domingo, 14 de julio de 2013

NO CRECIERON ROSAS SOBRE SUS TUMBAS

NO CRECIERON ROSAS SOBRE SUS TUMBAS
ANA MARÍA ALCARAZ ROCA

Sobre el conflicto bélico que más ríos de tinta se han vertido ha sido la guerra civil española, chispa que prendió el fuego de la tormenta que sacudió al mundo a mediados del siglo XX. Las opiniones, en el intento de comprender tal suceso, son dispares y la objetividad se elude las más de las veces, sea porque la emoción impregna los posicionamientos adoptados (curiosamente por gente que no la ha vivido y la recuerda en relatos de familia), sea porque los mismos historiadores se ponen al servicio de intereses bastardos que no son los de la objetividad. Y es que la objetividad en tal tema es difícil, ya que necesariamente se mira a través de un prisma: nadie ha tenido la experiencia total de aquellos acontecimientos (ni siquiera quienes participaron en ellos), y por eso los juicios sobre los mismos son necesariamente sesgados e inconclusos. Sin embargo, sí hubo injusticia (en esto están todos de acuerdo), y hubo dolor, y hubo víctimas inocentes; las guerras, cualquier guerra, son la exaltación por antonomasia de la infamia.
Es clásica la distinción de Dilthey entre ciencias de la naturaleza y ciencias humanas. Las primeras son experimentales y su método, en líneas generales, es el hipotético-deductivo; constatan hechos de experiencia y los explican atendiendo a cómo se producen, cómo interactúan entre sí o cómo pueden ser modificados, así estas ciencias dan lugar al complejo científico-técnico. Las segundas, no buscan explicar los hechos físicos, sino comprender los hechos humanos; de este modo indagan su sentido y el método que requieren para tal cometido es la hermenéutica. Si, por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la guerra civil española, describiéramos los hechos que acontecieron día a día, hiciéramos un listado e intentáramos inferir relaciones causales entre los mismos, no habríamos comprendido absolutamente nada, pues se nos habrían escapado las motivaciones e intencionalidades profundas por quienes los produjeron y, concomitantemente, el impacto en las consciencias de los que los vivieron; no sabríamos tampoco cómo habrían sido modificadas las distintas visiones del mundo de las que eran portadoras dichas consciencias. Son hechos humanos, y como tales, de una índole diferente a los hechos físicos o naturales; por esto mismo no se explican sino que se comprenden, y exigen una metodología diferente a la de las ciencias físicas, una hermenéutica capaz de penetrar en el sentido de esos acontecimientos. Pero es aquí donde entra el conflicto de las interpretaciones; un determinado universo de discurso —presupuestos de los que parte el investigador, conocimientos, vivencias y posicionamientos ideológicos— tendrá como consecuencia una determinada interpretación u otra. La historia es conflictiva y se revisa continuamente; cada época histórica o cada grupo humano instalado en el poder reconstruye sus raíces, sus tradiciones, sus mitologías, y no hay inocencia en ello.
La experiencia de la vida me ha enseñado que existen dos tipos de dogmatismos, ambos igual de peligrosos (y ambos deberían ser igualmente evitables). Uno procede de las posturas inmovilistas de los que se erigen en defensores de unos valores que a la postre traicionan; otro, de los que abogan por un cambio radical del que se sienten valedores y pretenden una reforma, incluso, de la base antropológica, como si la humanidad fuera una materia prima maleable a capricho y no hubiera que pagar precio por ello. Apoyados en una mística de fusión, arropados por la idea de cumplir con un destino, los heraldos de sendos dogmatismos, igualmente inconscientes, optan por la exclusión de los que no se alinean en su bando; sancionan la duda, la crítica y, en el extremo, la libertad; de este modo favorecen el sectarismo más atroz. Estas posturas son lacras de la humanidad desde siempre y tremendamente antidemocráticas; ambas igual de peligrosas por los productos a los que llevan: campos de concentración y archipiélagos Gulag, según sea el caso. Y en medio se sitúan los que explotan las guerras, los buscadores de carnaza, los buitres que se sacian con el despojo. Ganan unos u otros, pero el pueblo, desvinculado de las superestructuras políticas que atraen las catástrofes sociales, invariablemente pierde; sus heridas perduran y difícilmente se restañan.
Por supuesto que existen los absolutos, pero son los morales. “No quieras para los demás lo que no quieras para ti mismo” o “Actúa de tal manera que la norma de tu actuación pueda convertirse en máxima universal”, son imperativos categóricos sin resquicios para la crítica, a no ser que alguien quisiera hacer trampa. Y el valor moral supremo, criterio de verificación de cualquier otro valor, no es sino la dignificación de la vida; todo lo que dignifica la vida es bueno y deseable; lo que la denigra, rebaja o reduce es, sencillamente, un antivalor, algo negativo que se instala allí donde debería haber una positividad. Cierto que las circunstancias matizan la actuación concreta de un hombre particular, pero este hombre ha de tener claro que ni todo vale, ni todo lo que sirve para conseguir un fin es lícito; lo primero supondría la instrumentalización de los demás en provecho propio o de un grupo, lo segundo, la institucionalización  del crimen. Perseguir la justicia y el bien siempre se ha mostrado más fructífero que la justificación del nihilismo y la guerra; olvidarlo conlleva el peligro de caer en la intransigencia de lo sectario en el ámbito de la política, de lo panfletario en el de la discusión de las ideas. La guerra, en principio, no es deseable bajo ningún presupuesto.
Buscar el equilibrio del juicio cuando está gravemente comprometida la emoción es difícil; no obstante, es necesario intentarlo. Mirar el fondo de un abismo sin temblar, contemplar la infamia o el fondo de la miseria humana, puede servir de revulsivo y catarsis: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”, se lee en una placa a la entrada del campo de concentración de Auswitch. Ana María Alcaraz Roca no escribe un ensayo en dos tomos en el que pretenda decir todo sobre unos acontecimientos, sino que escribe una novela cuyo título —tomado de una vieja canción alemana— ya es un indicador: No crecieron rosas sobre sus tumbas. Quizá sea debido a que, como el sentir de la filosofía en la consideración de Gilles Deleuze, le haya otorgado como primera instancia la de entristecer, si bien al final de la misma, y como salida de un túnel, abra la puerta a la esperanza.
El género novelístico, aun siendo histórico, no tiene pretensiones científicas, lo cual ya es un alivio. De este modo, la novela es un género privilegiado que puede asumir determinados puntos de vista sobre cualquier hecho de forma paradójica; de un lado, puesto que sabemos que es una novela lo que leemos, quedan cuestionados en sí mismos tales puntos de vista; de otro, ya que, entre los posibles, suponen una elección de su autor, quedan ratificados en esa perspectiva. No busca la objetividad ni se arroga el monopolio de la verdad, puesto que es ficción; se instala, por el contrario, en lo verosímil y se ofrece al blanco de la lectura, a ese espacio de lo opinable donde se produce un diálogo entre autor y lector. Y entonces indaga y reconstruye el sentir de las consciencias desde una determinada óptica, con y allende los hechos.
Provoca No crecieron rosas sobre sus tumbas de Ana María Alcaraz dos tipos de reflexiones: la abstracta y genérica sobre la historia y su sentido; la concreta y fáctica sobre la intrahistoria. Sobre la primera, hemos bosquejado algunas líneas; se trata ahora de hacer lo mismo con la segunda. Para facilitar esta labor delinearemos su estructura.

La novela se articula de acuerdo a tres tiempos, que sabiamente trenzados a modo de flash back cinematográficos por la narradora, mantienen la atención del lector hasta el final de la misma: tiempo del amor, tiempo del odio, tiempo de la reconciliación. El tiempo del amor toma cuerpo en una mujer, Elisa; el del odio, gira en torno a un acontecimiento, la guerra y sus desastrosas consecuencias; el de la reconciliación, se plasma en la investigación que llevan a cabo Lucía, nieta del protagonista, juntamente con la autora, recurso estilístico este último que sirve para involucrar al lector en la trama. La figura de Damián Ruíz Martínez, el protagonista —hombre sensible y discreto—, traspasa los tres tiempos y los integra en el drama de su propia historia. Un corto pero intenso tiempo de rosas vivirá junto a Elisa (“La imagen de Elisa recortada contra el mar, con el pelo y la falda al viento, como un ave marina presta a emprender el vuelo, quedó grabada en su memoria y la evocaría así siempre que pensara en ella”); tras la muerte de Damián, Elisa lo albergará de tal manera en su corazón que ese recuerdo la llevará hasta el extremo del desmoronamiento irremisible de su personalidad, la locura y el suicidio.
El odio toma por escenario la ciudad de Cartagena, el eje conductor un submarino, el C 2, y el desenlace, el Penal Militar donde será fusilado Damián. Con una gran maestría, la autora, fiel a los hechos reales exhaustivamente documentados, narrará los acontecimientos prebélicos en el Arsenal y la Base de submarinos, la muerte del Chipé, el dilema del contralmirante Molins, quien intentará mantener el sentido común en medio de los dos extremos del odio y por ello firmara “su doble sentencia de muerte” (el odio necesita víctimas expiatorias o minorías con las que cebarse; en una guerra, lo primero que sufre es la verdad); seguirá el relato del asesinato de los militares encarcelados en las bodegas del vapor España número 3, en el que, bien que a su pesar, Damián participará de forma indirecta. El destino somete la individualidad; el desenlace, por consiguiente, está servido: la represión cruenta del bando vencedor hará perecer a los inocentes que estaban en el lugar y momento menos indicado. Damián, zarandeado por un destino que escapa a la posibilidad de su elección, dará con sus huesos en el Penal Militar, donde luego de un sumarísimo consejo de guerra, será fusilado.
La zarpa del odio a veces es tan fuerte que se encarna en ciertos personajes, seres que perdieron el alma y viven para la muerte, por ejemplo, en Paquito Valera, el Piojo, quien disfruta asumiendo una función que no debería ser humana. Y este odio campa, produce dolor y destruye vidas. Un halo romántico y melancólico envuelve toda la novela; un viejo tango de Gardel, El día que me quieras, sonará desde el pasado y nos envolverá en una atmósfera deprimente; un fajo de cartas encontradas en una caja de puros de madera nos conectara con el pasado destruido; la atmósfera que se crea es crepuscular y sofocante, como si la muerte extendiera su ala negra.

Sin embargo, a pesar de la desesperanza y el dolor de aquellas vidas perdidas irremediablemente, de la que la de Damián es paradigma, adviene el tiempo de la reconciliación, y esta es la apuesta de la autora: No apostar por la vida supondría caer en la morbidez del rencor, eternizar el odio. Por eso, la novela desprende la consecuencia, a la consideración del lector, de que hay que restituir la memoria y honorabilidad de los muertos (con independencia del bando en que las leyes del azar los colocaron), para que sigan vivos con nosotros y las heridas de la historia puedan cicatrizar. Al final de la novela, sólo al final, gana la vida ese largo pulso sostenido con la muerte, así puede decir Lucía: “A mi abuelo ya lo he ido encontrando durante este año. Vivía en las cartas del desván, en la fotografía de la boda, en el paisaje de Cabo de Palos, en las palabras de mi tío Mariano. Estaba aquí, ha estado siempre con nosotros sólo que yo no lo sabía”. El triunfo de la memoria supone el triunfo de la vida.
Como última reflexión cabe, cuando se airean estos temas u otros especialmente conflictivos, hacer un alegato al control que la razón, la ecuanimidad y la justicia deben ejercer sobre los impulsos irracionales y excesivamente telúricos. Si se pierde el referente de la verdad, el bien y la belleza, se favorece la pérdida de la racionalidad o, en su caso, se la entrega a la servidumbre de los ídolos del poder o la miseria; en el extremo, como hace años expuso Alain Finkielkraut en un brillante ensayo, La derrota del pensamiento, favorece la barbarie de una mal llamada cultura en la que el pensamiento propiamente dicho está ausente. En este vacío se instalan el sectarismo del fanático y el reino de la confusión del zombie; en cualquier caso, se alumbra la guerra de todos contra todos.



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©
 












sábado, 13 de julio de 2013


ALBORADA DEL GOZO
PEDRO JAVIER MARTÍNEZ
                                                                        


Refiere Jean Guitton en Ensayos sobre el amor humano que “la primera fase del amor es una fase de iniciación, sorpresa y misterio; es una fase nupcial y, por así decir, sagrada, sobre la que los hombres callan aun en sus libros”. Concedamos que el amor comienza con el descubrimiento mutuo, que es sorpresa, por lo que de novedoso y original tiene, y es misterio, por cuanto se adentra en una alteridad ignota, incitadora, pronta al descubrimiento y ofrecida, aunque velada siempre; pero no podríamos conferir que todos los hombres silencian o encierran tal vivencia en el claustro de su intimidad y no quieren hacerla partícipe. Pedro Javier Martínez no está dispuesto a callar sobre su experiencia amorosa. Ya en el soneto programático del inicio de esta Alborada del gozo —por otra parte, excelente—, el poeta, desde la madurez de una vida plenamente cumplida en el amor, convoca su recuerdo y nos lo participa:

Estoy, amor, tras los cristales, preso,
escuchando el bramido de la lluvia
y su caída, atropellada y turbia,
me incita a recordar el primer beso…

     Y es que el solipsismo —un yo incomunicado y cerrado sobre sí mismo— no es posible si existe la realidad del amor. El amor es, por su esencia, relacional, interacción dialéctica, cambio y apertura. Por eso, amar, significa, en primer lugar, abrirse a la alborada del gozo. La alborada es el encuentro del yo con el tú y, el gozo, la emoción que se sigue cuando, por el amor, se rompe el dique de la soledad y se comparte el mismo juego que el amor propicia. Este “yo” es el de un hombre; el “tú”, el de una mujer, única alteridad posible; y aún podríamos precisar más, este “yo” es el del poeta, Pedro Javier Martínez, y el “tú”, el de Josefita Albentosa, permanente amada en el recuerdo que concitan los versos: Si extendiera mi mano, aprehendería/el cielo de tus ojos. Pero huelga/con mirarte un instante/para saberte mi universo único.
   Pero vayamos por partes. El amor necesita cuerpos en qué ejercitarse, bocas en qué sumirse, ojos en qué abismarse; la corporeidad y la forma son exigencia y base de su dialéctica. Si por el amor se transparencia el cuerpo, por el cuerpo se vivencia el amor. Por eso el poeta añade sensualidad, la que enseguida se engalana de dulzura, pues no es su verbo áspero o desabrido sino delicado y transido de ternura acorde con la pasión bella y dócilmente encauzada—a veces, no tanto— y la sensibilidad compartida que nos quiere trasmitir. Buscaba en lo sencillo de las cosas y se encontró con el bruñido zafir de unas pupilas; de este modo, al hallar el poeta esos ojos únicos, abandona toda búsqueda y desciende, al igual que la abeja a la flor, para sorber de los labios de la boca de la amada (y me quedé sorbiendo de por vida/ en la erudita fresa de tu boca.) Bien mencionaba el autor de El collar de la paloma, Ibn Hazm de Córdoba, cuando ponderaba las señales del amor que “es la primera de todas la insistencia de la mirada, porque es el ojo puerta abierta del alma, que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos.”
      Antes de la boca, fueron los ojos; después de los ojos, la boca; consumida la boca, devorada, el pubis. Pero, concluido el descenso de la sensual dialéctica, del pubis se ascenderá a la boca, de la boca a los ojos; así quedará alumbrado el espíritu. No hay aquí juegos malavares de pura retórica, ficción fácil en el vacío; el poeta convoca su experiencia y narra su vivencia. El yo, sujeto amante, no literario sino real, captado por una mirada, se enciende al deseo y sale fuera de sí en la dirección de la boca que le marca el fulgor de un destello, el tú, sujeto amado, constituido de repente. Por libar esta flor ofrecida se anula y se pierde, mas luego retorna a sí mismo, con más consciencia de sí —ensanchado, profundo—, pues en la alteridad encuentra su razón de ser y de existir. Y esto es enriquecerse, perderse y encontrarse: el yo deviene en el tú y el tú en el yo, hasta el punto que ambos se trasforman y ya no son más yo ni más tú: son, simplemente. Este parece ser el orden, en espiral y dialéctico, que nos marca Alborada del gozo, transformándose de esta manera el poemario, casi imperceptiblemente, en un tratado poético del amor.

     Luz para los ojos es el amor (Para hablar de la luz,/he de echar mano del brillo de tus ojos, como el relámpago, impactante en su fulgor, dice el autor en brevísimo poema.); la luz es apertura, y donde brilla, no hay oscuridad, desaparecen las sombras. Mar para la boca es el amor (Tu boca, inquieta a veces/ como una mar abierta y agitada…); la mar —siempre en femenino en la voz del poeta— es amplitud, serenidad o agitación, y, por la mar, la mar: un azul frente al azul de los cuerpos desnudos y vencidos. Para el amor, anchura y libertad, un ruiseñor del beso que nada lo entretiene, horizonte, trigal y aire en estampida de golondrinas; hay blancura, albor, inocencia primera en ese juego sacro y ceremonial del sexo, alboroto, mas no inane laberinto de pasiones. Y esta sexualidad de la que el autor hace gala y recrea hasta el extremo como danza tántrica se expresa frecuentemente en imágenes orales de impactante originalidad, con sus invariables reverberaciones de los mares o los ojos: ¡Ay el sexo furioso de tus ojos/empujando deseos en mi lengua!
  ¿Qué es el amor? Para Pedro Javier, encuentro, sí; también libertad, sí, suprema libertad; y luz, y mar, sí; sexo, boca, ojos, sí; gozo, albor, sí. Todo eso y más; El amor, final y definitivamente, es destino, o, si mejor se quiere, estado: Tus ojos, con destino en mi destino/desembocando en luz sobre mis ansias. De otra manera dicho: … y adivino/que no existe a mi vida otro destino/que el dios de tu dulzura. La relación a la que invitaba la dialéctica del amor, desemboca, estrechada hasta el extremo, en la confluencia de un destino único para los amantes: Quiero seguir ungido por tu noria/ayuntados en un mismo latido... Pero digo también que el amor es estado —lo que no se le hurta a la consideración del poeta—, porque antes del amor era el amor; de ahí esa búsqueda incesante en ansias de la alborada que lo revela y el gozo como consecuencia, celebración y cumplimiento. Y es que la raíz prístina del amor es el encuentro incondicional en la libertad de los amantes que se quieren para siempre, lo que también es luz —homologación de sus consciencias por sus cuerpos—; luz no otra sino la fiesta del espíritu: su vuelo. Cumplida queda de esta forma la dialéctica del amor, y quizá por esto el poeta pueda decir: Soy de aire y de aire en tu mirada/y la brisa que baila en tu cintura.

  A una larga trayectoria literaria salpicada de títulos imprescindibles en la biblioteca de quien se quiera sabedor del panorama de la poesía actual, entre los que cabe destacar Los jinetes de lo impuro, Premio Torrevieja de poesía, Pedro Javier Martínez suma esta Alborada del gozo y pone el listón un poco más alto.



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©
 

viernes, 12 de julio de 2013

ALIZARES DONDE MIRÉ... (II)

ALIZARES DONDE MIRÉ… , UN POEMA DE FULGENCIO MARTÍNEZ (II)


III

“ma arma román en aquest món dammada”
Ausias March

Yo no te mentía,
duermo sin pararrayos,
mal, y mojado;
mentir aún no sabía
madre, junto a tu cabecero:
(jura) yo no he robado nada.
El yeso se me ha caído del alma
pero yo, no he robado nada.

Las aguas mansas de las tinajas, las aguas tremolantes de los batanes, concurren en flagrante tormenta, inundación y diluvio:

Yo no te mentía

El poeta esgrime su palabra, que es su defensa; pero, de antemano vencido, pronunciada su condena. La cita de Ausias March desde lo remoto, ya presagia la derrota de todo vuelo en la palabra o con la palabra. Sigue lloviendo, se intensifica la lluvia:

duermo sin pararrayos
                                               mal, y mojado.

La prohibición de la madre, la que guarda en su centro las energías vitales, escudo, no surte ningún efecto, el deseado, al haber sido transgredida. Pero, ¿cómo? La madre lleva al “crío” a su forma acabada; lo dirige y lo anima. La madre es crisol de fuerzas mas, ahora, yace en el lecho –¿de qué adolencia?–, junto al poeta. Es injusto el condicionamiento, injusto el sufrimiento, injusta la muerte, delicada ternura. El mal no es justificado ni justificable. La felicidad se exige como un don de la existencia. Y la existencia es verdadera porque encarna en la felicidad inocente del niño, la que no miente:

mentir aún no sabía
                                               madre, junto a tu cabecero.

Mas el yeso desconchado, al igual que las aguas oscuras, nos transporta hacia una atmósfera de deterioro y de muerte, de inocencia perdida; el yeso, como la escarcha, impávido, helando el corazón ante un asombro. La casa se hunde, como la de Usher, abierta la grieta, sin pararrayos que la proteja. Aun así, se atreve el poeta, proclama su inocencia frente al cabecero de la madre:

El yeso se me ha caído del alma
                                               pero yo, no he robado nada.

La madre es refugio, y también es juez. La madre nutricia, aquella encastrada en los dominios de la cocina, es la que también sanciona de forma inapelable. ¿Qué expiación de culpa hay aquí? La consciencia de la trasgresión del mandato no supone el menoscabo de la inocencia como algo irreparable. En esta tercera parte del poema, las afirmaciones –que son exculpaciones– se han sucedido como truenos que anteceden al relámpago; sin embargo, no se elude el severo juicio, la conjura de su declaración, la impelencia ante el destino. El poeta, más allá de la palabra, rescata, la que sugiere, su inocencia de crío. Y proclama su juramento, jura:

yo no he robado nada

Un juicio es una crisis, una disputa, una riña, un regaño. Disipado el niño, la consciencia suplanta a la existencia. El ser se inunda. En lo sucesivo sin protección: en el fulgor de la tormenta desatado se embaten con vértigo los arquitrabes y los arcos, las lianas y los nudos. La mentira es lo negativo, es el cierre, es el límite, es la ceguedad, es la ignorancia; lo femenino engañoso y lunar invoca a lo femenino protector, pero antes se ha de pasar –el poeta–  por un umbral de lluvia, covalente. La columna del rigor impone su severa dialéctica.
El poeta siente los azotes de la lluvia, torrencial; en él vierten todas las escorrentías. Sigue lloviendo, es una lluvia negra y sucia que inunda. El mismo tiempo es un círculo que retorna tras opaco laberinto para expresar el desencanto de la futilidad del presente, lo eterno. Y lo cotidiano es vivenciado como continuo morir, fuera del círculo protector de los pantáculos de la infancia, los cromos, círculo de Oro, Edén perdido, Jardín de cerrado retorno:

pero yo, no he robado nada.

Insiste, patético, hasta el final, sin el yeso del alma, al desnudo, lastimeramente –podemos suponer, incluso, con respiración entrecortada–, presa de su berrinche, y con miedo, con derrota; con el enojo tan metido dentro, como un niño muy pequeño, medroso, la patencia de la razón anulada, obsesivo, obnubilante, a gritos, con llanto, con lágrimas en los ojos, hasta el final:

pero yo, no he robado nada.



IV

                                              
Adonde un día con otro
                                   me sumo, arrójame madre
                                   un san Blas contra los ahogos.

                                   La que me ponías de niño,
                                   con un cordoncito, del cuello,
                                   pequeña figura de barro, de oro.


Inocencia y culpa, decíamos. A lo que debemos añadir: Culpa y Redención. Y Esperanza. El poeta se sabe heredero de su pérdida, su ignorancia o su inocencia; la conscienciación del estado del mal reclama con urgencia la protección de la dulzura y de la misericordia de la madre –detrás de un niño que llora siempre hay una llamada a la madre: La Madre. La atmósfera especial de alusiones en la que hemos sido envueltos en las antecedentes partes del poema, halla su resolución en la invocación a la madre de esta última, y la súplica concomitante. La figura de la madre se engrandece, se convierte en algo más que mera madre natural y deviene madre cósmica; ella transmuta, con sus manos, la “cadena” del inicio, la de los alizares, en el “cordón” del final, al cuello, que porta en su centro un san Blas de oro. Un círculo cierra a otro círculo; lo que asfixia se convierte en lo que libera. Surge el canto a la Gran Madre, imperceptiblemente. Pero antes de entrar a explicitar tan sugerente resolución, conviene precisar una circunstancia.
La cuarentena que va desde el día de la Natividad hasta el de san Blas, es tremendamente significativa; y si ponderamos el hecho de que la fiesta del santo coincide con la de la Candelaria, la presentación del Niño Jesús –el Niño Rey– en el Templo, este evento se alumbra portentosamente, aún más si cabe.
Fiesta solar y del Fuego –en clave astrológica, andaría cerca el punto angélico–, la Candelaria es el preludio de una expiación: la cuaresma; corazón del invierno, ahí llueve, a modo de fuerza concedida, el fuego de lo alto.
El dos de febrero numerosas ermitas sacan al santo milagroso, que cura los males de la garganta, en procesión. Yo he visto en estas romerías como el santo, adornado con manto luengo y rojo, lumínico, navega entre el mar de las palmas de los fieles devotos. La piedad popular sabe lo que ignora el teólogo.


La intuición del poeta atisba los portentos. El simbolismo de la cadena reaparece, pero transmutado. Pide el poeta un suplicatorio contra el mal –los ahogos–, o contra esa asfixia que le produce la temporalidad, síntesis de cualquier condicionamiento, vivenciada en su imperturbable monotonía, ágrafa y sin sentido, donde los cromos son horas o son días, o son incluso años, que se pegan y se arrollan a los alizares, y forman la cadena:

                                               Adonde un día con otro
                                               me sumo…

Y es ahí, como instante fuera del tiempo, donde la madre juega su poder salvador; la madre lejana se hace próxima e inaugura un nuevo tiempo. La madre no sólo da consistencia a la raíz del ser –lo nutre–, el hijo –madre nutricia–, sino que también lo cuida y mantiene en la existencia, amorosa: le propicia el vestido, envoltorio protector de cualquier amenaza externa. La madre artesana hila y teje un lienzo o una túnica, o un cinturón, o un escapulario, o un cordoncito de oro a modo de tahalí, con un san Blas:

                                                           …arrójame madre
                                               un san Blas contra los ahogos.

El papel salvador de la madre deshace todo mal; las manos de una madre son suaves y dulces. Congrega la madre todas las fuerzas vitales, las reúne; en su claustro ha dado el don de la vida a un nuevo ser, y ese don, cuando se ve amenazado, es el que ahora repara con intensidad creadora: ella dona un alma y un sentido y un aliento; repara el daño, cura las heridas, reintegra al hijo y lo baña en la fuente de la Vida. Virgo. Madre virginal, portento, canalizadora de energías, coronación; madre lustral, crisol de transubstanciación: “¡arrójame un san Blas!”.
La madre deviene transmisora del fuego vital de lo alto –el san Blas–, regenera lo roto, reencuentra lo perdido, resuelve la situación inadmisible con una resolución efectiva; ella asegura el “paso” y permite que el poeta o el hombre recupere y reintegre la inocencia de la infancia, su ser primordial. La madre dona la gracia, baña y regenera en su poder. “¡Arrójame un san Blas!”: un círculo protector de oro, un talismán –con su magia–, una figura redonda y protectora, ovoide, ontológica –barro convertido en oro–, como muralla que cierre y selle el espacio de niñez y de inocencia, ido irremediablemente para siempre, mas reencontrado, definitivo:

                                               La que me ponías de niño,
                                               con un cordoncito, del cuello,
                                               pequeña figura de barro, de oro

Alizares donde miré... de Fulgencio Martínez es un poema circular que evoca círculos. La propuesta de la elipsis y de la sugerencia velada decide magistralmente el juego del poeta; todo el significado del poema ha quedado encerrado en ese “cordoncito” del final, pero albergamos la sensación de lo mucho que de él se nos escapa –su significado. Y es que es un viaje muy personal ése que va del ser a la consciencia del ser, y retorna. La madre, no exenta de hieratismo –pues es a la que se alude y con la que se dialoga a lo largo del poema, aunque nunca responde (parece como ausente, de presencia invisible), ya la sintamos más lejana o próxima–, dispensa el hilo de Ariadna necesario para deambular por el laberinto de la vida o del poema. Ella vela con ojos inmaculados sobre este viaje, simultáneo –presencia única– a su mirada.


Alizares donde miré…

I

Alizares donde miré
impávida escarcha.
Aquí, en una pared de la cocina,
pegaba, de niño,
los cromos de las horas.
Enfrente: dos palomas rojizas
con sus buches hinchados,
hasta el tapete de madera
–con su cenefa morisca–
llenas siempre de agua.
Nunca las vide sino así:
siempre llenas de agua.
(Mi madre no quería
que me asomara yo al fondo
de orzas o tinajas; el fondo,
donde el verdín se aposenta.)

II

El humor que había en mis venas de crío,
¿por qué batanes ha pasado?
La cometa está rota pero vuela
a ras del cielo: la palabra también,
mas vuela, ¡ave de presagios y altura!

Todavía vengo a escribir, madre,
un bando de palomas y de neblíes,
un hombre es una jaula tirada por leones,
el ser humano es un libro,
                                               y un arca
y un libro es un barrote
de la jaula tirada por leones.

III

“ma arma román en aquest món dammada”
Ausias March

Yo no te mentía,
duermo sin pararrayos,
mal, y mojado;
mentir aún no sabía
madre, junto a tu cabecero:
(jura) yo no he robado nada.
El yeso se me ha caído del alma
pero yo, no he robado nada.

IV

                                Adonde un día con otro
                                me sumo, arrójame madre
                                un san Blas contra los ahogos.

                                La que me ponías de niño,
                                con un cordoncito, del cuello,

                                pequeña figura de barro, de oro.



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©