la paz y la permanencia, y, en este sentido, un estilo de vida ideal: el de los hobbits.

Tanto los espectadores de la película como los lectores del libro observarán que en la sociedad de los hobbits se encarna una acracia muy significativa. Esta sociedad únicamente basa su cohesión en las relaciones de amistad y parentesco, que se constituyen en vínculos poderosos de su entramado; la fiesta suple al gobierno, y los cumpleaños, a modo de asambleas, poseen un poder de convocatoria que neutraliza las fuerzas sociales centrífugas, a la vez que congregan y catalizan las centrípetas por cuanto infieren un sentido para la vida: el gozo mismo que supone vivir. Gozo de vivir, de acuerdo, pero gozo incardinado en un sistema de producción no violento y respetuoso con el entorno; los hobbits no cifran su ambición en la riqueza, sino en el disfrute de las cosas pequeñas; la belleza que les suponen los ríos de aguas claras, los árboles y las flores, nunca la sustituirían por las fábricas, los yermos y las escombreras. A la postre, los hobbits son los que ganan, cuyas vidas tranquilas y saludables se alargan hasta la centena de años en una sociedad donde no existe delincuencia, ni desequilibrio, ni protesta —¿de qué, o por qué, se protestaría? o ¿de qué, o por qué razón, se delinquiría?



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                        Jesús Cánovas Martínez©

                        Filósofo y poeta.