jueves, 18 de julio de 2013

LOS ARCANOS MAYORES DEL TAROT

LOS ARCANOS MAYORES DEL TAROT
VALENTIN TOMBERG


Cuando la editorial Herder en 1972 (edición en español, 1987) publicó Los arcanos mayores del Tarot, todavía no se había revelado su autoría, por lo que, con una Presentación de Robert Spaemann y una Introducción de Hans Urs von Balthasar, la obra apareció como anónima. Más tarde el gran público conoció a su autor: Valentin Tomberg.
Personaje curioso este Valentin Tomberg. Si los acontecimientos externos de cada biografía de algún modo son índice de lo que sucede en el interior de una persona, no cabe duda de que Tomberg fue una figura crística. De hecho parece que su gran aspiración fue construir una Cristosofía; en un primer momento, siguiendo los jalones dejados por Rudolf Steiner, en un segundo, a raíz de su conversión al catolicismo, incorporando el acervo del hermetismo cristiano.
Valentin Tomberg nació en San Petersburgo el 27 de febrero de 1900 en una familia burguesa y recibió una educación esmerada. Sus inquietudes espirituales, a la sazón de los 15 años, le llevaron al contacto de Rosacruces y teósofos de diversa índole; a los 17 leyó La ciencia oculta de Rudolf Steiner y quedó hondamente impresionado. Delineó, pues, su camino espiritual según los pasos del sendero antroposófico.
Lo que, en principio, parecía un futuro prometedor para el joven Valentin, quedó truncado por la revolución rusa. Muerto el padre, el hermano desaparecido, presenció el fusilamiento de su madre por los soviets. Se exilió a Tallinn (Estonia), donde para sobrevivir tuvo que realizar los más diversos trabajos, los que simultaneaba con sus estudios antroposóficos. Espíritu libre, pronto chocó con las jerarquías de la Sociedad Antroposófica; se suceden así una serie de afectos y desafectos con los antropósofos, propios de un thriller esotérico. Rompe con los antropósofos de Estonia, rompe con los antropósofos alemanes, y ya en 1938, viviendo en Rotterdam, rompe con la rama Antroposófica de Holanda. Quiero pensar que a los celos que suscitaba su vigorosa personalidad se sumaron sus opiniones sobre Hitler, en quien veía uno de los siete grados de revelación del anticristo, figura satánica por mediación de la cual operaban los poderes ocultos. Si la sinceridad sigue a la clarividencia, no es de extrañar que se convoquen los poderes de las sombras para silenciar a cualesquiera osados delatores. Tal ocurrió con Steiner, tal ocurrió con Tomberg.
En 1943 hizo un intento de entrar en la Iglesia Ortodoxa, pero fue rechazado por mantener ideas de corte esotérico. Es en 1945, dada la espalda a su anterior fase vital, que se convierte al catolicismo, aunque sin perder su libertad de espíritu. Muchos de sus antiguos correligionarios lo tildaran de traidor. Tomberg, el traidor. La calumnia y la difamación lo perseguirán hasta la tumba. Su muerte acontece el 24 de febrero de 1973, en Mallorca, durante un período de descanso, antes había terminado dos trabajos fundamentales: Pacto del Corazón y Meditaciones sobre los Arcanos Mayores del Tarot.
Hace algún tiempo tuve la suerte de asistir durante tres años consecutivos a un seminario sobre Los arcanos mayores del Tarot (todavía no se nos había revelado su autor) bajo la dirección de Emilio Saura. Los primeros jueves de cada mes nos reuníamos para realizar nuestra propia meditación. A la exposición de Emilio seguía un diálogo entre los componentes de aquel peculiar grupo que pretendía una mayor profundización en el significado de las XXII láminas de estos arcanos, de sus símbolos y de las resonancias y analogías suscitadas entre los mismos; así fue que fuimos devorando con mayor o menor fortuna, según la disposición de cada cual, las 709 páginas que, en mi edición, componen el libro.
¿Qué aportan Los arcanos mayores del Tarot? Calor, cercanía, humildad. Querido amigo desconocido, invariablemente es la fórmula con la que el autor comienza la meditación sobre cada lámina. Querido amigo, hay en esta expresión ternura, intimidad convocada, disposición para la confidencia, propias para la transmisión de un secreto; desconocido, pues el autor pretende dejar un legado a voces, esparcir la simiente de una enseñanza por el camino. Es curioso, el autor hace sus confidencias a un desconocido con la confianza de que no será defraudado. Un desconocido habla a otro desconocido en tono cordial y franco (no podía ser de otra forma) sobre los secretos de la Sabiduría. Una seguridad íntima, una certeza interior, le llevan al autor a presentarse así, en pura desnudez intelectual, sin ambages que lastren la comunicabilidad, de tú a tú. De este modo las meditaciones sobre las láminas del Tarot son confesiones de ultratumba purificadas por el paso por la muerte.
Se sitúa Tomberg bajo la perspectiva del hermetismo cristiano. El hermetismo cristiano no es otra cosa que el culmen de la vigorosa tradición esotérica occidental, y supone, al pronto, dos prenotandos: 1) Hay un Maestro de todo maestro, y es Cristo; 2) De forma derivada, el texto bíblico, sobre todo los Evangelios, son una suerte de ejercicios espirituales capaces de transformar a quienes los realizan diligentemente. Con respecto al primer prenotando hay que decir que es el mismo Cristo quien se define como el Camino, la Verdad y la Vida. Por esta razón solo hay un esoterismo posible: el conocimiento de Cristo, medio y meta de toda indagación espiritual. Obviar tal eventualidad supone caer en el ocultismo de más triste acepción. El segundo prenotando enfatiza la convicción de que la única puerta de acceso al conocimiento de Dios, el hombre y la naturaleza en profundidad son las Escrituras. No basta con leer y releer el texto, lo que puede llevar a un conocimiento intelectual o abstracto del mismo, válido ciertamente, pero mutilado y disminuido. Se trata de penetrar el texto con una admiración creciente (como, por ejemplo, hace el cabalista), pues no es el Dios de la letra el que se trata de conocer, sino el Dios vivo, creador de un universo de jerarquías vivas.
Así, pues, la meta de los ejercicios espirituales es la profundidad. Ahora bien, el simbolismo es la lengua de la profundidad, pues solo los símbolos son capaces de reavivar las capas profundas del alma; de ahí la importancia que adquieren los arcanos mayores del Tarot, útiles catalizadores de trasformación. “Son auténticos símbolos —dice Tomberg, nada más comenzar la meditación sobre la primera lámina, El Mago—, es decir, operaciones mágicas, mentales, psíquicas y morales que evocan nuevos conceptos, ideas, aspiraciones y sentimientos.” Para que den su fruto se han de meditar en el recogimiento y la soledad propios del discipulado de la noche, aquel que siguen los herméticos. De esta forma, el vínculo común que une a los herméticos no es otro sino los ejercicios espirituales y las experiencias que implican, la profundidad a que conllevan. ¿En qué consiste dicha profundidad? Indudablemente, en un acopio de conciencia, en una ruptura de nivel, en una mayor comprensión del misterio de Dios que se corresponde con una elevación del ser.
Se podría decir que la filosofía hermética es una especie de unidad holística, por cuanto la experiencia vivida (o vívida) se aúna al conocimiento de la mística, la gnosis, la alquimia y la magia sagrada. El hermético, por tanto, es aquel ser que experimenta y vive en sí mismo el ser, el saber y el poder; es decir, quien reúne en sí mismo la hondura de la mística, la sabiduría directa de la gnosis y el poder realizador de la magia. En este sentido su ideal es básicamente alquímico, lo que significa que cuanto más se transforma, más verdaderamente humano se vuelve, pues “más se manifiesta lo divino subyacente a la naturaleza humana en él, o, lo que es lo mismo, la imagen y semejanza de Dios”. El hermetismo, pues, transforma al hombre, le ayuda a convertirse en lo que verdaderamente es según su esencia o naturaleza; ello implica un proceso de “sublimación” por el que lo vil o lo bajo queda crucificado. Pero por esta crucifixión, como dice san Pablo, puede emerger el hombre nuevo. Este nuevo hombre es el ser libre por antonomasia; aquel que, vivificado por Dios, ha sido también rehumanizado, y, por rehumanizado, llevado a la realización en sí de la imagen y semejanza divinas, las que portaba de manera, escondida y vulnerada, en su interior.

El hermético sabe que la realización de su más alta posibilidad es un don de Dios, pero también sabe que no por eso debe eludir el propio trabajo. Así, pues, se hace necesario un proceso de iniciación para alcanzar tan alta meta, que no consiste en otra cosa diferente al saber saber. Precisa Tomberg: “El iniciado es el que sabe preguntar, buscar la respuesta y emplear los medios aptos para llegar hasta ahí”. Ahora bien, esta triple sabiduría de saber preguntar, buscar y actuar, solamente los ejercicios espirituales la enseñan; por ellos, pues, el iniciado aprende el sentido práctico (y en filosofía hermética no hay otro sentido que el práctico) y la infalible eficacia del arcano de los tres esfuerzos reunidos, que constituyen la base de todo ejercicio espiritual y de todo arcano: Pedid, buscad y llamad, tal como expresa San Lucas (11, 9): “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán”. Así, pues, ¿qué enseña la filosofía hermética? Enseña cómo preguntar, buscar y llamar para llegar a la experiencia mística, las luces gnósticas y el efecto mágico de lo que se pretende saber de Dios.
Por consiguiente, el iniciado o hermético ha de desarrollar, en primer lugar, una aptitud: la aptitud para saber saber. Esta aptitud, a su vez, implica el desarrollo de dos sentidos: el de síntesis y el de iniciación. Por el sentido de síntesis el hermético sabe propiciar no solo una síntesis entre mística, gnosis y magia, sino también una resolución de antinomias, en principio, irresolubles, y en última instancia, la resolución más importante de todas: la del punto blanco de arriba, cegadora luz que tan solo contiene luz, con la del punto negro de abajo, la oscuridad del subconsciente. No otra cosa propone la Tabula Smaragdina: “Verum sine mendacio, certum et verissimum: Quod est inferius est sicut quod est superius, et quod est superius est sicut quod est inferius, ad perpetranda miracula rei unius.” Cuando el hermético consigue la neutralización de cualquier binario o la solución de las antinomias, entonces se dice que ha realizado el don del negro perfecto; es decir, supera la conciencia egoica, en cuanto la trasciende hacia una mayor luz, por el hallazgo de una síntesis suprema, la que como verdad anida entre las dos oscuridades, la de arriba y la de abajo. Pero lo realmente interesante es que el esfuerzo por realizar la síntesis, lleva hacia el sentido de la iniciación, que es el de la profundidad; el cual, como fin práctico tiene la realización del hombre de autoridad (del hombre-padre), y como fin espiritual, como ya ha quedado dicho, se orienta hacia el Dios vivo y la vivificación que proviene de Él.
Para terminar esta breve nota de presentación de Los Arcanos Mayores del Tarot y siguiendo con la aclaración de cuestiones que podríamos considerar preliminares entorno a la indagación espiritual, quiero resaltar que el iniciado o hermético no solo debe de desarrollar una aptitud, en los dos sentidos expuestos, sino que parejamente ha de desarrollar una actitud. Esta actitud es la de El Ermitaño, tal como lo expresan los símbolos de la IX lámina. Valentin Tomberg trae al respecto una cita de Éliphas Lévi: “El iniciado es quien posee la lámpara de Trismegisto, el manto de Apolonio y el báculo de los patriarcas.” Traduzcámoslo: Por la lámpara, el iniciado posee el don de hacer brotar la luz de las tinieblas; por el manto, crea una segunda piel con la que se aísla de la mundaneidad, esto es, del sordo y opaco discurrir de humores, prejuicios y anhelos colectivos; por el bastón, posee un sentido realista que le lleva a tactar la realidad, no con uno, sino con tres pies, por lo que avanza con una experiencia inmediata de lo vivido sin intervenciones ajenas a él mismo. Por todo lo cual, podemos decir que el iniciado o hermético es el hombre prudente por antonomasia; difícilmente tomara postura o partido por algo, difícilmente levantará la voz en la asamblea pública. Al igual que los contemplativos, aunque sus obras y su meta son esencialmente prácticas, incluso a pesar de su índole espiritual, se retirará del mundo para llevar una vida disciplinada y austera, en la que tomen relevancia la oración, el oficio divino y el estudio.
 

Alguna vez se ha hecho mención a las tensiones que hay en el seno de la iglesia, que aparecen en su mismo nacimiento, y no obstante se resuelven de manera musical y estética; Von Balthasar, sin ir más lejos, habla de la sinfonía de la fe. En la horizontalidad, la iglesia judaizante de Santiago, conservadora, valedora de las obras, pugna con la iglesia abierta a la gentilidad de Pablo, integradora, la que hace hincapié en la fe. Pero en la verticalidad se sitúa la iglesia de Juan confrontando a la de Pedro. La iglesia de Pedro tiene el poder y las llaves; la iglesia de Juan, el apóstol que en la última cena reposó su cabeza junto al corazón de Jesús y quedó abrasado por su Amor, posee el perfume y el fuego.



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Jesús Cánovas Martínez©
 

miércoles, 17 de julio de 2013

TAMBIÉN EN PRIMAVERA MUEREN LOS CISNES

TAMBIÉN EN PRIMAVERA MUEREN LOS CISNES
ANTONIO SOTO ALCÓN

Se ensayan, con frecuencia, clasificaciones acerca de las maneras de hacer poesía, según prevalezcan ciertos elementos o notas distintivas en los poemas; de la misma manera se clasifican a los poetas, y así tenemos nóminas sobre qué poeta pertenece a tal tipo de corriente o a cual otra. Para no perder tan acendrada costumbre, voy a proponer una nueva clasificación: la de aquellos poetas que son independientes, pues su arte constituye una expresión de sí mismos, lo cual conlleva que su poesía venga marcada por el signo de la autenticidad, y la de aquellos otros que, con anterioridad a cualquier acto de escritura, realizan un estudio de campo, por así decir, sobre el rumbo o la línea poética predominante en un determinado momento, y tal eventualidad les lleva a ponerse con la pancarta —seguimos con los juegos analógicos— delante de la manifestación. Antonio Soto, por fortuna, no pertenece a éstos últimos. Desde hace ya algunos años, he tenido la suerte de seguir su trayectoria y puedo decir que cada nuevo libro que da a la imprenta supone una sorpresa. Recuerdo que Dámaso Alonso al enjuiciar aquel admirable libro, Cántico, de Jorge Guillén, comparaba las diversas ampliaciones a las que el poeta lo iba sometiendo a lo largo de sus sucesivas ediciones con la misma expansión del universo. Al igual que desde un punto inicial surge el espacio y el tiempo, y la energía se difracta y se concentra para dar lugar a la multiplicidad de galaxias y soles, se generan así sus poemas en expansión creciente —dice Dámaso en la analogía—, más ricos, más plurales, con más carga significativa. Algo parecido hay que decir de la obra poética de Antonio Soto. Desde aquel poemario inicial En aquellas las islas del alma (Premio Armilla, 1998), hasta el poemario objeto de esta reseña, También en primavera mueren los cisnes, cuyo título no sin razón alude a un poema de Bukowski, el poeta ha trazado una línea multívoca, abierta, en continua crecida, sugerente y sincera.
Al enfrentar el poemario, lo primero que sorprende es su densidad. La mayoría de los poemas que lo componen son sustantivos, en los que se eluden las adjetivaciones superfluas; versos cortados a escoplo, hirientes como una navaja, caen rotundos como mazazos en alguna parte del alma, la sajan o martillean desde principio hasta final del libro. Son lapidarios los momentos inaugurales de los poemas, por eso encontramos inicios de este tipo: Aposté por mí como se apuesta por un caballo, Sentí vergüenza al contemplar la muerte, Entré en la vida / y me encontré con la nada... O finales de estos: En mis ojos llevo una tumba, Yo también canté bajo los árboles... Parece como si el poeta, consciente o inconscientemente, hiciera un ejercicio de autoconocimiento, una catarsis liberadora del desencanto y la tristeza que se le pega a la piel como una camisa sudada, una mancha, un tatuaje. Por eso en el libro hay lucha y tragedia, aunque también hay que decirlo, no aspavientos, no gestos inútiles ni melodramáticos, sino serenidad lúcida, irrevocable, y aun anhelo y esperanza por validar la vida.
El sujeto poético pronto sitúa al lector en la perspectiva de su propia temporalidad y le transmite la sensación de que tal vez hayamos ya vivido lo suficiente —Atardece en el parabrisas de mi coche, expresa Antonio Soto en el poema que lleva por título Una huida hacia delante—; es hora, pues, de establecer las medidas del valor. Y como fiel de tal balance la serenidad pondera, repito; mas es la serenidad del voyeur que ha visto la estupidez humana, el vaciamiento de miradas, los hombres sin rostro y la crueldad sin relieve de una vida que ha perdido el horizonte del amor. No sin razón el título del poemario conlleva una carga simbólica de fuerza arrolladora, pues el cisne es uno de los atributos de Afrodita, la diosa del amor, y hete aquí que éste también muere, en primavera, la estación por antonomasia donde el amor se exalta. Es que el poeta busca el amor, y no lo encuentra: Subí a los áticos de tu corazón / y en su altura sentí vértigo. O quizá, sí; pero el amor, en su cúspide, llevado al clímax, en su tremendismo se iguala al desamor.

 La consecuencia de tal estado anímico no se obvia: la muerte, como contrapartida del amor, queda expuesta a la mirada del poeta, y le sorprende a cada instante, en cada curva de cualquier carretera. Por eso mismo, en el poemario adquiere especial patencia otro símbolo, el del viaje, con el que se expresa la búsqueda incesante de sentido; una búsqueda ciega por los verbos transeúntes que ascienden o descienden escaleras —suben a cimas de contemplación o descienden a los infiernos del alma, aunque, por otro lado, Bajar, subir, qué importa, así confiesa el poeta en Invierno—, pero que, sobre todo, insisten en el deambular hacia ninguna parte por esas autovías, de ciudad a ciudad, tendiendo puentes en los que amenaza el suicidio, para llegar a otra ciudad, tan solo a otra ciudad. Estuve en una ciudad de la que nunca /aprendí su nombre: /Ströke, Hans-Ströke, Van-Ströke..., leemos en el magnífico poema Ciudad del Norte, y en otro lugar, se expresa de forma más contundente: Avanzo por esta ciudad/ que no me lleva a ninguna parte. Es la ciudad la que transita, no el camino; el viaje es lo real, ya que supone un resquicio para la esperanza, no la ciudad, en donde el amor no existe. La conciencia de extranjería se impone, por concomitancia, como añadido ineludible: Oh, ciénaga humana donde todo desaparece, / yo no soy de este mundo. Así surge, por último, tras la conciencia del exilio, de no pertenecer a ninguna parte, y la consiguiente condena a una extra-vagancia sin término, el anhelo del paraíso perdido, aunque al trasluz y casi por reducción al absurdo.
Rotura interior, y su reflejo: rotura de lo social. Si la muerte es desamor que trasciende las fronteras del ego; la negación del amor, niega cualquier pronombre y también la caridad: Un idiota sonríe en la puerta de una iglesia y en su mirada —dice el poeta— /sentí la inocencia del mundo. Sin embargo, porque su Reino no es de este mundo, la enajenación es signo de Dios. También en primavera mueren los cisnes se revela, de este modo, con un trasfondo tremendamente religioso. En el poema programático del inicio, su autor ya nos lo advierte: Hoy, he visto a Dios en un charco, expresión que podría pasar por irreverente, si a su hilo no se siguiera, casi con insistencia fenomenológica, la descripción de ese charco, las entrañas del odio, un teatro de crueldad, si me permite la expresión Antonin Artaud.
Por la ciénaga del mundo el poeta transita con una conciencia tremendamente lúcida, y aun así, en ese deambular, encuentra la inocencia, aquello por lo que todavía ese mundo caído y de derrota puede adquirir valor. Esta inocencia se halla en la debilidad; así, cualquier ser débil o que sufre es objeto de su atención. Y tal vez porque, en última instancia, quizá conciba que todos somos víctimas y verdugos, no hay en el libro reprobación de nada ni nadie, sino exposición llana de lo feo o lo cruel. Pero la inocencia golpea un alma sensible.
Antonio Soto quiere salvar porque sabe que lo bello es efímero y la flor se puede alumbrar en medio de la tristeza y la basura; por eso expone y nombra: nombra a los “caídos” y marginados —las putas, los vagabundos, los gays, los poetas, los perdedores...—, y, porque los nombra, los salva; al signarlos pretende su rescate de la muerte, es el último recurso de la vida: la voz, el grito tal vez. Y es ese mismo rescate que también pretende de la naturaleza herida, de la que se siente solidario, y aun opera una suerte de identificación con la misma en poemas tan emotivos y tremendos como La perra de la estación o El pequeño zorro.

Conforme se va objetivando la estupidez, la fealdad, el dolor de la ciénaga, cuya metáfora es la ciudad; conforme crece y toma cuerpo esa apuesta por el débil, se objetiva de igual modo, y crece, la conciencia del exilio. El poeta niega y se niega, así que finalmente grita. Y porque grita desde el fondo mismo de sus entrañas, un cisne le mira a los ojos; y porque grita también desde los suburbios de su angustia, como hijo pródigo que ha experimentado todas las caídas, puede concebir un retorno, añorar y pedir los brazos amorosos del Padre.

Pido yo por Antonio Soto, para que sobre él no recaiga la venganza de los mediocres.




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Jesús Cánovas Martínez©
                                                                    



martes, 16 de julio de 2013

EL DESEO O LA LUZ

EL DESEO O A LUZ
MARIANO VALVERDE RUIZ



Una disyunción siempre es un enigma a resolver, una encrucijada, un nudo a desatar, un reto. Al proponer una disyuntiva en el título, quizá el autor esté expresando su naturaleza escorpiniana, retadora por principio —la que, dicho sea de paso, es muy apta para comprender las cosas del amor—; o, quizá quiera hacer alusión a un guiño o una sonrisa puesto que ni el deseo ni la luz se excluyen, ¿por qué lo deberían? El deseo que surge allende los dominios invisibles de la noche conlleva en su seno la carga de la luz que se torna vida, y, esta vida, vuelta vida y luz, en más luz se convierte cuando retorna al punto invisible que le dio origen. Deseo y luz se compaginan, se convierten el uno en el otro y así se transforman mutuamente en espiral dialéctica. Esta suerte de metafísica, pronto se comprendió en Oriente; por eso el tantrismo sacraliza la sexualidad como vía de conocimiento e iluminación. En nuestro mundo occidental, sin embargo, tan alejado de sus orígenes (y de cualquier origen), considerar el sexo supone hablar de algo meramente trivial, vaciado de cualquier contenido o carga metafísica; afirmar su sacralidad, por consiguiente, en estos tiempos de terror que corren, por excesivo, tal vez pudiera mover a risa. No obstante hay que recordarlo: no siempre fue así, ni tiene que ser así. Es propio del poeta remontar con su emoción y entusiasmo sobre las trivialidades al uso, y aun asumiéndolas, transportarse desde la cotidianeidad sin relieve hasta la comprensión de lo que, tras ella, otorga el sentido y, en última instancia, la inmaculada blancura del Ser.
Mariano Valverde insiste en los misterios de la sexualidad, grata, y tortuosa, vía de conocimiento. Así, El Deseo o la Luz se remonta a la concepción originaria de Eros, tal y como aparecía en el pensamiento griego, entendido como impulso creativo o luz primigenia que irrumpe desde la oscuridad de la Noche —Aristófanes piensa que nació de un huevo puesto por la Noche, quien lo había concebido con Érebo, la Oscuridad— o, como relata Hesíodo en la Teogonía, desde el Caos primigenio. Es el responsable directo de la fuerza creativa de la naturaleza y del orden de las cosas, y así era adorado en los misterios de Eleusis como protogonos, el primero en nacer, quien comunica la vida y la luz a los demás seres. Entendido de esta manera, Eros es una fuerza cósmica de primera magnitud con un poder ilimitado capaz de doblegar a dioses y hombres, y no un mero compañero de juegos y travesuras de Afrodita, ciego y alado, como la tradición posterior quiere verlo; menos aún será aquel dios incompleto que Platón considera hijo de Poros, la Abundancia, y Penía, la Pobreza, queriendo simbolizar con esta doble ascendencia lo precario del amor, el deseo insatisfecho o la plenitud frustrada, porque sería imposible de colmar al faltarle constantemente algo. Esas concepciones devaluadas de Eros podrían ser válidas para cualquier otro que no fuera Mariano Valverde, pero no para él. Porque en su poemario implícitamente rebate la concepción de Platón. Desde el primer poema hasta el último, creando una trabazón sólida entre los mismos, afirma con tal plenitud la vivencia del amor que no deja resquicio alguno para la carencia, tampoco deja traslucir un banal capricho, intenso pero pasajero. Si en El Deseo o la Luz aparece el juego erótico, es desde el postulado de la certeza, no desde la ambivalencia del azar, porque el poeta ya ha elegido compañera para tan sublime juego, Adela, la mujer en la que Mariano condensa a todas las mujeres y a quien dedica el libro.

Si de la resonancia de la globalidad del libro, venimos a la consideración de sus líneas concretas, cabe resaltar un eje fundamental de sentido: su aspecto de comunión. Comunión entre los cuerpos de los amantes, con la naturaleza, con el mundo sidéreo, especialmente con la Luna, comunión entre sus almas y comunión de sus cuerpos con sus almas. Estas diversas comuniones, con-uniones, no son otra cosa que la concreción del canto de la luz y la transparencia; desde un mundo bruto y opaco, el deseo se hace luz y expande la transparencia; la intimidad de los amantes reluce y los transforma. Da la impresión de que aparece en el libro una suerte de viaje iniciático por el que se transita desde los momentos inaugurales del encuentro amoroso hasta la asunción de una nueva conciencia, previo paso por las cimas del éxtasis sensual y su arder en llama purificadora, en la que se quema lo innecesario: En llama de gemidos, pura lumbre,/ agua y cuerpos ardiendo, sólo fuego,/ brasas en rojo vivo al aire, brasas...  Es así que los tiempos verbales se eclipsan frente al origen de todo tiempo, el infinitivo. Junto a ti quiero ser infinitivo: /amar, amor, amar, tan sólo amar, como una letanía del gozo, el poeta repite por tres veces al final de cada una de las tres partes del poema Leve retórica del deseo. 
El tema del carpe diem cae como un añadido, una explicitación de lo obvio de la dicha: Vive y siente te digo, y después vive/ sin mirar lo que dejas consumido. Ahora bien, sólo en la consunción por el fuego se llega a la recuperación de la unidad perdida, esto es lo definitivo de la vivencia del amor, y vivencia a pleno pulmón, sin disfraz, sin tapujos, sincera y desnuda. Por eso, en la desnudez de su vértigo o deseo, ha aprendido el poeta algo más: tras la misma proximidad arrebatada de los cuerpos, tras el encuentro amoroso, es la luz la que perdura en el alma de los amantes, definitivamente transformadas sus almas en luz, en transparencia mutua. Así, de forma lapidaria, dice el verso con el que se cierra el poema Te acercas: Estás aquí y yo en ti. Eres. Soy. Somos.
En la alquimia, el Mercurio surge del matrimonio real del Rey con la Reina; este nuevo ser es el Andrógino divino, transparente y completo, algo así como la Luz de la que habla el poeta: Somos luz o deseo en un momento/ de piel en llama cerca de las horas/ que olvidan el invierno tras las manos. Y lo demás, si existe, no nos falta. La rúbrica de la dicha, habrá que repetirlo, es el presente. Y a éste nada le falta ni le sobra.
En lo referente a la forma, el libro está compuesto fundamentalmente en endecasílabos, aunque de vez en cuando también afloran algunos heptasílabos. Conviene este metro al tono generalmente hímnico de sus poemas. Pero en cuanto a los recursos estilísticos lo que más llama la atención  es la apuesta por una técnica de mestizaje, que consiste en mezclar la expresión trivial con el cultismo, propiciando de esta manera el acercamiento de palabras con campos semánticos distintos, a veces divergentes, y que procuran la metamorfosis de las imágenes en rotunda fuerza expresiva. Por ejemplo, sean estos versos: Empiezo a ser efluvio de la esperanza/ bajo el talle ceñido a tus caprichos... O éstos: ...y mis ojos y mis manos vulneran/ tu secreto: el prurito que descubre/ una braga de negros arabescos.
El Deseo o la Luz, es un poemario gozoso de sensualidad derramada, en donde se apura el néctar que ofrece su copa, en la fiesta de Eros, trascendido de mieles y palabras oblicuas.



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Jesús Cánovas Martínez©
 


                                                                        





lunes, 15 de julio de 2013

LAST AUTUMN´S DREAM

LAST AUTUMN’S DREAM
MANUEL DATO



Yo no sé por qué el autor, Manuel Dato, le da un título en inglés a su poemario, Last autumn’s dream, “El último sueño de otoño”. El caso es que suena bien, “last autumn’s dream” (lost otomns drim), y su fonética nos introduce en un mundo melancólico e intimista que el poeta recrea con sus versos. El otoño es la estación propicia en la que maduran los frutos del amor; éste, a modo de bucle, se repliega en sí mismo y dispara su recuerdo, acuna su emoción y proyecta sus anhelos. En otoño el amor se redime a sí mismo y quiere abarcar tanto sus momentos de luz como de sombra. Por eso son complejos los sentimientos con los que el poeta se debate; junto al calor que produce la confidencia, añadirá el punto del misterio, el toque de lo extraño o la sorpresa, la inquietud: Esta ciudad me mira/con ojos de sorpresa y niebla,/asusta la quietud,/el olor a calle violada. (pág. 18). También tomará forma la pesadilla: ¿Cuándo acabará esta cuerda?, se pregunta al inicio del poema de la pág 39, para, luego de una serie de interrogantes sin respuesta, acabar: Pero es muy de madrugada/y todo es distancia y miedo/y esta cuerda. La llamarada de la pasión ha dejado paso a la majestuosidad de la hoguera, pero ésta preludia el ascua y la ceniza, un territorio de ciega desesperanza.
El carácter narrativo de los poemas se ajusta a ese soliloquio que el autor quiere compartir con un tú en la niebla, con una amada demasiado cercana a la vez que distante (quizá imposible), con un lector ahí, quién sabe si con el aire o con el propio aliento, con esa su misma palabra que se enrosca en una serie de preguntas acuciantes y traspasadas: ¿Tú sabes cómo huele el silencio/cuando el tiempo está deshabitado,/y el espacio se puebla de soledades? (pág. 34). ¿A quién se dirige el poeta? En cualquier caso, es una pregunta que arrasa, inquietante, que da la medida de las páginas con las que el lector se enfrenta. Y, como respuesta a la misma, aparece una indagación sobre el propio yo, al que el poeta circunloquia con versos y perífrasis que claman por un sentido: Yo no sé del transcurso del tiempo/si los días que nos aguardan/serán de rejas o de abrazos… (pág. 23). El sentido de la vida es tiempo que se diluye en la propia existencia de quien lo habita: No hay tiempo, somos el tiempo. (pág. 24).
Al leer Last autumn’s dream la primera imagen que me ha venido a la cabeza ha sido la de un río que fluye manso o tormentoso según los accidentes del terreno; después ha sido la de un sendero que se interna por los montes a la búsqueda de paisajes ignotos, al igual que las calles se quiebran o serpentean por una ciudad gris y de niebla. El autor postula su experiencia, y ésta es expansiva. Los días se ven alejarse entre las lindes de un río devastado de recuerdos, ésos que concitan preguntas sin respuesta, enigmas, acertijos. Las calles de una ciudad sin nombre por las que el autor transita no tienen fin, y pueden arribar sencillamente en el burdel o la tristeza. El lector pronto se ve envuelto en este deambular insomne, y la metáfora del viaje de repente la hace suya y vibra con el autor cuando el pensamiento vuelve insistente la pregunta por el sentido. Pero es el otoño, tan próximo a su andar, que se hunde y lo hunde inexorablemente en el frío: Presiento que los pies/se han calzado de nostalgia,/se disponen a doblar la esquina/y a morir de cuesta. (pág. 51).

Tiempo y memoria; río y existencia. Los recuerdos se desvían hacia el pretérito perfecto de las posibilidades del niño; el adulto las medita y nos invita al viaje. Flotan en el poemario, junto con las preguntas angustiosas, los recuerdos amenos del poeta, y suponen un remanso de amor en ese fluir trágico de los días que se dirigen a su propia disolución. Esos recuerdos flotan, regresan un momento a la orilla en la que resplandecen brevemente, efímeros, de frágil sustancia, y retornan de nuevo al agua para diluirse, confundidos en el río intemporal de la vida. Las cosas, los hechos, los fenómenos, toman así consistencia; con su voz, en su verso, les da existir el poeta. Y surgen la esposa (Cuando me llames confirma el horario de tus labios (pág. 40)) y los amigos (…pero sabed/que para este viaje/hay que afianzar los verbos,/y llenarlos de pronombres… (pág 27-28)), transitan en la memoria, pero concluido el tránsito vuelven al fluir del río. Lo próximo se hace diferente; en la cotidianeidad aparece el hálito de la extrañeza y el misterio, detrás de una puerta, de una esquina. Lo sencillo se encierra en sus enigmas, se oculta a la mirada que le dio la vida, imperceptible sombra dispensada por la palabra del poeta.
Caminamos de la mano de Manuel Dato, esa sensación tenemos, hacia una serenidad última, hacia una sabiduría propiciada en la que desemboca el otoño, el frío, como contradicción de la esperanza abolida, pues la palabra, al designar las cosas y los sentimientos, al tener el poder de convocar los recuerdos, trae consuelo. La amistad salva; el amor que se comparte salva; quien ha amado, ha vivido. Esta parece ser la conclusión que al final se desprende de Last autumn’s dream. Se aleja un caminante que vino de la niebla y va hacia la niebla, pero en su paso se libera del peso de la existencia cuando la signa con sus versos, en la palabra.
Afortunadamente no pertenece Manuel Dato a cierta caterva de poetas fingidores de gesto hinchado y esteticista, huecos. Son suyas las palabras siguientes:
Soy fiel a mi poesía cuando, tanto en la ficción como en la realidad, me doy entero y directo, con todo mi yo viviendo y sintiendo cada verso, disfrutando y sufriendo el tema y sus circunstancias, sublimando el yo protagonista y su dramática. Ése es mi gozo, el único patrimonio que tenemos los que no vivimos del verso sino en el verso y con el verso de nuestro propio existir. 
Sea.



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Jesús Cánovas Martínez©