viernes, 8 de agosto de 2014

DE AMICITIA (5ª parte)

DE AMICITIA (5ª parte)



5

—En el pueblo donde trabajo son muy animales —dice Paco—. Llegó uno a pagar el sello del coche. «Vengo a pagar el sello del coche», se encara conmigo, delante de la ventanilla. «¿Cuál es su coche?», le pregunto. Y me responde: «Es un Corsa blanco». «¡Ya! ¿Cuál es la matrícula?», le vuelvo a preguntar. «Un Corsa blanco», me vuelve a decir. «De acuerdo, ¿pero qué matrícula tiene?», le insisto. Y entonces me repite silabeando y despacio por si no lo he entendido: «Es un Corsa blanco». Le digo de nuevo: «Necesito la matrícula; ya sé que es un Corsa blanco». «No sé la matrícula, no me acuerdo; pero es un Corsa blanco, ¿sabe?», me recalca. «Ya —le digo con mis mejores modales—, pero si no me trae la matrícula no puedo tramitarle el sello». Se va el buen señor y al poco me trae la matrícula del coche —realiza Paco un gesto con las manos y dibuja en el aire un rectángulo alargado— y me la esclafa ahí delante. —Se ríe a mandíbula batiente—. ¡Son muy animales en ese pueblo, muy animales! —repite sin dejar de reírse, llevándose el puño de la mano derecha a la frente.
La anécdota referida por Paco sirve de pretexto para hablar de lo burra que a veces es la gente, y sin el a veces. Ana cuenta una historia (ya se la había oído yo en otra ocasión) de antes de la guerra del siglo pasado. Resulta que va uno de su pueblo, de familia de gente pudiente, de las que se podían permitir ciertos lujos, dice, un tal Casamata, el abuelo de los actuales Casamatas, de viaje de novios a un hotel de Cartagena, lujoso, de lo mejorcico del momento. Aquel hombre de haberes, pero apegado al terruño, en su vida había visto una bombilla, así que cuando los novios en la suite del hotel, tal y como mandaba el recato sexual de la época, pretenden apagar la luz y entrar en intimidades, se sube a una silla y comienza a soplar a la lámpara; no logra apagarla y sopla más fuerte. Como aun así no puede apagarla, para quedar bien delante de su novia, la que ya se siente inquieta y como avergonzada, no se le ocurre otra cosa que llenar un cubo de agua y echarlo por encima de las bombillas. ¡El colmo! ¡Casi incendia el hotel! Ana pone los labios en forma de cero y la palma de la mano enfrente de ellos, y sopla. Estallamos en risas.
Al hilo Pepe cuenta otra anécdota, o chiste, acerca de unos de su pueblo. Dice que es un caso real, aunque no sabemos si podemos confiar en él; nos queda la duda. Va de novios, de luces y sombras. «Antiguamente los matrimonios eran muy pudorosos (ya lo ha dicho Ana), y solían hacer el amor a oscuras. Una pareja de novios de mi pueblo en su noche de bodas apagaron la luz y se dispusieron a cohabitar. Pero la novia, pudibunda, que para prepararse había entrado antes que el novio en el cuarto, al desnudarse puso encima de la cama el abrigo de visón —eran gente de perras— y se fue para el baño. El novio, cogido en ansias, no estaba para muchas esperas; así que entró, furtivo, en el cuarto, en el cual reinaba la oscuridad más absoluta, para hacer el amor a lo salvaje. Desesperado y enhiesto como se encontraba, fue y echó mano al visón. Después de palparlo y repasarlo varias veces con bárbaro frenesí, asombrado pregunta a la novia, sin dejar de palpar: “¿De verdad, es todo tuyo?”.»
Pepe apoya su ocurrencia con un gesto de manos, y hace como si alisara un visón invisible.
Pienso yo en un chiste de Jaimito, pero me muerdo la lengua. Es chiste gastado y me puede el sentimiento del ridículo. No tengo gracia para contar chistes.
Paco se anima y cuenta el de la orgía. «Dos hombres y tres mujeres deciden realizar una orgía, pero para darle más emoción y morbo al asunto, lo hacen con la luz apagada. Al cabo de media hora, uno de los hombres enciende la luz y dice: “¡Un momento, vamos a organizarnos! ¡Llevamos media hora de orgía y resulta que yo sólo he metido una vez y ya me han dado cuatro veces por el culo!”.»
Ana pasa a la acción y relata otra historia de su repertorio, de las de época; dice que es verídica: «Antiguamente, la noche de bodas era un gran acontecimiento y estaba ritualizada sobremanera. Como las novias generalmente eran ingenuas y con poca experiencia, en esos momentos cruciales de sus vidas se dejaban guiar por las abuelas. Resulta que una novia había perdido el himen, y se trataba de ocultar tal eventualidad al novio. Así que la abuela le dice a la novia que no se preocupe, que apague la luz cuando vayan a entenderse y le deje hacer a ella. Llega la noche, la novia se prepara para recibir al novio y se pone en el sitio unas gasas que amortigüen los envites del frenesí y den el pego; la abuela, mientras tanto, se mete en el armario para vigilar y estar al quite por si algo falla. El novio, en la oscuridad, entra en la alcoba, medio borracho y enervado, presa de la pasión y el deseo, con tan mala suerte que mete el pie en un cubo que anda por allí. “¡Madre mía, si lo he metido hasta el fondo!”, exclama el pobre hombre. Y entonces la abuela, que piensa lo que piensa, le responde desde el armario: “¡Que es de boca ancha, imbécil!”».
Quiero participar en la ronda de chistes con algo que sea gracioso. Me acuerdo de un chiste, de los que suele contar mi tío, y arranco: «Va el obispo al convento de monjas, las reúne y les dice: “Últimamente estoy teniendo una serie de visiones referentes a una monja de este convento; de momento no tengo claro de que se trata, pero conforme las visiones me lo muestren os lo iré contando”. Así va el obispo una y otra vez al convento y dice lo mismo: “¡Ya os lo iré contando!”. Las monjas todas están en ascuas; el obispo tiene fama de hombre santo. Un día, el obispo les dice: “¡Ya sé de qué se trata! Resulta que a una monja de este convento… ¡le va a salir novio! —exclama con énfasis. Esclarece la voz y, luego, añade solemne—: Pero todavía no tengo indicios suficientes de cuál será la agraciada”. Vuelve el obispo otro día (las monjas están que no caben en sí): “No sé aún cuál de vosotras recibirá la gracia, pero se me ha revelado un indicio: ¡tiene que tener la boca muy pequeña, de piñón! —suelta, y ceremonioso, agrega—: Ya iré aclarando en el futuro, según las visiones me lo muestren, más indicios al respecto”. Toman las monjas nota y todas ellas se chupan las mejillas hacia adentro, pero la más fea lo hace de forma exagerada, tanto, que por la oclusión de los labios no puede comer sino tan sólo tomar líquidos con una pajilla. Así anda el convento cuando llega de nuevo el obispo. Se supone que ese día es el de la revelación final. “¡Ya sé a la que le va a salir novio! —prorrumpe el obispo, eufórico—, pero resulta que la vez anterior me había equivocado —dice luego por lo bajo, con tono de disculpa, y, retomando la gravedad, precisa enseguida—: ¡No es a una monja de boca pequeña! ¡Es a la monja de la boca más grande!”. En esto, la monja fea que lo oye, y que había estado los días atrás alimentándose con la pajilla, abre la boca lo que le da de sí, y dice: “¡Haberlo dicho anteeeeeeeeees…!”».
Se escapan unas risas de compromiso. Para contar chistes hay que tener gracia, y yo no la tengo. No basta que éstos sean ingeniosos, sino que hay que saber darles la modulación oportuna de voz y los gestos adecuados. A mí me falta la chispa. No sé por qué, con lo largo que me ha salido el dichoso chiste, y quizá por la amenaza que sienten de que pueda contar alguno más, percibo de que a los demás se les han quitado las ganas de seguir por ese derrotero. Y de hecho, así ocurre.

 (continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

miércoles, 6 de agosto de 2014

DE AMICITIA (4ª parte)

DE AMICITIA (4ª parte)



4

Es una pareja joven la que nos presentan; deben de andar por los treinta y pocos. Encarna es alta — bastante más que Paco—, delgada, fina; posee una piel color de miel que recorre una ligera pelusilla, tersa, aterciopelada, suave; sus caderas son algo anchas en relación al cuerpo, aunque sus piernas están bien contorneadas. Viste una camisilla blanca y un pequeño pantalón color verde hoja seca que le llega hasta medio muslo; los senos le abultan muy poco. Su rostro delgado mantiene las proporciones; la nariz es un poco larga, con un ligero bultecillo en el centro, pero no afea ni desentona con la frente despejada y la boca de labios finos —al reír se le monta un poco el labio superior—; los ojos, verde pálido, son grandes y rasgados, soñadores. Unos cabellos sedosos y rubios le caen casi hasta los hombros. Calza unas chanclas de esas que se enganchan entre el pulgar y el índice. Paco viste unas bermudas blancas, zapatillas de deporte —me parecen de marca— y un Lacost color rosa pálido, la moda de este verano; es algo fornido, de cuello grueso, tiene una voz característica y gesticula mucho al hablar; sus ojos son muy vivaces. El pelo le cae a Paco en media melenita y le tapa las orejas y el cogote formando pequeños ricitos, y al igual que el de su mujer destella tonalidades de rubio, aunque tirando a castaño. Encarna es callada; habla poco. Paco es extrovertido, dicharachero; habla y habla, gesticula sin cesar y lleva las manos continuamente hacia atrás y hacia adelante. Los dos se han debido asear para la ocasión con esmero; traen los pelos como recién salidos de la ducha y dejan un tufillo a colonia bastante fuerte. Se les nota, por la manera cómo nos han saludado, que quieren caer simpáticos.
Pepe ha dado la luz de la piscina; el agua, espejo azul en el que se refleja la noche, iluminada, parece un cristal transparente; no se levanta ni el más leve rizo de su superficie. Paco habla de su perra Sara. Sara es una drahthaar con pedegree, muy golfa y muy mimada; es noble, glotona, cariñosa y tontuela. «Deja que todo el mundo la toque», dice Paco. Cuenta que estuvieron a punto de sacrificarla por el error de una veterinaria.
—La veterinaria nos dijo que era una displasia de las peores y que teníamos que sacrificarla —dice—. La noticia nos dio el viaje de novios. Encarna se echó a llorar y quería que nos la lleváramos con nosotros. Pero no la íbamos a llevar a Florida. ¿Cómo? Lo pasamos bien en el viaje, por supuesto; pero no estuvimos tranquilos y no pudimos disfrutar todo lo que hubiéramos podido. Estuvimos muy preocupados pensando que al regreso la tendríamos que sacrificar. Sin embargo, a la vuelta, la llevamos a otro veterinario, éste de Murcia, y nos dijo, una vez que la vio andar, que de displasia nada. —Y Paco recalca—: La perra no tenía nada de nada, nos dijo, y esto sin radiografías y una vez que la vio andar.
—La displasia de caderas, creo —intervengo—, es normal en los perros grandes, no tanto en los medianos. —Y añado en tono pedante (me doy cuenta justo al pronunciar las palabras)—: No tiene mayor importancia, y esa no es razón para sacrificarlos.
—Es que hay una displasia perniciosa —me explica Paco—, la peor de todas, con la que no pueden vivir. Cuando son muy pequeños apenas se les nota, pero luego les causan problemas, por eso es mejor sacrificarlos —dice. Y vuelve a remachar ideas anteriores—: En el viaje de novios lo pasamos bien, pero nos llevamos aquella preocupación por la perra. A la vuelta la llevamos a otro veterinario; puso la perra a andar delante de él, y sin radiografías ni nada nos dijo que la perra estaba bien, que no le pasaba nada, ¡para que veas! Por eso hay que consultar varias opiniones en este tipo de casos.
—¡Y de cualquier tipo! ¡Hay que contrastar! —enfática, añade Ana.
—¡En menudas manos estamos! —exclama Pepe.
—Desde luego, hay algunos profesionales que no se sabe dónde les dan el título, deben de haber pasado por la ESO —digo.
Ana se ríe. Pepe la secunda.
—Jesús es profesor —dice Ana.
Supongo que esa aclaración es innecesaria. Ana ha debido ponerlos al corriente con anterioridad de nuestros gustos y aficiones, al igual que ha hecho con nosotros respecto a los de ellos. La entiendo como una forma de halago.
—No se puede ser perfecto —concedo—. En algo tenía que fallar, aunque fuera para ganarme la vida.
—Bueno, ¡vamos a sentarnos! —ordena Ana, de repente—. Pepe y yo nos sentamos aquí —dispone, y se sienta de espaldas a la puerta de salida de la cocina, mirando hacia el patio, y Pepe lo hace a su lado. El resto de los comensales, lo cuatro invitados, permanecemos de pie.
Hemos estado hablando alrededor de la mesa en la que vamos a cenar, por eso cuando Ana ordena que nos sentemos apenas si necesitamos hacer pequeños cambios de posición. Lo normal es que cojamos el sitio más cercano a cada uno de nosotros. Pero, de cara a la rapidez con que ha actuado la anfitriona, nos hemos quedado mirándonos.
—¿Dónde nos sentamos? —pregunta Blanca.
—¡Dónde queráis! —responde Ana.
Como seguimos indecisos, Ana vuelve a ordenar:
—¡Venga, Jesús, tú siéntate aquí, presidiendo! —Y me señala un lugar en la cabecera de la mesa, a la izquierda de Pepe. Me siento, pero los demás tienen un momento de indecisión, pues Encarna se haya a mi lado y Blanca y Paco un poco distantes. Ana vuelve a desvanecer tal confusión con otra orden—: ¡Encarna, ponte al lado de tu marido!
Blanca se sienta a mi izquierda, mirando hacia la cocina, y Paco queda enfrente de mí, en el otro extremo de la mesa; Encarna a su derecha enfrente de Ana.
—¡Aing, qué Luna más bonita! —exclama Paco cuando se sienta, al percatarse del lleno. Mira hacia la Luna, esplendorosa.
—¡Sí que está preciosa! —exclama Blanca, girándose para observarla.
—Está preciosa en el lleno —ratifica Ana. Y se levanta para acercar unas bandejas que ha puesto en una mesa auxiliar.
En una bandeja hay unos ibéricos y, en otra, salmón al lado de un cuenco con tomate triturado. Acerca Ana unas tostadas y comienza a pasar las bandejas. Pepe se levanta y trae dos botellas de vino; una de ellas enfundada en una camisa y metida en una cubitera, el blanco que he traído yo; la otra es de vino tinto, y de gran tamaño.
—Es la más grande que he encontrado —dice Paco.
Paco está inspirado, es muy locuaz, y pronto se apropia de nuestra atención. Habla de su trabajo, de su vida, de los sitios en los que ha vivido, de los viajes que ha realizado, de los lugares en que ha trabajado, y salpica la conversación con numerosas anécdotas. No se muestra ufano en su manera de hablar; relata y cuenta los hechos con total naturalidad. Ha estado en varios países y ha realizado los trabajos más diversos, desde conductor de autobús a vendedor de helados. A la media hora nos hemos enterado de gran parte de su vida. Paco se queda, a menudo, con la mirada fija.
Mientras comemos y Paco habla, observo a Encarna, y me confirma la primera impresión que he tenido sobre ella.  Participa poco en la conversación y, cuando lo hace, es para ratificar alguna opinión de su marido con monosílabos. Muy a menudo se le queda mirando como extasiada. Sus gestos son comedidos, pero se toca el pelo y se lo alisa con demasiada frecuencia; se pasa una mano por el cabello y se coge un mechón con el dedo pulgar e índice, entonces lo retuerce formando pequeños bucles; al cesar la presión de los dedos, el cabello vuelve a su posición normal.  Otro tic que le detecto consiste en que lleva una de sus manos al pantalón, a la altura de uno de sus bolsillos, y la frota.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©


martes, 5 de agosto de 2014

DE AMICITIA (part. 3ª)



DE AMICITIA (3ª parte)



3

Pero retorno con la mirada hacia las cosas cercanas. Con tesón, ganas y trabajo, en esta parte de atrás de la casa mis amigos han organizado los espacios, unos para el recreo, otros para subvenir las pequeñas necesidades de despensa; el ocio y el negocio. Desde el porche, cubierto por unas colañas enmarañadas por las hojas de una parra, bajo las que está dispuesta la mesa, se distinguen las diferentes zonas del huerto. Queda dividido en dos mitades por un serpenteante y corto caminillo hecho con guijos y traviesas que zigzaguea hasta una pequeña pérgola de madera. Delimita el camino dos espacios claramente definidos. Conforme me encuentro, a la derecha del mismo, se encuentra el jardín; un crespinillo feraz, menudo, de florecitas pequeñas y rojas, que necesita poca agua para mantener el verdor, cubre esta banda. Veo el pequeño aljibe encalado, un parterre donde mansamente se seca una planta de margaritas, pues ya ha pasado la estación, y a rodales, en pequeños alcorques, distintos arbolillos: un hibisco (en esta latitud lo llaman bobo), un trompetero, un paraíso. A la vera del caminillo hay unos girasoles y unas plantas altas con flores parecidas a margaritas, aunque no lo son. («Debo preguntar su nombre a Ana», me digo mentalmente.) Bajando un escalón, a la izquierda del camino, hay un horno de leña, y, no muy lejos del mismo, una ducha; tres hamacas en fila sobre un suelo enlosado contemplan atentas la piscina. Es una piscina relativamente grande para las que se hacen en la actualidad. «Ahora no podríamos hacerla tan grande —me dijo Pepe no hace mucho—. Está prohibido, por la falta de agua —explicó, y guardó silencio—. Tampoco podríamos hacernos la casa, con agua o sin agua —añadió, luego de vacilar un momento.» Pasada la pérgola, donde acaba la pequeña senda, tienen mis amigos el terreno que explotan para el consumo; una fila de baladres rojos y blancos separa esta parte de la finca del resto. Me encamino hacia la pérgola y salgo a contemplar las matas que tienen sembradas; contemplo los caballones donde estuvieron las habas y los pésoles y paso a echarle un vistazo a las berenjenas, gordas y moradas. Recorro con mis manos las tomateras, sujetas con cañizo, y luego me las llevo a la nariz y aspiro la fragancia de la que se han impregnado.
En esto, Pepe se me acerca por detrás.
—Las tomateras están en lo suyo —dice.
—¡Me encanta su olor!
—¡No sabes la cantidad de tomates que dan! ¡Vamos a tomar un gazpacho de la cosecha! ¡Verás qué sabor!
—¡Qué suerte tienes, jodío! —exclamo— ¡Ya es un lujo comer de lo que uno siembra!
—¡Ah! —responde—. Casi no me creo que hayamos podido hacer la casa.
—Está el crespinillo precioso —digo—. Hay que ver cómo en dos años ha podido cubrir la mitad del jardín.
Hace dos años les dimos unos brotes de crespinillo y algunos esquejes de otras plantas para que los sembraran en una tierra arcillosa, limpia de floresta.
—Y lo importante es que no necesita agua —dice Pepe—. Crece sin agua, ni una gota —recalca.
—En estas latitudes nuestras, plantas así son una suerte —corroboro—; aquí no se puede poner césped.
—¡Qué va! Gastaríamos mucha agua.
—El césped es para el norte; allí les sobra. Aquí hay que plantar matas que se acomoden al clima semiárido de nuestra zona.
—¡Y qué lo digas! —exclama Pepe, y apunta—: Ana y yo estamos viendo la manera de cultivar unas patatas; el otro día compramos un libro, El huerto ecológico, y hemos leído que con ruedas de neumáticos rellenadas de estiércol y tierra podemos sembrar patatas. Lo bueno es el poco espacio que ocupa el invento. Para el año próximo tendremos patatas de nuestra cosecha.
—Y se le da utilidad a esos neumáticos viejos que ya no sirven sino para contaminar —apostillo.
Oímos la voz de Ana, de lejos:
—¡Pepe, ve abrir; creo que son Paco y Encarna! —grita desde algún lugar indefinido.
Pepe me deja solo. Paso otra vez la mano por las tomateras y vuelvo a aspirar su fragancia. Me recreo de nuevo en la contemplación del pequeño huertecillo: en la higuera, que ya tiene una buena cosecha de higos; en el pequeño limonero, el mandarino, el chopo; en el almendro, con tres almendras. Miro hacia el cielo. La Luna comienza a salir, grande, redonda, esplendorosa, por la hoz que se forma entre la grupa del Cabezo de Hornos y la cúspide cónica del Cantalar; forma una conjunción con Júpiter. «Noche propicia para la expansión y la amistad», me digo, y, al pensar de este modo, recorre mi cuerpo una agradable sensación y se me expande el plexo solar.
La noche azulea. Me dirijo hacia el porche.
 Pasan por delante de mí Vaqui, Espe y Negrín a la carrera, como diminutos gamos; son los gatitos de mediados de mayo que ha tenido La Careto, una gata salvaje que se refugia en el huerto y no muy de tarde en tarde alumbra la alegría de nuevas vidas. Negrín, el más chico, es especialmente gracioso; parece una pantera bonsai, orejuda, de ojos grandes y brillantes.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

sábado, 2 de agosto de 2014

DE AMICITIA (2ª parte)

DE AMICITIA (2ª parte)


2

Llegamos al filo de las nueve de la noche, la hora convenida. Sale Pepe a recibirnos. Precipitadamente se ha puesto un suéter encima del torso desnudo. Lleva un pantalón corto y camina en chancletas. Pepe es casi de mi misma estatura, un poco más bajo y mucho más delgado; omitiremos la edad. Como yo, usa gafas, pero a sus ojos, generalmente pícaros, no hay monturas que los disfracen. Es un hombre, si no se desmadra, de ironía contenida; las coge al vuelo y es capaz de soltarlas cuando menos lo esperas; hacemos buenas migas. Hace calor. El día de hoy ha sido muy riguroso, ese aire africano ha puesto el termómetro cerca de los 40º, y eso que estamos en la playa. Pepe le da un beso a Blanca y luego me tiende la mano, pero en vez de ofrecerle la mía, le pongo una botella de vino en la suya. Se sonríe.
—Está fresco, pero mételo en el congelador para que no se caliente —le digo.
—¡Pasad! Ana está terminando de preparar las cosas.
Avanzamos por el pasillo del que cuelgan algunos óleos de gusto esquivo y reproducciones de litografías a color del siglo XIX; la galería queda rematada por las fotografías en sepia de los ancestros. Ana está en la cocina atareada, ultimando los preparativos de la cena; vigila una sartén puesta encima de la vitrocerámica. Sobre la repisa de la cocina y en una mesa adyacente hay una serie de platos con viandas, listos para sacarlos al porche en donde vamos a cenar. Ana es una mujer delgada, espigada, pura energía; posee un rostro oval y proporcionado en el que destacan dos enormes ojos castaños, escrutadores, intensos; su nariz es clásica, sus labios finos y delgados, la frente despejada; el pelo, lacio y negro, le cae en una corta melenita.
La felicitamos con sonoros besos.
—¿Podemos ayudar en algo? —preguntamos Blanca y yo al unísono.
—No, no hace falta. Tomaros, mientras llegan Paco y Encarna, una cerveza. —Después manda a Pepe, elevando un poco la voz—: ¡Pepe, sácales una cerveza!
—Para mí, no —declino la invitación—; prefiero esperar a que estemos todos.
Blanca es de la misma opinión.
Blanca se queda con Ana en la cocina, Pepe se hunde por algún lugar de la casa, quizá va al garaje a coger algo, y yo salgo al patio.
Es la hora del crepúsculo; la noche inminente se deja caer, pero la oscuridad todavía no ha ganado espacios suficientes como para no distinguir los perfiles de los montes. Desde el porche contemplo el entorno. A mi derecha surge la joroba admonitoria, parecida a un cono ligeramente inclinado, del monte del Cantalar, cubierto de pinos, en cuya base se encuentra un nacimiento de agua, que haciendo alarde de la imaginación los nativos del lugar llaman La Fuente. Contiguo al Cantalar está el Cabezo de Hornos; ambos conforman la figura de un dromedario; la Luna, tras su joroba, anunciada por un blanco resplandor, no tardara en emerger, gloriosa y plena. Al frente se extienden las terreras salpicadas de casas, rastrojos prontos para la quema o el rejón, huertos de limoneros y tierras en barbecho; arañadas por la rambla de La Carrasquilla, que en su descenso hacia el Mar Menor ha dejado un tortuoso surco donde abundan las mimosas y los pinos, estas tierras son en extremo fértiles y se las explota de manera intensa. Al fondo, cierran el horizonte, tal y como lo recorre mi mirada, el campo de golf de Atamaría —se han encendido las lucecitas de las casas y parecen luciérnagas artificiales iluminando el índigo de la tarde—, el Cabezo de Enmedio y las crestas de la sierra del Sabinar; por detrás asoman los perfiles de la Sierra Minera. Un poco más allá se emplaza el Cabezo de San Ginés, monte sacro en cuya falda se encuentra la cueva Victoria; con el resplandor último del sol, en la rojez del cielo de poniente, distingo, junto a los restos del antiguo monasterio, cómo por su grupa suben las ermitillas derruidas de un antiguo calvario. Hacia mi derecha cae una ladera en suave declive hasta el mar; se suceden una serie de chalets, y pronto aparece una herida de sordo rumor por la que numerosas luces móviles cortan el espacio de este a oeste: la autovía de La Manga. Hoy, coincidiendo con el fin de semana, es día de salida para unos, de retorno para otros; abunda el tráfico en ambos sentidos. Franqueada la autovía, las tierras se descuelgan en pendiente; quedan por allí Los Belones, bancales sembrados de melonares, alguna palmera enhiesta mostrando su orgullosa copa, oliveras desparramadas en grupos, algarrobos y, al fondo, en lontananza, la línea del Mar Menor, alumbrada por las luces de algunos de sus pueblos ribereños: Los Nietos, medio oculto por El Mingote, en primer lugar; Los Alcázares, un poco más lejos; aún más, Santiago de la Ribera. Aunque no la veo, intuyo la serpiente de luz de La Manga, sus edificios que parecen emerger del fondo mismo de las aguas. Las islas de El Barón y la Perdiguera flotan, serenas, sobre la albufera.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

jueves, 31 de julio de 2014

DE AMICITIA (parte 1ª)


DE AMICITIA (parte 1ª) 



1

Entre los pocos amigos que nos invitan a su casa se encuentran Ana y Pepe. Ana es profesora como yo, aunque no ejerce en mi instituto. Nos conocimos hace años en un encuentro de poesía en el que leímos los dos y los dos tuvimos que soportar a cierto personaje afamado en ese hábitat; las gracietas a trasmano del individuo en cuestión y los comentarios soterrados que hicimos de las mismas fueron el detonante de nuestra amistad. Pepe, su marido, es asesor fiscal y tiene por diversión acompañar a Ana en recitales y actos de este tipo. Los veranos, cuando en el periodo vacacional residimos en Cabo de Palos, nos vemos a menudo; ellos viven en el camino de Las Barracas, en Los Belones. En invierno solemos reunirnos los fines de semana, tomar algo juntos y pasear, pues a Blanca y a mí nos gusta dejar el tráfago de Murcia y buscar el asueto en la tranquilidad del Cabo. Nuestra hija adolescente, en esas fechas de invierno, no nos acompaña; tiene su peña de amigos en Murcia y prefiere salir con ellos. Venimos solos y nos juntamos con Ana y Pepe. Ellos también tienen una hija única, un poco mayor que la nuestra, muy aplicada y muy guapa, que estudia Económicas; saca unas notas excelentes, así que, cuando no sale con su novio formal, los fines de semana se los pasa estudiando. Cuento lo precedente para dejar claro que nuestros amigos, al igual que nosotros, están eximidos hasta cierto punto de las servidumbres de la crianza. Por eso, libres de las ataduras de nuestras hijas podemos vernos y hablar de nuestras cosas, salir a dar un paseo, ir a algún espectáculo o tomar una copa. Hoy es el santo de Ana y la llamamos por teléfono para felicitarla.
—Ana, felicidades —dice Blanca.
Y luego hablan de sus cosas. Yo quería haberla felicitado también. No he tenido brecha, y me siento algo marginado.
—Dile que de mi parte—susurro a la oreja de Blanca.
—¿Has oído, Ana? Y también felicidades de Jesús —se encara con el auricular.
—Ana dice que gracias —me comunica Blanca ladeándose un poco del aparato.
No hacía falta, estoy suficientemente cerca para oírlo. Me despego a continuación de Blanca, las dejo que hablen a gusto y me voy a mi despacho a pelear con unos folios en blanco. Como estoy de vacaciones ando hecho un mandilón y rondo por la casa de un lado para otro.
No tengo ideas que escribir. A pesar del tiempo de que dispongo me encuentro en sequía; no se me ocurre nada. Así que poco después me dirijo a la cocina. Blanca navega entre un mar de cacerolas.
—¿Qué vas a hacer de comer?
—Cocido
—¡Bah!
—Si el señor quiere otra comida, hay cerca un restaurante.
No insisto, y derivo la conversación hacia otros derroteros más lúdicos.
—¿Qué dice Ana?
—Que nos invita esta noche a cenar. Ha invitado también a Paco y Encarna. Vamos a cenar los tres matrimonios juntos.
—¿Paco y Encarna?
—Sí, tú los conoces; Encarna tiene una tienda de telas en El Algar y Paco es su marido —explica Blanca—. Creo que los conoces, has debido de verlos alguna vez —insiste.
—De Encarna te he oído hablar, y de Paco… —me quedo pensativo unos momentos— ¿No fue aquél que el año pasado, cuando la mariconada esa de la batalla de cartagineses y romanos, nos presentó Ana?
—El mismo.
—¡Ya!
Doy otro golpe de timón a la conversación. La derivo hacia cuestiones urgentes.
—¿Le has preguntado por el vino que debemos llevar?
—No, pero luego la llamo.
—Dímelo cuando lo sepas, para que ponga en el frigorífico blanco o tinto, o los dos.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

viernes, 4 de julio de 2014

LA DUDA QUE ME ASALTA

He logrado publicar algún relato que otro en revistas y libros colectivos. En 2009 –¡cómo corre el tiempo!— compuse una colección de doce pequeños cuentos que llevaba por título Libro de los cuentos efímeros; la presenté a Ediciones Tres Fronteras con el fin de que fuera publicada, pero sometidos los cuentos al escrutinio del director de la editorial, el libro quedó todavía más “efímero”. Los cuentos se redujeron a siete, y la colección tomó el título del primero de ellos: Dulcísimas hebras de oro. Dicho lo cual, el libro ganó unidad temática, intensidad, tortura, nervio. Fue publicado en la colección La Biblioteca del Tranvía. Con mi agradecimiento a los responsables de Ediciones Tres Fronteras, aquí rescato uno de aquellos relatillos:




LA DUDA QUE ME ASALTA


No, no sabes, amor mío, qué largas son mis noches y mis días sin ti; no, no lo sabes, amor mío. Te busco incesante y todas las cosas me traen tu recuerdo: los bolígrafos que toco, los folios donde escribo, los libros que me rodean, las carpetas donde guardo mis apuntes, esta habitación en donde estoy y muero, el dintel de la puerta, la noche, el trágico confín donde mueren las horas, el desaliento de cada día; todas las cosas están llenas de ti, tú las animas, y ellas son en tu substancia, de tu substancia, sostenidas, formando parte de ti; tú, en ellas… Y, sin embargo, las toco, las siento, se adormecen en mi alma y me ofrecen un límite frío; esas mismas cosas que sostienes te separan de mí. Esas mismas cosas donde contemplo tu rostro, tu figura, tus ademanes, esas mismas cosas te separan de mí; oponen un muro, tal vez una membrana transparente tras de la cual yo quisiera encontrarte, y me frustra, no sabes cómo, no encontrarte.
Amor, hoy es noviembre, las hojas caen de los árboles. ¿Por qué será que los ojos se me llenan de muerte si pienso en ti? Ingrávida, en el aire, sostienes mi esperanza fruncida en el verde mustio de las hojas y el desencanto. Hoy es noviembre; durante el día ha lucido un sol débil y, ahora, ya la tarde vencida, adentrada la noche, mis ojos caminan tras tus huellas. Soy todo recuerdo, todo recuerdo de ti, amor. Entonces veo tu sonrisa en el alba y aspiro el primer día en que te conocí ¡Qué bella! Si la belleza tiene un nombre, ése es el tuyo. Porque tú emerges en el día primero de mi vida; me contemplas desde allí, y aquí, y ahora. El azabache de tus ojos me sostiene, me sostiene la ternura de tu voz, me acuna y me lleva el ritmo de tu aliento, la melodía de tus brazos cuando se mueven, los giros de tu cintura, tu sonrisa blanca, sin mácula, tu suave sonrisa derramada por el mundo como don y gracia.
Amor mío, aspiro la muerte porque necesito morir. Si tú me faltas, yo no puedo existir… ¿Cómo te diré que te amo? ¿Con qué palabras? ¿Con qué gestos? ¿Cómo te diré que te amo?… Yo, el solo, el desterrado; yo, el perdido, ¿cómo te diré que te amo? Si tú eres plenitud, qué lejos; si tú eres promesa, qué lejos; si tú eres esperanza, qué lejos… ¡Qué lejos, amor mío, te siento, qué lejos!

¡Qué lejos tú de mí! Pero en mi vida irrumpiste y eres dueña de ella: eres mi vida, mi misma vida, que ya no es vida si tú no la habitas. Oteo siempre detrás de todo, a la zaga tuya, te persigo por los laberintos de lunas o puñales, por los vericuetos del tiempo, al acecho, despierto, en el sueño, siempre, esperándote, amor, esperándote.
Se adentra la noche, se sumen los rincones en penumbras; mi amor es puro y blasfemo. He pronunciado tu nombre en voz alta y me he callado luego para que tú seas conmigo; tú seas aliento, cuerpo, conmigo; para que no haya opacidad, no rotura, no hiato, no separación, no dos, sino uno; uno siempre. He gritado y me he callado en el silencio para escucharte, para sentirte; me he callado y he cerrado los ojos para meditarte, para medirte en la noche, la larga noche, para poseer tu sombra en mi delirio, en la soledad, contigo, en el silencio de la noche.
Uno, uno contigo; uno; no dos, uno… Un mismo mundo para uno; ser uno contigo, renunciar a toda dualidad, a toda oposición, a toda polaridad… Uno en la vida. Recentrar, reencontrar un centro perdido, contigo, siempre, contigo…
Sin embargo, mis ojos se nublan, amor mío, mi razón se oscurece… una sombra de duda me golpea… ¿Qué pensará tu marido de todo esto? ¡Sí! ¿Qué pensará? Es un buen tipo. Hoy, sin ir más lejos, hemos tomado una cerveza juntos. Y sé, que aunque el muy jodido sea testigo de Jehová, mormón o algo así, es un amigo. ¿Sería capaz de entender lo que yo siento por ti… mi amor arrasador por ti? No… creo que no. Y no porque Antonio sea un zoquete; Antonio es simplemente Antonio: una circunstancia. Pero, además, tú tienes seis hijos: Antonio, Juan Luis, Emilia, Fulgencio, Rocío Macarena y Angustias. Tus hijos, ¿qué son de ti? ¿Cómo hacerlos a ellos partícipes de nuestra unidad esencial? Esta es la duda que me asalta, amor mío, ¿ves? Yo que soy incapaz de pronunciar tu nombre, porque tú estás por encima y más allá de todo, de cualquier horizonte, yo, ya ves, tiemblo cuando pienso en tus hijos. No sé cómo asumirlos en nuestra unidad esencial, perfecta y sin mácula. No importa que mi mujer, Alicia, como tu marido, Antonio, no entiendan nada: son circunstancias que nos allegaron en un extremo, acontecimientos que nos sucedieron antes de descubrirnos… Tampoco importan mis hijos, José Joaquín, Alberto, Jesús Renato; no, no importan, porque ellos me los ha dado la circunstancia externa, el sinsabor de la vida.
¡Ay, amor! ¿Qué será de tus hijos? ¿Qué será de ti y de mí y de nuestros hijos y cónyuges respectivos? Cuando te veo en la oficina, mis ojos se me llenan de ti; aspiro entonces tu fragancia, el perfume de tu voz, como migaja que de tu aliento cae entre esos «Buenos días», por las mañanas, con que así me torturas, y que yo recojo avaro, ávido, sediento de ti… Ave delicada, vuelo de alondras levantan tus brazos y tus manos cuando revolotean entre las mesas de la oficina y atrapan folios y albaranes, cuando, delicadas y sublimes se posan, aleves, sobre las teclas de los ordenadores, rozan los bolígrafos, irrumpen entre los lápices. Delicadas son tus orejas al tacto de los teléfonos; tu boca, pozo de frescura, por donde escapan las sílabas y el aire que emerge desde dentro de ti; tu boca, pozo, pozo de un oasis, pozo del que yo nunca he de beber, pozo con que así me torturas; boca de sílabas, boca con que pronuncias palabras y nombres, tu boca…, amor, amor mío, tu boca…
Mi mujer, Alicia, duerme. Es de noche. Muy tarde. Sigo solo en mi despacho y ordeno mis pensamientos en la sombra. Sigo solo.
Te recreo en la noche, amor mío, para llegar a tu noche, alzar el velo, correr la cortina, traspasar la puerta. Pienso en ti, y se me llena todo el corazón de amor y de muerte. Y mi corazón retrocede. Mi corazón se consume en esta hoguera nocturna. ¿No he de abrasarme en el amor y la noche cuando todo, todo, todo es en ti y arde en el amor y la noche? ¿No he de consumirme en la hoguera? Sin descanso he buscado tus ojos para mirarme en ellos, llegar a su fondo; desde la profundidad misma de tu centro, desde el fondo de tus ojos, he querido encontrar mi rostro…
Yo te amé. Te he amado. Te amo. Pero me asalta la duda de tus hijos, prolongaciones de ti; no sé el lugar de ellos en nuestra relación, en nosotros. Por más que me devano los sesos no sé el lugar de ellos. ¿Dónde ellos? ¿Podrían ocupar un espacio en mi amor único por ti? ¿Dónde ellos en el Amor? ¿Dónde situarlos? ¿Dónde?… Amor, amor mío, una duda me asalta. Pero la noche llega, y la hoguera, consumida en sí misma, de sí misma alimentada, palidece ante las palomas del alba que anuncian un nuevo día. Palidecen todas las hogueras. Todas las hogueras mueren y fenecen ante el día que se anuncia. Desde la oscuridad más oscura de esta noche —de mi noche— yo clamo y grito, amor mío, ante la alborada que ya no verán mis ojos.




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                                       Jesús Cánovas Martínez©