jueves, 14 de agosto de 2014

DE AMICITIA (7ª parte)



DE AMICITIA (7ª parte)



7

Al acabar de tomar el último bocado, siento soñarrera. Entre los seis hemos dado cuenta de las dos botellas de vino; no es mucha cantidad, pero a esta ingesta hay que sumarle las cervezas de los preliminares (tampoco he dormido lo suficiente la última noche, apenas cuatro horas y mal). Dejo hablando a los demás y me dirijo a una de las hamacas que hay junto a la piscina. Me tumbo todo lo largo que soy encima de la lona con listas azules y blancas. Cierro los ojos. Me invade el cansancio y pronto entro en un estado de duermevela. Sin embargo, aunque quiero, no puedo dormir; la apnea me lo impide. La apnea dichosa lleva una larga temporada que no me deja dormir, esto es, vivir: Al entrar en un estado de sueño profundo, me interrumpo con una parada respiratoria y enseguida me espabilo; vuelve a vencerme el cansancio y me ensoñisco otra vez, pero de nuevo surte otra parada, y se frustra el intento de dormir. Así ocurre ahora: Pretendo dormir; no lo consigo, me da rabia. «He tenido la mala suerte de que me ha tocado —me digo—. Si me hubieran construido mejor yo no tendría este problema. Me pasa por tener una mandíbula demasiado chica, el cuello gordo, descolgado el paladar y una hipertrofia de cornetes, ¡bah! A mi padre le ocurría igual; no podía dormir, y se pasaba el día y la noche de cama en cama intentándolo. Pero en aquella época no se conocían este tipo de dolencias; no se sabía que existía eso, la apnea, y a quien tenía este problema se le llamaba simplemente roncador. “Yo ronco mucho”, solía decir mi padre.» Al cavilar de esta forma, sin abrir la boca, estiro la mandíbula lo que puedo, hacia adelante a la vez que hacia abajo, y noto cómo el aire pasa por las vías altas con menos dificultad; dejo la mandíbula en su posición normal y noto cómo le cuesta pasar. Sin pretenderlo, casi de forma inconsciente, hago este movimiento varias veces; estiro la mandíbula hacia adelante y abajo, y luego la vuelvo a su posición. «¡Bah, qué mierda! ¡Puta apnea! ¡Si tengo la barbilla metida en el esófago! —con sonoridad, exclamo en mi interior— ¡No me extraña que se me atasque el galillo y hasta los cojones!».
La noche es muy agradable; no corre viento. Oigo hablar a los otros mientras chapotean en la piscina. Han debido meterse mientras yo me debatía, entre especulaciones, paradas y ronquidos, con el sueño. No los veo, tengo los ojos cerrados; pero los oigo. Paco, entre chapoteos, cuenta una anécdota sobre una familia de animales que vive en la población donde trabaja; una nueva.
—Han oído hablar —le oigo decir— de nombres raros, rusos, americanos, de esos, y decidieron ponerle a la hija Joseline, porque les pareció bonito. El problema es que como no saben escribir le pusieron Lloselín, con elle.
Oigo las risas; son risas sanas y frescas; no albergan ninguna animadversión contra nadie.
—Pero en el registro no se lo permitirían —objeta Ana.
—No sé si se lo permitieron o no —dice Paco—, el caso es que la cría va escribiendo su nombre como Lloselín.
Ríen de nuevo. Abro un ojo y de refilón los veo dentro de la piscina, como desvaídos. Hay cuatro en la parte donde se hace pie, cerca de las hamacas. Paco está en el centro y muy cerca de él se encuentra Pepe. Ana y Blanca están situadas en los bordes, una a cada lado; se sujetan con las manos en las bardizas y pedalean con los pies. Falta Encarna.
—¿El padre de la Lloselín es El Pirsin? —pregunta Ana.
A este personaje, muy significativo en el entorno social del campo de Cartagena, le llaman así por la cantidad de tatuajes y piercings que le adornan orejas, cutis, brazos, pecho, espalda y resto anatómico por el que hay piel.
—Sí, creo que sí; creo que así lo llaman —responde Paco—. ¿Cómo lo sabes? —pregunta.
—Mi hermana la tuvo a la Lloselín de alumna y conoce a la familia. El Pirsin es de aquí, de Los Belones, y aunque se fue del pueblo, su fama ha trascendido.
—¡Aing! ¡Aing! —exclama Paco y se echa las dos manos a la cabeza— ¡No me digas! ¡Cuenta!
—¡Vaya elemento! —exclama Ana—. Lo metieron en la cárcel por apuñalar a un novio de su hermana. La cosa no tuvo mayores consecuencias, pero tuvo que pasar unos meses a la sombra.
—¡Vaya! ¿De verdad?, no lo sabía —dice Paco.
—Fue algo muy sonado. El novio de la hermana era un sinvergüenza; un camello, creo —dice Ana—. ¡Ellos sabrán que negocios se traían! Tuvieron una riña en un bar, no se sabe si por la hermana o por la droga; el caso es que cuando echaron mano a las navajas El Pirsin fue más rápido y al otro le dio un pinchazo en un glúteo —explica Ana.
—¿En un glúteo? ¿En el culo?... —pregunta Paco con fingida sorpresa, se da palmaditas y ríe—. ¡Aing!
Desde mi posición, con los ojos entrecerrados, los veo agitarse. Oigo el chapoteo del agua. Las risas.
—Así fue. Nada de importancia, aunque lo enchironaron—continúa Ana—. La gente del pueblo se compadeció de su situación, pues El Pirsin, aunque un cabeza loca, no es mala persona y trabaja donde lo llaman, aquí, allí —manotea Ana señalando diferentes lugares del espacio—, e hicieron una colecta para ayudarle en la cárcel. Cuando salió se compró con ese dinero una cadena de oro... ¡así de gorda! —Ana incide en esa expresión: así de gorda, y pone su dedo índice delante de sus ojos de forma horizontal—, con cruz incluida. ¡Y por ahí va con la cadena y la cruz!
Oigo las risas otra vez. Pero siento un crujir a mi derecha, y con el rabillo del ojo veo a Encarna que se tumba a mi lado en la otra hamaca, silenciosa. Desde algún lugar se ha deslizado.
Los de la piscina se percatan del movimiento de Encarna.
—¡Mira, ahora la otra se va con Jesús! —exclama Paco.
—En vez de meterse al agua, ¡con lo buena que está! —dice Pepe.
—Vosotros seguid, que no me apetece —se disculpa Encarna.
—¿No te metes tú, Jesús? —me pregunta Pepe—. Sé que estás con un ojo abierto.
Por lo visto, es el momento de dar explicaciones.
—Me encuentro mal —digo, y oigo una voz pastosa, la mía—: He dormido mal esta noche pasada y no tengo el cuerpo jota.
—¿Cómo que no te metes? —insiste Blanca.
—No me encuentro bien —repito, y me incorporo un poco con el fin de mostrar galantería. Lo último que me apetece es meterme en el agua. —Yo disfruto viéndoos disfrutar. Seguid, seguid…
—Está muy buena; ahora está calentísima —hace notar Pepe.
—¡Que disfrutéis! —termino por zanjar y me dejo caer en la hamaca. Cierro los ojos.
Pero Blanca no se queda muy convencida, parece.
—¡A ver si a ésos dos les da frío! —le oigo decir a Blanca—. ¡Vamos a echarles por encima una toalla o algo!
—¡Al cuello se lo tenías que echar!
Ha sido Pepe.
 Sale Blanca de la piscina y se acerca a las hamacas. Oigo su rumor, el resbalar del agua por su cuerpo.
 —¿Os echo algo por encima? —pregunta Blanca. Está casi encima de mí. Noto su aliento.
—Sí, Blanca, por favor, échame encima una toalla si puedes —le pido sin abrir los ojos.
Al poco me arrebuja con una toalla. Siento un agradable calorcillo por el cuerpo. El relente ya se empieza a notar.
—Encarna, ¿tienes frío? —oigo que le pregunta Blanca a Encarna.
—No, no mucho —contesta Encarna.
—Lleva cuidado no te refríes; los resfriados de verano no son buenos. Si quieres te pongo algo encima como a Jesús.
Y entonces oigo a Paco desde la profundidad de la piscina:
—¡Tápate, hija, no te me vayas a poner enferma, que sólo faltaba eso!
Oigo un ligero chapoteo y la risilla de Paco.
—Bueno, sí, ponme algo —concede Encarna.
Blanca, solícita, le pone a Encarna algo por encima, no sé; sigo sin abrir los ojos. Supongo que también una toalla, al igual que antes lo ha hecho conmigo.
—Gracias —dice Encarna.
—No hay de qué.
—Estos como se descuiden cogen algo —dice Blanca a los otros—. Se nota ya un poco de relente.
Blanca no vuelve a la piscina. Se seca y se introduce en la casa. Los otros siguen hablando. Cuentan anécdotas, chistes, qué se yo. Es a Paco a quien más se le oye.
Sigo sus chascarrillos, con la oreja puesta. Los oigo hablar a retazos, a veces como muy distantes. Me esfuerzo en oírlos; sus voces van y vienen, como si provinieran de una frecuencia mal sintonizada y hubiera que estar ajustando el dial una vez y otra. Me esfuerzo en seguir oyéndolos… pero, sin darme cuenta, desconecto.

(continuará...)

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lunes, 11 de agosto de 2014

DE AMICITIA (6ª parte)

DE AMICITIA (6ª parte)



6

Ana tiene controlados hasta los más pequeños detalles. A sus ojos, profundos y móviles, no se les escapa nada. Ha pensado en todo. A dos jarrones les ha colocado una vela en su interior, y puestos sobre la mesa, sirven a modo de linternas. Le ha hecho encender a Pepe unas antorchas por el jardín y alrededor de la piscina. Debajo de la parra, sujeto por las colañas, hay colocado un plástico para que no caiga suciedad. Y, desde esas mismas colañas, cogidos por garfios, cuelgan un par de faroles. Con las luces de la casa apagadas, a la luz de estas luminarias, la velada se convierte en íntima. Me viene a la memoria haber visto a Ana, alguna vez que hemos ido a andar por el Paseo de Los Nietos, cuando junto a Blanca ha echado delante de Pepe y mío —quizá debido a alguna ilusión óptica, puede ser— ¡con los dos pies en el aire! «¿Cuándo descansará esta mujer?», me pregunto.
Retira Ana las primeras bandejas y coge de la mesita auxiliar un cuenco grande de gazpacho. Pepe le ayuda a repartir otros cuencos más pequeños de color amarillo, con rameados en su interior de flores verdes y azules. Sirve Ana el gazpacho con un cazo que lleva el mismo color y motivos que los cuencos; luego alcanza una bandeja en la que hay unos buñuelos de bacalao y nos la pasa para que nos sirvamos. «Serviros vosotros», dice. Pepe rellena los vasos con el vino que ha traído Paco. Es de una marca que no conozco; rojo, oscuro, con cuerpo, sabor a roble viejo, deja un gusto perdurable en el paladar. No me desagrada la cata. Al parecer, según había comentado con anterioridad, se lo ha recomendado el bodeguero. Es mucho mejor que el vino de Rueda que hemos traído nosotros.
Paco, al observarme bebiendo el vino, se me ha quedado mirando con ojos fijos, de loco. No me ha mirado a mí, se ha quedado sencillamente así, abstraído. ¡Dios sabe lo que pasará por esa cabeza!
—¡Qué Luna más bonita! —comenta Pepe, al terminar de escanciar a los demás el preciado licor, el mosto de la embriaguez.
—¡Es la leche! —Doy un chasquido con la lengua y deposito en la mesa el vaso de vino—. Estas lunas llenas de verano, son la leche; son preciosas —confirmo con equívoco sentido para dejar en el aire si me refiero a la Luna o al vino.
Paco vuelve de su ensimismamiento, y nos cuenta una anécdota que le ocurrió no hace mucho; «la semana pasada», dice. Se la han recordado los buñuelos de Ana, que, por cierto, están riquísimos.
—Fuimos —dice— a un bar, La Tapería se llama, a tomar unas tapas por la noche, y allí no cabía un alfiler.
—Estaba de bote en bote— le secunda Encarna.
—Habíamos ido a propósito a ese bar porque unos amigos nos habían comentado lo buenas que hacen las tapas —explica Paco—. Pero al pedir, el camarero nos dice que no puede atendernos y que debíamos de haber llegado antes; nos lo dice de malos modos y levantando la voz. Entonces le digo: «No te estreses, que yo vengo de trabajar, ¿sabes? Yo soy un trabajador como tú, no te estreses —Al decir esto de no te estreses, Paco pone ojos de loco como la vez anterior, abiertos de par en par y muy fijos—. No te estreses, le repito, venimos a hacerte una consumición, si no nos pones tapas de unas, nos pones de otras; no pasa nada, no te estreses. Esperamos sin problemas a que haya una mesa libre». Y el tío imbécil insiste en que no puede atendernos y que ya es muy tarde.
—Buena manera de hacer clientes—interrumpo—. ¿Dices que se llama La Tapería?
—Sí.
—Es para no ir allí.
—Hay mucho imbécil suelto, así van los negocios —comenta Pepe—. Ahora que tienen el verano para aprovechar, tratan a los clientes a patadas y, después, en invierno, se están comiendo los mocos.
—Lo mismo es que se estresan —dice Ana.
La ocurrencia de Ana despierta la risa y azuza nuestras ganas de hablar.
—Yo creo que algunos locales de esos deben de ser tapaderas para blanquear el dinero —digo, con tonillo de sospecha—; no puede ser que con dos meses funcionando mal que regular y el resto del año parados, saquen para vivir. Deben de vender droga por lo bajo.
—Bueno, y al final qué —pregunta Blanca dirigiéndose a Paco.
—Pues nos tuvimos que ir a otro sitio, porque no había manera de convencer al camarero de que nos atendiera.
—Lo que yo digo, ¡la leche! —recalca Pepe—. No hay manera de entenderlo.
—Nosotros—dice Blanca— la otra noche estábamos en el puerto de Cabo de Palos y vimos una escena. Bajaron de un barco unas siete u ocho personas, creo (debían de ser familia), y otras tantas personas, tal vez menos, unas cinco o seis, las esperaban en el puerto, por lo que se debió de juntar un grupo de doce o trece. Después de amarrar el barco, se encaminaron a un restaurante que no tenía a nadie y casi siempre está vacío. Eran más de las once de la noche, pero a esa hora, en verano, no es demasiado tarde. Hablaron con un camarero. Luego el camarero se introdujo en el local y al poco salió el dueño (debía de ser el dueño), y los del grupo hablaron con él. Vimos cómo hablaban, los gestos que hacían con las manos y la cara de desaliento de los frustrados comensales cuando el dueño, por lo visto, se negó a atenderlos. No duró mucho la conversación. Al poco, la comparsa se encaminó al restaurante de al lado, que tenía alguna clientela.
—Insisto en que deben de vivir de la droga —digo, y me sorprendo al percatarme de que estoy agitado—, sino nadie se explica que se permitan el lujo de perder clientes. Si es que no tienen de nada porque han agotado las existencias, las buscan donde sea, piden a quien sea y sacan lo que sea —insisto—. Pero ganan unos clientes. Así los han perdido.
—Y para siempre —sentencia Blanca.
—Y los sablazos que dan son suaves, ya nadie puede salir de casa—dice Pepe—. Con perdón de los judíos, son unos judíos, y errantes.
—Y sin ser holandeses —añado a la gracieta—. Exonerando a los judíos —agrego.
—¡No, qué va! —exclama Pepe.
—Antes no era así —dice Ana—. Yo recuerdo que hace unos años podíamos salir a cenar fuera de casa y no era relativamente caro. Ahora nadie puede.
Y las hipotecas subiendo —dice Pepe—. Hay gente que gana una miseria al cabo del mes, novecientos, mil euros, o menos, y con eso tiene que tirar adelante una familia. ¡No sé a dónde vamos a ir a parar!
—La situación está mal, pintan bastos —corroboro.
A todo esto un gato pequeño, el Vaqui, pasa como una exhalación por debajo de la mesa.
—¿Habéis visto? —pregunta Ana. Y dice sin esperar respuesta—: Es Vaqui, uno de los que ha tenido La Careto en abril.
—¡Son unos petardos! —expresa Pepe.
—¡Qué bonico!—exclama Blanca— ¿Cómo sabéis si son machos o hembras? Son muy pequeños, ¿no? —pregunta.
La Careto parió a los gatitos en la leñera, debajo del hueco de la escalera que sube a la terraza, por lo que estamos en su territorio. A mis amigos les gustan los gatos. Ana se crió junto a ellos; su madre es una gatera de cuidado, por lo que le viene de raza. Si alguien necesita saber algo de gatos, debe preguntarle a Ana; lo sabe todo sobre el tema. Yo le he conocido ya varios. Lo triste es cuando mueren; sus vidas son demasiado cortas y suelen tener un final trágico. A Lusilú, una gata persa preciosa, la pilló un coche en la misma curva que hay a la salida de la casa; Dombosco y Mony, salieron para no regresar jamás; Rubi, lo mismo; Grisi murió de leucemia felina, e Isabella. Cualquier precaución con ellos es poca, se contagian. Los gatos acompañan a su manera, son independientes pero dan mucho cariño. Cesi, un gato capón de seis kilos, no quieren que salga, para que no se pierda o lo mate un coche como a otros. Drusi, hermana de Cesi, y también castrada, es inteligentísima, tanto que sabe abrir las puertas: salta hasta el picaporte, le da hacia abajo con una patita y lo gira. Hay que verlo. La inteligencia animal es sorprendente. «Nadie puede ser malo si le gustan los animales», me había comentado Blanca en una ocasión. «Aquí no les hacemos nada más que mimitos; no los maltratamos ni les hacemos daño; al revés, buenas tripas de jamón cocido y sacos de pienso nos cuesta sacarlos», dijo Ana una vez.
—Hemos podido cogerlos en algún descuido de la madre —explica Ana, dando respuesta a la pregunta de Blanca—, y nos han puesto suaves a gañazos y escupitajos; no se dejan coger fácilmente. Creemos que son dos machos y una hembra. La hembra, Espe, parece la más lista; de hecho, abulta el doble que los otros dos.
—¡Como buena mujer! —dice Pepe con la boca de oreja a oreja.
—¡Tonto!—exclama Ana, se sonríe y le da a Pepe un sonoro manotazo en medio de los omoplatos.

(continuará...)

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viernes, 8 de agosto de 2014

DE AMICITIA (5ª parte)

DE AMICITIA (5ª parte)



5

—En el pueblo donde trabajo son muy animales —dice Paco—. Llegó uno a pagar el sello del coche. «Vengo a pagar el sello del coche», se encara conmigo, delante de la ventanilla. «¿Cuál es su coche?», le pregunto. Y me responde: «Es un Corsa blanco». «¡Ya! ¿Cuál es la matrícula?», le vuelvo a preguntar. «Un Corsa blanco», me vuelve a decir. «De acuerdo, ¿pero qué matrícula tiene?», le insisto. Y entonces me repite silabeando y despacio por si no lo he entendido: «Es un Corsa blanco». Le digo de nuevo: «Necesito la matrícula; ya sé que es un Corsa blanco». «No sé la matrícula, no me acuerdo; pero es un Corsa blanco, ¿sabe?», me recalca. «Ya —le digo con mis mejores modales—, pero si no me trae la matrícula no puedo tramitarle el sello». Se va el buen señor y al poco me trae la matrícula del coche —realiza Paco un gesto con las manos y dibuja en el aire un rectángulo alargado— y me la esclafa ahí delante. —Se ríe a mandíbula batiente—. ¡Son muy animales en ese pueblo, muy animales! —repite sin dejar de reírse, llevándose el puño de la mano derecha a la frente.
La anécdota referida por Paco sirve de pretexto para hablar de lo burra que a veces es la gente, y sin el a veces. Ana cuenta una historia (ya se la había oído yo en otra ocasión) de antes de la guerra del siglo pasado. Resulta que va uno de su pueblo, de familia de gente pudiente, de las que se podían permitir ciertos lujos, dice, un tal Casamata, el abuelo de los actuales Casamatas, de viaje de novios a un hotel de Cartagena, lujoso, de lo mejorcico del momento. Aquel hombre de haberes, pero apegado al terruño, en su vida había visto una bombilla, así que cuando los novios en la suite del hotel, tal y como mandaba el recato sexual de la época, pretenden apagar la luz y entrar en intimidades, se sube a una silla y comienza a soplar a la lámpara; no logra apagarla y sopla más fuerte. Como aun así no puede apagarla, para quedar bien delante de su novia, la que ya se siente inquieta y como avergonzada, no se le ocurre otra cosa que llenar un cubo de agua y echarlo por encima de las bombillas. ¡El colmo! ¡Casi incendia el hotel! Ana pone los labios en forma de cero y la palma de la mano enfrente de ellos, y sopla. Estallamos en risas.
Al hilo Pepe cuenta otra anécdota, o chiste, acerca de unos de su pueblo. Dice que es un caso real, aunque no sabemos si podemos confiar en él; nos queda la duda. Va de novios, de luces y sombras. «Antiguamente los matrimonios eran muy pudorosos (ya lo ha dicho Ana), y solían hacer el amor a oscuras. Una pareja de novios de mi pueblo en su noche de bodas apagaron la luz y se dispusieron a cohabitar. Pero la novia, pudibunda, que para prepararse había entrado antes que el novio en el cuarto, al desnudarse puso encima de la cama el abrigo de visón —eran gente de perras— y se fue para el baño. El novio, cogido en ansias, no estaba para muchas esperas; así que entró, furtivo, en el cuarto, en el cual reinaba la oscuridad más absoluta, para hacer el amor a lo salvaje. Desesperado y enhiesto como se encontraba, fue y echó mano al visón. Después de palparlo y repasarlo varias veces con bárbaro frenesí, asombrado pregunta a la novia, sin dejar de palpar: “¿De verdad, es todo tuyo?”.»
Pepe apoya su ocurrencia con un gesto de manos, y hace como si alisara un visón invisible.
Pienso yo en un chiste de Jaimito, pero me muerdo la lengua. Es chiste gastado y me puede el sentimiento del ridículo. No tengo gracia para contar chistes.
Paco se anima y cuenta el de la orgía. «Dos hombres y tres mujeres deciden realizar una orgía, pero para darle más emoción y morbo al asunto, lo hacen con la luz apagada. Al cabo de media hora, uno de los hombres enciende la luz y dice: “¡Un momento, vamos a organizarnos! ¡Llevamos media hora de orgía y resulta que yo sólo he metido una vez y ya me han dado cuatro veces por el culo!”.»
Ana pasa a la acción y relata otra historia de su repertorio, de las de época; dice que es verídica: «Antiguamente, la noche de bodas era un gran acontecimiento y estaba ritualizada sobremanera. Como las novias generalmente eran ingenuas y con poca experiencia, en esos momentos cruciales de sus vidas se dejaban guiar por las abuelas. Resulta que una novia había perdido el himen, y se trataba de ocultar tal eventualidad al novio. Así que la abuela le dice a la novia que no se preocupe, que apague la luz cuando vayan a entenderse y le deje hacer a ella. Llega la noche, la novia se prepara para recibir al novio y se pone en el sitio unas gasas que amortigüen los envites del frenesí y den el pego; la abuela, mientras tanto, se mete en el armario para vigilar y estar al quite por si algo falla. El novio, en la oscuridad, entra en la alcoba, medio borracho y enervado, presa de la pasión y el deseo, con tan mala suerte que mete el pie en un cubo que anda por allí. “¡Madre mía, si lo he metido hasta el fondo!”, exclama el pobre hombre. Y entonces la abuela, que piensa lo que piensa, le responde desde el armario: “¡Que es de boca ancha, imbécil!”».
Quiero participar en la ronda de chistes con algo que sea gracioso. Me acuerdo de un chiste, de los que suele contar mi tío, y arranco: «Va el obispo al convento de monjas, las reúne y les dice: “Últimamente estoy teniendo una serie de visiones referentes a una monja de este convento; de momento no tengo claro de que se trata, pero conforme las visiones me lo muestren os lo iré contando”. Así va el obispo una y otra vez al convento y dice lo mismo: “¡Ya os lo iré contando!”. Las monjas todas están en ascuas; el obispo tiene fama de hombre santo. Un día, el obispo les dice: “¡Ya sé de qué se trata! Resulta que a una monja de este convento… ¡le va a salir novio! —exclama con énfasis. Esclarece la voz y, luego, añade solemne—: Pero todavía no tengo indicios suficientes de cuál será la agraciada”. Vuelve el obispo otro día (las monjas están que no caben en sí): “No sé aún cuál de vosotras recibirá la gracia, pero se me ha revelado un indicio: ¡tiene que tener la boca muy pequeña, de piñón! —suelta, y ceremonioso, agrega—: Ya iré aclarando en el futuro, según las visiones me lo muestren, más indicios al respecto”. Toman las monjas nota y todas ellas se chupan las mejillas hacia adentro, pero la más fea lo hace de forma exagerada, tanto, que por la oclusión de los labios no puede comer sino tan sólo tomar líquidos con una pajilla. Así anda el convento cuando llega de nuevo el obispo. Se supone que ese día es el de la revelación final. “¡Ya sé a la que le va a salir novio! —prorrumpe el obispo, eufórico—, pero resulta que la vez anterior me había equivocado —dice luego por lo bajo, con tono de disculpa, y, retomando la gravedad, precisa enseguida—: ¡No es a una monja de boca pequeña! ¡Es a la monja de la boca más grande!”. En esto, la monja fea que lo oye, y que había estado los días atrás alimentándose con la pajilla, abre la boca lo que le da de sí, y dice: “¡Haberlo dicho anteeeeeeeeees…!”».
Se escapan unas risas de compromiso. Para contar chistes hay que tener gracia, y yo no la tengo. No basta que éstos sean ingeniosos, sino que hay que saber darles la modulación oportuna de voz y los gestos adecuados. A mí me falta la chispa. No sé por qué, con lo largo que me ha salido el dichoso chiste, y quizá por la amenaza que sienten de que pueda contar alguno más, percibo de que a los demás se les han quitado las ganas de seguir por ese derrotero. Y de hecho, así ocurre.

 (continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

miércoles, 6 de agosto de 2014

DE AMICITIA (4ª parte)

DE AMICITIA (4ª parte)



4

Es una pareja joven la que nos presentan; deben de andar por los treinta y pocos. Encarna es alta — bastante más que Paco—, delgada, fina; posee una piel color de miel que recorre una ligera pelusilla, tersa, aterciopelada, suave; sus caderas son algo anchas en relación al cuerpo, aunque sus piernas están bien contorneadas. Viste una camisilla blanca y un pequeño pantalón color verde hoja seca que le llega hasta medio muslo; los senos le abultan muy poco. Su rostro delgado mantiene las proporciones; la nariz es un poco larga, con un ligero bultecillo en el centro, pero no afea ni desentona con la frente despejada y la boca de labios finos —al reír se le monta un poco el labio superior—; los ojos, verde pálido, son grandes y rasgados, soñadores. Unos cabellos sedosos y rubios le caen casi hasta los hombros. Calza unas chanclas de esas que se enganchan entre el pulgar y el índice. Paco viste unas bermudas blancas, zapatillas de deporte —me parecen de marca— y un Lacost color rosa pálido, la moda de este verano; es algo fornido, de cuello grueso, tiene una voz característica y gesticula mucho al hablar; sus ojos son muy vivaces. El pelo le cae a Paco en media melenita y le tapa las orejas y el cogote formando pequeños ricitos, y al igual que el de su mujer destella tonalidades de rubio, aunque tirando a castaño. Encarna es callada; habla poco. Paco es extrovertido, dicharachero; habla y habla, gesticula sin cesar y lleva las manos continuamente hacia atrás y hacia adelante. Los dos se han debido asear para la ocasión con esmero; traen los pelos como recién salidos de la ducha y dejan un tufillo a colonia bastante fuerte. Se les nota, por la manera cómo nos han saludado, que quieren caer simpáticos.
Pepe ha dado la luz de la piscina; el agua, espejo azul en el que se refleja la noche, iluminada, parece un cristal transparente; no se levanta ni el más leve rizo de su superficie. Paco habla de su perra Sara. Sara es una drahthaar con pedegree, muy golfa y muy mimada; es noble, glotona, cariñosa y tontuela. «Deja que todo el mundo la toque», dice Paco. Cuenta que estuvieron a punto de sacrificarla por el error de una veterinaria.
—La veterinaria nos dijo que era una displasia de las peores y que teníamos que sacrificarla —dice—. La noticia nos dio el viaje de novios. Encarna se echó a llorar y quería que nos la lleváramos con nosotros. Pero no la íbamos a llevar a Florida. ¿Cómo? Lo pasamos bien en el viaje, por supuesto; pero no estuvimos tranquilos y no pudimos disfrutar todo lo que hubiéramos podido. Estuvimos muy preocupados pensando que al regreso la tendríamos que sacrificar. Sin embargo, a la vuelta, la llevamos a otro veterinario, éste de Murcia, y nos dijo, una vez que la vio andar, que de displasia nada. —Y Paco recalca—: La perra no tenía nada de nada, nos dijo, y esto sin radiografías y una vez que la vio andar.
—La displasia de caderas, creo —intervengo—, es normal en los perros grandes, no tanto en los medianos. —Y añado en tono pedante (me doy cuenta justo al pronunciar las palabras)—: No tiene mayor importancia, y esa no es razón para sacrificarlos.
—Es que hay una displasia perniciosa —me explica Paco—, la peor de todas, con la que no pueden vivir. Cuando son muy pequeños apenas se les nota, pero luego les causan problemas, por eso es mejor sacrificarlos —dice. Y vuelve a remachar ideas anteriores—: En el viaje de novios lo pasamos bien, pero nos llevamos aquella preocupación por la perra. A la vuelta la llevamos a otro veterinario; puso la perra a andar delante de él, y sin radiografías ni nada nos dijo que la perra estaba bien, que no le pasaba nada, ¡para que veas! Por eso hay que consultar varias opiniones en este tipo de casos.
—¡Y de cualquier tipo! ¡Hay que contrastar! —enfática, añade Ana.
—¡En menudas manos estamos! —exclama Pepe.
—Desde luego, hay algunos profesionales que no se sabe dónde les dan el título, deben de haber pasado por la ESO —digo.
Ana se ríe. Pepe la secunda.
—Jesús es profesor —dice Ana.
Supongo que esa aclaración es innecesaria. Ana ha debido ponerlos al corriente con anterioridad de nuestros gustos y aficiones, al igual que ha hecho con nosotros respecto a los de ellos. La entiendo como una forma de halago.
—No se puede ser perfecto —concedo—. En algo tenía que fallar, aunque fuera para ganarme la vida.
—Bueno, ¡vamos a sentarnos! —ordena Ana, de repente—. Pepe y yo nos sentamos aquí —dispone, y se sienta de espaldas a la puerta de salida de la cocina, mirando hacia el patio, y Pepe lo hace a su lado. El resto de los comensales, lo cuatro invitados, permanecemos de pie.
Hemos estado hablando alrededor de la mesa en la que vamos a cenar, por eso cuando Ana ordena que nos sentemos apenas si necesitamos hacer pequeños cambios de posición. Lo normal es que cojamos el sitio más cercano a cada uno de nosotros. Pero, de cara a la rapidez con que ha actuado la anfitriona, nos hemos quedado mirándonos.
—¿Dónde nos sentamos? —pregunta Blanca.
—¡Dónde queráis! —responde Ana.
Como seguimos indecisos, Ana vuelve a ordenar:
—¡Venga, Jesús, tú siéntate aquí, presidiendo! —Y me señala un lugar en la cabecera de la mesa, a la izquierda de Pepe. Me siento, pero los demás tienen un momento de indecisión, pues Encarna se haya a mi lado y Blanca y Paco un poco distantes. Ana vuelve a desvanecer tal confusión con otra orden—: ¡Encarna, ponte al lado de tu marido!
Blanca se sienta a mi izquierda, mirando hacia la cocina, y Paco queda enfrente de mí, en el otro extremo de la mesa; Encarna a su derecha enfrente de Ana.
—¡Aing, qué Luna más bonita! —exclama Paco cuando se sienta, al percatarse del lleno. Mira hacia la Luna, esplendorosa.
—¡Sí que está preciosa! —exclama Blanca, girándose para observarla.
—Está preciosa en el lleno —ratifica Ana. Y se levanta para acercar unas bandejas que ha puesto en una mesa auxiliar.
En una bandeja hay unos ibéricos y, en otra, salmón al lado de un cuenco con tomate triturado. Acerca Ana unas tostadas y comienza a pasar las bandejas. Pepe se levanta y trae dos botellas de vino; una de ellas enfundada en una camisa y metida en una cubitera, el blanco que he traído yo; la otra es de vino tinto, y de gran tamaño.
—Es la más grande que he encontrado —dice Paco.
Paco está inspirado, es muy locuaz, y pronto se apropia de nuestra atención. Habla de su trabajo, de su vida, de los sitios en los que ha vivido, de los viajes que ha realizado, de los lugares en que ha trabajado, y salpica la conversación con numerosas anécdotas. No se muestra ufano en su manera de hablar; relata y cuenta los hechos con total naturalidad. Ha estado en varios países y ha realizado los trabajos más diversos, desde conductor de autobús a vendedor de helados. A la media hora nos hemos enterado de gran parte de su vida. Paco se queda, a menudo, con la mirada fija.
Mientras comemos y Paco habla, observo a Encarna, y me confirma la primera impresión que he tenido sobre ella.  Participa poco en la conversación y, cuando lo hace, es para ratificar alguna opinión de su marido con monosílabos. Muy a menudo se le queda mirando como extasiada. Sus gestos son comedidos, pero se toca el pelo y se lo alisa con demasiada frecuencia; se pasa una mano por el cabello y se coge un mechón con el dedo pulgar e índice, entonces lo retuerce formando pequeños bucles; al cesar la presión de los dedos, el cabello vuelve a su posición normal.  Otro tic que le detecto consiste en que lleva una de sus manos al pantalón, a la altura de uno de sus bolsillos, y la frota.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©


martes, 5 de agosto de 2014

DE AMICITIA (part. 3ª)



DE AMICITIA (3ª parte)



3

Pero retorno con la mirada hacia las cosas cercanas. Con tesón, ganas y trabajo, en esta parte de atrás de la casa mis amigos han organizado los espacios, unos para el recreo, otros para subvenir las pequeñas necesidades de despensa; el ocio y el negocio. Desde el porche, cubierto por unas colañas enmarañadas por las hojas de una parra, bajo las que está dispuesta la mesa, se distinguen las diferentes zonas del huerto. Queda dividido en dos mitades por un serpenteante y corto caminillo hecho con guijos y traviesas que zigzaguea hasta una pequeña pérgola de madera. Delimita el camino dos espacios claramente definidos. Conforme me encuentro, a la derecha del mismo, se encuentra el jardín; un crespinillo feraz, menudo, de florecitas pequeñas y rojas, que necesita poca agua para mantener el verdor, cubre esta banda. Veo el pequeño aljibe encalado, un parterre donde mansamente se seca una planta de margaritas, pues ya ha pasado la estación, y a rodales, en pequeños alcorques, distintos arbolillos: un hibisco (en esta latitud lo llaman bobo), un trompetero, un paraíso. A la vera del caminillo hay unos girasoles y unas plantas altas con flores parecidas a margaritas, aunque no lo son. («Debo preguntar su nombre a Ana», me digo mentalmente.) Bajando un escalón, a la izquierda del camino, hay un horno de leña, y, no muy lejos del mismo, una ducha; tres hamacas en fila sobre un suelo enlosado contemplan atentas la piscina. Es una piscina relativamente grande para las que se hacen en la actualidad. «Ahora no podríamos hacerla tan grande —me dijo Pepe no hace mucho—. Está prohibido, por la falta de agua —explicó, y guardó silencio—. Tampoco podríamos hacernos la casa, con agua o sin agua —añadió, luego de vacilar un momento.» Pasada la pérgola, donde acaba la pequeña senda, tienen mis amigos el terreno que explotan para el consumo; una fila de baladres rojos y blancos separa esta parte de la finca del resto. Me encamino hacia la pérgola y salgo a contemplar las matas que tienen sembradas; contemplo los caballones donde estuvieron las habas y los pésoles y paso a echarle un vistazo a las berenjenas, gordas y moradas. Recorro con mis manos las tomateras, sujetas con cañizo, y luego me las llevo a la nariz y aspiro la fragancia de la que se han impregnado.
En esto, Pepe se me acerca por detrás.
—Las tomateras están en lo suyo —dice.
—¡Me encanta su olor!
—¡No sabes la cantidad de tomates que dan! ¡Vamos a tomar un gazpacho de la cosecha! ¡Verás qué sabor!
—¡Qué suerte tienes, jodío! —exclamo— ¡Ya es un lujo comer de lo que uno siembra!
—¡Ah! —responde—. Casi no me creo que hayamos podido hacer la casa.
—Está el crespinillo precioso —digo—. Hay que ver cómo en dos años ha podido cubrir la mitad del jardín.
Hace dos años les dimos unos brotes de crespinillo y algunos esquejes de otras plantas para que los sembraran en una tierra arcillosa, limpia de floresta.
—Y lo importante es que no necesita agua —dice Pepe—. Crece sin agua, ni una gota —recalca.
—En estas latitudes nuestras, plantas así son una suerte —corroboro—; aquí no se puede poner césped.
—¡Qué va! Gastaríamos mucha agua.
—El césped es para el norte; allí les sobra. Aquí hay que plantar matas que se acomoden al clima semiárido de nuestra zona.
—¡Y qué lo digas! —exclama Pepe, y apunta—: Ana y yo estamos viendo la manera de cultivar unas patatas; el otro día compramos un libro, El huerto ecológico, y hemos leído que con ruedas de neumáticos rellenadas de estiércol y tierra podemos sembrar patatas. Lo bueno es el poco espacio que ocupa el invento. Para el año próximo tendremos patatas de nuestra cosecha.
—Y se le da utilidad a esos neumáticos viejos que ya no sirven sino para contaminar —apostillo.
Oímos la voz de Ana, de lejos:
—¡Pepe, ve abrir; creo que son Paco y Encarna! —grita desde algún lugar indefinido.
Pepe me deja solo. Paso otra vez la mano por las tomateras y vuelvo a aspirar su fragancia. Me recreo de nuevo en la contemplación del pequeño huertecillo: en la higuera, que ya tiene una buena cosecha de higos; en el pequeño limonero, el mandarino, el chopo; en el almendro, con tres almendras. Miro hacia el cielo. La Luna comienza a salir, grande, redonda, esplendorosa, por la hoz que se forma entre la grupa del Cabezo de Hornos y la cúspide cónica del Cantalar; forma una conjunción con Júpiter. «Noche propicia para la expansión y la amistad», me digo, y, al pensar de este modo, recorre mi cuerpo una agradable sensación y se me expande el plexo solar.
La noche azulea. Me dirijo hacia el porche.
 Pasan por delante de mí Vaqui, Espe y Negrín a la carrera, como diminutos gamos; son los gatitos de mediados de mayo que ha tenido La Careto, una gata salvaje que se refugia en el huerto y no muy de tarde en tarde alumbra la alegría de nuevas vidas. Negrín, el más chico, es especialmente gracioso; parece una pantera bonsai, orejuda, de ojos grandes y brillantes.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©

sábado, 2 de agosto de 2014

DE AMICITIA (2ª parte)

DE AMICITIA (2ª parte)


2

Llegamos al filo de las nueve de la noche, la hora convenida. Sale Pepe a recibirnos. Precipitadamente se ha puesto un suéter encima del torso desnudo. Lleva un pantalón corto y camina en chancletas. Pepe es casi de mi misma estatura, un poco más bajo y mucho más delgado; omitiremos la edad. Como yo, usa gafas, pero a sus ojos, generalmente pícaros, no hay monturas que los disfracen. Es un hombre, si no se desmadra, de ironía contenida; las coge al vuelo y es capaz de soltarlas cuando menos lo esperas; hacemos buenas migas. Hace calor. El día de hoy ha sido muy riguroso, ese aire africano ha puesto el termómetro cerca de los 40º, y eso que estamos en la playa. Pepe le da un beso a Blanca y luego me tiende la mano, pero en vez de ofrecerle la mía, le pongo una botella de vino en la suya. Se sonríe.
—Está fresco, pero mételo en el congelador para que no se caliente —le digo.
—¡Pasad! Ana está terminando de preparar las cosas.
Avanzamos por el pasillo del que cuelgan algunos óleos de gusto esquivo y reproducciones de litografías a color del siglo XIX; la galería queda rematada por las fotografías en sepia de los ancestros. Ana está en la cocina atareada, ultimando los preparativos de la cena; vigila una sartén puesta encima de la vitrocerámica. Sobre la repisa de la cocina y en una mesa adyacente hay una serie de platos con viandas, listos para sacarlos al porche en donde vamos a cenar. Ana es una mujer delgada, espigada, pura energía; posee un rostro oval y proporcionado en el que destacan dos enormes ojos castaños, escrutadores, intensos; su nariz es clásica, sus labios finos y delgados, la frente despejada; el pelo, lacio y negro, le cae en una corta melenita.
La felicitamos con sonoros besos.
—¿Podemos ayudar en algo? —preguntamos Blanca y yo al unísono.
—No, no hace falta. Tomaros, mientras llegan Paco y Encarna, una cerveza. —Después manda a Pepe, elevando un poco la voz—: ¡Pepe, sácales una cerveza!
—Para mí, no —declino la invitación—; prefiero esperar a que estemos todos.
Blanca es de la misma opinión.
Blanca se queda con Ana en la cocina, Pepe se hunde por algún lugar de la casa, quizá va al garaje a coger algo, y yo salgo al patio.
Es la hora del crepúsculo; la noche inminente se deja caer, pero la oscuridad todavía no ha ganado espacios suficientes como para no distinguir los perfiles de los montes. Desde el porche contemplo el entorno. A mi derecha surge la joroba admonitoria, parecida a un cono ligeramente inclinado, del monte del Cantalar, cubierto de pinos, en cuya base se encuentra un nacimiento de agua, que haciendo alarde de la imaginación los nativos del lugar llaman La Fuente. Contiguo al Cantalar está el Cabezo de Hornos; ambos conforman la figura de un dromedario; la Luna, tras su joroba, anunciada por un blanco resplandor, no tardara en emerger, gloriosa y plena. Al frente se extienden las terreras salpicadas de casas, rastrojos prontos para la quema o el rejón, huertos de limoneros y tierras en barbecho; arañadas por la rambla de La Carrasquilla, que en su descenso hacia el Mar Menor ha dejado un tortuoso surco donde abundan las mimosas y los pinos, estas tierras son en extremo fértiles y se las explota de manera intensa. Al fondo, cierran el horizonte, tal y como lo recorre mi mirada, el campo de golf de Atamaría —se han encendido las lucecitas de las casas y parecen luciérnagas artificiales iluminando el índigo de la tarde—, el Cabezo de Enmedio y las crestas de la sierra del Sabinar; por detrás asoman los perfiles de la Sierra Minera. Un poco más allá se emplaza el Cabezo de San Ginés, monte sacro en cuya falda se encuentra la cueva Victoria; con el resplandor último del sol, en la rojez del cielo de poniente, distingo, junto a los restos del antiguo monasterio, cómo por su grupa suben las ermitillas derruidas de un antiguo calvario. Hacia mi derecha cae una ladera en suave declive hasta el mar; se suceden una serie de chalets, y pronto aparece una herida de sordo rumor por la que numerosas luces móviles cortan el espacio de este a oeste: la autovía de La Manga. Hoy, coincidiendo con el fin de semana, es día de salida para unos, de retorno para otros; abunda el tráfico en ambos sentidos. Franqueada la autovía, las tierras se descuelgan en pendiente; quedan por allí Los Belones, bancales sembrados de melonares, alguna palmera enhiesta mostrando su orgullosa copa, oliveras desparramadas en grupos, algarrobos y, al fondo, en lontananza, la línea del Mar Menor, alumbrada por las luces de algunos de sus pueblos ribereños: Los Nietos, medio oculto por El Mingote, en primer lugar; Los Alcázares, un poco más lejos; aún más, Santiago de la Ribera. Aunque no la veo, intuyo la serpiente de luz de La Manga, sus edificios que parecen emerger del fondo mismo de las aguas. Las islas de El Barón y la Perdiguera flotan, serenas, sobre la albufera.

(continuará...)

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                              Jesús Cánovas Martínez©