viernes, 18 de abril de 2014

GETSEMANÍ DOLIENTE

GETSEMANÍ DOLIENTE



Nada del vacío
se apodera
de tu tácito rostro,
palma ferviente
del bosque en silencio,
tatuado reflejo
de sombra que alza
un olvido seco
y silencio
unánime.

Vente a mis ojos
para verte,
cruz concurrida
que tanto me adentra,
que tan hondo me llaga
rompiendo un silencio
u otro silencio,
un abismo al abandono
u otro abismo
del bosque en penumbra
de mi alma.

Me agolpa,
poderosamente aquí,
el rostro de mi sino,
y rasga extinto
algo el aire
que adentra
la vida que me das
y que me quitas.

No comprendo el abismo
de tu sueño en punta
de mi anhelo,
el morbo del abandono
traspasado
como quieren mis ojos,
el poder del silencio
exaltado o generoso
con el que puedes
abrazar las cosas.

No duele tu silencio,
solo el olvido.
Amanecer con sueño
aurora aplaca,
y queda enloquecido
de acosos,
tatuado reflejo
mi corazón.

Por eso, en el aire,
aunque todo calla,
explosión de pájaros.
Lengua inconclusa
presenta la muerte
o recuerdos al fin
de no poder seguir
siendo hombre.
Getsemaní doliente.



(Kyrie Eleison. Ed. Betania)
Todos los derechos reservados.
Jesús Cánovas Martínez©


jueves, 17 de abril de 2014

KYRIOS

KYRIOS



Los pedregales y el polvo
del camino,
los espinos y las zarzas
fruncen tu seca garganta.
Sol ya atardecido
y una palabra
en fiebre tus ojos arrasan,
y agostan desérticos
esplendores
ante los áridos harapos
de los doce,
que apenas comprenden...
«Unos que Juan el Bautista...
otros, que Elías,
o alguno de los profetas...»

Cuaja el sol carmines,
rojos violáceos, bronces
en la encrucijada árida
y ávida
de elemental
presencia de tu boca:
Con inminente afán
y sequedad angosta,
la soledad,
difícil al riesgo
enigmático de tu prisa,
desgarra confusas
ilusiones.

Espesura de ojos
no taladran tu Abismo.
Vuelo de pájaros
en olvido continuo,
el tiempo desviste
tu oculta plegaria.
Pendes de un rezo
ante la muerte.
Aprender es duro.

...Profuso rostro,
desde el silencio quebrantado,
arriesga impotente
una grácil
ternura racional:

—Apaga mi sed,
pero no me olvides...

Desgarra la prisa
el hondo
misterio iconoclasta
de los niveles de tu olvido,
con más profundidad misma
en tu silencio.

El Poder no miente;
solo afirma,
amoroso y cálido,
certidumbre escueta:

—¡Sé que existes,
y basta!


(Kyrie Eleison. Ed. Betania)
Todos los derechos reservados.
Jesús Cánovas Martínez©

miércoles, 16 de abril de 2014

LAS TRES PASIONES DE CRISTO

LAS TRES PASIONES DE CRISTO




Casi es de rigor reconocer que Cristo sufrió, no una, sino tres pasiones; las tres fueron simultáneas y se sumaron la una a la otra; esa suma supone el crescendo de una angustia hasta el extremo de lo intolerable. Dos de ellas exploran los límites últimos de las fronteras del dolor y el sufrimiento a que el hombre puede llegar, el límite de la miseria humana; la tercera explora el abismo insondable de la misericordia de Dios.
La pasión física comienza en Getsemaní. Nos dice san Lucas que Jesús oraba transido de suma angustia hasta el punto que comenzó a sudar sangre (Lucas, 22, 44). La hematohidrosis es un fenómeno relativamente poco frecuente (un caso por cada ocho millones de personas) que se produce ante una intensa emoción o el terror que produce la proximidad de la muerte. Los capilares subcutáneos se dilatan de tal manera que terminan por romperse y, al entrar en contacto con las glándulas sudoríparas, la sangre, mezclada con el sudor, mana copiosamente por la piel. El conocimiento de la muerte, hace más angustiosa la muerte. La hematohidrosis sufrida en Getsemaní dejó la piel de Jesús especialmente dolorida para lo que enseguida llegó.
Así comenzó la pasión del Señor: con efusión de sangre, sangre que no cesó hasta la última gota. Ahora bien, si el sufrimiento es el procesamiento psíquico del dolor, por el dolor podemos inferir la medida del sufrimiento. A la pasión física como necesidad le sigue la psíquica; o quizá al revés, porque ambas se autoimplican. Jesús se duele y sufre; y este dolor y sufrimiento, desde la angustia de Getsemaní hasta su muerte, alcanzó cotas terribles: no de otra forma podemos entender cómo un hombre sano, en la plenitud de su vigor, durara tan solo el breve laxo de veinticuatro horas.
Jesús sabía que iba a morir, como estaba predicho por los profetas; aquel cáliz no pasaría de largo, como lo suplicaba al Padre. ¡Qué poder tiene el pecado, y, por el pecado, qué terrible el poder ejercido por Satanás sobre el género humano! ¿Acaso el Hijo de Dios debía morir como víctima propiciatoria para la expiación de nuestra culpa? Estamos frente a la tercera pasión de Cristo: la espiritual.
Jesús lo conocía todo, y no solo porque se encontraba en un estado de lucidez extrema, sino porque gozaba de la presciencia divina. Pero el conocimiento de una futura experiencia, no excluye lo horrible de esa experiencia; al revés, la vuelve más traumática. Saber que tenía que pasar por la muerte, y muerte de cruz, aun con la certeza de la resurrección, no le excluía el trago de ese amargo y dulce vino de olvido. Además, su muerte no era una muerte sumada al montón de las otras muertes (incluso con lo de único que tiene cualquier muerte), porque él era Dios.
Adelantó la traición de Judas, la negación de Pedro, la dispersión (por no decir cobardía) de sus íntimos. Sabía lo que iba a ocurrir, y cómo. Sabía que su crucifixión era ineluctable. Sabía de todos los dolores a pasar, de todos los sufrimientos. Sabía ya de las vejaciones ante el Sanedrín, de la malicia de los sumos sacerdotes, de los insultos, de los bofetones, de los salivazos; conocía cómo reaccionarían Herodes y Pilatos, los juicios que se cerraron en falso. En Getsemaní adelantó su flagelación, la coronación de espinas, el calvario, la mofa, el abandono, la crucifixión y la muerte. Adelantó una humillación tras otra, y el dolor, el dolor hasta el extremo: magulladuras, excoriaciones, dislocación de los huesos. Isaías no escatima imágenes y lo presenta triturado, molido, repudiado: «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes». (Isaías 53, 2-5). Y el salmo 22, lo prefigura de esta forma: «Como el agua me derramo, todos mis huesos se dislocan, mi corazón se vuelve como cera, se me derrite entre mis entrañas. Está seco mi paladar como una teja y mi lengua pegada a mi garganta; tú me sumes en el polvo de la muerte». (Salmo 22, 15-16).
Quizás las imágenes que nos presenta el film La pasión de Cristo de Mel Gibson, el cual sigue con fidelidad los Evangelios a la vez que se inspira en las visiones de Ana Catalina Emmerich, no sean tan exageradas como algunos pretenden y hagan una somera justicia a la realidad de lo que ocurrió. Una realidad, por cierto, tras el estudio de la Síndone, corroborada por un médico forense, Pierre Barbet, en su obra La pasión de nuestro Señor Jesucristo según un cirujano. Pío XII, al leer esta obra, lloró impresionado por la atroz crueldad de los tormentos sufridos por el Señor.

Sin embargo, la primera de todas las pasiones, según el orden esencial, es la espiritual, pues las otras dos se alumbran por ella: palidece el dolor ante ella y palidece el sufrimiento; dolor y sufrimiento hacen referencia a medidas humanas, no a medida de Dios. ¿Qué rotura en la Creación hace necesario tan magno sacrificio? ¿Y qué terrible abismo se puede abrir en el seno de Dios cuando la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumiendo en sí la naturaleza humana, clama desde la cruz: Elí, Elí, lama sabaktaní?


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                                                 Jesús Cánovas Martínez©

martes, 8 de abril de 2014

JUVENTUD Y PERVERSIDAD

JUVENTUD Y PERVERSIDAD



Hay que partir de un hecho: El ser humano es capaz de hacer tanto el bien como el mal, pero hace más el mal que el bien, y en los últimos tiempos esa tendencia ha sufrido un proceso de aceleración.
Por tener una experiencia directa, dada mi profesión, puedo establecer algunas comparaciones. Comparo, por ejemplo, el tiempo de mi adolescencia y primera juventud, con los tiempos que actualmente corren. He visto cómo se ha ido degradando, no solo una situación, sino una actitud. En gran parte de los jóvenes y adolescentes actuales no encuentro aquella rebeldía, en gran medida sana, que movía a mi generación ante el desagrado que nos producía la constatación de un mundo corrupto; por el contrario, encuentro más bien actitudes acomodaticias con el mundo de la perversidad. Un porcentaje elevado de los jóvenes de hoy en día no buscan el cambio, sino que aceptan sin más el mundo perverso y tratan de adaptarse a él, así que desarrollan los comportamientos hábiles para sobrevivir en ese mundo, como son la mentira, la hipocresía y la traición; sin omitir el abuso con el débil, el subjetivismo hipertrofiado e insolidario o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Aunque los jóvenes de mi época pudiéramos estar equivocados en cuanto a los medios con qué modificar una situación, y posiblemente lo estábamos, el cambio lo sentíamos como urgente. Era necesario restituir la justicia social. Tomábamos conciencia de un mundo que no era perfecto sino perverso, y, por perverso, no lo aceptábamos; en consecuencia, nos rebelábamos contra él.
Traigo a colación un libro que por aquella época constituía la cabecera de muchos de nosotros: Siddhartha, de Herman Hess. Su protagonista, el joven Siddhartha, criado en palacio entre algodones, sufre un impacto conmovedor cuando sale al mundo y descubre las realidades terribles que lo pueblan: la pobreza, la enfermedad, la vejez y la muerte. Este conocimiento le supone tal revulsivo que le lleva a un cambio radical de vida; dejará la comodidad de palacio y se embarcará en un viaje, fundamentalmente interior, en el que cobrará especial protagonismo la búsqueda de la verdad junto con el intento de encontrar una llave capaz de evitar el sufrimiento humano. Tras años de búsqueda que parece infructuosa, en los que no le quedan ahorradas las penurias, al joven Siddhartha le llegará finalmente la iluminación y se convertirá en Budha.
Ese toque no demasiado agradable de un mundo caído en donde campea la perversidad, la conmoción interna que le produce y el intento de ponerle remedio, convierten a Siddhartha en paradigma de cualquier joven, en principio, sano. Claro, no todo el mundo está hecho de la pasta de Siddhartha, por seguir con el ejemplo, y lo normal es que sean pocos los que lleguen a una conversión en Budhas Gautamas. Para ello fallan muchas cosas, y no solo la pasta. Por de pronto, el joven, por su falta de experiencia o por la arrogancia que le es propia, es más fácil de engañar que el adulto, y las seducciones del mundo perverso son hoy, si cabe, acuciantes hasta el extremo de la locura; ese potencial que hay en él de cambio y renovación quedará en no poca parte frustrado, a la larga o a la corta.
Pero es aquí donde vengo a la comparación entre la juventud de mi época y la de ahora. El joven de mi época, por lo general, desarrollaba esa actitud que he denominado sana; quería que el mundo fuera mejor, añoraba la justicia y, de algún modo, pedía la felicidad para todo el mundo. La toma de conciencia de que el mundo era una mierda le llevaba a pensar que había que hacer algo al respecto, aunque ese algo consistiera en rebelarse sin ton ni son, o, simple y llanamente, escaparse de él. Eso ocurría, por supuesto, en un inicio; después llegaba lo que eufemísticamente se llama la cruda realidad, pues hay que subsistir en el día a día y, por consiguiente, hay que establecer cierto pacto de no agresión con las potencias enemigas.
Ahora las cosas no son así.
He asistido a una degradación creciente, paulatina y acelerada en lo que se refiere a la pasta de las nuevas generaciones. Si esto lo percibe cualquiera que tenga un mínimo de cordura o sensibilidad, mucho más lo percibimos los que por profesión estamos cerca de la juventud. Hay una gran diferencia cualitativa entre los alumnos que tuve en mis primeros años de docencia y los de ahora. Y resalto el aspecto de la cualidad porque, aparte de mostrar una mayor receptividad a la enseñanza, aquellos de entonces eran mejores personas. Realmente, quedo asombrado por el grado de perversidad de que son capaces los nuevos: la mentira ha hecho plaza en una gran mayoría de ellos, la insolidaridad, la intransigencia, las actitudes excluyentes; funcionan con la trampa (lo que se ha convertido en norma), con la calumnia, con el matonismo, con la crueldad; se arrogan de derechos pero son incapaces de aceptar un mínimo de responsabilidad; lo quieren todo pero no dan nada a cambio. Ciertamente, siempre ha habido gente así, pero en los últimos tiempos abundan. Queda un resto, sí, los mejores, aunque es de ley reconocer que están sitiados y cada vez son menos.
Me temo que por primera vez en la historia, de forma inédita, estamos ante un hecho insólito: el motor del cambio no lo constituyen ya las nuevas generaciones sino las antiguas, esas a las que se les ha pasado el arroz pero siguen siendo depositarias de ciertos valores; lo cual es un índice inequívoco de la lamentable degradación y corrupción a que ha llegado nuestra sociedad.


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                                               Jesús Cánovas Martínez©



viernes, 4 de abril de 2014

A PROPÓSITO DE GESTAS Y DIMAS: LA DISCRIMINACIÓN DE LOS ESPÍRITUS

Son múltiples las crucifixiones a que nos va sometiendo la vida, pero todas ellas palidecen, por graves o dolorosas que sean, ante la Crucifixión por antonomasia.
Mi querida amiga, Ana María Alcaraz Roca, hace algunos años me presentó a José Luis García Bas, director de La Voz del Resucitado, revista procesional de Cartagena (España). Se inició de este modo una colaboración mía en una serie de números de dicha revista. Reproduzco a continuación uno de aquellos trabajos con los que participé.

Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo, acepta morir en la cruz para remisión de los pecados del género humano. Junto a Él, a sus flancos, son crucificados dos malhechores: Gestas y Dimas.




A PROPÓSITO DE GESTAS Y DIMAS: LA DISCRIMINACIÓN DE LOS ESPÍRITUS.

                   
                   


Tal como relatan los evangelistas, Jesús fue crucificado entre dos malhechores, y mientras uno de ellos lo injuriaba, el otro lo defendía. El relato de Lucas dice así: «Uno de los malhechores crucificados lo insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo reprendió, diciendo: “¿Ni siquiera tú temes a Dios, tú que estás padeciendo el mismo suplicio? Nosotros con justicia, pues estamos recibiendo lo merecido por nuestras fechorías. Pero éste nada malo ha hecho.” Y añadía: “¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino!”. Él le contestó: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.» (Lc 23, 39-43). La tradición nos ha trasmitido el nombre de estos dos malhechores, el malvado, Gestas, y el buen ladrón, Dimas, el primer hombre en entrar al paraíso, haciendo honor a la sentencia evangélica de que los últimos serán los primeros. Dimas, de esta manera, es también el primer santo, y la iglesia católica lo refleja en el santoral el día 25 de marzo.
Son muchas las reflexiones que este episodio nos suscita. Por de pronto: ¿Qué ocurrió en el alma de san Dimas para defender al Señor del ataque del otro ajusticiado e implorar seguidamente su misericordia? Tal vez algo más que el sufrimiento y la cercanía de la muerte: La profunda conmoción que le produjo el encuentro con Jesús. Esa misma conmoción lleva a Dimas al reconocimiento que de Él hizo como verdadero Dios. El inocente es crucificado, sí, pero el inocente es Dios; el Único inocente. Y si, por otra parte, solo Dios puede salvar, pues es dueño de la vida y de la muerte, Dimas, desde su corazón roto —y, debemos pensar, sinceramente arrepentido de sus pecados— emite un poderoso grito de fe: “¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino!”.  El Único inocente, el Único en el cual no hay mal y muere crucificado por nosotros es quien nos puede salvar de la verdadera muerte. La respuesta que le dio el Señor, la conocemos, es categórica y no da lugar a equívoco: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús, aparte de la salvación de Dimas, proclama la existencia de la vida eterna.
Ahora bien, del otro malhechor, Gestas, nada se nos dice, sino que desde su propia miseria eleva una mofa tristemente patética, a la par que ridícula, contra Jesús; no encontramos en él indicio alguno de la profunda conversión al Señor operada en san Dimas, ¿por qué? Al que esto escribe, hacer esta pregunta le produce sobrecogimiento, estupor y temor. ¿Se puede insistir tanto en el mal hasta el desprecio de la propia salvación? Dice el evangelista que Jesús se hallaba crucificado entre ambos malhechores. Gestas, no lo reconoce como Dios salvífico; Dimas, sí. Jesús, Jesús crucificado, es piedra de escándalo, y sobre Él se produce la discriminación de los espíritus. Vivir y morir no es un juego, y la libertad se nos aparece como un tremendo misterio.

En el intento de comprender estas dos actitudes recurrimos a Ana Caterina Emmerich. Cuando relata la pasión de Cristo, nos dice al efecto de los dos ladrones, que Gestas era mucho mayor que Dimas y había seducido a este último involucrándolo en una vida fuera de la ley; Dimas fue arrastrado por su carácter débil, pero en el fondo de su corazón no estaba de acuerdo con esta forma de vivir. Le faltaba únicamente el encuentro con Jesús, quizá su mirada, para arrepentirse de cómo se había conducido. Esto último ocurre en el monte Calvario. Dimas, conmovido íntimamente, defiende al Señor y le pide que se acuerde de él. “Un corazón quebrantado, Tú nunca desprecias”, dice el Salmo.
Dicho lo precedente, lo cierto es que en el relato evangélico podemos detectar una especie de itinerario en el alma de Dimas hacia el Señor, según cuatro pasos que se acompañan de otras tantas confesiones: 1) Dimas, a pesar de haber llevado una vida reprobable, cree en Jesús, lo respeta y teme; así confiesa su soberanía. 2) Dimas defiende a Jesús —no toma su Nombre en vano— a la misma vez que confiesa su divinidad. 3) Dimas asume su castigo como justo; esto no puede ser posible sino por un arrepentimiento sincero; la confesión de su propia culpa lleva a la expiación de la misma. 4) Dimas pide el perdón, se abandona a las manos misericordiosas del Señor; confiesa la vida eterna.
No significa que estos momentos del itinerario del alma de san Dimas hacia el Señor se sucedan en el orden propuesto; salvo el primero, pueden ser simultáneos. En cualquier caso, denotan una profunda conversión, y, por sí mismos, nos ofrecen cuatro puntos de meditación en los que cada uno de nosotros debería detenerse.
¿Se salvó Gestas? Nos gustaría responder que sí, como también nos gustaría afirmar que lo fueron Judas —en principio, el hombre más deleznable— o los grandes azotes de la humanidad, Hitler o Stalin, por ejemplo: sería maravilloso que el infierno existiera pero estuviera vacío. Pensamos que si ciertos monstruos han podido salvarse, ¿por qué no nosotros que, sin dejar de ser monstruos, lo somos menos que aquellos? Si aquellos otros se han salvado, ¿no nos será más fácil obtener la misericordia divina? Pero si discurrimos así, necio no sería pensar que el juicio de Dios, al querer hacer estas pequeñas trampas, no contemplara nuestra propia mezquindad. Ahora bien, una vida de maldad desemboca en la reprobación, pero ¿quién conoce el corazón del hombre? ¿Y quiénes somos nosotros para juzgar cuando el verdadero juicio solo lo puede realizar Uno, Aquél que conoce el mismo filo donde se separa el alma del espíritu?
¿Dónde se sitúa el momento de nuestra vida a partir del cual es imposible el retorno? Si hablamos de una posibilidad de salvación allende la muerte física, deberíamos considerar, por un lado, que Cristo, en los tres días que su cuerpo estuvo en el sepulcro, bajó a los infiernos para liberar a los justos que allí se encontraban; ciertamente, estos infiernos (de infieri, lo que está debajo) no son la Gehenna, esas tinieblas exteriores en donde son expulsados los réprobos una vez emitido el último juicio; el sheol —concepto hebreo de infierno— recluye a justos e injustos, pero ni es lugar ni estado definitivo del alma. Por otro lado, san Pedro, en su primera Epístola, recuerda que Jesús, «entregado a la muerte según la carne, fue vivificado según el espíritu, y por este espíritu fue a predicar a los espíritus encarcelados» (1 P 3, 19-20), y más adelante dice: «Porque se ha anunciado el evangelio aun a los muertos, precisamente para que, condenados en carne según hombres, vivan en espíritu según Dios» (1 P 4, 6). Por lo que tampoco debemos suponer sin más que estos muertos (¿qué necesidad tenían de predicación?), aun no perteneciendo al grupo de aquellos otros justos en espera de la liberación, se hallan en un estado en el cual fuera imposible su conversión, y, por consiguiente, su salvación. Nos adentramos, una vez más, por los territorios del misterio: ¿Cómo es la existencia en los estados intermedios?; entre la muerte física y la posibilidad de esa otra muerte, la segunda, de la que Jesús habla en su encuentro con Nicodemo, ¿qué ocurre? En cualquier caso, aun en el supuesto de que nuestra vida futura se decidiera en esos estados, ciertos ajustes en la actual no deberíamos dejarlos para el último momento, no vaya a ser que entonces ni podamos ni recibamos ayuda, tal y como les ocurrió a las vírgenes necias o al rico epulón; al fin y al cabo, quien en esta vida ha rechazado a Dios (máxime si lo ha hecho con saña), ¿cómo en estados de existencia no ejecutivos pudiera ser que se convirtiera? El día del Señor vendrá como ladrón en la noche.

Al margen de la discusión teológica sobre si es posible la redención en los estados post-mortem, podemos relegar el tema de la salvación o condenación de Gestas a la esfera del enigma. Solo Dios puede juzgar, y a Él solo compete el último juicio. Nosotros podemos tener indicios sobre la condenación o salvación de alguien, según la vida que ha llevado o las obras que ha realizado, pero no podríamos predecir con exactitud sino a riesgo de equivocarnos cuál es el destino último de las almas; la fe se otorga por la gracia y, como tal, es el último milagro que Dios puede operar en nosotros, así en el caso de san Dimas, quien, por su fe en Jesús, pudo convertir su sufrimiento en martirio; y, no lo olvidemos, el martirio es la mayor obra que un hombre puede ofrecer a Dios. Ahora bien, ¿es necesario algún tipo de preparación por nuestra parte para recibir la fe? Por supuesto que sí: las obras de misericordia, la limosna y la oración.
Las consideraciones mencionadas deberían promover en nosotros una actitud de extrema humildad. Por un lado, hasta el último momento, no queda decidida la suerte de nadie, pero este último momento solo Dios lo conoce; por otro, cierto temor debe embargar nuestro corazón hasta el punto de darle dos fuertes aldabonazos: Primero, suministrar el impulso hacia una vida responsable y de verdadera conversión, y, segundo, provocar un sincero ofrecimiento de nuestro ser al amor de Dios, al abandono a su misericordia, pues Dios no es otra cosa sino Amor.
Otra reflexión que podemos realizar acerca de este episodio hace referencia a la parábola del trigo y la cizaña. Al final de los tiempos, habrá un juicio en el que el trigo y la cizaña serán discernidos. Pero, al margen del gran campo de la historia universal al que directamente se refiere la parábola, también podemos considerar su alusión al campo de nuestra alma, donde crecen juntos el trigo y la cizaña: en nuestro último día, a la caída de la tarde, como dice san Juan de la Cruz, nos examinarán de amor, y seremos trasformados, para el bien, sufriendo la quema de lo malo, en aras de una purificación, para que lo bueno brille más, o, quizá, para la locura y la muerte, y sufrir de este modo la mordedura de ese otro fuego que jamás se consume; Dios quiera que seamos discriminados según el trigo. Por nuestra parte, una actitud de alerta, de precaución, de lucha, parece que es la salvaguarda contra la posibilidad de la condenación. En la terminología de san Pablo, el hombre viejo ha de ser crucificado para que surja el nuevo, es decir, la tendencia hacia la concupiscencia debe ser contrarrestada por el cultivo de la virtud.
Y, sin embargo, nuestra lucha, dice san Pablo, no es contra la carne ni la sangre, sino contra las potestades de los aires. Podemos establecer, pues, una nueva analogía y ver en san Dimas a la humanidad doliente, seducida, secuestrada y aherrojada al fondo de la humillación por las potencias del mal; una humanidad, ciertamente, culpable de su desgracia, pero no del todo, pues fue un factor externo, el diablo y su envidia, quien la sedujo y precipitó a tal estado; vulnerada, corrompida por esa herida inferida, se dejó arrastrar y así enraizó el mal y se multiplicaron las desgracias que padecemos. Este mal tiene las raíces profundas, hasta el punto que cuando tomamos consciencia de nuestro estado caído, tenemos la impresión de hallarnos en una cárcel y no poder hacer nada por nuestras fuerzas; más aún, tomamos consciencia de que, conocido el pecado, nadie es digno del rescate, nadie merece el amor de Dios.

Afortunadamente para nosotros Dios escapa a toda medida humana; Dios, por su misericordia infinita, quiere salvar al hombre a toda costa. El drama de la pasión de Jesús, en la lógica del amor de Dios, cobra de esta manera un sentido sorprendente, hasta el punto de conmover el corazón de cualquier hombre de buena voluntad. Dios, por su amor, se desborda. Si Dios no hizo la muerte, Dios, en Jesús, muere por nosotros; si Dios no es responsable del pecado, Dios sufre las consecuencias del pecado. Y no es circunstancial que Cristo muera crucificado junto a malhechores, sino que es todo un signo, pues señala de manera inequívoca que se ha encarnado para estar con nosotros hasta las últimas consecuencias; en medio de la humanidad doliente campa su cruz y muere por nosotros —por nuestras manos y, sin embargo, para nuestra salvación— y con nosotros, así que ni nos traiciona ni nos abandona. Sin embargo, un hombre puede ser destruido por el mal y el pecado, Dios nunca. La muerte de Cristo se convierte de esta forma en paradójica, pues, muriendo, vence a la muerte; venciéndola, nos libera de la tenaza del mal. Él, por eso, es la roca firme de la que hablan los Salmos, nuestro seguro y fortaleza, nuestro sostén y guía, el garante de nuestra libertad y la posibilidad de nuestra salvación: el Camino, la Verdad y la Vida.
Despierta arrobamiento la magnanimidad de Dios. Inducida por Satanás, la humanidad patibularia crucificó al Señor, pero quien por ella fue crucificado, le dio la vida eterna. Dios incesantemente se nos dona sin merecimiento por nuestra parte, como recuerda Benedicto XVI en sus dos Encíclicas publicadas hasta la fecha. Lo crucificamos, y nos salva: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). San Dimas no podía caer de rodillas ante el Señor crucificado. ¿Qué impide nuestra profunda conversión?


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                                                 Jesús Cánovas Martínez©


viernes, 21 de marzo de 2014

EL LECTOR DIEZ MIL

EL LECTOR DIEZ MIL



Mi buen amigo, Mariano Valverde, me ha colgado el precioso galardón de El Lector diez mil de su blog, y a mí me produce una gran alegría. Hace años trabajé con Mariano, junto con otros amigos y compañeros, codo con codo en un proyecto literario que dejó huella en la Región de Murcia. Me refiero al Grupo Espartaria de Poesía, del que en otra ocasión diré algo. Aquel proyecto (supongo que como todos los proyectos en que intervienen los poetas) nos dejó en la boca un sabor de miel y amargura; salieron adelante muchos proyectos, pero otros se quedaron solamente en eso, en proyectos; Espartaria fue, pero podría haber sido más. En cualquier caso, para quien quiera rastrear su huella, esta permanece, y a poco que la busque, la podrá encontrar. Lo mismo que en mi corazón permanece el encuentro con aquellos poetas y escritores magníficos de los que conservo su amistad.
A continuación doy la referencia de la entrada del blog de Mariano Valverde, a ese relato suyo en el que he quedado fijado como protagonista de una historia, texto de un texto, proyección y metáfora plagada de alusiones. Y seguido reproduzco el primer comentario que me ha suscitado, a vuela pluma.



Mariano, muchísimas gracias por este magnífico y precioso relato tan cargado de resonancias, y que da la talla del gran escritor que eres. Me ha emocionado profundamente. Lo he leído con voracidad, al fin y al cabo no siempre nos convertimos en texto en la mirada de otro, y mirada intuitiva y genial. La evocación es clara, y tiembla. Magníficas las alusiones al tren, a la vía, a esas traviesas que son como jalones de la misma vida (sabes que soy hijo de ferroviario), y a ese niño, Juan, como alter de mí mismo, y alter de cualquiera de nosotros, los que hondamente hemos sentido la punzada de las palabras, un niño de todos los niños que clama al futuro del hombre que somos, que queremos ser y que espera siempre en nuestro corazón. Muchas gracias..

viernes, 14 de marzo de 2014

LAS RAZONES ASTROLÓGICAS DE LA ÚLTIMA CENA

He tenido el honor de que al mandar cualquier tipo de trabajo a Ágora. Papeles de Arte Gramático, nunca me haya sido rechazado. Es una suerte que sus directores, Fulgencio Martínez y Francisco Javier Illán Vivas, sean amigos míos. Reproduzco a continuación un pequeño relato que fue compuesto a modo de boutade, y apareció en el nº 20 de la mencionada revista.


  LAS RAZONES ASTROLÓGICAS DE LA ÚLTIMA CENA


—...los aries, de una pieza, pero elementales, revoltosillos; los leo, si no se pasan de fantasmas, se les puede aguantar; los tauro, cerriles, cabestros con cuernos; los acuario... los acuario... los acuario... los más difíciles, no hay quién los entienda. Un acuario, por definición, es contradictorio; a mí me cuesta mucho trabajo convivir con ellos, y el destino, para inri y tormento mío, se empeña en ponerlos de continuo en mi vida.
—Compruebo que dominas a la perfección el lenguaje astrológico —me interrumpió Irma, la de mirada azul, incisiva y picarona.
Había leído uno o dos libros de astrología recientemente, y en aquella cena informal de fin de curso sentí unas ganas locas de comunicar mis conocimientos sobre el asunto, así que en cuanto pude metí cuña para derivar la conversación hacia mis adelantos en dicha materia. Esto ocurrió durante los postres, al ocuparme solícito del interés que había demostrado Irma por mi tarta de queso con arándanos. «Debes de ser una tauro, por lo glotona que eres», le dije, y, al tiempo que infería una orientación positiva a mis propósitos, le arrimé a la boca una cucharada del preciado manjar.
—No es que quiera dármelas de nada —me justifiqué—, pero algo de verdad hay en la astrología. La teoría hay que contrastarla con la práctica. Con asombro verás entonces cuánto de verdad hay en este saber.
Un grupito cercano andaba con la oreja puesta.
—¿Saber? —preguntó Aparicio Excrementini con el gesto torcido.
A mí se me antojó que había un tanto de incredulidad en su pregunta. Aparicio era el de Economía; chato de cara, chato de mente y con un encefalograma, tac, resonancias y demás completamente planos para lo que no fueran números y cuentas, asientos, debe y haber.
—¡Sí, saber! —contesté, circunspecto pero enérgico—; aunque hay quien piensa que también es un arte.
—¿Arte? —volvió a preguntar Excrementini. Miró de corrido a su alrededor en busca de solapadas connivencias y masculló unos sonidos ininteligibles.
Pero Irma, con ojos refulgentes, adelantándose a cualquier réplica por mi parte, con la suavidad de su sonrisa, me instó:
—Sigue, sigue, Fernandino, con tus descripciones de signos, no te cortes. ¿Cómo son los virgo?
—Unos estreñidos; de tanto aguantar la mierda les cuesta cagar.
Fue un golpe de efecto, y algunos comensales más giraron su cabeza hacia mí, encandilados, supuse, por mis disquisiciones. Puri me empitonó con sus preciosos y redondos ojos color mermelada de albaricoque.
—¡Pero bueno! —exclamó Puri.
—Tal vez yo esté utilizando ciertos eufemismos mal sonantes —me defendí—, pido perdón por ello a las personas recatadas. Lo único que pretendo es enfatizar de forma gráfica el carácter de los signos. Para que se me entienda.
—¿Tú crees en esas perfollas? —inquirió de nuevo Excrementini, con cierto tonillo entre burlesco y agresivo. Y añadió, sentencioso—: La astrología es una superstición infundada y bastante nociva.
—Ni creo ni dejo de creer —le respondí—. No se trata de creencias sino de conocimientos. Estas cosas hay que comprobarlas con una observación minuciosa. —Le miré con atención a los ojos (su mirada opaca tras unas gafas redondas de aretes dorados, su belfo caído, su boca entreabierta, sus dientes pequeños y separados, su doble papada) antes de soltarle—: Si es infundada, debe ser superstición; pero si no es superstición, debe ser fundada. Por otro lado, ¿ayuda o no a la vida? ¿Tú qué piensas, Aparicio?
—Fernandino está sembrao esta noche —intervino la rauda Irma dirigiéndose a los presentes, y zanjó con un gesto de su mano la incipiente protesta de Aparicio. Luego posó su mirada almendrada y suave sobre mí, y me la clavó como una daga—. Vamos a ver, Fernandino, escancia tu saber y alúmbranos… Julio es géminis —dijo, y enfocando al aludido, le preguntó—: ¿No, Julio?
A Julio Pajotero en petí comité lo llamaban, unas veces El Pestuzas, otras El Masturba, y tales apodos los tenía bien ganados, pues cada vez que iba al baño a propiciar sus menesteres sustraía la prensa de la Sala de Profesores y se excitaba leyendo cualquier artículo de opinión.  
—Sí, soy géminis, pero solo un poco… —aclaró Pajotero, elevando la testa con infinita parsimonia, dando leves (y amorosas, como diría el poeta) cornadas a uno y otro lado, un tanto confuso—. ¿Por qué me lo preguntas?
Al instante, como un estoque en la base del testuz, calló una rogativa:
—¡Di algo sobre los géminis!
Eso me pidió Irma, la pervertidora.
—Son unos alcohólicos con vicios ocultos —largué—. No hay más que mirar a Pajotero.

La sobremesa tomaba la forma de una cálida combustión de leños, íntima, entrañable. Se sentía una especie de rebullir en los contertulios, quizá en sus plexos solares. Y, sin embargo, no florecían las risas, tan deseadas.
—¡Fernandino!, ¿qué dices? —enfatizó el mencionado al tiempo que alzaba su encallecida mano derecha en señal de protesta, mas su voz sonó a estrangulamiento.
—¡La verdad! —repuse—. Si te ofendes es porque la astrología no te deja indiferente. Si no creyeras en ella, te daría igual lo que yo dijera o no dijera de los géminis. Tú no eres el signo, pero Géminis tira al alcohol. Y punto.
—¡Cojones, lo que sabe este tío! —exclamó Juan Romerijo—. No hay quien rebata su lógica abstracta. —Y miró para Irma.
—Los sagitario unos mierda engreídos, no tienen educación ni modales —apunté, sin que nadie me incitara a tales confesiones.
Se cogía marcha.
—¿Qué dices? —preguntó Miguel Cagarrutio con mirada un tanto torva.
—Lo que oyes.
—¿Qué? —insistió Cagarrutio, levantando la voz.
—Que los sagitarios son pancistas —le expliqué, silabeando un poco—, lo contrario de los capricornios que son roñosos y trepadores.
Cagarrutio era guasón, pero muy digno en sus apreciaciones. Si las guasas no provenían de él, y podían pillarlo en arrenuncio, adoptaba porte estólido. Quizá fuese por este tipo de disposición que estiró la columna vertebral todo lo que pudo antes de sacudirse (con dignidad) un lingotazo de vino; le retembló el bigotillo debajo de su nariz larga y terminada en porreta por donde se entrecruzaban múltiples venillas de color morado. Después del ataque de pundonor me echó una mirada criminal. Sagitario o capricornio, ¿qué sería el tipo?
—¿Cómo son los piscis? —preguntó la jocosa Irma, dispuesta a no dejar pasar motivo tan interesante de conversación.
—No te puedes fiar de ellos —respondí—. Yo no confiaría en ningún piscis. A parte de que, para variar, también son alcohólicos.
—¿Y los cáncer? —volvió a preguntar la interfecta en franca pero torcida sonrisa.
—Si quieres amargarte, pon un cáncer en tu vida —dije—. Muy blandengues y muy malos, muy ideosos. Alcohólicos de cuidado…
Rió la gorda Finita (un fuelle asmático), y al bies mostró un perfil cañí y algo canastero. Un moño en lo alto de su cabeza, traspasado por una especie de arpón, le daba aire de antigua reina. Rió y rió la gorda Finita (poseía garbo, tronío, caderas anchas, boca ancha, prominentes mandíbulas y un cabello morenazo, largo y brillante), y sus ojos negros, atormentados por la miopía y la presbicia que no disimulaban las lentillas, intentaban parecer gráciles mariposas.
—Finita es feliz —apostilló Irma, la rubia y picarona de ojos azules.
El paso de los años, atroz, había tejido su telaraña, lenta, insistente y fatal, y bajo los afeites donde subyacía la tez aceituna de Finita Heredia Camborio asomaban diminutos canalillos y terribles redes. («¿Me ves guapa?», en confidencia me preguntó un día, al salir de clase, cuando coincidimos en el pasillo. «Finita, donde ha habido siempre queda», le respondí. Ella agitó con gracia su morena pelambrera a la vez que me guiñaba uno de sus ojazos, engrandecido.) Inmensas, sus tetorras, enfundadas en una blusa negra de moaré adornada con lujosos lamparones, subían y bajaban por encima del abultado vientre. Ju, ju, ju, ju
En mitad del jovial espectáculo, una risita de pitiminí tomó la iniciativa, y después se insinuó, acaramelada, una vocecita:
—Yo soy libra, ¿qué puedes decir de los libra?
Era Zorraida Martínez, viuda de tres maridos.
En estas que llega el camarero e interrumpe el sabroso coloquio. Hecho un general sin charreteras capta nuestra atención y nos conmina a elegir un tipo de chupito: orujo, mora, melocotón, manzana... A las peticiones de los presentes, estampa garabatos en una libretilla. Nada remilgado, severo, mas con cierta gracia en el ademán y diligente, parte pronto hacia el infinito donde se barajan las posibilidades de los licores.

—¿Qué puedes decir de mí? Soy libra… —me insta otra vez, tras la huida del general sin charreteras, la Zorraida, agitando blondas y ricitos rubios por debajo del sombrero vaquero que le cubre la cabeza.
—Zorraida, tú perteneces al éter, pero eres muy follaora —sentencio con aplomo.
Interviene, presuroso, ante la perplejidad de Zorraida, y de alguno más que Zorraida, Salvador Pérez Cabezabuque, el chivatini, el pelotillero y El Bueno, como le dicen, y me recrimina:
—Fernandino, no te pases. Eso de que Zorraida es follaora... Te has pasao...
Su voz suena atemperada, suave es su amonestación. Da la impresión de que el tipo anda cultivando el buenismo desde su nacimiento.
—¡Yo a este tío no lo aguanto! —exclama, de repente, Puri, enfurruñada, y busca complicidad en los presentes, sin mirarme.
Y entonces, tras la arrancada de Puri, Grulí Mochuelar, solterona convencida, diplomada en Diseño y Corte de Trajes, grita desde algún inopinado rincón de la mesa, con mucho desparpajo:
—¿¡Cómo dices eso!?
Hocica un peludo belfo, se adelantan unos salvajes incisivos, se tensa una piel ciruela corrompida por encima de unos pómulos sobresalientes, y de nuevo desentona la Grulí Mochuelar con un exabrupto:
—¡Zorraida no es follaora, y a quien me la toque lo mato!
El alcohol…
Conocidas eran las inclinaciones lesbianas de la Mochuelar, de signo astrológico indefinido, y tal vez ofuscado, por lo que aquel arrebato de pasión incontenible provoca la hilaridad de ciertos contertulios.
 —Grulí, ahora te has pasado tú —oigo que le dice alguien, no sabría precisar quién, seguramente persona sensata. 
—Vamos a dejarnos de remilgos —digo, cargado de razones—. Somos mayores y a estas horas los niños ya están acostados; además, estamos de broma. —«Se imponen, pues, tácticas subliminares», pienso para mis adentros, a la vez escruto un vaso donde destella el vino, rojo y llameante, y refiero—: Dejad a Grulí, la inocencia habla por su boca —y, seguido, le pregunto a la interfecta—: Grulí, ¿cuál es tu signo?
—¡Y a ti qué coño te importa! —me espeta la Mochuelar, arrebatada (en su voz parece que resuenan las cavernas), y arroja para adelante sus rotundos incisivos—. ¡Siempre hay alguien que lo estropea! —grita a voz en cuello.
Me quedo acoquinado ante sus bríos. Se produce el silencio, pero es breve. Pronto se deslizan los murmullos por aquella atmósfera cargada.
—¡Bueno...! ¡Cómo anda el patio! —resopla Guajairo Mariconeti, el de música, con una gracilidad estudiada y la boca estreñida como un culo, meneada su media melenita rubia en nervioso tintineo, quebrándose leve para un lado, el mariconazo y muy alfeñique, y en el aire sacude una de sus manos como espantando moscas.
Grulí, con su pelo color zanahoria cortado a cepillo, está roja, aunque no se sabría precisar si por vergüenza o por algún otro tipo de mudanza.
—Yo sé defenderme sola, Grulí —dice Zorraida a la soliviantada. Y mirándome fijamente con sus ojazos de terciopelo celeste, rasgados y a cubierto bajo unas gruesas gafas de concha con anchas patillas recamadas de circonitas, ante la expectación de todos los comensales, me pregunta —: El señor, ¿de qué signo es?
Del mismo modo que ocurre cuando se produce un terremoto, como réplica a la inquisición de la bella y rizada Zorraida, la Grulí Mochuelar, airada a su vez, toma la palabra, y me la arroja.
—Fernandino es un bocazas y nos quiere cabrear a todos —dice la Grulí, fuerte y rugoso, para que la oigan sin cortapisas ni malos entendidos, y al tiempo estira su belfo peludo todo lo que da de sí—. Es su condición —remata. Con inopinado gracejo, después añade—: Anda, Fernandino, dínoslo, ¿tú de qué signo eres? Haznos una caracterización somera de tus encantos.
El silencio es absoluto. Sonrío en mi interior. Cuando hablo, nada en mi semblante delata la fiesta interior de que gozo, la ecuánime zozobra que me sacude.
—Soy escorpión —digo, trasmudado en ciencia—, y los escorpiones somos buenas personas, sinceros, fieles hasta el extremo y muy leales.
Se alza entonces un coro, in crescendo.
«¡Escorpión tenías que ser!» «¡Mala persona!» «¡Resentido!» «¡Aguafiestas!» «¡Capullo de mierda!»
Irma La Dulce, la puñetera, me ha abandonado. Compruebo que también se suma al regocijo general y disfruta con las variopintas garrochadas que me van cayendo encima.
El camarero, general sin charreteras, llega con las botellas de licor. Al posarlas enérgico sobre la mesa, muy profesional, no deja traslucir en su porte torero, ni en su altivo semblante (perfil de raza, orgullo gitano) signo alguno que permita descubrir sus valoraciones, o algún tipo de impresión, al respecto del alegre cotilleo que se disfruta entre los comensales.
Y yo, arrobado por aquellos gratos calificativos que me traen a la memoria el canto de los mirlos, oigo finalmente, o me lo parece: «¡Hijo puta!», como en sordina.
Debe ser la candorosa voz de la Grulí Mochuelar, por el tono.

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                                                   Jesús Cánovas Martínez©



martes, 11 de febrero de 2014

EL ELOCUENTE SILENCIO

EL ELOCUENTE SILENCIO.



«El silencio es oro; la palabra, plata», reza el adagio. Y es así. Por eso el silencio es elocuente y habla con mil palabras, porque, él, las contiene todas. Estalla con mil significados, susurra a los oídos levemente, preña los espacios de posibilidades no dichas, pero aún por decir, y, como tales, infinitas. Pero, hete que el silencio viene y se concreta cuando se habla: se convierte en modulación precisa, tono, énfasis. Aun así se mantiene cierta cualidad, cierta armonía, pues la palabra aletea en los aires, viva, puebla los espacios todavía ignotos y los abre al significado, a la comunicación; la palabra queda trascendida por sí misma. Pero la palabra se petrifica cuando se la escribe; así, constreñida ahora en los límites de la grafía pierde cualidad, esto es, posibilidad de significados, apertura. Cuesta entonces darle vuelo, posibilidad de sugerencia, amplitud; el poeta —el poeta— entonces se debate con las metáforas o metonimias, los oxímoron, los pleonasmos, y su labor es esforzada y terrible, porque rasca en el vano de la materialidad un punto de apoyo con el que poder trascender la palabra. ¿Y después? Los significados ya no quedan apuntados siquiera con el gesto, pues la palabra se devalúa cuando se reescribe, se repite, se amontona, se suma una a la otra, se confunde; de esta forma, convertida en linealidad sin resquicio o fondo; convertida en peso, masa, última excrecencia, finalmente, la palabra se oxida o enmohece. Sin abusos se podría concluir, por consiguiente, que un libro es bronce, y cualquier medio de comunicación adocenado, un periódico, por ejemplo, hierro.
Dicho lo anterior, cuando a una demanda se le da la callada por respuesta, resulta fácil discernir lo que hay detrás. El silencio sigue siendo algo sumamente elocuente.


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                                       Jesús Cánovas Martínez©