SOBRE LA DIGNIDAD
“… Y,
con frecuencia, los amigos del señorito Iván requerían a Paco, el Bajo, para
cobrar algún pájaro perdiz alicorto y, en tales casos, se desentendían de las
tertulias posbatida y de las disputas con los secretarios vecinos, y se iban
tras él, para verle desenvolverse, y, una vez que Paco se veía rodeado de la
flor y nata de las escopetas, decía, ufanándose de su papel, ¿dónde pegó el
pelotazo, vamos a ver?, y ellos, el Subsecretario, o el Embajador, o el
Ministro, aquí tienes la plumas, Paco, y Paco, el Bajo, ¿qué dirección llevaba,
vamos a ver?, y el que fuera, la del jaral, Paco, tal que así, sirgada contra
el jaral, y Paco, ¿venía sola, apareada o en barra, vamos a ver?, y el que
fuera, dos entraban, Paco, ahora que lo dices, la pareja, y el señorito Iván
miraba a sus invitados con sorna y señalaba con la barbilla a Paco, el Bajo,
como diciendo, ¿qué os decía yo?, y, acto seguido, Paco, el Bajo, se
acuclillaba, olfateaba con insistencia el terreno, dos metros alrededor del
pelotazo y murmuraba, por aquí se arrancó, y, seguía el rastro durante varios
metros…”
Inolvidable texto de la novela “Los santos inocentes” de Miguel Delibes,
e inolvidable e impactante escena la de la película homónima de Mario Camus,
genialmente interpretada por Alfredo Landa, en el papel de Paco “el Bajo”, y
Juan Diego, en el papel del “señorito
Iván”, donde el tema de la dignidad de la persona queda planteado con
especial crudeza. Delibes, y así lo refleja la película, contrapone de forma
brutal, antitética y sin posible solución, dos mundos, el de los señoritos y el
de los lacayos; importa poco la calidad moral intrínseca de las personas, éstas
son consideradas y obtienen su cualificación por su pertenencia a uno u otro
mundo, y esto en razón de su nacimiento. Paco, “el Bajo”, y los suyos
descienden a una condición infrahumana, donde su ser de personas les va a ser
negado de forma flagrante y ofensiva por el otro grupo, el del señorito Iván y
sus afines… A Paco, Régula, su mujer, Nieves, “la niña chica”, Quince, Azarías —inmejorable
la interpretación de Paco Rabal—, personaje que representa la inocencia pura,
no se les reconoce la dignidad, no se les reconoce su ser como personas; se les
infravalora por el contrario, y, en consecuencia, se les humilla. Y esto nos
conduce a nuestro tema, ¿qué es la dignidad? O, si se quiere, podríamos
proponer otra pregunta: una persona, por el mero hecho de serlo, ¿es digna?,
¿hasta qué punto la dignidad es un atributo esencial de la persona?
Si echamos mano de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, ya en su Preámbulo, el primer “Considerando” nos resulta revelador al establecer lo siguiente: “Considerando que la libertad, la justicia y
la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca
y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia
humana…” Tal principio se reafirma de manera contundente en el Artículo 1,
al expresar: “Todos los seres humanos
nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y
conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” No
está demás, dado los tiempos que corren, recordar este tipo de principios y
proclamaciones, pues si en algo ha contribuido nuestra civilización occidental
al desarrollo moral de la humanidad ha sido con la plasmación de la Carta Magna
de los derechos humanos, que no es poco.
Comprobamos que la dignidad aparece en
la Declaración como un atributo fundamental de la persona, a la que se le
otorga igual status que a la racionalidad o posibilidad de consciencia (rasgos
por antonomasia definitorios de lo humano), hasta el punto que no podríamos considerar
a nadie persona sino fuera digna. La dignidad, por tanto, no es un adorno a
modo de añadido, sino que está de tal forma enraizada en la persona que forma
parte de su entramado estructural. Por eso, desde lo antropológico, se puede entender
lo social. Así, la dignidad aparece, a su vez, como la posibilidad del
ejercicio de la misma libertad, de la justicia y la paz. Y es como si estas
tres posibilidades (libertad, justicia y paz) dejaran de dormir en el baúl de
las ilusiones y pasaran a ser realidades efectivas en los intercambios de la
convivencia, si previamente queda admitido que el ser humano es portador de una
dignidad insoslayable; si así no ocurriera, sencillamente no sería posible la
tríada enunciada, bien entendido que la libertad en ejercicio, la justicia “de facto” y la paz social se
autoimplican mutuamente. Más aún, descansando en la dignidad (en principio, el
valor “per se” y la capacidad de
merecimiento del ser humano), se sostienen el resto de los derechos y valores
de los que éste es portador. Podríamos decir que los hombres somos iguales en
derechos porque somos igualmente dignos como personas, y, como somos dignos e
iguales, debemos comportarnos como hermanos, de esta manera, bajo la enseña de
la fraternidad, puede surgir la paz entre los pueblos. Pero no hay nada nuevo
bajo el sol, al fin y al cabo —y sin entrar en otras profundidades— estas
consideraciones nos recuerdan la triple divisa de los ilustrados, eje sobre el
que gravita la organización de la sociedad civil de nuestro mundo occidental:
la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Antes de seguir adelante, y puesto que
hemos recabado la
Declaración de los Derechos Humanos para apoyarnos en nuestra
consideración sobre la dignidad humana, deberíamos aclarar las dos acepciones
en que se toma ahí la palabra libertad y su consiguiente relación con la
dignidad, en el Preámbulo y en el Artículo 1 citados más arriba. El primer “Considerando” toma la palabra libertad
en el sentido de “libertad en la polis”,
es decir, como la posibilidad de las “libertades
externas”, sea en la realización de las elecciones tomadas, o en los
ámbitos que, las fomenten o faciliten, se pueden llevar a cabo tales
elecciones, las de libre asociación, libertad de prensa, libertad religiosa,
libertad política, etc. Sin embargo, la palabra libertad en al Artículo 1 posee
un sentido ontológico, alude a un carácter fundamental de la estructura del ser
humano, y es entendida, de este modo, como libertad interior, intrínseca,
psicológica, como algo íntimo y consustancial a su ser. En esta su segunda
acepción la libertad se puede referir a la dignidad como principio de la misma:
el hombre no podría ser digno (no podría merecer) si no fuera libre; por lo
mismo, también puede ser indigno, si pervierte el uso de la libertad. Pero
diciéndolo todo, y cerrando con ello un círculo, para que esta libertad sea
efectiva, hay que ejercitarla, lo cual nos remite a su primera acepción. (En un
futuro tengo la intención de abordar el tema de la libertad con más
detenimiento.)
Habida cuenta de su importancia,
volvemos, pues, a nuestra pregunta inicial: ¿qué es la dignidad?, ¿por qué
tenemos en tan alta estima nuestra dignidad y estamos pronto a enfadarnos si se
nos hiere en tal condición, pues es cierto que nadie quiere ser
instrumentalizado en aras de los intereses de otro, ni humillado, ni rebajado,
ni sometido a cualquier tipo de escarnio? Kant, en lo referente al tema que
estamos tratando, definía al hombre como un “fin en sí mismo”, no como un medio. Pues, bien, en esto mismo
consiste la dignidad del ser humano: en la valoración personal, íntima, de su
propio ser, en la valoración que merece por el mero hecho de ser persona. El
hombre, por su dignidad, posee un rango superior al resto de los seres del
mundo, hasta el punto que no se le puede utilizar sin más; es merecedor de
respeto, en definitiva, posee un valor.
¿Y qué es tener valor? Poder responder
de la propia acción; poder responder de sí mismo. Quien es capaz de dar una
respuesta de lo que hace, es libre, y, porque es libre, es responsable; pero
cuando se responde de sí, se es digno, pues no responde por otro o desde otro,
sino desde sí mismo. Esta reflexión nos lleva a precisar el hecho de que la
dignidad no sólo implica la consideración que los otros deben a una persona,
sino también la consideración que esa persona se debe a sí misma como fin, como
acreedora de valor por el hecho de serlo. ¿En qué sentido? En el sentido que
responde de sus actos y de sí mismo; no es otra cosa la responsabilidad. Y, una
vez más, aparece la conexión de la dignidad con la libertad.
Sin embargo, al tratar este tema, hablamos
también de otro concepto inextricablemente relacionado con el mismo: el de
persona. Dignificar, en principio, consiste en tratar a alguien como persona.
Ya sabemos que esto implica el respeto que los otros deben a libertad de
alguien, y el respeto que cada cual se debe a sí mismo en cuanto ser libre,
pero ¿qué es ser persona? Desde su sentido etimológico (“prosopon”, del griego, máscara, o “per-sonare”, del latín, lo que hace sonar), este concepto ha
sufrido una serie de mutaciones; así desde una consideración externa, meramente
social, se ha deslizado hacia un significado ontológico, fundamental; desde la
imagen o rol, papel social que alguien desempeña y por el que se le considera
en el teatro del mundo, hasta la designación de su esencia, ser en el que
descansan las atribuciones de la racionalidad, la conciencia, la libertad, la
dignidad, la identidad, la mismidad de su ser. De este modo, la persona, en la
definición clásica de Boecio pasa a considerarse una sustancia individual de
naturaleza racional (“naturae rationalis
individua substantia”) Es una susbstancia individual, porque no susbsiste
por otros, sino por sí misma, por lo que es independiente y autónoma: en ella
descansa la posibilidad de la elección de su propia orientación en el mundo, su
autorresponsabilidad. Posee, por lo mismo, un carácter de singularidad e
irrepetibilidad, de intransferibilidad, como el del carnet de identidad. Y su
naturaleza es racional, porque su atribución únicamente queda referida a los
seres racionales. Lógicamente, la precisión y análisis de este concepto, nos
llevaría a desarrollos más amplios, pero para lo que a nosotros importa basta
con lo dicho, pues nos permite entender por qué la dignidad es un atributo
esencial de la persona. Y, por lo expuesto, hay un paso a pensar que digno es
quien merece ser exaltado, quien tiene un carácter de excelencia, de realce;
quien posee decoro, gravedad en su comportamiento, quien ostenta un cargo de
especial relevancia.
Que la dignidad personal es el soporte
de la ética aparece como indudable si afinamos un poco más nuestro análisis. Si
rescatamos los caracteres de libertad y racionalidad de la persona y los
relacionamos con la dignidad, vemos que éstos se hacen efectivos cuando la
persona pasa a ser dueña de su actuación y orienta su vida en orden a los
valores que ha elegido. Por esto mismo los derechos humanos son la
explicitación o concreción de la dignidad, hasta el punto que han de constituir
los motivos a la vez que finalidades de toda actuación. Dicho claramente:
porque es digno, el hombre es acreedor de derechos. Por otra parte, si el ser
humano queda constituido por una integración de niveles (físico, psíquico y
espiritual), sus derechos deben hacer alusión a estos mismos niveles, en los
que se enraízan y fundamentan, y a los que explicitan y permiten su expansión,
desenvolvimiento y realización. Como ser vivo, el hombre tiene derecho a la
vida, a su integridad física, a disponer de los bienes necesarios para llevar a
cabo su existencia. Pero podemos ir ascendiendo en la escala de sus derechos y
precisar que también tiene derecho a su seguridad personal, a la inviolabilidad
de su intimidad, a un trato respetuoso e igualitario con sus semejantes, al
derecho a asociarse, al de recibir educación, al de participación en la vida
cultural y cívica. Y también, subiendo otro nivel, el hombre tiene derecho a
buscar la verdad, el bien y la belleza; tiene derecho a desarrollar su dimensión
espiritual y religiosa. Derechos que así deben, o deberían, recoger las
Constituciones de los diversos Estados.
¿Por qué se es digno? ¿En qué se puede
fundamentar nuestra dignidad, en qué descansa? ¿De dónde nos viene este
carácter, este don? La dignidad se presenta como un hecho, como algo
constitutivo de la persona, pero, reitero la pregunta: ¿por qué somos
personas?, y, más concretamente, ¿por qué razón somos dignos? Llegamos así a
nuestra última reflexión sobre este tema. Considerado el hombre en la soledad
de su finitud, resulta un ser patético y sobrecogedor, algo así como el acorde
de un violín tristísimo que parte el aire quieto de la noche. Fundamentar en el
propio hombre los valores que porta sería enclaustrarlos en la finitud, y, en
consecuencia, sería contradictorio seguir manteniendo la universalidad de los
mismos; a la postre, por finitos, serían imposibles, un vago sueño de la razón,
una vaga ilusión que se desvanece pronta como el humo: nuestros valores,
aquello que tenemos en más alta estima, estarían heridos por la muerte, y, la
dignidad, como todo aquello que queramos predicar de la persona, serían valores
absurdos. Si somos dignos, si de verdad somos dignos, tan sólo puede ser por el
hecho de que la dignidad nos trasciende; se arraiga en nosotros, y aun así nos
trasciende y convierte, de este modo, en algo absoluto, en algo que vale por sí
mismo. En consecuencia: Si un hombre vale por sí mismo, si no es intercambiable
por otro, si no se le puede someter por la fuerza, ni es sustituible, esto sólo
puede ocurrir (y ahora viene algo importante: una transposición del discurso
filosófico al teológico), porque es imagen de Dios. Por imagen divina, el
hombre vale por sí mismo. La dignidad humana, en el mejor de los sentidos que
podemos entenderla, nos remite a una filiación divina, pues sólo puede
responder a un reflejo del amor de Dios. Como tal reflejo nos traspasa y nos
trasciende. En un plano meramente horizontal, nos la debemos a nosotros mismos
y a nuestros semejantes; no obstante, considerada en el plano vertical, puesto
que la recibimos de Dios, tenemos la obligación de trasmitirla a los seres
irracionales (es fácil ver en nuestras mascotas tal reflejo) e incluso inertes;
de este modo la naturaleza toda queda dignifica por el amor divino. Así que, si
el hombre es digno, Dios merece adoración porque, por su amor, es la fuente de
la dignidad; la naturaleza toda, a su vez, por quedar dignificada, es deudora
de respeto según la jerarquía de sus órdenes.
Todos los derechos
reservados
Jesús Cánovas Martínez©
Filósofo y poeta
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