sábado, 2 de agosto de 2014

DE AMICITIA (2ª parte)

DE AMICITIA (2ª parte)


2

Llegamos al filo de las nueve de la noche, la hora convenida. Sale Pepe a recibirnos. Precipitadamente se ha puesto un suéter encima del torso desnudo. Lleva un pantalón corto y camina en chancletas. Pepe es casi de mi misma estatura, un poco más bajo y mucho más delgado; omitiremos la edad. Como yo, usa gafas, pero a sus ojos, generalmente pícaros, no hay monturas que los disfracen. Es un hombre, si no se desmadra, de ironía contenida; las coge al vuelo y es capaz de soltarlas cuando menos lo esperas; hacemos buenas migas. Hace calor. El día de hoy ha sido muy riguroso, ese aire africano ha puesto el termómetro cerca de los 40º, y eso que estamos en la playa. Pepe le da un beso a Blanca y luego me tiende la mano, pero en vez de ofrecerle la mía, le pongo una botella de vino en la suya. Se sonríe.
—Está fresco, pero mételo en el congelador para que no se caliente —le digo.
—¡Pasad! Ana está terminando de preparar las cosas.
Avanzamos por el pasillo del que cuelgan algunos óleos de gusto esquivo y reproducciones de litografías a color del siglo XIX; la galería queda rematada por las fotografías en sepia de los ancestros. Ana está en la cocina atareada, ultimando los preparativos de la cena; vigila una sartén puesta encima de la vitrocerámica. Sobre la repisa de la cocina y en una mesa adyacente hay una serie de platos con viandas, listos para sacarlos al porche en donde vamos a cenar. Ana es una mujer delgada, espigada, pura energía; posee un rostro oval y proporcionado en el que destacan dos enormes ojos castaños, escrutadores, intensos; su nariz es clásica, sus labios finos y delgados, la frente despejada; el pelo, lacio y negro, le cae en una corta melenita.
La felicitamos con sonoros besos.
—¿Podemos ayudar en algo? —preguntamos Blanca y yo al unísono.
—No, no hace falta. Tomaros, mientras llegan Paco y Encarna, una cerveza. —Después manda a Pepe, elevando un poco la voz—: ¡Pepe, sácales una cerveza!
—Para mí, no —declino la invitación—; prefiero esperar a que estemos todos.
Blanca es de la misma opinión.
Blanca se queda con Ana en la cocina, Pepe se hunde por algún lugar de la casa, quizá va al garaje a coger algo, y yo salgo al patio.
Es la hora del crepúsculo; la noche inminente se deja caer, pero la oscuridad todavía no ha ganado espacios suficientes como para no distinguir los perfiles de los montes. Desde el porche contemplo el entorno. A mi derecha surge la joroba admonitoria, parecida a un cono ligeramente inclinado, del monte del Cantalar, cubierto de pinos, en cuya base se encuentra un nacimiento de agua, que haciendo alarde de la imaginación los nativos del lugar llaman La Fuente. Contiguo al Cantalar está el Cabezo de Hornos; ambos conforman la figura de un dromedario; la Luna, tras su joroba, anunciada por un blanco resplandor, no tardara en emerger, gloriosa y plena. Al frente se extienden las terreras salpicadas de casas, rastrojos prontos para la quema o el rejón, huertos de limoneros y tierras en barbecho; arañadas por la rambla de La Carrasquilla, que en su descenso hacia el Mar Menor ha dejado un tortuoso surco donde abundan las mimosas y los pinos, estas tierras son en extremo fértiles y se las explota de manera intensa. Al fondo, cierran el horizonte, tal y como lo recorre mi mirada, el campo de golf de Atamaría —se han encendido las lucecitas de las casas y parecen luciérnagas artificiales iluminando el índigo de la tarde—, el Cabezo de Enmedio y las crestas de la sierra del Sabinar; por detrás asoman los perfiles de la Sierra Minera. Un poco más allá se emplaza el Cabezo de San Ginés, monte sacro en cuya falda se encuentra la cueva Victoria; con el resplandor último del sol, en la rojez del cielo de poniente, distingo, junto a los restos del antiguo monasterio, cómo por su grupa suben las ermitillas derruidas de un antiguo calvario. Hacia mi derecha cae una ladera en suave declive hasta el mar; se suceden una serie de chalets, y pronto aparece una herida de sordo rumor por la que numerosas luces móviles cortan el espacio de este a oeste: la autovía de La Manga. Hoy, coincidiendo con el fin de semana, es día de salida para unos, de retorno para otros; abunda el tráfico en ambos sentidos. Franqueada la autovía, las tierras se descuelgan en pendiente; quedan por allí Los Belones, bancales sembrados de melonares, alguna palmera enhiesta mostrando su orgullosa copa, oliveras desparramadas en grupos, algarrobos y, al fondo, en lontananza, la línea del Mar Menor, alumbrada por las luces de algunos de sus pueblos ribereños: Los Nietos, medio oculto por El Mingote, en primer lugar; Los Alcázares, un poco más lejos; aún más, Santiago de la Ribera. Aunque no la veo, intuyo la serpiente de luz de La Manga, sus edificios que parecen emerger del fondo mismo de las aguas. Las islas de El Barón y la Perdiguera flotan, serenas, sobre la albufera.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

jueves, 31 de julio de 2014

DE AMICITIA (parte 1ª)


DE AMICITIA (parte 1ª) 



1

Entre los pocos amigos que nos invitan a su casa se encuentran Ana y Pepe. Ana es profesora como yo, aunque no ejerce en mi instituto. Nos conocimos hace años en un encuentro de poesía en el que leímos los dos y los dos tuvimos que soportar a cierto personaje afamado en ese hábitat; las gracietas a trasmano del individuo en cuestión y los comentarios soterrados que hicimos de las mismas fueron el detonante de nuestra amistad. Pepe, su marido, es asesor fiscal y tiene por diversión acompañar a Ana en recitales y actos de este tipo. Los veranos, cuando en el periodo vacacional residimos en Cabo de Palos, nos vemos a menudo; ellos viven en el camino de Las Barracas, en Los Belones. En invierno solemos reunirnos los fines de semana, tomar algo juntos y pasear, pues a Blanca y a mí nos gusta dejar el tráfago de Murcia y buscar el asueto en la tranquilidad del Cabo. Nuestra hija adolescente, en esas fechas de invierno, no nos acompaña; tiene su peña de amigos en Murcia y prefiere salir con ellos. Venimos solos y nos juntamos con Ana y Pepe. Ellos también tienen una hija única, un poco mayor que la nuestra, muy aplicada y muy guapa, que estudia Económicas; saca unas notas excelentes, así que, cuando no sale con su novio formal, los fines de semana se los pasa estudiando. Cuento lo precedente para dejar claro que nuestros amigos, al igual que nosotros, están eximidos hasta cierto punto de las servidumbres de la crianza. Por eso, libres de las ataduras de nuestras hijas podemos vernos y hablar de nuestras cosas, salir a dar un paseo, ir a algún espectáculo o tomar una copa. Hoy es el santo de Ana y la llamamos por teléfono para felicitarla.
—Ana, felicidades —dice Blanca.
Y luego hablan de sus cosas. Yo quería haberla felicitado también. No he tenido brecha, y me siento algo marginado.
—Dile que de mi parte—susurro a la oreja de Blanca.
—¿Has oído, Ana? Y también felicidades de Jesús —se encara con el auricular.
—Ana dice que gracias —me comunica Blanca ladeándose un poco del aparato.
No hacía falta, estoy suficientemente cerca para oírlo. Me despego a continuación de Blanca, las dejo que hablen a gusto y me voy a mi despacho a pelear con unos folios en blanco. Como estoy de vacaciones ando hecho un mandilón y rondo por la casa de un lado para otro.
No tengo ideas que escribir. A pesar del tiempo de que dispongo me encuentro en sequía; no se me ocurre nada. Así que poco después me dirijo a la cocina. Blanca navega entre un mar de cacerolas.
—¿Qué vas a hacer de comer?
—Cocido
—¡Bah!
—Si el señor quiere otra comida, hay cerca un restaurante.
No insisto, y derivo la conversación hacia otros derroteros más lúdicos.
—¿Qué dice Ana?
—Que nos invita esta noche a cenar. Ha invitado también a Paco y Encarna. Vamos a cenar los tres matrimonios juntos.
—¿Paco y Encarna?
—Sí, tú los conoces; Encarna tiene una tienda de telas en El Algar y Paco es su marido —explica Blanca—. Creo que los conoces, has debido de verlos alguna vez —insiste.
—De Encarna te he oído hablar, y de Paco… —me quedo pensativo unos momentos— ¿No fue aquél que el año pasado, cuando la mariconada esa de la batalla de cartagineses y romanos, nos presentó Ana?
—El mismo.
—¡Ya!
Doy otro golpe de timón a la conversación. La derivo hacia cuestiones urgentes.
—¿Le has preguntado por el vino que debemos llevar?
—No, pero luego la llamo.
—Dímelo cuando lo sepas, para que ponga en el frigorífico blanco o tinto, o los dos.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

viernes, 4 de julio de 2014

LA DUDA QUE ME ASALTA

He logrado publicar algún relato que otro en revistas y libros colectivos. En 2009 –¡cómo corre el tiempo!— compuse una colección de doce pequeños cuentos que llevaba por título Libro de los cuentos efímeros; la presenté a Ediciones Tres Fronteras con el fin de que fuera publicada, pero sometidos los cuentos al escrutinio del director de la editorial, el libro quedó todavía más “efímero”. Los cuentos se redujeron a siete, y la colección tomó el título del primero de ellos: Dulcísimas hebras de oro. Dicho lo cual, el libro ganó unidad temática, intensidad, tortura, nervio. Fue publicado en la colección La Biblioteca del Tranvía. Con mi agradecimiento a los responsables de Ediciones Tres Fronteras, aquí rescato uno de aquellos relatillos:




LA DUDA QUE ME ASALTA


No, no sabes, amor mío, qué largas son mis noches y mis días sin ti; no, no lo sabes, amor mío. Te busco incesante y todas las cosas me traen tu recuerdo: los bolígrafos que toco, los folios donde escribo, los libros que me rodean, las carpetas donde guardo mis apuntes, esta habitación en donde estoy y muero, el dintel de la puerta, la noche, el trágico confín donde mueren las horas, el desaliento de cada día; todas las cosas están llenas de ti, tú las animas, y ellas son en tu substancia, de tu substancia, sostenidas, formando parte de ti; tú, en ellas… Y, sin embargo, las toco, las siento, se adormecen en mi alma y me ofrecen un límite frío; esas mismas cosas que sostienes te separan de mí. Esas mismas cosas donde contemplo tu rostro, tu figura, tus ademanes, esas mismas cosas te separan de mí; oponen un muro, tal vez una membrana transparente tras de la cual yo quisiera encontrarte, y me frustra, no sabes cómo, no encontrarte.
Amor, hoy es noviembre, las hojas caen de los árboles. ¿Por qué será que los ojos se me llenan de muerte si pienso en ti? Ingrávida, en el aire, sostienes mi esperanza fruncida en el verde mustio de las hojas y el desencanto. Hoy es noviembre; durante el día ha lucido un sol débil y, ahora, ya la tarde vencida, adentrada la noche, mis ojos caminan tras tus huellas. Soy todo recuerdo, todo recuerdo de ti, amor. Entonces veo tu sonrisa en el alba y aspiro el primer día en que te conocí ¡Qué bella! Si la belleza tiene un nombre, ése es el tuyo. Porque tú emerges en el día primero de mi vida; me contemplas desde allí, y aquí, y ahora. El azabache de tus ojos me sostiene, me sostiene la ternura de tu voz, me acuna y me lleva el ritmo de tu aliento, la melodía de tus brazos cuando se mueven, los giros de tu cintura, tu sonrisa blanca, sin mácula, tu suave sonrisa derramada por el mundo como don y gracia.
Amor mío, aspiro la muerte porque necesito morir. Si tú me faltas, yo no puedo existir… ¿Cómo te diré que te amo? ¿Con qué palabras? ¿Con qué gestos? ¿Cómo te diré que te amo?… Yo, el solo, el desterrado; yo, el perdido, ¿cómo te diré que te amo? Si tú eres plenitud, qué lejos; si tú eres promesa, qué lejos; si tú eres esperanza, qué lejos… ¡Qué lejos, amor mío, te siento, qué lejos!

¡Qué lejos tú de mí! Pero en mi vida irrumpiste y eres dueña de ella: eres mi vida, mi misma vida, que ya no es vida si tú no la habitas. Oteo siempre detrás de todo, a la zaga tuya, te persigo por los laberintos de lunas o puñales, por los vericuetos del tiempo, al acecho, despierto, en el sueño, siempre, esperándote, amor, esperándote.
Se adentra la noche, se sumen los rincones en penumbras; mi amor es puro y blasfemo. He pronunciado tu nombre en voz alta y me he callado luego para que tú seas conmigo; tú seas aliento, cuerpo, conmigo; para que no haya opacidad, no rotura, no hiato, no separación, no dos, sino uno; uno siempre. He gritado y me he callado en el silencio para escucharte, para sentirte; me he callado y he cerrado los ojos para meditarte, para medirte en la noche, la larga noche, para poseer tu sombra en mi delirio, en la soledad, contigo, en el silencio de la noche.
Uno, uno contigo; uno; no dos, uno… Un mismo mundo para uno; ser uno contigo, renunciar a toda dualidad, a toda oposición, a toda polaridad… Uno en la vida. Recentrar, reencontrar un centro perdido, contigo, siempre, contigo…
Sin embargo, mis ojos se nublan, amor mío, mi razón se oscurece… una sombra de duda me golpea… ¿Qué pensará tu marido de todo esto? ¡Sí! ¿Qué pensará? Es un buen tipo. Hoy, sin ir más lejos, hemos tomado una cerveza juntos. Y sé, que aunque el muy jodido sea testigo de Jehová, mormón o algo así, es un amigo. ¿Sería capaz de entender lo que yo siento por ti… mi amor arrasador por ti? No… creo que no. Y no porque Antonio sea un zoquete; Antonio es simplemente Antonio: una circunstancia. Pero, además, tú tienes seis hijos: Antonio, Juan Luis, Emilia, Fulgencio, Rocío Macarena y Angustias. Tus hijos, ¿qué son de ti? ¿Cómo hacerlos a ellos partícipes de nuestra unidad esencial? Esta es la duda que me asalta, amor mío, ¿ves? Yo que soy incapaz de pronunciar tu nombre, porque tú estás por encima y más allá de todo, de cualquier horizonte, yo, ya ves, tiemblo cuando pienso en tus hijos. No sé cómo asumirlos en nuestra unidad esencial, perfecta y sin mácula. No importa que mi mujer, Alicia, como tu marido, Antonio, no entiendan nada: son circunstancias que nos allegaron en un extremo, acontecimientos que nos sucedieron antes de descubrirnos… Tampoco importan mis hijos, José Joaquín, Alberto, Jesús Renato; no, no importan, porque ellos me los ha dado la circunstancia externa, el sinsabor de la vida.
¡Ay, amor! ¿Qué será de tus hijos? ¿Qué será de ti y de mí y de nuestros hijos y cónyuges respectivos? Cuando te veo en la oficina, mis ojos se me llenan de ti; aspiro entonces tu fragancia, el perfume de tu voz, como migaja que de tu aliento cae entre esos «Buenos días», por las mañanas, con que así me torturas, y que yo recojo avaro, ávido, sediento de ti… Ave delicada, vuelo de alondras levantan tus brazos y tus manos cuando revolotean entre las mesas de la oficina y atrapan folios y albaranes, cuando, delicadas y sublimes se posan, aleves, sobre las teclas de los ordenadores, rozan los bolígrafos, irrumpen entre los lápices. Delicadas son tus orejas al tacto de los teléfonos; tu boca, pozo de frescura, por donde escapan las sílabas y el aire que emerge desde dentro de ti; tu boca, pozo, pozo de un oasis, pozo del que yo nunca he de beber, pozo con que así me torturas; boca de sílabas, boca con que pronuncias palabras y nombres, tu boca…, amor, amor mío, tu boca…
Mi mujer, Alicia, duerme. Es de noche. Muy tarde. Sigo solo en mi despacho y ordeno mis pensamientos en la sombra. Sigo solo.
Te recreo en la noche, amor mío, para llegar a tu noche, alzar el velo, correr la cortina, traspasar la puerta. Pienso en ti, y se me llena todo el corazón de amor y de muerte. Y mi corazón retrocede. Mi corazón se consume en esta hoguera nocturna. ¿No he de abrasarme en el amor y la noche cuando todo, todo, todo es en ti y arde en el amor y la noche? ¿No he de consumirme en la hoguera? Sin descanso he buscado tus ojos para mirarme en ellos, llegar a su fondo; desde la profundidad misma de tu centro, desde el fondo de tus ojos, he querido encontrar mi rostro…
Yo te amé. Te he amado. Te amo. Pero me asalta la duda de tus hijos, prolongaciones de ti; no sé el lugar de ellos en nuestra relación, en nosotros. Por más que me devano los sesos no sé el lugar de ellos. ¿Dónde ellos? ¿Podrían ocupar un espacio en mi amor único por ti? ¿Dónde ellos en el Amor? ¿Dónde situarlos? ¿Dónde?… Amor, amor mío, una duda me asalta. Pero la noche llega, y la hoguera, consumida en sí misma, de sí misma alimentada, palidece ante las palomas del alba que anuncian un nuevo día. Palidecen todas las hogueras. Todas las hogueras mueren y fenecen ante el día que se anuncia. Desde la oscuridad más oscura de esta noche —de mi noche— yo clamo y grito, amor mío, ante la alborada que ya no verán mis ojos.




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                                       Jesús Cánovas Martínez©


domingo, 29 de junio de 2014

MUY AGRADECIDO

MUY AGRADECIDO



Instalados los rigores del verano en el hemisferio norte, a la vuelta de unos días dedicados a la corrección de exámenes y otro tipo de bagatelas, vuelvo a este Arco del Triunfo para comprobar desfiles y me encuentro con una grata sorpresa: La Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo ha sobrepasado las mil visitas con creces, concretamente son 1087 las que hoy, treinta de junio de 2014, constato registradas.
Es la primera entrada de mi blog que consigue tal hazaña, la cual hubiera sido imposible sin la concurrencia de dos circunstancias.
La primera, y más grata para mí, ha sido vuestra ayuda incondicional, amigos. No me cansaré de daros las gracias: Gracias a todos, muchísimas gracias; gracias por vuestras visitas, por vuestro aliento, por vuestros comentarios, por vuestros me gusta o por vuestros +, por vuestra gran generosidad a la hora de compartir. Gracias, gracias, gracias: Un abrazo grande, pero muy grande, para todos.
La segunda circunstancia, indudablemente, han sido las particularidades mismas de Miguel Cagarrutio, sus méritos invencibles y sobrados en lo que atañe a esa manera entrañable de comportarse que se goza en la destrucción de la vida de las personas honor. Cierto que algún Putón ha colaborado en tan loables tejemanejes, pero cabe a Cagarrutio el indiscutible abanderamiento en la superlativa gracia. Cuando este individuo vaya comprobando cómo su ortónimo conquista una vastedad de espacios cada vez mayor por los cinco continentes, sentirá, digo yo, algún tipo de gozo o regustillo por la boca del estómago o por alguna otra de las partes de su cuerpo; tal vez excrete más blando, no sé. No conquista uno la fama así como así.

 Y es que la Carta intenta hacer justicia a las víctimas de la calumnia, a las personas que inmerecidamente han pasado por una situación de mobbing, a los signados por las gracias de gentuza impresentable. Los graciosillos, por desgracia, abundan, pero por eso mismo se hace más necesario que nunca darles un toque de atención con fines pedagógicos. Estoy convencido de que, al final, y a pesar de los pesares, lo agradecerán. Cagarrutio, en este sentido, es un paradigma, y aunque pueda parecer lo contrario, o quizá increíble, no me mueve nada contra él sino el solo clamor que demanda la justicia; lo cual es generalizable. Defiendo en la Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo a cualquier persona honorable que haya sufrido, o actualmente sufra, algún tipo de agresión como la descrita en ella.   
Esto dicho, me vais a permitir que mencione a una persona (en realidad son muchas, pero comprenderán la omisión que hago de ellas) que desde un primer momento creyó en el potencial de la Carta. Me refiero a Francisco Javier Illán Vivas, quien tuvo que afrontar una situación hasta cierto punto, si no equiparable, sí parangonable con la descrita, pues le llevó al paso no querido por oscuros años de depresión. Nada más pedírselo, sin ningún tipo de vacilaciones, Francisco Javier, la reprodujo en Acantilados de papel, la revista digital (y al hilo, revista imprescindible para quien quiera estar al tanto de la actualidad literaria) que dirigía hasta no hace mucho. Aquí pongo la referencia, por si alguien desea consultarla:


Por otra parte, la referencia de la Carta en El Arco del Triunfo, es la siguiente:


Y os pido ayuda, amigos, para que la Carta siga extendiéndose y prenda fuego. Os la pido de verdad, sin vacilaciones. Entra dentro de lo correcto desenmascarar a ciertos individuos y cierto tipo de situaciones; quizá con este gesto pongamos un granito de arena para que el mundo sea mejor.
 Por eso descorcho un Dom Pérignom y elevo la copa con vosotros en un brindis virtual. ¡Salud, queridos amigos!




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                                                 Jesús Cánovas Martínez©


lunes, 23 de junio de 2014

PARA MIRIAM

PARA MIRIAM



La noche de San Juan, de una manera u otra, siempre me ha traído regalos, dones. El mayor de todos ellos ha sido mi hija, Miriam. Porque Miriam nació a veinte minutos de la medianoche sideral, su vértice exacto, y esa noche fue benévola y dulce hasta el punto que con un suave beso le dejó su marca: un lunar bajo la axila izquierda. Miriam nació sana, robusta, tanto que, al tomarla, llenaba los brazos.
Hay algo en nosotros que perdura, y perdurara siempre, porque forma parte de nuestro ser más íntimo. No ya el recuerdo, sino la vivencia de Miriam entre mis brazos hecha presente, renueva mi apuesta por la humanidad, me reconcilia con mis semejantes, porque al abrazarla a ella abrazo a cualquier niño pequeño, su inocencia, y por su inocencia, la inocencia y bondad de todo hombre.

miércoles, 11 de junio de 2014

EL PUTÓN PERIPATÉTICO



EL PUTÓN PERIPATÉTICO








La llamaré de esta guisa: El Putón peripatético, y me adelanto a decir que a dicho apelativo no le infiero una connotación de tipo sexual, sino simplemente descriptiva o pedagógica según el caso, aunque no sé, no sé...

Después de haber estado varios años imposibilitado para hablar entre mis compañeros de trabajo, debido, indudablemente, a una deficiencia congénita de temperamento, es decir, a mi timidez; pero más bien debido a los efectos que la calumnia había producido en mi psiquismo, tanto así que sentía haber naufragado en una noche oscura, al pairo, en medio de una soledad espantosa (al extender las manos estas me temblaban), me atreví a ser dicharachero. Necesitaba probarme, respirar, sacudirme la timidez, airear mi mente de tanta adherencia incómoda, de tanta miseria del pasado, por eso hablé. A mitad de aquella sesión de evaluación, el pretexto me venía en bandeja.

El jefe de estudios cantaba las notas que habían sacado los alumnos en las diferentes materias cuando le llegó el turno a un individuo del que había que decir algo. El susodicho había arrojado un espantoso balance de ceros y unos en la totalidad de las materias a las que se había presentado; así que, con gran esfuerzo por mi parte, y puesto que nadie había hecho un comentario sobre el particular, antes de que, primoroso, nuestro superior pasara a escanciar los piadosos resultados de los siguientes energúmenos, aclarándome un poco la garganta, levanté la voz.

Inicié sobre el fulano una pormenorizada apreciación. Ciertamente, esta no era nada halagüeña, y los pronósticos que se derivaban de la misma inducían a una toma de posición un tanto drástica. Expuse mi sorpresa ante el hecho de que un alumno aplicado, que asistía a las clases y hacía las actividades, sacara tal tipo de notas, máxime cuando ya tenía cuarenta y tres años cumplidos y el arroz se le había ablandado un tanto. En mi modesto entender aquellas deficiencias no procedían de una falta de medios materiales, de una estimulación inadecuada del medio, de un entorno familiar disruptivo o de cualesquiera otras circunstancias externas; tampoco de un deficiente acicate motivacional por parte de los profesores (siempre inculpándonos de aquello que no podemos remediar, hemos terminado por ser víctimas propiciatorias para expiación de los pecados ajenos); aquellas carencias, por el contrario, aludían directamente a las capacidades cognitivas del mencionado. Posiblemente rozara el borderline o, incluso, podría suceder que su coeficiente intelectual estuviera mucho más por debajo de lo considerado normal, esto es, podríamos estar ante el caso de un oligofrénico profundo. Me daba cuenta de que hablar de esa manera, dados los tiempos de terror que corren en la enseñanza, no era adecuado; pero había que decirlo, alto y claro, porque quizá el mencionado requiriera algún tipo de atención en centro especializado. Necesitaba sin lugar a dudas, y así lo dije, que se le capacitara en las destrezas oportunas para desenvolverse en la vida, pero el centro educativo en donde adquirirlas, ciertamente, no era el nuestro. No era alumno que pudiera cursar el bachillerato con éxito; dirimir cómo había llegado hasta este nivel pertenecía al orden especulativo y, en verdad, constituía un misterio. Sus exámenes, con una letra de niño de cinco años, o por ahí, parecían escritos en arameo; a las faltas de ortografía, y eso sería lo de menos, se añadían las de sintaxis y una carencia absoluta de sentido en lo escrito.




Creo que expuse aquella reflexión con coherencia, suelto, con una hilazón correcta de las ideas, sin temblarme la voz.

El jefe de estudios, con buen criterio, a mis alegatos respondió que no se podía hacer nada, ni menos intervenir en algún sentido, pues el tipo de enseñanza que impartíamos era de adultos y permitía la matriculación de cualquier alumno, fuera el caso del mencionado u otros con mayores deficiencias.

Claro, claro, no se trataba de que no se atendiera a ese chaval de cuarenta y tres años, sino que, por el contrario, se le atendiera debidamente en un centro de educación especial, pero no en un centro donde se cursaba bachillerato.

Aun con mi réplica, y sopesada su importancia, el jefe de estudios no tenía otra que reafirmarse en lo ya dicho; algo que, por otra parte, resultaba demasiado evidente. En realidad, a mí no me importaba su opinión, pues la sabía de antemano: ¿qué otra cosa podría decir el pobre hombre sino lo que dijo? Lo importante para mí era que yo había sido capaz de hablar en público, delante de mis compañeros, haciendo una exposición de razones sobre un tema. Por fin me recuperaba de aquel espantoso bache que durante años me había tenido sumido entre las extrañas tinieblas que he comentado. Mi autoestima se reafirmaba.

Entonces fue cuando El Putón, puesto que el citado alumno, en la asignatura que ella impartía, al igual que en la mía, había sacado un cero patatero, tomó la palabra. Dijo algunas vaguedades sobre el mencionado, sobre el sistema educativo y cuestiones afines, y repitió ideas que yo ya había expuesto con anterioridad, aunque dándoles un aire personal, como si fueran de su cuño. El Putón, de esta forma, quedó como una reina de la pedagogía delante del resto de los compañeros y animó aquella conversación proclive a languidecer por la falta del interés suscitado ante mi pormenorizada disquisición. 


Vengo a decir que con El Putón yo no me hablaba, puesto que había sido una de las inductoras de la calumnia que tan triste como injustamente había caído sobre mí. Aquella víbora, junto a otras que no es el momento de nombrar, habían arruinado mi reputación de persona cabal porque sí, porque les apeteció, porque de forma frívola les plugo, y yo me había tenido que enfrentar a unas consecuencias sumamente indecorosas que todavía coleaban y colearían siempre, pues ya se sabe que la calumnia es como el agua que se derrama pero después es imposible de recoger. En sus insidias, mientras quedaban bajo sombraje, esas víboras echaron por delante a un tal Miguel Cagarrutio (individuo sin personalidad y de tendencias muy liberales; colapsado su matrimonio, él y la partenaire habían decidido de común acuerdo seguir viviendo bajo el mismo techo con el fin de no incurrir en gastos extraordinarios, pero adornándose mutuamente el testuz) que se las daba de gracioso, para que hiciera escarnio y mofa de mí; la infamia quedaba de este modo adornada con la guinda. El Putón había cooperado de forma proactiva en tal affaire, halagándole las gracietas a ese despreciable Cagarrutio, y cuanto más gracioso Cagarrutio se volvía, me hundía más yo en la miseria acunado por una intensa e invasiva tristeza.

 Durante años me había consumido en un dolor insano. Fue un tiempo duro, y a lo largo de su travesía, tan pronto me entraban ganas de morir como ataques de ansiedad repentinos. Quién no ha pasado por este tipo de situaciones, puesto que son impermeables a ojos que no sean los del implicado, no entiende el horror que concitan; quien desgraciadamente las ha vivido, sabe de lo que hablo. De sobra conocía los trabajos en las sombras que había llevado El Putón para denostar mi honor y extender la calumnia, cómo su mirada cruel se había cernido sobre mí de forma inmisericorde, cómo había minado con saña cualquier tipo de terreno por donde yo tuviera que transitar; sin embargo, a pesar de ello, estaba dispuesto a pasar página. Por fin respiraba, salía de una larga noche, silenciosa y oculta, en la cual el dolor me había moldeado a su medida. No quería guardar rencor a nadie, no quería que mi alma se anclara en un pasado sin remedio; quería, por el contrario, respirar, respirar ancho, respirar aire. Deseaba conjurar de una vez por todas las horas de mi vida ofrecidas al sufrimiento.


Con el entusiasmo orientado hacia la renovación interior, en razón de la nueva resiliencia en que me apoyaba, cogí el cabo que me tendía El Putón y logré intercambiar unas palabras con ella; decididamente yo me afianzaba, crecía en seguridad interior. Hablé, habló, hablamos; entrecruzamos unas opiniones dignas de los más encumbrados pedagogos, broche de oro con que normalizar una situación altamente engorrosa. De imaginación temperamental, pronto me vi paseando por un peripatos, no sé cómo; mi imaginación inició una deriva por los columnados pórticos bajo los cuales Aristóteles mantenía abundosas charlas llenas de ciencia y saber con sus discípulos. Yo era un Aristóteles todavía joven, recién emigrado de la Academia por razones de intrigas, tras la muerte del divino Platón, mi maestro; y El Putón vino a ser una discípula mía, aventajada y deseosa de filosofía, con la que compartía amigable conversación, Pytia se llamaba. En la noche cálida y azul, bajo la luz de la Luna, con el rumor de la mar al fondo y un ferviente aroma de jazmines en nuestro derredor, urdíamos un plan. Me había enamorado perdidamente de ella y esperábamos con ansia el trirreme que nos llevara lejos de aquella ciudad perdida en una de las islas del Egeo, donde su padre ejercía, como tirano, un dominio caprichoso y déspota. Hablábamos acerca de cómo sería nuestra vida futura, entregados los dos al fuego que incendia la razón y produce la sabiduría, cuando un rizo de su negro y sedoso pelo, agitado por un golpe de la ligera brisa, se deshizo de su peinado, y cayéndole por la mejilla vino a posarse en uno de sus desnudos hombros. Pytia giró el rostro hacia mí, y en sus ojos vi arder un chispeante fuego. Relumbraba el nácar de su faz, y la luz de la Luna hizo brillar las fulgentes perlas trenzadas en la diadema que adornaba la cima de su adorada frente, pero fue su sonrisa la que puso al descubierto las verdaderas perlas que yo codiciaba. Un nuevo empellón de la brisa susurrante y cargada de enigmas movió los pliegues de su ligero chitón, abierto por uno de sus costados; y yo me sentí traspasado por la flecha que lanzaba el rapaz Cupido, y sentí cómo se me aceleraba el corazón con una extraña vehemencia dentro del torturado pecho, y mi mano, mi mano, como movida por un resorte atávico, no pudo sino deslizarse entre aquellos pliegues agitados, buscando, ansiosa, la flor que bajo ellos se escondía... Pytia... Pytia... Pytia... Como dijo Bécquer: Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. No es el caso, pues, de entrar en detalles.


 En estas, arrobado por tan gratos ensueños, para caerle en gracia a El Putón, y ya que llevaba entre sus utensilios un cartapacio voluminoso con las fichas de los alumnos, le pregunté si podría enseñar la foto del tan traído y llevado espécimen. Quería hacer de ella la protagonista indiscutible de aquel momento de gloria; yo me sacrificaba y cedía en mi interpretación para que ella fuera enaltecida. Pero El Putón, ponderado mi ruego, me dijo que no, que no tenía la foto del mencionado, sobre el cual se habían cernido nuestras arduas inquisiciones. Y fue entonces, ante mi manifiesta contrariedad, cuando me soltó la pregunta de marras, con todo el retintín y la mala leche posible de que fue capaz; una pregunta cocida en los sótanos, a fuego lento; una pregunta esmerada, intencional, cargada de un perverso sentido:

—¿Es ese de los ojos azules?

Eso lo dijo casi con dulzura, pero en falsete; con una mirada que pretendía normalizada, aunque decididamente cavernosa bajo sus prominentes arcos superciliares, a ras de la horizontalidad de unos anchos pómulos; sus profundos ojos negros destellaban, fijos en mí. 

¡Ay, ay, ay, Putón, Putón, Putón peripatético! ¡Ay, zamarro loco, Putón dislocado y sangriento! ¡Viejo Putón rebordesío!  ¡Qué contentos deben yacer tus agradecidos muertos en sus plácidas tumbas! ¿A quién quieres engañar? Me hizo la cabeza un clic (lo sentí en el interior de mi cerebro), pues percibí de golpe toda la intencionalidad de aquella pregunta. Sentí su veneno, arrasador; sentí cómo su baba perversa me invadía el cuerpo y penetraba hasta en lo profundo de mis vísceras y huesos. ¡Es tremendo cómo en una fracción de segundo se pueden captar tantos detalles! De golpe advertí la mala leche en aquella suspicaz atmósfera, y fui capaz, tras revelárseme las diferentes reacciones, de entrar en las mentes de los que allí se encontraban, y, al igual que si estas fueran libros abiertos, leí los ligeros y nada lisonjeros pensamientos que por ellas pululaban, porque los profesores, en principio, no se sustraen del común y son gente de psicología simple. Observé la media sonrisa de algunos, la estupefacción de otros, el desvío de la mirada de otros cuantos; estos lanzaban una mirada enigmática hacia el techo, aquellos tragaban saliva, pero todos, todos, reflejaban una expresión en su rostro como si hubieran comprendido. El Putón había dado en la diana porque allí había una preconcepción de base; una preconcepción que no se podía negar por más que ingenuamente yo lo pretendiera. Ya estaba decidido de antemano lo que era o no era posible pensar, puesto que el socavamiento realizado sobre mi honor y dignidad había sido artero, pero, sobre todo, eficiente.



Nadie piense que El Putón me aniquiló. Aunque pregunta tan malévola como la que me lanzó, animada por el fuego infernal, por sí sola era capaz de matar a cualquier mosca que se hubiera interpuesto entre su boca y mi oreja, no, no me aniquiló; sino muy al contrario, sentí una inyección de energía, porque a raíz de aquel momento, y de la toma de conciencia que llevó pareja, inferí el sentido que necesitaba mi vida, como ahora explicaré.

 El Putón, para identificar al alumno en cuestión, me podría haber hecho otra pregunta sobre él, o no hacerla; sabíamos todos de quien estábamos hablando. Pero tuvo que hacer precisamente aquella pregunta como confirmación de lo que ella sabía. ¿Y qué sabía El Putón? Eso justamente es lo que yo quisiera saber, y tal vez tenga la suerte de que me lo explique El Putón o alguno de esos que se cree hasta inteligente. Porque tengo muchos defectos de carácter, pero hay algunos que no tengo. Entre los que pertenecen al segundo rango se encuentra la sinceridad: no acostumbro a mentir, ni a mí mismo ni a nadie; por lo menos, lo procuro. Puedo estar equivocado, y de hecho lo he estado en algunas ocasiones y he tenido que rectificar; pero si lo estoy o lo he estado, no lo es o lo ha sido por falta de sinceridad o de una convicción íntima. Que diga esto es importante, porque si yo fuera homosexual como El Putón pretende, hace tiempo que lo hubiera aceptado con dignidad y, por supuesto, no me hubiera sentido en la necesidad de buscar el amor de una mujer y fundar una familia. Dicho lo cual, habría que preguntarle a El Putón por mi novio y la supuesta vida de crápula que llevo, y recordarle que montar calumnias (aunque yo sé que para ella los temas referentes al honor carecen de significado) es delictivo. Cuando campea tanto la frivolidad como la mala leche, sin ton ni son se hace un daño de efectos devastadores; nuestras acciones tienen consecuencias, y del fluir de aquellas aguas encenagadas siempre llegan los molestos lodos. Esto dicho, no pretendo ponerme sentencioso ni sentimental; El Putón no lo merece. Tampoco es necesario entrar a dar más explicaciones de las ya dadas, salvo decir que a lo largo de mi vida he llevado una sexualidad intensa (ya la quisieran algunos) y tengo una hija que es un sol.


Este tipo de gentuza te ven hecho un solitario, sin asideros sociales, con escasas destrezas en el trato de gentes, poco asertivo, y no se lo piensan: van a por ti. Y esto porque en cualquier ambiente, y especialmente en los de trabajo, hace falta un cabeza de turco sobre quien descargar las frustraciones de sus miserables vidas. Pues bien, a veces se equivocan en la elección de la víctima, y aunque para esta el mal ya está hecho y es enorme, hasta el punto de que difícilmente se le puede poner remedio, a esos indeseables cabe darles un fuerte toque de atención para que aprendan que no todo el monte es orégano y hay una responsabilidad implícita en su manera de actuar que deben asumir. Así se les hace un gran bien, pues, aparte de educarlos, se les humaniza y, poco a poco, con paciencia, se les convierte en personas, siendo de este modo que llegan a aprender que donde les duele a los demás también les puede llegar a doler a ellos. 


Y es que los humanos estamos unidos por invisibles vínculos. La humanidad se agita y retuerce por el dolor, porque el mal es extensivo, y no solo afecta a uno de sus órganos o partes sino que, de forma tan indefectible como fatal, avanza e invade la totalidad de su cuerpo. Poner el remedio es necesario, y urgente; por eso hago una llamada a terapia general desde estas páginas, por incómoda o molesta que resultase en un primer momento, ya que en estos tiempos de profunda crisis decididamente hace falta. Después, tras el paso por el necesario sufrimiento, quedaremos agradecidos sin lugar a dudas; pues veremos brillar la luz, y la alegría desprendida de la luz, una vez enjugadas las lágrimas. Ahora bien, no todos estamos llamados a ver brillar la luz, porque algunos seres no la verán, ya que, a pesar de su apariencia, nunca han sido humanos.

Hay varias clases de Putones: el Verbenero, el Desorejao, el Deshavillé, etcétera. Yo me apresuro a añadir, apoyado en una psicología de campo, un nuevo tipo: el Peripatético. Los Putones Peripatéticos son entes diabólicos surgidos del Averno; se introducen entre los dispares ambientes y campean por la faz de la tierra con la finalidad de atormentar. Si no fuera por su cariz eminentemente venenoso, cuando no adoptan la figura humana se les podría ver tal como son: como culebros con un grosor más ancho que el de mi brazo.


Mi vida ha tomado un giro positivo desde que me dedico a desenmascarar esos monstruos con apariencia humana que viven entre nosotros. Cada día me lo paso mejor lidiando con los seres diabólicos, descubriéndolos, neutralizándolos y sacándolos a la luz para que sufran una suerte de consunción por el fuego, como los vampiros.





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                                               Jesús Cánovas Martínez©