LISTO,
LISTÓN, REGLE
Para ser un buen aprendiz de albañilería es
preciso ser listo y mostrar diligencia en cumplir las órdenes del maestro
albañil; espabilar, vamos, para hacerse de valer. Pronto, una vez dada tal
condición, el maestro albañil se fijará en la presteza del aprendiz listo y lo
elevará a listón. Cuando se convierte en listón, el aprendiz se ha ganado definitivamente
la confianza del maestro pues, al conocer los entresijos del oficio, puede
recibir encargos de enjundia: “Listón coge un capazo y amasa cemento”, “Listón
tráeme una esportilla de ladrillos”, “Listón ve al estanco y cómprame un
paquete de tabaco”… La inteligencia del aprendiz va aumentado en
proporcionalidad a las tareas que la sabiduría de su maestro tiene a bien
encomendarle. Pero la cosa no queda ahí: el listón puede ascender a regle. Los
regles son las vigas maestras que soportan las estructuras de los edificios,
por lo que tal categoría supone un salto cualitativo sobre la de simple listón.
Si el simple listón a lo sumo sólo puede apuntalar un muro, los regles han
llegado a tal pericia y dominio del oficio que pueden obviar las directrices del
maestro; se convierten, así, en hacedores y someten la materia prima de la
albañilería a los modelos que ellos llevan en mente: son capaces de diseñar
nuevas formas arquitectónicas que, según sus preconcepciones, infieren a la
realidad con sugerente sesgo. Esta circunstancia supone un alarde de
inteligencia — y de hecho lo es—, pero supone también, si el regle no está al
loro, la posibilidad de caer en la tentación luciferina de considerar a los que
no han ascendido a su categoría como meros gilipollas. Es en este punto cuando
empiezan los problemas para el regle, ya que, debido a este abuso de
inteligencia, da un nuevo salto ascensional y de regle se desliza a Cagarrutio
casi sin proponérselo, esto es, en alguien que la ha cagado, y bien cagada, y
por consiguiente, al cagarla de tal manera, imposibilita cualquier tipo
retorno.
El servidor que esto escribe ha tenido la
desgracia sin merecerlo de toparse a lo largo de su vida con unos cuantos
Cagarrutios. Salvando las distancias
ocurre con los Cagarrutios algo parecido a lo que ocurre con los amigos falsos.
Crees que tienes un amigo, un amigo de verdad, de confianza, con el que te
sinceras, y al cabo descubres que el amigo no era tal amigo sino un simple
gazapo que traicionaba tu confianza
acuchillándote por la espalda. Frente a los gazapos que se vestían de amigos
poco se puede hacer; con los Cagarrutios, sí. Por ejemplo, se les puede
explicar por qué son Cagarrutios. Sin ir más lejos está registrada en este blog
la explicación epistolar que le tuve que dar a un tal Miguel Cagarrutio —quien,
por cierto, nunca fue inteligente— con fines pedagógicos, Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo (http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2014/01/carta-abierta-miguel-cagarrutio-el.html). Dicho sea de
paso, tengo dispuesta para el tal una segunda epístola, también de corte
pedagógico, que verá la luz cuando la ocasión sea oportuna. La pedagogía a
llevar con los Cagarrutios, ya que la cabra tira al monte, suele ser cansina y
machacona, hasta el punto de que dura el tiempo que ellos viven y aun les persigue
hasta su muerte, y más allá de su muerte, puesto que de continuo hay que
recordarles que las cosas no son como las piensan y menos todavía como las
cagan o las han cagado. En fin, casos hay. La condición humana es compleja y
altamente paradójica.
Todos los derechos
reservados.
Jesús
Cánovas Martínez©
Filósofo
y poeta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario