domingo, 29 de junio de 2014

MUY AGRADECIDO

MUY AGRADECIDO



Instalados los rigores del verano en el hemisferio norte, a la vuelta de unos días dedicados a la corrección de exámenes y otro tipo de bagatelas, vuelvo a este Arco del Triunfo para comprobar desfiles y me encuentro con una grata sorpresa: La Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo ha sobrepasado las mil visitas con creces, concretamente son 1087 las que hoy, treinta de junio de 2014, constato registradas.
Es la primera entrada de mi blog que consigue tal hazaña, la cual hubiera sido imposible sin la concurrencia de dos circunstancias.
La primera, y más grata para mí, ha sido vuestra ayuda incondicional, amigos. No me cansaré de daros las gracias: Gracias a todos, muchísimas gracias; gracias por vuestras visitas, por vuestro aliento, por vuestros comentarios, por vuestros me gusta o por vuestros +, por vuestra gran generosidad a la hora de compartir. Gracias, gracias, gracias: Un abrazo grande, pero muy grande, para todos.
La segunda circunstancia, indudablemente, han sido las particularidades mismas de Miguel Cagarrutio, sus méritos invencibles y sobrados en lo que atañe a esa manera entrañable de comportarse que se goza en la destrucción de la vida de las personas honor. Cierto que algún Putón ha colaborado en tan loables tejemanejes, pero cabe a Cagarrutio el indiscutible abanderamiento en la superlativa gracia. Cuando este individuo vaya comprobando cómo su ortónimo conquista una vastedad de espacios cada vez mayor por los cinco continentes, sentirá, digo yo, algún tipo de gozo o regustillo por la boca del estómago o por alguna otra de las partes de su cuerpo; tal vez excrete más blando, no sé. No conquista uno la fama así como así.

 Y es que la Carta intenta hacer justicia a las víctimas de la calumnia, a las personas que inmerecidamente han pasado por una situación de mobbing, a los signados por las gracias de gentuza impresentable. Los graciosillos, por desgracia, abundan, pero por eso mismo se hace más necesario que nunca darles un toque de atención con fines pedagógicos. Estoy convencido de que, al final, y a pesar de los pesares, lo agradecerán. Cagarrutio, en este sentido, es un paradigma, y aunque pueda parecer lo contrario, o quizá increíble, no me mueve nada contra él sino el solo clamor que demanda la justicia; lo cual es generalizable. Defiendo en la Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo a cualquier persona honorable que haya sufrido, o actualmente sufra, algún tipo de agresión como la descrita en ella.   
Esto dicho, me vais a permitir que mencione a una persona (en realidad son muchas, pero comprenderán la omisión que hago de ellas) que desde un primer momento creyó en el potencial de la Carta. Me refiero a Francisco Javier Illán Vivas, quien tuvo que afrontar una situación hasta cierto punto, si no equiparable, sí parangonable con la descrita, pues le llevó al paso no querido por oscuros años de depresión. Nada más pedírselo, sin ningún tipo de vacilaciones, Francisco Javier, la reprodujo en Acantilados de papel, la revista digital (y al hilo, revista imprescindible para quien quiera estar al tanto de la actualidad literaria) que dirigía hasta no hace mucho. Aquí pongo la referencia, por si alguien desea consultarla:


Por otra parte, la referencia de la Carta en El Arco del Triunfo, es la siguiente:


Y os pido ayuda, amigos, para que la Carta siga extendiéndose y prenda fuego. Os la pido de verdad, sin vacilaciones. Entra dentro de lo correcto desenmascarar a ciertos individuos y cierto tipo de situaciones; quizá con este gesto pongamos un granito de arena para que el mundo sea mejor.
 Por eso descorcho un Dom Pérignom y elevo la copa con vosotros en un brindis virtual. ¡Salud, queridos amigos!




                                                 Todos los derechos reservados.
                                                 Jesús Cánovas Martínez©


lunes, 23 de junio de 2014

PARA MIRIAM

PARA MIRIAM



La noche de San Juan, de una manera u otra, siempre me ha traído regalos, dones. El mayor de todos ellos ha sido mi hija, Miriam. Porque Miriam nació a veinte minutos de la medianoche sideral, su vértice exacto, y esa noche fue benévola y dulce hasta el punto que con un suave beso le dejó su marca: un lunar bajo la axila izquierda. Miriam nació sana, robusta, tanto que, al tomarla, llenaba los brazos.
Hay algo en nosotros que perdura, y perdurara siempre, porque forma parte de nuestro ser más íntimo. No ya el recuerdo, sino la vivencia de Miriam entre mis brazos hecha presente, renueva mi apuesta por la humanidad, me reconcilia con mis semejantes, porque al abrazarla a ella abrazo a cualquier niño pequeño, su inocencia, y por su inocencia, la inocencia y bondad de todo hombre.

miércoles, 11 de junio de 2014

EL PUTÓN PERIPATÉTICO



EL PUTÓN PERIPATÉTICO








La llamaré de esta guisa: El Putón peripatético, y me adelanto a decir que a dicho apelativo no le infiero una connotación de tipo sexual, sino simplemente descriptiva o pedagógica según el caso, aunque no sé, no sé...

Después de haber estado varios años imposibilitado para hablar entre mis compañeros de trabajo, debido, indudablemente, a una deficiencia congénita de temperamento, es decir, a mi timidez; pero más bien debido a los efectos que la calumnia había producido en mi psiquismo, tanto así que sentía haber naufragado en una noche oscura, al pairo, en medio de una soledad espantosa (al extender las manos estas me temblaban), me atreví a ser dicharachero. Necesitaba probarme, respirar, sacudirme la timidez, airear mi mente de tanta adherencia incómoda, de tanta miseria del pasado, por eso hablé. A mitad de aquella sesión de evaluación, el pretexto me venía en bandeja.

El jefe de estudios cantaba las notas que habían sacado los alumnos en las diferentes materias cuando le llegó el turno a un individuo del que había que decir algo. El susodicho había arrojado un espantoso balance de ceros y unos en la totalidad de las materias a las que se había presentado; así que, con gran esfuerzo por mi parte, y puesto que nadie había hecho un comentario sobre el particular, antes de que, primoroso, nuestro superior pasara a escanciar los piadosos resultados de los siguientes energúmenos, aclarándome un poco la garganta, levanté la voz.

Inicié sobre el fulano una pormenorizada apreciación. Ciertamente, esta no era nada halagüeña, y los pronósticos que se derivaban de la misma inducían a una toma de posición un tanto drástica. Expuse mi sorpresa ante el hecho de que un alumno aplicado, que asistía a las clases y hacía las actividades, sacara tal tipo de notas, máxime cuando ya tenía cuarenta y tres años cumplidos y el arroz se le había ablandado un tanto. En mi modesto entender aquellas deficiencias no procedían de una falta de medios materiales, de una estimulación inadecuada del medio, de un entorno familiar disruptivo o de cualesquiera otras circunstancias externas; tampoco de un deficiente acicate motivacional por parte de los profesores (siempre inculpándonos de aquello que no podemos remediar, hemos terminado por ser víctimas propiciatorias para expiación de los pecados ajenos); aquellas carencias, por el contrario, aludían directamente a las capacidades cognitivas del mencionado. Posiblemente rozara el borderline o, incluso, podría suceder que su coeficiente intelectual estuviera mucho más por debajo de lo considerado normal, esto es, podríamos estar ante el caso de un oligofrénico profundo. Me daba cuenta de que hablar de esa manera, dados los tiempos de terror que corren en la enseñanza, no era adecuado; pero había que decirlo, alto y claro, porque quizá el mencionado requiriera algún tipo de atención en centro especializado. Necesitaba sin lugar a dudas, y así lo dije, que se le capacitara en las destrezas oportunas para desenvolverse en la vida, pero el centro educativo en donde adquirirlas, ciertamente, no era el nuestro. No era alumno que pudiera cursar el bachillerato con éxito; dirimir cómo había llegado hasta este nivel pertenecía al orden especulativo y, en verdad, constituía un misterio. Sus exámenes, con una letra de niño de cinco años, o por ahí, parecían escritos en arameo; a las faltas de ortografía, y eso sería lo de menos, se añadían las de sintaxis y una carencia absoluta de sentido en lo escrito.




Creo que expuse aquella reflexión con coherencia, suelto, con una hilazón correcta de las ideas, sin temblarme la voz.

El jefe de estudios, con buen criterio, a mis alegatos respondió que no se podía hacer nada, ni menos intervenir en algún sentido, pues el tipo de enseñanza que impartíamos era de adultos y permitía la matriculación de cualquier alumno, fuera el caso del mencionado u otros con mayores deficiencias.

Claro, claro, no se trataba de que no se atendiera a ese chaval de cuarenta y tres años, sino que, por el contrario, se le atendiera debidamente en un centro de educación especial, pero no en un centro donde se cursaba bachillerato.

Aun con mi réplica, y sopesada su importancia, el jefe de estudios no tenía otra que reafirmarse en lo ya dicho; algo que, por otra parte, resultaba demasiado evidente. En realidad, a mí no me importaba su opinión, pues la sabía de antemano: ¿qué otra cosa podría decir el pobre hombre sino lo que dijo? Lo importante para mí era que yo había sido capaz de hablar en público, delante de mis compañeros, haciendo una exposición de razones sobre un tema. Por fin me recuperaba de aquel espantoso bache que durante años me había tenido sumido entre las extrañas tinieblas que he comentado. Mi autoestima se reafirmaba.

Entonces fue cuando El Putón, puesto que el citado alumno, en la asignatura que ella impartía, al igual que en la mía, había sacado un cero patatero, tomó la palabra. Dijo algunas vaguedades sobre el mencionado, sobre el sistema educativo y cuestiones afines, y repitió ideas que yo ya había expuesto con anterioridad, aunque dándoles un aire personal, como si fueran de su cuño. El Putón, de esta forma, quedó como una reina de la pedagogía delante del resto de los compañeros y animó aquella conversación proclive a languidecer por la falta del interés suscitado ante mi pormenorizada disquisición. 


Vengo a decir que con El Putón yo no me hablaba, puesto que había sido una de las inductoras de la calumnia que tan triste como injustamente había caído sobre mí. Aquella víbora, junto a otras que no es el momento de nombrar, habían arruinado mi reputación de persona cabal porque sí, porque les apeteció, porque de forma frívola les plugo, y yo me había tenido que enfrentar a unas consecuencias sumamente indecorosas que todavía coleaban y colearían siempre, pues ya se sabe que la calumnia es como el agua que se derrama pero después es imposible de recoger. En sus insidias, mientras quedaban bajo sombraje, esas víboras echaron por delante a un tal Miguel Cagarrutio (individuo sin personalidad y de tendencias muy liberales; colapsado su matrimonio, él y la partenaire habían decidido de común acuerdo seguir viviendo bajo el mismo techo con el fin de no incurrir en gastos extraordinarios, pero adornándose mutuamente el testuz) que se las daba de gracioso, para que hiciera escarnio y mofa de mí; la infamia quedaba de este modo adornada con la guinda. El Putón había cooperado de forma proactiva en tal affaire, halagándole las gracietas a ese despreciable Cagarrutio, y cuanto más gracioso Cagarrutio se volvía, me hundía más yo en la miseria acunado por una intensa e invasiva tristeza.

 Durante años me había consumido en un dolor insano. Fue un tiempo duro, y a lo largo de su travesía, tan pronto me entraban ganas de morir como ataques de ansiedad repentinos. Quién no ha pasado por este tipo de situaciones, puesto que son impermeables a ojos que no sean los del implicado, no entiende el horror que concitan; quien desgraciadamente las ha vivido, sabe de lo que hablo. De sobra conocía los trabajos en las sombras que había llevado El Putón para denostar mi honor y extender la calumnia, cómo su mirada cruel se había cernido sobre mí de forma inmisericorde, cómo había minado con saña cualquier tipo de terreno por donde yo tuviera que transitar; sin embargo, a pesar de ello, estaba dispuesto a pasar página. Por fin respiraba, salía de una larga noche, silenciosa y oculta, en la cual el dolor me había moldeado a su medida. No quería guardar rencor a nadie, no quería que mi alma se anclara en un pasado sin remedio; quería, por el contrario, respirar, respirar ancho, respirar aire. Deseaba conjurar de una vez por todas las horas de mi vida ofrecidas al sufrimiento.


Con el entusiasmo orientado hacia la renovación interior, en razón de la nueva resiliencia en que me apoyaba, cogí el cabo que me tendía El Putón y logré intercambiar unas palabras con ella; decididamente yo me afianzaba, crecía en seguridad interior. Hablé, habló, hablamos; entrecruzamos unas opiniones dignas de los más encumbrados pedagogos, broche de oro con que normalizar una situación altamente engorrosa. De imaginación temperamental, pronto me vi paseando por un peripatos, no sé cómo; mi imaginación inició una deriva por los columnados pórticos bajo los cuales Aristóteles mantenía abundosas charlas llenas de ciencia y saber con sus discípulos. Yo era un Aristóteles todavía joven, recién emigrado de la Academia por razones de intrigas, tras la muerte del divino Platón, mi maestro; y El Putón vino a ser una discípula mía, aventajada y deseosa de filosofía, con la que compartía amigable conversación, Pytia se llamaba. En la noche cálida y azul, bajo la luz de la Luna, con el rumor de la mar al fondo y un ferviente aroma de jazmines en nuestro derredor, urdíamos un plan. Me había enamorado perdidamente de ella y esperábamos con ansia el trirreme que nos llevara lejos de aquella ciudad perdida en una de las islas del Egeo, donde su padre ejercía, como tirano, un dominio caprichoso y déspota. Hablábamos acerca de cómo sería nuestra vida futura, entregados los dos al fuego que incendia la razón y produce la sabiduría, cuando un rizo de su negro y sedoso pelo, agitado por un golpe de la ligera brisa, se deshizo de su peinado, y cayéndole por la mejilla vino a posarse en uno de sus desnudos hombros. Pytia giró el rostro hacia mí, y en sus ojos vi arder un chispeante fuego. Relumbraba el nácar de su faz, y la luz de la Luna hizo brillar las fulgentes perlas trenzadas en la diadema que adornaba la cima de su adorada frente, pero fue su sonrisa la que puso al descubierto las verdaderas perlas que yo codiciaba. Un nuevo empellón de la brisa susurrante y cargada de enigmas movió los pliegues de su ligero chitón, abierto por uno de sus costados; y yo me sentí traspasado por la flecha que lanzaba el rapaz Cupido, y sentí cómo se me aceleraba el corazón con una extraña vehemencia dentro del torturado pecho, y mi mano, mi mano, como movida por un resorte atávico, no pudo sino deslizarse entre aquellos pliegues agitados, buscando, ansiosa, la flor que bajo ellos se escondía... Pytia... Pytia... Pytia... Como dijo Bécquer: Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. No es el caso, pues, de entrar en detalles.


 En estas, arrobado por tan gratos ensueños, para caerle en gracia a El Putón, y ya que llevaba entre sus utensilios un cartapacio voluminoso con las fichas de los alumnos, le pregunté si podría enseñar la foto del tan traído y llevado espécimen. Quería hacer de ella la protagonista indiscutible de aquel momento de gloria; yo me sacrificaba y cedía en mi interpretación para que ella fuera enaltecida. Pero El Putón, ponderado mi ruego, me dijo que no, que no tenía la foto del mencionado, sobre el cual se habían cernido nuestras arduas inquisiciones. Y fue entonces, ante mi manifiesta contrariedad, cuando me soltó la pregunta de marras, con todo el retintín y la mala leche posible de que fue capaz; una pregunta cocida en los sótanos, a fuego lento; una pregunta esmerada, intencional, cargada de un perverso sentido:

—¿Es ese de los ojos azules?

Eso lo dijo casi con dulzura, pero en falsete; con una mirada que pretendía normalizada, aunque decididamente cavernosa bajo sus prominentes arcos superciliares, a ras de la horizontalidad de unos anchos pómulos; sus profundos ojos negros destellaban, fijos en mí. 

¡Ay, ay, ay, Putón, Putón, Putón peripatético! ¡Ay, zamarro loco, Putón dislocado y sangriento! ¡Viejo Putón rebordesío!  ¡Qué contentos deben yacer tus agradecidos muertos en sus plácidas tumbas! ¿A quién quieres engañar? Me hizo la cabeza un clic (lo sentí en el interior de mi cerebro), pues percibí de golpe toda la intencionalidad de aquella pregunta. Sentí su veneno, arrasador; sentí cómo su baba perversa me invadía el cuerpo y penetraba hasta en lo profundo de mis vísceras y huesos. ¡Es tremendo cómo en una fracción de segundo se pueden captar tantos detalles! De golpe advertí la mala leche en aquella suspicaz atmósfera, y fui capaz, tras revelárseme las diferentes reacciones, de entrar en las mentes de los que allí se encontraban, y, al igual que si estas fueran libros abiertos, leí los ligeros y nada lisonjeros pensamientos que por ellas pululaban, porque los profesores, en principio, no se sustraen del común y son gente de psicología simple. Observé la media sonrisa de algunos, la estupefacción de otros, el desvío de la mirada de otros cuantos; estos lanzaban una mirada enigmática hacia el techo, aquellos tragaban saliva, pero todos, todos, reflejaban una expresión en su rostro como si hubieran comprendido. El Putón había dado en la diana porque allí había una preconcepción de base; una preconcepción que no se podía negar por más que ingenuamente yo lo pretendiera. Ya estaba decidido de antemano lo que era o no era posible pensar, puesto que el socavamiento realizado sobre mi honor y dignidad había sido artero, pero, sobre todo, eficiente.



Nadie piense que El Putón me aniquiló. Aunque pregunta tan malévola como la que me lanzó, animada por el fuego infernal, por sí sola era capaz de matar a cualquier mosca que se hubiera interpuesto entre su boca y mi oreja, no, no me aniquiló; sino muy al contrario, sentí una inyección de energía, porque a raíz de aquel momento, y de la toma de conciencia que llevó pareja, inferí el sentido que necesitaba mi vida, como ahora explicaré.

 El Putón, para identificar al alumno en cuestión, me podría haber hecho otra pregunta sobre él, o no hacerla; sabíamos todos de quien estábamos hablando. Pero tuvo que hacer precisamente aquella pregunta como confirmación de lo que ella sabía. ¿Y qué sabía El Putón? Eso justamente es lo que yo quisiera saber, y tal vez tenga la suerte de que me lo explique El Putón o alguno de esos que se cree hasta inteligente. Porque tengo muchos defectos de carácter, pero hay algunos que no tengo. Entre los que pertenecen al segundo rango se encuentra la sinceridad: no acostumbro a mentir, ni a mí mismo ni a nadie; por lo menos, lo procuro. Puedo estar equivocado, y de hecho lo he estado en algunas ocasiones y he tenido que rectificar; pero si lo estoy o lo he estado, no lo es o lo ha sido por falta de sinceridad o de una convicción íntima. Que diga esto es importante, porque si yo fuera homosexual como El Putón pretende, hace tiempo que lo hubiera aceptado con dignidad y, por supuesto, no me hubiera sentido en la necesidad de buscar el amor de una mujer y fundar una familia. Dicho lo cual, habría que preguntarle a El Putón por mi novio y la supuesta vida de crápula que llevo, y recordarle que montar calumnias (aunque yo sé que para ella los temas referentes al honor carecen de significado) es delictivo. Cuando campea tanto la frivolidad como la mala leche, sin ton ni son se hace un daño de efectos devastadores; nuestras acciones tienen consecuencias, y del fluir de aquellas aguas encenagadas siempre llegan los molestos lodos. Esto dicho, no pretendo ponerme sentencioso ni sentimental; El Putón no lo merece. Tampoco es necesario entrar a dar más explicaciones de las ya dadas, salvo decir que a lo largo de mi vida he llevado una sexualidad intensa (ya la quisieran algunos) y tengo una hija que es un sol.


Este tipo de gentuza te ven hecho un solitario, sin asideros sociales, con escasas destrezas en el trato de gentes, poco asertivo, y no se lo piensan: van a por ti. Y esto porque en cualquier ambiente, y especialmente en los de trabajo, hace falta un cabeza de turco sobre quien descargar las frustraciones de sus miserables vidas. Pues bien, a veces se equivocan en la elección de la víctima, y aunque para esta el mal ya está hecho y es enorme, hasta el punto de que difícilmente se le puede poner remedio, a esos indeseables cabe darles un fuerte toque de atención para que aprendan que no todo el monte es orégano y hay una responsabilidad implícita en su manera de actuar que deben asumir. Así se les hace un gran bien, pues, aparte de educarlos, se les humaniza y, poco a poco, con paciencia, se les convierte en personas, siendo de este modo que llegan a aprender que donde les duele a los demás también les puede llegar a doler a ellos. 


Y es que los humanos estamos unidos por invisibles vínculos. La humanidad se agita y retuerce por el dolor, porque el mal es extensivo, y no solo afecta a uno de sus órganos o partes sino que, de forma tan indefectible como fatal, avanza e invade la totalidad de su cuerpo. Poner el remedio es necesario, y urgente; por eso hago una llamada a terapia general desde estas páginas, por incómoda o molesta que resultase en un primer momento, ya que en estos tiempos de profunda crisis decididamente hace falta. Después, tras el paso por el necesario sufrimiento, quedaremos agradecidos sin lugar a dudas; pues veremos brillar la luz, y la alegría desprendida de la luz, una vez enjugadas las lágrimas. Ahora bien, no todos estamos llamados a ver brillar la luz, porque algunos seres no la verán, ya que, a pesar de su apariencia, nunca han sido humanos.

Hay varias clases de Putones: el Verbenero, el Desorejao, el Deshavillé, etcétera. Yo me apresuro a añadir, apoyado en una psicología de campo, un nuevo tipo: el Peripatético. Los Putones Peripatéticos son entes diabólicos surgidos del Averno; se introducen entre los dispares ambientes y campean por la faz de la tierra con la finalidad de atormentar. Si no fuera por su cariz eminentemente venenoso, cuando no adoptan la figura humana se les podría ver tal como son: como culebros con un grosor más ancho que el de mi brazo.


Mi vida ha tomado un giro positivo desde que me dedico a desenmascarar esos monstruos con apariencia humana que viven entre nosotros. Cada día me lo paso mejor lidiando con los seres diabólicos, descubriéndolos, neutralizándolos y sacándolos a la luz para que sufran una suerte de consunción por el fuego, como los vampiros.





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                                               Jesús Cánovas Martínez©



martes, 3 de junio de 2014

LAS VICTORIAS PÍRRICAS



LAS VICTORIAS PÍRRICAS






Según los testimonios de Tito Livio y Plutarco, tras el desastre de Zama y su posterior huida de Cartago para no caer en manos de los romanos, refugiado en Éfeso, siendo huésped de Antíoco III de Siria, Aníbal se entrevistó por segunda vez con Escipión (la primera había sido antes de la decisiva batalla, y se desconocen los términos de la misma).

En aquella ocasión, Escipión preguntó a Aníbal quién era a su entender el mejor jefe militar de la historia.

—Alejandro el Grande —contestó Aníbal.

—¿Y después de él? —volvió a preguntar Escipión.

—Pirro —contestó el cartaginés.

El romano se echó a reír y manifestó:

—¿Y qué habrías dicho de haberme derrotado a mí?

—Me hubiera considerado como el mejor general de todos —repuso Aníbal.

De Alejandro no caben dudas sobre su genio militar: En el transcurso de tan solo trece años fue capaz de conquistar Egipto, derrotar a los persas y extender el impero macedonio hasta las fronteras del Indo. De Aníbal tampoco: Tras el juramento que hizo de niño ante terribles dioses de profesar odio eterno a los romanos, se consagró a la guerra. En una epopeya digna de ser cantada atravesó los Alpes, y en suelo de Italia derrotó sucesivamente a los romanos; Cannas fue la tumba de setenta mil hijos de Roma y del cónsul Emilio Paulo. A Publio Cornelio Escipión, probado en las campañas de Hispania, le cabe el honor de haber derrotado al general cartaginés, pero, y Pirro, ¿quién fue?

Pirro II (318-272 a.C.), rey de Epiro, fue el principal enemigo de Roma antes de las Guerras Púnicas. En el año 280 a. C. desembarcó en la Magna Grecia para ayudar a Tarento en su lucha contra Roma. Ese mismo año derrotó a los romanos en Heraclea, y al siguiente, en Asculum, pero, a pesar de estas victorias, y debido a las bajas sufridas en su propio ejército, tuvo que desistir de tomar Roma. Se cuenta que uno de sus generales lo felicitó tras la victoria de Asculum, y es famosa la respuesta que le dio Pirro: “Sí, otra victoria como esta, y volveré a Epiro sin un solo hombre”.

Por aquello de las comparaciones, si tras la victoria electoral alguien los felicitara, ¿qué dirían los probos generales de las grandes formaciones políticas españolas, habida cuenta de cómo hiede el campo tras la procelosa batalla?

                                              



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viernes, 30 de mayo de 2014

LA CONQUISTA POR EL RESPETO Y LA DIGNIDAD

LA CONQUISTA POR EL RESPETO Y LA DIGNIDAD







Mi padre pidió el traslado, y la familia, con la casa a cuestas como los caracoles, vino desde Lorca a Murcia. Yo tenía siete años, y ese cambio, como otros muchos que sucedieron a lo largo de mi vida, resultó traumático. Dejaba atrás mi pequeño mundo de las Casas Baratas, mis amigos, y venía a instalarme en un nuevo mundo, ignoto y por descubrir. Por de pronto, tenía que cambiar de colegio, y ese cambio se producía a mitad de curso, así que llegué al colegio de don Ramiro como el nuevo.
El colegio se encontraba en El Royo, y era cochambroso y cutre; a la sazón, creo, lo constituían tres aulas mal iluminadas en los bajos de un inmueble. Una, para los cagones, que llamábamos los pequeños; otra, para gente comprendida por un arco de edad entre los siete y los doce años; otra, para gente mayor. Yo vine, por edad, a pertenecer a la del medio.  La profesora que me cayó en suertes fue la señorita Delfina, mujer joven que andaba por la veintena, pero que a mí se me antojaba en plenitud.
El horario de clases era partido: de nueve a una de la mañana, y de tres a cinco de la tarde. Los padres que querían añadir una hora de permanencia a sus hijos pagaban un poco más, y estos salían a las seis. El aula era multiforme y de variopinto pelaje. Recuerdo unos pupitres vejestorios, acuchillados en su mayor parte, ajados y con rótulos empotrados en la innoble y roñosa madera que hacían alusión a leyendas que podríamos considerar de mal gusto. Unas columnas mal encaladas partían el espacio, y los alumnos pillines sentaban plaza detrás de las mismas para no ser vistos; al fondo del aula quedaba una gran mesa carcomida, rodeada de sillas desvencijadas, restos de un glorioso pasado, supongo. Adosado a uno de los laterales se encontraba el  viejo retrete de taza turca, con unos baldosines que en otra época debían de haber sido blancos, pero que ahora se hallaban muy renegridos, por donde se deslizaban, gloriosas, las moscas y las beatas, tan acostumbradas a ese amable hábitat que apenas se alteraban cuando desde un cordoncito sucio alguien hacía operar la ruidosa cisterna.
Vine a ocupar uno de los primeros bancos (mi padre había hablado con don Ramiro), muy cerca de la tarima donde se elevaba la mesa de la señorita Delfina. Era fácil intuir allí el color de sus bragas, por lo que la señorita Delfina (aunque en Lorca había jugado a los médicos con las niñas y administrado alguna inyección que otra) vino a constituir mi primer amor platónico. No pretenda nadie que yo venga a referir lo que mi imaginación perturbaba maquinaba, pero puedo decir que aquellos excesos eran inocentes de alguna manera porque todavía no se había producido mi despertar sexual.
Recuerdo el olor de los lápices y las gomas, las manchas de tinta que salpicaban las ropas de los críos, los ruidos que entraban de la calle, broncos cuando había pelea, o suaves y murmurantes en medio de los estampidos de coches o motos, interrumpidos no tan de tarde en tarde por la ininteligible voz de un carretero que jaleaba a la mula. En el aula, cuando no íbamos por riguroso turno al retrete, nos entregábamos a la ciencia. La señorita Delfina con aterciopelada dicción explicaba las lecciones aquellas de la Enciclopedia Álvarez, en mi caso la de 2º grado, y, a mi entender, lo hacía con gran conocimiento. Aquella mujer se multiplicaba: daba palos a la Gramática, la Historia, la Religión, la Literatura, las Matemáticas, y, ayudada por un gran mapa desplegado en el que había curiosas y atrayentes palabras ―cordillera Carpetovetónica, Bética, Penibética; pico Aneto, Moncayo, Mulhacén…―, a la Geografía. No había misterio que no alcanzara su saber; entre los obligados palmetazos para imponer el orden y los castigos de rodillas, corregía deberes o nos obligaba a escribir con tediosos dictados, o nos sacaba al encerado donde teníamos que realizar insufribles sumas, o restas, o divisiones, o multiplicaciones.

En aquel ambiente de estudio yo hubiera sido feliz si mis compañeros a la salida de las clases no me hubieran zurrado. Un niño bajo, gordezuelo y con pocas habilidades sociales atrae pronto la ira de sus semejantes; para colmo, había llegado a mitad de curso y me habían asignado una de las plazas de la primera bancada: vine a constituir, sin lugar a dudas, un extraño pegote adosado a aquel, ya de por sí, heterogéneo conglomerado. Muchos años después, cuando estudié a fondo mi carta astrológica, pude comprender el juego de las estructuras y por qué ciertos esquemas se habían repetido de forma tan insistente a lo largo de mi vida (y, lo más grave, la razón por la que seguirían repitiéndose); supe entonces por qué yo tenía aquella facilidad tan grande de, en vez de amigos, hacer enemigos, y por qué al dar un puntapié a una piedra estos salían en masa. Pero esto sabido, también comprendí, que los esquemas no distraen la responsabilidad de cada uno ante el mal, porque el esquema o la metafísica están ahí, pero las decisiones son libres.
Pero vengo a las zurras, pues bien que me las dieron, y de lo lindo. No había día que pasara sin que me crujieran la badana. Cualquier motivo era bueno para darme leña, así que se olvidaron los motivos por la que me la daban (a ellos y a mí), y sin razones aparentes o causas que lo justificaran, me sacudían porque sí, porque les daba la gana, con generosa magnificencia. Dádiva no querida, pero otorgada; dádiva de palos y puntapiés, de puñetazos, de capones, de collejas, de pescozones, de tortas, de guantazos. Y yo sufriendo en silencio los abusivos asperges. Recuerdo días horribles de angustia, tanto así que la mierda la llevaba pegada al culo y, de apretarla, comencé a sufrir problemas de estreñimiento, y ni con lavativas, ¡la leche!
Una tarde llegó el más chulo de todos los críos, un matoncete cuya fama había trascendido los difusos límites de la pequeña Murcia de aquel entonces adentrándose por la huerta, al que todos le teníamos miedo, pues repartía con desusada generosidad sin recibir nada a cambio, y me dijo que a la salida me iba a dar una paliza.
―A la salida te voy a dar una paliza ―eso me dijo. Y creo que remarcó―: ¡Vas a cobrar, cabrón!
A ese niñato, por si acaso aún viviera y, no lo quiera el azar, estas palabras mías cayeran bajo su procaz mirada, lo llamaré con el supuesto nombre de Angelico. El Angelico era tres o cuatro años mayor que yo, y me sacaba la cabeza; musculado, grande, con el belfo velludo y la voz mudada, parecía una torre. Esto dicho, no era lo mismo recibir algún capón o patada de enemigo insignificante que del Angelico; los otros críos eran de fuerzas menguadas, pero el Angelico…, el Angelico… ¡te podía matar a palos!
Cuando me soltó la amenaza, quedé aterrorizado. Niño normalmente atento a las explicaciones de la señorita Delfina, de repente quedé como idiotizado; estas, se me volvieron difusas, en amalgama, y comencé a oírlas en sordina. La señorita Delfina explicaba con su candorosa voz, como he dicho, pero yo no me enteraba de nada; la atención la tenía puesta en mi propia angustia. ¿Por qué me pega? ¿Qué le he hecho? ¿No tiene bastante con moler a los de su edad?, eran preguntas que me volvían a las mientes una y otra vez, de forma repetitiva, angustiosa. Apreté más la mierda en el culo para volverme insignificante y desaparecer, y deseé ―e incluso recé― un golpe de suerte: que el Angelico buscara gresca con otro y se olvidara de que me tenía que zurrar.

No fue así. Sonó la sirena que daba por acabada la jornada. Con fines de distracción remoloneé lo que pude a la hora de recoger mis cosas; dejé que salieran mis compañeros y me quedé para el último, quizá tuviera suerte. Pero a la puerta me esperaba el Angelico, fiel a su promesa; un coro de críos malos y sedientos de sangre lo jaleaba. El Angelico se hallaba en todo su esplendor y con una autoestima muy elevada; al verme, tiró para mí con aires chulescos, con arrogancia, con superioridad, dueño de la situación y dispuesto a matarme.
Fue entonces cuando sucedió algo que me cogió por sorpresa hasta a mí mismo. Sentí de repente una extraña energía; una fuerza se apoderó de mí, la cabeza se me voló literalmente, me silbaron los oídos y yo dejé de ser yo. Inciertos me llegan los recuerdos sobre lo que sucedió; no sabría reconstruir la escena. Arrojé la cartera al suelo ―se desparramaron los libros―, y tiré para el Angelico que, pavoneándose, venía hacia mí. Le salté y comencé a morderlo, a arañarlo, a darle puñetazos. Lo derribé, y lo pateé; lo pateé con todas mis fuerzas, lo pateé y le mordí, y le mordí, y le mordí, y le mordí… ¡hasta arrancarle el hígado!
Debió de formarse un griterío enorme, pues, apresurada, vi salir a doña Delfina. ¡Lo va a matar! ¡Lo va a matar!, oía de forma lejana. ¡Lo va a matar! ¡Lo va a matar! Los críos, el coro, gritaban, pero nadie me ponía la mano encima. ¡Que lo mata! ¡Que lo mata!
Eché a correr. Sé que eché a correr. El Angelico quedó tirado en el suelo, llorando y doliéndose, y vi que doña Delfina se inclinaba hacia él. Me llamó doña Delfina a voces, pero ya estaba lejos, corriendo. Llegué a una acequia, y me perdí entre los cañares por un pasadizo secreto que solo yo conocía. Sé que anduve entre las cañas, perdido. Me distraía ver correr las aguas sucias, oír el sordo rumor de aquella acequia encenagada.
Me esperaban varias sorpresas en el versátil futuro. Cuando llegué a casa me encontré a mi madre enfurruñada. El Angelico, el muy mamón y poco hombre, había ido llorando desde el colegio hasta mi casa, y se había chivado a mi madre de la felpa que le había sacudido. Le enseñó los arañazos del cuello, y lloró y se lamentó ante ella de modo entrecortado, debido a la incipiente hinchazón que comenzaba a abultarle los morros. Mi madre, la pobre, sacó algodón, agua oxigenada, y lo curó como pudo. De eso me enteré más tarde, porque, al regreso de la excursión por los cañares, ignoraba la rastrera jugada del Angelico. Casi con toda seguridad me llevé algún zapatillazo, pues mi madre era muy dada a tirar de zapatilla, y aquella tardé la pasé encerrado en mi cuarto.

Al día siguiente, después de pasar lista en un silencio horroroso, la señorita Delfina me instó a que saliera frente a mis compañeros. Se levantó de su silla y, sin mediar palabra, me soltó un bofetón; no me dolió, provenía de ella. Luego vino el rapapolvo; con mucho énfasis puesto en el hablar dijo cosas de mí que no eran ciertas y hasta me recordó a mis padres. Por último, para poner rúbrica y guinda a su hacendoso discurso, me conminó a que me arrepintiera por lo que había hecho y que le pidiera perdón al Angelico, que a la postre se encontraba por allí sentado, con la cabeza baja, el cuello desollado y los morros hinchados; algún moretón que otro le afloraba por la cara y un ojo lo tenía menos que entreabierto, a la virulé. Ante mi negativa a hablar, la señorita Delfina arreció en sus descalificativos hasta que terminó con la recriminación de que yo era un Intocable:
—Eres un intocable, un intocable, un intocable... ¡Intocable! ¡Intocable! ¡Intocable!...
¡Qué bríos! Estaba histérica, y yo no podía entender por qué prefería defender al Angelico y no a mí, pues era yo el afrentado y siempre había llevado las de perder a sus ojos ciegos; además, al expresarse de aquel modo, dejaba a las claras que era seguidora de una serie de las que se emitían por televisión.
La señorita Delfina terminó por desterrarme a la patética mesa del fondo, eso sí, con la orden explícita al resto de mis compañeros de que no hablaran conmigo. Ninguno debía dirigirme la palabra, y menos contestar si yo se la dirigía a ellos, ni dentro ni fuera del aula; nadie podía dejarme el sacapuntas, la goma, el boli, el lápiz, alguna cuartilla, etcétera. Tampoco intercambiar saludos. Yo me había convertido por arte de birlibirloque en un apestado, en un intocable. Y, lo cierto, es que algo de verdad debería de haber en eso, pues mis compañeros, tras ponerme el apodo de el Gato, dejaron de canearme. Y el Angelico, a pesar de que los dos vivíamos en las Casas de la Renfe y le era fácil perpetrar alguna represalia, no llegó a tramar ninguna, y de ahí en adelante me trató con mucho respeto y casi me huía.
A los pocos días, la señorita Delfina me llamó a su lado. Muy digna, casi ofendida, me preguntó si quería volver a mi antiguo puesto, en la primera fila de la clase, a lo que le dije que no, que me encontraba muy a gusto donde estaba. Sé que la señorita Delfina se sorprendió de mi respuesta, porque después oí comentarios; dicho lo cual, a partir de ese momento flexibilizó el castigo y con cualquier pretexto mandaba otro niño a la mesa del fondo donde yo me encontraba: la de los Intocables, que así pasó a llamarse.
Mi padre había tomado cartas en el asunto. Cuando se enteró del affaire (hacía servicios de varios días, incluidas noches), realizó tres movimientos en ese tablero de ajedrez que suponen las decisiones. Con el primero le explicó a mi madre que defenderse no era cosa de gentuza, y que si el crío le ha pegado a otro que venía a pegarle a él, ha hecho lo correcto. El segundo consistió en una visita: fue a hablar con don Ramiro. No sé en qué términos se desarrolló aquella entrevista, pero a partir de la misma, don Ramiro, al que se le tenía mucho respeto en mi casa, dejó de ser don Ramiro, y se convirtió en Don Capullos, y el colegio que regentaba, pasó a denominársele el Colegio de Don Capullos. Como tercer movimiento, negoció mi entrada en otro colegio; de esta forma, en el siguiente curso escolar fui a los Jerónimos (pasado el tiempo, denominado SANJE), y constituí uno de los alumnos que formaron la primera promoción que subió al kilómetro uno de la carretera de Alcantarilla a Mula, pero eso ya es harina de otro costal.
Los actos que realizamos, aunque no admitan la posibilidad de una elección, tienen consecuencias. La vida me ha puesto muchas veces en difíciles tesituras; he tenido la desgracia, por aquello de los esquemas que se repiten mencionado más arriba, de encontrarme a menudo con Angelicos, Miguelicos, CagarruticosPaquicos, Hijoputicos, Cabroncicos y Tontoelpijicos de diversa índole. Algunos de estos, a pesar de que pertenezco al grupo de los sufridores y poco proactivos, salieron escaldados a fondo, y supongo que para bien, porque seguro que el escalde les habrá servido para rectificar conductas impropias.

Me gané el derecho al respeto y la dignidad a un precio muy duro. Yo era mejor que ellos: hacía los deberes, llevaba mi cuaderno plagado de Muy Bienes y siempre respondía a las preguntas de la señorita Delfina. Venía de un colegio de amplios ventanales, iluminado de sol, y, en la clase de don José, había ocupado plaza en el Cuadro de Honor. Me gustaba aprender y en mí habían cristalizado los hábitos de estudio. El cambio fue brutal. Me pregunto si el Angelico de los cojones, cuando pasados los años estuviera apretando tornillos, recordaría que un niño de aire triste, gordezuelo y algo repelente, le paró los pies en seco y le dio una tunda de antología, y meditaría al respecto.

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                                       Jesús Cánovas Martínez©